martes, 12 de abril de 2011
domingo, 10 de abril de 2011
UN SONETO, YA CASI AL FINAL DE LA CUARESMA
Me lo contó el Apóstol San Juan, el Zebedeo: (Jn. 11, 1-44)
Lázaro de Betania, estaba enfermo y... murió. Al enterarse, dijo Jesús a sus discípulos: "Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a ir a despertarlo". Dijeron aquéllos: "Señor, si duerme, sanará". Jesús, les dijo entonces claramente, sin ambigüedades, sin medias tintas, sin posturas diplomáticas, ni mentiras piadosas: "Lázaro, ha muerto". Tomás -cuesta creerlo, tan racionalista después- tampoco tiene pelos en la lengua, ni miedo en el corazón, y dice a los otros: "Vayamos también nosotros a morir con él". Cuando ya se aproximan a la Casa de Betania, Marta, la hermana de Lázaro, no espera más, sale disparada al encuentro de Jesús: "Señor, si Tú hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano". Jesús, le dice: "Tu hermano, resucitará", y Marta responde: "Sé que resucitará en la resurrección del último día". El Señor, replica contundentemente: "Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, vivirá..." Y añade: "¿Lo crees tú, Marta?". Ella responde: "Sí, Señor. Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene a este mundo".
Yo, también lo creo firmemente, porque creo también en la infinita Misericordia de Dios y, por si fuera poco, en la intercesión de nuestra Madre, la siempre Dulce Virgen María. Por eso, acabo de escribir, hoy mismo, este Soneto:
CUANDO YA NO SEAS NADA...
SERÁS TODO
Cuando se apaguen, ciegos, tus luceros;
cuando, sordos, se cierren tus oídos
y alrededor, los pávidos quejidos,
rasguen la noche y crujan los aleros.
Cuando el viento, los ayes lastimeros
lejos de ti se lleve, y los temidos
días de soledad, entre gemidos,
mil llantos y suspiros limosneros...
Ya no serás si no aire en el vacío;
voluta de humo que se va y no vuelve;
agua que no regresa... Como el río,
si corre entre peñascos, se revuelve.
De nada te valdrá ya tu albedrío...
Sólo una Voz que, en todo, nada envuelve.
Luis Madrigal
"La Resurrección de Lázaro"
Giotto di Bondone
(Vespignano, 1267 - Florencia, 1337)
DIÁLOGO MIRANDO AL PARNASO
Si no lo entendí mal, a simple vista, desde que pude leerlo hace unos días, en el Blog "PLUMA ROJA", de mi buena amiga Aída Niederheitmann, un poema suyo, publicado en las últimas entradas, bajo el título de "VIGILIA", require , a mi modesto juicio, un tipo de contestación que, sin el menor ánimo de presumir yo de nada, no pude encontrar en los análísis que se hicieron a dicho poema. Es más, encontré alguno que, muy bien pudiera representar lo radicalmente contrario al espírítu, al sentimiento y hasta a la misma vital peripecia histórica que lo dió vida. Por ello, no he dudado en rendir un sincero homenaje a la autora de aquel poema, que espero pueda ser de su aceptación y agrado:
I
VIGILIA
No queda nada
ni aún la sombra que se evaporó
después de buscar sin encontrar.
Se retiró,
se perdió entre otras sombras
que le dieron abrigo,
la arroparon y desapareció
en los brazos
del último sueño.
Quedó aprisionada
en el laberinto
de la vigilia.
Aída Niederheitmann
Pluma Roja
II
AQUELLA SOMBRA, OTEA EL HORIZONTE
Todo quedó
de aquella sombra, fuerte,
apasionada.
Quedó su despertar y, en la alborada
de un nuevo amanecer,
halló la suerte.
¡No era un tímido aliento lastimero, no!
Era una sombra
que tomó su onda de la luz
y que luchaba
para llevar tras sí, el eco y la mirada,
el dulce amor, la dicha, el pan caliente.
¡Lastima, no…! La vista, al frente,
otea el horizonte donde duerme
el sueño que vivió.
Y aquí, en el suelo,
calcinado y reseco tanto lodo,
alguien vigila el laberinto
y, sin nada buscar, encuentra todo.
Luis Madrigal
A mi querida amiga,
la escritora guatemalteca, Aída Niederheitmann Lara,
Pluma Roja, alma fuerte, luchadora y eterna combatiente.
Aún después de la muerte
sábado, 9 de abril de 2011
¡DIOS, NO EXISTE...!
Lo había dicho mil veces:
- Dios, no existe…
Lo decía en aquel Café, en el que el humo de los cigarrillos ocultaba a la vista casi todo lo que se hubiese podido ver, de no proliferar aquellas densas volutas, casi similares a las de una locomotora de vapor.
- ¡Dios, no existe...!
