martes, 9 de noviembre de 2010

SOLEMNE EUCARISTÍA DE LA ALMUDENA



HOY, ES LA ALMUDENA, PATRONA DE LA VILLA DE MADRID



¡Y cuánto celebro que haya sido la Coral de la Real Colegiata Basílica de San Isidoro de León, dirigida por mi buen amigo Don Teodomiro Alvárez, quien aclama a la Señora de Madrid...! Hoy, pese a los siglos transcurridos, da la impresión de que los cristianos madriñeños, y los españoles en general, tenemos que continuar con nuestras veneradas imágenes escondidas en las murallas. Pero ya va siendo hora de decir que no. Y hoy, salimos a la calle... Todo el pueblo de Madrid, cristiano o no, debería hacerlo, para que no vuelva a suceder lo mismo que ya ocurrió en el año 712. Como frecuentemente se dice, un pueblo que ignora su propia Historia, está condenado a que se repita. Yo, soy leonés, y "mi" Virgen es la del Camino, pero hoy soy un madrileño más, aunque sea el último de todos, y el alma me pide gritar a pleno pulmón: Cristianos madrileños: ¡Viva nuestra Virgen de la Almudena, Patrona de Madrid!. ¡Españoles: Viva Santiago, el de Clavijo, y... cierra España!



Luis Madrigal






lunes, 8 de noviembre de 2010

MAÑANA, ES LA ALMUDENA




EN EL ALMUD HALLADA
 
Reposa en el almud una silueta
que de la luz del Sol toma reflejo
y en su sereno rostro cobra espejo
la oscura noche que la Luna inquieta.

Bate la Cruz, cual celestial saeta,
al toledano acero circunflejo
y nuevo muro se alza en muro viejo
para cubrir de luz tan honda grieta.

El corazón, estalla de alegría
y, entre jazmín, el alma se serena...
La noche, se transforma en luz del día.

La Media Luna, torna en luna llena
cuando su resplandor fulge María,
que ha tomado por nombre el de Almudena.



Luis Madrigal



 

En la imagen de arriba, Ntra. Sra. de la Almudena, Patrona de Madrid.

En el año 712 el español Rey godo Don Rodrigo fue derrotado en la batalla de Guadalete. Los capitanes musulmanes Muza y Tarik establecieron su dominación sobre Toledo y casi toda la Península tras una rápida conquista. Solo quedaban algunos reductos de resistencia en el norte y estos parecían estar perdidos. Madrid, la actual capital de España y la que llegara a ser capital del gran imperio español, era en el siglo VIII una insignificante villa. Ni siquiera se conoce su antiguo nombre: Mantua, Miacum, Ursaría...

Pero los musulmanes entendieron que Madrid era un lugar estratégico y decidieron establecer allí una gran fortaleza. Grande fue la consternación de los cristianos de aquel lugar al saber del inminente ataque musulmán. Fue así que pensaron en como salvar a la venerada imagen de la Virgen María, que según la tradición, había sido traída a esta villa por un discípulo del Apóstol Santiago en el año 38 de nuestra Era. Recordemos que  a dicho apóstol, que evangelizó la Península, se le apareció la Virgen en Zaragoza y sus restos mortales se encuentran en Santiago de Compostela.  Todo el pueblo se reunió en la iglesia para pedir la protección de la Virgen, dispuestos a defender su querida y venerada imagen contra todos los infieles.


