miércoles, 26 de febrero de 2014

AL DECLINAR EL TIEMPO




VIVE EL AMOR EN LA NADA


Si la nada es, en sí, lo que no es nada
y el ser  -que es lo que es-  es el sentido,
sin ser, basta la nada, si un latido
golpea el pecho y nubla la mirada.

Basta que el alma sienta, enamorada,
para que pueda ser lo que no ha sido.
Basta, en la noche, un corazón herido
cuando la luna brilla iluminada.

Y, si es cierto que raudo el tiempo huye
no ha de pasar la hora, siempre tierna
si el dulce amor, cual río azul, aún fluye.

Si es fugaz la que alumbra en la caverna,
la luz que habita el sol nunca concluye
ni se acaba la llama que es eterna.


Luis Madrigal



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martes, 25 de febrero de 2014

CUANDO EL RAYO BESA LA PLAYA




SIN MÍ MUERE LA OLA

Muere la ola sin sentir la arena
que tan lejos de mí ilumina un rayo.
Pierdo mi voz y busco sin desmayo
la miel que endulza el alma, y la colmena.

Y sólo encuentro barro y la cadena
que ata mi ser a tierra, cual vasallo.
Sumido en sombra oscura, lloro. Y callo.
Y sufro en el olvido mi condena.

Pasión loca parece del que espera,
cuando la noche enciende sus mil ojos,
lo que no ha de llegar, ni nunca fuera.

El cielo sobre el mar, los ocres rojos,
que cada Otoño tiende en la frontera
del crudo Invierno… Sólo los abrojos.


Luis Madrigal




lunes, 24 de febrero de 2014

MIENTRAS DUERME LA NOCHE



VIVEN MIS ANGUSTIOSOS SUEÑOS

Hace ya bastantes años, tuve yo la osadía de enfrentarme a la lectura de “La interpretación de los sueños”, de Sigmund Freud y, aunque puse en ello gran coraje, no puede entender nada de nada. Por eso, cuando aún no había terminado el segundo volumen  -eran tres-  pude descansar al fin, regalándole la trilogía completa a una excelente estudiante de Psicología, que sin duda podría entender algo, o mucho más que yo. Pese a que llevo ya una larga temporada, padeciendo sueños  -ensoñaciones, como dicen los expertos en la materia-  por cierto nada confortables, no he lamentado en nada mi “generoso” gesto de donación. Los sueños, esas historias que parecen reales mientras dormimos  -o quizá justamente mientras no dormimos de verdad-  en mi caso jamás han sido placenteras, sino siempre abrumadoras, cuando no fantasmagóricamente terroríficas y, según me parece, carecen de toda explicación, por muchas sean las teorías al respecto. Forman parte del misterio de la vida, quiero pensar, y en consecuencia resultan tan indescifrables como la vida misma o, más exactamente, como el misterio mismo en que toda vida humana consiste.

Los sueños que yo vengo padeciendo últimamente, no son especialmente terroríficos, pero sí llenos de angustia interior, por la abstracción de la que todos ellos vienen revistiéndose. Ya no se trata de nada concreto, como cuando, de niño, soñaba que se había muerto mi madre y aquello me sumía en una honda tristeza, que me hacía verter lágrimas de verdad hasta empapar la almohada; o cuando me precipitaba sobre el vacío, desde la calle, con un desnivel de cerca de veinte metros, yendo siempre a parar sobre unos troncos, o sobre una torres de tablas en las que aquéllos se habían convertido tras el corte oportuno, en la serrería de la fábrica de maderas colindante con mi domicilio. Calle de La Sierra, se llamaba entonces, en León, aquella humilde calle de mi niñez, convertida después, cuando yo ya vivía en Madrid, en Calle del Maestro Uriarte. El cambio de nombre, aunque yo ya no vivía allí, me hizo muy feliz, y hasta sentirme presuntuoso, porque el Maestro Uriarte, nada tenía que ver con los aserraderos de madera. Había sido el Maestro de Capilla de la Catedral de León y al mismo tiempo el autor del Himno a la Virgen del Camino, Patrona del Viejo Reino.

Ahora no, los sueños consisten en “nada”, bajo la apariencia de indescifrables representaciones, como todo lo abstracto, sin perro fiero o toro bravo alguno que me persiga mientras mis piernas se encuentran paralizadas, o no alcanzan a desplegar la velocidad suficiente para escapar del peligro. Ya no se trata de eso. Ahora, en mis últimos sueños, soy una especie de sujeto extraviado en muy distintos laberintos, casi mágicos, llenos unas veces de descomunales construcciones, que casi tocan el cielo, tirando a barrocas, aunque no exactamente, sino mucho más “afiligranadas”, que ya hubiese querido don Antonio Gaudí haber soñado en ellas cuando proyectó la Sagrada Familia. Yo, vago sin solución, ni salida posible en estos megalaberintos, supercargados de motivos y sutiles matices, que aparentemente creo conocer o recordar, pero que nunca me permiten encontrar “la salida”, hasta que el sueño desaparece y me palpo a mi mismo. Entonces, recupero la calma, pero no consigo eliminar el sudor de mi frente, que persiste por algún tiempo.

En otras ocasiones, mis sueños llegan a tal extremo que nunca hubiese podido imaginar. Es como “rizar el rizo”. Sueño que estoy soñando, pero sin soñar en nada, lo que, tal vez, a los psicólogos les parecerá imposible, pero yo puedo asegurar que así es. Y este tipo de sueños resultan aún mucho más angustiosos, pese a tener por mi parte la certeza de que lo que me está angustiando, sin ser nada  -sin seña ni rostro-  no es más que un sueño.

