martes, 18 de septiembre de 2012

PROSA NARRATIVA





ODIO AL ANOCHECER


Desde que era una niña, había oído decir en muchos lugares que el amor era el más maravilloso de los sentimientos y, en alguno de ellos en particular, la mayor y más sublime de las virtudes. Esto último, recordaba ahora al pensarlo, solía decirlo casi cada Domingo el Cura de su pueblo cuando predicaba desde el púlpito, uno de aquellos encumbrados y empingorotados altozanos, con antepecho y tornavoz, de madera tallada con figuras y alegorías de El Antiguo Testamento que, se decía en el pueblo era obra de un tal Guillermo Doncel. Cuando decía lo que decía sobre el amor, el cura sacaba la mano derecha, estirando el brazo, que justamente le parecía apuntaba a ella y a su madre, sentadas juntas en el tercer banco, tras haber propiciado un airoso vuelco de manteo. El manteo, era la capa anteconciliar que vestían los presbíteros, antes del Concilio Vaticano II y aquel cura de pueblo, parece ser, había copiado aquel gesto, casi taurino, de uno de los canónigos de la Catedral de la Diócesis, al que la gente llamaba “pico de oro”, que siempre predicaba en la Misa de una, sin “roquete” o “sobrepelliz”, como solían hacer generalmente los demás curas, sino que habitualmente subía al púlpito con el manteo bajo el brazo, como si se tratase de un capote de paseo, tal vez para poder practicar aquel gesto tan taurino. Más tarde, cuando Pilar fue creciendo, pudo oír también muchas veces a muy diversas personas que eso del amor era muy bonito, pero que generalmente lo que las gentes solían encontrarse por la calle era más bien odio. Y el odio, no era tan bonito como el amor, desde luego, pero resultaba mucho más natural y sobre todo hasta mucho más práctico cuando alguien había propiciado a otro alguna de esas canalladas que los humanos acostumbran a dispensar a sus prójimos, haciéndolo además con suma crueldad. Y lo que ella ahora sentía, mientras giraba de un lado a otro de su cama, sudando copiosamente, mientras un fuego aniquilador ardía dentro de ella hasta abrasarla, no le parecía precisamente amor, sino el odio más atrabiliario que jamás hubiese podido pensar llegaría ella a sentir.

Súbitamente, se lanzó de la cama, con un gesto pavoroso estampado en el rostro, que a ella misma hubiese aterrorizado de haber dispuesto ante sí de un espejo. A grades saltos, casi como una fiera herida, se plantó ante un viejo mueble y, de uno de sus cajones, extrajo un bolígrafo y unas cuartillas. Casi de pie, sin llegar a sentarse cómodamente, Pilar comenzó a escribir:

        “Madre:
       
        Te pido por última vez que me dejes en paz. No me arrepiento en absoluto de haberte llamado puta, delante de todos, porque a lo mejor hasta lo eres, y la verdad no puede hacer daño a nadie. Si yo lo he sido o no, eso no te da derecho a insultar a mis hijos, que al fin y al cabo son tus nietos. Dile a mi hermana “la buena” que si tú vuelves a meterte en mi vida de la forma en que lo hiciste el otro día, no sólo volveré a pegarte, sino que hasta sería capaz de arrastrarte por la calle. No se eligen las hijas, desde luego, tienes razón, pero mucho menos pueden elegirse las madres, y si tú no quieres ser la mía, mucho mejor.

        Lo siento por mi padre, que siempre se ha portado bien conmigo, y ha sido el único que ha podido comprenderme, tan sólo porque ha querido hacerlo, aunque le haya dolido lo que yo haya podido hacer. Por ti, no siento más que desprecio y asco. Eres una arpía y nunca te ha importado nada ni nadie, a no ser únicamente tu egoísmo. No me vengas con monsergas y consejos morales. ¿Acaso no te has dado tú siempre la gran vida a costa de tu pobre marido, explotándolo y haciéndolo trabajar como a un esclavo? Si eso no es prostitución, ¿qué es entonces? Dime de qué virtudes tienes tú que presumir.

        Jamás hubiese vuelto a dirigirme a ti para nada, ni para pedirte un vaso de agua. Pero lo que mi padre acaba de decirme por teléfono, y no me cabe duda alguna de que lo has dicho, eso no te lo perdono. Eres una babosa y una miserable, a quien únicamente deseo ver muerta. Entre tanto, olvídate de mí para siempre, en cualquier caso, pero sobre todo cuida tu lengua viperina y no vuelvas a lanzar más veneno contra mí, porque te juro que sería capaz de arrancártela.

Pilar”


Al día siguiente, especialmente demacrada, pero con un rictus de dureza en el rostro, Pilar me trajo la carta al Despacho, para pedirme que preparase yo su envío con intervención notarial. Leí cuidadosa y enteramente aquella carta y, en el legítimo uso del libre ejercicio profesional, me negué a hacerlo, indicándole se dirigiese a otro Abogado, o directamente al Notario. Siempre había sospechado que el odio cobraba una virulencia especial entre personas ligadas por vínculos de sangre, pero no estaba dispuesto a cooperar en lo más mínimo a reconocerlo. No, nunca, en nombre del amor.

Luis Madrigal

EL OTOÑO EN ESPAÑA



El Otoño astronómico de 2012 en España

Fuente: Observatorio Astronómico Nacional (IGN, Ministerio de Fomento)

El otoño de 2012, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional - Ministerio de Fomento), comenzará en España el sábado 22 de septiembre a las 16h 49m hora oficial peninsular, una hora menos en Canarias. Esta estación durará 89 días y 20 horas, y terminará el 21 de diciembre con el comienzo del invierno.
Desde el punto de vista astronómico, el cielo durante el otoño de 2012 estará inicialmente dominado por Marte al principio de la noche. A medida que avance la estación, Marte dejará de ser visible, y un Júpiter muy brillante irá saliendo más pronto hasta poder verse al anochecer a primeros de noviembre. Este planeta alcanzará su máximo acercamiento a la Tierra el 1 de diciembre. Durante el otoño de 2012, se producirá un eclipse total de Sol (13 de noviembre) que no será visible desde España, y un eclipse penumbral de Luna (28 de noviembre) que en España sólo será visible en sus últimas fases.
Por otra parte el domingo día 28 de octubre tendrá lugar el cambio de hora, recuperando el horario de invierno.

El inicio del otoño

El inicio astronómico de las estaciones viene dado, por convenio, como el instante en que la Tierra pasa por una determinada posición de su órbita alrededor del Sol. En el caso del otoño, esta posición es desde la que el centro del Sol, visto desde la Tierra, cruza el ecuador celeste en su movimiento aparente hacia el sur. Cuando esto sucede, la duración del día y la noche prácticamente coinciden, y por eso, a esta circunstancia se la llama también “equinoccio de otoño”. En este instante en el hemisferio sur se inicia la primavera.

Fechas posibles de inicio del otoño

El equinoccio de otoño puede darse, a lo sumo, en cuatro fechas distintas (del 21 al 24 de septiembre). A lo largo del siglo XXI el otoño se iniciará en los días 22 y 23 de septiembre (fecha oficial española), siendo su inicio más tempranero el del año 2096 y el inicio más tardío el de 2003. Las variaciones de un año a otro son debidas al modo en que encaja la secuencia de años según el calendario (unos bisiestos, otros no) con la duración de cada órbita de la Tierra alrededor del Sol (duración conocida como año trópico).

