¡Cuántas veces no habré pasado junto a esta casa...! Ignoro su historia más remota, pero, cuando yo la ví al pasar, por vez primera, era propiedad de unos señores alemanes, que trabajaban en Portugal y venían durante el verano hasta las Sierras de Ávila. Todavía llegué a conocer a uno de sus propietarios, el Sr. Müller, quien en cierta ocasión me dijo que era yo más alemán que los alemanes. Creo que es uno de los mayores elogios que he recibido en mi vida. Her Müller, me facilitó su dirección de correo electrónico en Alemania, y yo le envié algunos mensajes. En aquellos primeros años de Internet es posible que no llegasen al destinatario, porque nunca recibí contestación, y bien que lo sentí y aún lo siento. La casa tenía un nombre curioso, que nunca pude traducir. Se llamaba "Casa Rocky-Tocky". Jamás pude saber lo que podría significar. Los señores alemanes, dejaron de venir, hace ya algunos años, y el verano pasado la Casa se vendió, precisamente a unos buenos amigos, aunque apenas si he llegado a tratarlos, que me parecen muy simpáticos. Tienen unas niñas encantadoras, que espero puedan ser muy felices en la vieja casa de los alemanes. Algo habrá quedado de ellos, impregnado en las paredes, o entre el musgo de las piedras de granito. Tal vez, las mismas raíces de su filosofía, de su música... De la gran nación alemana, a la que siempre he admirado tanto. Ser germanófilo, es una manera indirecta y lejana de ser español, porque los españoles fuimos alemanes durante cerca de tres siglos. ¡Deuchtland, Deuchtland...! ¡Oh, Sacra Hispania...!, como diría San Isidoro de Sevilla. Luis Madrigal.-
jueves, 4 de agosto de 2011
miércoles, 3 de agosto de 2011
CUANDO SE OCULTA EL SOL...
¡LÍBRAME DE LA SOMBRAS...!
Se fue el color... El Cielo se ha entoldado
y su cúpula hoy veo sombría.
Sin duda, es que mi mente desvaría
y no quiere soñar lo que ha soñado.
Acaso es que mi pecho ya se ha helado
y se pierde entre sombras en la umbría
del inmenso Pinar, que al alma mía
separa del calor que el sol me ha dado.
Mas, aun entre las sombras, yo persigo
el sendero que lleva hasta la altura.
El Sol, nunca se nubla... Si conmigo,
dentro de mí lo albergo... Y su hermosura
dejo llegar a mí, mientras le digo:
¡Líbrame de la sombra, tan oscura!
Luis Madrigal
Las Navas del Marqués (Ávila, España)
3 de Agosto de 2011,
tras visitar al Cristo de Gracia.
sábado, 30 de julio de 2011
PREGUNTO AL VIENTO
SI TU PECHO EL INVIERNO HA HECHO SOMBRÍO
Siento sed y vacío de tu aliento,
de tu mirada triste, que me mata,
y a tu silencio mi alma se aclimata
como tierra reseca. Tan sediento.
Al aire, como casa sin cimiento,
tantas veces espero… Y nunca, ingrata
de mi anhelo, tras dura caminata,
recibo de tu mano el alimento.
Pregunto al viento si, cruel el frío,
de la nieve o la lluvia y su murmullo,
tu pecho ha hecho el invierno tan sombrío.
Si ha herido en tu rosal algún capullo,
cuando el calor me agobia en el estío.
Y, para asir tu hielo, al sol rehúyo.