Un  sacerdote subió al altar, y con gran emoción, habló así a los madrileños: 
"Hijos míos: Los enemigos de nuestra fe han invadido todas las ciudades, villas y aldeas de España. ¡Es inútil la resistencia! ¡Dios así lo quiere! Es preciso que acatemos su santa voluntad, pidiendo de rodillas perdón por nuestras culpas. El que se encuentre con fuerzas para pelear, que pelee hasta morir en defensa de nuestra sacrosanta religión. Y aquel que sobreviva al duro combate, en el que sin duda seremos vencidos, que corra hacia las montañas donde se reúnen las huestes de los soldados de la Cruz, al mando de don Pelayo, para hostigar cuanto puedan a los invasores y trabajar por la libertad de la Patria.Muza está en Toledo; conquistada esta ciudad, pronto el infiel caudillo se hallará delante de nuestros muros; antes de que esto suceda, antes de que Madrid caiga en sus manos, es preciso que pensemos en salvar los objetos que nos son más queridos. La Virgen Santísima, a quien tanto veneramos, que siempre ha sido nuestra abogada y protectora, que siempre ha oído clemente nuestras preces, no ha de caer en manos de nuestros enemigos, no hemos de permitir que su preciosa imagen sea profanada por los infieles.
Ocultémosla, mientras peleamos contra ellos, en el cubo de esta muralla contigua a este santo templo. Si vencemos, todos sabemos dónde la hallaremos para darle gracias por la victoria, y si, por desgracia, somos vencidos, líbrese, oculta en la muralla, del furor de los mahometanos".

El pueblo escuchó con religioso silencio la emocionante plática del anciano sacerdote y quedó aprobada en el mismo instante su proposición. La Virgen fue ocultada.  Fue bajada la imagen del camarín y conducida en procesión hasta la muralla donde se le construyó un nicho en el que fue colocada, "dejando dos luces para que la alumbrasen". Acto seguido, se tapió el nicho y se dejó el muro en la misma forma que estaba. Más de tres siglos y medio sufrió Madrid, que recibió el nombre de "Magerit", el yugo de los árabes.No fue sino en el 1085, tres siglos después de que la Virgen fuese escondida, que llegó el añorado día de la liberación de "Magerit". Don Alfonso VI de León, y después de León y Castilla , reconquistó Toledo, y poco tiempo después el estandarte de Cruz hondeaba sobre las torres de Madrid.Don Alfonso en seguida dispuso la purificación del antiguo templo dedicado a la Virgen María que los infieles habían profanado al convertirlo en mezquita. Sabedor de que se había ocultado la imagen de la Virgen para protegerla, mandó realizar pesquisas para averiguar el sitio donde se encontraba. Pero ya no quedaba nadie que supiese su paradero. Ordenó entonces Don Alfonso que se hicieran rogativas por espacio de nueve días para que el Cielo les concediese el tesoro que se hallaba oculto; para que la misma Virgen María los iluminase y encaminase sus pasos hacia el lugar donde se encontrara su sagrada imagen. 

La Virgen escuchó sus ruegos: El día 9 de noviembre de 1085, último del novenario, organizóse una solemne procesión, después de la misa celebrada en el templo de Santa María, que recorrió todos los lugares donde se creyó que pudiera esconderse la imagen de la Señora.

Cuentan las crónicas que en esta procesión iban, además de don Alfonso VI de León y Castilla, el Rey don Sancho de Aragón y de Navarra, el infante don Fernando y el famoso Cid Campeador, don Rodrigo Díaz de Vivar.

Al llegar la comitiva al sitio denominado hoy Cuesta de la Vega, y al pasar por delante de un trozo de la vieja muralla que por dicha parte de la villa se levantaba, permitió Dios que se produjera uno de los muchos prodigios con que el Todopoderoso muestra a los mortales su infinito poder y su bondad sin límites...  Ante el asombro de todos los presentes, se derrumbó por sí mismo el trozo de muralla donde estaba la hornacina en la que ocultaron la sagrada imagen de María, apareciendo ésta, a la vista de los fieles, en la misma forma en que fue colocada, incluso con las dos velas encendidas que, para alumbrarla, habíanla puesto aquellos fervorosos cristianos, un día del año 712. Habían transcurrido trescientos setenta y tres años.
Desde entonces la Virgen de la Almudena es considerada Patrona de Madrid.  La iglesia parroquial de Santa María, venerable por su antigüedad e historia, era un templo mezquino en su forma y dimensiones, y se asegura que en él se predicó por primera vez el Evangelio en Madrid. Albergó el culto de la Patrona y tuvo la categoría de catedral, siendo colegiata de canónigos  seglares en tiempos del conquistador, el piadoso rey don Alfonso VI.  Luego pasó a la categoría de parroquia, hasta su demolición, a fines del año 1870, pasando la milagrosa imagen a la iglesia del Sacramento, de donde fue trasladada a la cripta de la Catedral. Después pasó al Altar Mayor de la referida iglesia del Sacramento.