Esta última noche, he tenido un sueño, no tan agobiante, pero que sí podría estar emparentado con la realidad más honda de todo ser humano. Tanto, que, al despertar, me ha llevado  -ya totalmente en estado de vigilia-  a las primeras palabras con las que da comienzo el Eclesiastés, el Libro sagrado tal vez de mayor sabiduría, dentro de los libros bíblicos sapienciales, de los que forma parte, y que ahora mismo, mientras escribo esto, tengo a la vista. Este último sueño, exclusivamente en lo relativo al lugar de la acción, alcanzaba una mínima concreción. Yo me encontraba en París, ciudad muy apropiada, quizá la única en el mundo, para representar las más etéreas fantasías que nunca son realidad. A París, se la llama, sobre todo en los prospectos de las agencias de viaje,“la Ciudad de la luz”, cuando siempre que yo he estado en ella, el cielo se encontraba borrascosamente nublado. Si ésta es la ciudad de la luz  -pensé en una de ellas- ¡cómo habría de llamarse a Valencia, a Barcelona o incluso a Madrid…! Necesariamente, si de luz ha de tratarse, la denominación tan sólo podría tener sentido y explicación  -me proponía yo entonces razonar el por qué de tan falsa advocación-  por razón de la “luz eléctrica”, sin perjuicio de la Ilustración y del “siglo de las luces”, al recordar de pronto también, con toda justicia y coherencia, otras luces de mucha mayor luminosidad.

El caso es que allí, en “la bella Parisi”, como también suelen llamarla los italianos, al lado mismo de la controvertida Pirámide del arquitecto chino leoh Ming Pei, en el centro de gravedad del patio del Museo del Louvre, se apiñaba una gigantesca masa humana, de todos los sexos y condiciones. Supuse, sobre la marcha, que también de toda orientación sexual, porque indudablemente allí tenía que concurrir una cantidad proporcional de homosexuales. Seguramente muchos más, tratándose de París. La masa era, muy en general de un color gris plúmbeo, como es el color de todas las masas, con inmisiones cromáticas, a ráfagas, de gris marengo y hasta del negro más lúgubre. También, muy de vez en vez, en la casi infinita distancia, dado el también casi infinito tamaño de la gigantesca mole humana, podían observarse betas azuladas y blanquecinas como la nieve, que serpenteaban entre la inmensa multitud, haciéndose notar desde muy lejos. La ciclópea masa, aunque informe, se movía pesadamente en una tendencia dinámica ascendente, porque cada uno de aquellos seres antropomórficos pretendía subir más alto que los otros, y muchos de ellos utilizaban los codos, clavándolos en los hombros y los costados ajenos para tratar de progresar alzándose a una altura superior a la que ocupaban. Algunos, sin saber por qué, ya casi tocaban el cielo, aunque allí el color de la masa tampoco se confundía precisamente con el del azulado toldo celeste, sin que yo pudiese calcular cual podría ser la altura. Todos o casi todos los humanoides de las capas más bajas, entre los que por desgracia yo mismo me encontraba, entre un aroma no precisamente propio del que destilan las flores, sino más bien fétido y pestilente, tenían la obsesión de contemplarse a si mismos en una especie de espejos mugrientos, plagados de telarañas en las esquinas, atusando su aspecto con una mano -tanto las mujeres como los hombres- y componiendo su figura. Casi ninguno formulaba el menor comentario acerca del aspecto que presentaban los otros, si éstos a su vez no hacían, recíprocamente lo propio respecto a sí mismos, si bien también podía oír yo, a medida que me cruzaba con unos u otros grupos, loables salutaciones, sin duda no sólo falsas sino gratuitas y cínicas, acerca del aspecto de sus acompañantes. En el caminar ascendente sobre una montaña virtual, de inclinadas lomas, casi al modo de un hercúleo y titánico tornillo, por cuyas muescas de miles de kilómetros progresaba lentamente aquella masa, podían verse distintos indicadores ante la ruta a la que conducían. “Los inválidos”; “Los deficientes mentales”; “Los tontos”, etc… Allá arriba, entre luces celestiales, ya a las puertas del empíreo, podía leerse también otro gigantesco cartel: “Los mejores”. ¿Serían aquéllos los “aristoi” de la Grecia clásica, educados por Platón y Aristóteles? Por un momento, tuve la sensación de comenzar a vislumbrar rostros bien conocidos y admirados desde mi niñez, pero no. Allí, en el pináculo de la gloria, tan sólo podían verse gentes más bien espesas y lanares, muchas de las cuales habían llegado a ministros, o a “ministras”, incluso a Presidentes del Gobierno; a académicos de la Lengua o a Premio Cervantes. Incluso, alguno de ellos, a Premio Nobel de Literatura. Yo, seguía entre los de las revueltas ascendentes de muy abajo, hasta el punto de que, de pronto, pude leer, enfrente de mí, ya traspasado el cartel de “los peores”, un terrorífico rótulo indicador: “A las Cloacas de París”. Un sudor muy frío recorrió todo mi ser dormido, y me desperté aterrorizado, de golpe, al tiempo de proferir un dramático grito, casi un alarido como esos que suelen utilizarse para los efectos especiales de las películas de terror. Curiosamente, también de modo simultáneo, toda aquella informe y nebulosa masa, se derrumbaba, desde lo más alto, sepultando incluso la cristalina Pirámide de Pei. Al verme despierto, ya sin sudor y en calma, acudí muy despacio y dentro de un reparador estado de paz a la estantería en la tengo siempre depositado un Libro editado ya hace años en Bilbao por Desclée de Brouwer: “BIBLIA DE JERUSALÉN, Nueva edición revisada y aumentada.  Encontré pronto la página 957, de la edición de 1998, en la que se inserta el Libro del Eclesiastés y pude una vez más, bien despierto, leer sus primeras palabras: “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué saca el hombre de toda su fatiga, con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra viene; pero la tierra permanece donde está. Sale el sol, se pone el sol; corre hacia su lugar y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira al norte; gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena… Todas las cosas cansan. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír…”

Al reflexionar nuevamente sobre estas palabras, mi ser volvió a la relativa alegría de la vida normal, cuando ésta no está sujeta a la esclavitud del dolor más lacerante. Pero sobre todo, a la paz y el sosiego que proporciona el pensar que todo es mentira  -por mucho pueda creerse que esto es un mal-  hasta quizá la misma vida, que no puede tener importancia puesto que conduce a la vejez y concluye con la muerte. La fe en lo que ha de venir después, es lo único que puede mantener verdaderamente vivo y alegre al hombre.

