viernes, 18 de agosto de 2017

PARA NOSOTROS LOS CRISTIANOS

ISRAEL ES LA IGLESIA DE JESUCRISTO




Vengo considerando racionalmente  -esto es, dentro de un esquema lógico-  pero sobre todo sintiéndolo dentro de mí, que los israelitas   -antes y después de la capital Declaración Nostra Aetate, del Concilio ecuménico Vaticano II, y no sólo los sefardíes, por lo que atañe a mi condición de español, sino todos ellos, en lo que concierne a mi fe cristiana-  son nuestros hermanos mayores en esa misma Fe. Que duda puede caber a nadie de que Jesús era un judío, maestro en primer término de otros doce judíos. Y no sólo esto, sino que confió la tarea de construir su Iglesia a un "judío, hijo de judíos, de la Tribu de Benjamín", Saulo de Tarso, según este último mismo dice literalmente. Y que, todos ellos, tenían por origen y padre a Abrahám y por maestro e instrumento de la legislación divina a Moisés, aunque fuese sólamente escrita en piedra. Jesús, según también Él mismo dijo, no vino al mundo para abrogar la ley, ni los profetas de Israel, sino para darle su contenido, escribiendo esa misma ley en el corazón de todos los hombres. Por eso, estoy muy convencido de que yo mismo, insignificante substancia individual, que aspira a ser persona, vengo de la Sinagoga, como sin duda alguna el canto gregoriano procede de la salmodia. Y por ello, he llegado también a la conclusión  -ya lo sabía teóricamente-  no sólo de que Israel es la Iglesia cristiana  -todas ellas-  sino también de que quien ataca a Israel ataca a la Iglesia y que quien ataca a la Iglesia ataca a Israel.

Este convencimiento, se ve agigantado, o al menos muy reforzado por un hecho harto comprobado y reiteradamente percibido por mi parte, tanto a través de los medios de comunicación, de todo tipo, como en especial a través de mis conversaciones o diálogos con otras personas. Todos los que se muestran contrarios o ajenos a la Iglesia, son partidarios de los palestinos y radicalmente enemigos de los judios. ¿Por qué será esto así?. Desde luego, no puede ser porque existan razones objetivas que puedan servir de fundamento a tal predisposición, o posicionamiento. Las razones que generalmente aducen, desde luego no podrían ser acogidas por los hechos probados y por lo tanto irrefutables que han constituido la historia, reciente y lejana, de tal estado o situación de conflicto que, por desgracia, a quien más ha privado de la paz es a Israel.

Pero tampoco quiero discurrir por este tortuoso y enrevesado camino de la política internacional, ni siquiera del Derecho que la rige, el Derecho Internacional, de fundación injustamente atribuida a un holandés, cuando fue precisamente un español quien lo hizo. Debo remitirme a otra Historia, no sólo metafísicamente mucho menos relativa, sino totalmente absoluta: La Historia de la salvación humana, que tan sólo puede encontrarse en Dios, en la divinidad. Hacia ese destino camina el hombre y esa es su tarea más esencial, precisamente en cuanto este último término resulta especialmente peciso y adecuado, porque la esencia es la propiedad de ser. No tan sólo de existir, en el tiempo y en el espacio, entre la sinrazón del animal y la modorra de la planta, sino de llegar a ser lo que todo hijo de Dios está destinado a ser. Por eso, la primera premisa del existencialismo -y me atrevería a decir del existencialismo judeo-cristiano-  es la de "yo no soy Yo". El yo que ahora soy, en cualquier momento del tiempo en el que existo, no soy el Yo que quiero ser. Y esto lo explica muy bien el judaísmo, porque no cabe olvidar lo que Yahveh le dice a Moisés: "Yo soy el que soy". Hay que entender, por infinidad de razones, que Dios es el único, por tanto, que no necesita existir para ser. Porque ya es eternamente, sin principio ni fin, y por ello "no existe", no puede resultar un existente. Todos los humanos, en cambio, hemos de ganarnos el ser desde el existir, desde que somos instalados en la existencia y emergemos en la conciencia de sí mismo.

Acabo de leer el libro  -"Jesús, en sus palabras y en su tiempo"-  del profesor de Historia en la Universidad de Jerusalén, David Flusser, especializado específicamente en el período histórico en el que vivió  -y existió- Jesús de Nazaret. No es ni mucho menos un libro doctrinal, ni por tanto adoctrinante, sino una pura biografía de Jesús, escrita por un judío, según el cual "el judaísmo es el trasfondo en que se encuadra el mensaje de Jesús y sólo quien conozca el primero puede captar el sentido del segundo". Es un libro muy claro, prologado por un jesuita, el Padre Joaquín Losada, Profesor de la Universidad de Comillas, quien no puede eludir su admiración más profunda, por encontrarnos, no ante un libro más sobre Jesús de Nazaret, sino frente a un libro distinto. Yo añado, en lo que a mí personalmente concierne, que muy especialmente distinto, en la medida que sólo Flusser me ha hecho reparar en el matiz y sentido, singularísimamente específicos, del mandamiento supremo de Jesús, el amor.

En efecto, siempre me he preguntado, entre no poco y sincero sufrimiento, como yo podría amar a aquellos que, por naturaleza, me inspiran odio, mucho más que amor. Y Flusser, al fin, me ha dado la respuesta, porque  -dice literalmente-  "amar a quien se odia, no sólo va en contra de la naturaleza del hombre, sino que además es una perversidad. Lo que en realidad Jesús exige es que amemos al adversario que nos odia: al odio debemos corresponder con el amor." ¡Por fin puedo entenderlo! Y la explicación de tal enigma radica en el significado, dentro del mundo judío, de las palabras: "Si amáis a quien os ama, ¿qué recompensa tendréis? Amad a vuestros enemigos". Pero, en hebreo, son dos las palabras con el significado de "enemigo". La primera, equivale más o menos al hostes latino, simplemente; la segunda significa "el que te odia". Y este segundo significado es el que utiliza Jesús. Por ello, no es de extrañar que el Padre Losada, en el prólogo a este luminoso libro, se sorprenda tan agradablemente de "oír hablar así sobre Jesús de Nazaret". Porque "su forma de enfocar la figura del Señor tiene como resultado el logro de una atmósfera que [a los cristianos] nos resulta familiar." Por ello, además de experimentar la misma agradable sorpresa yo quiero dar las gracias al autor. A un judío, que me ha fortalecido en mi débil fe. Gracias, pues, a todos ellos, al pueblo entero de Israel.

