lunes, 2 de abril de 2012

¿DE QUÉ VALE EL SILENCIO SIN UN BESO?



AUNQUE EL SOL PUEDA ABRIRSE
ENTRE LAS RAMAS


¿De qué sirve el silencio sin un beso,
aunque el sol pueda abrirse entre las ramas
de un árbol, y de mil, si no me amas
y de tu amor yo sigo estando preso?

No hablaré, si no quieres… Mi embeleso
se perderá en el aire, entre las llamas
del fuego que me abrasa y las retamas
arderán arrastradas por mi peso.

Nunca podría herir lo que has querido,
al sonreír tus sueños con dulzura,
por más que mi sentir no sea sentido.

Mas, olvidar por siempre tu ternura
y sepultar mi eco en el olvido
sólo tendría el color de la amargura.




Luis Madrigal





EL CALENDARIO DE ABRIL



El objetivo que Cáritas Diocesana de Madrid se propone, para este mes de Abril, no es nada fácil en estos momentos tan críticos, en los se trata por todos los medios posibles de crear nuevos empleos. Sin ellos, no podrá haber trabajo para cinco millones de personas, más o menos, como ahora carecen de él. No es tarea fácil, sino mucho más difícil aún que la de alimentar diariamente a infinidad de personas que, sin la ayuda de la Iglesia Católica, tan odiada y aborrecida últimamente en España, es posible se hubiesen muerto de hambre, porque parece ser que el Estado es incapaz de evitarlo y mucho más cuando el poder ejecutivo del mismo se ejerce por un partido político que jamás ha hecho nada por los más humildes, a quienes dice defender. Es mentira. Ese odioso partido, no nació para cumplir tal fin, sino, en palabras de su nefasto fundador para "destruir el sistema". El sistema capitalista, que desde luego no es nada bueno. Pero, de modo similar a lo que tantas veces se invoca, las palabras de Winston Churchill, relativas al sistema político democrático, bien podría decirse que no existe ningún otro sistema económico mejor. La razón es bien sencilla: Sólo la riqueza se puede repartir, no la pobreza, que únicamente puede ser compartida. Cristianamente compartida, desde luego. Cierto que es necesario frenar los excesos de un capitalismo inmisericorde y cruel a ultranza. Pero, si tenemos que esperar a que "el socialismo"  -como el otro día pude leer a una persona con síntomas evidentes de desvalida intelectual y casi mental, en una especie de tertulia, de esas de "patio de corral", o de "gallinero"-  regrese antes de este próximo verano, como afirmaba con desparpajo... ¡pobre España! Los sinvergüenzas que perciben retribuciones milenarias a cargo de los fondos públicos, los llamados líderes sindicales, que no son otra cosa sino inútiles parásitos, repitiendo eternamente la misma utópica y estúpida  -incosistente-  canción, y que ahora azuzan y lanzan a las masas contra los únicos que pueden librarnos a todos de la miseria y del hambre, sin duda se encargarían de hacer lo único que saben: Nada. Y con ello, de conseguir cuanto antes la ruina total. Cáritas, por el contrario, trata deseperadamente de, al menos, preparar a las personas para que puedan encontrar un empleo posible, lo antes posible. ¡Ojalá tenga suerte! Dios, le ayudará.  Luis Madrigal.-

viernes, 30 de marzo de 2012

LA PROSA (V y último)




EL ANÁLISIS LITERARIO:
LA CRÍTICA Y EL ENSAYO


Luis MADRIGAL


Analizar, en general, es distinguir y separar las diversas partes de un todo, a fin de poder conocer la consistencia  de sus principios esenciales. Cuando se trata del lenguaje, sobre todo del lenguaje escrito, la Gramática dispone las reglas a tal fin. En este sentido, cabe hablar del análisis morfológico, el de cada palabra, una a una, para determinar su función o papel dentro de una oración, su categoría gramatical. Y también, cabe hablar después del análisis sintáctico, de las funciones o relaciones de concordancia y jerarquía entre los sintagmas. En síntesis, podemos hablar de análisis morfo-sintáctico. Todo ello en el plano de la pura Gramática, como ya he dicho.

