

Ese misterio que suele definirse como "substancia individual de naturaleza racional", no surgió de la materia, sino de la nada... porque dijo Dios: "Hagamos al ser humano a nuestra imágen y semejanza" (Génesis 1, 26) ESTE BLOG, TRATA DE OCUPARSE DE ESA TORPE E INSIGNIFICANTE SUBSTANCIA © Luis Madrigal Tascón
Bien sé yo, según creo, que su Santidad el Papa -Juan Pablo II, de entrañable memoria- dijo en su día algo acerca del Limbo, aunque ni lo sé muy bien, ni cuándo lo dijo, ni sobre todo qué es lo que dijo exactamente. Y la ocasión tampoco merece la búsqueda de la declaración o documento pontificio correspondiente al respecto. En síntesis -desde luego muy vulgar e iletrada- lo que el populacho dice que el Papa dijo es que el Limbo ya no existe. El subrayado es mío, porque si no existe ahora es que nunca ha existido, o no existió jamás, y, en esto, prescindo no sólo de la documentación vaticana sino, particularmente de la doctrina de San Agustín y del Concilio de Cartago, asi como de las cuestiones 2 y 89 (Prima secundæ) de la Summa Theologiæ. Lo que sí sé muy bien es que tal “sitio” -y ni siquiera tal posible estado- nunca ha sido admitido como cuestión de fe por la doctrina de la Iglesia, sino tan sólo imaginado y propuesto por los teólogos medievales, muy a pesar por cierto del propio Santo Tomás de Aquino y, tal vez, tan sólo en virtud -lo que es bien triste- de la descripción literaria efectuada por Dante Alighieri en la Divina Comedia. También sé que la cuestión se halla sometida, o lo ha estado, al estudio de una Comisión presidida por el Arzobispo William Joseph Levada, actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de La Fe, en cuya función sustituyó al anterior Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI. Pero, las conclusiones, en ningún caso -supongo- podrán superar u olvidar el hecho de que, en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, en absoluto se menciona la existencia del referido lugar, ni tampoco de tal estado.
Sin embargo, en lo que se refiere a la mundana concepción y tendencia a hallarse alguien en tal sitio, o de suponer que se halla, se habría equivocado totalmente el Papa, Santo Tomás y cuantos otras posibles personas, de cualquier género, especie y condición, pudieran o pudieren afirmar dicha inexistencia. El limbo, verdaderamente, existe, ya lo creo, y es ciertamente un sitio, un lugar, aunque también amenace, en ocasiones, con convertirse en un estado, en lo que al ánimo se refiere. Este lugar, se haya situado en Las Navas del Marqués, provincia de Ávila, particular y muy especialmente en el Barrio de la Estación de esta bella, paisajística y sana localidad, aunque algunos distinguidos miembros de una moribunda asociación cívica, fundamentalmente creada para organizar horribles verbenas de verano, plantearon en cierta ocasión un encendido debate interno a fin de que no se llamara “barrio”, sino “colonia”; Colonia de la Estación, en vez de Barrio se la Estación. Debía parecerles más distinguido, aunque con evidente error a mi juicio, lo de Colonia, que lo de Barrio. Craso error, en efecto -además del gramaticalmente cometido por dicha asociación ciudadana en la imposición de nombre a las calles del lugar, en lo relativo a la inclusión o exclusión previa de la preposición propia “de”, lo que resulta verdaderamente gracioso y digno de observar- porque toda colonia, implica y requiere una metrópoli y, en consecuencia, conduce a la idea de subordinación y dependencia, lo que resulta antitético a lo muy secundariamente pretendido en los fines fundacionales (independizarse del Ayuntamiento competente y legalmente responsable de la prestación de los servicios públicos mínimos, que jamás presta ni ha prestado), porque, como ya he dicho, la principal y prácticamente exclusiva finalidad son, o eran, la de organizar verbenas de verano, ya muy de capa caída, gracias a Dios.
