jueves, 11 de septiembre de 2014

EL “DERECHO A DECIDIR” DE CATALUÑA, NO EXISTE




CATALUÑA, CARECE DE RAZÓN HISTÓRICA,
POLÍTICA Y JURÍDICA, PARA SER UN ESTADO SOBERANO

No quisiera yo herir, ni en lo más superficial de la piel, a ninguno de mis amigos catalanes. Amigos sinceros y leales desde hace ya muchos años. Ni tampoco a los más recientes, que también creo tenerlos. No quiero ofender ni lastimar a nadie, pero tengo que decir mi verdad, la que creo haber llegado a alcanzar tras no pocas reflexiones y algunas experiencias testimoniales y muy concretas.

Y lo que deseo decir, según me parece más o menos exacto, es que eso que viene proclamándose por muchos catalanes profundamente amantes de Cataluña; por algún hipócrita, malicioso más que desorientado, nacido fuera de ella y, finalmente, también por los que no saben lo que dicen (catalanes o no), y que se concreta en la parca y simple expresión de “el derecho a decidir”, carece de todo fundamento. Tal expresión es un puro invento, sin la menor base. ¿Qué derecho es ese? ¿De donde emana? ¿Cuando y cómo nació y fue adquirido y por quién? Los derechos, ya sean individuales y subjetivos -en la esfera del Derecho privado y en cualquiera de sus dimensiones- ya puedan ser colectivos, en el orden del Derecho Internacional (que es el que rige dentro de la comunidad política de este carácter, y de lo que se pretende en el caso), en primer término y “sine qua non”, han de constituirse, o nacer, aunque posteriormente puedan modificarse, transformarse, novarse o derivar en otros y, naturalmente, también puedan extinguirse, morir. Incluso las expectativas de derecho, las situaciones intermedias, de vocación o llamada “hacia” el derecho, en las que un alguien, un sujeto, individual o colectivo, recibe esa llamada, también han de concretarse, plasmarse en convenciones o declaraciones de voluntad, no tanto solemnes y formales, como al menos determinantemente expresas. Y esto, no es demasiado opinable, sino que es así en el mundo civilizado actual, pese a que muchas veces puedan ignorarse, silenciarse o simplemente quebrantarse, saltarse “a la torera”, principios esenciales con el único argumento de la fuerza, que no es otra cosa sino el derecho de las fieras, o casi mejor podría decirse, en el sentido menos peyorativo, de las bestias. Y esto último, en absoluto es propio, mayoritariamente, del pueblo catalán, del que podrá decirse arbitrariamente lo que se quiera, pero nadie podrá decir que no es, muy en general, un pueblo especialmente civilizado y culto.

Ese pretendido derecho, el “derecho a decidir”, por parte en primer término de los catalanes, si Cataluña quiere y puede ser un Estado independiente y soberano, miembro como tal de pleno derecho de la comunidad política internacional, no existe. Radical y tajantemente, no puede existir, por la sencilla razón de que nunca ha nacido. Y no se pueden “inventar” los derechos, dentro de ninguna filosofía jurídica moral y racionalmente aceptable. Cataluña, no sólo es parte de España  -parte fundamental, digna de la mayor admiración y sobre todo, para mí, parte entrañable- sino mucho más. Cataluña es co-fundadora y constituyente de España y, en consecuencia, del Estado español o, dicho con mayor rigor, en el orden internacional, del Reino de España. Y lo que, en su día se constituyó, hace más de cinco siglos, no puede disolverse sin más. Cierto es que, de un modo más o menos similar o analógico, en el ámbito del Derecho privado la mayor parte de los actos, y de los negocios jurídicos de los que nacen situaciones determinadas, con sus consiguientes efectos, son revocables, rescindibles o resolubles, pero es rigurosamente necesaria la concurrencia de una causa de revocación, rescisión o resolución, contenida en una norma jurídica. De la misma manera, en la esfera del Derecho Internacional público, existen también normas e instituciones, nacidas o derivadas de las fuentes de tal ordenamiento, para que pueda producirse la disolución de un Estado, o la desmembración del mismo. Esto, desde luego, tampoco constituye ninguna atadura perpetua. Continuando con el símil, no ya los derechos, sino también las cargas, pueden terminarse, como se resuelven los arrendamientos, se extinguen las servidumbres o se redimen los censos. Por ejemplo, y viene muy a cuento, la rabassa morta, que no es más que un censo enfitéutico, pero para ello han de cumplirse los supuestos de redención que exige el moderno, abierto y secuencial Código Civil de Cataluña, emanado de la potestad legislativa del propio Parlament. Y otro tanto cabría decir de otras figuras o tipos de derechos de larga duración en el tiempo por razón de su propia naturaleza. Nada es ni puede ser eterno, pero todo debe y, en consecuencia, siempre ha de ser justo. La justicia, antes que una institución política y jurídica y un conjunto de órganos para que pueda ser declarada y ejecutada, es una virtud moral, que consiste en “dar a cada uno lo suyo” y el instrumento para que pueda realizarse y hacerse efectiva tal virtud moral es el Derecho. Todo, pues, ha de cruzar el tamiz que éste dispone, y no puede bastar, para alcanzar la posibilidad lícita y legítima de ejercitar ese pretendido y referido derecho, que tal pretensión tenga su base en el sentimiento, por muy acendrado y amplio pudiera ser éste. Los catalanes, cada uno de ellos, podrá sentir lo que sienta, porque en cuanto al sentimiento no es posible establecer norma alguna, pero de lo que carecen todos ellos juntos, si tal unanimidad pudiese ser alcanzada, es de la posibilidad lícita de ejercitar una facultad de la que ninguno dispone. Sería esto algo muy parecido a “el derecho a decidir” que se extinga la acción hipotecaria antes de cumplirse los veinte años para su caducidad, unilateralmente por parte del deudor hipotecario, porque así lo sintiese éste. Rectifico: No sería algo muy parecido. Sería algo mucho más grave.

