lunes, 15 de junio de 2015

LA POESÍA TAMBIÉN ES LÓGICA Y SINTAXIS



FLOR DE MONTIJO


Dulce eco al oír, flor de Montijo,
del extremo Solar, donde el balido
su metálico son, por el latido
del noble corazón, cambia prolijo.

No temas más por mí, que ya corrijo
el dislate del verso, tan sentido
como errante al sonar. Mas, no me aflijo

merced tan sólo a ti. Y sin ruptura
de medida y de voz, que en Poesía
 es objeto vital, hoy mi escritura

 viste gracias a ti nueva armadura.
Nueva y distinta. Y la alegría
de tu bella intención, tan noble y pura.


Luis Madrigal



A la delicada poetisa extremeña,
mi querida amiga Francis Quintana Vega,
cuya sutileza al oír permitió la corrección del segundo serventesio
en el soneto de mi entrada anterior "Late otra luna tras el Mar"




viernes, 12 de junio de 2015

SIN NACER EL VERANO YA ES INVIERNO



LATE OTRA LUNA TRAS EL MAR


Naciendo está la flor. Sonríe el prado
al ver brillar la luz y alzarse el tallo
de vivo colorido. Enamorado
del pétalo de sol, que nació en Mayo.

El cielo azul se alegra sin desmayo,
viendo como la flor casi ha alcanzado
el cielo y  -en la noche-  la luz hallo
en cobalto tapiz, iluminado

por una luna blanca, que suspira
y envía desde lejos su suspiro
lleno de amor, sin fe pero sin ira.

Nada late, allá lejos, cuando gira
otra luna, que en nada siente el giro.
No puede amar y hacia otro lado mira.


Luis Madrigal






jueves, 11 de junio de 2015

PENSANDO BAJO AQUEL ÁRBOL



NO OFENDE NI QUIEN PUEDE

(En torno al sufrimiento gratuito de la “reactividad”)

Siempre se ha dicho, y ello no es del todo cierto si no se añade algo más y muy esencial, que no ofende el que quiere, sino el que puede. Yo estoy persuadido en cambio de que ni tan siquiera el que puede ofenderme, llegará a hacerlo si yo no quiero. Porque dicen los psicólogos que en la mente de los seres humanos reside un mecanismo que denominan "reactividad" y que produce mucho dolor añadido al sufrimiento causado por la crueldad o torpeza de los otros. Por la de todos aquellos que no son “yo”. Y ciertamente, si a la amargura que cualquier ofensa puede producir en el ánimo humano, se añade una especie de tóxico para aderezarla, el sufrimiento puede hacerse incesante.  Una cosa es la respuesta pronta y contundente a la impertinencia ajena, y otra seguir deleitándose  -por no decir “engolfándose”-  sucesiva y reiteradamente en el efecto, “en el olor y sabor” de la ofensa que se ha pretendido infligir.

Sidarta Gautama, llamado Buda, cuando alguien le insultaba, acostumbraba a decir que nunca recibía el insulto. Esto es tanto como decir que no lo aceptaba, que no lo hacía suyo, incorporándolo a sus vísceras ni menos aún a su mente. No se sentía agraviado porque, en el acto, eliminaba, como en una catarsis, cualquier re-sentimiento y sobre todo el rencor o el afán de venganza. Dicen que la mente reactiva, no sabe ni puede digerir ni evacuar las ofensas sino que las incrementa al no poder olvidarlas, llevando con ello el ánimo a un sufrimiento suplementariamente inútil y más doloroso. Así lo entiende uno de los principios del Yoga, que de modo similar a la afirmación teresiana de ser la imaginación “la loca de la casa”, sostiene que “la mente es la fábrica de mayor sufrimiento”, porque no termina nunca  -y cada vez más o mayor-  de olvidar aquello que le produce agravio o dolor. A eso llaman los psicólogos “reactividad” y no reacción. Y así uno se deja incluso herir por minucias y se siente ofendido por todo. De esa manera se está siempre al alcance de los demás, se es más vulnerable o pueden sucederse las situaciones hostiles y las sensaciones desagradables.

Pero existe una fórmula verdaderamente magistral de cortar radicalmente con tal corrosivo y en el fondo estúpido efecto. Y sencillamente es esta: Arrojar todo tipo de pretendidas ofensas fuera de mí en el mismo instante de recibirlas, como algo que no proviene de mí, sino que otro me arroja, fruto de su intemperancia, de su inequidad, de su ira o también a veces de su propia incapacidad o ineptitud  -y por ello de su envidia-  para arrojarlo fuera de mí. De esta manera siempre evito que se perpetúe y haga perenne en virtud de mi propio pensamiento, para que, de tal modo, no se convierta en un veneno segregado por mí mismo. Por este motivo, merced a este mecanismo, si uno se ha entrenado lo suficientemente para tener una mente más serena y ecuánime, más sana y lúcida, no puede generarse reactividad alguna, que es como añadir leña al fuego, sino que pronto se libera de lo hiriente en vez de arrastrarlo, aumentando el dolor.