Pero si hemos de hablar o tratar, no ya de lenguaje sino de Literatura  -que no consiste en el estudio del lenguaje, cosa que corresponde a la Lingüística, sino del arte de la palabra escrita-  ya se trate de una u otra de sus estructuras, el Verso o la Prosa, hemos de hablar de análisis literario. La Literatura, de un modo similar a la Ciencia, la Técnica o el Arte, e incluso a la propia Lingüística, dispone de conceptos y términos privativos, exclusivos de aquélla y, en consecuencia, además de leer una obra literaria, ya sea en Verso o en Prosa, resulta conveniente analizarla desde este específico punto de vista, en el caso de poder y saber hacerlo por uno mismo o bien leer, en todo caso, los análisis efectuados por otros. No sólo desde el punto de vista morfo-sintáctico, que también, porque no es posible hacer Literatura sin observar rigurosamente, en primer lugar, las reglas gramaticales. Cierto que, muy en particular, y en materia de Poesía, cuando se escribe ésta en Verso  -nunca en Prosa- existen determinadas licencias, que el poeta o el versificador puede utilizar. Pero, en general, es muy lamentable encontrarse frente a obras en Verso, donde, por ejemplo  -totalmente al margen de su belleza-  se pueden observar faltas evidentes de concordancia o construcción adecuada del sintagma correspondiente, sin atenerse a esas reglas o funciones de jerarquía de que antes hablaba. He dicho, sin perjuicio de su belleza, pero evidentemente he dicho muy mal, porque la infracción de esas reglas gramaticales, sintácticas, disminuye notablemente, a  veces hasta el punto de privarles de ella, la belleza de la obra. La estructura gramatical de toda oración, exige, también en el Verso mediante el que se construye un poema, la presencia de los elementos esenciales: sujeto, verbo, predicado, objeto o complemento, etc., etc. Como exige de la puntuación, que puede incorporar o restringir su sentido, o bien imprimir uno u otro. El hecho de escribir en Verso, no autoriza a no escribir bien, gramaticalmente hablando. Después, vendrá “lo otro”, la armonía, la cadencia, la sinalefa, la diéresis, la sinéresis, etc., al objeto de determinar la medida de cada verso y, más aún la obtención de la imagen poética y de la metáfora, que son conceptos muy ligados entre sí pero distintos, para hablar un lenguaje propiamente poético, y no simplemente vulgar, por más gramaticalmente pueda ser correcto. Así pues-  naturalmente siempre sin perjuicio de la inspiración-  primero, la Gramática y después la Preceptiva y la Estética literarias. Y todos estos factores de análisis, han dado lugar, a través del tiempo, fundamentalmente a dos tipos o géneros literarios en sí mismos, a su vez.