No voy yo a abundar en la “letanía” en que incurren los políticos, los contrarios al propósito de celebrar la ya casi celebre “Consulta soberanista” patrocinada por el Honorable Sr. Mas. Los “referedums”  -podría y he estado a punto de escribir referenda, pero no quiero ser tan cursi-  son más bien propios de los regímenes dictatoriales y no de los Estados de Derecho. Mucho menos recurriré al indignante asunto que desde finales del mes de Julio pasado ocupa a todos los periódicos, porque, cualquiera pueda ser la verdad, ésta no añade ni quita argumento alguno, en un sentido o en el contrario, en lo que atañe a si Cataluña puede y debe ser un estado soberano. Los delitos cometidos por cualquier persona, a mí personalmente siempre me conducen al aforismo atribuido a Carnelutti, o bien a nuestra Concepción Arenal: “Odia el delito y compadece al delincuente”. Nada más. Porque pienso que los efectos de todo delito deben limitarse al sujeto individualmente responsable del mismo, y que ahí termina todo en lo que concierne a las colectividades a las que pertenecen los delincuentes, cualquiera sea el signo de las mismas. Ni los que negamos el pretendido derecho de Cataluña, ni los que lo afirman,  podemos ver reforzados ni disminuidos, respectivamente, nuestros argumentos básicos por el hecho  -de resultar éste cierto, según parece- y en consecuencia solamente el Sr. Pujol i Soley puede ser responsable  -prescripción aparte, lo que haría miserable y cobarde su autoconfesión-  de su reiterada conducta criminal, tan repugnantemente cínica como exorbitantemente dramática.

Tampoco apelaré yo a la vigente Constitución Española de 1978, que es la que nos rige y rige a Cataluña. No lo haré por muchas razones, algunas de las cuales no habrían de ser muy aceptables para los catalanes, ni lo son para mí, aunque para todos resulten difícilmente discutibles o cuestionables. Mis argumentos, históricos, políticos y jurídicos, alcanzan a varios siglos antes del año 1975, en el que desaparece la Dictadura del General Franco y se promulga, tres años más tarde, la vigente Constitución Española. Por eso, a título de mero recorrido histórico, podríamos partir del día 15  de Febrero de 1412, en que se otorgó la Concordia de Alcañiz, reunidos en esta ciudad los representantes de la Generalidad de Aragón, y en Tortosa los de la de Cataluña. Los de Valencia, se reunieron en otros dos lugares, y Mallorca no estuvo presente. Este Tratado fue el frontispicio y puerta de otro más definitivamente transcendental, el Compromiso de Caspe, celebrado en 25 de Junio del mismo año,  por el que, Aragón, Valencia y la propia Cataluña, con la única ausencia de Mallorca, determinaron libremente, y sin intervención alguna de nadie más, que, muerto sin descendencia el Rey Martí el Humà, el 31 de Mayo de 1410, sería Rey Fernando de Antequera, un Trastámara castellano. “Item, los ditos diputados, sindicos et procuradores del dito parlament de Aragon et los ditos embaxadores, sindicos et procuradores del dito principado de Cathalunia, por ellos e por sus aderentes et aderer querientes firmorum et otorgorum…! Etc. etc.

Si el esencial principio “pacta sunt servanda ”, obliga a cumplir todo contrato, mucho más obligan aún los Tratados, digamos “internacionales”,  de conformidad con el artículo 26 de la Convenciones de Viena de 1969 y 1986. ¿No pretende el Sr. Mas, que Cataluña ingrese en la Unión Europea? ¿Qué es eso de que la Historia y el Derecho no significan nada? Claro que significan. Lo son todo. Lo que no puede significar nada, en orden al fin que se pretende, son las cadenas trenzadas de manos, clamando al cielo, por muy pacíficas y civilizadas sean, como tampoco sería razonable, sino una barbaridad, que la División Acorazada del Ejercito de Tierra, apoyada por el del Aire y por la Armada, se viesen obligadas a intervenir en Cataluña. Por mucho también que al mencionado Honorable señor no le parezca posible, o alguno de mis buenos amigos se le ocurra pensar que hoy el Estado de esta España democrática y autonómica, carece de los efectivos humanos  -dado que, desaparecido el servicio militar obligatorio, la mayoría de sus soldados son “bajitos”-  y los materiales precisos para poder ser eficaz al respecto. Claro está que los recursos militares disuasorios son más que suficientes, por mucho que no lo parezca. Y naturalmente que se usarían, como se usaron cuando, el día 6 de Octubre de 1934, don Lluis Companys proclamó el Estado catalán.

El matrimonio de Ferran II de Aragón  -y de Cataluña-  con Isabel I de Castilla, sin solución de continuidad, y de tradición comúnmente gloriosa hasta aquel Borbón francés llamado Felipe V,  selló y cerró para siempre la posibilidad de desmembrar lo que tantos esfuerzos comunes costó unir y representó para todos, pese a lo que, en 1700 nos deparaba el destino. Pero la Diada, es también de todos, no sólo de Cataluña, porque todos también podríamos sentirnos históricamente agredidos por aquel francés, y maltratados por la preterición  del Archiduque Carlos de Austria, Rey de Hungría y Bohemia, de Cerdeña, Nápoles y Sicilia, para la instauración artificial de la “peste borbónica”. Todos los españoles, no sólo los catalanes. Nadie tiene la culpa de eso. Ni el propio Rey Fernando, el Católico, un Príncipe real, de verdad, cuya conducta política inspiró la famosa obra a Niccolò dei Machiavelli, tan celebrada por todos los filósofos sociales y politólogos, de su época y de todas las demás épocas. Aún hoy mismo, sigue siendo frecuente en muy diferentes autores la creencia de que la figura de Fernando el Católico  -un catalán co-fundador de España-  sirvió de inspiración a Nicolás Maquiavelo para escribir “El Príncipe”. Y esto, tampoco puede tener vuelta de hoja. Lo que pasó, o ha ido pasando, en el transcurso del tiempo, puede tener, en sus errores  -que sinceramente me parecen también recíprocos- la reparación necesaria, sin duda asimismo posible, pero en modo alguno puede inventarse el exorbitante y estrambótico “derecho” a destruir un Estado, porque ello está radicalmente en contra del propio Derecho Internacional, y de las normas jurídicas que éste establece.