Acortamiento del día

Esta es la época del año en que la longitud del día se acorta más rápidamente. A las latitudes de la Península Ibérica, el Sol sale por las mañanas cada día un poco más tarde que el día anterior y por la tarde se pone antes, siendo el acortamiento del día especialmente apreciable por las tardes. En definitiva, en estos días el tiempo en que el Sol está por encima del horizonte se reduce en casi tres minutos cada día.

Actividad solar

La actividad del Sol se caracteriza por la presencia en su superficie de manchas, fulguraciones y protuberancias, y en la Tierra, se aprecia en alteraciones en la propagación de las ondas de radio y en una mayor presencia de auroras polares. Esta actividad sigue un periodo de aproximadamente 11 años, y está asociada al ciclo magnético del Sol. Actualmente nos encontramos en el ciclo solar número 24 que comenzó en diciembre de 2008 y se espera que llegue a su máximo en mayo de 2013. Según las estimaciones realizadas por NOAA y Space Weather Prediction Center, durante el otoño el número de manchas solares alcanzará valores entre 76 y 99. Gráficas con el número de manchas solares en los últimos años y predicciones de la evolución del ciclo 24 pueden encontrarse en la ya citada Space Weather Prediction Center.

Eclipses y fenómenos relacionados

A lo largo del otoño habrá dos eclipses. El día 13 de noviembre un eclipse total de Sol será visible en Australia, Nueva Zelanda, Pacífico Sur, Antártida y sur de Sudamérica. Este eclipse vendrá acompañado de uno penumbral de Luna que se dará dos semanas más tarde, el 28 de noviembre, y que en España veremos, con la dificultad propia de este tipo de eclipses, en sus últimas fases. El primer contacto con la penumbra se dará a las 13h 15m (hora peninsular), alcanzará el máximo a las 15h 34m; el eclipse finalizará a las 17h 51m.

Observación nocturna del cielo en otoño

En toda época del año hay algún fenómeno astronómico de interés, predicho (como son los eclipses) o no (como los cometas nuevos). Suele ser preferible realizar las observaciones en fechas cercanas a la luna nueva (15 de octubre, 13 de noviembre y 13 de diciembre), salvo cuando se pretende observar la propia Luna.

Luna llena

La primera luna llena del otoño se dará el 30 de septiembre, dándose las siguientes 29 o 30 días después. En este otoño se darán otras dos lunas llenas: 29 de octubre y 28 de noviembre.

Visibilidad de los planetas

Júpiter será visible casi toda la noche desde después de anochecer y además el día 1 de diciembre se producirá su máximo acercamiento anual a la Tierra, alcanzando un diámetro angular de 48”. Saturno pasará de ser visible al anochecer al principio del otoño a ser visible al amanecer al final de la estación. Durante todo el otoño Venus será visible al amanecer y Marte al atardecer.

Lluvias de meteoros

Si no se dispone de ningún telescopio, se pueden observar las lluvias de meteoros que se producen ocasionalmente. La primera lluvia de meteoros importante del otoño es la de las Dracónidas, cuyo máximo se da hacia el 8 de octubre. Otra lluvia de meteoros popular en invierno es la de de las Leónidas, que se da alrededor del 17 de noviembre y que ocasionalmente llega a ser muy intensa. La lluvia más intensa suele ser la de las Gemínidas, cuyo máximo ritmo se da alrededor del 13 de diciembre.

Constelaciones

En cuanto a las agrupaciones ficticias de estrellas conocidas como constelaciones, alrededor de la estrella Polar se verán a lo largo de la noche Cisne, Casiopea, Osa Menor y Jirafa. Las constelaciones eclípticas visibles en este periodo van de Capricornio a Virgo. Por encima de la eclíptica destacarán Pegaso y Andrómeda; por debajo, Ballena y Orión, así como las estrellas Sirio y Proción.

Observaciones con prismáticos o pequeños telescopios

Con grandes prismáticos o un pequeño telescopio, dotados de un filtro lunar adecuado, se puede observar el relieve de la Luna. Para tener una buena visión de él conviene ir observándolo noche tras noche mientras va creciendo la iluminación de la Luna, pues así se ven aparecer nuevos accidentes orográficos. Cuando la noche es más oscura por haber luna nueva, se puede intentar ver la galaxia de Andrómeda, nebulosas de emisión, como la de Orión, o el cúmulo de estrellas de las Pléyades. Con prismáticos también se pueden ver las lunas más brillantes de Júpiter (cuando es visible) y se puede hacer un recorrido por la franja estrellada que constituye la Vía Láctea.

Anuario

Para mayor información sobre los fenómenos astronómicos del año se puede consultar el Anuario astronómico para 2012 libro que anualmente publica el Instituto Geográfico Nacional.

Cambio de hora

El cambio de hora se produce, como es habitual, al iniciarse el último domingo de octubre. A las tres de la madrugada, hora peninsular en España del domingo 28 de octubre, habrá que retrasar el reloj hasta las dos (las dos de la madrugada), que en Canarias pasarán a ser la una), con lo que este día tendrá, oficialmente, una hora más.





***



miércoles, 8 de agosto de 2012

TRES SONETOS A UN DESAMOR QUE FUE (y III)



YA NO SIENTO…

Ya no siento el sentir, aunque lo quiera,
sin que pueda venir el sentimiento
como entonces venía y, al momento,
sentía ya lo que hoy sentir quisiera.

Ya nunca más seré lo que antes fuera
ni temblará mi voz, al oír tu acento…
Por siempre sentiré lo que ahora siento
y, más que en mí vivir, en ti muriera.

Si para ti, yo nunca he sido nada;
si de ti el tiempo me apartó con pena
-vacía aquella espera de alborada-

y trenzó sobre mí cruel cadena,
sólo a mi alma, ayer enamorada,
queda aceptar con calma esa condena.


Luis Madrigal

lunes, 6 de agosto de 2012

TRES SONETOS A UN DESAMOR QUE FUE (II)

II

VINISTE A MÍ MUY TARDE


Ya no me piensas nunca, aunque lo digas,
como en un juego azul a media tarde
que nunca halló tu pecho, ni ya arde
en el mío, apagado y entre ortigas.

Quisiera yo que tu camino sigas
sin volver la mirada, sin alarde
de tu época dorada, que retarde
la que, en tan tierno brote, tú desligas.

Viniste a mí tan tarde y por sorpresa
que no pude mirar lo que veía,
ciegos mis ojos en la selva espesa.

Y quise averiguar lo que sería
si, con el alba, el sabor a fresa,
de tus labios buscar ayer podría.


Luis Madrigal

domingo, 5 de agosto de 2012

TRES SONETOS A UN DESAMOR QUE FUE (I)



I

NO ARDERÁ MÁS AQUEL SUEÑO

Como ardió ayer, ya no arderá aquel sueño
que yo viví, pensando que soñaba
y, al despertar, todo mi ser pensaba
que me había dormido como un leño.

Mas no fue así… En él puse mi empeño
de tener junto a mí lo que miraba,
nublada mi razón, que ya encontraba
siempre el cielo de Enero, ya abrileño.

Sin saberlo, se fue la Primavera
y brotó el grano, que agostó el estío…
Vino el Invierno, se apagó la hoguera

y ahora, aquel sueño, es tan sólo frío.
Ni una pavesa vuela a la ribera,
tan verde que, al fluir, baña tu Río.