El día 9 de noviembre de 1941, tras la devastadora Guerra Civil Española, inauguró solemnemente el ilustrísimo señor Obispo de Madrid-Alcalá, una imagen de la Virgen de la Almudena, esculpida en piedra, en el mismo sitio de la Cuesta de la Vega donde se supone que apareció el año 1085. A ambos lados de la hornacina, dos monumentales faroles de hierro y cristales alumbraban la imagen, en recuerdo de aquellas milagrosas velas que lucieron durante trescientos setenta y cinco años, en honor a la Virgen María.

viernes, 5 de noviembre de 2010

ESPERANZA Y CONSUELO



Voy a comenzar por donde  -aunque fuera de soslayo-  terminé la entrada inmediatamente anterior en este mismo Blog. Tengo cierta impaciencia, antes de que Don Juan Tenorio se baje de los escenarios, para desaparecer hasta el año próximo, y antes asimismo de que se acaben los buñuelos de viento y los huesos de santo, en tratar aquí, aunque muy humildemente, desde luego, de otro de los acontecimientos también propios del tiempo que atravesamos en estos días. Debería decir Acontecimiento, porque me refiero al Libro del Apocalipsis, el último en ser incorporado a la Biblia, tras el Nuevo Testamento, centro de las lecturas litúrgicas en la recientemente celebrada Festividad de Todos los Santos. Es el Apocalipsis, un libro enigmático y tradicionalmente  -si tan sólo se le mira a simple vista-  cargado de terror y, por ello, no sólo antipático, sino hasta repelente. No suele gustar nada su lectura. Y sin embargo, paradójicamente, es todo lo contrario. Es un libro cargado hasta los topes de infinita esperanza y consuelo, frente a todos los sufrimientos de esta vida, tan llena de dolor y cautiverio, una vez se descifran sus muchos enigmas. Enigmas por todos lados y de todas clases: Los números  -el tres, el siete, el cuatro; el seis y el doce… La cifra de 144.000, que tan infantil, miope y burdamente ha sido interpretada, en orden a la salvación de los hombres… Los espacios de tiempo y, en particular, esa “media hora” especialmente significativa… Pero también los colores (blanco, negro, rojo, verde -pálido-amarillento-  púrpura)… Los vestidos y otros símbolos; el Trono; los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos; el Arco Iris y el Mar de Vidrio, el Cordero, los siete cuernos y los siete ojos, la Espada aguda, los Ángeles, uno de los cuales porta un incensario de oro… La Siete Iglesias, los siete espíritus, los siete candelabros y… por último la Bestia y sus adoradores; Babilonia; los Siete Sellos, las Siete Trompetas, las Siete Copas; el juicio divino, el lugar del castigo, el Paraíso-Cielo y el Árbol de la Vida…

Todo esto, y aún algunas cosas o figuras más, son meros símbolos y, todos ellos y fundamentalmente la síntesis de los mismos, como decía anteriormente, constituye una realidad de Esperanza, de liberación de la injusticia y del mal, de la opresión y la cautividad. Porque, debo decirlo ya, la propia palabra “apocalipsis”, no significa terror, ni catastrofismo, sino “revelación”, manifestación de las últimas realidades a las que ha de enfrentarse todo hombre. Naturalmente, es imposible tratar aquí de todo ello, de sus respectivas significaciones verdaderas y, por ello, he de limitarme, restringiéndolos notablemente, a los aspectos o extremos concretos que pudieran ser más esenciales.

