domingo, 10 de mayo de 2015

AL CAER LA NOCHE




No hay amor sin pena,
pena sin dolor,
ni dolor tan agudo
como el del amor

(Canción leonesa)

¡AY, NIÑA MÍA...!

¡Ay, niña mía,
que lo fuiste sin verte,
y que sólo aquel viento
me trajo la suerte.
Cuando yo penaba,
más pena encontré,
pena sin alivio,
que nunca te hallé.

¡Ay, niña mía,
nunca podré verte
si antes el olvido
hace de mí, inerte,
un mundo vacío!.
Si, con la fatiga
y sin ruin navío,
me llega la muerte.


Luis Madrigal



lunes, 4 de mayo de 2015

SALUBER TRISTITIA



TRISTEZA SALUTÍFERA

Muy posiblemente estaré yo equivocado, o mis reflexiones serán inaceptables en casi todos los sentidos, por no decir absolutamente en todos. Pero, hace ya algún tiempo, vengo sospechando o percibiendo que la tristeza es una especie de salvación personal o, como mínimo, de autodefensa. Al menos, lo es para los “tristes de nacimiento”, como quizá lo soy yo mismo. En general y en el orden más pragmático, sin duda no es ningún bien, sino muy posiblemente un mal, aun cuando no se busque de propósito sino que inevitablemente se encuentre o no sea nada fácil de eludir. Pero, en cualquier caso, me niego a aceptar que necesariamente pueda ser una especie de masoquismo espiritual. Nada de eso. La tristeza es el único homenaje a lo que no puede admitir consuelo alguno, pese a que podría ser muy bueno encontrarlo. Cuando las circunstancias son inexorables, en tantos múltiples sentidos como ello resulta posible, y el ánimo se encuentra presa de una aflicción tal, incapaz de refugiarse en el olvido  -guarida siempre de espíritus cobardes-  puede cobrar vigor, por inusitado parezca, mucho más que el intento, frustrado una y otra vez (el del esfuerzo titánico o la mansa aceptación), el plácido abandono a la consoladora aflicción. Por paradójico resulte, ello puede constituir un amparo mucho más eficaz.

Desde luego, desde el punto de vista moral, y mucho más aún desde el de la moral cristiana, la tristeza no puede ser exaltada ni objeto de veneración en ningún altar. Antes, más bien, es episodio, por no decir “síndrome”, objeto de acusación. No puede haber cristianos “tristes”, según se dice, o he oído decir yo muchas veces, porque “un santo triste, es un triste santo”. Parece ser, pues, que todos los que quieran ser cristianos tienen que ser alegres. Y no sólo eso, sino que ningún apologeta defenderá la tristeza. San Pablo, la llama “el pecado de la aflicción mundana”. E, indudablemente, en la perspectiva más radical y absoluta de la fe cristiana, la de trascender a la muerte, para encontrar la vida que no perece, resulta contundentemente innegable que esto tiene que ser así. No puede haber tristeza alguna cuando se tiene la certeza moral  -dado que la certeza metafísica nunca será posible, en carne mortal-  de que el ser humano puede vivir eternamente y, además, sin pena o dolor algunos, no sólo sin la menor brizna de eso que aquí llamamos tristeza, sino dentro de una indescriptible felicidad. ¿Será entonces que se nos olvida semejante maravilla, o lamentablemente que no estamos tan seguros y ni siquiera podemos vislumbrar esa certeza relativa? Ya sea con el sentimiento o con la fe, según el orden supletorio de subsidiariedad tomista que se alega en el “Pange Lingua”. Que Dios nos ampare a todos los tristes, o al menos eso es lo que yo le pido, porque si es obra de misericordia “consolar al triste”, sin duda la tristeza debe ser un mal, del mismo rango que el hambre, la sed, la falta de vestido o de techo, entre tantas otras carencias o desvalimientos que pueden azotar al hombre. Sin embargo, puede ser relativamente fácil alimentar al hambriento, dar de beber al sediento o “posada al peregrino”, pero ¿acaso es posible, de verdad, consolar al triste?