En primer lugar, a la Crítica, fundamentalmente. A la critica literaria, que, si lo es de verdad (y no mera propaganda del autor, más o menos cultivada o hasta “pagada”, aunque resulte grueso y tosco tener que decir esto), no ha de limitarse a afirmar o manifestar que una obra tiene o no valor, sino a señalar sus cualidades y defectos, pero de un modo razonado, basándose, entre otras cosas, en aquellas reglas a las que me he referido. Y de ello surge este tipo de género literario, naturalmente también en Prosa, dado que resultaría, no sólo muy complicado, sino absurdo y falto de todo sentido que la crítica literaria se elaborase en Verso, aún cuando tenga por objeto el análisis de una obra de tal carácter. Es más, la Crítica, como genero literario, no sólo puede tomar por objeto la Literatura, sino también el Arte, la Pintura, la Danza, no digamos la Música, o cualquier otro tipo de manifestación humana que trate de crear belleza, incluso los mismos espectáculos. Por supuesto el Teatro, incluso el Cine, en lo que éste requiere de un guión en el que se concreta el diálogo, y puede en consecuencia considerarse Literatura propiamente dicha. Tan sólo el Futbol, o el Circo –y no así la Tauromaquia, que es un arte plástico-  parecen no necesitar de ningún tipo de análisis, porque no parece muy serio hacer a tales multitudinarios espectáculos, de tan bajo contenido cultural, objeto nada menos que de crítica, de ningún género. No se puede, ni lo merece, utilizar el término “crítica” a tal fin, sino a lo sumo el de “comentario”, y baste ya la existencia de los comentaristas deportivos, capaces hasta de inventar teorías. Por ejemplo  (cosa que yo oigo mucho por la radio o la TV),  la “teoría del doble pivote”, o la del defensa de cierre que hace de “carrilero” y, al propio tiempo, “se cruza  o entra por la diagonal”. No quiero descartar la posibilidad de que el día menos pensado aparezca en las librerías algún tratado sobre “Teoría General del Futbol”. La libertad, desde luego, debe permitirlo todo  -casi todo-  y, en todo caso, respetar el gusto de todo el mundo.  

Pero, si hemos de tomar las cosas en serio, en este sentido, hay que decir que la Crítica, ya lo sea de las Letras o de las Artes, puede adoptar tres tipos de criterios distintos: El criterio absoluto, consistente en analizar la obra fríamente, ateniéndose exclusivamente a su valor intrínseco en lo que concierne a la observancia de las normas estéticas o preceptivas, y señalando como defecto o imperfección cuanto no se adapta a tales normas. Puede, no obstante, también, la crítica, en segundo lugar, adoptar el criterio histórico, que consiste en situar la obra criticada dentro de su lugar en el tiempo, según el credo estético de cada época y el espíritu de la obra. Y por último, cabe asimismo utilizar en la crítica el criterio impresionista, que se reduce a la simple exposición, de una manera totalmente libre, pero siempre formalmente literaria, de las reacciones o sensaciones percibidas por el autor de la crítica ante la obra objeto de ella. Y, naturalmente, también cabe utilizar todos ellos, o parte de ellos. Uno de los más brillantes críticos literarios, de todos los tiempos, fue Leopoldo Alas, “Clarín”, el autor de “La Regenta”, que bien pudiera ser la segunda novela más importante en lengua castellana después de “El Quijote”. El epistolario entre “Clarín” y un jovencísimo Unamuno, debería haber sido leído por todos cuantos se dedican o han dedicado a la Literatura. 

Y, en segundo lugar  -el orden no implica rango de valor, sino mera cronología-  cuando la Crítica sobrepasa con creces al mero análisis de una obra, literaria o artística, para convertirse en una divagación intelectual, estamos hablando ya del Ensayo. En realidad, éste género literario  -el ensayo moderno-  surge dentro del propio periodismo, del más serio y digno, y con él obtiene aquél su más alta conquista literaria. En principio, el ensayista, parte de un hecho periodístico, para ofrecer su idea o punto de vista acerca de tal hecho. Pero, con el tiempo, el Ensayo se ha emancipado por completo del periodismo, y en lo que atañe al Ensayo moderno, pocos humanistas, escritores de muy diversas especies, pero todos ellos de cierta categoría intelectual, han podido librarse de cultivarlo. Su característica, la que personalmente me parece esencial es la de su total anarquía metodológica, si bien queda distinguir teóricamente tres partes básicas en la estructura de todo tipo de Ensayo,  la introducción, el desarrollo y la conclusión. Al margen de lo ya dicho, algunos han querido encontrar su origen mucho antes de que se publicase el primer periódico en el mundo, nada menos que en los clásicos griegos, o en España durante los siglos XVI y XVII. Otros atribuyen su creación a Montaigne, que vivió entre 1533 y 1592. Lo cierto es que, tal y como desde el siglo XIX se le conoce, Ortega y Gasset lo definió como “ciencia sin prueba explícita” y Eugenio D´Ors como “poetización del saber”. No me atrevo yo a decir cuál de ambas definiciones es la más adecuada. Tal vez las dos. O quizá ninguna de ellas, sobre todo considerando que, en cuanto género literario, es considerado colindante o próximo a la Miscelánea, a su vez género híbrido, o mixto, perteneciente a la Didáctica, cuando la finalidad del Ensayo no es la de enseñar nada, sino tan sólo la de suponer, estableciendo hipótesis y, más aún, meras divagaciones y hasta elucubraciones. Que ustedes lo hayan disfrutado. Si todo esto ha podido ser útil a alguien, lo celebro sinceramente.


