domingo, 16 de marzo de 2008
sábado, 15 de marzo de 2008
HOY, ES SÁBADO DE PASIÓN

¡VEN A LA CRUZ!
¡Toma una escalera y ven...!,
que alguien levanta un crucero
para subir al Lucero
que bajó luz a Belén.
Que han de clavar con desdén
en un sórdido madero,
por causa del mundo entero,
a Aquel que creó el Edén.
Los azotes que le hirieron,
ven a sufrir, si los sientes...
¡Y las burlas que le hicieron!
Que, solo, entre tantas gentes,
los clavos que le pusieron
has de arrancar con los dientes.
Alfonso Carbajal
(Del Primer Libro de Poemas: "Amor y Tinieblas .Sonetos y otras canciones para la vida y la muerte") Poema 43
viernes, 14 de marzo de 2008
HOY, ES VIERNES DE DOLORES
DÉCIMA DE DOLOR
He aquí helados, cristalinos
sobre el virginal regazo
muertos ya para el abrazo
aquellos miembros divinos.
Huyeron los asesinos.
¡Qué soledad sin colores!
¡Oh, Madre mía, no llores!
¡Cómo lloraba María!
La llaman desde aquel día
La Virgen de los Dolores.
Gerardo Diego
En la imágen, Nuestra Señora del Camino, Patrona del Reino de León
jueves, 13 de marzo de 2008
LO IMPUSO FRANCIA

miércoles, 12 de marzo de 2008
THE PAUL GETTY DE LOS ÁNGELES (EE.UU.)

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (15 de julio de 1606 – † 4 de octubre de 1669), está considerado uno de los más grandes pintores en la historia del arte europeo, y el más importante en la historia de Holanda.
SAN BARTOLOMÉ
Sólamente ocho años antes de la muerte de Rembrandt, esta pintura representa a San Bartolomé, uno de los Doce, que sostiene un cuchillo en su mano derecha, una referencia al hecho de que el santo sufrió el martirio siendo deshollado vivo. Uno de los vecinos de Rembrandt podría haber servido de modelo para el cuadro. Pero, en realidad, se trata de un méndigo al que el pintor solía invitar a comer, a cambio de que posase para él. En el cuadro, se muestra al Apóstol como un hombre común. Rembrandt, dió a la figura santa una calidad tangible, humana, sugiriendo quizá que la santidad es parte de la vida diaria, una opinión en consonancia con la atmósfera religiosa de mediados de los años 1600 en Amsterdam, y desde luego universal y permanentemente vigente. Santo, es quien así vive diariamente, no sólo por dejarse matar, aunque esto sea una manifestación definitiva de fe.
San Bartolomé, aparece pensativo, casi dando idea de la melancolía en el humor. Sostiene su barbilla como si, perdido en el pensamiento, sus ojos viesen más allá del tiempo. Rembrandt, usó una técnica más amplia, libremente cepillada, típica de su tardío estilo maduro. Aplicando con un cuchillo de paleta las áreas gruesas o espesas de pintura, que se llamaron impasto, y que son visibles sobre la frente del santo, la nariz, oídos, y manos. El manejo total de pintura es mucho más expresivo y contrasta con el estilo más liso, más exacto de sus trabajos más tempranos.
martes, 11 de marzo de 2008
MÁS MÉDICOS PARA EL ALMA

Pese a ello, alma y cuerpo, continuan siendo objeto de atención y tratamiento segregados. Si se habla del alma, en su dimensión eterna e inmortal -o más bien, resurgible, resucitable- surge el sacerdote, el ministro de Dios, para curar a las que están enfermas, se hallen o no "ingresadas" en ese Hospital ecuménico de salvación, que es la Iglesia, tan rotundamente afirmada por los canonistas como organización -la "societas perfecta"- como tan poco, o tan mal explicada por los teólogos como "cuerpo misterioso", en el que todos sus miembros reciben la salud y la vida. Y si se habla patológicamente del cuerpo, enseguida aparecerá el médico, con su fonendoscopio y su maletín de fármacos urgentes al hombro o, en nuestros días, la unidad móvil, con todos los recursos instrumentales para estabilizar al paciente.
Pero, el alma, no sólo es ente de dimensión escatológica y transcendente, sino también temporal e inmanente, y su proyección eterna, en el contexto de las coordenadas de Einstein, es el "espíritu". La Medicina de nuestros días -aún hoy- pese a todos los avances y cambios de mentalidad colectiva, permenece anclada a esa falsa dicotomía. Y, por ello, de entre todas las inacabables especialidades clínicas, nos sigue ofreciendo dos tipos o clases bien diferenciadas de médicos. Los de cuerpo -prolongación sumamente quintaesenciada de los viejos "físicos" medievales- y los del espíritu, esto es, los del alma en su dimensión temporal. En cualquiera de estas dos vertientes, el médico es siempre un ser digno del mayor respeto y gratitud, pero el ejercicio de la Medicina sólo puede alcanzar carácter de ministerio sacerdotal, cuando nos hallamos en presencia de alguien que, más que curar una apendicitis, o un infarto de miocardio, trata de penetrar en la clave de los acontecimientos mal vividos de nuestra vida que, al igual que el polvo en las casas, han ido penetrando e incrustándose en los rincones más escondidos del alma, para producir finalmente un indecible sufrimiento y una especial angustia.
Se contaba, según he podido oír recientemente, en las Facultades de Medicina, un malévolo chascarrillo: Los internistas, saben mucho, pero curan muy poco; los cirujanos, saben muy poco, pero curan mucho... y los psiquiatras, no saben nada y no curan nada. Ciertamente, la Psiquiatría, es, sin duda, la ciencia médica de la que menos se sabe, pero el psiquiatra debe resultar una figura mítica y sagrada. Las enfermedades del corazón, el cáncer, la cirrosis hepática -en unión de "la carretera"- constituyen, según se dice y divulga frecuentemente, las causas de más alto índice de mortalidad. Pero las enfermedades más graves, en un mundo que se agiganta en mutaciones inverosímiles y fantásticas, serán -quizá lo son ya- las enfermedades del espíritu. Psicosis, psiconeurosis, depresiones hipocondríacas... podrían resultar cosa de risa, ante nuevas formas de sufrimiento espiritual, jamás antes sufridas ni presentidas, hacia las que, la "sociedad del bienestar", camina a velocidad insospechable.
Y, por tal motivo, además de los bisturíes y otros artilugios cortantes o punzantes, además de meticulosos análisis, sofisticadas pruebas y tratamientos terapéuticos; además de esa maravilla en la que se ha convertido la cirugía, habrá de resultar esencial que cada médico, todo médico, acerque su corazón al del enfermo, no sólo para escuchar latidos, sino para latir al unísono. Luis Madrigal.-