Luis Madrigal





viernes, 3 de agosto de 2012

UNA PRISIÓN MEMORABLE


 LA PRISÓN DE QUEVEDO
EN SAN MARCOS, DE LEÓN

Luis MADRIGAL



Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, abreviadamente Francisco de Quevedo y Villegas, nació en la Real Villa de Madrid, el día 14 de Septiembre de 1580, y murió en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), el día 8 también de un mes de Septiembre, del año 1645. Como bien es sabido, Quevedo es una de las figuras cumbre del Siglo de Oro español, tanto como poeta como por sus obras narrativas y dramáticas, además de la traducción al castellano de Anacreonte, el poeta griego, gracias a la cual hemos podido conocer la estructura lingüística y cadencia métrica de los versos heptasílabos, llamados también “anacreónticos”. Quevedo, poseía orígenes no aristocráticos, pero sí de marcado acento intelectual y acomodada posición económica y elevada alcurnia. Su padre, Don Pedro Gómez de Quevedo, fue Secretario de la Reina Doña Ana, esposa de Felipe II, y anteriormente de la Emperatriz de Alemania y reina de Hungría, Doña María, hija de Carlos V, que dio excelentes informes, de él y de su madre, Doña María de Santibáñez, camarera de la Reina, a Felipe III. Don Francisco, fue bautizado, nueve días después de su nacimiento, en la Parroquia madrileña de San Ginés. Se crió en Palacio y allí abrió sus ojos “entre el oleaje de la malévola ambición y de la emponzoñada envidia en la batahola de los públicos negocios”. Por lo que se ve, ya por entonces, existía la corrupción, y eso que no había “crisis”. Bueno, también la había para los pobres, como siempre. Y contra ella luchó el Caballero de las espuelas de oro”, como llamó a Quevedo Alejandro Casona tantos años después, en la conocida obra de Teatro. Quevedo, ostentó los títulos de Señor de la Torre de Juan Abad y el de Caballero de la Orden de Santiago, cuya cruz roja figura sobre su pecho en tantos retratos que de él se conocen.

Tanto Torre de Juan Abad como Villanueva de los Infantes, según ya he dicho, se encuentran en la Provincia de Ciudad Real. Torre de Juan Abad, actualmente tiene una población, según mis datos de unos 1.200 habitantes y Villanueva de los Infantes, de otros aproximadamente 6.000, pero este último Municipio es además partido judicial y capital de la Comarca del Campo de Montiel, también de marcado signo histórico, por haber dado origen aquel lugar a la dinastía Trastámara, raíz de Juan II y Enrique IV de Castilla y, por tanto de Isabel la Católica, que posiblemente cambió la Historia de España, por primera vez, antes del episodio, también sumamente debatido, de Juana la Beltraneja.

UN DESTIERRO Y UN CAUTIVERIO

Don Francisco de Quevedo, nace, en 1580, bajo el reinado de Felipe III, y muere, en 1645, bajo el de Felipe IV. En consecuencia, llegó a ser coetáneo del Duque de Lerma (“El mayor ladrón de España, para no morir ahorcado, se vistió de colorado…”), dijeron aquellos versos de él, tras obtener el Capello cardenalicio, a fin de lograr también mediante él la inmunidad), pero Quevedo aún es muy joven y no entra en relación alguna con aquel siniestro personaje, Valido de Felipe III. Sí lo hace en cambio con Don Pedro Téllez-Girón Velasco de  Guzmán y Tovar, Duque de Osuna, de quien fue Secretario y colaborador directo y, al que al ser nombrado Virrey de Nápoles, acompañó a Italia, a bordo de una gran flota que Quevedo describe precisamente en un soneto. La flota era muy potente, pero el soneto que la canta, no es nada bueno, por lo que no lo reproduciré aquí. El Duque de Osuna, se ve implicado en la Conjura de Venecia, lo que le obliga a regresar a España para explicar directamente a Felipe III, su intervención en aquel trance. Antes de poder ser recibido por el Rey, éste muere y Osuna es detenido y encarcelado por los secuaces de la camarilla de Baltasar de Zúñiga y su sobrino el entonces Conde de Olivares, y más tarde Conde-Duque. Caído Osuna, Quevedo es arrastrado también, como uno de sus hombres de confianza, y se le destierra en 1620 a la Torre de Juan Abad (Ciudad Real), cuyo señorío había comprado para él su madre, con todos los ahorros que había podido reunir antes de fallecer. Los vecinos del lugar, paisanos de Emilio, no reconocieron esa compra y Quevedo se vio obligado a litigar contra el Ayuntamiento, sin que el proceso pudiera resolverse a su favor hasta después de muerto, sucediéndole en el derecho su sobrino Pedro Alderete. Hasta aquí llega la relación de Don Francisco con los paisanos de Emilio que, como se habrá visto, no se portaron demasiado bien con él. Bueno, termina de momento, hasta que Don Francisco regrese allí únicamnete para morir, en cuya circunstancia debieron sin duda portarse ya mucho mejor. Pero este primer encontronazo de Quevedo con el poder, no fue en realidad un cautiverio, sino tan sólo un destierro, y tan sólo duró apenas un año. Quevedo regresa a la Corte, ya bajo la privanza del Conde Duque de Olivares, recibiendo también en principio el favor del Valido.

Pero, para mi propia satisfacción, mucho mejor que los de Emilio, se portaron mis antepasados en León, porque la biografía de don Francisco de Quevedo está también íntimamente unida a León, mi ciudad natal y la ciudad en la que él estuvo verdaderamente preso, y no sólo desterrado, durante los últimos y más duros años de su agitada vida. Esta vinculación, no se ha roto actualmente, en pleno siglo XXI, porque la pianista leonesa y Presidente de la Fundación “Euterpe”, Margarita Morais, figura en el árbol genealógico del inmortal escritor entre sus descendientes directos. Ella fue la que hace unos años ofreció a las gentes vinculadas al mundo de la música la posibilidad de conocer este árbol genealógico que, según Morais, fue dibujado por María de la Portilla hacia el año 1721. Se dijo entonces que iba a permanecer expuesto de manera permanente en el hoy Hostal de San Marcos, de León, donde Quevedo estuvo preso, desde luego bastante antes de convertirse en un lujosísimo hotel, que supera con creces en número de estrellas todas las posibles y es superior en casi todo, por lo que objetivamente se dice, al "Reyes Católicos", en Santiago de Compostela, de similar factura y época. Sin embargo, de la referida exposición del árbol genealógico de Quevedo allí, en San Marcos de León, yo no he vuelto a tener ninguna noticia al respecto. Preguntaré a los amigos que, por suerte para ellos, todavía allí viven.