Luis Madrigal





La interpretación musical del vídeo precedente corre a cargo de la Orquesta Sinfónica del Suroeste, Baden Baden, bajo la dirección de Carl Schuricht, publicada en la Colección Classical Plus de Planeta Agostini. Hemos podido escuchar esta versión merced a la inquietud y exquisito gusto musical de "Sinalefa Sinalefa",  a quién desde aquí deseo mostrar mi gratitud.

viernes, 21 de febrero de 2014

UN VIAJE SIN DESTINO



EL CAMINANTE


Cuando Franz Schubert compuso su “Fantasía Wanderer”, tal vez ni él mismo sabía a lo que se estaba refiriendo. Schubert, compuso esta obra por encargo del aristócrata vienés Emmanuel von Liebenberg y su traducción al castellano podría ser “Fantasía del Caminante”. Pero wanderer, a diferencia de FuBgänger, no sólo es el que camina, sino el que camina sin saber exactamente a donde va. Es una especie de “excursionista”, o de viajero del mundo, que busca su propia identidad y a veces hasta la encuentra precisamente allí donde no puede llegar. Es un viajero, no extraviado, alguien que camina hacia ninguna parte, pero que sabe muy bien en el fondo de su alma a donde quiere llegar. Esta famosa composición musical, a la que han dado vida interpretativa dos grandes genios del piano, Sviatoslav Richter y Mauricio Pollini, está tomada de un lied del propio Schubert, si bien la letra del Wanderer es obra del poeta Schmidt von Lübeck. El poema es más denso de lo que el compositor trató, o quiso tratar, musicalmente, porque, parece ser, Schubert fijó su atención restringidamente en unos pocos versos: “El sol me parece aquí frío, la flor marchita, la vida vieja y lo que cuentan ruido y vacío, hueco, soy un extraño en todos los sitios…”

Y, no es de extrañar que, este nostágico lied  finalice con este verso:

Dont, wo du nicht bist, dost ist das Glück

Es decir: Allá abajo, donde tú estás, está la felicidad.

Y tal vez por ello, antes de escuchar las dos versiones pianísticas de la Fantasía Wanderer que he señalado, pueda resultar significativo, y más o menos conmovedor, oír otra especie de fantasía, sin duda mucho menos alemana y a dos voces criollas, que vienen desde la otra parte del mundo, pero que también podrían dar la vuelta sin encontrar jamás lo que buscan.

Luis Madrigal






martes, 18 de febrero de 2014

AUNQUE SE NUBLE EL CIELO




BRILLA EL FUEGO ENTRE NUBES


Gris y más gris, acumulaba el cielo
sin asomar ni un palmo su azul puro.
El paso que camina en suelo duro
quiere alzarse a la nube con anhelo.

Sabe que, más allá de tan gris velo,
la luz arrasa ya todo lo impuro,
como el grano de trigo ya maduro
da a luz el pan, para librar del hielo.

Tendió la vista. Vio allá rojo el fuego…
Calor y luz sintió, también abajo.
¡Dios mío…!  -pensó-  ¿acaso estaba ciego?

Fervor y claridad, sin más trabajo,
podría encontrar  -con fe-  ahora y luego,
sin caminar ya nunca cabizbajo.


Luis Madrigal




viernes, 14 de febrero de 2014

LA MUERTE DE UN ÁRBOL



MORÍA UN ÁRBOL AL CAER LA TARDE


Caía de un balcón la clavellina
a la que el rubio sol roja teñía
para posarse en la mirada fría
de un árbol que expiraba en la colina.

No era un robusto roble, ni una encina,
ni un esbelto ciprés, el que moría.
Era un árbol muy débil… Sonreía
a la tarde, de luz ya mortecina.

Bajo tan secas ramas, su cimiento,
postrado sin vigor bajo aquel suelo
buscaba en su recuerdo polvoriento,

olvidando su suerte, sin consuelo
ni una brizna de amor, ni un solo aliento…
Mas veía, con fe, arriba el cielo.


Luis Madrigal




jueves, 13 de febrero de 2014

EN EL CORAZÓN DEL INVIERNO



ESPERANDO A LA LUZ


Los cigarrales han enmudecido
y la savia riega ahora  -mustia-  el tallo
del hercúleo ciprés que, sin desmayo,
espera alzarse al cielo florecido.

Cuando el rosal suspire, estremecido,
y las rosas saluden al fiel Mayo;
cuando, entre estruendo, puro brille el rayo,
la luz de Primavera habrá venido.

No sabrán los poetas por qué ha sido,
una vez más y mil, siempre a la espera
de la eterna ilusión, como al latido

espera el corazón, era tras era
sin reparar que tiempo que ya ha huido
no será nunca más como antes era.