En el documento ya incialmente citado, se declara literalmente por parte del Concilio Vaticano II, que la muerte de Jesús "no puede ser imputada ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni [lógicamente mucho menos] a los judíos de hoy". Por otra parte, Benedicto XVI, en su libro "Jesús de Nazaret", exonera a los judíos, como pueblo, de modo total y absoluto. Era así como habría de suceder y, en esa Muerte, todos los humanos tenemos nuestra parte, porque la eternidad está fuera del tiempo y Dios es un eterno presente. La acusación, sostenida durante siglos, y llevada al ánimo de las gentes, de tantas injustas y abominables maneras, no ha sido sino fruto del odio, para fomentar el antisemitismo e incrementar en el mundo la persecución a los judíos, el pueblo elegido por Dios. El de la primera alianza divina con el ser humano.

Queda en pie, tristemente para mí, la polémica; la separación del dogma y del rito entre judíos y cristianos. Esto también es verdad. Sinceramente, yo no me siento judío, sino cristiano, porque creo que el Mesías esperado por Israel, durante siglos, llegó ya al mundo hace más de veinte. Algunos rabinos, en su momento, también lo creyeron así. Y no me refiero tan sólo a los que  -como tanto se ha dicho en España- "judaizaban" en la intimidad, sino a los que lo creyeron de verdad. No me encuentro a mí mismo participando, dentro ni fuera de la Fe, en los ritos, fórmulas, costumbres y cultura en general de los judíos. Como tampoco me siento, ni me encuentro plenamente de tal modo entre otros diversos modos de cristianismo o  -a veces-  entre los propios cristianos en comunión con Roma. Pero siento un gran deseo de superar, en todos los casos, tales diferencias de matiz y, desde luego me permito sugerir y rogar a todos los que se tengan por verdaderos cristianos que, allí donde puedan encontrar a un judío, no dejen de llamarle hermano. Porque lo somos. Y los somos también en Cristo Jesús que, agonizante en la Cruz, no tuvo el menor reparo en levantar los ojos al cielo para exclamar: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Pero "esos", para quienes se pedía el perdón, éramos y somos todos, no sólo los judíos. Todos los pueblos de la tierra y todos y cada uno de los hombres de todas las épocas. Todos y cada uno de nosotros.

Luis Madrigal


Las Navas del Marqués (Ávila, España)

18 de Agosto de 2017





lunes, 14 de agosto de 2017

TAN SÓLO ANÉCDOTA


SOBRE EL PERDÓN A LOS ENEMIGOS



Un Burro



Otro


En un mismo día  -ayer mismo, para ser concreto-  aunque sin duda por casualidad, he podido cerciorarme, una vez más, de que eso que, con la mayor frivolidad y superficialidad, llamamos amistad o enemistad, y en consecuencia "amigos" o "enemigos", es mucho más sutil de lo que, ya por si o en si mismo pueda advertirse. Entro en un bar y saludo: "Buenos días, queridos amigos". Alguien, al otro extremo de la barra, responde, con la mayor convicción de estar seguro de lo que dice: "Bueno, eso de amigos, hay que demostrarlo". Sin la menor duda, no se refería a mí en particular, por falta absoluta de materia y causa, sino al concepto de "amigo", muy en general. Pero, tenía mucha razón.

Lo mismo, podría suceder en cuanto a lo de "enemigo". Parece ser que, en este último caso, la anécdota se atribuye a muy diversos personajes, todos ellos famosos, que en su lecho de muerte fueron piadosamente animados a perdonar a todos sus enemigos. El moribundo (o los respectivos, secuenciales o alternativos agonizantes) respondieron: "No puedo personar a los enemigos, porque no tengo ninguno. Nunca hice ningún favor a nadie".

No es preciso ser un lince para deducir que, parece ser, aquellos a quienes se favorece en algo, por pequeño sea el favor, terminan siendo los enemigos de quien les dispensa el correspondiente acto de liberalidad. Y, además, en proporción directa al favor recibido. Esto es, a más, más. A menos, menos. Por ello, cuanto más grande es el favor, mayor la enemistad. Esto es realmente grave. No lo es tanto, en cambio, en el caso contrario, cuando el favor prestado es mínimo, o insignificante. En este útimo caso, más que hablar de enemistad tendríamos que llamarlo ingratitud, o simplemente torpeza. Pero ya sabemos que ésta, la ingratitud, es un sentimiento privativo del ser humano, que en esto se distingue de los animales, mucho más agradecidos. Sin llegar a tal fenómeno, también resulta costatable, estéticamente, que la simple torpeza, la falta de la más mínima sensibilidad, es muy frecuente entre los de nuestra especie.

No faltan tampoco, desde luego, los analistas de la cuestión, que atribuyen la ingratitud al fruto positivo o no de la gestión, servicio o dádiva prestados, naturalmente sin obligación alguna de hacerlo, ya hayan sido previamente pedidos o no. Esto es, si el éxito sonríe al que lo recibe, no le resulta a éste tan fácil incurrir en aquel miserable tipo de conducta, como si una especie de freno, similar al bocado que se aplica a las caballerías, se lo impidiese. Ahora bien, si son el fracaso o la frustración los que se hacen presentes, pese al interés y buena intención del donante, en este caso no hay nada que agradecer y, en consecuencia ya no se produce tal freno y se instala el olvido, en la mente de aquel a quien se quiso favorecer, hacia quien trató de hacerle el bien.