Como supongo bien sabrá también Emilio, otro de los lugares de España que viene acogiendo documentación sobre Quevedo es el pueblo del que fue Señor, Torre de Juan Abad, donde radica la Fundación de Estudios Quevedianos, a la que ha ofrecido su colaboración otro Morais leonés, Ramón, quien está convencido de que aún quedan muchas cosas por descubrir”. Y ya voy  -para Norma, Emilio y todo el que quiera saberlo, y no lo sepa-  con lo del “agua por la cintura. Hasta ahí, hasta su cintura, es donde se dijo le llegaba a Don Francisco de Quevedo el agua del Río Bernesga, que baña la Ciudad de León, y junto al cual se encontraba entonces el monumental edificio que le sirvió de prisión, y naturalmente todavía se encuentra hoy en pie, aunque dedicado desde hace casi cincuenta años, al indicado fin de hotel de lujo. Aunque fuese entonces en las mazmorras de sus sótanos, Quevedo todo lo hizo en su vida a lo grande, y hasta para estar preso, tuvo la “suerte” de poder hacerlo en lo que ya entonces era una de las maravillas de la arquitectura plateresca renacentista. Había sido Hospital de Peregrinos a Compostela (se encuentra a escasos metros y en el eje mismo del Camino), Cenovio, Fortaleza, Convento, Monasterio, Cuartel del Arma de Caballería y por supuesto templo. Lo había sido de la Compañía de Jesús, naturalmente antes de su expulsión de España, y lo es actualmente también, en cuanto al recinto religioso anejo al edificio, la Parroquia regentada por los Jesuitas. De esta Iglesia, antes de la llegada de éstos, conservo yo el entrañable recuerdo de mi Primera Comunión. Aquel luminoso día, en la explanada que ahora puede verse, había jardines y pérgolas, pero el monumento arquitectónico era el mismo. Y este es hoy, de día y de noche, el Edificio en el que estuvo preso Quevedo:





La fachada de este edificio monumental, que con la Catedral de León (gótico XIII) y la Basílica de San Isidoro (románico XII), constituye una de las tres joyas arquitectónicas de la Bimilenaria Ciudad, fundada por la romana Legio VII Gemina, Pía, Félix, comenzó a construirse en el año 1515. Bien, vamos con lo que parece interesar, tanto a Norma como a Emilio. Con mucho gusto. Es un honor y disculpad mi exaltación leonesa.

Habiendo sido Quevedo detenido en Madrid, el día 7 de Diciembre de 1639, llegó procedente de la Villa y Corte al entonces Convento Real de San Marcos, en León, fuertemente custodiado y destinado a ocupar una de las celdas de la prisión del Convento. De nuestro glorioso escritor, había dicho en Lovaina, en 1603, Justo Lipsio, o Joest Lips, el filólogo y humanista flamenco de lo que eran entonces los Países Bajos de dominio de España: “¡Oh, alta gloria de los españoles!” Eso no impidió  -ya diré a quién-  que, a las diez y media de la noche, en el Palacio de los Duques de Alba, residencia entonces de los del Infantado, fuese detenido aquella gloria española, para ser conducido a León y depositado en los sótanos de San Marcos, en una de sus mazmorras. Los alcaldes de Corte don Francisco de Robles y don Enrique de Salinas se apoderaron rigurosamente de Quevedo. Le registraron hasta las faltriqueras, le tomaron las llaves de su hacienda y le despojaron de todo:

            - “Señor don Francisco  -le dijo Robles-  perdone, que ya sabe cómo son estas cosas’’.
            - Sí, Señor  -replicó Quevedo-  que yo ya sé que son como todas las demás.

Se refería, sin duda, al despotismo y opresión del pueblo, entonces reinante, y nunca mejor dicho, propiciada por el Valido,  Conde-Duque de Olivares. Así llegó a León. Hay versiones que hablan de que, al margen de los rigores del clima (León es una latitud especialmente dura en invierno), el poeta fue sometido a la crueldad, pero en ningún casó recibió Quevedo ningún tratamiento cruel, sino al contrario, y sorprende lo bien informado que estaba de todo sin salir de su celda, habiendo llegado a establecer buenas relaciones desde ella, sin duda por haber llegado a tener una buena amistad con el Obispo de León. He consultado a este fin concreto el Episcopologio de la Diócesis Legionense, desde el primero de sus Obispos, que no es San Froilán, pese a darle a aquélla su nombre, sino Basílides, en el año 253 de nuestra era, y por tanto desde dicha fecha hasta nuestros días. Y de ello resulta que, en el año 1639, concretamente desde Diciembre de dicho año, en que llega Quevedo, hasta el año 1643 en el que Quevedo sale de San Marcos, el Obispo de León era Bartolomé Santos Risoba, que había llegado de Almería y fue Obispo de León hasta el año 1649, en el que se trasladó a la Diócesis de Sigüenza y después a la de Alcalá, donde publicó las Sinodales de 1651. Ciertamente, la celda de Quevedo, orientada a poniente, colindaba en su pared con el Río Bernesga, que discurre al lado de San Marcos, se encontraba incluso a nivel inferior que el del lecho fluvial, siendo frecuentes por ello las filtraciones de agua que, según se dijo después, incluso atribuyéndose esta afirmación al poeta, en ocasiones le había llegado a Quevedo “hasta la cintura”. Sin duda, esto no es cierto, como no lo es que, en aquella prisión, por dura fuese, como todas ellas, padeciese el escritor demasiadas privaciones ni calamidades, sino por el contrario gozó de algunos beneficios y favores, sin perjuicio naturalmente de la dureza del clima, el frío y la humedad, de los que derivaron algunas enfermedades. Nos lo dice él mismo, al relatar la rutina de sus tareas diarias, en la famosa carta escrita desde su prisión en San Marcos a su amigo Adán de la Parra:

A las 7 de la mañana, ya estaba vestido. De 8 a 10, un criado le daba el desayuno (¡Quevedo era un preso con criado, dentro de la prisión…! ¡Ni ahora los criminales de ETA, aunque tan sólo les falte eso!). Después, Don Francisco escribía hasta las 10 “en varios asuntos que tengo principiados, y que quisiera antes del fin de mis días verlos concluidos.” Cabe preguntarse qué escritos serían esos. Quevedo, no lo dice, y tampoco teniendo en cuenta las fechas, podría deducirse lo que estaba escribiendo en ese momento.  Ni tan siquiera puede tratarse de las dos únicas obras que en 1639 se desconocían (“La virtud militante” o “La hora de todos y la Fortuna con seso”), dado que la primera, si bien se editó póstumamente, se sabe que fue escrita en 1634, y la segunda también se había escrito anteriormente, en 1632, aunque permaneciese inédita hasta 1650.  Fuera ello lo que fuese, después, entre las 10 y las 11, Quevedo rezaba, en San Marcos, “algunas devociones” y, entre las 11 y las 12, leía “en buenos y malos autores, porque no hay ningún libro por despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena como algún lunar el de mejor nota...”. Y no sólo podemos saber a qué autores leía en San Marcos Quevedo, sino que también él mismo nos dice lo que opinaba de ellos: “Catulo tiene sus errores, Marcus Fabius Quintilianus sus arrogancias, Cicerón algún absurdo, Séneca bastante confusión; y en fin, Homero sus cegueras, y el satírico Juvenal sus desbarros; sin que le falten a Egecias algunos conceptos, a Sidonio medianas sutilezas, a Ennodio acierto en algunas comparaciones, y a Aristarco, con ser tan insulsísimo, propiedad en bastantes ejemplos. De unos y de otros procuro aprovecharme, de los malos para no seguirlos, y de los buenos para procurar imitarlos.”

Otro tanto, con independencia de su proximidad al Río, cabe decir de la celda que ocupaba en prisión, que ni era pequeña, como se ha dicho, ni tan mal dotada. Era amplia y con algún mobiliario, si bien con el grave inconveniente de ser colindante al lecho del río, encontrandose incluyo a inferior nivel. También tenía un cierto peligro para bajar y subir de ella, puesto que tenía "veintisiete escalones, con traza de despeñadero". Sin embargo, poseía la celda una amplia mesa: "La mesa donde escribo es tan grande que admite sobre sí treinta o más libros." Y también hace referencia Quevedo a algunos favores y buenos tratos que recibe por mediación de su amigo el Obispo.

