miércoles, 15 de octubre de 2014

LA VIDA NO ES UNA CASUAL MUTACIÓN



Y MENOS AÚN UN VACÍO EXISTENCIAL

La simplicísima idea de que la vida puede proceder de la materia cósmica, que a cualquiera de nosotros puede asaltarnos del modo más natural y elemental, cobra en Telilhard de Chardin una complejidad que no tiene nada de simple agregación, ni tampoco de múltiple repetición geométrica, indefinida, o de unidades de numerosos ejes, cual sucede en el sorprendente fenómeno de la cristalización. Theilard fue en vida sacerdote jesuita, hasta aquella tarde del 10 de Abril de 1955, cuando se disponía a tomar el té en Nueva York, concluyendo así de manera prematura, en plenitud de vigor intelectual, su brillante y lúcida aportación sobre el más profundo sentido de la antropogénesis, dentro del más general y amplio de la cosmogénesis. Pero, en ello, Theilhard, en absoluto se comporta, no ya como un teólogo, condición que jamás ostentó, ni siquiera como un filósofo, de lo que tan sólo da muestra en ocasiones, sino como un auténtico y genuino científico. Un paleontólogo, de la evolución y de la genética. No solamente Darwin o Mendel, respectivamente en cuanto a una y otra, pueden ser los únicos a quien debe prestarse atención. Por no citar tan pronto, e incluir de manera muy singular, a ese gran pequeño y desdichado hombre que, tal vez a causa de haber contraído el ALS, o enfermedad de las neuronas motoras, anda por ahí diciendo  -últimamente ha vuelto a insistir con mayor radicalidad-  que “Dios no existe” y que únicamente la Ciencia puede explicarlo todo, aunque de momento reconozca expresamente que no lo explica.

Por cierto, que, si Pierre Theilhard de Chardin era francés y jesuita, Gregor Mendel era austríaco y agustino. Es decir, ninguno de los dos era español. Esto significa que no sólo a los españoles “de pura cepa”, tan “católicos”, meapilas, aturdidos e ignorantes, tan carpetobetónicos y amantes de los toros y del fútbol  -a una gran mayoría de los españoles-  les ha parecido desde tiempo inmemorial que eso de la vida no puede tener un origen cualquiera, y por ello se dedicaron a construir catedrales, primero románicas y después góticas, o renacentistas, para rendir culto y adoración al gran Arquitecto (que no es precisamente tampoco el de la escuadra y el compás de la Masonería), en lugar de edificar laboratorios, estaciones astrofísicas y aceleradores de partículas. Es decir, que también los católicos extranjeros han cultivado la Ciencia, otorgando a ésta lo que es debido conceder, no para negar a Dios, aunque tampoco precisamente para afirmarle  -dado que ello no es materia ni competencia de la Ciencia, ya sea ésta la Física o cualquier otra de la materia-  al menos para no afirmar tan rotundamente lo que la Ciencia no puede demostrar. Desde luego, tampoco ellos, ni Theilard y mucho menos Mendel- consiguieron “demostrar” nada en sentido positivo en lo concerniente a la esencia divina. Exactamente igual que quienes, científicamente, en sentido negativo, pretenden liquidar a Dios de la existencia humana, como es el caso del hombrecito. Con  razón su primera esposa, Jane Wilde, físico al igual que el propio Hawking, que fue también su paciente enfermera, además de una ferviente católica, se separó de él, al descubrir que estaba educando a sus tres hijos, Lucy, Robert y Timothy Hawking, en el más radical ateísmo. El señor Stephen William Hawking (matemático, físico teórico, astrofísico, cosmólologo y divulgador científico), sin duda es un gran genio. Comenzó a demostrarlo ya, siendo estudiante en Cambridge, con una exótica y en grado sumo novedosa formulación matemática, improvisada en un examen, que deslumbró a todo el Claustro académico de la prestigiosa Universidad británica. Resulta casi espeluznante, por otra parte, que con sólo los dedos pulgar e índice, de una de sus manos, único movimiento que según dicen le resulta posible, pueda activar un mecanismo, concebido y diseñado por él mismo, para poder transformar las pulsaciones en voz humana, a fin no solamente de poder expresarse sino de pronunciar conferencias. Todo ello es admirable en grado sumo. Pero aquí se acaba la admiración. Si, como el propio Hawking acaba de admitir, ninguno de los datos y descubrimientos de su propio saber, ni el de toda la ciencia de la materia, permite descubrir a Dios, tampoco ninguno de aquellos permite y autoriza a negarle, como también ha admitido. ¡Cállese usted, pues, Sr. Hawking, en lo que se refiere a Dios! Al menos, no sea tan radicalmente concluyente, cuando tampoco puede usted demostrar lo que afirma, porque Dios no es objeto, material ni formal, de la Física, sino de la Teología, pese a que esta no pueda ser precisamente una “ciencia”, aunque sí sea la “Física del espíritu”. Tengo la sospecha de que, entre otras muchas, las declaraciones recientemente vendidas al diario “El Mundo”, de Madrid, no son más que carnaza para tiburones. Digo vendidas, con absoluta propiedad. Vender, por propia definición es ofrecer a otro una mercancía a cambio de dinero, para que quien compra, a su vez, pueda lucrarse en la reventa. Se trata estrictamente de una compra-venta mercantil, a tenor del artículo 325 del Código de Comercio español: “Será mercantil la compraventa de cosas muebles –y mucho más de ideas sensacionalistas- para revenderlas, bien en la misma forma que se compraron, o bien en otra diferente, con ánimo de lucrarse en la reventa”. Nada nuevo, ni nada que en realidad y rigor pueda interesar a la Física y menos aún a la verdad, que dicen los periodistas es lo que ellos quieren divulgar. A eso que ellos llaman “el sagrado deber de la información”, convirtiéndolo con excesiva frecuencia en un mero negocio.

Pero lo verdaderamente perverso es que tales manifestaciones, procedentes de un genio, puedan reafirmar las nacientes inquietudes de algunos jóvenes colegas, quienes encuentran en ellas un motivo definitivamente radical para entender que “la vida no tiene sentido alguno” y que, por tal motivo, han de moverse en el seno de un “vacío existencial”, dado que para ellos “Dios es un invento del hombre”, como a su vez les indicó un filósofo alemán, Friedrich Wilhelm Nietzsche. Pero de esto, de ese aparente vacío, quisiera yo tratar otro día, más o menos próximo, aunque tenga que ser, no totalmente con pluma ajena pero sí con las ideas de alguien para quien la Física tan sólo es la ciencia de la materia  -y para quien, como para Tomás de Aquino, con la Filosofía no termina la búsqueda de la Verdad y de la verdadera Vida-  pero convencido a su vez, como lo estoy yo mismo, de que el espíritu anida fuera de aquélla.

Luis Madrigal



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