Luis Madrigal
viernes, 29 de julio de 2011
OTRA VEZ EN TORNO A EL TIEMPO
EN HONOR A MAN
Hace algunos días, no demasiados, mi buen amigo murciano, Manuel Enrique Mira Sánchez, nuestro querido MAN, publicó en su Blog una breve reflexión sobre el tiempo. ¡Oh, querido MAN -me dije- el tiempo no es eso que cuentan o miden los relojes! Eso es, simplemente, su duración. La duración del tiempo. Porque, la existencia confirmada de una cosa que permanece en su ser, no es el ser que permanece. Fue Baruch Spinoza, un judío holandés oriundo de España, concretamente de Orense -para que se sepa que, en “a terra da chispa”, no sólo se dan los afiladores- racionalista y heredero crítico del cartesianismo, quien, en su “Ethica”, identificó duración con permanencia. El tiempo, querido MAN, tú bien lo sabes, como lo sé yo, es un misterio, y los misterios no son alcanzables a la razón humana. No es posible entenderlos, de modo alguno. Podrán comprenderse, tal vez, algunas o ciertas clases o categorías de tiempo -el tiempo interno o de la conciencia subjetiva, o incluso el tiempo objetivo o externo, que son aspectos relativos- pero parece impenetrable el concepto de tiempo imaginario, ideal o absoluto. Y no digamos lo que los teólogos llaman tiempo sagrado, que no es precisamente el dedicado a las festividades o momentos determinados del calendario litúrgico -aspecto este más bien propio de sacristanes que de teólogos- sino esencialmente la consideración de ese misterio, que ya, como tal y en sí mismo, no podemos comprender, en relación nada menos que con Dios, que es el Misterio radical y absoluto.
La permanencia en el ser puede darse de diversas formas, pero esencialmente de dos: La que resulta aplicable a todos y cada uno de los entes corpóreos, sujetos a generación y corrupción, que es una permanencia relativa, y la forma plenamente perfecta y absoluta de permanencia en el ser, a la que se llama eternidad. La primera, puede resultar explicable y, en este sentido, los matemáticos, y MAN lo es -aunque más bien los físicos y especialmente los astrofísicos- han explicado el tiempo mediante fórmulas y ecuaciones relativas a los movimientos regulares y mecánicos de los cuerpos celestes. Este es el objeto de estudio, material y formal, de la Astronomía. Pero, además de los astros, dentro del cosmos sideral, se halla el cosmos geobotánico, y en él existen los seres vivos, animales o vegetales y, en consecuencia, existen también los ritmos o tiempos biológicos. Y dentro de este mismo orden, se encuentra el ser humano, con lo que otra ciencia -la Psicología- trata también de definir y analizar el tiempo psíquico. Pero ninguna de estas definiciones y explicaciones, pueden explicar y hacer comprensible el tiempo absoluto, o eterno, que permanece incomprensible en su misteriosa dimensión. Por eso, querido MAN, dijo San Agustín, aquello que tú citabas: Todos podemos tener idea de lo que pueda ser el tiempo, o de cómo puede ser definido, pero, cuando se nos pregunta, no sabemos qué decir. Esto lo dijo, Agustín de Tagaste, en sus “Confesiones” (XI, 14, 17).
Pese a ello, la Filosofía se ha enfrentado siempre a la idea de tiempo, tratando de desentrañar su concepto. Y, en este plano, el estrictamente filosófico, creo yo, hay que apartarse por completo de las concepciones físicas y cosmológicas, ya sean subjetivistas o realistas, para centrarse en las metafísicas y ontológicas, si se aspira, al menos, al intento de capturar una idea puramente filosófica del tiempo. Y han sido dos, fundamentalmente, las orientaciones de este carácter que han desarrollado una metafísica y una ontología del tiempo: La del parisino Henri-Louis Bergson, padre del llamado intuicionismo o vitalismo, y la del filósofo existencialista alemán Martin Heidegger, respectivamente.
Bergson, construyó una metafísica de la duración, opuesta a la concepción de la ciencia físico-natural. Según Bergson, en las leyes físicas que regulan el movimiento, el tiempo se convierte en un parámetro enlazado con el espacio, llegando hasta confundirse con el mismo. Efectivamente, además de la teoría de la relatividad de Albert Einstein, en los tiempos coetáneos, Stephen Hawking (que es nada menos que el sucesor de Isaac Newton en la Cátedra Lucasian de Cambridge), ha hablado de la “unidad espacio-tiempo”. Pero, a Bergson, ese tiempo, se le antoja adulterado y ficticio. El verdadero tiempo está en el tiempo vivido, en el tiempo de la conciencia; la duración real es pura fluencia cuantitativa, opuesta a la estaticidad cuantificada del espacio. En consecuencia, el tiempo real es verdadero, porque la duración no se piensa, sino que se vive, se intuye. Si, por pura casualidad, alguien está leyendo ahora esto, o llega alguna vez a leerlo, cosa que dudo mucho, ignoro si podrá quedar convencido por Bergson. Personalmente, a mí no me convence nada, sino que, más bien, mucho más que metafísica, me parece un mero producto literario. No en vano, Bergson, que era un excelente escritor, ganó el Premio Nobel… de Literatura, en 1927. Y dicen, además, que recibió la marcada influencia de un sublime poeta, Antonio Machado. Una vez más, antes que un francés, “hace camino” un español.