Luis Madrigal






miércoles, 12 de febrero de 2014

ES BUENO SENTARSE JUNTO A LOS HERMANOS



LOS JUDÍOS, NUESTROS HERMANOS MAYORES


Desde que  -de muy niño-  escuchaba yo las lecturas litúrgicas del Antiguo Testamento, en la vieja iglesia de mi Parroquia, en León, sentía una especie de rechazo, por no decir de repulsión hacia aquel mundo que se reflejaba en las mismas. Los nombres de los personajes, de las ciudades y pueblos, del campo, de los ríos o el mar, y de toda clase de imágenes y metáforas que en ellas se recogían, no tenían nada que ver conmigo, que era un niño de los años cuarenta, tras la horrible Guerra fratricida habida entre mis compatriotas españoles. Nada de lo que me rodeaba entonces  -ni ahora mismo tampoco-  tenía nada que ver con toda aquello. ¡”El Pueblo de Israel…”!. Los israelitas, o simplemente los judíos, que habían salido de la cautividad en Egipto atravesado un árido desierto, y a los que Dios enviaba desde el cielo “el maná”, para que no se muriesen de hambre. ¿Por qué no nos enviaba también algo a los españoles de entonces, que tanto lo necesitábamos?. Nada de esto me parecía normal, porque todas aquellas cosas eran cuestiones muy lejanas a mí, por mucho se pretendiera relacionarlas con la fe en Dios, que aquel buen Párroco, Don Eladio Tejedor Alcántara, trataba de inculcarme. Yo no era judío, expresión esta por cierto que también por entonces, más bien fuera de los templos, se empleaba en el ámbito social y en sentido altamente peyorativo. Más concretamente, para referirse a las personas egoístas, tacañas y, en general, poco recomendables  -casi como el “sacamantecas”, los ogros o “el hombre del saco”-  lo que hacía que la expresión resultase especialmente mal sonante y hasta peligrosa. Cuando alguien quería decir lo peor de otro, tras haberle puesto “pingando”, solía finalizar añadiendo que era “un judío”, por no decir, a veces, un “perro judío”. ¿De dónde y por qué podría producirse aquel hecho, tan real, como yo podía escuchar a cada paso? ¿Cómo aquel Niño Jesús y sobre todo el Hombre que había pronunciado aquel sermón en la Montaña, tan lleno de dulzura, de perdón y sentido de la justicia, podía ser “judío”?. No, eso no podía ser posible.

Claro que, en principio, a mí nadie me decía que Jesús fuese judío, como si tratasen de ocultarlo. Y sólamente, ya casi al final de mi infancia e instrucción catequética, pude cobrar conciencia de ello, paradójicamente para mayor confusión por mi parte. Más tarde comencé a oír hablar, y a leer, que los judíos habían sido expulsados de España, lo que incrementó mi interés por tal cuestión, y pude enterarme también de que grandes personajes de la Historia, como Baruch Spinoza, heredero crítico del cartesianismo y racionalista, y otros muchos, entre ellos el mismo Albert Einstein, eran judíos, o lo habían sido. Judíos  -por referirnos a estos dos últimos-  respectivamente holandés y alemán. Nueva confusión, por mi parte. Resultaba que, además de los judíos españoles, los había también de otras nacionalidades europeas. Y así, progresivamente, hasta enterarme de aquella trágica y criminal historia, llevada a cabo por Adolf Hitler y otros secuaces, todos ellos, como mínimo, miserables dementes. ¡Pobres judíos! ¡Cuánto había sufrido aquel pueblo a lo largo de la Historia…! Y, sobre todo -eso he podido averiguarlo muy últimamente-  ¡cuantas mentiras y perversas calumnias vertidas sobre ellos, al servicio de los más bastardos intereses materiales!

Pero, como diría San Pablo, o Pablo de Tarso (otro “judío, hijo de judíos, de la tribu de Benjamín”), yo ya no soy ningún niño, ni por tanto puedo pensar como piensa un niño, porque ahora que, ya soy hombre  -o trato de serlo-   tengo que pensar, juzgar y obrar como debe ser propio de los hombres. Ello en lo que atañe a todos los judíos en general, pero mucho más aún en lo que respecta a los que fueron, y lo siguen siendo, mis compatriotas españoles, tan españoles como yo mismo, los sefardíes, los que, en tiempo inmemorial, habían llegado a España, a la Sepharad  bíblica, alzando aquí sus tiendas y enraizando generación tras generación, tras prestar transcendentales servicios al Estado y al interés público, hasta el día 31 de Marzo de 1492. Se ha culpado tradicionalmente a los Reyes Católicos de ser los causantes de aquella expulsión, pero los historiadores modernos  -los propios historiadores españoles-  han hecho el esfuerzo de poner las cosas en su sitio, desvelando, entre la hojarasca y el humo de la Historia, y de infinidad de mentiras y calumnias, la pura verdad.

Varias son las cosas que resulta necesario aclarar. En primer lugar que, no fueron Isabel y Fernando, aquellos grandes monarcas, quienes, de repente, casi por arte de magia, encontrasen caprichosamente el motivo, que les moviese un mal día a firmar el Edicto de Granada. Ya el III Concilio de Toledo (en el que, tras condenar y separarse del arrianismo, el Rey Recaredo proclama la Fe católica) reprodujo las conclusiones del de Elvira (celebrado entre los años 300 y 324 y, por tanto, o bien antes de la persecución de Diocleciano o después del Edicto de Milán). Y ya antes de todo ello, había surgido el problema de la convivencia social y política con la comunidad sefardí. Es cierto que, en puridad, la razón era, en principio, genuinamente religiosa: Ellos no podían  -y algunos no querían-  aceptar que el Mesías, hubiese venido ya, mientras los cristianos españoles llevan ya varios siglos adorando a Jesús de Nazareth como el único y verdadero Hijo de Dios, el enviado del Padre. La discrepancia, a su vez, no eran tampoco tan simple y lineal, sino especialmente torcida y sinuosa, acaso intencionadamente por parte de las minorías de uno y otro lados, que, en ningún caso, podía ni puede derivar hacia la culpabilización colectiva de ninguno de aquéllos. Lo teólogos españoles, y antes los latinos, San Agustín por todos ellos, habían percibido y recogido intelectualmente de las propias fuentes bíblicas, de la Torah, que era y es la Ley suprema de Israel,  las declaraciones proféticas esenciales, en virtud de las cuales, en Jesús de Nazaret, un judío, se cumplían todas condiciones atribuidas por la Escritura al Mesías, así como el encargo por su parte de difundir y transmitir su doctrina y su mensaje a todos los gentiles  -a quienes no eran miembros del Pueblo de Israel-  de todas las naciones de la tierra.