LAS CAUSAS DE LA DETENCIÓN Y PRISIÓN

No existían entonces las garantías constitucionales, ni las procesales del habeas corpus. La detención y desaparición de Quevedo de la Corte y de la vida pública, de la que era protagonista singular, no pasó desapercibida sin embargo. El pueblo, que entonces cultivaba el verso como ahora se hace uso del teléfono móvil, enseguida advirtió su desaparición y el lugar al que había sido llevado. Los comentarios eran múltiples y en alguno de los periódicos de la época apareció esta Décima:

En San Marcos de León,
está el insigne Quevedo,
del Conde con mucho miedo
y corta satisfacción.
La causa de su prisión
dicen se pierde de vista;
pero un colegial, artista
de esos que en comer son parcos
dijo: ¡Quevedo en San Marcos
está por evangelista!

Decir que algo es el “evangelio” y que, por tanto, quien lo dice es  “evangelista”, siempre ha querido significar, y ahora también, que dice y está diciendo la verdad, dando testimonio de ella. Pero, ¿cuál era esa verdad que decía entonces Quevedo? Sobre esto, se ha divagado mucho y se han formulado muchas hipótesis y hasta afirmaciones, sin prueba y sin fundamento alguno. Exactamente no lo podemos saber. Algunas, o muchas de las teorías sostenidas, sin duda son falsas. Como lo es el atribuir a Quevedo toda clase de “chistes”, “gracias” y hasta expresiones procaces o groseras. Cierto que, parece ser tenía un fuerte y al mismo tiempo desenfadado carácter, con amplio margen de libre expresión, pero no por ello era, en sus expresiones, lo que algunas o muchas veces se ha pretendido. Por encima de todo, Quevedo era un hombre cultísimo, un humanista y un polígrafo sumamente refinado. Por ello, tampoco puede tener demasiado fundamento, los versos aparecidos a los diez meses después en la Corte:

Preso en León el inmortal Quevedo,
de agua enfermedad convalecía;
y el tunante prior le administraba
caldos de transparencia cristalina.
-¡Valiente caldo!… dijo don Francisco.
¡Valiente caldo!… ¡Bravo! –repetía.
-¿Por qué valiente? –le repuso el fraile.
-Porque no tiene nada de gallina.

La indefinición, secretismo e ilegalidad de todo el proceso, ha propiciado que se hayan disparado las leyendas sobre la prisión de Quevedo en León, del mismo modo que se contaron mil anécdotas y chascarrillos sobre toda su biografía. En cuanto a la verdadera causa de la detención y prisión de Quevedo en San Marcos de León, hay que descartar radicalmente dos posibles causas. La primera de ellas, en todo caso “peregrina” y sin el menor fundamento: La de haberse  opuesto a la designación de Santa Teresa de Jesús como Patrona de España y sostenido la mayor procedencia de tal designación a favor del Apóstol Santiago, quebrantando con ello las instrucciones y recomendaciones del Conde-Duque de Olivares. Esto es ridículamente absurdo. Y es cierto, desde luego que el clima de corrupción en el círculo del Conde-Duque de Olivares, y las duras críticas de Quevedo en tal sentido, son una rotunda realidad, lo que puede explicar que el Valido comenzase a desconfiar de Quevedo, a quien inicialmente había otorgado su favor. Pero tampoco puede ser suficiente decir que la detención y prisión de Quevedo se producen en el marco de una conspiración contra Olivares. Aun así, esto no basta, es preciso señalar qué fue exactamente lo que pudo haber hecho Quevedo para desatar contra él, de modo tan inminente, semejante duro castigo, tal y como él mismo también lo cuenta:

‘‘A 7 de diciembre, víspera de la Concepción de Nuestra Señora, a las diez y media de la noche. Fui traído en el rigor del invierno sin capa y sin camisa, de sesenta y un años, a este convento Real de San Marcos, donde he estado todo este tiempo en rigurosísima prisión, enfermo con tres heridas, que con los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera, se me han cancerado y por falta de cirujano, no sin piedad me las han visto cauterizar con mis manos; tan pobre que de limosna me han abrigado y entretenido la vida. El horror de mis trabajos ha espantado a todos”

Pero no nos dice por qué, cual fue la causa de haberse producido tal hecho, o al menos las sospechas que él mismo pudiese albergar acerca de él. No obstante  -por lo que más adelante diré-  también han de considerarse falsas otras afirmaciones. En primer lugar que fue la alusión de Quevedo a Olivares en los tan célebres versos, relativos a un hombre de una prominente nariz, lo que irritó al Valido, determinando la reacción contra el poeta. Esto es un simple disparate, porque ese hombre, no es Olivares, sino Góngora, con el que ya desde la breve estancia de Quevedo en Valladolid, se habían roto las hostilidades de un modo virulento, cruzándose entre ambos infinidad de de mordaces ironías y vituperios. Quevedo, utilizando el pseudónimo de “Miguel de Musa”, zahería a Góngora. El poeta cordobés detectó rápidamente quién era el que se refería a él y atacó a Quevedo con una serie de poemas, en los que ponía de relieve estar aquél ganando fama y dinero gracias al propio Góngora. Quevedo le contestó entonces abiertamente, y ello dio causa a una cerrada enemistad, que no terminó hasta la muerte del cordobés. Estos fueron unos de los primeros versos de Góngora contra Quevedo, posiblemente fue esta quintilla:

Musa que sopla y no inspira
y sabe que es lo traidor
poner los dedos mejor
en mi bolsa que en su lira,
no es de Apolo, que es mentira.

Quevedo, no se hizo esperar, nada menos que con un soneto:

Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;

apenas hombre, sacerdote indino,
que aprendiste sin cristus la cartilla;
chocarrero de Córdoba y Sevilla,
y en la Corte bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
aunque aquesto de escribas se te pega,
por tener de sayón la rebeldía.

Tampoco Góngora se quedo atrás, con otro soneto:


 
Anacreonte español, no hay quien os tope,
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope.
 
¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?
 
Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.
 
Prestádeselos un rato a mi ojo ciego
Porque a la luz saque ciertos versos flojos
Y entenderéis cualquier gregüesco luego.

Y ya metidos a ridiculizar defectos físicos o corporales, posiblemente Quevedo replicó con los ya aludidos versos, relativos a la nariz de Góngora:


A UNA NARIZ


Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.

Érase un reloj de sol mal encarado,
érase un alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón mas narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.

Falso por último también que la causa de la detención y prisión de Quevedo fuese debida a aquella otra anécdota de los versos depositados bajo la servilleta del Rey, con el enunciado de “Católica, sacra y real majestad:...”

