martes, 28 de octubre de 2008

EL ANARQUISMO


Hay una sede íntima, en lo más profundo de nuestro ser, que -con independencia de otros valores, algunos desde luego absolutos y radicalmente prioritarios- nos impulsa de modo irresistible a pronunciar una palabra, a gritarla a los cuatro vientos, antes que ninguna otra; antes que nada y que ninguna otra cosa. Esa palabra, y en especial el concepto que encierra, es “yo”. Ese “yo”, indudablemente, puede ser escrito con mayúscula -“Yo”- cuando se hace partícipe de una entidad, o de una substancia ontológica transcendente, pero, aquí abajo, a ras de suelo, reclama lo que en principio es estricta y sólamente suyo. En ello radica, nada menos que el fundamento mismo de todo derecho subjetivo, el cual, antes de consistir en exigir algo a alguien, consiste en excluir de mí a todo aquello, y desde luego a todos aquéllos, que “no son yo”. Cuando el “yo” individual, o personal, por tendencia inherente a la propia existencia, se ve obligado a penetrar en el mundo de la inter-relación con otros “yo”, surge uno de los más graves problemas, quizá la primera gran tragedia humana, aún pendiente de resolver, el de la pugna -de cooperación o de conflicto- entre mi “yo” y el de los otros y, en consecuencia, surgen también las actitudes de renuncia, altruismo y solidaridad, o bien las de afirmación, egoísmo e individualismo.


Lamentablemente, ningún “yo” puede por sí mismo y por sí solo fabricar la vida y, más o menos de modo casi similar, tampoco puede resolverla, solucionarla, porque eso que llamamos “vivir”, no es tanto una realidad biológica, como un enorme e interminable repertorio de necesidades, sin cuya solución nadie puede hacerlo. Ni aun dentro de un ya trasnochado e inviable primitivismo aislacionista, por vocación o por circunstancia, al modo de Robinson Crusoe, que no deja de ser más que un mero producto de literatura, por ciertos y reales que hubieran sido los naufragios del marino escocés Alexander Selkirk y del Capitan de la Marina española Pedro Serrano, en los cuales se inspiró Daniel Defoe para escribir aquella historia, y porque nos encontramos ya excesivamente lejos, nada menos, en este preciso momento, que a doscientos ochenta y nueve años, de 1719, cuando aquélla se escribió. Mi “yo”, desde que se instala -es decir, desde que es instalado- en la existencia, ineludiblemente depende y se halla condicionado a y por otros “yo”, cuya presencia y aportación a eso que llamamos “la sociedad” -salvo inviabilidad de esta misma- se hace imprescindible. Nadie puede ser ya autárquico y, en consecuencia, nadie puede prescindir de la convivencia social. Ello es una gran suerte y, al mismo tiempo, una terrible desgracia, quizá la mayor de cuántas acechan al ser humano. Lo es, porque, para que la vida humana en convivencia en principio sea posible, también es necesario eso que se llama la Autoridad. En efecto, ha de escribirse con mayúscula tan sólo cuando algún título, de entre los axiológicamente aceptables, es capaz de legitimar el poder material, la mera capacidad de hecho para suscitar la obediencia de cada “yo”. Pero, aún así, cuando el poder inicialmente se legitima en Autoridad, de un modo más o menos aparente en la mayor parte de los casos, y tan sólo de manera verdadera y propiamente legítima en unos pocos, surge y en ocasiones se manifiesta virulentamente la cuestión capital: ¿La Autoridad, o mi “yo”? A la hora de responder a esta pregunta, es también cuando el binomio libertad-autoridad, cobra y despliega su conflictividad más acusada. ¿Por qué ha de prevalecer la autoridad (que no es de nadie, o es de muchos) sobre mi libertad, que solamente es mía? Quizá, o más bien sin duda, no siempre debe ser así, porque, en primer término, como ya he dicho, a veces la autoridad no es tal, ya por haberse obtenido con torpes artimañas y engaños, o incluso porque a quien la ostenta le sobrevino “de chiripa”, más o menos como a quien le toca una cacerola o un lote de papel higiénico en una tómbola de feria. Bien, en segundo lugar, porque, en el caso contrario, no basta que haya sido legitimada en su origen, sino que, su legitimidad, requiere un constante ejercicio igualmente legítimo, que únicamente se produce cuando tal ejercicio se acomoda al “deber ser” o, si se quiere, para no incurrir en lo que Ortega llamó “éticas mágicas”, a lo que objetiva y perceptiblemente resulta, en la apreciación mayoritaria, cierta y real, el bienestar de todos, de cada “yo”, o de la mayor parte de ellos. Sólo entonces, es admisible que la autoridad pueda primar sobre la libertad individual.