La Dictadura, en España entera, del General Franco, fue injusta y realmente oprobiosa para todos, no sólo para los catalanes, aunque inicialmente hubiese sido necesaria, y por tanto, también, en su origen, más que justificable, contra la barbarie y el caos. Desde luego para Cataluña, lo fue de un modo especialmente sangrante, hasta constituir, durante la mayor parte de tan larga etapa, un verdadero genocidio cultural. La prohibición a los catalanes de usar su propia lengua, constituyó un delito execrable y canallesco porque resulta intrínsecamente inmoral y contra natura prohibir a las personas hablar en la lengua que les hablaron sus madres en la cuna. Yo no he sufrido esa sacrílega profanación y, en consecuencia, no puedo saber hasta qué punto pudo ser lacerante, tanto para las madres como para los hijos. Pero, quizá, aún fue más doloroso para los catalanes que los demás españoles, por pura ignorancia  -quiero pensar, en la mayoría de los casos y de las ocasiones-  despreciasen esa noble lengua hermana e insultasen tan gravemente a sus conciudadanos de Cataluña lanzándoles al rostro aquella salvaje expresión, que casi me avergüenza reproducir, de “habla en cristiano”. ¿Acaso no era tan “cristiano” el catalán como el castellano? ¿No será más rica y culta una nación, aunque sean varias, o el Estado en que se organiza, o se organizan, cuantas más lenguas se hablen dentro de sus fronteras? Sin duda jamás se pararon un segundo a pensarlo, tantos energúmenos analfabetos como aún sin duda persisten, quejándose encima de que en Cataluña, o fuera de ella, los catalanes hablasen en catalán. ¿Pues no era lo más natural del mundo? En España, coexistieron siempre diversos pueblos y cada uno de ellos hablaba su propia lengua. Bastaba ya con que, por circunstancias de la Historia, una de esas lenguas hubiese terminado siendo la oficial del Estado, pero no por ello podían dejar de ser, el catalán u otras lenguas peninsulares, las propias de las colectividades que de modo natural las hablaban. Debo confesar también, con total vergüenza, que a mí mismo, a mis oídos castellanos, pese a ser yo leonés, el oír hablar en catalán no me resultase nada eufónico, lo cual es algo naturalmente inevitable, pero sí pido perdón humildemente por haberlo dicho, e incluso por haberlo escrito en alguna ocasión, creo recordar que en este mismo humilde Blog. En todo caso, la lengua, por importante resulta, no un es factor determinante, como tampoco pueden serlo la religión ni las costumbres, para la constitución de un Estado soberano. En Suiza  -en la Confederación Helvética-  se hablan hasta cuatro lenguas y en Bélgica, dos. El caso de Bélgica puede resultar especialmente significativo, en cuanto Estado totalmente “inventado”, cuyo único fin, o el fin esencial, es el de que los balones, que odian a los flamencos, pero mucho menos que a los franceses; y, a su vez, los flamencos, que recíprocamente odian a los balones, pero mucho menos que a los alemanes, pueden convivir juntos en un único Estado. En un Estado, no sólo de Derecho, sino cultural y tecnológicamente muy desarrollado, económicamente muy próspero y feliz, dentro de un gran bienestar social. Solamente por esto, Bélgica, que dicen reúne ahora un gran equipo “nacional” de fútbol, merecería haber ganado esta última Copa del Mundo que recientemente se disputó en Brasil. En todo caso, resultaría no sólo cómico, sino muy trágico, que mientras los que son mucho más desiguales, se unen, los que somos mucho menos distintos nos separásemos.

¡La autodeterminación! La doctrina internacional del Comité de los Veinticuatro de las Naciones Unidas, para la Descolonización. ¿Todavía no da vergüenza hablar de tal cosa? ¿Acaso Cataluña fue colonizada en algún momento, por nadie, como el Congo, Tanzania, Tokelau, Samoa o Islas Caimán? ¡Qué disparate tan mayúsculo! Únicamente propio de ignorantes. Ni hace falta el menor comentario. Menos aún, si cabe, es posible establecer comparación alguna con lo que ahora mismo se pretende en Escocia, porque resultaría aún más disparatado.

Decía Jaime Balmes (Jaume Llucià Antoni Balmes i Urpià),  aquel gigante del intelecto y el espíritu, gran catalán, sin dejar nunca de ser un gran español, inserto en Madrid en la política española, como servicio a España, Catedrático de Matemáticas, y de acendrada y rigurosa formación científica y filosófica, tomista único entre todos, que mereció ser llamado por el Papa Pío XII “Príncipe de la Apologética moderna”, decía Balmes, que Cicerón acertó con la más admirable definición, cuando dijo que la libertad  consiste únicamente en ser esclavo de la ley. “Trastornad ese orden  -sigue diciendo Balmes-  y mataréis la libertad. Suprimid la ley y reinará la fuerza; quitad la verdad y entronizaréis el error; abandonad la virtud y encontraréis el vicio. Sustraed el mundo a la ley eterna, que abarca a todo hombre y a toda Sociedad y no quedará ya nada sino el dominio de la fuerza bruta”. ¡Con qué eco tan profundo suenan hoy en toda España, las palabras de aquel sabio y honesto hombre! Dios quiera que al fin terminen sonando aún con más fuerza en toda Cataluña, su patria, que por ser también España debe ser asimismo patria de todos los españoles.

Luis Madrigal



miércoles, 3 de septiembre de 2014

CUESTIÓN DE SUMA URGENCIA



LA VERDAD RADICAL DEL SER HUMANO

Habitualmente, estoy esperanzada y gozosamente persuadido de encontrarme dentro del grupo  -grande o pequeño-  de personas para quienes Dios constituye, el bien  -sólo el bien y todo el bien-  como decía Francisco de Asís, aquel hombre tan rico que voluntariamente quiso ser pobre, para poder ser rico de verdad. Estoy persuadido además, y precisamente por ello, de que Dios es la verdad suprema de todo ser humano. La causa de la causa, o causa radical en la que se apoyan todas las realidades. El ens realisimum, que buscaban los filósofos pre-socráticos. O mucho mejor dicho, aunque parezca contradictorio, la causa sin causa. No quiere decir esto, lamentablemente, que en ocasiones concretas deje de acudir a mi mente la aniquiladora sensación de la duda. ¡Son tantas las cosas inverosímiles que me han contado acerca de Dios, muchas de ellas muy posiblemente flagrantes y estúpidas mentiras, que se hace sumamente difícil creer en algunas, tal cual se dice sucedieron en la Historia. Por fortuna, de una parte, no son demasiadas las veces que esto me sucede y, por otro lado, mucho más que una idea  -la de la eterna ausencia de Dios-  se trata de una mera sensación psicológica, o de una impresión sin ningún fundamento ni base razonable para ser acogida. Eso sí, altamente perturbadora e inquietante.