Decididamente, en cuanto a la percepción y determinación humanas de la consistencia del tiempo, soy un decidido y entusiasta partidario de Heidegger. Su análisis, me convence plenamente y me parece de suma certeza y transcendencia real. Lamentablemente para mí, no he conseguido llegar a leer a Heidegger en alemán, que sería lo deseable, sino meramente traducido, aunque espero que bien. Tengo casi siempre, sobre mi mesilla de noche, su obra fundamental al respecto; “Sein und Zeit” (“Ser y Tiempo”) y no sin subrayados precisamente, sino -como diría Ortega a su amigo el filólogo y humanista alemán Ernst Robert Curtius- con tantos lápices, de tantos colores, que parece “un pájaro del Brasil”. El tiempo es, para Heidegger, la raíz ontológica esencial, siendo uno de los “existenciales”, un elemento casi sagrado, porque de él depende nada menos que el propio ser. Esto es, la esencia, de un modo paradójico, existencialmente -y no hay contradicción alguna- depende del tiempo. La esencia última, el último ser que cada hombre puede o es capaz de alcanzar. Un ejemplo, que escuché al Padre Oliver, un filósofo, y uno de los más fecundos y nítidos divulgadores de Heidegger, en la Universidad Complutense de Madrid, hace ya algunos años, podrá sin duda iluminar esta idea del tiempo, en relación con el ser, muchísimo mejor que cualesquiera otros conceptos. Proponía en aquella ocasión el conferenciante, imaginar a un niño, de una inteligencia natural superior y especialmente dotado además para el estudio de la Medicina. El niño, es hijo de un médico excelente, un “pozo de ciencia” y de experiencia clínica notabilísima, que ha curado y salvado la vida a infinidad de personas, con cuadros severísimos. El padre del niño, además de excelente médico, dispone de una inmensa fortuna, y es dueño de una red de Hospitales con todas las máquinas y últimos inventos, clínicos y quirúrgicos. El padre, es también íntimo amigo de portentosos colegas, los mejores clínicos y cirujanos del mundo, y al llegar al uso de razón, el niño siente igualmente una gran afición y amor a la Medicina, por lo que decide firmemente ser médico. Pues bien, ¿qué le falta a ese niño para convertirse también en un gran médico? ¿Nadie lo adivina? Si es así, es porque nadie está leyendo esto que yo ahora escribo, porque, en otro caso, la respuesta sería muy fácil: ¡Sólo, únicamente, exclusivamente, para ser tan excelente, o aún mejor médico que su padre, a ese niño solamente le falta… ¡tiempo! No llegará a ser un gran médico por ninguna de las restantes circunstancias; reuniendo todas ellas, naturalmente incluida su voluntad, podría no llegar a serlo, como fácilmente puede deducirse, si no media y transcurre el tiempo.