Mas, cuando no es así, cuando la autoridad se exhibe como un trofeo de caza, obtenido en las urnas -¡y vaya de qué modo, en ocasiones!- cuando “se blande”, como una espada, sobre las cabezas de los “yo” a ella teórica y dramáticamente sometidos, sin más sólidas razones que las puramente formales, y hasta formalistas, incluso en medio de la mayor y más absoluta incompetencia e incapacidad de quién la ejerce, entonces surge el drama del “fracaso de la autoridad” y, entonces también, cabe una fórmula que ya no es precisamente “mágica”, ni taumatúrgica, sino sencillamente posible y que, es, nada más y nada menos, que la de sustituir la autoridad por la responsabilidad individual. Mi “yo”, no necesita de ningún poder coercitivo, inicialmente no legítimado o posteriormente devenido en ilegítimo, por malvado, por inútil e ineficaz o por ambas cosas. Este “yo”, es capaz de remplazar a ese poder con su propia recta conducta en todos los órdenes. Y esto, precisamente esto y solamente esto, es el anarquismo, el verdadero, el único capaz de conducir al todo -en el que concurren todos los “yo”- al fin natural que la propia Naturaleza reclama, el bienestar común y la felicidad humana en la Ciudad terrestre. El anarquismo, así pues, no consiste en “poner bombas” y causar daños. Esto es, simplemente, terrorismo.


Desde luego, puede haber muchas clases, categorías o formas de anarquismo, pero el que acabo de apuntar no es, desde luego, el anarquismo de Mijaíl Bakunin, el filóso idealista influenciado por Kant y después por Proudhom y Kropotkin, sino, más bien, el anarquismo de Sir Thomas More, llamado en español (siguiendo esa necia costumbre de intentar traducirlo todo) Tomás Moro, aquel gran hombre, miembro del Parlamento britanico, Juez y Sub-Prefecto de la ciudad de Londres y, finalmente, Lord Canciller de Enrique VIII, que se negó a acatar la Autoridad, en ejercico de su conciencia y libertad, rectamente formadas, y que, pese a ser encerrado en la Torre de Londres durante un año, murió decapitado, el 6 de Julio de 1535, en aras de aquella misma libertad. Ya en el potro, pronunció con serenidad y valor aquellas rotundas palabras: “The King´s good servant, but God´s first” : “Soy buen servidor del Rey, pero primero de Dios”. Por ello, fue beatificado en 1886 por el Papa León XIII, proclamado santo, con la advocación de Santo Tomás Moro, Mártir, el 19 de Mayo de 1935 por el Papa Pío XI y, finalmente, declarado patrono de los políticos y los gobernates por Juan Pablo II, en 1985. Este anarquismo, es el reflejado en su obra universal “Utopía”, que también puede ser un producto literario, ya que su mismo autor sugiere o insinúa la incredulidad en su existencia: Amauroto (o “sin muros”), es la capital de la comunidad que describe, está regada por el río Anhidro (o “sin agua”) y regida por Ademo (“sin pueblo”), por lo que Utopía, realmente significa “No hay tal lugar”, como tradujo al castellano Don Francisco de Quevedo. Una Ciudad en la que todos viven en casas iguales, trabajan por periodos en el campo, disfrutan de la propiedad común de los bienes, no hacen la guerra y dedican su tiempo libre a la lectura y al arte. Por ello, desde entonces se ha utilizado el término “utopía”, tanto para hacer referencia a obras de ficción, idealistas o incluso prácticas, como a las experiencias fundadas en tales ideas. Y así, se habla de utopías económicas, políticas o religiosas. Últimamente, hasta se hace referencia a la “utopía ecologista”.