En la imagen de arriba, facsimil de un ejemplar de
Revista de Occidente,
fundada en 1923 por Don José Ortega y Gasset,
que dirigió en la década de los años 80
su hija, Doña Soledad Ortega

Esta Revista, desde su fundación y sucesivamente
tras sus dos reapariciones, fue ámbito propicio
para la difución del Ensayo, en sus diversas manifestaciones


jueves, 29 de marzo de 2012

LA PROSA (IV)




PERIODISMO, RADIODIFUSIÓN, TELEVISIÓN
Y “LITERATURA” DE PROPAGANDA



Luis MADRIGAL



Además del género epistolar -en el que brillan verdaderas obras literarias, por ejemplo las Cartas de Gustavo Adolfo Bécquer-  los géneros ya indicados en las entradas anteriores no agotan la dimensión de la Prosa. Ésta se extiende también a otros ámbitos, si no estricta o propiamente literarios sí relacionados con la palabra, escrita o hablada, y en consecuencia con sus estructuras lingüísticas. Tales géneros pueden ser el periodismo, la radiodifusión, últimamente la TV y, lamentablemente, también la llamada “literatura de propaganda”, tan molesta cuando no instrumento de verdadera profanación de la auténtica Literatura, así como de la Música y del Arte.

El periodismo puede ser, en parte, considerado género literario, cuando no lo es estrictamente de tipo informativo, sino que, dentro de lo que constituye la finalidad periodística esencial  -la difusión de las noticias-  acoge producciones que alcanzan la cota de obra literaria. No hay que olvidar que, algunas novelas, u otro tipo de relatos, y hasta la Poesía han irrumpido más de una vez en los periódicos, y no  es preciso recordar para a ello a Valle Inclán y a la novela folletinesca, dicho esto en el sentido menos peyorativo. Simplemente, en cuanto obra fragmentada en fascículos de aparición periódica. No hay que olvidar, entre otras muchas, que las historias de Sherlock Holmes fueron publicadas por primera vez en “The Strand Magazine”, con ilustraciones de Sydney Pager. Y siempre hay que tener presente aquella significativa imagen colectiva que ofreció al mundo toda Inglaterra, cuando Sir Arthur Conan Doyle “mató” a  Sherlock Holmes. La publicación de la historieta en la que el gran enemigo de Holmes, el profesor Moriarty, moría junto a él en las cataratas de Reichenbach, por una trágica caída, provocó un aluvión de quejas y reclamaciones. En Londres las calles comenzaron a llenarse de personas que llevaban crespones negros en señal de luto por el detective, y protestaban por su muerte. Hasta la familia real británica expresó su consternación por el fallecimiento del personaje. Muchos estudiantes se vistieron rigurosamente de luto y así acudieron a las cátedras de Oxford o de Cambridge, o  pasearon por las orillas del Támesis.  Y así, otras muchas veces, en los periódicos, se dieron a conocer también infinidad de obras propiamente literarias, no solo en el ámbito de la novela, sino en el del pensamiento filosófico. A este respecto, hay que recordar necesariamente los artículos de Ortega publicados en los diarios de Madrid, El Imparcial o El Sol, entre otros.








