Un rayo tibio de sol, temprano y débil, que pugna en dura lucha con la
helada, alza su pobre fuerza. Apenas un impulso que se pierde en el aire, como
neonato murmullo de unos labios enfermos, ya casi apagados, que lo exhalan. Mis
ojos miran a lo lejos y descubren, sin encontrar la hoguera, un penacho de humo
que se eleva hasta alcanzar las copas de los árboles desnudos, extendidas al
cielo sus sarmentosas manos. Parecen elevar una plegaria y una súplica a lo más
alto, en nombre de los hombres que, ateridos de frío, se arrastran por doquier
maldiciendo su suerte y culpando siempre a otro de ella. Al fin, vislumbro una
zarza ardiendo… Es en ella en la que se ha albergado el fuego, que lanza
llamaradas fecundas y, a su alrededor los caminantes van tomando asiento a la
lumbre, para calentarse las manos, mientras se olvidan del corazón, que sigue
aterido entre la escarcha. Yo voy acercándome lentamente al fuego y, al llegar
a él, no los imitó… Más que mis manos, que también necesitan calor, prefiero
templar mi alma, sumergiéndola en las llamas, que, en su crepitar, parecen
entonar una eterna canción. Mientras, pienso en ello, me olvido de todo
formalismo métrico y un nuevo poema va llegando suave y dulcemente a mi
corazón:
Paseaba por el Parque que se encuentra enfrente de
mi casa, acariciando bajo mis pies las hojas caídas de los árboles, ya sin
color, deshilachadas y húmedas. No quería pisarlas. Ya habían soportado otras
pisadas, como para que yo incrementara por mi parte su dolor. Por ello, más que
caminar, casi me parecía sostenerme en el aire, como si un especial magnetismo,
venido del cielo, me mantuviese en vilo. De vez en cuando, me agachaba hasta el
suelo y recogía alguna de aquellas tristes hojas, poniéndola con cariño sobre
la palma extendida de mi mano, para lanzarla después con cierto impulso al
viento, por si acaso pudiera remontar el vuelo. Pero, aunque tan leve su peso, la
gravedad es ley tozuda. No cooperaba en nada el día, frío y lloviznoso aunque calmado,
sin que desde la Sierra llegase apenas ni una débil brisa. Las hojas, lanzadas
por mi mano a la nueva conquista del cielo, volvían al suelo sin variar unos
escasos centímetros el lugar en el que antes se encontraban, para seguir ocupando su
fúnebre destino, entre tantas otras. De pronto, al observar su ocre y macilento
color, recordé por contraste el brillante verde que ufanas vestían durante el
verano. Y fue entonces, cuando no pude menos de recordar con tristeza los
hermosos y profundos octosílabos de aquella inolvidable quintilla de Esproceda:
Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
las ilusiones perdidas,
¡ay!, son hojas desprendidas
del árbol del corazón.
Sin duda, no son pocas las personas que conocen y repiten
con frecuencia, muchas veces, esta quintilla, sin saber ni que lo es, ni
siquiera el nombre de su autor, aquel empedernido romántico de Almendralejo, ni
mucho menos aún que forma parte de una larga composición de versos, de
distintos tipos de estrofas, que el gran poeta español insertó en su
poema "Está
la nocheserena", del que forma parte. Él, se situó en
una noche serena, posiblemente tan calmada como este acontecer vespertino casi
crepuscular en el que yo paseaba, contemplando y recogiendo hojas. Pero la
escena, y la reflexión, sin duda eran las mismas. Y una ligera sonrisa, aunque
nadie pudiera advertirla, más bien amarga, a diferencia de las hojas caídas sí
que voló hasta mis labios. Puse la mano sobre mi pecho y pensé que eran ya
también demasiadas las hojas desprendidas de mi corazón. Aun así, continué
caminando, entremezclándome entre las hojas zaheridas por el frío y la
llovizna, y confundiéndome con ellas en una amorosa simbiosis. Entre las
caídas de los árboles, que me cobijaron bajo su sombre en el verano, y las
desprendidas triste y dolorosamente del árbol de mi vida, iba yo encaminando
mis pasos de regreso. Y entonces, como casi siempre ante estas hondas
situaciones, mientras caminaba, iba componiendo un Soneto, cuyos versos también
como tantas veces memorizaba al paso. Ahora mismo llego de mi paseo y ahora
mismo lo escribo, al menos para que él pueda permenecer:
A LAS HOJAS DE MI OTOÑO
Hojas caídas, que besáis el suelo,
y que por mí penáis y estáis llorando.
Volved de nuevo al viento, que volando,
vendrá otra Primavera desde el cielo.
Si no podéis ya más alzar el vuelo, os tomaré en mi mano suspirando, que en el estío -fuego derramando- vuestro manto tendió sobre mí un velo.
Hojas amigas, en las tiernas ramas llenas de juventud y de esplendor. Tuvisteis el vigor de mil retamas
hasta que, heridas, os faltó el
verdor... Y de un cadáver hoy sois sólo escamas, mas en mi pecho encontraréis calor.
