miércoles, 29 de octubre de 2014

¿VACÍO EXISTENCIAL?



VACÍO-PLENO

Don Felipe Fernández Ramos, nació en Almanza (León) hace ya algunos años. Tantos han pasado desde entonces que, a través de ellos, no sólo tuvo tiempo de terminar sus estudios eclesiásticos en el Seminario de León y de ordenarse sacerdote, sino de acometer otros específicamente destinados a observar los grandes misterios por medio de sus estudios bíblicos en Salamanca y Roma y más tarde en la Escuela de Teología de Jerusalén. Fruto de todo ello, pudo ser Canónigo Lectoral de la Catedral de León y Profesor de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia de Salamanca. De sus casi treinta libros y más de trescientos artículos escritos y publicados por su parte, uno de ellos, cuya portada editorial ilustra hoy esta entrada, me parece a mí especialmente significativo para subrayar  -por contraste que sirva de contradicción-  la rotunda negación de la idea de “vacío existencial”, a la que se afilian hoy tantos jóvenes, sobre todos los de formación académica científica, y a la que también yo mismo hacía referencia en el texto publicado en este mismo humilde Blog el pasado Miércoles, día 15 de Octubre de este mismo año 2014, con ocasión y en torno a las declaraciones del físico teórico británico, Profesor Stephen Kawking.

Tengo que decir que conozco personalmente a Don Felipe desde hace también ya muchos años. Él fue mi Consiliario en aquellos tiempos lejanos de la Juventud de Acción Católica Española, en la Diócesis de León, y desde entonces he seguido, más o menos, la trayectoria de su pensamiento. Sé muy bien por ello, que, en los últimos tiempos, ha prestado especial interés a los estudios cosmológicos y científicos relativos a la Física cuántica y a la Astrofísica, y en particular, dentro de ellos y entre otros, a los del propio Stephen Hawking y otros astrofísicos y cosmólogos, especialmente los de Carl Sagan. Tal vez por ello, en el largo subtítulo atribuido al libro de referencia  -“Vacío-Pleno”-  ha querido afirmar que la infinitud eterna se manifiesta en la realidad cósmica. Esto es, ese ”vacío” que, según algunos pretenden, inexorablemente apareja la existencia, es al mismo tiempo un vacío “pleno”. Como en su día concluyó Vicente Ferrer  -antes de marcharse a la India a socorrer a los desterrados de la existencia-  sólo es cuestión de posicionarse de uno u otro lado de la luz. Y conste que Ferrer, afiliado en su juventud al Partido de Unificación Marxista (POUM), en 1938, llegó a tal conclusión en plena Batalla del Ebro, dentro de la horrible contienda militar entre españoles, de la que resultó ser un soldado vencido, y por tanto antes de hacerse jesuita y pretender “ver a Dios cara a cara”, de modo inmediato. Esto último sólo lo consiguió al verse, también cara a cara, frente a los “outcast”, los “dalits”, los “descastados”, de Andhra Pradesh.