Esta última actitud, mutatis mutandis, resulta colindante o similar a lo que, en el orden jurídico-penal, se conoce como delitos por razón del resultado, y ello debe ser, tal vez, porque es a los caballos, y no a los burros, a los que se coloca tal instrumento de hierro, con sus correspondientes cama y barbada, para poder ser sujetos y gobernados. En todo caso, los burros, desde luego, con freno o sin él, son mucho más innobles y mucho menos dóciles e inteligentes que los caballos, que son animales de gran porte.

En cualquier caso, la civilidad, la cortesía, el buen sentido de la convivencia  -sin necesidad de llegar al perdón,  que es sentimiento o virtud genuinamente cristiano-  son para ser destinados a todos, y no tan sólo a quienes se comportan conforme aquellas honorables actitudes sociales. "Por las buenas, yo soy muy bueno..."  Esto dicho tan usual como estúpido, es sencillamente inaceptable. Hay que ser bueno con todos, cualquiera sea la forma en que uno pueda ser tratado por los demás. Bueno, educado, sensible, amable, cortés, generoso... y cuantas otras propiedades elogiamos en otras personas, para que estas mismas cualidades, siempre privativas del bien y nunca del mal, puedan arraigar en nosotros mismos. Porque, del mismo modo en que quién no es honrado en lo poco, no puede serlo en lo mucho, el que no es educado, cortés, amable y generoso con todos, no puede serlo con nadie.


Luis Madrigal



Las Navas del Marqués (Ávila, España)
14 de Agosto de 2017
Terraza de Verano de la Cafetería-Bar "El Sauco"


jueves, 10 de agosto de 2017

UNA FUNDACIÓN EXTRAÑA






La VILLA
DE LAS NAVAS DEL MARQUÉS
FUNDÁRONLA HEBREOS DE NABUCODONOSOR

El geógrafo del siglo XVII Rodrigo Méndez Silva, escribió una obra, propia de su materia de estudio, y aun más, que tituló "Población de España". El Capítulo LXXIII de dicha obra está dedicado a nuestra Villa (como literalmente la llama el autor)  de Las Navas del Marqués. En el momento en que Méndez Silva escribe su obra, son 800 los vecinos que habitan aquí en Las Navas, los cuales, según asimismo se dice, antes incluso de dedicarse a la cría de ganado, lo hacen fundamentalmente "al gran trato de muy buenos paños, proveyendo varias partes dellos Reynos".

Resulta, pues, claro que, en tal época, Las Navas era sobre todo una villa de tejedores, o fabricantes de tejidos, sin limitarse al propio consumo y el de sus alrededores, sino que exportaba a otras regiones de España. Más aún que de criadores de vacas y produción de leche, como se la ha conocido desde primeros del pasado siglo XX. A esto debió contribuir en notable medida aquel chascarrillo que a mí me contaron el primer año de mi ya prolongada estancia veraniega, en 1973: "Leche de las Navas", ofrecían algunos naveros en un cantarito de barro, desde los andenes, al estacionamiento de los trenes. "La mitad agua", dicen que replicaban los viajeros desde la ventanilla. "La mitad... leche", replicaba el oferente, indignado. Pues eso he dicho, "la mitad agua y la mitad leche", concluía el viajero de ferrocarril. ¡Por Dios, qué mala fama...! De las tres supremas necesidades que integran la trilogía marxista, en lo que atañe al concepto de necesidad (nutrirse, cubrirse, cobijarse), los naveros de entonces habían decidio dedicar sus esfuerzos y su trabajo a satisfacer las del primer y segundo órdenes, y nada menos que a título de exportación. Y aunque, de los cantaritos de leche, la mitad fuera agua (cosa que no creo, dada la honestidad de las gentes del lugar), sin duda los paños, si hemos de otorgar crédito a Méndez Silva, eran en el siglo XVII, "muy buenos y muy bien tratados". Nada de fraude en esta matería. Por el contrario, a diferencia de los productos lácteos -según entiendo carentes de toda regulación-  ya en 1500 se había promulgado la Pragmática de Granada, firmada por los Reyes Católicos en dicha Ciudad el 15 de Septiembre de dicho año, que aprobó las Ordenanzas sobre la fabricación de paños.

Lógicamente, en el siglo XVII, en que se escribe la indicada obra geográfica "Población de España" [cuyo facsímil del Capítulo LXXIII, tomado de la Biblioteca Nacional se inserta inicialmente, junto al edificio del actual BBVA] aún no había sido realizado el Catastro de Ensenada, que data del año 1751, ya transcurrida la mitad del siglo XVIII. Como es bien sabido, con el advenimiento de este último siglo, España había logrado superar la prolongada crisis de la centuria anterior, abriendo una etapa de reactivación y desarrollo económico. Por ello precisamete, el Marqués de la Ensenada, Don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, máximo responsable de la política económica durante el reinado de Fernando VI (un gran rey, por cierto, a diferencia de todos los demás borbones y muy especialmente de algunos), aprobó un nuevo modelo de la Hacienda pública, en el año 1749, cuya base fundamental del sistema tributario fue la sustitución de todos los impuestos hasta entonces tradicionales por el impuesto único del Catastro, que se denominó por ello "El Catastro de Ensenada". El catastro, actualmente, es un registro fiscal orientado, no a saber quién ostenta el derecho de propiedad, por haberse constituido en su favor dicho derecho (de eso se encarga otra institución, el Registro de la Propiedad, inexistente en España hasta 1861), sino quién es el sujeto pasivo tributario que ha de pagar por los bienes inmuebles sobre los que recae el mismo. También  -entonces-  en el caso que nos ocupa, sobre las actividades económicas que se realizaban. El Catastro de Ensenada se basó, en su elaboración, en una serie de preguntas que determinaron, una vez efectuadas las correspondientes actividades de investigación, las consiguientes Respuestas Generales, por parte de cada uno de los Municipios de toda España. Las Respuestas Generales de la Villa de Las Navas del Marqués fueron publicadas, en el año 1993, por Ediciones del Umbral, bajo patrocinio del Ayuntamiento de Las Navas, sobre los fondos documentales de dicho Catastro, depositados en el Archivo General de Simancas y en el Histórico Provincial de Ávila, con Introducción de Gonzalo Martín García, de la Institución de Estudios Abulenses "Gran Duque de Alba", e Ignacio González Tascón, de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, de la Universidad de Granada.