Por eso, dice Heidegger lo que, para mí, es una de las verdades transcendentes más absolutas que se han podido decir en Filosofía. Dice que, “existir, es estar en el tiempo para ser”. Se impone una aclaración importante. Como es lógico, Heidegger escribe en alemán, que es su propia lengua. Y en la Lengua alemana, a diferencia de lo que sucede en castellano, no hay dos verbos distintos, “ser” y “estar”, sino que ambos tienen que enunciarse bajo una forma única: sein. “Sein”, significa, tanto ser como estar. Mucho menos “existir”, palabra que no puede encontrarse en alemán. Esto es, en alemán, “existir”, no existe, aunque exista “existencia” (existenz). Y por ello, Heidegger tiene que hacer “encaje de bolillos”, para construir y expresar su profundo pensamiento y, cuando quiere poner sobre la mesa el “existir”, no utiliza el Sein, sino el Dasein. Es el famoso “dasein” de Heidegger, que más que “existir”, significa “estar ahí”, como “están ahí” las cosas, los objetos corporales del mundo exterior, que, en sentido filosófico, no existen, porque no pueden “existir”, al no necesitar nada del tiempo para llegar a ser más de lo que ya son, en un momento dado, aunque transcurran millones de unidades, sean las que fueren, de tiempo. Sólo, únicamente, exclusivamente, puede “existir” el hombre, el ser humano, porque sólo él puede llegar a ser. Y por eso -se encuentre o no siendo protagonista del ejemplo anteriormente propuesto, o ya haya de partir de cero, sin padres preclaros y poderosos, sino siendo hijo de un pobre carpintero, o de un “terronero”- no se “para”, sino que se “dis-para”, se lanza hacia el ser, con el ingrediente casi sagrado del tiempo. Cuando el tiempo se acaba y, como dice Heidegger, “suenan las campanas de la muerte”, lo que “yo” no haya sido, ya nadie lo podrá ser nunca por mí. Si hubiese podido llegar a ser cien, o mil -de esto o de aquello- y tan sólo he llegado a ser diez, o veinte, de otra cosa o especie, o de calidad bien distinta, me habré quedado “enano”, habiendo sido “programado”, o potenciado, para llegar a ser un “gigante”. Tan sólo “existe” el hombre. Las cosas, “están ahí” (dasein), pero no pueden existir. ¿Y Dios? De Dios -dice Heidegger- no sabemos nada. Y añade: “Pero si algo podemos saber, es que no existe”. Se ha tachado siempre a Heidegger, sobre todo en la “católica” España, de incrédulo y de ateo. Sin duda alguna, porque nadie, o muy pocos, entre tantos “talibanes” y “meapilas”, se han parado un solo segundo a pensar, que Dios no puede “existir”, porque Él “es el que es…”. Y lo es eternamente. Luis Madrigal.-
El Tiempo. Abstracción de Wassily Kandinsky
A mi querido amigo
Manuel Enrique Mira Sánchez, MAN, ante
el clamor de su espíritu de que, en un solo momento, pueda
caber toda una vida. Y con el mayor afecto.
En la imagen de arriba, la alegoría "El Triunfo de Venús", de Agnolo Bronzino, en la que supuesta y pretenciosamente, Venús, acompaña por Cupido y por el Tiempo, parece librarse de este, conservando su belleza.
Este cuadro, es un presagio del estilo barroco
y de la ulterior "pintura galante" francesa.
jueves, 28 de julio de 2011
NO SE OYE EL MAR...
DESDE LA FRONDA QUE HABITA
EN LA MONTAÑA
¿Acaso ya no llega el viento
hasta la playa profunda y misteriosa,
o, son las olas, con su ronco murmullo,
las que ocultan las notas en que entono mi canto?
¡Qué agudo es el silencio, cuando clava,
como hiriente cuchillo en viva carne,
su opaco y mudo eco sin aliento!
Cuando, ahogando al suspiro, asfixia el llanto...
Si el mar te llama, vete... Mas escucha,
al menos desde lejos, un latido;
riega el agua del mar con una lágrima...
Que, al pisar sobre arena, firme el paso,
tu corazón se ensanche y acaricie
la fronda que se pierde en la montaña
y que tu mente acoja un pensamiento...
Que, en otro corazón, vive tu alma.
Luis Madrigal
miércoles, 27 de julio de 2011
¿DÓNDE HABITAN LOS SUEÑOS...?
DÍMELO TÚ...
Dímelo tú...
Dime dónde los sueños habitan
en lo más hondo del bosque,
de madreselvas y rosales,
que se expande hasta el Mar
y ofrenda su perfume
hasta tocar el techo de las nubes.
Cubierto de acanto,
sus hojas suspiran al llegar al cielo
y besar sus nimbos encendidos...
Dime que ayer,
mientras recorrías el mundo,
pisando sobre un lecho de plata,
encontraste una esmeralda
que, como el canto de las aves,
llenó tu corazón.
Dime que el lucero que vive allá lejos,
junto a la Cruz del Sur,
brilla hoy con más fulgor
y, en las noches de Invierno,
cual luminaria eterna y poderosa,
alumbra siempre tu caminar,
entre veredas y sendas
blancas como la nieve.