Pero, volviendo a la cuestión de fondo, hay que admitir que, en principio, resulta imposible armonizar los conceptos aparentemente contradictorios y excluyentes de “vaciedad” y “plenitud”. Sin embargo, si se tiende la vista atrás, hacia algo absolutamente anterior al tiempo, esto es, anterior a la existencia; es decir, a la “pre-existencia”, nos encontramos con las palabras del Apóstol San Juan en su primera Carta: “Lo que ha sido desde el principio entre vosotros ya lo era en el principio anterior” (1Jn 1, 1-2). Más o menos por aquí comienza Don Felipe, en su Prologo al libro de referencia. Es decir, la Palabra proclama la esencia de un principio anterior al tiempo, al Big-Bang. De un principio sin causa, o de una causa incausada, que no puede ser comprensible matemática ni filosóficamente. Tampoco por ello “científicamente”. A esto, lo hemos llamado “Dios”, por un arrastre histórico de carácter mitológico. “Dios”, no es sino la traducción de “Theus”, o Zeus, el supremo dios del Olimpo. Lo mismo sucede en lo que atañe a la creencia islámica en “Al-láh”  -hispanizado Alá-  cuya traducción es exactamente la misma. Tal denominación, ciertamente, es bastante infantil y vienen ahora a cuento las palabras del mismo Carl Sagan, hijo de judíos ucranianos emigrados a los Estados Unidos, donde él nació: “La idea de que Dios es un hombre blanco de grandes dimensiones y de larga barba blanca, sentado en el cielo y que lleva la cuenta de la muerte de cada gorrión es ridícula. Pero si por Dios uno entiende el conjunto de leyes físicas que gobiernan el universo, entonces está claro que Dios existe.” Carl Sagan, se lamenta de que "este Dios es emocionalmente insatisfactorio..."  Porque, “no tiene mucho sentido rezarle a la ley de la gravedad.”  Pienso yo  -¡pobre de mí!-  que sería verdaderamente ridículo rezar a la ley de la gravedad, pero que puede tener todo el sentido rezar al Ser Supremo que, como piensa Don Felipe, salió de Sí desde el vacío más absoluto para producirse, en lo que los propios científicos llaman una Singularidad, o un punto de comprensión infinita, en la que estaba contenida toda la materia y energía que ahora existe en el cosmos: “Fiat lux” (Gn 1, 3.). Esto es lo que ordenó esa Substancia infinita y eterna, incomprensible a la mente humana, anterior a la materia y al tiempo, que llamamos “Dios”.  Ese Ser, para algunos de nosotros, es una Persona, hecha Hombre, pero dice Don Felipe que es un “Vacío-Pleno”. Yo no puedo saber si él puede tener razón o no, entre otras cosas porque, además de mi cortedad de ingenio y baja inteligencia, soy sincero amigo suyo y, de compartir con entusiasmo tal afirmación, parecería que estaba tomando partido por el gran amigo de los viejos tiempos.

Sí me parece en cambio, aunque tenga que ser a ras de suelo, resulta inadmisible escuchar, sin replicar nada, que “la vida carece de sentido”, puesto que la existencia humana es un absoluto vacío. El “vacío existencial”, el de la negra corriente existencialista francesa de Jean Paul Sartre  -no tanto la de Albert Camus-  y sin que en modo alguno quepa calificar de lo mismo la esperanzadora visión de Martin Heidegger. ¿Cómo puede decirse que la vida del hombre sobre la tierra es un absurdo y que vivir carece de todo sentido? ¿Acaso no es también la vida hermosa, llena de plenitud y vigor, e incluso en ocasiones de auténtica felicidad? Aunque Dios no fuese  -porque “existir”, desde luego no existe-  tampoco podría decirse eso. De hecho, muchas personas para quienes Dios no es, o que ni siquiera se han inquietado nunca por ello, sienten que la vida es muy dulce, aunque en ocasiones sea tan amarga y cruel, pero demuestran con su misma conducta que, dentro de la existencia, cabe también la fortaleza frente a la debilidad, la superación de las dificultades y hasta el heroísmo ante a las desgracias. ¿Y Dios? Pienso que no debemos mezclar a Dios en este asunto. Sin Dios, también la “post-existencia” puede tener sentido, un notable sentido, aunque sea en Él donde únicamente podamos encontrar la perfección absoluta  -ontológica y óntica-  en el bien, la verdadera armonía y justicia de todas las cosas y, en consecuencia, la auténtica paz y gozo del espíritu.

En realidad, me parece que si ha llegado a abrirse en la historia de la Humanidad una brecha tan enorme entre la ciencia y la fe en Dios, sin duda ha sido a consecuencia del positivismo.  El positivismo es una corriente o una escuela filosófica según la cual el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico, a través de un método de la misma naturaleza.

Pero el positivismo, dentro de su obsesión por el rigor del método científico, no sólo incurre en un error propiamente epistemológico, sino que, en la trama de sus propios razonamientos, en apariencia muy rigurosos, deja abierta una considerable laguna. La concepción positivista del mundo, paradójicamente, no toma en cuenta la más importante de las nociones positivistas, la de infinito, que de un modo esencial consiste en entender y admitir que la verdad absoluta no puede contener ninguna restricción, lo que supone que es absolutamente incondicionada e indeterminada, ya que toda determinación, cualquiera sea, es forzosamente una limitación, por lo mismo que deja algo fuera de ella. Por otra parte, toda limitación presenta el carácter de una verdadera negación. Poner un límite, es negar  -para lo que está encerrado en él-  todo lo que ese límite excluye. Por lo tanto, la negación de un límite es propiamente “la negación de una negación”. Es decir, en consecuencia constituye, no sólo gramatical sino lógica y hasta quizá matemáticamente, una afirmación, de tal suerte que la negación absoluta de todo límite equivale en realidad también a la afirmación absoluta y total. Y así puede decir el matemático masón y esoterista René Guénon, en su obra “Los estados múltiples del Ser”, que lo que carece de límites es aquello de lo cual nada se puede negar y, por consiguiente, es además no sólo aquello que contiene todo, sino aquello fuera de lo cual no puede haber nada.