Digo “razonable” con toda propiedad y en el sentido más genuino y profundo de esta expresión. Porque, sin Dios, no sólo me parece imposible la existencia de todo cuanto existe sino, sobre todo, absolutamente absurda. Todo lo que llamamos “el mundo”, el cosmos geobotánico y sideral y muy en particular la vida humana carecería de todo sentido sin Dios, dada la transitoriedad y finitud de los humanos sobre la tierra. Y es tan sumamente difícil, para mí, aceptar que todo cuanto existe  -evolución aparte-  se creó a sí mismo, por casualidad, que  decididamente apuesto por una creación teleológica, para un fín, en lugar de dejarme llevar por la la absurda duda de la nada para nada. Posiblemente, en la más pura dimensión existencialista heideggeriana, Dios no existe, pero es. Necesariamente tiene que ser, del mismo modo que sólo y únicamente puede existir el ser humano, o que las cosas corporales del mundo exterior, todas ellas, ni tan siquiera pueden existir, ni por tanto llegar a ser. Mi racionalidad  -y el sentido “razonable” de mi persuasión de la esencia divina-  no es más que el más puro y primario instinto de mi naturaleza de ser racional. Si encarno y constituyo este tipo de ser, el de ser racional, no tengo más remedio que razonar. Y yo, razono así, sin la menor influencia ni injerencia pre-existente, según me parece, de nada ni de nadie: Sin Dios, nada hubiera sido ni sería posible. Por eso, tengo casi acuñada para mí mismo otra afirmación: Mi primer acto de fe, es un acto de razón. En principio, esto es así. Sin mi razón, no puede haber Dios, pero Dios transciende infinitamente la razón humana y puede obrar en mí el prodigio de la fe en Él, única y exclusivamente por su infinita misericordia. En esto consiste “la gracia de Dios”, concepto tan ausente, según me parece, en la catequética de nuestros días, a diferencia de otros tiempos pasados en los que los tratados teológicos sobre la Gracia, eran abundantes. Dice San Pablo que la Fe entra por el oído y la Teología afirma que por el sacramento del Bautismo, en unión de la Esperanza y del Amor. Posiblemente, pareceré yo un presuntuoso, rayano en la blasfemia, por corregir a San Pablo, y hasta posible reo de excomunión, por hereje, pero estoy asimismo persuadido de que la Fe es fruto exclusivo de la gracia de Dios. Él es el único que se manifiesta a cada hombre, cuando y como quiere, invitándole a creer y sobre todo incrementado su fe. El propio Saulo de Tarso podría ser un ejemplo al respecto. Sin mi razón, sería muy difícil percibir a Dios, estar persuadido de su esencia, pero sin su gracia, sin la gracia de Dios, es absolutamente imposible penetrar en Él, en esa misma Esencia y en el impenetrable misterio que le rodea y encierra. No me parece posible tomar conciencia -y mucho menos aún experiencia- de Dios, sin su gracia, sin su intervención y acción directa sobre mí. Ya sé que, a su manifestación, he de dar respuesta; he de tener la fuerza o la habilidad o la sutileza, en suma la generosidad, de responder con mi conducta a lo que Dios me dice o me pide. Y mucho siento tener que confesar que, en mi apreciación personal, aunque ésta sea torpe, a mí, Dios nunca me ha pedido nada especial. No quisiera blasfemar tampoco  -ahora mucho menos-  pero debo ser para Él muy poca cosa, simple “madera bautizada” o tal vez, lo más probable, excesivamente egoísta, encerrado dentro de mí mismo, y por ello no le dejo que verdaderamente entre en mí. Pero eso que llamamos “yo”, es insignificante. Lo que hace pensar, hasta el punto de no poder comprenderse, según me parece, es la conducta de tantos seres humanos como han entregado y entregan ahora mismo años enteros de su vida y hasta la vida entera, inmolándose, y no para quitársela al propio tiempo a otros, cargados de dinamita u otros explosivos, o con el fin primordial de privar a los demás de ella, sino para salvar la de sus hermanos los hombres, única y exclusivamente por amor a Dios, del que todos ellos son hijos. De ese Dios, al que siguen tantos seres humanos heroicos, es del que estoy yo persuadido y del que me parece es la verdad radical del hombre.

Ciertamente, ningún ser humano, individualmente, aun siéndolo todo para Dios, es nada para los demás hombres, ni para las sociedades, culturas o corrientes de pensamiento, ya sean estas últimas mayoritarias o no. Verdaderamente, si Dios es en sí un misterio, me parece también otro el por qué cada hombre reacciona o forma su pensamiento y criterio acerca de Él de modo tan diametralmente opuesto. Si antes he dicho que “sin mi razón no puede haber Dios”, el pensamiento contrario consiste en afirmar que, con la razón, es imposible que lo haya. En realidad, no es este aserto atribuible propiamente a la razón, sino a la gran conquista humana: la Ciencia. Para quienes no conciben ni están persuadidos de la esencia de Dios, parece ser que es la Ciencia quien se lo impide. La Ciencia, es la verdad. Dios, tan sólo puede ser “el opio del pueblo”, o a lo sumo una deformación o subdesarrollo de la mente humana, pero lo cierto  -según ellos-  es que sólo es verdad lo que se demuestra, y no es posible científicamente demostrar la realidad que algunos decimos es Dios. No hace muchos días, me encontré con un muchacho universitario, a quien quiero mucho, de verdad. Es estudiante de Física, la ciencia de la materia, muy respetuoso conmigo y pienso que con todo el mundo, pero no por ello se abstuvo de afirmar que la inteligencia humana, la capacidad de razonar hasta la descomposición de la  partícula por aceleración o el hallazgo de la mecánica cuántica, no se debe a otra causa sino a la de que el ser humano, por razón de las leyes de la evolución darwiniana, ha podido obtener un muy superior desarrollo de su cerebro al de todos los demás monos. 

Sin embargo, por un lado, la realidad de la materia, no es la única realidad. Hay otras muchas realidades no materiales, sino específica y propiamente espirituales. Incluso, en el propio orden del espíritu, o del intelecto, o del cerebro en el que reside la inteligencia,  se dice ya hace tiempo no cabe hablar de unidad, o más bien de uniformidad.  No hay una sóla clase de inteligencia. A los factores N y V, para la determinación del coeficiente intelectual, el C.I., se añadían ya otros tipos de inteligencia, la creadora, artística o musical, por ejemplo. Y últimamente viene circulando la teoría de que existen hasta 7 tipos diferentes de inteligencia.