Los sefardíes  -y sin duda también la otra gran familia judía centro-europea, los azenakíes-  en cambio, no podían aceptar ni que Jesús de Nazaret pudiese ser el Mesías, ni menos aún que un hombre pudiera ser Dios. Según los teólogos cristianos, y sobre todos los inquisidores, ello era así porque los Rabinos, en las Sinagogas, habían alterado, falsificado, intencional y maliciosamente el Talmud, con la única finalidad de impedir la conversión colectiva de todos los judíos al cristianismo, dando y teniendo a Jesús por el Mesías. Es sabido que el Talmud, no es otra cosa sino una colección de comentarios, y de discusiones o debates acerca de lo escrito en la Ley, la Torah, algo así como, entre nosotros, la Jurisprudencia en relación con la legislación aplicable a un supuesto concreto. Las discusiones y debates, durante todo el periodo que más tarde media entre el Rey Alfonso X y los Reyes Católicos, es más o menos constante tanto en el Reino de Castilla como en el de Aragón, donde se alza la poderosa figura de San Vicente Ferrer, en amparo de los judíos, tratando de que pueda cumplirse la doctrina de San Agustín, consistente en esperar pacientemente que nuestros sefardíes, mediante el ejemplo en la virtud de la caridad por parte de los cristianos, se conviertan y vean a Jesús como el verdadero Mesías, el Salvador a  quien ya no es necesario esperar más, puesto que ya ha llegado desde hace varios siglos.

Pero, es evidente  -y así lo acredita la Historia en sus últimos descubrimientos-  que la máxima virtud cristiana, la del amor, no se produjo hacia aquellos compatriotas que albergaban otras convicciones en lo relativo a su fe en Dios. Es más, podría decirse, con la autoridad que proporcionan las fuentes más modernas, que sucedió lo contrario. Por razón de los más espurios intereses y fines materiales, la mayoría cristiana, especialmente la nobleza y también los reyes, utilizaron a la comunidad judía como simples “ocupantes”, otorgando a los mismos el “permiso de residencia”, a cambio del desempeño de los oficios por otra parte tan despreciados como altamente necesarios, no sólo a fin de sufragar las sucesivas guerras contra el Islam  -muy especialmente la última para la Conquista de Granada-  a través de las aportaciones financieras, algunas veces posiblemente traducidas en préstamos usurarios, pero no así en todas, sin olvidarse de que tal oficio, el de prestamistas, hubieron de desempeñarlo los judíos por prohibírseles, la mayor parte de las veces, ejercer ningún otro.

Mucho menos verdaderas, sino calumniosas, resultan la mayor parte de las acusaciones vertidas sobre nuestros judíos, tanto en el orden temporal como en el propiamente espiritual, siendo absolutamente falso tanto el hecho de profanar hostias consagradas en sus celebraciones, como los de atentar y matar a cristianos en descampados, ni ejercer prácticas satánicas o de brujería. Todo ello, fueron invenciones utilizadas en su contra, fruto de la inquina y del odio, que dieron lugar sucesivamente a crueles matanzas colectivas de judíos, aunque también sea cierto que los propios judíos decidieran “enrocarse” en su situación, puertas adentro de las juderías, practicando los mismos criterios de segregación, racial y religiosa, al margen de los llamados “judíos de Corte”, confortablemente instalados en riquezas y honores.

Pero, de la Sinagoga venimos los cristianos, como venimos de los Salmos y el canto gregoriano de la salmodia judía. Somos discípulos y seguidores de un Judío, el Mesías anunciado por los profetas de Israel, como asimismo hemos recibido la Fe a través, según las distintas partes del mundo, de otros Doce Judíos. Y por ello, como hoy suele decirse, el “gran reto” que a todos debe ocuparnos, no es ya solamente el de la unidad de los cristianos. De todos, tanto de los luteranos y ortodoxos, separados de Roma, como incluso del propio Islam, del que somos “primos hermanos”, a través de Ismael e Isaac y que tiene a “Isa”, el “hijo de Maryam”, como uno de sus Profetas más amados. Pero, además de todo ello, el gran sueño de cuantos creemos en Jesús de Nazaret sería también el del abrazo con nuestros hermanos mayores, los hijos de Israel, que para nosotros se ha transformado en La Iglesia. Y por ello también a mí me gustaría cantar, en torno a una Mesa, la misma canción que el actual Papa de Roma, Francisco, ha entonado hace días con la Comunidad judía en la Ciudad Eterna:

            “Hine ma tov umá naim shébet ajim gam iájadi” La traducción me parece conmovedora:  “¡Qué bueno es que los hermanos se sienten juntos”.


Luis Madrigal




lunes, 10 de febrero de 2014

SUBLIME EJERCICIO



VOLAR AL CIELO


Volaba quieta ayer una paloma
cuyo ahínco era  -azul-  subir al cielo.
Suspiraba, mirando el bajo suelo,
que negro oscurecía tras la loma.

Del sol más puro, áureo reflejo toma
y olvida entre algodón el turbio velo
que le ocultó la luz. Su noble anhelo
es brillar en lo alto… Ya se asoma

al manso y claro empíreo. Ya llega
al reino de la luz… Sin sombra, espera
alcanzar entre aroma el punto omega.

Y lo mismo que el grano da en la era
del fruto su vigor, las alas pliega
para hacer del Invierno Primavera.