Luis Madrigal
lunes, 25 de julio de 2011
¡SANTIAGO, SALVA A ESPAÑA...!
... A PORTUGAL Y A NUESTRA AMÉRICA
Celebra en el día de hoy la Iglesia Católica la Festividad de Santiago Apóstol, o bien de Santiago el Zebedeo, en lengua aramea Yaakov Bar-Zebdr, llamado también Santiago el Mayor, para distinguirlo del otro Apóstol de Jesús, llamado también Santiago, el Menor, o Santiago de Alfeo. Este Santiago nuestro -Sant Yago- Patrón de España, de hondas raíces en Portugal y en prácticamente toda Iberoamérica -también en toda Europa- nació en Betsaida (Galilea), y era cinco años mayor que Jesús de Nazaret, puesto que vino el mundo, en el año 5 a.C. Fueron sus padres, Zebedeo y Salomé, y era hermano de Juan, el discípulado amado, el Evangelista. Dicen que Jesús, llamó a estos dos hermanos "boarnegués", es decir, "hijos del trueno". El Evangelio de la Misa de hoy, tomado de los Hechos de los Apóstoles (Hc 12, 2) nos cuenta cómo su madre, Salomé, se postró ante Jesús para pedirle que sus dos hijos se sentasen, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Esto produjo una especie de "agravio comparativo", entre los demás discípulos del Señor, que se indignaron ante semejante pretensión. ¡Hay que ver lo pedigüeñas que son las madres!. Pero Jesús, reunió a los Doce y les dijo: En mi Reino, las cosas no funcionan así, como funcionaban, digamos (por poner un ejemplo que yo conozco muy bien y muy de cerca), como funcionaban en España, en la RENFE, sobre todo en la época de la Primera Barbarie del PSOE, y estoy seguro que en todas las demás. Aquí en mi Reino, les dijo Jesús, si alguno de vosotros quiere ser el primero, tendrá que ser el ultimo de todos y el servidor de todos... Porque, Yo no he vendio al mundo -añadió- a ser servido, sino a servir. Antes, había preguntado a los dos hermanos si acaso podrían beber ellos el Cáliz que Él habría de beber. ¡Podemos...!, contestaron con resuelta energía ambos. Y, precisamente, el primero de todos los discípulos de Jesús en beber ese cáliz, fue Santiago, nuestro Apostol, nuestro Padre en la Fe. El Evagelizador de España, seguramente -se dice- también de Portugal y, a través de las dos naciones ibéricas, de casi toda la América, fundamentalmente la del Sur, pero también la del Centro, y hasta la del Norte.
El hecho, históricamente probado, de que Santiago el Zebedeo sufriese el martirio en Jerusalém, hacia el año 44, degollado a filo de espada por orden de Herodes Agripa I, rey de Judea -como hoy nos recuerda la lectura de los Hechos de los Apóstoles- ha incrementado siempre, no ya la duda, sino sembrado un mar de confusión, extendiendo la leyenda sobre Santiago mucho más allá de lo perfectamente explicable. Porque, ¿cómo podría haber predicado el Apóstol de España, a orillas del Iberus, en Cesaraugusta, recibiendo la visita de Nuestra Señora en carne mortal, esto es, mucho antes de su gloriosa Asunción a los Cielos, si ya había sido martirizado en Palestina? Hubo un tiempo en que, para resolver el dilema, se decía que, después de muerto por Herodes Agripa, sus discípulos habían llevado los despojos, a través del Mediterráneo, desde Palestina hasta Galicia, bordeando las entonces despobladas costas de Portugal, y de ahí el arraigo del Apóstol en la nación lusitana. Pero, además de la Tradición -que para la apologética cristiana constituye fuente de Revelación, al igual que la Escritura- las modernas investigaciones historiográficas permiten establecer otras hipótesis, perfectamenete racionales, acreditadas con la autoridad de la erudición. Puede verse, entre otras, la obra de un gran historiador español, repúblicano y exilado en la Argentina, pero de un hondo rigor científico, Claudio Sánchez Albornoz, en "Compostellanum 16" (1971). Es cierto que se produce un silencio de más de seis siglos, pero se ha documentado arqueológicamente la existencia previa de un cementerio de origen celta, reutilizado posteriormente por los primitivos cristianos, que alberga la posibilidad de haber acogido los restos del Apóstol, con independencia del lugar exacto en el que, el ermitaño Pelayo (o Paio), viese aquellas luces merodear sobre un monte deshabitado. Y ya no puede considerarse meramente conjetural e inverosímil, que en aquel monte, o bosque, el Liberun Donum, pudiesen encontrar, por mandato del Obispo de Iria Flavia, Teodomiro, que ordenó la búsqueda, una tumba en la que se encontraba un cuerpo degollado con la cabeza bajo el brazo. Y como aquellas luces parecían simular el reflejo de alguna estrella, se llamo a aquel lugar "Campus Stellae" (Campo de la Estrella), origen etimológico de la palbra Compostela. Y no sólo es eso, sino también que en la tumba encontrada hallaron una inscripción que sirvió para identificar los restos mortales del Apóstol, lo que motivó el informe del Obispo Teodomiro al Rey Alfonso II de Asturias, y de la naciente España.