Por ello, es conveniente aclarar de una vez por todas, que una “utopía”, no es , ni mucho menos, “un ideal irrealizable”, esto es, imposible de realizar, sino, más bien, “un ideal que nunca se realiza”, lo cual no es lo mismo. Mientas hay utopia, hay lucha por el ideal. Pero, si ni tan siquiera queda la utopía, ¿qué puede quedarnos?. Por eso, la utopía del Cristianismo, al menos, ha tenido siempre bien claro, y así lo ha enseñado y proclamado al mundo, que el Paraíso prometido por Dios, no está en la tierrra. Y por ello, el anhelo de todo cristiano, ha de estar siempre fundado en la Esperanza, de que un día, al fin, se consumará la Historía y comenzará la Meta-Historia, que es lo mismo que el Reino de Dios, sólo que este último, aunque no se realice en ella, si que comienza en la tierra. Luis Madrigal.-

Arriba, Sir Thomas More, cuadro pintado en 1527 por Hans Holbein, el Joven. Santo Tomás Moro, Mártir, también fue íntimo amigo de Erasmo de Rotterdam, quien le inspiró su obra cumbre, "Utopía"


viernes, 24 de octubre de 2008

ERASMO



Podrian suponer algunos de "ustedes-vosostros", como dicen los andaluces, que bajo el título de esta entrada de hoy, no podría caber otra cosa, comentario o referencia alguna a ningún otro personaje sino a aquel genio de Rotterdam, nacido en esta misma ciudad de los Paises Bajos en 1469 y muerto en Basilea en 1536. A aquel eximio filósofo, teólogo y humanista que revolucionó intelectualmente a toda Europa, desde aquella conferencia pronunciada en Oxford, precisamente sobre San Pablo, cuyo 2000 aniversario de su nacimiento este año celebramos, y que posteriormente explicó Teología en Cambridge. A aquel gran hombre, elogiado por Lutero, pero que no se inclinó hacia ninguno de los dos bandos de la Reforma, pese a que el Concilio de Trento prohibió la lectura de sus obras, las tachó y las incluyó en el "Indice". Pero, no. Resultaría excesivamente complicado dedicar una entrada de Blog a un personaje de tal dimensión, porque, no sólo "se saldría" de tan pequeño escenario, sino que hasta dificilmente podría caber en un tratado. Por eso, el Erasmo al que hoy yo quiero recordar, en un homenaje de nostalgia y sentimentalismo biológico, y pese a apartarse diametralmente en tamaño de su gigantesco homónimo -aunque quizá no en afán e inquietud por el saber- es a uno de los más celebrados bedeles de mi Instituto de Enseñanza Media "Padre Isla", de León, que ejerció no tanta y profunda influencia como el de Rotterdam en la actividad académica de los años 40-50, pero sí, sin duda, mucho más grata, porque su misión más importante era la de anunciar a los catedráticos y profesores el fin de la clase, momento éste especialmente feliz. De pronto -aunque ya algunos teníamos relojes de pulsera de los que estábamos pendientes- se abría desde el exterior la puerta del aula y surgía alguno de aquellos uniformados funcionarios (traje azul marino, bordeadas las mangas por galones dorados) y pronunciaba sonoramente las palabras rituales: "¡La hora!" ¡Qué felicidad para todos...! Sin duda alguna, este Erasmo nuestro, tan cálido y tan próximo a nuestros juveniles corazones, nos hacía mucho más felices, y le queríamos mucho más, que al otro, al de Rotterdam, tan frío y lejano y, sobre todo, tan complicado de entender. A nuestro Erasmo, no. A él, le entendíamos perfectamente, y además nos encantaba escucharle, hasta el punto de alzarse un clamoroso silencio cada vez que teníamos la oportunidad de hacerlo colectivamente. Como hoy se diría, y se dice, aquello "era una gozada". Así era, en verdad.