Por este motivo, los 800 habitantes que Méndez Silva atribuye a la Villa de Las Navas del Marqués, en el siglo XVII, un siglo más tarde, en 1751, se han convertido en 2.130, incluidos los 14 frailes dominicos del Convento dedicado a Santo Domingo y a San Pablo, (si bien, a la Pregunta 39ª, relativa a los Conventos y Religiones, se responde que "el combento del orden de Santo Domingo, llamado de San Pablo, se compone de nueve religiosos existentes en él), según el "Libro personal de los vecinos de la Villa de Las Navas y Libros oficiales de personal", del Archivo Histórico Provincial de Ávila, en relación con el Catastro de Ensenada (Libros 710, 711 y 712).

Por otra parte, los criadores de ganado y fabricantes de paños, se han convertido, o han dado lugar, en no pocas personas que ejercen muy diferentes oficios: Albañiles, Canteros, Albéytares, Herreros, Sogueros, Zapateros, Sastres, Tintoreros, Molineros, Hortelanos, Pastores, ... además de los 90 pobres de solemnidad, sin que, por otra parte, pueda haber variado el paisaje agrario, ni la distancia de la Villa al Escorial, que Méndez Silva establece en "tres leguas".

Pero lo que, sin duda, más llama la atención es que, según Méndez Silva, la Villa de Las Navas del Marqués hubiese sido fundada por "Hebreos de Nabucodonosor", cuando  -sobre todo si se observan las virtuosas costumbres de sus actuales comerciantes- más bien parece haberlo sido por los fenicios. Porque es bien injusta la fama de amante del dinero y la usura atribuida al pueblo judío, cuyos miembros se vieron obligados a ejercer el oficio de banqueros por no permitirseles el ejercicio de ningún otro. Y, además, a tener que fingir antigüedad, nada menos que desde los tiempos de Nabucodonosor, que precisamente fue quien se los llevó cautivos a Babilonia, tan sólo para poder argumentar que, muy dificilmente ellos habían sido quienes mataron a Cristo, dado que ni  -por razón del lugar- podían estar en Jersusalen, sino fundando Las Navas, ni  -por razón del tiempo- en la época del Emperador Tiberio, que fue cuando sucedió la muerte de nuestro Redentor. ¡Pobres judíos! (posiblemente Rodrigo Méndez Silva también lo era), siempre forzados a disfrazar con ingenio la mentira, para rescatar de ella la pura verdad! Y, pese a todo ello, tras dos enormes cautividades y el constante acecho a su misma susbsistencia, han logrado ser siempre, y convertirse hoy en día en una de las más avanzadas naciones del planeta. ¡Qué gran pueblo Israel! Alguien me dijo una vez que mi apellido era judío. Si así fuese, me sentiría orgulloso de ello.



Luis Madrigal
Las Navas del Marqués (Ávila, España)
10 de Agosto de 2017
Festividad de San Lorenzo Mártir

   

miércoles, 9 de agosto de 2017

MUY CERCA DE SUS MURALLAS



AL RECORDAR UN ÉXTASIS DE TERESA DE ÁVILA

Como hace ya tantos años, me encuentro por estas fechas  muy cerca de las murallas de Ávila, pero acabo de ver y oír por TV a un coro de Alcalá de Henares, que interpretaba un canto muy entrañable a mis oídos.
Durante la vida de Teresa, en el Convento de Salamanaca había ingresado una novicia, llamada Isabel de Jesús (Jimena), especialmente dotada para la música y el verso. Una tarde de Pascua de Resurrección del año 1571, Isabel cantó una coplilla amorosa que trataba del sentimiento del alma humana ante la ausencia de Dios, y cuyo poema, con toda certeza, la misma Isabel había escrito y compuesto musicalmente. Teresa la escuchó y seguidamente perdió  el sentido, teniendo que ser llevada a su celda en brazos de dos de las hermanas. La propia novicia, Isabel de Jesús, lo testificó así  años más tarde en el proceso de beatificación de Teresa, en 1614. La novicia Isabel de Jesús (Jimena) es persona especialmente significativa en la vida de Teresa, porque,  allí mismo,  en Salamanca, esta misma novicia, de origen segoviano, hará una copia manuscrita de "Camino de Perfección", que la misma autora revisará pormenorizadamente y la autorizará con estas palabras de su puño y letra en la cercana Alba de Tormes: “He pasado este libro; paréceme está conforme al que yo escribí, que estaba examinado por letrados; tiene las setenta y nueve hojas que aquí se dice con ésta en que firmo, en este monasterio de nuestra Señora de la Anunciación del Carmen, en esta villa de Alba de Tormes, a 8 de febrero , año de 1573. Teresa de Jesús, carmelita” (fol. 79r).

Yo mismo, escuché este canto de coro muchas veces durante mi infancia, en León, en la vieja iglesia de mi Parroquia de San Juan de Renueva, cuando era su Párroco Don Eladio Tejedor Alcántara, que había nacido en Villalpando, en la vecina y hermana Provincia de Zamora:  "Rantia Gloria Extolle". O, con mayor orden y precisión: "Gloria ex tollerantia", como hubiera gustado a los Zúñiga.

Pues bien, la coplilla era esta: 

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quien quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines:
flor de serafines,
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

No quiero contento
mi Jesús ausente,
que todo es tormento
a quien esto siente;
sólo me sustente
tu amor y deseo,
véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego. 