Lo había dicho más de una vez, golpeando al mismo tiempo violentamente, con el puño cerrado, sobre la vieja mesa de mármol, en la que tantas partidas de dominó se habían jugado. Dios, no existe -repetía más calmadamente y con una sonrisa en los labios- cuando, alguna vez, había ido a esperar a su ya anciana madre, a la misma puerta del templo en el que ella solía ir a Misa:
- Pero, madre, ¿no te has fijado en que la más joven de todos esos carcamales que acaban de salir, eras tú…? ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que Dios, no existe…? Y con los avances y conquistas de la Ciencia, a los que decís que sí, os quedan a lo sumo cincuenta años para poder seguir diciéndolo.
Un cierto día, al subir en unas escaleras mecánicas de una Estación del Metro, descomunalmente empinadas y de muy largo trecho de recorrido, uno de los tramos, de los escalones articulados que se embuten en el anterior, y éste en el siguiente, se encasquilló, produciendo un estruendoso y al mismo tiempo agudo chirrido. El movimiento de aquel artefacto electromecánico, se detuvo bruscamente, haciéndole volar, de espaldas, en dirección contraria a la marcha de la escalera, para estrellarse después con violencia, unos metros más atrás, e irse golpeando sucesivamente con todas las partes de su cuerpo contra aquellas duras y punzantes aristas metálicas. Cuando lo recogieron al pie de la escalera, telefonearon inmediatamente a una ambulancia de urgencia, que a golpe de sirena lo condujo a un hospital.
Y pasaron días, con sus noches. Cuando despertó, vio frente a sí a un nutrido grupo de personas, mujeres y hombres, todos ellos vestidos rigurosamente de blanco, y todos también con una expresión de perplejidad y expectación marcada en sus rostros:
- ¿Dónde estoy…?, balbuceó haciendo un esfuerzo y con gran dificultad, porque apenas podía mover los labios.
El que le pareció llevaba la voz cantante, de entre aquel numeroso grupo que le observaba, se adelantó a los demás, aproximándose a la cama articulada en la que él se encontraba rodeado de tubos, vías y sondas e, inclinándose sobre la cabecera, le dijo con la mayor suavidad y dulzura:
- Estás en un Hospital, Alberto… Te caíste por unas escaleras del Metro, hace ya más de dos meses… Has permanecido en estado de coma casi todo ese tiempo… Ni siquiera -añadió volviéndose hacia el resto del grupo- aún podemos saber cómo has podido sobrevivir… Pero, no te preocupes lo más mínimo, porque lo que sí sabemos es que, gracias a Dios, ya te encuentras fuera de todo peligro…
¡Gracias… a Dios! Alberto, recordó entonces aquellas diabólicas escaleras y también que llevaba un paquete voluminoso en una mano, mientras el paraguas, porque era un día de lluvia, colgaba del brazo del lado opuesto. Volvió a vivir por un instante los terribles momentos en los que caía por las escaleras, chocando y rebotando contra ellas como si fuese una pelota… Se acordó también de su buena madre, que soportaba con resignación, y con el cariño propio de una madre, sus conclusiones acerca de la existencia de Dios, y que, cuando niño, le había enseñado el “Ave María”. Además, ella siempre le había insistido en que debía tener mucho cuidado con las escaleras, porque éstas eran muy peligrosas…
Una lágrima, se le escapó de los ojos a Alberto… Se sumió después dentro de sí mismo en una honda reflexión, y, sin apenas advertirlo, comenzaron a moverse con soltura sus labios… Estaba rezando.
Luis Madrigal
A mi buena amiga, Isabel Martínez Barquero,
al celebrar con alegría -no todo van a ser tristezas- la concesión del
premio literario otorgado recientemente a uno de sus relatos cortos, y a quién me he esforzado en imitar, sin conseguirlo, desde luego, por lo que no aspiro a ningún premio. Me basta con su amistad.
La misma mención honorífica quiero dedicar por mi parte, a mis también buenas amigas Ángeles Hernández Encinas, y a su “Jefa”, como ella misma dice, la novelista Mercedes Pinto, de quiénes también recibo notable influencia. Con el ruego, a todas ellas, de que sepan disculparme.
viernes, 8 de abril de 2011
UNA TÍMIDA INCURSIÓN A LA NARRATIVA (Prólogo)
Esto de "Prólogo", nada menos, ha de tomarse, más que como un afán presuntuoso, casi como una simple broma y, en este exacto sentido, y no en el virulento con que lo dijo quien lo dijo a quién se lo dijo, ante un diseño plagado de altas torres, con el que había hecho elaborar su blasón, o simplemente su "ex-libris", ya no recuerdo bien: "Son muchas torres para poco viento..." Como muchas personas conocerán, aunque otras no, el que lo dijo fue don Felix Lópe de Vega Carpio, y el "presuntuoso" diseñador de escudos, blasones o "ex-libris", era don Luis de Góngora y Argote. Bueno, basta ya de anécdotas. Lo que, como aspecto de fondo, quiero decir es que lo que sí sabe todo el mundo es lo que significa una "excursión". Casi por sí sólo huele a campo o playa, a pamelas o sombreros y gafas de sol, aunque también se puede ir de excursión sin abandonar el ámbito urbano, a otra Ciudad o incluso, dentro de ella, a un Museo, un edificio singular o cualesquiera otras cosas. En cualquier caso, se trata de una actividad universal, propia de todos e impropia de nadie.