Luis Madrigal






viernes, 7 de febrero de 2014

OTRO EXTRAÑO ACADÉMICO... DE LA LENGUA






Fue nada menos que Don Eugenio D´Ors, no sólo jurista prestigioso sino también filósofo  -que revestía ambas condiciones en el más riguroso sentido y estilo académicos-  quien impulsó la creación del Instituto de España. La entidad y categoría intelectual de D´Ors, resulta contundentemente sólida y sistemáticamente científica, en el más amplio pero también genuino concepto de “ciencia”. Tras haberse licenciado en la Universidad de Barcelona, en el año 1903, obtuvo el Doctorado en Derecho en la Universidad Central, como se llamaba entonces a la de Madrid, y asimismo el Doctorado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, en 1913. “Los argumentos de Zenón de Elea y la noción moderna de Espacio-Tiempo”, fue su tesis doctoral, brillantemente desarrollada sobre uno de los puntos más cruciales de toda filosofía, pese a no haberse hecho pública hasta muy recientemente, en esta misma década de los años dos mil, en la que nos encontramos. Sin duda por ello, ya en el año 1914 se presentó en Madrid a unas oposiciones para una de las Cátedras de la Facultad de Filosofía en la Universidad de su ciudad natal, Barcelona, pero lamentablemente sólo  -¡”sólo”!-  obtuvo el voto favorable de Don José Ortega y Gasset. Por eso, D´Dors, derivó hacia otros caminos, que le llevaron no sólo a ingresar en los movimientos literarios, sino también en los del arte, siendo asiduo participante en las tertulias del famoso Café barcelonés “Els Quatre Gats”, donde coincidió con Pablo Picasso y otros artistas, ejercitando en los periódicos de la “Ciudad Condal”, no sólo la creación y crítica literaria sino también la artística, siendo autor de tres libros sobre pintura: “Paul Cézanne” y “Pablo Picasso”, en 1930, y “Du Baroque”, en 1935. No obstante, su amor a la Filosofía, le había llevado a recibir clases del filósofo francés Henri Bergson, Premio Nobel de Literatura en 1927 y a la favorable acogida de Don Manuel García Morente  - quien le prologó el primero de sus libros de filosofía- y del mismo Don Miguel de Unamuno.

Así, pues, D´Ors no era cualquier cosa y menos aún ningún saltimbanqui, sino un “todo terreno” en la esfera del pensamiento y de la palabra como cimiento y germen sumos de la expresión conceptual y del sentimiento. Vienen a cuento estas consideraciones previas, en relación con lo que casi inmediatamente diré.

Cuando, en el año 1937  -la Guerra Civil española le había sorprendido en Francia-  Eugenio D´Ors impulsa la creación del Instituto de España, la finalidad perseguida era la que dicha institución ejerciese de vínculo integrador del espíritu común, en sus diversas finalidades específicas, de las ya entonces 6 Academias nacionales existentes, con el nombre de “Reales”, que tenían antes del comienzo de la Segunda República Española, en unión de otras de posterior creación, a las que alcanza también tal augusta denominación. Fueron reglamentariamente reguladas en virtud de los Decretos de 8 de Diciembre de 1937 y de 1 de Enero de 1938 y, ya con anterioridad al segundo de los mismos, el día 27 de Diciembre de 1937, en la Ciudad de Burgos, tuvo lugar la sesión fundacional del mencionado Instituto, con la presencia de las entonces Seis Reales Academias que lo integraban. La primera sesión solemne se celebró en el Templo del Saber, el Paraninfo de la histórica Universidad de Salamanca, el día 6 de Enero de 1938. Años más tarde, en 1947, se promulgaron los Estatutos del Instituto de España, que, como corporación nacional, constituye el máximo exponente de la cultura española en el orden académico. Por ello se le ha llamado el “Senado de la cultura española”. Su objeto y finalidad son los de mantener y estrechar los lazos intelectuales y espirituales entre las actualmente Ocho Reales Academias nacionales: La de la Lengua; la de la Historia; la de Bellas Artes de San Fernando; la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; la de Ciencias Morales y Políticas; la de Jurisprudencia y Legislación y las Nacionales de Medicina y de Farmacia. Dado el momento político de su creación, el emblema que inicialmente adoptó el Instituto de España, fue el Víctor, aunque sólo en parte, en cuanto símbolo universitario, puesto que tal estigma tiene ya su origen en la Roma clásica.

Pues bien, ayer mismo he podido enterarme de que, lamentablemente, otra vez más, y van ya demasiadas, el día 1 del corriente mes de Enero, de este mismo año  -¡mal empezamos el año!-  ha tomado posesión del sillón “Z” de la Real Academia de la Lengua un señor llamado don José Luis Gómez García, nacido en Huelva, el día 19 de Abril de 1940 y que, hay que suponer, después de asistir a la escuela primaria de su pueblo  -para aprender los quebrados y el sistema métrico decimal, además de las reglas de ortografía y de las cuatro aritméticas-  inició su formación, sin episodio académico intermedio alguno, en el Instituto de Arte Dramático de Westfalia, en Bochum y en la escuela de Jacques Lecoq, en París, para realizar después trabajos profesionales como actor, “mimo” y más tarde “director de movimiento  -eso sí, en los principales teatros de la República Federal de Alemania-  además de otros celebérrimos ámbitos y foros internacionales, en los que, sin duda, habrá dado o habrá enseñado a dar toda clase de saltos con la cara pintada de blanco, al estilo más clásico de los “mimos” o hasta sin pintar de ningún color, sin perjuicio de haber trabajado con excelsos cineastas como Armiñán, Bollaín, Camino, Chavarri, Gutiérrez Aragón (¿se tratará de Miliquito, o “signo que lo represente”?), De la Iglesia, Losey, Pilar Miró, Saura, Gonzalo Suárez y… Pedro Almodóvar. ¡Vaya curriculum, Excmo. Sr.!  Es decir, han nombrado académico de la Lengua a un cómico, a un saltimbanqui, a un titiritero o, a lo sumo, a una hierática estatua con la cara pintada, a la que tal vez, cualquiera ha podido depositar unas monedas en el cestito de mimbre yacente al pie de su escabel de exposición, o de exhibición, en Navidad, en la Puerta del Sol de Madrid. A este señor, le han nombrado académico, para sustituir, en el mismo sillón, a Don Francisco Ayala. Este otro donnadie que soy yo, desde la más profunda humildad, pero también desde el mínimo rigor intelectual y académico, protesta indignada y enérgicamente, ante quien proceda, pese a que nadie pueda oírme, por tan exorbitante y monstruosa designación. Ya España, no puede llegar a cota más degradante y degradada de categoría, talante y estilo intelectual. No es que el nuevo académico de la Lengua, tenga que sentirse “endeudado con Francisco Ayala”, como parece ser ha manifestado, “por su centenaria sabiduría”. No, no es exactamente eso. Lo que realmente sucede es que esa ex-noble Casa se ha “enmierdado” hasta la coronilla. Para colmo, o remate de la fiesta, el neófito fue recibido en la Academia por otro que “tal baila”, el ilustre periodista, ex-director de “El País” y autor de cuatro novelas infumables  -de la primera de las cuales, además, por razones de parentesco consanguíneo, debería sentirse avergonzado-  el Excmo. Sr. Don Juan Luis Cebríán, nombrado asimismo académico, “ex aequo”, por razón de la cuota u otros trapicheos análogos, en unión de don Luis María Anson (antes Ansón), bajo el dominio parlamentario del felipismo-polanquismo, de tan infausto recuerdo.