Y, en primer término  -antes aún que el de analizar la controvertida autoría del Libro-  es necesario afirmar que el Apocalipsis cristiano, como especie singular, ha de ser considerado dentro de un género literario muy bien perfilado y conocido desde la más remota antigüedad: El género apocalíptico. Esto es, del mismo modo que la épica o la lírica, la poesía, la novela o el teatro, constituyen géneros literarios, la apocalíptica también lo es. Y, como tal, tiene sus características propias y esenciales, del mismo modo que las tienen los cantares de gesta o la lírica provenzal, por poner meros ejemplos. Y, en este sentido la primera precisión ha de ser, por tanto, la de aceptar que, para poder entender la especie, lejos de pretender comprenderla con arreglo a nuestra mentalidad de hoy, a nuestras categorías conceptuales y modos de expresión, es necesario antes tener una idea exacta del género. Es decir, sin entender la apocalíptica, en general (desde la más primitiva no judía, también la judía y, consecuentemente por tanto, la cristiana) no se podrá entender el Libro del Apocalipsis.

Y las características esenciales del género literario apocalíptico, podríamos decir que son dos. En primer término, el dualismo. Toda apocalíptica es esencialmente dualista. No se trata de un dualismo metafísico, con dos principios opuestos, el del bien y el del mal, o cualesquiera otros, sino de un dualismo histórico-ético, de fuerzas, una de las cuales se muestra opresiva, beligerante, persecutora de la otra, haciéndola objeto de destrucción y de sangre. En la prehistoria del mundo judío, ya puede verse la apocalíptica del Antiguo Testamento. El primero y más importante libro apocalíptico veterotestamentario es el de Daniel, escrito durante la revolución macabea, entre el año 165 y el 164. Ezequiel, se mueve en los tiempos duros de la cautividad de Babilonia y también es abundante la literatura apocalíptica de los dos libros de Henoc, el Testamento de los Doce Patriarcas, Los Libros Sibilinos judíos, la Ascensión de Moisés, el libro cuarto de Esdras, la apocalipsis siria de Baruc, el libro de la Guerra de Qumran, y otros. La segunda gran característica, o nota determinante del género apocalíptico es la escatología. Por escatología  -se hace obligado precisar, y más en estos últimos tiempos-  hay que entender, en el sentido más tradicional (de ἔσχατος, último, y -logía ) el conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba. Esto es, de las cosas últimas, del tiempo último, y por ello de la muerte y, con ella, del fin de la era presente y de la vida del mundo futuro, como decimos los cristianos en nuestro Credo. En consecuencia, si se enlazan ambas características, podríamos hablar de un dualismo escatológico. Esto es el Apocalipsis cristiano, y esto, es lo esencial. Frente a ello, todas las demás notas o signos son muy secundarios, tanto los aspectos visionarios, extáticos u oníricos, como la pseudonimia, la angelología y la demonología, el simbolismo animal y numérico o las grandes calamidades y catástrofes, a los que se recurre para presentar frente los acontecimientos adversos de la vida, el triunfo de la esperanza, el bienestar y la paz.