No quisiera yo caer en aquel vicio medieval de la acidia o acedia, el “daemo meridianus” que asolaba a los cenobitas de la Tebaida, según cuenta Aldous Huxley, justamente cuando el sol se hallaba en lo más alto, a diferencia de los demás espíritus malignos que aparecían a la caída de la tarde. Pero, lo que sí es innegable es que la tristeza es uno de los estados espirituales de mayor belleza. La Música o la Poesía pueden dar testimonio. En mi opinión, los poemas tocados por la llaga de un estado de tristeza cobran una hermosura que no puede compararse con los que toman por objeto otros sentimientos, incluido el dolor, que también les presta una gran belleza. Tengo entendido que hace algunos años la BBC inglesa convocó una especie de concurso público, a fin de determinar cuál podría ser la composición musical más triste de toda la historia de la Música. Y la que ganó, la número uno, fue el adagio para cuerdas  -“Adagio for Strings”-  de Samuel Barber. ¡Y qué casualidad, especialmente en lo que atañe a lo que antes decía! En materia de música sagrada coral, “The Choir of New Collage, Oxford” utilizó esta misma composición musical para entonar el “Agnus Dei”. ¿En qué podríamos quedar, pues? Porque, el Cordero de Dios, Cristo Jesús, no sólo es el Bien, sino como gustaba decir San Francisco de Asís, “…sólo el bien y todo el bien”. Sin embargo, yo no creo que pueda ser la tristeza lo que nos separe de Él, sino incluso lo que más nos acerque, mientras caminamos por este Valle. Eso sí, con la mirada siempre puesta en la Vida, de la que tanto habló Jesús, mucho más que del alma. Porque eso del “cuerpo y el alma”, es más propio, o únicamente propio, del dualismo platónico, y no del Dios en el que los cristianos decimos creer y esperar, si es que, de verdad, queremos de una vez por todas, entre otras cosas, dejar de ser creyentes platónicos, para convertirnos en creyentes cristianos.

Luis Madrigal






domingo, 3 de mayo de 2015

UNA MADRE NO SE CANSA DE ESPERAR


MATERNIDAD
Pablo Picasso



BESA ESA FRENTE, HIJO


Besa esa mano, hijo, que ferviente
te acogió en su regazo y en su nido
y mil noches, con gesto dolorido,
se posó con temblor sobre tu frente.

No dejes que, en la vida, la corriente
del tiempo al transcurrir siembre el olvido,
pues desamor en pecho tan querido
será muerte de amor que fue simiente.

Besa su frente, hijo, date prisa
que, con los labios, besas en tu alma
al besar tu dolor y tu sonrisa.

Que besas a la vez amor y calma.
Del invierno calor, del calor brisa
y mano de tu frente suave palma.


A todos los hijos de todas las madres
del mundo y del tiempo


Luis Madrigal





sábado, 2 de mayo de 2015

DOS DE MAYO





ODA AL DOS DE MAYO


Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes crespones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.

Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron...
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron:
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona...!

Do quiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
cantando tu valentía;
desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África , que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!...

Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantada esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones;
nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la historia.

Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San marcial;
en tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque indómitos y fieros,
saben hacer tus vasallos,
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros...

Y aun hubo en la tierra un hombre,
que osó profanar tu manto...
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!...
Sin que el recuerdo me asombre
con ansia abriré la historia;
presta luz a mi memoria,
y el mundo y la patria a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.

Aquel genio de ambición
que en su delirio profundo
captando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!...

La virgen con patrio ardor
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y cuando calmado está
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!..."

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!...
***
Mártires de la lealtad
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad...
en la tumba descansad,
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero.


 Bernardo LÓPEZ GARCÍA 




viernes, 1 de mayo de 2015

HA LLEGADO MAYO



Bartolomé Esteban Murillo
Sevilla, 1617 - Cádiz, 1682


INMACULADA

 Entre nimbos y azules, en la altura,
sublima el alma y deja casi ciega
de resplandor tu luz, tu dulce entrega;
de tu divino rostro, la Hermosura.

De tu bondad de Madre, la ternura;
el aroma de flores, que despliega
la paz, que al corazón tanto sosiega,
arrojando del pecho la amargura.

Madre de Dios, amparo y Madre mía:
Comienza Mayo y, con el sol, las flores
y, en el cielo y la tierra, la alegría.

Sé Tu, en la inundación, nuestra almadía,
aleja de este mundo los dolores
y danos tu valor en la agonía.


Luis Madrigal