Crecen los palacios, ciento en cada cerro
y al pobre del pueblo, castigo y encierro…
Y así, en mil arbitros, se enriquece al rico
y todo lo pagan el pobre y el chico…

Ninguna de tales explicaciones pueden ser la causa de aquella prisión. No pueden serlo porque, todavía hasta el año 1972, casi ayer mismo, no se produjo al fin el hallazgo de una carta del Conde-Duque de Olivares dirigida al Rey Felipe IV, en la que el Privado decía al Rey que el poeta había sido acusado de ser confidente de los franceses, por su propio amigo el Duque del Infantado, en cuyo Palacio precisamente fue detenido Quevedo aquella noche del día 7 de Diciembre de 1639. A la diez y media, exactamente. Ya no saldría de San Marcos, sino tres años y tres meses después de haber llegado allí. Un estudioso de la obra de Quevedo, James O. Crosby, en su trabajo "Nuevas cartas de la última prisión de Quevedo", nos ha facilitado otras noticias al respecto, con las propias palabras del gran escritor, tras salir de San Marcos, en las que dice haber sufrido "unas calenturas que se repiten al año siguiente y que le dejan tullido de mayo a octubre". También habla de "un abceso supurante que purgó mucha materia". Y que "las condiciones poco salubres de San Marcos hacen que se produzca un recrudecimiento de la enfermedad". De tal modo que, cuando en el mes de Octubre de 1644, ya puesto en libertad, se dirige a su Señorío de la Torre de Juan Abad, "al llegar se hallaba con más señales de difunto que de vivo", hasta el punto de escribir de su propio puño y letra: "Me duele el habla y me pesa la sombra". ¿Acaso se inspiraría en esto Miguel Hernandez, cuando, por doler, le dolía "hasta el aliento"? Hay seres, tan excepcionales cuyo destino no puede ser otro si no el de sufrir. No obstante, aún tuvo fuerzas Don Francisco para escribir a Felipe IV, negando radicalmente la veracidad de la causa de su detención y prisión, y rogándole: "... considere el agravio que se le hace en decir que los papeles que le quitaron no se han visto, no siendo creíble que pretendiéndole por sospechoso de ellos, en tres años y tres meses no se hayan visto y por ellos se me ha destruido en vida, honra y hacienda".

Inmediatamente arriba, Despacho de Quevedo en Villanueva de los Infantes
y celda del Convento de Santo Domingo, donde murió,
y donde, al parecer, últimamente
se han realizado obras. ¿Habrán permitido el descubrimiento de alguna otra cosa?

martes, 31 de julio de 2012

ES UNA DULCE MÚSICA (III y final)



EL SONETO, DESDE EL MODERNISMO A NUESTROS DÍAS. ALGUNAS VARIANTES Y OTRAS ABERRACIONES

Luis MADRIGAL

Como ya anticipé en otra entrada anterior, el modernismo se inicia a finales del siglo XIX y, sea por influencia directa o no de los parnasianos franceses, en la poesía castellana hay que buscarlo en Rubén Darío. Rubén, utilizó en alguna ocasión la polimetría en el soneto pero, que yo recuerde, jamás los versos de dieciséis sílabas, y menos aún los trisílabos de único verso, o de verso de única palabra. Esto último, en mi opinión, forma parte de las extravagancias y otras aberraciones, sin duda surgidas para enturbiar el soneto, aunque también hayan incurrido en ello poetas considerados grandes. Sí introdujo Rubén, en cambio, el verso alejandrino y desde él lo siguieron algunos poetas, hasta llegar a constituir una variación clásica del Soneto. Posiblemente, uno de los más representativos de estos sonetos de Rubén Darío en alejandrinos es el incluido en “Azul”, el libro publicado en 1888, dedicado a "Caupolicán" el líder mapuche, un Toqui, o jefe militar, que sucedió a Lautaro, según Alonso de Ercilla, y que Rubén rescata del Canto XXXIV de La Araucana. Este es el soneto:



CAUPOLICÁN

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjerretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
Le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
Y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

“¡El Toqui, el Toqui!”, clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: “Basta”,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

Rubén Darío


Los movimientos literarios, dentro de la lírica, se olvidan del Soneto en los inicios del siglo XX, tras haber experimentado el ultraísmo de 1919, el creacionismo de 1923 e incluso el surrealismo de 1928. Sin embargo, concretamente el día 17 de Diciembre de 1927 se reunía en el Ateneo de Sevilla, un grupo de entonces jóvenes poetas, con motivo de la celebración del Tercer Centenario de la Muerte de Luis de Góngora. El núcleo más numeroso de los mismos residían en la misma Sevilla: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Federico García Lorca y Rafael Alberti. Les acompañaron Juan Chavás y José Bergamín, que habían viajado desde Madrid. Y también había en España por entonces otros importantes poetas, como Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre y Luis Cernuda. Había nacido la llamada generación del 27.


En realidad, este término, el de “generación”, tanto en general como en lo que se refiere a ésta del 27, ha sido puesto en discusión, dado que por generación literaria lo que verdaderamente hay que entender es una cierta singularidad de coincidencia estilística, que no se da en este grupo, sino quizá tan sólo una coincidencia cronológica, más incluso que socio-histórica. Y aquello es indudable, puesto que entre el mayor en edad de todos los indicados, que era Pedro Salinas (1891) y el más joven, Luis Cernuda (1902), tan sólo mediaba una diferencia de once años.  Desde luego, no existía entre los mismos una motivación propiamente histórica, como sucedía con la generación del 98, surgida a raíz de la pérdida de las colonias de América, ni tampoco concurría un liderazgo claro e indiscutible. Pero sí compartían una motivación, si no estrictamente estilística, sí con certeza nacida del propósito de buscar la belleza, en su perfección técnica y en su pureza lírica. Y por este motivo, no se reunieron por casualidad en torno al recuerdo de Góngora, que les impulsaba a huir de la vulgaridad, para intentar la creación de un mundo poético presidido por la precisión del concepto, unida a la belleza de la metáfora y de la imagen. A esto (sin rechazar ni negar la precedente impronta de Juan Ramón Jiménez), contribuyó en modo decisivo, según a mí me parece, la influencia y arrastre de Federico García Lorca, que alcanza, también según mi criterio personal, la máxima perfección en su técnica y el sumo de la belleza en sus poemas. Especialmente en sus sonetos de amor  -los “Sonetos del amor oscuro”-  que posteriormente no se han podido conocer hasta el año 1984, en que los publicó el Diario ABC, de Madrid.

Lo que sí es cierto es que, con los integrantes de este grupo, el Soneto vuelve a brillar de un modo esplendoroso y a encabezar y presidir a todos los demás tipos de estrofa, como la de máxima jerarquía. Esto es así hasta el punto de que  -y también esto que voy a decir es una opinión muy personal-  el peor de todo este grupo de poetas, cuya verdadera entidad poética, en general, nunca podré reconocer, y que yo creo es Rafael Alberti, llegó a escribir el soneto que seguidamente reproduzco, de cierta belleza, aunque desde luego, según me parece, al límite de sus escasas posibilidades y, desde luego, en el que los cuartetos son serventesios y estructurando del modo menos perfecto la rima de los tercetos. Este es el soneto de Alberti, en alejandrinos, sin duda tratando de seguir la huella de Rubén Darío, más que de Góngora:

A UN CAPITÁN DE NAVÍO

Sobre tu nave  -un plinto verde de algas marinas
de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar
capitán de los vientos y de las golondrinas,
fuiste condecorado con un golpe de mar.

Por ti los litorales de frentes serpentinas
Desarrollan al paso de tu arado un cantar.
-Marinero, hombre libre que las mares declinas,
dinos tus radiogramas de tu estrella polar.

Buen marinero, hijo de los llantos del norte
limón del mediodía, bandera de la corte
espumosa del agua, cazador de sirenas;

todos los litorales amarrados del mundo
pedimos que nos lleves en el surco profundo
de tu nave a la mar, rotas nuestras cadenas.

Rafael Alberti

Puede observarse la rima de los tercetos, entre , conforme a la estructura AAB CCB. Y ya he dicho en otra ocasión y en otro lugar que estos “grupos de tres versos”, aparte de no ser verdaderos tercetos, presentan una rima tan distante y alejada  (muy en particular la que se nos ofrece en este soneto), que les hace perder la mayor parte de su musicalidad. Si se vuelve a observar aquél, igual sucede en el soneto en alejandrinos de Rubén Darío, anteriormente indicado, pero, al recitar uno y otro, se percibirá también, al oído, que la diferencia es esencial. En cualquier caso, sobre esto, no tengo más que añadir, respetando mucho a quien le guste esta estructura de rima.