¿Cómo, entonces, si Santiago padeció el martirio en Jerusalém, en el año 44 de nuestra era, pudo ser enterrado en España, en Compostela, sin duda alguna antes del año 813? La historiografía ofrece una explicación muy sencilla. Santiago, estuvo en España dos veces. La primera, vivo, tras haberle sido encomendada por el Colegio apostólico la predicación del Evangelio en las remotas tierra del mundo entonces conocido, el "Finis Terrae". En aquella ocasión, alcanzó las costas de Galicia -la Gallaecia romana- hasta la desembocadura del Río Ulla. Sin embargo, no tuvo mucho éxito en su predicación, por lo que decidió regresar a Jerusalém, y fue entonces cuando y donde, sin perjuicio de la leyenda del Pilar -"Bendita sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza"- la tradición le sitúa junto a sus discípulos (los Siete Varones Apostólicos, posteriormente ordenados obispos por San Pedro en Roma), dado que pudo regresar por ese camino, al decidir volver a Jerusalem, en el año 44, donde fue torturado y decapitado por Herodes Agripa. Al prohibir éste, además que fuerse enterrado, los discípulos del mayor de los Zebedeo, una noche, dentro del mayor secreto, trasladaron su cuerpo hasta la orilla del mar, donde encontraron una barca preparada para navegar. Así llegaron nuevamente a Galicia, remontando de nuevo el Río Ulla hasta el puerto romano, en la costa gallega, de Iria Flavia, que era entonces la capital de la Gallaecia. Allí enterraron su cuerpo, en un cementerio, o compostum -término del que también se ha querido hacer derivar etimológicamente el de Compostela- en el bosque cercano de Liberum Donum, donde levantaron un altar sobre el arca de mármol.
Cuando, tras siglos de silencio, Alfonso II, enterado del hallazgo, en el año 813, ordena construir un santuario encima del cementerio (compositum), los guereros cristianos, que luchaban contra la expansión de Al-Andalus, reciben una fuerte infusión de valor. Y así, posiblemente, surge otra leyenda, la de la aparición del Apóstol Santiago, sobre un caballo blanco, luchando en la Batalla de Clavijo, junto a las huestes cristianas de Ramiro I de Asturias, que eran notablemente inferiores a las del ejercito musulmán de Abderramán II de Córdoba.