Es de extrañar, tan sólo en cierto modo, porque los vascos son de la tierra de Ignacio de Loyola, y tradicionalmente fervorosos y recios cristianos, que, en esta época que corremos, la Capilla Músical de la Catedral de Bilbao, con motivo de la celebración del 75 Aniversario de la Schola Cantorum, interpretase muy recientemente, en la Parroquia de San Vicente de Baracaldo, esta joya de espiritualidad eucarística, en el V Centenario de su composición literaria y musical. Con la única objeción, por mi parte, de que en el Programa se atribuyó este poema a Santa Teresa de Jesús, como habitualmente ha venido haciéndose. Pero ni el poema ni la música son de Teresa, sino de una de sus jóvenes novicias, de entre las que tenían en aquel Convento de Salamanca el nombre canónico de Isabel de Jesús. Teresa, "simplemente" entró en éxtasis, al escucharlo. Seguidamente tengo el honor de ofrecer, a quien tenga oídos para escuchar, esta vieja reliquia:


No cabe la menor crítica a la versión de este coro, pero tal vez la subida del archivo a YouTube ha generado algunas deficiencias de sonido. Por ello, voy a ofrecer seguidamente otra versión, la editada por Esperanza Rodriguez Prieto, de sonido mucho más claro, si bien, según me ha parecido, con algunas interpolaciones o adiciones que, según entiendo, no figuran el los versos originales.







jueves, 27 de julio de 2017

EVOLUCIÓN, PERO NO TAN SIMPLE



EVOLUCIÓN TOTAL

Alguien dijo, aunque ya no recuerdo quién fue el que lo dijo, que "la belleza es la forma más eficaz para huir de la realidad." Tampoco sabría decir yo ahora a qué realidad se refería el dicente, puesto que la realidad no es una sola, sino que, al menos en el mundo exterior al ser humano, se concitan muy diversas realidades. Hay, ciertamente, una primera realidad, "por riguroso orden de aparición"  -como en el teatro u otras artes escénicas suele hacerse con los actores o los intérpretes- en la historia del cosmos, o de la naturaleza, que es la realidad material, la realidad de la materia inerte, que constituye el objeto de conocimiento de la Física, con el auxilio o el instrumento de las ecuaciones u otras formulaciones matemáticas. Esta realidad material, privada de todo tipo de vida, tras andar diversos caminos, posibilidades y derivas, produjo la emergencia de otra realidad, la realidad vegetal. Un ser emergente, dice la Antropología filosófica, es el resultado de darse una serie de condiciones o circunstancias que propician su aparición desde otro ser ya pre-existente, pero al que no puede sustituir ni anular, sino que necesita y del que depende. La aparición del ser emergente no supone la desaparición del pre-existente, sino que, por el contrario aquél necesita de éste. Así, el vegetal, no anula al mineral, que no desaparece por su presencia resultante, sino que además le necesita.

Un"día", no ya de los Siete mitológicamente tan famosos, sino de los muchos miles de millones de años que manejan los científicos de la materia inerte y también los de la vida vegetal, emergió de esta última el animal. Sí, sí, del mismo modo, o muy parecido, en que el vegetal surgió del mineral, el animal surgió del vegetal. El animal, ser dotado no sólo de vida sino también de movimiento, necesariamente hubo de apoyarse y necesitar tanto de los minerales como de los vegetales. Sin ellos, no hubiera sido posible. Parece ser por tanto que el animal, sin dejar de serlo, es también y antes de serlo, mineral y vegetal. Los necesita a ambos para subsistir y si prescinde de ellos se pierde, como diría el gran maestro Ortega y Gasset. Es decir, se malogra. No puede llegar a ser lo que está llamado a ser. Somaticamente hablando, es notorio que las vacas se alimentan de la hierba y esta de los minerales que la nutren. Esto, desde luego, no es ningún gran descubrimiento, sino algo muy elemental y sabido.

Haré un aparte para que los posibles lectores  -seguramente ninguno, pero siempre hay que pensar en todas las posibilidades-  puedan respirar y respirar hondo, mientras meditan levemente sobre esta realidad tan sabida y científicamente aceptada por unanimidad interdisciplinar. Porque, muy frecuentemente, las realidades más sabidas y lógicas no despliegan sus contenidos más apabullantes, por emplear algún tipo de adjetivo, de los que impactan de un modo especial. Pues bien,"otro día", agotadas ya todas las alternativas y singularidades del mundo animal (¡y ya hay miles y miles de especies de esta carácter, como las hay del vegetal y el mineral!) emergió de él, y de todos sus precedentes, un animal muy curioso, muy singular, al que tal vez los ya pre-existentes ni esperaban, de poder ser conscientes de sí  mismos -que no lo eran- y que sí pudo ser consciente de su propia existencia. Además de ser material, vegetal y animal, este espécimen se dio cuenta, no sólo de que pensaba, porque podía pensar, a diferencia del mineral, de la planta y de otros animales que le habían precedido, sino de que podía pensar no sólamente de un modo lineal, sino de un modo reflejo. Esto es, podía pensar sobre lo pensado. Podía reflexionar, o reflejar su propio pensamiento. Este singular animal, desde luego emergido de otro animal, un póngido, no hay por qué negarlo (con total independencia de que la negación sea poco posible), no sólo era capaz, cuando veía una piña de plátanos colgando, a una altura superior a la de sus posibilidades de alcanzarla, de tomar un taburete, subirse a él y golpear con un palo la piña a fin de que cayeran los plátanos, para comérselos. De esto mismo, continúan siendo capaces, en los circos, los chimpancés, y por ello puede decirse con toda propiedad que este tipo de animales piensa. Claro que piensan. Piensan en cómo pueden comerse los plátanos, pero no son capaces, ni lo serán jamás, de pensar sobre lo que han pensado. Este último tan sólo resulta posible a este otro curioso animal, también emergente, que es el hombre, el ser humano.