Por otra parte, lo esencial de la realidad, no es su “demostrabilidad”, el hecho de que una realidad, una verdad, pueda ser demostrada para poder ser considerada como verdad irrefutable. Eso no puede ser necesariamente y en todo caso lo esencial, en orden a la existencia y mucho menos a la esencia. No puede ser, sensu contrario, la “prueba del nueve” de la operación de dividir, ni mucho menos la “prueba del algodón”. La demostrabilidad, podrá ser base de la Ciencia, y por ende de las realidades científicas, pero no de todas las realidades que pueden, no ya existir, sino ser.

En el año 1973, la Editorial Ariel, en su colección “Ariel Quincenal”, publicó en España, la traducción (con estudio preliminar de José María López Piñero), de la obra del Profesor norteamericano de la Universidad de Yale, Derek J. de Solla Price. El Profesor Price, físico e historiador, prospectó en esta obra la teoría, con numerosos apoyos estadísticos, de lo que se llamó la “ciencia de la ciencia”. ¡Qué ocasión malograda para al menos intuir, no solamente los límites entre lo que Price llamó Pequeña Ciencia y Gran Ciencia, sino la consistencia y objeto propios de esta última! Porque, sin duda, todo lo que las ciencias positivas han descubierto, siguiendo el rígido principio capital de que únicamente es verdad aquello que se demuestra, y las tecnologías derivadas de aquéllas han concretado en un sinfín de objetos de utilidad, pese a ser esta suma, no deja por ello de hallarse circunscrito al ámbito de la Pequeña Ciencia. Permanece pendiente el gran hallazgo, el de aquellas verdades que, sin dejar de serlo, no se pueden demostrar. La Gran Ciencia sería aquella que alumbrase esas verdades. 

¿Acaso no puede haber realidades indemostrables? Verdades imposibles de demostrar, pero que no por ello pueden dejar de ser verdades. De hecho, no por desconocidas durante siglos dejaron algunas de serlo. No se convirtieron en verdad, o fueron más verdad a partir de su descubrimiento que cuando se hallaban ocultas. Me dijo un médico neurólogo, hace ya años, que nuestra única esperanza, la de quienes creemos en Dios, era la del camino trazado por la moderna Bio-Neurología, que trataba de demostrar el carácter extra-cerebral del alma. Confieso que me causó una honda impresión, pero tampoco puse en ello mi fe. Ya entonces pensaba que la mayor, las más absoluta, infinita y eterna realidad indemostrable, imposible de ser alcanzada por la Ciencia, es Dios. El argumento es sumamente sencillo: Si Dios pudiera ser inteligible, comprensible y comprendido por el ser humano, explicado en las Universidades como se explican los fenómenos físicos,  las leyes que los rigen y las propiedades de la materia,  ya no podría ser Dios. Esto, lo descubrió ya hace algunos siglos un filósofo, Enmanuel Kant, cuando afirmó que si Dios estuviese patente, el hombre no podría haber sido libre. Y por eso, sólo por eso, para que el hombre pueda ser libre, Dios está latente, pero está. No existe, es cierto, porque tan sólo puede existir el hombre, y ni Él ni las cosas existen, pero es. Y es eternamente, sin tiempo y sin espacio, sin principio ni fin. Algunos seres humanos, no creen en Él. Son libres. Otros, sí creemos, y también  somos hijos de la libertad. A todos nos ha sido dada la luz, la gracia de Dios, en mayor o menor medida. Por ella creo yo, pero también porque quiero creer. Todos, unos y otros, creemos o no creemos porque queremos o porque no queremos creer. Personalmente, no puedo admitir que nadie no crea por causa de la Ciencia, porque se lo impiden las ecuaciones, las conclusiones de Darwin sobre la evolución de las especies o las de Steven Hopking sobre el Bing-Bang y el universo en constante expansión o la formulación matemática de Dirac y von Neumann sobre los estados de un sistema cuántico. 

Yo creo en Jesús de Nazaret, el Enviado del Padre. El Hijo de María, una mujer de mi propia raza, de la que tomó carne humana  -en y de Ella- para ser mi Hermano y que, por amor, tan sólo por eso, padeció la Muerte. Tras ella, gloriosamente resucitó, para que yo pueda resucitar también en el mismo momento de mi propia muerte, y no pasados ni se sabe cuantos siglos  -en "el último día"- hasta que suenen las trompetas en el Valle de Josafat. El tiempo, una de las coordenadas de Einstein, no es nada para Él. Yo lo creo a través y por medio de la Revelación Divina, integrada por la Escritura y por la Tradición apostólica. También  -no lo niego-  porque me lo dijeron mis padres. Lo creo, por último, por mí mismo y porque quiero creerlo. Porque me da la gana, como decimos en España.

Dulce Jesús de mi niñez, Niño como yo era entonces, Redentor de mis hermanos los hombres, hijos tuyos también, ten Misericordia de todos nosotros. ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!

Luis Madrigal





sábado, 23 de agosto de 2014

SÉPTIMA SERIE DE SEGUIDILLAS



DOS ROSAS PARA ALMAS VENCIDAS


Me levanto temprano
por la mañana
para ver desde un puente
correr el agua.

II

Agua que corre lenta
hacia el molino
para moler el grano,
si el grano es fino.

III

Si además es de trigo,
pan blanco y recio
a los cuerpos cansados
traerá el anhelo.

IV

A las almas vencidas,
junto a una rosa,
llevará mil suspiros
y olor a otra.

V

Una rosa de luz
que embriague calma
y otra, roja de fuego
que abrase el alma.