Sin embargo, el periodismo, como género literario empleado para escribir en la Prensa, nace con el siglo XX. Como tal, y cada vez menos, su calidad literaria no es excesiva precisamente. Su nacimiento se debió al incremento de la libertad de expresión política, con el liberalismo y la mayor rapidez de difusión de las noticias, merced a la facilidad de las comunicaciones, que en el tiempo presente ha alcanzado su máxima cota. De ello cabe deducir que el periodismo pueda ser y sea de dos clases: El polémico, o de opinión, en defensa de unas determinadas ideas, políticas, religiosas, sociológicas, antropológicas o culturales en general -fundamentalmente, para atacar a las contrarias-  y el periodismo estrictamente informativo, que se limita a dar noticias o informaciones, si verdaderamente hace honor a su fin, con absoluta objetividad, sin enjuiciar ni valorar la noticia facilitada. El periodismo polémico, presidido por una ideología determinada, suele utilizar la persuasión, tratando de convencer al lector de la verdad que cree poseer. Pero también utiliza en ocasiones la sátira, tratando de poner en ridículo los razonamientos contrarios, o bien el ataque directo, eliminando argumentos adversos, a fin de hacer prevalecer la verdad propia.  Por el contrario, el periodismo informativo, si lo es de verdad, acostumbra a utilizar un estilo y lenguaje claros, nada tortuosos, buscando tan sólo la verdad de lo que sucedió o sucede. Los tipos de información suelen concretarse en la crónica,  que es una narración de los hechos; bien en la entrevista con un personaje, o con cualquier persona de la calle, a fin de que responda a ciertas preguntas, para poder así recabar información en torno a la verdad, y por último el reportaje, que es la exacta y rápida relación de un suceso, tal y como el periodista lo ve. Suele ir acompañado de imágenes, fotografías o dibujos, y en los tiempos actuales de tomas videográficas del hecho concreto, cuando no propiamente cinematográficas, pero en este último sentido, más que de periodismo propiamente dicho, estaríamos hablando de televisión, o de un periodismo de la imagen, género este no sucesor, pero si posterior o secuencial a la radiodifusión, o periodismo de la voz, de la palabra hablada. Aparte de esto, el verdadero género literario, dentro del periodismo, es el artículo, que puede alcanzar o revestir infinidad de temas, matices y estilos. Personalmente, recuerdo  -ellos motivaron mi afición a escribirlos también en los periódicos, muchos de ellos publicados en el decano de mi Ciudad natal, “Diario de León”-  aquellos maravillosos artículos de Don José María Pemán, publicados en la Tercera de ABC, de Madrid. Creo que Pemán, ha sido el mejor articulista español de los últimos tiempos, sin perjuicio de Ortega, naturalmente, pero el egregio filósofo, generalmente, tendía más al ensayo.




La radiodifusión, constituyó y constituye en nuestros días un periodismo vivo y directo, sobre todo, fulminantemente rápido, mucho más aún que la propia televisión, por su mayor versatilidad y ligereza, al necesitar muchos menores medios de infraestructura informativa. Pero, tanto la radio como la propia televisión, en el fondo se rigen por las mismas reglas del periodismo escrito, con las lógicas diferencias que median entre la palabra escrita y la hablada o la presidida y apoyada por la imagen.

Ninguna mención, a mi modesto juicio, merece ser hecha  -a no ser de carácter totalmente negativo- a la llamada literatura de propaganda, que en nada pertenece al ámbito de la Literatura, sino al de la Mercadotecnia, porque su fin es únicamente el de convencer a un presunto comprador potencial de la calidad de un determinado producto comercial. Sin embargo, este tipo de “literatura” ha llegado a alcanzar un enorme volúmen de actividad, sobre todo en los Estados Unidos de América del Norte, donde surgió el “slogan”, término inglés que pretende resumir una idea, basándose en una frase o imagen, breve y expresiva, y cuya característica principal ha de ser la originalidad y la seducción. Pero también en este ámbito hay que contar con la Prosa, pese a que en ocasiones, de especial mal gusto, se llegue a la profanación de frases o expresiones  -y no sólo en Prosa sino incluso en Verso-  tocadas por la mano del Arte y de la Historia, así como de las imágenes o de la música del mismo signo. Me parece a mí ésta, una “literatura” especialmente desagradable, paleta y grosera, producida para “clases de tropa”, además de irrespetuosa e iconoclasta. Aparte de la injusticia notoria, cuando así resulta ser, quizá ésta es una de las plagas más asfixiantes del sistema capitalista-liberal.