En relación con todo ello, y con el modelo humano anteriormente propuesto, hay que aclarar que Sidarta Gautama, no es "Buda", sino el buda, el iluminado que olvida el despertar, y que según parece tanto escudriñó, en el fondo más hondo de la mente humana, para alcanzar la auténtica sabiduría. Él lo explica a la perfección en su parábola del dardo. Toda persona recibe, alguna vez, un impacto doloroso, mayor o menor, procedente del exterior. La que no está entrenada, se duele, hasta amargarse y sentirse ofendida, con lo cual no sólamente recibe el impacto que le causa el dolor, sino que a sí mismo se autoinflinge otro, que lo mantiene e incrementa. En cambio, el hombre entrenado en la meditación y entregado a ella, el que ha llegado a alcanzar mediante ella el sosiego y la ecuanimidad, tan sólo recibe un solo dardo, y no se lamenta lo más mínimo ni añade más sufrimiento al sufrimiento. Claro que, para llegar a esto, para alcanzar el estado de iluminación, el bodhi, o supremo conocimiento  -el del bodhisattva,  el ser que se halla en el camino de la budeidad-  quizá sea necesario ser hindú, tibetano, o al menos tener la piel algo más amarilla y los ojos rasgados.

Pese a ello, en términos menos orientales, o incluso dentro del riguroso pragmatismo británico (y bien es sabido que, para tal estilo de vida, “dios es blanco y europeo y la providencia británica”), resulta también especialmente aleccionador al respecto el célebre verso, del poema de Ruyard Kipling  -aunque quizá por haber nacido en Bombay-  tantas veces citado y sin duda tan pocas entendido y asimilado: "Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida".  Porque, efectivamente, cualquier estúpido, sin la menor estatura intelectual, ni moral,  puede tratar de enviarnos cualquier ofensa, tan babosa o más que la de un homosexual despreciado en sus pretendidas habilidades “estéticas”, el agravio o el insulto más torpe y hasta obsceno. Pero ante una actitud de verdadera sabiduría  -que no consiste en saber muchas cosas sino una sola, la de saber vivir- la herida queda restañada antes de que llegue a producirse, y su huella por tanto es mil veces menor que la onda que expande una pequeña piedra al caer sobre el agua.


Luis Madrigal








martes, 2 de junio de 2015

ENTRE EL OLVIDO Y EL MAR




NO REGRESÓ LA PALOMA

Nunca más regresó aquella paloma
que equivocó su rumbo, y que creía
que era el Cielo aquel Mar, que azul veía,
y la nieve era el fuego, cuando asoma

el Invierno más crudo… Que el aroma
de las flores de Mayo siempre olía.
Que el frío era el calor, la noche el día.
Que la mentira, a veces, era axioma.

No se durmió en la orilla, la mató
el olvido que duerme, cuando el alba
viste de noche, al nacer temblando.

Nunca fue vista más, se fue apagando
como muere una vela, y una malva
se ahoga lenta en el mar … No regresó.


Luis Madrigal







domingo, 10 de mayo de 2015

AL CAER LA NOCHE




No hay amor sin pena,
pena sin dolor,
ni dolor tan agudo
como el del amor

(Canción leonesa)

¡AY, NIÑA MÍA...!

¡Ay, niña mía,
que lo fuiste sin verte,
y que sólo aquel viento
me trajo la suerte.
Cuando yo penaba,
más pena encontré,
pena sin alivio,
que nunca te hallé.

¡Ay, niña mía,
nunca podré verte
si antes el olvido
hace de mí, inerte,
un mundo vacío!.
Si, con la fatiga
y sin ruin navío,
me llega la muerte.


Luis Madrigal



lunes, 4 de mayo de 2015

SALUBER TRISTITIA



TRISTEZA SALUTÍFERA

Muy posiblemente estaré yo equivocado, o mis reflexiones serán inaceptables en casi todos los sentidos, por no decir absolutamente en todos. Pero, hace ya algún tiempo, vengo sospechando o percibiendo que la tristeza es una especie de salvación personal o, como mínimo, de autodefensa. Al menos, lo es para los “tristes de nacimiento”, como quizá lo soy yo mismo. En general y en el orden más pragmático, sin duda no es ningún bien, sino muy posiblemente un mal, aun cuando no se busque de propósito sino que inevitablemente se encuentre o no sea nada fácil de eludir. Pero, en cualquier caso, me niego a aceptar que necesariamente pueda ser una especie de masoquismo espiritual. Nada de eso. La tristeza es el único homenaje a lo que no puede admitir consuelo alguno, pese a que podría ser muy bueno encontrarlo. Cuando las circunstancias son inexorables, en tantos múltiples sentidos como ello resulta posible, y el ánimo se encuentra presa de una aflicción tal, incapaz de refugiarse en el olvido  -guarida siempre de espíritus cobardes-  puede cobrar vigor, por inusitado parezca, mucho más que el intento, frustrado una y otra vez (el del esfuerzo titánico o la mansa aceptación), el plácido abandono a la consoladora aflicción. Por paradójico resulte, ello puede constituir un amparo mucho más eficaz.