Por aquellos años, en mi Instituto, había tres bedeles, debidamente jerarquizados. El principal y jefe de los otros dos (porque era Conserje-Portero), se llamaba Esteban, sujeto de especial mala leche, pero que era conocido, por el inmisericorde alumnado, como
"Besugo", aunque el pobre señor, en realidad, no tenía ni mucho menos cara de pez, sino más bien de bóvido. Yo, le hubiera llamado "Horacio", que, creo recordar, era el nombre de aquella vaca tan simpática de Walt Disney, aunque naturalmente antes tendría que haberme empleado a fondo para cambiar el adusto gesto de Esteban por otro más sonriente y festivo. El segundo, aunque, en realidad en categoría administrativa, era el tercero, tenía el extraño nombre de "Bécares". Todos pensábamos que se trataba de su apellido, pero no, era su nombre de pila. ¡Qué cosas, o vaya nombres!. Bécares, tenía una acentuada cara de "hijo del agro", pero, al parecer, había sido minero, más que agricultor, en las minas de la Montaña y, a causa de una explosión de grisú, tenía la cara quemada a corros y la nariz respingona un tanto carcomida. Era un tipo, más bien insulso y sin la menor chispa, al que el régimen franquista había situado de bedel, tras el accidente. No era "de oposición", sino "de dedo". Como supongo lo serán ahora, tantos y tantos, cada vez que el PSOE se hace con el poder político y el resto de los poderes públicos, aunque sin sufrir accidentes en la mina, sino simplemente por pertenecer a la UGT. Y el tercero -en realidad el segundo, no vaya a levantarse, supongo de su tumba, para entablar un recurso contencioso-administrativo sobre reconocimiento de antigüedad- era este, Erasmo. Y, si el de Rotterdam se dedicó fundamentalmente a escribir, este nuestro era por esencia "Orador", con mayúscula, porque era uno de esos oradores que hubiese necesitado la existencia en León de un "Speakers´Corner", similar al del Hyde Park londinense, para poder ejercitar su arte. Pero, como allí no se disponía de eso, a Erasmo, le entusiasmaba, utilizar esos diez minutos, que a veces llegaban al cuarto de hora, o a la hora y cuarto que solía durar una clase, para aprovechar el retraso o la incomparecencia del Catedrático o del Profesor y, con el pretexto de salvaguardar el orden, pronunciar sus discursos en presencia de todos los alumnos de la correspondiente asignatura, fuera la que fuese: Latín o Matemáticas; Literatura, Filosofía o Ciencias Naturales. En aquellos tiempos, a diferencia de los presentes, en los que los alumnos suelen reirse en su cara de los Profesores e incluso darles una buena paliza, el Profesor era un señor déspota -en general- que "perdonaba la vida" a los pobres alumnos y hacía lo que le venía en gana. Problemas de las dictaduras, he de reconocerlo, aunque ahora haya otros radicalmente contrarios. Recuerdo también a un verdadero sinvergüenza, deshonra máxima del profesorado español, quizá de todas las épocas y lugares, que en teoría "explicaba" Geografía e Historia y que jamás se dignó utilizar el tiempo de clase para explicar ni enseñar nada, sino tan sólo para leer, paseando con el abrigo sobre los hombros -hacía un frío del diablo- novelas de Zane Grey. Se llamaba "Arévalo", era andaluz y nos llamaba a todos sin distinción "mala beztia". Este señor, como digo, era un perfecto sinvergüenza, un estafador -aun del escaso sueldo que percibiría- y por supuesto el culpable de que yo haya tenido que estudiar la Historia del siglo XIX español por mi sóla cuenta. En cuanto a ir o no a clase, eran relativamente frecuentes las veces que los Profesores llegaban tarde o no aparecían. Aquéllo era un Instituto estatal, no el Colegio de los Hermanos Maristas, o de los PP. Jesuítas -S.J.- o Agustinos -OSA-. Y estas ocasiones, eran "capitalizadas" por el bueno de Erasmo, entre el regocijo general, para pronunciar sus piezas oratorias. Erasmo, se situaba en la plataforma destinada al Profesor, delante del encerado, llamado también "la pizarra", e iniciaba su discurso con una reconvención paternal y una llamada al orden y al buen comportamiento. Después, podía acometer cualquier tema de alta retórica, a veces a petición de algún espontáneo situado en las filas de atrás, -en unas encantadoras aulas provistas de escaleras, como en las Facultades universitarias- con intención deliberadamente comprometedora o jocosa. Pero Erasmo, no se arredraba por nada, ni había quien le "echase un toro al corral". Hablaba despacio, pendulando a derecha e izquierda, con ambos brazos extendidos a lo ancho de su envergadura, como si fuera un avión. Unas veces, casi giraba sobre su propia cintura; otras, levantaba del suelo, alternativamente, uno y otro pies. Sólo le hubiese faltado "despegar" y darse unas "pasadas" junto a las lámparas de globo que pendían de los altos techos del aula. Estoy convencido de que Erasmo, antes de la ocupación de bedel, sintió la vocación de aviador, debido quizá a la proximidad de la Base aérea "Virgen del Camino", guarnición del casi recien creado Ejercito del Aire.