Siempre suele citarse a los científicos materialistas y ateos, como paradigma de la verdad. Esto lo hacen los materialistas y los ateos, naturalmente. Pero cabe también proponer muchos ejemplos de científicos, de altísima categoría como tales, que sintieron y encontraron a Dios, en todos los siglos y épocas, incluso ahora mismo también, como a título meramente indicativo sucede en los casos del matemático de Oxford John Lennox, además de ser Profesor de Filosofía de la Ciencia, o del paleontólogo asimismo británico Simon Conway Morris. En el pasado, se haría la lista interminable: Copérnico, Bacon, Kepler, Galileo (pese a su desencuentro con la Iglesia), Descartes, Boyle, Kelvin… y la gigantesca figura de Max PlancK, introductor y conductor de Einstein. Aparte del propio Isaac Newton, que dedicó más tiempo a la Biblia  -casi tanto como Don Felipe-  que a la Ciencia, se podrían proponer muchos más. Personalmente, siempre me ha cautivado la edificante figura de Blaise Pascal, el matemático y naturalista cristiano cuya contribución en ambas materias llevó al diseño y construcción de las calculadoras mecánicas, a la Teoría de la probabilidad o a la investigación sobre los fluidos y a la precisión de los conceptos de presión y vacío. El también francés Louis Pasteur, es otro ejemplo contundente en lo que concierne a la Ciencia. Pasteur, químico de profesión y padre de la microbiología, comenzó estudiando en el vino los cristales que lo enturbian y terminó descubriendo las bacterias, elaborando la teoría de las enfermedades infecciosas  -lo que dio pie a la erradicación de las mismas-  desarrollando las primeras vacunas e inventando el método de la pasteurización. Louis Pasteur era católico, apostólico romano.

Más significativo resulta aún si cabe el caso de Michael Faraday, y de la interpretación ofrecida por sí mismo a su propio testimonio. Se cuenta que el ilustre físico y químico inglés, uno de los más influyentes de la historia, que estudió el electromagnetismo y la electroquímica, y descubrió en profundidad la electrólisis, en las lecciones que impartía en Londres, nunca pronunciaba el nombre de Dios, aun siendo él profundamente religioso. Un día, excepcionalmente, se le escapó este nombre y se produjo de repente un rumor de simpatía entre sus alumnos. Faraday, percibiéndolo, interrumpió su lección con estas palabras: “Acabo de sorprenderos al pronunciar aquí el nombre de Dios. Si nunca me sucedió antes, es porque soy un representante de la ciencia experimental en estas lecciones. Pero la noción y el respeto de Dios llegan a mi mente por vías tan seguras como las que nos conducen a las verdades de orden físico…” Se ha dicho también que Faraday murió con un rosario entre sus manos.

¿Cómo entonces puede decirse que Dios es un “cuento”, inexistente para la Ciencia, que tan sólo cabe en la mente de los niños o de aquellos adultos que no han llegado a alcanzar un estado de madurez y verdadero equilibrio mental? Algo grita muy hondo dentro de mí que la Ciencia no podrá nunca explicarlo todo. Y he de admitir que lo que yo piense o sienta carece de toda importancia, pero sospecho que es lo mismo que anidaba en la mente nada menos que del propio Albert Einstein, no tanto cuando dijo aquello tan citado de que “Dios no juega a los dados”  -de lo que puede inferirse una clara creencia en Dios-  sino cuando repetía su famoso adagio: “Ciencia sin religión es coja; religión sin ciencia, ciega”.

Luis Madrigal



domingo, 19 de octubre de 2014

ENTRE EL TEMOR Y EL TEMBLOR




MISTERIO EXISTENCIAL


Lo mismo que en el aire una pavesa,
muerta su vida ya, ni al fuego llama…
Lo mismo que el olvido, al que no ama,
al caer la tarde, es herida ilesa.