Desde luego, desde el punto de vista moral, y mucho más aún desde el de la moral cristiana, la tristeza no puede ser exaltada ni objeto de veneración en ningún altar. Antes, más bien, es episodio, por no decir “síndrome”, objeto de acusación. No puede haber cristianos “tristes”, según se dice, o he oído decir yo muchas veces, porque “un santo triste, es un triste santo”. Parece ser, pues, que todos los que quieran ser cristianos tienen que ser alegres. Y no sólo eso, sino que ningún apologeta defenderá la tristeza. San Pablo, la llama “el pecado de la aflicción mundana”. E, indudablemente, en la perspectiva más radical y absoluta de la fe cristiana, la de trascender a la muerte, para encontrar la vida que no perece, resulta contundentemente innegable que esto tiene que ser así. No puede haber tristeza alguna cuando se tiene la certeza moral  -dado que la certeza metafísica nunca será posible, en carne mortal-  de que el ser humano puede vivir eternamente y, además, sin pena o dolor algunos, no sólo sin la menor brizna de eso que aquí llamamos tristeza, sino dentro de una indescriptible felicidad. ¿Será entonces que se nos olvida semejante maravilla, o lamentablemente que no estamos tan seguros y ni siquiera podemos vislumbrar esa certeza relativa? Ya sea con el sentimiento o con la fe, según el orden supletorio de subsidiariedad tomista que se alega en el “Pange Lingua”. Que Dios nos ampare a todos los tristes, o al menos eso es lo que yo le pido, porque si es obra de misericordia “consolar al triste”, sin duda la tristeza debe ser un mal, del mismo rango que el hambre, la sed, la falta de vestido o de techo, entre tantas otras carencias o desvalimientos que pueden azotar al hombre. Sin embargo, puede ser relativamente fácil alimentar al hambriento, dar de beber al sediento o “posada al peregrino”, pero ¿acaso es posible, de verdad, consolar al triste?

No quisiera yo caer en aquel vicio medieval de la acidia o acedia, el “daemo meridianus” que asolaba a los cenobitas de la Tebaida, según cuenta Aldous Huxley, justamente cuando el sol se hallaba en lo más alto, a diferencia de los demás espíritus malignos que aparecían a la caída de la tarde. Pero, lo que sí es innegable es que la tristeza es uno de los estados espirituales de mayor belleza. La Música o la Poesía pueden dar testimonio. En mi opinión, los poemas tocados por la llaga de un estado de tristeza cobran una hermosura que no puede compararse con los que toman por objeto otros sentimientos, incluido el dolor, que también les presta una gran belleza. Tengo entendido que hace algunos años la BBC inglesa convocó una especie de concurso público, a fin de determinar cuál podría ser la composición musical más triste de toda la historia de la Música. Y la que ganó, la número uno, fue el adagio para cuerdas  -“Adagio for Strings”-  de Samuel Barber. ¡Y qué casualidad, especialmente en lo que atañe a lo que antes decía! En materia de música sagrada coral, “The Choir of New Collage, Oxford” utilizó esta misma composición musical para entonar el “Agnus Dei”. ¿En qué podríamos quedar, pues? Porque, el Cordero de Dios, Cristo Jesús, no sólo es el Bien, sino como gustaba decir San Francisco de Asís, “…sólo el bien y todo el bien”. Sin embargo, yo no creo que pueda ser la tristeza lo que nos separe de Él, sino incluso lo que más nos acerque, mientras caminamos por este Valle. Eso sí, con la mirada siempre puesta en la Vida, de la que tanto habló Jesús, mucho más que del alma. Porque eso del “cuerpo y el alma”, es más propio, o únicamente propio, del dualismo platónico, y no del Dios en el que los cristianos decimos creer y esperar, si es que, de verdad, queremos de una vez por todas, entre otras cosas, dejar de ser creyentes platónicos, para convertirnos en creyentes cristianos.

Luis Madrigal





domingo, 3 de mayo de 2015

UNA MADRE NO SE CANSA DE ESPERAR


MATERNIDAD
Pablo Picasso



BESA ESA FRENTE, HIJO


Besa esa mano, hijo, que ferviente
te acogió en su regazo y en su nido
y mil noches, con gesto dolorido,
se posó con temblor sobre tu frente.

No dejes que, en la vida, la corriente
del tiempo al transcurrir siembre el olvido,
pues desamor en pecho tan querido
será muerte de amor que fue simiente.

Besa su frente, hijo, date prisa
que, con los labios, besas en tu alma
al besar tu dolor y tu sonrisa.

Que besas a la vez amor y calma.
Del invierno calor, del calor brisa
y mano de tu frente suave palma.


A todos los hijos de todas las madres
del mundo y del tiempo


Luis Madrigal