Luis Madrigal


Las Navas del Márques (Ávila)
23 de Agosto de 2014

viernes, 22 de agosto de 2014

UN NOMBRE VIRTUOSO





PRUDENCIO


Hace ya algunos años, retiré de este mismo Blog, como quien cumple con un deber y al mismo tiempo causa una alegría a otra persona, el texto que hoy vuelvo a publicar, porque, al releerlo, entre una cierta sonrisa, me ha parecido que a estas alturas ya no puedo ofender ni maltratar a nadie. Le decía yo mismo entonces, a una buena amiga, que "Prudencio" es un nombre magnífico, sobre todo para hacer honor a él. Porque ya se sabe que, algunas personas, que se apellidan "Calvo", poseen una nutrida mata de pelo y, otras cuyo apellido es "Izquierdo", en lugar de ser más rojos que un pimiento, son lo que los propios rojos llaman "fascista", sin saber exactamente qué quieren decir, porque ya es casi universalmente sabido, a su vez, que esta gente tuerta del ojo derecho todo cuanto ve, lo mira con el de su propia siniestra tendencia. El caso es que, si alguien, además de llamarse "Prudencio", es verdaderamente prudente, nos hallaremos ante un hombre  -o una mujer-  virtuoso, porque la Prudencia, sin llegar a ser una virtud teologal, sí que es una de la cuatro virtudes cardinales, en unión de la Justicia, y además de la Fortaleza y la Templanza. Por eso, es muy importante ser prudente, aun no llamándose "Prudencio". En el orden estrictamente moral la Prudencia es aquella virtud en virtud de la cual  -cuando se posee- se ordena todas las acciones al bien, al debido fin, y para ello busca los medios convenientes de modo que la obra sea buena en vez de mala, y por tanto, agradable a Dios. En un orden más humano y temporal, aunque en íntima relación con la Justica  -que es la virtud de dar a cada uno lo suyo-  qué no decir también de los juris-prudentes, y que en la vieja Roma fueron los que cultivaron la prudentia iuris, el arte de saber elegir, antesala de los jurisconsultos, a quienes el Emperador Augusto otorgó el ius publice respondendi, o potestad de responder, ex autorictatae eius, a determinadas preguntas, precisamente por razón de ese arte, prudente y virtuoso, basado en la iustitia y en la utilitas, para dar solución a los problemas prácticos de la vida cotidiana. Esencialmente, ello ha dado lugar en nuestros días a la llamada Jurisprudencia moderna, que no es otra cosa sino la manera reiterada y constante de interpretar y aplicar la Ley, no por cualquier Juez, o "jueza" de tres al cuarto, como con suma barbarie hoy se dice  -y se hace, que eso es lo peor-  sino por el Tribunal Supremo, y tampoco por ese otro "tribunal", nido de malvendidos a las canalladas y a los canallas de la política más espuria, que en España llaman el Tribunal Constitucional. De esto último, mucho mejor ni hablar. Y la Jurisprudencia es, a su vez, nada menos que una fuente del Derecho, en defecto de la Ley. Sin embargo, pese a todo lo dicho, a mí desde luego no se me ocurriría nominar a nadie, -y nunca mejor utilizado este término con auténtica precisión-  imponiéndole el nombre indicado. No como se dice en esos bastardos y depravados concursos de la TV, en los que dicen "nominar" a cualquiera  de las mujeronas, rapazuelas o rufianes que en ellos concursan. Porque exactamente "nominar" no significa ser candidato a alguno de los "terribles suplicios" con los que se condena en tales repugnantes concursos, sino precisamente lo que ya he dicho, imponer nombre a una persona. No, no se me ocurriría, en nuestros días (y pido perdón por ello a quien haga falta), llamar "Prudencio" a ningún ser humano. Mucho menos aún, “Prudencia”, pese a tratarse de una virtud cardinal, a ninguna mujer, si ese fuese el caso. Naturalmente, a quienes guste llamarse así, por mí no hay inconveniente, antes al contrario, mi más cordial felicitación y que disfruten muchos años su nombre y, sobre todo, que hagan siempre honor a él.

Tampoco hay que olvidar el hecho de que Aurelius Prudentius Clemens (Calahorra, 348 D.C.), aunque algunos piensan que no nació en Calagurris, sino en Caesaraugusta, es el poeta hispano-latino tal vez más grande de esta época. Profesor de Retórica y también jurisconsulto, se dedicó a la Literatura los últimos años de su vida. Este gran hombre, poseía también una gran erudición tanto en el conocimiento profundo de la Sagrada Escritura, como en general en el ámbito de la cultura clásica, hasta el punto de estar considerado como uno de los mejores poetas cristianos de la Antigüedad.

Pero, ni éste glorioso poeta latino ni algunos otros, ya sean poetas, médicos o futbolistas del Real Madrid, como aquel "Pruden", que por cierto era a su vez las dos últimas cosas (¡qué tiempos aquellos, en los que los futbolistas, además, eran médicos!) son los mismos, sino "otros Prudencios", como eran "otros Pérez" aquellos con los que, a decir de Marañón, pretendió enlazar genealógicamente el famoso Secretario de Estado de Felipe II, para propiciar su hidalguía y limpieza de sangre, eludiendo así toda sospecha de descender de judíos conversos. No son los mismos "Prudencios", porque hay "Prudencios imprudentes", que aun no siendo descendientes de judíos, ni futbolistas, además de impertinentes y ridículamente necios, causan la impresión, no sólo de poseer un bajíismo nivel de instrucción, sino de no enterarse de lo que leen, al confundir, digamos  -en buen castellano, aunque ya algo añejo- "la velocidad con el tocino", formulando comentarios estúpidos, sin haber entendido nada de nada. Y estos "Prudencios", también tienen un Blog, como yo mismo, que desde luego, también como quizá el mío propio, son de los que le harían un gran bien a la Humanidad si desapareciesen para siempre. Tengo que insistir. Me permito recordar a todos estos “Prudencios” que su verdadero sitio y lugar no está en el mundo de los Blog, en lo que estos pueden significar un ámbito propio de la Literatura, -aunque de opaca procedencia, de extenso alcance-  sino en el de las llamadas "redes sociales", donde podrán soltar sus simplezas a placer. Y, como también -parece ser- se pueden llenar esos lugares de colorines y fotos de artistas de cine, no deben albergar el temor a no poder publicar las hechas en la playa y hasta posiblemente en compañía de su nuera o de su cuñada. A las cuñadas, a alguna Cuñada hay que tenerle siempre presente, por mucho que contraríe y moleste. Naturalmente, son sitios distintos. Por eso, creo yo, cada cual debe estar en su sitio. Como debió hacer aquel señor que se llamaba "Prudencio". Es un decir.