Igual que en el invierno la flor besa
manto de hielo que huracán inflama.
Lo mismo que la gloria no es la fama
ni cabe en el amor mirada aviesa.

Lo mismo que es al canto un miserere
cuando al mirar se apaga la mirada
y sólo puede ver que el ser se muere.

Así pudo vivir, sin que viviere,
lo que nunca nació ni vivió nada,
hasta que un día murió sin que muriere.


Luis Madrigal


Madrid, 19 de Octubre de 2014




Arriba, fotografía de M. Lamprinos

miércoles, 15 de octubre de 2014

LA VIDA NO ES UNA CASUAL MUTACIÓN



Y MENOS AÚN UN VACÍO EXISTENCIAL

La simplicísima idea de que la vida puede proceder de la materia cósmica, que a cualquiera de nosotros puede asaltarnos del modo más natural y elemental, cobra en Telilhard de Chardin una complejidad que no tiene nada de simple agregación, ni tampoco de múltiple repetición geométrica, indefinida, o de unidades de numerosos ejes, cual sucede en el sorprendente fenómeno de la cristalización. Theilard fue en vida sacerdote jesuita, hasta aquella tarde del 10 de Abril de 1955, cuando se disponía a tomar el té en Nueva York, concluyendo así de manera prematura, en plenitud de vigor intelectual, su brillante y lúcida aportación sobre el más profundo sentido de la antropogénesis, dentro del más general y amplio de la cosmogénesis. Pero, en ello, Theilhard, en absoluto se comporta, no ya como un teólogo, condición que jamás ostentó, ni siquiera como un filósofo, de lo que tan sólo da muestra en ocasiones, sino como un auténtico y genuino científico. Un paleontólogo, de la evolución y de la genética. No solamente Darwin o Mendel, respectivamente en cuanto a una y otra, pueden ser los únicos a quien debe prestarse atención. Por no citar tan pronto, e incluir de manera muy singular, a ese gran pequeño y desdichado hombre que, tal vez a causa de haber contraído el ALS, o enfermedad de las neuronas motoras, anda por ahí diciendo  -últimamente ha vuelto a insistir con mayor radicalidad-  que “Dios no existe” y que únicamente la Ciencia puede explicarlo todo, aunque de momento reconozca expresamente que no lo explica.

Por cierto, que, si Pierre Theilhard de Chardin era francés y jesuita, Gregor Mendel era austríaco y agustino. Es decir, ninguno de los dos era español. Esto significa que no sólo a los españoles “de pura cepa”, tan “católicos”, meapilas, aturdidos e ignorantes, tan carpetobetónicos y amantes de los toros y del fútbol  -a una gran mayoría de los españoles-  les ha parecido desde tiempo inmemorial que eso de la vida no puede tener un origen cualquiera, y por ello se dedicaron a construir catedrales, primero románicas y después góticas, o renacentistas, para rendir culto y adoración al gran Arquitecto (que no es precisamente tampoco el de la escuadra y el compás de la Masonería), en lugar de edificar laboratorios, estaciones astrofísicas y aceleradores de partículas. Es decir, que también los católicos extranjeros han cultivado la Ciencia, otorgando a ésta lo que es debido conceder, no para negar a Dios, aunque tampoco precisamente para afirmarle  -dado que ello no es materia ni competencia de la Ciencia, ya sea ésta la Física o cualquier otra de la materia-  al menos para no afirmar tan rotundamente lo que la Ciencia no puede demostrar. Desde luego, tampoco ellos, ni Theilard y mucho menos Mendel- consiguieron “demostrar” nada en sentido positivo en lo concerniente a la esencia divina. Exactamente igual que quienes, científicamente, en sentido negativo, pretenden liquidar a Dios de la existencia humana, como es el caso del hombrecito. Con  razón su primera esposa, Jane Wilde, físico al igual que el propio Hawking, que fue también su paciente enfermera, además de una ferviente católica, se separó de él, al descubrir que estaba educando a sus tres hijos, Lucy, Robert y Timothy Hawking, en el más radical ateísmo. El señor Stephen William Hawking (matemático, físico teórico, astrofísico, cosmólologo y divulgador científico), sin duda es un gran genio. Comenzó a demostrarlo ya, siendo estudiante en Cambridge, con una exótica y en grado sumo novedosa formulación matemática, improvisada en un examen, que deslumbró a todo el Claustro académico de la prestigiosa Universidad británica. Resulta casi espeluznante, por otra parte, que con sólo los dedos pulgar e índice, de una de sus manos, único movimiento que según dicen le resulta posible, pueda activar un mecanismo, concebido y diseñado por él mismo, para poder transformar las pulsaciones en voz humana, a fin no solamente de poder expresarse sino de pronunciar conferencias. Todo ello es admirable en grado sumo. Pero aquí se acaba la admiración. Si, como el propio Hawking acaba de admitir, ninguno de los datos y descubrimientos de su propio saber, ni el de toda la ciencia de la materia, permite descubrir a Dios, tampoco ninguno de aquellos permite y autoriza a negarle, como también ha admitido. ¡Cállese usted, pues, Sr. Hawking, en lo que se refiere a Dios! Al menos, no sea tan radicalmente concluyente, cuando tampoco puede usted demostrar lo que afirma, porque Dios no es objeto, material ni formal, de la Física, sino de la Teología, pese a que esta no pueda ser precisamente una “ciencia”, aunque sí sea la “Física del espíritu”. Tengo la sospecha de que, entre otras muchas, las declaraciones recientemente vendidas al diario “El Mundo”, de Madrid, no son más que carnaza para tiburones. Digo vendidas, con absoluta propiedad. Vender, por propia definición es ofrecer a otro una mercancía a cambio de dinero, para que quien compra, a su vez, pueda lucrarse en la reventa. Se trata estrictamente de una compra-venta mercantil, a tenor del artículo 325 del Código de Comercio español: “Será mercantil la compraventa de cosas muebles –y mucho más de ideas sensacionalistas- para revenderlas, bien en la misma forma que se compraron, o bien en otra diferente, con ánimo de lucrarse en la reventa”. Nada nuevo, ni nada que en realidad y rigor pueda interesar a la Física y menos aún a la verdad, que dicen los periodistas es lo que ellos quieren divulgar. A eso que ellos llaman “el sagrado deber de la información”, convirtiéndolo con excesiva frecuencia en un mero negocio.