En el Barrio de la Estación, o en la Colonia (muy impropiamente, porque, que yo sepa, allí no hay ningún colono), no siempre se está en el limbo. De ser así, yo jamás hubiese permanecido en tal lugar, que me gusta mucho y al que quiero sinceramente. El efecto “limbático”, se produce tan sólo cada 31 de Agosto, más o menos sobre la siete de la tarde, cuando se apaga el último claxon de los automóviles que, como si se tratase de un efecto meteorológico, “salen pitando” rumbo a Madrid, casi disputándose la carretera para llegar primero, y con la particularidad de no iniciar tampoco nunca la salida antes de la citada hora. Es en este momento cuando mi ilustre amigo don Carlos Suárez, y algunos otros, se sienten plenamente felices. Sin embrago, cuando, además de 31, es Domingo, como este año, se produce automáticamente el mencionado efecto de manera muy singular y hasta estremecedora. Desaparece en unos segundos todo bicho viviente, y nunca mejor empleado lo de “bicho”, porque los asquerosos ladridos de los perros cesan también en ese momento, y ello se produce sin duda porque sus asquerosos amos se los llevan consigo para que, en lo sucesivo y hasta el año próximo, ladren durante toda la noche en Madrid y, así, no dejen dormir a los madrileños de sus respectivos barrios o colonias. También desparecen las motos, los “quards” y todos los demás instrumentos de ruido, para tormento de pacíficos ciudadanos que no se meten con nadie, y con ellos los niñatos maleducados que los utilizan, ricos o pobres, pero casi todos ellos con madera de futuros delincuentes urbanos, que bien merecerían la atención del Juez Calatayud, aunque por mi parte les pondría a picar en la vía del tren, que se encuentra muy cercana.
Pero, al producirse el efecto de referencia, y encontrarse uno verdaderamente en el limbo, se incrementa mucho más el instinto vital de supervivencia y creatividad, según me parece a título de “legítima defensa” para no sumirse en la nada más absoluta, esto es, en el nihilismo . Así lo he experimentado yo mismo, no hace aún muchos días. Visto que me encontraba de pronto en el limbo, traté de emular a Lope de Vega (y desde luego no voy a molestarme ahora en buscar la cita, porque ya dije en otra ocación que me hecho mayor) cuando narra todas las cosas que hizo en pocas horas, entre las que incluye el haber escrito un par de comedias y haber regado el jardín. Yo tuve que limitarme a algo mucho más modesto, vulgar y ruin, aunque muy digno y necesario al mismo tiempo: Limpiar mi casa, de uno a otro confín, poner un par de lavadoras, el lavaplatos, tender la ropa, recogerla y doblara simplemente, porque a lo que me niego rotundamente es a planchar… Pero también, como Lope, regué el Jardín y, aunque no sé escribir comedias, y menos aún hasta dos en poco tiempo, sí escribí un soneto. Este que humildemente les ofrezco a continuación. Y esta vez, no se lo he pedido prestado a mi buen amigo Alphonso Carbajal. Lo he escrito yo mismo. Vean ustedes, queridos amigos, y ya me dirán, aunque, como casi siempre nadie me diga nada. Ahí va el soneto:
SOLEDAD EN EL LIMBO
Los otros, ya no están... Sólo la brisa
de una tarde de estío, sin acento.
Sólo soy yo. Cesó el acogimiento
y no clamo, ni quiero más premisa.
No pregunto, ni busco... No hay pesquisa
que traiga un nuevo canto soñoliento.
Ni un nuevo andar, sereno e incruento
que calme el alma y bese la sonrisa.
Sólo quiero vivir verdad certera
que valga por sí misma, sin conflicto;
que viva por sí sola, dentro y fuera.
Sin que nadie establezca un veredicto,
con atávica ira por bandera.
Y aunque el limbo me acose... siempre invicto.
Luis MADRIGAL
Las Navas (Barrio-Colonia de la Estación), 31 de Agosto de 2008
« Hoy, María Virgen subió a los cielos: alegraos
porque con Cristo reina para siempre. »
Es el grito de la Liturgia y de la fe cristiana, dos veces milenaria.
La que fue Madre de Dios e Inmaculada desde su Concepción, no podía, sufrir la corrupción del sepulcro. Su santa dormición fue un éxtasis místico de amor entrañable a su Dios e, inmediatamente, un raudo vuelo de paloma a lo más encumbrado de los cielos, cortejada por los coros angélicos. Desde su exaltado sitial quedó entronizada como Reina de todos los Santos, con la correspondiente «omnipotencia suplicante». Subió hasta la diestra del Hijo, fruto bendito de su vientre, para preceder en la gloria a todos sus hijos adoptivos, casi infinitos, por los que implora, como Madre.