Frente a todo este tipo de iniquidad o de injusticia, el Apocalipsis es profético, aunque resulte difícil separar un género de otro. El Vidente (sea éste quien fuera, o una u otra su identidad) es un profeta. Un profeta que anuncia y celebra su fe, pero la  “historifica”, esto es, la convierte en historia que no es, en algo que nunca ocurrió y, mediante este recurso, anuncia el mensaje salvador a los hombres de su tiempo, para convertirlo en esperanza y consuelo. Y, desde este punto de vista, las experiencias del Vidente no pueden ser más sombrías ni sobrecogedoras, porque cuando escribe ya se ha hecho absoluto el poder imperial romano hasta llegar a la divinización de sus emperadores (Calígula, Nerón, Domiciano) y, con las cruentas persecuciones a los cristianos, el enfrentamiento dualista ha producido miles de mártires, porque las ideas del Imperio y la fe cristiana se han hecho incompatibles. Y, por todo ello, el Apocalipsis es un libro de consolación, que era leído en las celebraciones litúrgicas del tiempo en que se escribió, porque también en él se hacen presentes los cánticos de alabanza. El lenguaje “catastrofista”, se explica, pues, por los acontecimientos realmente históricos, ante una experiencia trágica de persecución e intolerancia, frente a la fe cristiana, pero, al contrario del Libo de Daniel (Dn 12, 4), en el que se impone el silencio, el propio Cristo ordena al Vidente que “no mantenga en secreto las palabras proféticas de este libro”  (Ap 22, 10).  Está por tanto muy clara la finalidad: Tales palabras deben convertirse en consuelo y esperanza, al revelar la presencia del tiempo último en Cristo Jesús. Por ello, además de un Libro escrito para unas circunstancias concretas, el Apocalipsis es también para nuestro tiempo, para toda circunstancia y adversidad sobre la tierra, y por lo tanto nunca motivo de terror, sino causa de verdadera alegría, máxime considerando que, además de revelación de cosas ocultas a los hombres, tan sólo conocidas por Dios, fundamentalmente tales cosas son las futuras y, muy en particular las ἔσχατοv, o cosas últimas.

En segundo lugar  -y por último-  (aunque ello pueda parecer anecdótico) no quisiera perder la oportunidad de referirme a la autoría del Apocalipsis. Muy posiblemente, desde un principio condujeron al error, las propias palabras que pueden leerse al comienzo del Libro: “Yo, Juan, vuestro hermano… me encontraba en la isla llamada Patmos…” (Ap 1, 1, 9). Ello hizo que, tradicionalmente (y aún hoy mismo llama la atención cómo, en algunas homilías, algunos oficiantes continúan haciéndolo) se haya atribuido el Apocalipsis al Apóstol San Juan, el Evangelista, el discípulo amado del Señor. Pero, tal atribución, parece ser, se encuentra fuera de toda posibilidad. Previamente, quiero distinguir entre anonimia, fenómeno que se produce cuando una obra carece del nombre de su autor, y pseudonimia, lo que sucede cuando, expresándose en la misma el autor de la obra, el nombre de éste es falso. Y decíamos que, en el género apocalíptico, la pseudonimia, si bien no esencial, era una de sus notas accesorias, porque los apocalípticos judíos no se atrevían a dar sus propios nombres, escondiéndose bajo el de personajes del pasado, como Abraham, Moisés, Elías o Daniel. Pero el Apocalipsis, aparentemente, no es ninguna de las dos cosas. En principio no puede considerarse estrictamente anónimo, puesto que en el mismo Texto se dice quien lo escribe: un hombre llamado Juan. Y tampoco  pudiera haber razones para pensar que tal nombre sea falso. El Apocalipsis no es pseudónimo porque el autor utiliza su nombre (1, 1.4.9; 22, 8), sin emplear ninguna máscara para esconderse bajo ella. Sin embargo, el intento de identificar al Vidente apocalíptico con Juan el Zebedeo, pretendido autor, a su vez, del llamado Cuarto Evangelio, y pese a que se le supone también habitar en la isla de Patmos y haber llegado a una avanzadísima edad, todo ello parece ser carece de fundamento riguroso y exacto.