Pero lo verdaderamente perverso es que tales manifestaciones, procedentes de un genio, puedan reafirmar las nacientes inquietudes de algunos jóvenes colegas, quienes encuentran en ellas un motivo definitivamente radical para entender que “la vida no tiene sentido alguno” y que, por tal motivo, han de moverse en el seno de un “vacío existencial”, dado que para ellos “Dios es un invento del hombre”, como a su vez les indicó un filósofo alemán, Friedrich Wilhelm Nietzsche. Pero de esto, de ese aparente vacío, quisiera yo tratar otro día, más o menos próximo, aunque tenga que ser, no totalmente con pluma ajena pero sí con las ideas de alguien para quien la Física tan sólo es la ciencia de la materia  -y para quien, como para Tomás de Aquino, con la Filosofía no termina la búsqueda de la Verdad y de la verdadera Vida-  pero convencido a su vez, como lo estoy yo mismo, de que el espíritu anida fuera de aquélla.

Luis Madrigal



miércoles, 1 de octubre de 2014

UNA VIEJA HISTORIA



LA ENEIDA FUE ESCRITA POR AUGUSTO

Publio Virgilio Marón, nació en el año 70 a.C., posiblemente en la Galia Cisalpina, cerca de Mantua. Siguió estudios en Cremona, Nápoles y Roma y, en esta última ciudad, frecuentó el círculo de Mecenas y el del propio Octavio Augusto, por entonces simplemente Cayo Octavio Turino, o a lo sumo Cayo Julio César Octaviano. Entre los años 41 a 37 a.C., escribió "Las Bucólicas", una colección de diez églogas pastoriles, lo que muestra que su primera tendencia literaria no fue la de prestar atención a la epopeya, ni menos aún al género histórico-político. Hacia el año 29 a.C., publicó y dio a conocer “Las Geórgicas”, idea que le vino de Mecenas, estrecho colaborador del ya, practicamente, Emperador Augusto, quien le sugirió que escribiera sobre la agricultura con fines totalmente propagandísticos, lo que ya implica un cierto giro hacia la política, aunque ya entonces manifiesta Virgilio (Geórgicas, III, 46-48) su intención de escribir más tarde una epopeya. Sin duda por eso, el resto de su vida literaria lo consagró exclusivamente a terminar su magna obra épica, “La Eneida”, que culmina coincidiendo con el fin de sus días, cuando muere en Brindisi en el año 19 a.C., sin haberle dado tiempo a quemar los rollos en los que había escrito el poema, insatisfecho y en desacuerdo con lo que había escrito. Treintaitrés años después moriría el propio Augusto, sin que por entonces nadie pudiese atisbar que, más que "por encargo de" o incluso "para", en realidad parece que "La Eneida", había sido escrita "por" el propio Augusto. Desde luego, en beneficio exclusivo de sí mismo, utilizando al más brillante de los poetas líricos latinos como simple amanuense de un poema épico. Y desde luego, nada nuevo a estas alturas, en las que excelentes escritores componen los discursos que leen después, en importantes foros internacionales, niñatos sin más mérito que el de ser hijos de otros indocumentados dinásticos, a quienes los periodistas y la estupidez popular disfrazan de grandes estadistas. Augusto, al menos, en unión de Marco Antonio, fue capaz de vengar la muerte de César y, con la cooperación de Marco Emilio Lépido, organizar el Segundo Triunvirato.