Luis Madrigal


En las imágenes de arriba, las Cuatro Virtudes Cardinales. De izquierda a derecha, Prudencia, Fortaleza, Justicia y Templanza

Más abajo, el Emperador Augusto, que otorgo el ius publice respondendi
a los iuris-prudentes. Jamás lo habría hecho a los
Jueces de lo Mercantil, al menos en España

jueves, 21 de agosto de 2014

UNA LUNA SIN CIELO



ES UNA UNA LUNA FALSA

La fotografía que precede, a mi parecer, es una de esas imágenes "de plástico", que nada parecen tener que ver con la realidad. Creo recordar ahora que nunca me gustaron este tipo de productos almibarados, precisamente porque la realidad es mucho más amarga y, sobre todo, porque parecen hechos a la medida de almas tan falsas, o tan simples, como la propia imagen que tratan de reflejar. Sin embargo, tan sólo hace unos días, tuve la ocasión de contemplar la luna en su fase más plena, justamente cuando de pronto surge en el horizonte con toda su majestad. Entonces no es de plata, como en esta imagen de referencia que he encontrado en uno de esos basureros del arte, tan prolijos e insulsos, como pueden hallarse en Internet. Tengo la casi seguridad absoluta de que su autor se auxilió para fabricarla de alguno de esos programas informáticos de retoque fotográfico, o incluso de los que hacen surgir, por arte de magia, cosas que no existen. En las noches de plenilunio, la luna es de oro del máximo número de kilates posible. Imposible por ello, casi, de captar con una cámara fotográfica. Por eso, yo me abstuve de intentarlo, limitándome a observarla, mientras admiraba todo su divino esplendor.

Ayer noche, ya no había luna llena en el cielo. Incluso creo que ni había luna o, al menos yo no puede encontrarla en el firmamento nocturno que tenía a mi alcance. Ello me hizo pensar por un momernto en Lewis Carrol, no porque éste, que yo recuerde, se refiera a la luna, en su fantastico y maravilloso mundo, pero sí (quizá porque Charles Lutwidge Dodgson era matemático y lógico), a los ojos de los gatos, esos misteriosos animales, que parecen saberlo todo sin decir nunca nada. Carrol, aunque implícitamente, invita a pensar no sólo en la idea de un gato sin ojos, sino  -lo que es mucho más misteriosamente abstracto- en unos ojos sin gato. Y en eso, más o menos, estaba pensando yo anoche. En una luna sin cielo, mucho más que en estas lunas, como la de la imagen precedente, sin duda lunas acarameladas y falsas, que tanto abundan, entre otros esperpentos, en las más cursis imágenes que facilita Internet. Ya hay que tener un gusto "especial", o una piel cuidada con polvos de talco, para atreverse a utilizar tales productos. Yo hoy me atrevo, tan sólo para recordarme a mi mismo que siempre es necesario huir de lo artificial, tratando de concentrar nuestras escasas luces en la verdadera luz de la luna, cuando en las noches de verano  -en algunas de ellas-  ilumina los campos que durante el día son tan verdes.

Luis Madrigal

Las Navas del Marqués (Ávila)
21 de Agosto de 2014






miércoles, 20 de agosto de 2014

NO ES EL ESTILO, ES EL SENTIMIENTO



SOM UN SENTIMENT

Pude observar anteayer en las gradas del Nou Camp, el grandioso estadio del Club de Fútbol Barcelona, una pancarta que inmediatamente llamó mi atención. Lo de menos, para mí, en esta ocasión, era el fútbol y el partido que se disputaba entre el club catalán  -que, según su propia tarjeta de presentación es mucho más que un club-  y el León F.C., de Méjico, último campeón de la Liga azteca y, según pude oír, de muy brillante participación en la Libertadores, que congrega a la flor y nata futbolística de lo que Francia tanto pugnó, hasta conseguirlo, que se llamase “América Latina”. Insisto: Lo menos relevante era el fútbol y el partido. Lo que me hizo meditar fue la pancarta. “Som un sentiment”, decía la misma. Esta afirmación, ni era agresiva ni a nadie podía herir, ni mucho menos era tan ridícula como, en otra ocasión, en el mismo escenario deportivo, aquella de contenido como mínimo irreverente, si no sacrílego, “Dios existe y es brasileño”, alusiva a aquel futbolista tan feo pero de excelentes aptitudes futbolísticas, que se llamó y creo aún se llama o llaman “Ronaldinho”. En esta ocasión, no. El contenido de la pancarta proclamaba algo de suma nobleza, porque el sentimiento, por amor a algo, o de algo de lo que está repleto el corazón, en uno de los más nobles impulsos. El amor, a diferencia del odio, que siempre es perverso, es también siempre la más alta cota del espíritu que podemos albergar los humanos, porque eso ya es huir de la materia, objeto substantivo y formal -como ciencia- de la Física, y al mismo tiempo, sin ninguna contradicción, substancia torpe y muy alejada de la verdad más radical de todas las verdades, por mucho presuman de ello los que no aceptan  -porque no quieren-  otras realidades radicales, muy superiores a la materia. Por eso llamó mi atención aquella pancarta y desde luego, también mi adhesión. El sentimiento -mucho más que el estilo, como pretendía Buffon- “es el hombre”. Yo, también soy un sentimiento, pensé. O no seré nada, pienso ahora.

Es muy posible, por no decir seguro, que lo que proclamaba la referida pancarta del Camp Nou fuese algo extra-deportivo, y no tanto porque el F.C. Barcelona, como asegura asimismo el rótulo que muestran sus graderíos cuando se encuentran desnudos de espectadores, sea “mes que un Club”, sino porque tanto la pancarta como el rótulo de las gradas no son la causa sino el efecto de lo que proclaman. Aún así, personalmente yo me adhiero con respeto y hasta con cariño al sentimiento proclamado, sin perjuicio de cuantas puntualizaciones, también a mi juicio, resultan objetivamente pertinentes. No digo esto ahora, más que mediado el mes de Agosto, como pretexto  -nunca mejor dicho-  de lo que intuyo voy a decir, si Dios quiere, en este mismo humilde Blog, el próximo 11 de Septiembre, “Día de Cataluña”. Creo que en absoluto resultan incompatibles y menos todavía contradictorios, el “pre-texto” -este mismo que ahora escribo- y el texto que haya de surgir de mi más honesto parecer subjetivo el referido y ya casi inmediato “Día”. También esta confusa jornada es puro sentimiento para los catalanes y para algunas otras personas, entre las que me incluyo, de sentires y sobre todo de criterios objetivamente austracistas, aunque ya estén muy pasados de época, tras el transcurso de más de tres siglos. Prefiero también decir esto, en sentido positivo, más que en el negativo y visceralmente antiborbónico que me cubre de pies a cabeza. Y dentro de lo que ampliamente, según creo, me permite la libertad de expresión, no me refiero en particular a nadie, es decir a ninguno, sino a todo y a todos los que hemos padecido los españoles, sin excepción alguna y, por lo que parece, tenemos la desventura de seguir sufriendo. Máxime considerando los extravagantes matices concurrentes en esta hora, tanto de esencial inconsecuencia institucional como de pésimo mal gusto socio-cultural y hasta moral.