Desde luego, algunos seres humanos, por las razones que sean o puedan ser, incluidas las más atroces e injustas, esencialmente, no han dejado de pensar como los chimpancés. Pero, en términos más generalmente ciertos y aceptables, el pensar reflexivo, o capacidad de pensar lo pensado, sin duda es un producto del ser consciente de sí y portador, por tanto, del nous que ya descubriera Anexágoras. Y esto, singulariza al homo sapiens dentro del orden común animal, al que pertenece, sin poder prescindir de él, como el animal no puede prescindir de la planta y la planta no puede prescindir de la piedra. Y por ello, el hombre es otro ser emergente, dentro del proceso general de evolución, que engloba y se extiende a toda la naturaleza resultante de aquella gran explosión.

Charles Darwin, descubrió  -contra su propia voluntad y la de su esposa Emma, aunque unitarista, fervorosa anglicana- la evolución de las especies, y dentro de ellas el origen del hombre animal, pero tan sólo en los aspectos más epiteliales de éste, que corporal y somaticamente se asienta sobre el póngido -no puede prescindir ni renunciar a él, como tampoco el vegetal de la materia inerte-  pero el hombre, no es un póngido -¿o sí, acaso alguno de los posibles lectores se considera tal?- como el vegetal no es el mineral. Darwin, descubrió exclusivamente la evolución animal, de una manera aislada y estanca, pero no reparó en la evolución inter-relacionada e íntegra de toda la naturaleza surgida, emergida, en un punto alfa, de aquella enorme explosión de la materia. ¿Quién es el hombre, pues, y de dónde y cómo surge?

"El hombre soy yo", podría decirnos ahora mismo a todos nosotros, de ser posible su regreso a través de un misterioso túnel del tiempo, el hombre del Paleolítico, que no hablaba ni escribía, con sus marcados arcos superciliares, sus brazos colgando, más largos que sus piernas, sus pelos hirsutos y su mal olor. Y con todo ello, podría decirnos, no sólo que era un hombre, como nosotros, sino además nuestro tatarabuelo. ¿Y acaso no lo era? Lo lamento por esos figurines siempre tan elegantemente vestidos y con unas gotas de perfume, femenino o varonil, tan embriagador y distinguido, respectivamente, porque, salvo que hayan descendido de algún planeta ubicado en alguna lejana constelación, aquel salvaje maloliente, era y es su tatarabuelo, y el tatarabuelo de sus tatarabuelos, miles de millones de años por delante. Y por detrás. Del mismo modo, ¿qué será el hombre del siglo XXV, o del MCCCXXV, o más, hasta que esa estrella, alrededor de la que giramos, alcance el final de su presencia en el cosmos, convirtiéndose en una roja gigante para, a 500 grados centígrados, harcer hervir los mares de la Tierra, tras haber engullido de un solo bocado a Mercurio y a Venus? No podemos ni imaginar cómo será el hombre, antes de que suceda tal fenómeno, aunque sí afirmar que será hombre de un modo cualitativamente distinto a nosotros, tanto morfológica (anatómica y fisiologicamente) como espiritualmente. Pero, también será el hombre. Y cuando trate de definirse en medio de toda la naturaleza, dirá: "El hombre soy yo". ¿Y acaso no lo será?

¿Quién es el hombre, pues, de dónde emerge y cuál es su camino, su destino y su meta? Si alguien se atreve a decirlo y a definirlo, científicamente, incluyendo en primer lugar a los arrogantes científicos de la materia muerta, aislada de otras realidades emergentes, tiene que admitir que su definición necesariamente ha de ser provisional y transitoria, porque hasta que no se haya llegado a ese otro punto -el punto omega- en el que haya terminado de vivir el último hombre de todos cuantos hayan cruzado la Historia, es imposible saber cómo es el hombre, quién es y qué le espera. No es posible una definición definitiva del hombre, sencillamente, porque nunca está acabado de hacer, sino constantemente haciéndose. Por eso, no es posible definirlo. Porque, mientras está aquí, nunca está terminado de hacer y, cuando está terminado, ya no está aquí. Esa es la más rigurosa y verdadera realidad del hombre, muy superior a cuantas otras realidades le constituyen y encierran, haciéndolo menesteroso del ser y prisionero del tiempo. La materia, es la base de su ser, su realidad primera; sucesiva y ascendentemente, también la vegetal y la animal. Pero si se invierte el proceso evolutivo, la materia es la realidad más pequeña, la ínfima de todas ellas. De ello pudieron ser testigos los descubrimientos y cálculos de Max Plank, el hombre que dedicó toda su vida al estudio de esta realidad, la materia, y abrió el camino a lo que ahora parece saberse más que nunca de su causa: Que la materia de la materia, es inmaterial. Esto es, la materia esencialmente no existe. Mucho mejor dicho, la materia no es. Ya Heidegger dijo que las cosas no son, sino que simplemente "dasein". Están ahí.

Por ello, retornando al principio, la belleza no puede ser, en modo alguno, la forma más eficaz para huir de la realidad esencial del hombre. Lo será, sin duda, para escapar de la realidad material, por muy contingente, dura, cruel e injusta esta pueda presentarse, pero también la más sublime para abrazar estrechamente la única realidad que es. Eso es el ser, lo que es. Del mismo modo que la nada, es lo que no es. Y por ello, sin prescindir en modo alguno del supremo mandato contenido en el Nuevo Testamento, el Amor, causa y conclusión precisa y exacta de la evolución toda, interrelacionada e integral -antes incluso- es rigurosamente preciso recordar la autodefinición del Antiguo: "Yo soy el que soy".


Luis Madrigal

sábado, 8 de julio de 2017

EN CUALQUIER ÉPOCA DEL AÑO



CUATRO SONETOS
EN HONOR DE
ANTONIO VIVALDI

Il Prete Rosso

Y del Ospedale de la Pietà
de Venecia


I

SONETO DE PRIMAVERA


El hiemal ya se fue... Ya el sol asoma
más claro, más vivaz... Más sobre el cielo.
Junto al otero en sombra alza su vuelo
sedienta de más luz una paloma.