Y con cuanto se ha dicho, creo puede darse por cerrado y concluido este capítulo de literatura menor, o incluso de falsa y molesta “literatura”, para centrarme por entero, y, finalmente, en otros dos géneros literarios. Estos sí que lo son, y no pequeños sino muy grandes. Dentro de lo que, en general, podría llamarse análisis, quiero referirme a la crítica literaria y al ensayo. Pero, fiel a la idea de no hacer inacabable estas entradas, de estos dos últimos grandes géneros prosaicos  -ya sabemos que esto no es peyorativo- trataré en una próxima y ya última ocasión. Gracias por la paciencia, a quienes hayan podido leer las anteriores. Estoy persuadido de que, al menos alguien, de entre quien las haya leído, podrá tener en lo sucesivo una idea exacta acerca de lo que es una cosa u otra y, sobre todo, de qué o cómo puede estar hablando, oyendo o leyendo. Por ello, consideraré haber cumplido con lo que me parece un deber


miércoles, 28 de marzo de 2012

LA PROSA (III)



¿HAY CLASES DE PROSA?


¿Existen o no diversas clases de Prosa? En realidad, habría que decir que no. La Prosa, en cuanto forma de estructura del lenguaje escrito, siempre es la misma, lo que sin duda difiere es su contenido, aquello que  -dentro de su carácter estructural- se desea o pretende expresar mediante ella. Pero lo mismo  -aunque no tanto, sino muchísimo menos-  sucede en el Verso. Mediante esta otra estructura lingüística, opuesta a la Prosa, pueden y suelen expresarse generalmente, más que conceptos e ideas -aunque también-, sentimientos, de manera muy general. Si esto sucede, podrá decirse, en general, que el Verso es un instrumento de la Poesía y, en particular, si esos sentimientos son los más íntimos de quien los expresa, de poesía lírica. Pero, como ya dije en mi entrada anterior, también la Prosa puede servir de instrumento a la Poesía. Ese tipo de prosa es la llamada prosa poética. Pero éste, sería, o es, sólo un primer tipo, una primera clase de prosa.

En efecto, cabe hablar de otras muchas clases o tipos más. Además de la prosa poética, que confluye con el Verso en el tronco común de la Poesía, existe, en el mundo de la Literatura, la prosa didáctica, cuya finalidad  es la de enseñar o instruir. Con el debido respeto a determinados lectores  -si los hubiere- y siempre con la mayor humildad, este mismo texto que ahora escribo, podría ser una muestra de prosa didáctica. Al menos, pretendida. Por supuesto, de didáctica general, no de ningún otro tipo específico de didáctica, ya se trate de didáctica moral, cuyo ejemplar más significativo es la fábula, y ésta, además, casi siempre es una composición en Verso; bien nos encontremos en presencia de la didáctica religiosa, cuyo nervio central es la Apologética, o defensa del dogma, aunque también haya de tenerse muy en cuenta la didáctica mística, el esfuerzo sobrenatural del hombre por acercarse a Dios. Sin embargo, tal intento constituye al mismo tiempo la lírica más pura, por lo que, en infinidad de ocasiones, deja de ser Prosa para expresarse también mediante el Verso. El Siglo de Oro español, y dentro de él, sus dos más altas figuras, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, son testimonio de ello.