Sin embargo, hace ya algunos años, un colega italiano  -un Avvocato di Roma- me dijo de palabra, en Madrid, con ocasión de un Congreso sobre Fundaciones de Derecho Privado, que últimamente había leído cosas horribles acerca de Augusto y que, a la vista de ellas, en Italia, toda la gloria del Princeps  -el Primero en el Senado-  se había teñido de descrédito y deshonor. Aquel gran hombre  -sin duda no tan grande como Julio César-  nomen que el mismo Octavio había elegido, en unión del de Imperator (el caudillo militar aclamado por las Legiones) y del de Augusto (en conmemoración de la fiesta anual que se celebraba en Roma, el “augustum auguriun”, y que recordaba la fundación de la Ciudad), pese a toda esa solemnidad de nombres, no había sido digno de ostentar con la debida dignidad el de César, su padre agnaticio y glorioso predecesor en la política romana, desde el paso de la República al Imperio. Nunca pude tener yo acceso a tales fuentes, las que ni siquiera recuerdo si llegó a indicarme o no mi colega romano, pero sí debo admitir que toda mi admiración por el Imperator César Augusto del Principado comenzó a decrecer notablemente, pese al hecho cierto y objetivo de haber llevado aquél el Imperio romano a la más alta cumbre de su esplendor.

Ciertas o no cuantas imprecaciones puedan alzarse contra la memoria de Augusto, lo que sí es cierto, y así lo prueban historiadores modernos de tan inmenso prestigio y rigor metodológico como Mitteis, Girard, Miebuhr o el propio Theodor Momsen, es que ya Tito Livio y otros historiadores romanos de la época, se esforzaron al máximo por dotar a las instituciones romanas de una antigüedad de la que en realidad carecían, y sobre todo, a la idea imperial de Roma, de la mayor grandeza y solemnidad, alentando el carácter de su origen divino. Y desde luego, de tal propósito no puede considerarse ajeno a Augusto, empeñado en construir, como quien "fabrica" un producto político sumamente útil, la Roma imperial que conquistó más de medio mundo, del entonces conocido. Y ya se ha dicho reiteradamente que la Aeneis es una epopeya latina escrita por Virgilio por expreso encargo del emperador Augusto con el fin de, además de proceder a la restauración moral de la sociedad romana, glorificar el imperio atribuyéndole un origen mítico y sagrado.

El punto de partida elegido por Virgilio es el de los poemas homéricos. Donde terminan la Ilíada y la Odisea, comienza la Eneida. Eneas, es un héroe troyano que huye de la Troya incendiada por los aqueos  -los griegos del Ática-  hasta alcanzar, pese a las hostilidades de la diosa Juno, las costas de Italia, para fundar Roma, aunque tal fundación sea el resultado final de un largo proceso, en el que han de mediar otras fundaciones previas. Pero Eneas, no es simplemente un héroe troyano. Pese a ser hijo de Anquises, un mortal, a quien lleva consigo en la huida, también lo es de una diosa, su madre Afrodita, convertida en Venus, hija de Zeus, nacida de la espuma. Excelentes raíces para la futura Roma.