Han sido muchos, y lo son aún, durante todo el siglo XX, aunque no sé si en la actualidad, los sonetos de corte y sabor clásico que se han elaborado y que revisten asimismo singular belleza cuando obedecen a ese patrón. También me parece cierto que, además del soneto en alejandrinos, que puede considerarse clásico desde Rubén Darío, lo es asimismo el llamado “sonetillo”, que es un soneto no en endecasílabos sino en versos de Arte menor, generalmente octosílabos, aunque también se hayan escrito en inferior número de sílabas. Pero, esto último, en unión de otras posibles “especialidades” que seguidamente indicaré, a mí personalmente me causa la impresión de no ser otra cosa sino afán de singularidad, aun a costa o trance de mancillar la hermosura del Soneto. Se había obtenido una flor tan bella y delicada, que, como tantas veces sucede, con otras tantas cosas que rozan la perfección, había que estropearla, o tratar en ocasiones hasta de ridiculizarla. Porque eso es lo que a mí me parecen tales “variaciones”, que no se podrá decir en este caso “sobre el mismo tema”, sino sobre otro tema radicalmente antípoda, el de la más patente mediocridad y ordinariez. Y eso que, alguna de ellas, justo es decirlo, han sido elaboradas por verdaderos grandes poetas, y no me referiré ya, o solamente, a Don Miguel de Cervantes que, en su humildad, clamaba resignadamente: “Yo que me afano y me desvelo, por parecer que tengo de poeta, la gracia que no quiso darme el Cielo…”  A pesar de ello, lo era. Sin duda no fue un genial poeta, sino un genial novelista, cuya prosa de oro, encierra tantos tesoros filosófico-morales. Sin embargo, aun siendo también un poeta más que aceptable, Cervantes colaboró asimismo, muy ligera y levemente, es cierto, a una pequeña “profanación” del soneto, la del estrambote, no exclusivo del soneto, desde luego, pero sí añadido a aquél tan famoso. Nunca he podido comprender cómo Don Miguel pudo hacer semejante cosa, porque el soneto con estrambote persigue casi siempre una finalidad jocosa, humorística. En este sentido, hay que considerar que la misma palabra deriva del adjetivo estrambótico, al que el Diccionario RAE atribuye la significación de “extravagante, irregular y sin orden”. Y si, según el principio general, “lo secundario sigue a lo principal”, no es coherente ni propio que a un soneto, que es la forma poética más perfecta y bella para la expresión de los sentimientos más profundos, pero no para los cómicos, se le añada nada que pretenda serlo. Este es el conocido soneto de Miguel de Cervantes:



“AL TÚMULO ELEVADO EN LA CATEDRAL DE SEVILLA CON OCASIÓN DE LAS HONRAS FÚNEBRES DE FELIPE II” (Este es el título exacto y literal):

Vive Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un millón por describilla,
porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y nobleza!

Apostaré que el ánima del muerto
la gloria donde vive eternamente,
por gozar de este sitio, hoy ha dejado.

Esto oyó un valentón y dijo: Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado
y quien dijera lo contrario miente.

Y luego incontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
Miró al soslayo, fuése y no hubo nada.

Ciertamente, no sólo el estrambote, sino que, para encerrar su contenido, eligiese Cervantes una estrofa como el Soneto, son dos cosas que no he podido comprender nunca. Es generalmente sabido que Cervantes no tenía precisamente nada que agradecer a Felipe II, sino acaso todo lo contrario y que hubo de desplazarse hasta Lisboa para mendigar su favor, que aun así le fue rechazado. Bien, puede entenderse el contenido, pero resulta inexplicable el continente. Aunque, pensándolo mejor, a la vista de éste, el estrambote puede cobrar verdadero sentido, máxime considerando que los versos que lo componen son polimétricos, dado que a los dos últimos endecasílabos los precede un heptasílabo. Cosas de Don Miguel. Nadie  -ni él-  puede ser perfecto.

El propio Cervantes tiene más gracia  -aunque, en cuanto a lo que concierne, pueda seguirse pensando lo mismo-  cuando, además de añadir estrambotes a sonetos con resentimiento, compone otro tipo de soneto, que se ha llamado “dialogado”. Si se leyera más El Quijote  -o por lo menos alguna vez-  en alguna edición cuidada, no desde el punto de vista de su encuadernación, en lomo de piel con rotulaciones en oro e ilustraciones de Doré u otro artista, sino de cuantos textos lo acompañan, en preámbulos, notas o anotaciones a pie de página, podría saberse que este soneto que voy a reproducir seguidamente, no es ningún producto de “Wikipedia”, sino que es el cuarto y último de los Sonetos que el propio Cervantes acompaña al Prólogo asimismo escrito por el propio Don Miguel, a fin de presentar su magna novela, tras la dedicatoria al Duque de Béjar. Este es el soneto dialogado de Cervantes. Es muy ingenioso, pero tampoco el Soneto es para estas cosas, por mucho que lo haya escrito Cervantes:

DIÁLOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE

Babieca:   ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
Rocinante:  Porque nunca se come y se trabaja.
Babieca:  ¿Pues qué es de la cebada y de la paja?
Rocinante:  No me deja mi amo ni un bocado.

Babieca:  Andá, señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
Rocinante:  Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréoslo ver? Miraldo enamorado.

B:  ¿Es necedad amar? [R.] No es gran prudencia.
B:  Metafísico estáis.  [R.] Es que no como.
B:  Quejaos del escudero. [R.] No es bastante.

¿Cómo me he de quedar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo,
son tan rocines como Rocinante.

Miguel de Cervantes


Como ya he dicho, muy gracioso. Hará reir mucho a tanto rocín, aunque no se llame “Rocinante”, como anda por ahí suelto. Por la calle, o participando en los concursos de la TV.

Lamentablemente, a mi juicio, no termina todo aquí. Aún existen mayores despropósitos. Entre los menos graves, uno de ellos es el del llamado soneto con eco, variante utilizada nada menos de por Lope de Vega y por Quevedo. Y bien es verdad que tampoco se trata de una concesión a tan ilustres nombres, sino que, en sí misma, tal modalidad hasta podría considerarse digna de consideración. Al menos podría serlo este soneto “con eco”, de Francisco de Quevedo, al Amor:



Es el amor, según abrasa, brasa;
es nieve a veces puro hielo, hielo;
es a quien yo pedir consuelo suelo,
y saco poco de su escasa casa.

Es un ardor que a quien traspasa, pasa,
y como a veces yo paselo, selo;
es pleito do no hay de apelo pelo [1]
Es el demonio que le amasa, masa.

Tirano a quien el cielo inspira ira;
un ardor que si no se mata, mata;
gozo, primero que cumplido, ido;

Flechero al que se retira, tira;
cadena fuerte que aun de plata, ata
y mal que a muchos ha tejido nido.