Erasmo, evidentemente, no era hombre de gran cultura, por eso era bedel y no catedrático de Filosofía -aunque sin duda ahora, en estos tiempos, podría serlo o, casi indudablemente, lo sería- pero sí de mucha inquietud y ganas de aprender y de saber. Con el paso del tiempo, su figura se ha agigantado a mís ojos y ahora pienso que sus razonamientos y consejos eran altamente saludables. Eso sí, como muchas personas que han captado y formado su vocabulario, fundamentalmente, al oído, Erasmo, nos obsequiaba ocasionalmente con verdaderas "perlas" lingüísticas. Así, en las proximidades del verano -en los años 40-50 hacía también en León, en esa época, un calor respetable- Erasmo dormía con la ventana
"herméticamente abierta". En cierta ocasión, nos dejó un poco preocupados porque dijo estaba a punto de "contraérsele" su hijo mayor, lo que algunos interpretamos como un grave y extraño caso de raquitismo galopante y decreciente, en aquellos pobres, pero muy felices, años de la "Cartilla de Racionamiento", en los que la alimentación no era abundante. Por fortuna, después pudimos saber que, simplemente, se había casado su hijo. Esto es, había "contraido" matrimonio, naturalmente canónico, como mandaba y manda la Santa Madre Iglesia. Lo que no estaba nada bien, es que los no creyentes no pudiesen contraer otro, el civil, por ejemplo (no el del "rito zulú"), salvo necesaria y previa declaración formal y expresa de apostasía, como en su día declaró la Fiscalía del Tribunal Supremo. Eso, también debo admitirlo, no estaba nada bien. Las cosas, como son. Finalmente, y recuerdo que aquéllo fue lo que más gracia a mí me hizo, con ocasión de una tormenta cayó un rayo en las inmediaciones el Instituto y, según Erasmo, con tan desgraciada mala suerte para uno de los empleados de una industria cercana (que quedó calcinado), porque aquel rayo "lo dejó... ¡ileso!".

¡Oh, Erasmo...! ¡Qué gran orador hubieses sido!. Y lo fuiste. Pese a estas pequeñas pifias, siempre reparables con un poco de lectura, a tu lado estos señores que ahora infectan el Parlamento -convetido en
"Leemento"- son una zapatilla, una alpargata sucia y maloliente... En tu glorioso tiempo -lleno también por cierto de grandes oradores, académicos, forenses, litúrgicos, castrenses, o simplemente charlistas de café- sólamente te superó quizá, en León, "Castelar", aquel ciego que vendía el cupón, no muy lejos de nuestro querido viejo Instituto, con sede en aquel majestuoso edificio de estilo (del mismo arquitecto que diseñó el antiguo Palacio de Comunicaciones de Madrid, en la Plaza de Cibeles), al que algún salvaje ordenó meter la piqueta. No por nada, el señor Alcalde de la Capital de España, se ha quedado con el que tanto se le parece para convertirlo en sede del Ayuntamiento de Madrid. Descansa en paz, querido Erasmo, porque pienso que eso es lo más probable, y que el buen Dios te tenga para siempre a su lado. Luis Madrigal.-

Arriba, en lo más alto, como objetivamente corresponde, Erasmo de Rotterdam, figura máxima intelectual de la Europa de su tiempo. Más abajo, un orador en el Speakers´Corner de Londres, de lo que lamentablemente carecíamos en León, en tiempos de nuestro Erasmo. De aquel viejo y monumental Instituto, por fuera y por dentro, en el que Erasmo fué Bedel, no me es posible aportar imágen alguna, a causa de la barbarie. Podría traer el edificio que le sustituyó, pero su vulgaridad no lo merece.