En primer lugar, no puede olvidarse que ya el Cuarto Evangelio, hubo de sufrir un largo y complejo proceso, literario y teológico para poder adquirir la forma en la que nos ha llegado, tras excluir la  posibilidad de un único autor en su redacción. Y la conclusión fue la de que Juan el Zebedeo no fue el principal. Es muy posible que el autor del Cuarto Evangelio y el del Apocalipsis tuvieran el mismo maestro, lo que explicaría sus coincidencias. Pero, sobre todo la exclusión de Juan el Zebedeo como autor del Apocalipsis cuenta con otras razones muy serias. Una de ellas, es que al menos los capítulos 13 y 17, fueron escritos en tiempos de Domiciano  (año 81-96) o incluso después, entre Julio del año 97 y principios del 98, según H. Kraft. Si Juan el Zebedeo hubiese vivido por entonces, hubiese tenido más de ochenta años de edad, que no parece la apropiada para escribir sobre tal género, sumamente complejo. Por otra parte, parecen ser también pura leyenda, tanto su extraordinaria longevidad como su muerte en tiempos del Emperador Trajano, también según el propio Kraft, y Ringgren y Schütz. Asimismo, cuando se escribe el Evangelio de San Marcos (entre el 64 y el 70) y el pasaje contemplado en 10, 39, los Zebedeos (Santiago y Juan) habían sufrido ya el martirio, y a ello se une el testimonio de Papias, que afirma la muerte causada por los judíos a los dos hijos del Zebedeo. Según se afirma en los Hechos de los Apóstoles (Hch, 12, 1 y 2) la muerte de Santiago se produjo el año 44, y aunque mayor que su hermano Juan, resulta excesivamente dilatado admitir que Juan pudiese estar vivo entre los años 81 a 96, o incluso más tarde. Por último, el gnóstico Heracleon (citado por San Clemente de Alejandría, en la tercera parte de su Trilogía, Stromata o “Misceláneas”), enumera a los apóstoles que no sufrieron el martirio y su total silencio sobre los Zebedeos obliga a pensar que ambos fueron martirizados. Os deseo a todos, queridos amigos, sobre a todo a mis hermanos en la fe, una apacible y alegre lectura del Apocalipsis, porque es Evangelio y está lleno de Esperanza. Luis Madrigal.-






lunes, 1 de noviembre de 2010

QUIERO MIRAR AL CIELO






Ya que en la tierra no puedo encontrar lo que busco y, cuando creo haberlo encontrado enseguida lo pierdo, he tomado la decisión de buscarlo en el cielo. No quiero decir en el Edén, en el Empíreo, en el Paraíso, en el seno de Dios, creador del universo, porque ahí siempre he creído poder encontrarlo. Me refiero al espacio sideral que conocemos los humanos por ese nombre. Sobre todo, quería referirme yo, al cielo nocturno, porque es precisamente entonces cuando, sobre él, o en él, brillan todas las estrellas, tanto las visibles a los ojos humanos (¡y que pocas pueden ser contempladas en su identidad y magnificencia!), como las invisibles, aunque también susceptibles de determinación y observación por esa gran ciencia que es la Astronomía, con el imprescindible auxilio de sus gigantescos aparatos. En Canarias, en la Isla de la Palma, saben mucho de eso. Allí se encuentran instalados grupos de telescopios, nocturnos y solares, en número de casi una veintena, entre los cuales  -por una vez debo sentirme orgulloso de España- se encuentra el “Gran Telescopio Canarias”, de 10,4 metros de diámetro, el más grande del mundo, cuya realización se debió a un proyecto español, si bien con la participación de los Estados Unidos y de Méjico. En otras palabras, estoy diciendo que, en estos momentos, siento una fuerza casi irresistible de ser, o al menos de procurar hacerme astrónomo. No astrofísico, que eso solamente puede ser para sabios matemáticos, pero sí al menos -con el tiempo y una caña- me gustaría mucho poder llamarme aficionado a la Astronomía. Siento un enorme deseo por salir disparado de esta tierra tan dura y cruel, tantas veces, para perderme entre las estrellas, los planetas y sus satélites, o “lunas”. Nuestra Tierra sólo tiene uno, pero Marte tiene dos, Júpiter cuatro, y en cuanto a Saturno, a los nueve inicialmente conocidos, hay que añadir doce más descubiertos en el año 2004, sospechándose que pueden ser hasta entre 62 y 65 “lunas” las que graviten sobre este planeta. ¡Que maravilla! ¡Cuántas noches de amor, con 65 “lunas”, temblando sobre el mar…! De poder ser ello en la Tierra, claro, ya que en Saturno parece ser que no hay mar alguno. ¡Qué lástima! ¿Pero, será suficiente con nuestro sistema solar? Hay miles de millones de ellos, dentro de los cien mil millones de galaxias estimadas; misteriosas constelaciones, que hacen llover “estrellas” varias veces al año, y bellísimas nebulosas que, vistas al telescopio, resultan de ensueño, superando cualquiera de las técnicas y estilos pictóricos, y que hasta revisten con suma fidelidad la forma de continentes enteros de nuestra Tierra. Presiento una seria dificultad al respecto, porque, además de libros, resulta indispensable un telescopio, por modesto pueda ser éste, y mi más aún modesta economía me temo no va a permitirme adquirir uno como el que hace días vi en unos grandes almacenes de Madrid.