Se dirige a la altura, donde toma
del primer rayo vida... Deja el suelo
en que la sombra, aún, arrastra el hielo
     que en mil lágrimas vivas se desploma.

Mas, al volar, divisa un campanario
y la memoria viva  -allí un día muerta-
que vive aún por siempre, aunque el sudario

sobre la tierra yace... Reinserta
la vida que se fuera a aquel osario,
que del Edén abierta está la Puerta.






II

SONETO DE VERANO


Cedió el cristal al sol... Y ya no hiela,
ahora que el rayo se ha hecho puro fuego
y, a la rama del árbol, sin despego,
reseca hasta abrasar como una vela.

Ya no se arrastra pálido... Ahora vuela
y su rojo mirar parece ciego
cabalgando el sendero veraniego,
al mismo tiempo látigo y espuela.

Al poco, viste el prado de amarillo
y calcina cuanto halla en su camino…
Exubera la vid en el zarcillo

y expande el alma alegre su destino.
Al horizonte azul, se alza un castillo
dentro del cual vive su ser divino.



    



III

SONETO DE OTOÑO


Ya verdean las vegas nuevamente,
tras vestirse en verano de amarillas…
Otra vez los arroyos las orillas,
de sus resecos cauces, besan dulcemente.

El chorro de cristal vuelve a la fuente
y de sus mil colores  -maravillas
ocres, rojizas pardas-  alfombrillas
teje el suelo, que un brillo mate siente.

Bien teme que mañana vendrá el frío
y el tronco en el hogar será la seña
del vivir junto al fuego. Ya el estío

terminó su canción, y la risueña
caricia que sembró… Rostro sombrío
el hielo hará esculpir en vieja aceña.




   



IV

SONETO DE INVIERNO


Brilló la blanca capa sobre el prado,
que verde fue y florido en primavera
y ya no puede recordar la era
en la que de corolas era alado.

Luce también el sol, mas luce helado
y lucha con denuedo, a la manera
de hercúleo Sansón, que bien quisiera
tornar al son de estío enamorado.

Así sucede al paso de la vida
del hombre que en el suelo halla su paso
y mira al cielo gris, como si de ida

y no de vuelta fuera su fracaso,
buscando la esperanza, ya aterida,
en su oración al Cielo en el ocaso.



   




Luis Madrigal



viernes, 9 de junio de 2017

EL PATRIOTISMO ES UNA HISTORIA DE AMOR





PUNTUALIZACIONES A UN EXCELENTE ARTÍCULO

de Luis Español Bouché




http://www.elespanol.com/blog_del_suscriptor/opinion/20170605/221547845_7.html

Exactamente con la misma imagen que antecede, y que tomo prestada, el escritor Luis Español Bouché (español de apellido y sobre todo de corazón) publicaba no hace muchos días,  un precioso artículo que, aunque breve, debería servir de reflexión colectiva. El título del artículo, el primer apellido del autor y  el de la cabecera del periódico que lo publicó, lejos de resultar conjuntivamente redundante, pueden causar la impresión de encontrarnos ante un francés que amó entrañablemente a España, Emmanuel Chabrier, y que recorrió nuestro país a través de San Sebastián, Burgos, Toledo, Sevilla, Granada, Málaga, Cádiz, Córdoba, Valencia, Zaragoza y Barcelona, para escribir aquella Rapsodia llena de amor. Luis Español, podría ser, al menos en apariencia, medio francés, por razón de su segundo apellido, Bouché. Pero la cuestión esencial es radicalmente la contraria, porque la tesis del citado artículo es que no importan, o no deberían importar nada las nacionalidades. Español Bouché, además de la bandera de España, para ilustrar su artículo, levanta la del verdadero patriotismo, válida para acoger bajo sus pliegues a todas las patrias del mundo, excepto a los nacionalistas. Tal tesis, está contenida y enraizada en la profunda expresión del escritor y diplomático francés, de origen judío-lituano, Romain Gary, que tuvo que adoptar este pseudónimo tal vez para librarse del odio, y que se cita literalmenet en el citado artículo:  "Le patriotisme c’est l’amour des uns, le nationalisme c’est la haine des autres." Es posible que mi traducción no sea muy precisa, pero estoy seguro de que el fondo de la cuestión anima mi vida desde hace ya algún tiempo, porque, si, fundamentalmente, el patriotismo es amor por el otro, y el nacionalismo el odio de los demás, merece la pena hasta morir, si es preciso, por el patriotismo y por los compatriotas, y jamás incurrir en esa lacra del nacionalismo y de los nacionalistas. De todo nacionalismo, incluido el español. Esto es, por el amor, merece la pena exponerse al odio.  Como por la libertad, decía Don Quijote a Sancho, merece la pena morir "alguna vez". Esto es, siempre. Hace ya años, yo mismo escribí en un humilde libro, pero desde el fondo de mi alma, que, "quizá algún día, un movimiento internacionalista, suprima las fronteras, borre la distinción jurídica entre nacional y extranjero y, en suma haga de todas las patrias una."

Por este motivo, fuí leyendo con entusiasmo y casi hasta con fervor, el artículo de referencia. Yo, soy jurista, de vocación muy honda, pero de formación tal vez excesivamente formalista y dogmática. ¡Los viejos dogmas del Derecho...! Solo ellos fueron capaces de conformar la convivencia humana, garantizando el ordo iuris, esa perfecta armonía de todo el deber ser, pero que se presume íntegra y sin fisura alguna, de tal modo que nada pueda quedar al margen de la norma. Y en esta ambición, sin duda  -creo yo ahora-  la técnica jurídica ha contribuido, como veladamente denuncia Español Bouché, a acrecer esos "ríos de tinta por los que los nacionalistas han derramado océanos de sangre", en la profunda y bella expresión del autor de este artículo. En su artículo, Luis Español utiliza inicialmente una figura comparativa muy gráfica. Los patriotas son con como los koalas, los nacionalistas como las hienas. Partiendo de esta figura, el patriotismo es amor -naturalmente a la patria-  y el amor es por esencia desinteresado y generoso, además de constructivo y útil, basado en el esfuerzo diario del trabajo, de la construcción de la familia que acoja a los niños y ampare a los mayores, pese a que también haya amores patrióticos desesperados, propios de quienes una vez se quedaron sin la patria perdida y añoran lo que ya no es posible, porque lo ha devorado el tiempo. Por ello, no consiste en  dar gritos mientras se agitan banderas. Hasta aquí, tengo que estar completamente de acuerdo.