De adverso, aunque pudiese parecer lo contrario, ya no es lo mismo una "incursión", porque tal cosa es la acción de "incurrir" y, a diferencia del verbo que expresa la acción anterior, carece del antípoda "excurrir", palabra inexistente. Existe "escurrir", desde luego, pero esto ya es otra cosa, y este término, además de resultar preciso cuando alguien se resbala, suele más bien utilizarse cuando otro pone a su prójimo "pingando", o "a caldo". Hay muchas maneras de decirlo, sin que nunca esté bien hacerlo. Incurrir, puede también, a simple vista, adquirir ribetes peyorativos. Se "incurre", desde un lado activo, en error o delito y, de un lado pasivo, en el odio, la ira o meramente la sospecha, de otra persona. Y, en ninguno de ambos casos, parece desde luego nada bonito. Pero, no hay que ponerse tan trágico, porque "incurrir" tampoco puede estribar, necesariamente, en eso. También puede consistir simplemente, de modo banal, en una intromisión en actividad ajena. Banal, naturalmente, salvo que se trate de que un futbolista, por internacional que sea, o el mismísimo señor seleccionador-entrenador del equipo nacional de futbol de España, Don Vicente del Bosque, aunque ahora sea Marqués, traten de practicar una intervención quirurgica extra-corporea, o cualquier otra. Tampoco sería banal, si se tratáse de cualquier otro Marqués, o título nobiliario superior. Al menos, el señor Del Bosque, se lo ha ganado por sus propios méritos, aunque la actividad premiada sea la de dar patadas a un balón. En uno y otro casos, para practicar ese tipo de intervención quirúrgica es rigurosamente necesario, para el bien del paciente sobre todo, que quien la practica sea cirujano torácico, por lo menos. Afortunadamente, hay "incursiones" menos arriesgadas e incapaces de hacer daño a nadie.
Y este es el sentido exacto al que quiero referirme, al propio tiempo que "mi triste caso". Porque lo que yo pretendo, a estas alturas me parece ya un poco tarde -aunque haya gloriosas excepciones- es nada menos que tratar de participar, tímida pero a fin de cuentas temerariamente, en el género que siempre me ha parecido más complicado y difícil de la Literatura, después del Teatro, la Narrativa. Sin duda menos difícil, aunque tenga también sus dificultades, cuando se trata de relatos breves, el cuento o la novela corta, y mucho más complicado y difícil si se trata ya de una verdadera novela. Y yo no seré tan temerario ni atrevido. Comenzaré, como en Química, haciendo "experimentos", siempre para mí mismo, desde luego; en régimen de "andar por casa" y a muy "pequeños sorbos", como toman la sopa los convalecientes en los Hospitales. Pero, como ya se está haciendo tarde, y además esto era sólo un Prólogo, el "experimento" lo haré aquí mismo, pero en la entrada de mañana. ¡Espero que nada explote...!, Porque además mi temeridad es tanta que pienso hacerlo con doble dedicatoria. Eso sí, llena de cariño y admiración. Hoy, no puede haber música. Luis Madrigal.-
Música Culta (XL) Georg Philipp TELEMANN (1681-1767)
Georg Philipp Telemann
(Magdeburgo, 1681-Hamburgo, 1767)
Compositor alemán. Abandonó la carrera de Derecho que había iniciado en Leipzig para dedicarse a la música, cuando, en 1701, le propusieron componer dos cantatas mensuales para la iglesia de Santo Tomás. Al año siguiente fundó el Collegium musicum y fue nombrado director de la Ópera de Leipzig. Ejerció, entre otros cargos, el de Maestro de Capilla en Santa Catalina y Director de la música municipal de Frankfurt (1712), así como los de Maestro de Capilla en la corte de Eisenach (1717) y de Bayreuth (1723). Desde 1722 dirigió la Ópera de Hamburgo y viajó por toda Alemania, y también visitó París, donde fue recibido con gran expectación. Su ingente producción musical puede dividirse en música instrumental y vocal, tanto religiosa como profana, de entre la que destacan sus más de cuarenta óperas, doce series de cantatas y numerosos oratorios.
sábado, 2 de abril de 2011
VOLÓ HACIA EL MAR UNA GAVIOTA
AL TERMINAR EL ESTÍO...
Voló ayer hacia el mar una gaviota
buscando su alentar... Y en mala hora
aquel árbol cercano, que ahora llora,
la voz en su garganta sintió rota.
Vió morir al estío, y la derrota
del caer de las hojas, sin demora...
Bajo la lluvia gris, arrolladora,
no le alcanza en el alma ni una gota.
Hoy, una voz lejana la sostiene
con más brío que fuerza... Sorprendido,
le insufla ya el fervor de lo que viene.
Ayer, murió otro amor, nunca nacido,
mas nunca es más amor el que se tiene,
ni menos el dolor del que no ha sido.
Luis Madrigal
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