Podrá decir alguien, o muchos pequeños “álguienes”, que el señor Gómez García  (casi tiene nombre de árbitro de futbol) es nada menos que Director de escena en el Teatro y que el Teatro es una de la artes clásicas. Todo ello, es verdad. Pero con dos simples y breves objeciones, quedarían asimismo desmontados todos los argumentos posibles. En primer lugar, se trata de la Real Academia de la Lengua, no de la de Bellas Artes, o  -si la hubiese-  de Arte Dramático. Y, con independencia de que pueda resultar discutible si los miembros de aquélla han ser únicamente filólogos o catedráticos de Literatura y Lengua Española, estudiosos de todos los fenómenos lingüísticos; de la morfología, etimología, sintaxis y prosodia de las palabras; en suma del arte de utilizarlas con el deliberado intento de crear precisión, contenido semántico, limpieza, elegancia y siempre armonía y belleza, el hecho cierto es que, aun cuando puedan elegirse para tales “sillas” a “escritores”, el señor Gómez García, que yo sepa, no ha escrito absolutamente nada. Posiblemente, ni cartas a su familia. Él sólo fue “mimo” y después “actor” y “director de movimiento”. Y aun cuando el Teatro, propiamente dicho, como género literario, también pertenezca al mundo de la palabra, y lo sea en cuanto a la oralidad, más que a la palabra escrita, su máximo valor literario y, por tanto lingüístico, resulta atribuible al dramaturgo, que es quien escribe la obra. Sobre esto, me remito a lo que ya manifesté en mi entrada, en este mismo Blog, correspondiente al Lunes día 26 de Marzo de 2012. Don Antonio Mingote, era un excelente dibujante, lleno por otra parte de profunda reflexión y filosofía superficial. De ser designado académico, debió serlo de la de Bellas Artes, pero no de la Real de la Lengua, como también lo fue. ¿Hasta cuando estos extravagantes despropósitos? Este último, en cambio, ya no sólo es un despropósito. Es una vergüenza. Mayor incluso que lo fue la de galardonar al difunto Don Francisco Umbral (q.e.p.d.) con el Premio Cervantes.

Nada tengo, ni puedo tener contra las personas, y por ello, en el presente caso, contra la persona puesto que mi Religión no me lo permite. Pero lo tengo todo en contra del hecho y del personaje que tan impropiamente viene a profanar, incluso sin su propia culpa, en su caso, el sillón en el que se sentase Ayala. Hoy, para mí, es un día muy triste.

Luis Madrigal




martes, 4 de febrero de 2014

LA ODIADA IGLESIA CATÓLICA


Jesús de Nazareth, Fundador de la Iglesia


Observo con cierta frecuencia que en algunos lugares de Internet, abundan, o son habituales, algunos textos cargados de desprecio, cuando no de odio a la Iglesia Católica. Sobre todo, a la Iglesia Católica en España. Yo, debo respetar esas muestras de libre expresión, que tanto me hieren, pero también supongo que tengo derecho a expresar mi opinión y, sobre todo, mi pensamiento y mi sentimiento. Yo, no soy modelo de nada, ni siquiera tal vez soy “buena persona”, como suele decirse, que es lo más importante, pero, aunque indignamente, me siento orgulloso, en el mejor sentido de la palabra, de ser miembro de la Iglesia Católica, de esa misma a la que con alguna frecuencia se denigra en algunos grupos y para la que se piden todas las sanciones y pérdida de sus “privilegios”. Pero, ha de saberse que esos privilegios no son tantos como pudiera parecer y, sobre todo, que la Iglesia devuelve a la sociedad civil española mucho más de lo que recibe, liberando con ello al Estado del cumplimiento de muchas de sus obligaciones más elementales y primarias. Con razón decía Don Francisco de Quevedo que El valiente tiene miedo del contrario y el cobarde, de su propio temor”. Yo, en este sentido, ya no albergo ningún temor a nadie y, por eso, si me lo permiten, quiero aportar en este mismo lugar algunos datos, que creo son irrefutables. Estrictamente, sin más “teorías”, los datos son éstos:

             A) La Iglesia Católica, sostiene en España, ahora mismo, 5.141 Centros de Enseñanza. Supongo que algunos dirán que eso es un “negocio” para enriquecerse, o que a esos Centros tan sólo pueden acceder “los ricos”, pero eso tampoco es verdad. Puede que existan casos de ese tipo, pero en general son mucho más numerosos, por no decir aplastantemente mayoritarios los supuestos en los que la enseñanza y la educación se extiende e imparte a los más humildes, a los más pobres y desheredados de la sociedad. Entre ellos, a los niños de los emigrantes, de todas las razas y colores. En cualquier caso, esta actividad supone un ahorro para las arcas públicas de 3 millones de euros al año.

            B) La Iglesia, en España, sostiene 107 Hospitales, que ahorran al Estado español 50 millones de Euros por hospital al año.

        C) La Iglesia Católica, en España, mantiene y dispone abiertos 1.004 centros diversos, entre ambulatorios, dispensarios, asilos, centros de minusválidos, de transeúntes y de enfermos terminales de SIDA, con un total de 51.312 camas, que ahorran al Estado 4 millones de Euros por centro al año.