“Assumpta est”. María, Asunta a los cielos, es la gloriosa Mujer del Apocalipsis; la Hija del Rey, ricamente engalanada; la triunfadora del Dragón infernal; la nueva Judit; la niña preferida de Dios, que le rinde por tantas gracias un Magnificat de gratitud. Ella, es el motivo y causa de nuestra mayor alegría y de nuestra única esperanza. Porque, al ascender la Madre, provoca a volar a sus hijos de la tierra, que le piden resucitar con Cristo, para compartir después con Ella la gloria en el empíreo.
Reina y Madre santísima, segura de ti misma, muéstrate solícita por los tuyos, que sufrimos continua lucha y continua tempestad. Tú, al recibir junto a la cruz el testamento del amor divino, tomaste como hijos a todos los hombres, nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo. Tú, en la espera pentecostal del Espíritu, al unir tus oraciones a las de tus hijos terrenales, te conviertes en el modelo de la Iglesia suplicante. Acompañas con tu amor materno a la Iglesia peregrina, hasta la venida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.
No podía ser menos. Durantes siglos, la Iglesia lo sabía; España lo sabía, y lo sabía León, mi pequeña patria que, en el siglo XII dedicó su aérea Catedral gótica, más luz que piedra, al glorioso misterio de tu Ascensión gloriosa, dando nombre además a una de sus campanas. Y por eso el Papa Pío XII, aquel 1 de Noviembre de 1950, desde el atrio exterior de San Pedro Vaticano, rodeado de 36 Cardenales, 555 Patriarcas, Arzobispos y Obispos, declaró el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al Cielo. Y lo hizo con las palabras que definen este Dogma, tomadas de la Bula Munificentissimus Deus:
“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.
Al escuchar estar palabras, se levantó al unísono hasta el Cielo un grito vibrante y clamoroso por parte de la multitud entusiasmada que estaba en la Plaza de San Pedro. Habían transcurrido casi 1.900 años de fe del pueblo y de la Iglesia. Ambos creían en esa verdad, que era confirmada y ratificada entonces por el Romano Pontífice, apelando a la infalibilidad conferida a quien es el Sucesor de San Pedro. Hubo millones de espectadores en los cinco continentes, quienes vieron –lo oyeron por las estaciones de radio del mundo católico- el transcendente anuncio papal.
A partir de ese momento ningún católico puede dudar ya del hecho de la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo, sin apartarse de la Fe de la Iglesia. Y es importante hacer notar lo que el Padre Royo Marín nos dice en su tratado, respecto de la irreversibilidad que tiene un Dogma declarado. Nos dice que la infalibilidad del Papa al proclamar “ex-cathedra” un dogma de fe, no recae sobre el valor de los argumentos esgrimidos por el mismo Pontífice para apoyar dicho dogma, sino que recae sobre el objeto mismo de la definición. Esto significa que no puede darse el caso de que alguno de los argumentos utilizados sean considerados posteriormente dudosos, o incluso falsos. Después de la definición de un dogma, la verdad definida es asunto de fe. La infalibilidad cae sobre esa verdad y no sobre los argumentos empleados por los teólogos e, inclusive, por el propio Papa en la introducción a la misma definición del dogma.
No hace falta más que la fe, en sí misma, sólo ella y toda ella. Frente a las verdades reveladas, resulta innecesaria la razón y también las explicaciones, los motivos y la ciencia y sabiduría de los teólogos. Todo esto sobra, porque, por encima de todo ello, algo nos dice en nuestro más íntimo interior, más o menos lo mismo que la Bula que contiene la definición, cuando literalmente declara: “De tal modo la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y, vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos (cf. I Tim. 1, 17).”
Y por ello, esa misma fe, nos hace proclamar hoy, en el Prefacio de la Misa de la Asunción: "Hoy ha sido llevada al Cielo la Virgen Madre de Dios. Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. Ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra. Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la Mujer que, por obra del Espíritu Santo concibió en su seno al autor de la vida".
Madre de Dios, Asunta al Cielo, guárdanos a todos los que hoy nos abrigamos bajo tu manto. Especialmente -sobre todo si llueve, como casi todos los años- a quienes te acompañen hoy en Las Navas del Marqués, Provincia de Ávila, en procesión, a través de los pinares, hasta la Ermita de San Miguel.- Luis Madrigal.-