Fachada principal de la
Catedral de Santiago de Compostela (España)
Escultura del Santiago "Matamoros"
(Imagen en Carrión de los Condes, Palencia)
Efectivamente, el día 23 de Mayo del año 844, en el Campo de la Matanza, en las cercanías de Clavijo (La Rioja) se libró la Batalla de Clavijo. Aquella batalla había tenido su origen en la negativa de Ramiro I a seguir pagando a los Emires de Córdoba el "Tributo de las Cien Doncellas", destinadas a los harenes musulmanes. El Harén musulmán, a los ojos de los cristianos, no podía tener entonces otra consideración sino la de un grupo de hembras para convivir con un macho único en la época de la procreación, como ocurre entre los ciervos. Ramiro I, no transigió más. Y cuentan las crónicas que el Rey tuvo un sueño la noche anterior a la Batalla, en el que se le aparecía el Apóstol Santiago, prometiendo su presencia en la lucha al día siguiente y la victoria en la misma. Posiblemente el sueño fue real y el Rey lo relató a sus fieles. A partir de él pudo surgir la leyenda. Entre los españoles de siempre se hizo un juego de lógica del absurdo, la tradicional pregunta que se hace a los niños: ¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?. El caballo blanco de Santiago, ha sido todo un símbolo y el "Santiago y cierra España", el lema de la Caballería española. Unas cosas sí, aunque quiza otras no, pueden ser tan sólo leyenda. Pero lo que es cierto y real es que los timbales que sonaron en la Batalla de Clavijo, se conservan en la Catedral de León. Yo, los he visto y oído muchas veces. Es un son ronco, aguerrido, dispuesto a la lucha, que armoniza con el lema del Arma de Caballería, porque "cerrar", en esos términos militares, significa "trabar combate". Y, como tal expresión, sonó, por vez primera, no en la Batalla de Clavijo, sino en la de Las Navas de Tolosa, que prácticamente acabó con la dominación islámica en España. En realidad, hay que intercalar una coma: "Cierra, España". Es el mismo "Cierra, España" al que alude Don Miguel de Cervantes en su inmortal obra. Esto es, "Lucha, España". Entra en combate. Salva tus valores y tu gloriosa historia, tu espiritualidad y la fe que llevaste a través del Mar a otros pueblos hermanos. Allí, en ese Continente, enfrente del inmenso Mar, se encuentra numerosas veces duplicado el nombre de Santiago. Además de las 8 de España, y... ¡ de las 29 de Portugal! (incluidas 2 en Cabo Verde), tienen el mismo nombre: Una Ciudad, en La Argentina (Santiago del Estero); Una, en Chile, su Capital, Santiago de Chile; Tres, en Bolivia; Dos, en Brasil; Una, en Colombia; Dos, en Cuba; Tres, en Ecuador; Cuatro, en El Salvador; Una, en los Estados Unidos (USA) -Santiago de Lomas-; Tres en Filipinas; Tres en Guatemala; Una, en Guinea Ecuatorial; Una, en Honduras, Siete, en Méjico; Una, en Nicaragua; Una, en Panamá, Una, en Paraguay; Una, en Puerto Rico; Una, en Uruguay, y Dos en Venezuela.
A todas estas Ciudades abrazo yo hoy, humildemente, pero lleno de fervor y de Hispanidad. Porque, España -lo diré una vez más- más que europea es hispánica. Tiende sus ojos al otro lado del Mar, para encontrar allí lo que verdaderamente es suyo propio. Aunque, ciertamente, también es europea, quizá más que ninguna otra nación de Europa, si por europeismo ha de entenderse el espíritu y la raíz de la Europa cristiana; de la Europa que, a partir del s. XI, peregrina multitudinariamente a Compostela, para encontrar allí también sus más profundas y primitivas raíces, y mucho más aún desde que, entre los s. XII y XIII se escribiera el "Codex Calixtino", primera guía del peregrino, al otorgar el Papa Calixto II a la Iglesia Compostelana el "Jubileo del Año Santo", que Alejandro III declaró perpetuo. Con ello, Santiago de Compostela, es la Ciudad Santa, junto a Jerusalém y Roma. Y por ello, Señor Santiago:
¡Salva hoy a España, hundida en su cota más degradante y oscura; al Hermano Portugal; a todas las Naciones hermanas de América. Pero, también a esta vieja y corrompida Europa. Salvanos del nihilismo, de la vaciedad, de la naúsea, de la codicia y voracidad; del egoísmo de los más ricos, de la intolerancia y dominación de los déspotas; de la injusticia y de la ruina, económica y moral. De la mediocridad y el aburrimiento; del odio y el rencor de los peores. De esa peste negra, peor que la bubónica medieval, de la sexualidad desenfrenada y sin coto, de instinto infra-animal y pésimo gusto. Sálvanos a todos, Señor Santiago. Sobre todo, a mí mismo. Amén. Luis Madrigal.-
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