Francisco de Quevedo


Bueno, éste puede tolerarse. Si todos fuesen así… Pero, aun así. Lo que ya no tiene perdón es lo del soneto polimétrico. Es imperdonable porque si todos los versos no son endecasílabos, ya no puede ser un soneto, por propia definición. ¡Hay que ver, qué manía…!. Uno de los maniáticos, inexplicablemente célebres, por esto y por todo lo demás, es el mediocre poeta Don Manuel Machado, hermano de su hermano Antonio. Sí, porque a un genio también le puede tocar un hermano mediocre del mismo oficio, para su desgracia.  Este, Don Manuel Machado, al que también haré referencia más adelante por distinto motivo, es un hijo del modernismo más espurio y superficial y, entre otras cosas, no se le ocurrió otra sino componer este esperpento de ¿soneto? No, de ninguna manera, no puede serlo. Será “otra cosa”, pero un soneto no puede ser. Lean ustedes:

MADRIGAL DE MADRIGALES

¿Qué nuevo nombre a ti, creadora de poetas,
esencia de la juventud,
si todas las magníficas y todas las discretas
cosas se han dicho y hecho en tu virtud?

¡Qué madrigal a ti, compendio de hermosuras,
luz de la vida, si
mis pequeños poemas y mis grandes locuras
han sido siempre para ti?...

En la hora exaltada
de estos nuevos loores,
toda la gaya gesta de tu poeta es…
tirar de la lazada
que ata el ramo de flores
y que las flores caigan a tus pies.

Manuel Machado

El mismo  -¿poeta?-  se permitió la chirigotada, disfradazada de habilidad versificadora de componer este “soneto”, de versos trisílabos y de único verso, o de versos constituidos por una sóla palabra:

VERANO

Frutales
cargados.
Dorados
trigales…

Cristales
ahumados.
Quemados
jarales…

Umbría
sequía,
solano…

Paleta
completa:
verano.

Manuel Machado

¡Qué barbaridad! Y habrá no obstante quien lo considere una obra de arte, cuando no es más que humo, o campana que suena a hueco. Ahora se explica el porqué de aquella contestación que dio Jorge Luis Borges a la pregunta formulada por un periodista: ¿Qué le parece a usted, Antonio Machado?, preguntó el periodista. “¡Ah… no sabía que Manuel tuviese un hermano”, respondió aquella víbora con cataratas  -y que me perdonen los hermanos argentinos- más que supuestamente lleno de envidia. ¡Oiga usted, el que, por desgracia para él, tenía un hermano era Antonio, no Manuel! Si no fuese cruel, yo diría que usted no veía bien. Ni veía bien por fuera, y mucho menos aún por dentro, ni mucho menos aún podía ver su propia historia. Porque, usted, Sr. Borges  -y perdónenme que me dirija a un difunto-  tuvo también la impertinencia y escaso talento poético de cultivar, además haciéndolo mal, el llamado “soneto inglés”, cuando los que llegaron por aquel Río a “hacerle  -a usted-  la Patria”, no fueron los ingleses, sino otros que serían lo que fueran pero no eran ingleses. Estos últimos, fueron los que años más tarde, mandaron sus buques de guerra a las Islas Malvinas, que ellos llaman “Falkland Islands”, para seguir usurpando lo que no es suyo. ¿Cómo se le ocurrió a usted, escribir aquel “soneto” inglés? Y, sobre todo, ¿por qué lo hizo tan mal? Me refiero al llamado soneto del vino. Que lo sepa todo el mundo, también los argentinos. Esta birria es aquel “soneto inglés”, en alejandrinos:



SONETO DEL VINO

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?  [serventesio]

Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.  [serventesio]                                          

En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto
otrora lo cantaron el árabe y el persa.  [cuarteto]

Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
Como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.  [pareado]

Jorge Luis Borges


¿Cómo que “soneto inglés”? ¡Ni tan siquiera eso! Este pretendido soneto sería en todo caso “borgiano”, pero tampoco inglés, porque presenta una alteración substancial. El soneto inglés,  consta de tres serventesios y un pareado final, pero este de Borges, en la tercera estrofa, contiene no un serventesio sino un cuarteto, con lo cual ni es inglés ni es nada. Más o menos lo mismo que era y fue su difunto y celebrado autor. Por algo no sabía que Manuel Machado tenía un hermano y que éste se llamaba Antonio. ¿Cómo hubiese podido saberlo, escribiendo semejantes sonetos, aunque fuesen “ingleses”?

Y todavía hay algo que a mí me parece peor. Es el llamado soneto doblado, o doble. Este otro monstruo presenta la particularidad de que, en los cuartetos, se añade un verso heptasílabo tras cada verso impar, y otro verso, también heptasílabo, en los tercetos, tras el verso segundo de cada uno de ellos. Este amasijo, insonoro, heteróclito, monocorde y monocolor, en lugar de catorce versos, contiene veinte: Catorce endecasílabos y seis heptasílabos. Expresamente, deseo liberar a los posibles lectores de cualquier posible ejemplar de esta figura. Ignoro si esto podrá ser complicado de componer, pero sí me parece muy artificioso, una vez compuesto.

Sin embargo, no quisiera concluir esta última entrada sobre el Soneto, sin hacer dos cosas bien concretas. La primera, es la de aligerar de tanto peso crítico a Manuel Machado que, sin ser un gran poeta y a pesar de sus ejercicios “cabalísticos”, en aras del modernismo o de la singularidad de llamar la atención, no era en el fondo tan mal poeta. Algo se le había pegado de su hermano Antonio, al que por cierto siempre estuvo muy unido hasta que la guerra civil los separó. Por ello, también deseo ofrecer el soneto, en alejandrinos (él era un modernista) que tuvo la gentileza de dedicar a la Reina de España, Doña Victoria Eugenia de Battenberg, con ocasión de su matrimonio con el Rey Don Alfonso XIII de Borbón. Este es aquel soneto:



A S.M. LA REINA DOÑA VICTORIA

Bienvenida a la tierra del sol y de la luna,
la que tiene la noche y el día por tesoros,
y da al día sus fiestas espléndidas de toros,
y en la noche los sones de su guzla moruna.

Dulce rosa del Norte diosa, el calor de España
es amor, es amor de tu española gente,
amor te brinda el rey más joven y valiente,
y es todo amor el cálido ambiente que hoy te baña.

España es tu palacio, nuestros campos tu alfombra.
Todos te brindan hoy loor, flores y sombra
los árboles del sur, naranjo y limonero.

Los vates de la Corte un palio de poesía…
yo, poeta gitano del claro Mediodía,
tiendo a tus regias plantas mi capa de torero.

Manuel Machado

La segunda cosa que vivamente deseo hacer, es ofrecer también el que a mí me parece es el más sublime y bello soneto de todos los tiempos. Naturalmente, como no podía ser menos, es un soneto de amor. Pero de un Amor que ha de escribirse con mayúscula, y que deben tener en su manual de canto todos los Coros de ángeles. Tan sólo San Juan de la Cruz  -y a mí me parece que tampoco-  ha podido superar un poema sacro de tan intensa humanidad y belleza, escrito por el poeta quizá más descarriado y al mismo tiempo humildemente arrepentido de su desvarío, cuando, pese a ser ya sacerdote, convivía maritalmente con Doña Marta de Nevares:



TEMORES EN EL FAVOR

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto,
y la piedad de vuestro pecho admiro.

Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto;
que arrepentido de ofenderos tanto,
con ansias temo y con dolor suspiro.

Volved los ojos a mirarme humanos
que por las sendas de mi amor siniestras,
me despeñaron pensamientos vanos.

No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
vos le dejéis de las divinas vuestras.


Félix Lope de Vega y Carpio



***


[1]  El arreglo es mío. Perdón, por corregir a Don Francisco.