Pero lo más importante, en lo que atañe al sentimiento que ayer flotaba en el Nou Camp, ondeando al aire, debo confesar sinceramente, no sólo mi adhesión a la pancarta de referencia, sino también mi comprensión y, si no ofendo a nadie, hasta mi compasión, en el sentido también más noble de este último término. Creo entender ese sentimiento como particularmente yo también entiendo las situaciones lacerantes, frente a las cuales resulta imposible hacer nada, pero de cuya impotencia surge también el espíritu más recio de rebeldía, de las personas y de los pueblos.


Luis Madrigal



miércoles, 13 de agosto de 2014

MIENTRAS TRANSCURRE EL VERANO



FILOSOFÍA COMO NECESIDAD

Es ya muy vieja la expresión, convertida casi en apotegma, “primum vivere deinde philosophari”. A veces, en algún lugar, se encuentra, “philosophare” por “philosophari”, pero no puede ser tal, porque el infintivo latino philosophor es un verbo deponente. Y los verbos deponentes son precisamente aquellos utilizados, o escritos, en forma de voz pasiva, pero que han de traducirse en voz activa.

Efectuada tal aclaración, es también ya vieja la precisión de Ortega, comentando tal aforismo, según la cual no se filosofa, ni es necesario por tanto filosofar “para” vivir, sino “porque” se vive. En realidad, creo yo, a nadie le gusta filosofar, que es cosa bastante dolorosa y a veces insufrible. Sería mucho mejor no tener que hacerlo, dado que existen múltiples actividades mucho más divertidas y gratificantes. Pero, cada cual, no puede eludir preguntarse, desde que se ve instalado en la existencia, “qué hago yo aquí”. Me parece haber oído contar, ya hace años, que un profesor catalán de Filosofía, natural de Gerona, cuando cada año comenzaba su tarea en la Universidad de Barcelona, solía comenzar el curso a los estudiantes de primer año, pronunciando las mismas palabras. “Qué es el hombre; de dónde viene, adonde va…” Y él mismo continuaba respondiéndose a sí mismo: “El hombre soy yo, que viene de Gerona y les va a explicar a ustedes este curso de Filosofía”. Sin duda, aquel profesor era un hombre afable y dotado de un gran sentido del humor, que pretendía liberar a sus alumnos de toda solemnidad a fin de aliviar la pesada carga del estudio de la Filosofía. Algo parecido a lo que se dice o recomienda a los futbolistas, por los periodistas de esta especialidad científica, en vísperas de un gran choque deportivo, a fin de que se relajen para no acumular tensión emocional.

Sin embargo, una cosa es estudiar Filosofía, ya sea como asignatura académica, ya como inquietud de conocimiento y otra bien distinta el filosofar, el ejercicio del raciocinio filosófico. Porque, me parece a mí, que únicamente son filósofos estos últimos. Y sin duda es en este punto crucial en el que cobran toda su honda dimensión las palabras de Ortega. Porque, si no es lo mismo estudiar Filosofía  -su historia, sus escuelas y las tendencias del pensamiento filosófico a través de los siglos- que verdaderamente ser un filósofo, mucho más radicalmente cierto parece que se puede vivir perfectamente sin necesidad de lo primero  -y no sólo en el caso de los futbolistas, sin duda muy poco dados a la Filosofía- mientras puede resultar dramático y ruinoso lo segundo. Por eso, precisamente, tal vez, pueden existir infinidad de profesores y de estudiantes de Filosofía perfectamente tan sabios como estúpidos, mientras que muy difícilmente podrá encontrarse entre estos últimos a ningún filósofo, por ignorante pueda ser.

La Filosofía puede ser innecesaria y hasta resultar un lujo, pero el filosofar es una estricta necesidad. Y ello sin salir de uno mismo. “In te ipsum rede”, decía San Agustín. En tal sentido, para volver sobre uno mismo, generalmente perturba el ruido, casi todo lo que late alrededor de quien debe enfrentarse a su propia vida, para buscar solución posible a la maraña de problemas en que aquélla consiste. En efecto, ya Epicteto descubrió algo esencial: “La filosofía no promete asegurar nada externo al hombre; en otro caso supondría admitir algo que se encuentra más allá de su verdadero objeto de estudio y materia. Pues del mismo modo en que el material del carpintero es la madera, y el del escultor el bronce, el objeto del arte  -de filosofar-  es la propia vida de cada cual”. Al igual que Sócrates, Epicteto no escribió nada, aunque su pensamiento asimismo, como el de Sócrates a través de Platón, ha podido llegarnos a través de su discípulo Arriano. Se comprende esencialmente que en ambos casos, en el de ambos filósofos, más aún si cabe en el del romano  -que era un estoico- que en el del griego, adoptasen como actitud vital la de despreciar la opinión de todos los demás y la de desdeñar honores y riquezas, descubriendo que la vida es un combate en el que triunfa la razón debidamente empleada por uno mismo, sobre todo si la voluntad, siguiendo esa luz, se impone sobre todas las pasiones.

En consecuencia, no tengo más remedio que filosofar, aunque vivir sea lo primero que tengo ante mis ojos, pero, una vez soy consciente de ello, tengo que darme una explicación y proponer un camino a mi vida. Por eso filosofo. En estos últimos días pasados y si Dios quiere en otros que les sucederán, ya no oigo ni puedo escuchar a nadie. En mi situación, esto es posible sencillamente porque en estos días casi nadie me rodea. Tan sólo escucho en la noche un silencio que grita dentro de mí, al compás de centenares, o tal vez de millares, de élitros empeñados en componer una monótona y monocorde sinfonía, pero llena de inquietantes preguntas, que tan sólo yo puedo y he de responder. Cuento no obstante con una ayuda muy especial, que llega desde lo más alto, pero que, al mismo tiempo que ilumina un camino tachonado de estrellas, me pide subir a ellas.

Luis Madrigal