Dice Español Bouché, que el amor patriótico es generoso y amplio, y que por ello no puede ser exclusivo. En lo que respecta a los españoles, a los que vivimos en la península Ibérica, en su opinión, que yo comparto por completo, no es incompatible amar a la patria chica (a renglón seguido, el autor se referirá a Cataluña, pero bien podría hacerlo también al País Vasco y, por mi parte, añadiría una buena parte de Galicia y hasta de la misma españolísima Andalucía), sino que es perfectamente compatible con el amor a la patria grande, que es España, a la patria enorme, que es la Hispanidad y a la patria absoluta, la Humanidad. Lo comparto íntegramente.

Tan sólo un punto débil me parece a mí encontrar en el artículo de referencia. Admite expresamente su autor que "menos clara es la definición de patria", concepto del que lógicamente se deriva la expresión de patriotismo. Y sin haber entrado, por otra parte, en el concepto de "nación", del que se deriva la expresión nacionalismo, la cuestión no es nada baladí. Porque, sin un concepto riguroso y preciso de lo que pueda ser "la patria", y si tal concepto se identifica o no exactamente con el de "nación", no es tampoco posible precisar lo que puedan ser el patriotismo y el nacionalismo. Yo creo que, al menos en el horizonte mental común de las gentes, patria es lo mismo que nación y, en consecuencia todo lo predicable del patriotismo  -bueno o malo-  lo es también del nacionalismo, y viceversa. Cuestión muy distinta es la del tercer concepto concurrente en el juego. El del concepto de "estado" y, más aún, los de estado nacional o estado plurinacional. Porque todos ellos concurren, o pueden concurrir en Derecho. La consecuencia inmediata es la de que los términos axiológicos contenidos en el binomio "patriotismo-nacionalismo" (o el de "koala-hiena", en la figura propuesta) serían los mismos en uno u otro caso. Es decir, no se trataría ya de un binomio sino de un monomio, puesto que ambos pretendidos antitéticos términos, el de patriotismo y el de nacionalismo, serían no ya sinónimos sino idénticos. La clave no radica ahí, sino en la exacerbada exaltación de lo que es propio e igual (en tantos sentidos) frente al igualmente exacerbado desprecio y hasta repulsión, de lo que es impropio y distinto a lo nuestro. O, como diría Español Bouché, a "la condición dada anterior".

LLegados a este punto, si bien es verdad que los historiadores, y sobre todo los juristas, podrían haber enturbiado los ríos, contribuyendo notablemente a teñir el agua clara del color de la sangre, la raíz y la clave de tal exacerbación, se llame patriotismo o nacionalismo, radica en el vínculo jurídico que crea y establece frente a las personas   -frente a cada individuo-  esa organización positiva de la convivencia social dentro de un territorio determinado, delimitado por unas marcas de exclusión que denominamos fronteras. Ahí está la clave, creo yo. En el Estado soberano, que no es otra cosa sino un modelo para la organización política y jurídica de una sociedad. La construcción de esta organización de la convivencia, dentro de un ámbito determinado, más extenso o más reducido, es la gran conquista pendiente de alcanzar.

Ya en el año 1922, Ortega, llamaba "particularismos" a la actitud y a los ecos que sonaban en Barcelona y en Bilbao, procedentes de los gritos de muerte que se habían dado en  Filipinas y en Cuba. Por ello advertía -ya entonces-  estarse produciendo un  "proceso de desintegración que avanza en riguroso orden, desde la periferia al centro, de forma que el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de una dispersión interpeninsular". Porque lo último que se unió es lo primero que se separa. Y es que, según diagnosticaba aquella preclara mente, Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho... Lo que es en principio un sistema de incorporación, resulta finalmente siendo un proceso de desintegración. Para Ortega, Castilla, es muy similar a Roma y, cuando habla de Roma, se inspira y establece la base de su pensamiento nada menos que en Monsen: "La historia de la gran nación latina es un vasto sistema de incorporación." Pero, cuando el proceso alcanza su punto más alto posible, comienza un proceso inverso de desintegración, replica el gran pensador español. El problema es ya muy viejo y sus causas también. Ortega está hoy mismo, más que nunca tal vez, completamente vigente.

En mi opinón, esa expresión del "derecho a decidir" que últimamente se han inventado los secesionistas catalanes, ni existe ni jamás ha existido, ni en lo que atañe a la expresión  ni menos aún en lo que se refiere al pretendido derecho. Todo derecho ha de constituirse previamente, ha de nacer antes de poder ser ejercitado. Cataluña, con Castilla, es co-fundadora de España y carece por ello de todo derecho a ser un estado soberano e independiente, conforme al propio Derecho internacional. Mucho más aún carece de tal derecho, el llamado País Vasco o "Euskadi", término este último histórica y jurídicamente indescifrable, al contrario de Euskalerría -en opinión de Humbolt- pero tampoco conviene olvidar que este conflicto secesionista no es precisamente de hoy. Si España, como diagnosticó Sánchez Albornoz, es "un enigma histórico", tal enigma no parece fruto de las expresiones que utilicemos, sino de la eterna lucha sostenida por la excelsa virtud suprema del amor, frente al odio, que es el más reprobable y odioso de los vicios. Y el más activo de todos los venenos.

Luis Madrigal