         Entre tanto, queridos amigos (muchas gracias por vuestros sentimientos a mis últimas entradas en este humilde Blog), tratando de iniciar mi futura función de “astrónomo”, o como mínimo de aficionado a la Astronomía para legos, he podido capturar la imagen astronómica que arriba os ofrezco, en primer lugar, precisamente la del día de hoy, 1 de Noviembre de 2010, fecha mejor que ninguna otra, en la que se celebra la Fiesta más indicada para pensar en el cielo, en este, finito al fin y al cabo y en el Otro, infinito y eterno, donde una multitud incontable de seres humanos (por favor, que nadie crea eso de los 144.000), se halla revestida de fulgurantes túnicas blancas. Son los que vienen de la gran tribulación y, por ello, precisamente por ello, han podido lavar sus vestiduras en la Sangre del Cordero. ¡Que brillen también algún día las nuestras! Luis Madrigal.-





En las imágenes, de arriba abajo, visión astronómica del cielo en el día de hoy
y de la Nebulosa "NorteAmérica". Véase la extraordinaria coincidencia 
de su figura con la del gran subcontinente americano

sábado, 30 de octubre de 2010

APOTEOSIS PATÉTICA EN DOS ACTOS




I


YA NO SOY YO...


Ya no soy yo... ¿Alguna vez lo he sido?
¿He sido alguien para quien quería?
No lo puedo saber... ¿O lo sabía,
cuando hice mi ser un ser transido?

De espera y ansiedad, un eco herido
para absorver dolor, nunca alegría,
que devuelve al pasar melancolía
como estrella sin mar, mar sin sonido.

Ni grito de huracán o ave macagua
mi ánimo conturba, y mi palabra
no sale ya del cuerpo, como fragua

sin fuego en que abrasar mi voz macabra,
ni yunque que golpee antes que el agua
el hierro seco con que nada labra.




II



GRITO AL OSCURO SENO DE LA NADA


Si el alma se desgarra y el sentido
se duerme en el silencio dulcemente;
si la mente se espanta y es consciente
de lo que es imposible... se ha dormido

la vida entera, sin ningún latido,
como el polvo que lleva la corriente
se hace nada y, más que un ser durmiente,
es tan sólo simiente que no ha sido.

Grita al oscuro limbo de la nada
que la acoja en su seno y, al Poniente,
descanse junto al Sol, en la alborada

de un nuevo Amanecer, para que ardiente
suspire nuevamente enamorada
aunque el amor lejano esté silente.




Luis Madrigal







En la imagen de arriba, "Agonía de Cervantes", del pintor español
Eduardo Cano de la Peña  (Madrid, 1823 - Sevilla, 1897)


viernes, 29 de octubre de 2010

UNA DÉCIMA AL ANOCHECER



SÓLO EN TI ENCUENTRO LA CALMA


Bañan mis lágrimas  -ciento-
el alma, que es transparente;
lucha la verdad consciente,
cruel, frente al sentimiento.
Quiere encontrar el momento
que sostenga mi andadura;
quiero encontrar la dulzura
que acaricia suave el alma
y sólo encuentro la calma
al contemplar tu hermosura.



Luis Madrigal