            D) El gasto de Cáritas Española al año, es de 155 millones de Euros, que naturalmente salen del bolsillo de los cristianos españoles.

           E) El gasto de Manos Unidas contra el hambre, alcanza los 43 millones de Euros, que también proceden de los mismos bolsillos.

           F) En ayuda al Tercer Mundo, a través del DOMUND, la Iglesia Católica en España, aporta 21 millones de Euros. ¿Puede alguien imaginar de dónde salen?

         G) La Iglesia en España dedica, en Centros de Reeducación para margina- dos sociales, prostitutas, ex-presidiarios y ex-toxicómanos, una cifra que supone al Estado un ahorro de más de medio millón de Euros.

       H) La Iglesia organiza y financia Orfanatos  que acogen exactamente a 10.835 niños abandonados, lo que supone otro ahorro para el Estado de 100.00 Euros por Centro.

     I)  La Iglesia contribuye en un 80% a los gastos de conservación y mantenimiento del Patrimonio Histórico Artístico de España, calculándose, en este sentido, un ahorro aproximadamente de entre 32.000 y 36.000 millones de Euros al año.

         J) Por último, a todo ello, es preciso añadir, y sumar, en lo que atañe a su costo económico, las horas de trabajo de cuantas personas prestan su voluntaria cooperación, sin retribución alguna, en Cáritas, Manos Unidas, Bancos de Alimentos y otras muchas actividades y programas de ayuda a las personas más humildes y débiles de la sociedad española. ¿En cuánto podría cifrarse el trabajo de estas personas?

                   Y por todo ello, el Estado español continúa prestando ayuda económica a la Iglesia Católica, pudiéndose afirmar que si, en este momento, la Iglesia cesase en todas sus actividades, el Estado ni remotamente podría sufragarlas con los fondos que aporta a la Iglesia, creándose un gravísimo problema para la paz y convivencia social, todavía mucho más grave del que ahora ya existe.

                    Sin embargo, tan sólo hace unos días, en un programa de la emisora de televisión TV 6, volvió a tratarse, por parte del llamado “periodismo de investigación”, a cerca del dinero que recibe la Iglesia, pero sin distinguir entre lo que percibe del Estado y lo que procede directamente de los fieles, y desde luego, absolutamente nada se dijo acerca de en qué lo emplea. En cambio, sí se hizo mucho hincapié en que la Iglesia está exenta de los impuestos de bienes inmuebles (IBI) y de transmisiones patrimoniales (ITP), pero tampoco se dijo que también están exentos  de tales exacciones fiscales, no sólo, como es lógico, todas las instituciones y entes estatales, sino que también lo están los Sindicatos, esas turbias y parasitarias organizaciones que, por lo visto últimamente, se dedican mucho más que a ayudar a los trabajadores humildes y en desempleo, a robarles miserablemente en exclusivo lucro de sus inútiles mandamases. Y, ¿cuántos comedores para indigentes, cuántos hospitales, centros educativos u otros análogos han abierto la UGT o CC.OO.? ¿Cuántos los partidos políticos, todos ellos, tanto el PSOE o IU como el PP? ¿A dónde puede ir un necesitado a pedir un bocadillo?, ¿A la sede del PP?, ¿a la del PSOE?, ¿a la de IU?, ¿a la CCOO ó UGT?, ¿a los Centros Evangélicos, Mormones, Judaicos, Palestinos, Protestantes, Anglicanos, Ortodoxos, Testigos de Jehová, Bahai, Krisna... ?... Pues, no, en estos sitios no dan nada a los humildes. Sólo teorías.

           Y, tal vez, tampoco deben andar excesivamente lejos, aquellos maleantes comunes, del rosario de injurias y actos sacrílegos perpetrados también recientisimamente, en poco más de meses contra la Iglesia en España:
  • Profanación de la iglesia de San Félix, en Sabadell, en plena Misa del Gallo.
  • Pintadas hirientes contra nuestra Madre la Virgen María en el albergue para personas necesitadas, en Vigo, atendido por religiosas.

María de Nazareth, Madre del Señor
y de todos los que en creemos en Él
  • Colegios y templos atacados con pintadas, profanaciones y sabotajes en diversos lugares de España.
  • Intento de quemar la iglesia de Santa Marina, en Sevilla. 
  • Denuncia de las Juventudes Socialistas contra Monseñor Reig Plà por haber defendido públicamente la doctrina de la Iglesia.
  • Ataques contra Monseñor Fernando Sebastián por haber defendido la visión cristiana del matrimonio, la familia y la vida.
  • Los autores del ataque con bomba contra la Basílica del Pilar, que amenazaron públicamente a los creyentes, sus templos y sus representantes.
         Y por último, tan sólo hace más bien horas que días, un grupo de repugnantes mujerzuelas, a cuyo lado las prostitutas son unas personas dignas  -tan sólo venden sus cuerpos para poder comer, y no para “divertirse” sin asumir ninguna responsabilidad y menos matando seres humanos indefensos-  se supone que, con motivo de la proyectada nueva Ley del Aborto, han tratado de agredir al Cardenal Arzobispo de Madrid, Monseñor Rouco Varela.



¿Qué tiene que pasarnos a los cristianos para que los poderes públicos tomen medidas contra todo aquello que impunemente nos ofende y ataca? ¿Acaso no tenemos los mismos derechos que todos los demás ciudadanos no creyentes, a quienes respetamos, y por ser nuestros compatriotas, verdaderamente queremos? No deseo yo en absoluto “revolver” ni por un segundo  -aunque poseo datos e imágenes tan incontrovertibles como horribles y miserables- aquel horrible capítulo de “la historia interminable” de España. De aquella maldita Guerra, que tanto daño nos ha hecho a todos los españoles. Y por eso, no lo hago. Sólo por eso. Aunque tan sólo sea porque quiero encontrarme entre los primeros que por fin olviden y perdonen y, si necesario fuese, para que yo mismo lo sea.

Luis Madrigal