Ya
pronto, desde mañana mismo, día 2 de Diciembre, en todo el orbe de la Iglesia
Católica, vamos a entrar en el Adviento. Con el Primer Domingo de Adviento, se
inicia un nuevo año litúrgico. La expresión adviento -ad ventus- significa
venida, llegada y, por consiguiente, también espera,
porque toda llegada implica necesariamente una espera. Se espera al que viene,
al que llega. Y el que ahora viene, y al que algunos esperamos -desde el
Domingo más próximo al 30 de Noviembre y hasta el 24 de Diciembre- es a aquel
mismo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, que quiso hacerse Hombre para
solucionar de esta única manera el dilema humano, el porvenir del hombre. El
Adviento, dura 4 semanas, y pueden observarse durante ellas, en su liturgia,
dos partes bien marcadas: La primera de ellas, desde este Primer Domingo hasta
el día 16 de Diciembre, tiene un acentuado carácter escatológico, previendo y
contemplando la venida del Señor al final de los tiempos, la Parusía. La
Segunda venida, porque Cristo Jesús ya vino al mundo, pero volverá a la tierra,
pese a que, quiénes decimos creer en Él, pongamos especial cuidado en echarlo
fuera de nosotros mismos. Pero, Él es infinitamente misericordioso y vuelve a
nuestro lado, una y otra vez. La segunda parte del Adviento, que se extiende
desde el 17 de Diciembre al 24 de Diciembre, la víspera de la Natividad del
Señor -la Noche Buena- se considera, o incluso se le llama, la "Semana
Santa" de la Navidad, y su fin es el de preparar más expresiva y alegremente
la venida de Jesucristo a la Historia, su inmersión Humana en el tiempo. Esto
es para creerlo, desde luego, pero, si se cree -y tan sólo es posible en virtud de la gracia de Dios- es el acontecimiento más
radicalmente absoluto y, al mismo tiempo, la Esperanza más radical y
concluyente. Es, en síntesis, el porvenir del hombre, de todo hombre que viene
a este mundo. Pero un porvenir dichoso y feliz, pese a cuantas calamidades y
tristezas diariamente nos acechan y nos hacen sufrir, especialmente la muerte.
Por
ello, a partir de hoy y durante cada una de las semanas siguientes, rendimos
honor y culto a la "Corona de Adviento", pese a tener este
símbolo su origen -como tantas otras costumbres cristianas- en una tradición
pagana europea, consistente en prender velas durante el Invierno, para que el
fuego del dios sol -ya ausente en esta época del año- regresara con su luz y
calor, durante esta fría estación. Los primeros misioneros, aprovecharon esta
tradición popular para evangelizar a las gentes. Pero, la Corona no es el único
símbolo, sino que, en sí misma, concurren otros muchos: La forma circular,
simboliza que el amor de Dios no tiene principio ni fin, como Él mismo. Las
ramas verdes, representan al color de la esperanza y de la vida. La cuatro
velas, quieren hacer pensar en la oscuridad provocada por el hombre, que nos
ciega y aleja de la Verdad, mientras que las tinieblas se disipan con el
encendido de cada vela -una cada uno de los cuatro Domingos- del mismo modo que
se fueron iluminando los siglos y el universo, con la cada vez más cercana
llegada de Cristo a nuestro mundo. El lazo rojo, por último, simboliza, tanto
nuestro amor a Dios como el amor de Dios que nos envuelve.
En
este momento, Señor, cuando el mundo entero padece tantos males corporales y
materiales, el hambre, la enfermedad, la atrocidad de las guerras -tan sólo
causadas por la voracidad de los humanos- y el crimen... Otros muchos aún
peores, los espirituales. Cuando los hombres, casi en masa, parecen haberse
olvidado de Ti, ven no obstante de nuevo. Ven, Salvador del Mundo, porque tan
sólo tu llegada puede corregir todos mis pasados errores; los que yo mismo he
cometido, por mi soberbia o por mi vanidad, y que han podido ser en otros la
causa de su ceguera o extravío; todo mi egoísmo, todas mis flaquezas y falta de
fortaleza, todas mis pasiones más oscuras y mi falta del verdadero amor. ¡Ven,
ven, Señor... no tardes! Te espero, te esperamos, porque sólo Tú puedes traer
el consuelo a nuestra aflicción y al dolor de nuestro espíritu. Sólo Tú puedes
ser el bálsamo, la dulzura, la comprensión, la presencia -íntima y amorosa- y
la compañía, para quiénes se ven obligados a soportar la aspereza, la amargura,
la intolerancia, la ausencia o la soledad. Te espero, Señor, en mí y, si por
desgracia así fuera, especialmente en quiénes siendo tan próximos estén quizá
tan alejados. O, tal vez, por extraña paradoja, en quién, aun en la lejanía más
distante, vive cada día dentro de mí. ¡Ven, Señor, no tardes... te esperamos! ¡Ven
pronto, Señor!