Mas, antes de fundar nada, Eneas ha de sufrir inmensas dificultades en su navegación por el Mediterráneo, fruto de la inquina de Juno, confabulada con Eolo para que los vientos desgarren las velas de los barcos y los dispersen en el mar. También ha de bajar a los infiernos, a los Campos Elíseos, para poder volver a ver a su padre, Anquises, que al igual que su esposa troyana, Creúsa, han muerto en la huida. Y también en la Eneida se narran los amores de Eneas con la Reina de Cartago, Dido, en cuya corte tiria ha de refugiarse. Henry Purcell, bajo libreto de Nahum Tate, compuso la famosa ópera barroca, "Dido y Eneas", considerada como la primera ópera nacional inglesa, en la que el aria "El lamento de Dido", resulta conmovedora y de una gran belleza. Dido, que por obra de Venus, con la complicidad de Cupido, se ha enamorado perdidamente de Eneas, se desgarra de dolor ante la partida de éste, que tiene que irse a toda prisa para fundar Lavinium, y después Alba Longa, a fin de que Augusto pueda, en último término, presumir del origen divino de Roma y, a posteriori, del suyo propio. Aparte de aprovechar el trágico desenlace amoroso para justificar o explicar el origen de la rivalidad implacable entre romanos y cartagineses, protagonizaba en las tres sangrientas Guerras Púnicas. En la Eneida todo se aprovecha.

En realidad, como diré en breve  -siguiendo nada menos que a Júpiter- Eneas no funda Roma sino Alba Longa, y tampoco lo hace de un modo personal. Conforme a la leyenda, Alba Longa fue fundada por Ascanio, el hijo del héroe troyano, treinta años después de la fundación de Lavinium. Cronológicamente esto habría sucedido alrededor de mediados del siglo XII a. C., algún tiempo después de la destrucción de Troya, lo que según los historiadores de la Antigüedad  habría ocurrido hacia 1184 a. C. Y la leyenda explica que, de Ascanio, surgió una dinastía de reyes de Alba Longa, entre quienes los mejor conocidos son Procas, y sus hijos Amulio y Numitor. Así se lo había prometido Júpiter a Venus, ante las quejas de ésta por los infortunios a los que Juno somete en el mar a Eneas, intercediendo por su hijo ante el supremo Dios del Olimpo: "Tu Eneas sostendrá en Italia grandes guerras. Ascanio, tu nieto, llenará con su imperio treinta largos años, un mes tras otro, y trasladará la capital de su reino de Lavino a Alba Longa..." Palabra de Júpiter. 

No es nada fácil pasar de la poesía a la prosa, sobre todo cuando aquélla se expresa en hexámetros dactílicos, tan difíciles de medir. Pero así sucedió, más o menos. No fue así exactamente, porque, también según la leyenda de Alba Longa, siendo rey Amulio, fue despojado del trono por su hermano, el traidor Numitor, quien posiblemente engrendró de su hija y respectivamente sobrina, Rea Silvia, dos hijos gemelos, llamados Rómulo y Remo, a los que arrojó al Tiber, pero, salvados de sus aguas, fueron amamantados por una loba en el Monte Palatino. No en el Capitolino, como con frecuente error se induce al llamar -"Capitolina"- a la loba que los amamantó. Entre ellos, surgieron posteriormente las discordias y finalmente Rómulo mata a Remo y funda la Ciudad de Roma. Será más tarde, ya en el reinado del pretendido y legendario tercer rey de Roma, Tulio Hostilio, a mediados del siglo VII a.C., cuando se produce la guerra ente Alba Longa y Roma, el famoso combate entre los Horacios romanos y los Curiacios de Alba Longa, con el triunfo de los romanos, que no obstante de modo generoso concedieron a los vencidos el derecho a ocupar el Monte Celio para que en él pudiesen establecerse.

Augusto, que había nacido en Roma, el 23 de Septiembre de 63 a.C., murió en Nola, aquel 19 de Agosto del 14 d.C., cuando regresaba de Beneventum en compañía del oscuro Tiberio, hijo de su esposa Livia Drusila. Tras su muerte, pudo ser divinizado por el Senado y adorado por el pueblo romano. Todo ello, gracias a Virgilio. Se ha dicho que a los pueblos los mueven los poetas, pero parece evidente que, en demasiadas ocasiones, a los poetas los mueven los políticos. Una verdadera lástima.

Luis Madrigal





En la imagen superior, "La Fundación de Cartago por Dido" (Turner)