Género majestuoso dentro de la Prosa, lo constituye sin duda la Narrativa. El género narrativo es un género literario en el que se relata una historia, real o ficticia, y en la que el propio autor puede estar involucrado, y entonces habla en primera persona, o bien ser meramente un testigo de lo que acontece, en cuyo caso escribe en tercera persona. Dentro de él, sus sub-géneros más destacados, son la Novela y el Cuento. En los últimos tiempos, también se habla de “novela corta”, como un posible tipo intermedio, al menos en cuanto a la extensión. El primero de ellos, la novela, es una obra narrativa extensa, que no sólo ha alcanzado todos los momentos de la evolución histórica (novela antigua, novela medieval, novela renacentista y barroca y por último la novela moderna), sino todos los temas o modalidades (novela de análisis, psicológica, filosófica, terrorífica, epistolar, de aventuras, folletinesca, de costumbres, romántica, realista, personal o de autoconfesión, naturalista, científica, humorística, infantil, de guerra, social o de tesis, artística, introspectiva, novela ciclo, novela río y, por último, novela policíaca). Aún podía hablarse de una modalidad más de novela y, aunque la definición es mía, de mi propia invención, por lo que sin duda no será demasiado fiable, como no me importa nada por ello algún posible plagio, voy a facilitar esa definición. Entiendo yo que cabe hablar de la  que se ha llamado novela "roman a clé", o novela en clave. La definición  -insisto en que tan sólo es de mi cosecha particular-  podría ser esta: Es aquella que se escribe, partiendo de una realidad, pero cambiando los nombres de los personajes reales por otros imaginarios y modificando o recreando las situaciones, de tal modo que, tanto éstas como aquéllos, puedan ser perfectamente identificados por las personas que vivieron los acontecimientos y conocieron a los protagonistas de los mismos. Según tengo entendido puede causar terror, sobre todo si se escribe por capítulos o fascículos (como las “telenovelas”, aunque sin descender a su bajura). El terror, naturalmente, se produce entre los personajes reales, sobre todo cuando el autor posee un acusado acento crítico. Es como utilizar un látigo, en vez de una pluma. Debo confesar que, como no me creo precisamente una “buena persona”  -de lo cual ya habrán podido darse cuenta, en especial los lectores del Grupo “Uniendo Letras”-  yo mismo he escrito, hace ya algunos años una novela de este último tipo, que nunca encuentra tiempo para ser ajustada a sus debidos límites, porque de las más de 500 páginas que ahora reúne, debo suprimir unas  200 y agregar 50. Quizá algún día pueda encontrar un editor, pero, con el riesgo de que algunos o muchos de los que posiblemente se echarían a “temblar”, ya se habrán muerto. 


  

Facsimil de una página miniada de
"El Decamerón"  

Narrativa de forma breve, es el cuento, que, como la misma novela, puede extenderse a diversas modalidades y temas. Es un gran error el de pensar que los cuentos, tan sólo se han escrito o escriben “para niños”. Esta es una de sus modalidades, desde luego, la del cuento infantil, que contiene alguna moraleja o simplemente sirve para divertir o entretener. Pero, también existen otros modelos. Existe también, por ejemplo, el cuento artístico, como pura obra de narrativa estilística. En este género, Oscar Wilde, de quien hablaba en mi primera entrada de esta misma serie, ciertamente, es un gran maestro. Y existe el cuento popular, que es una recopilación de sucesos recogidos de la tradición oral. El cuento satírico. En él, Volataire, es el más grande. O los cuentos de tema sentimental, realista, naturalista, histórico o terrorífico, todos los cuales pueden tener las mismas características de la novela, excepto lógicamente su extensión.

Desde luego, en la narrativa pueden encontrarse las joyas más resplandecientes de la Prosa. No sólo en la novela. ¿Cómo no apreciar el brillo de la prosa cervantina, en El Quijote? Pero tampoco hay que olvidar que, 254 años antes, El Decamerón, un conjunto de cuentos y novelas cortas, alcanzó extraordinaria importancia en la Literatura universal. Esa excelencia radica en su elegante prosa, que fue modelo objeto de imitación, no sólamente por los autores del Renacimiento, sino que de él, nació el germen de la novela cortesana.

De algunos de estos tipos de Prosa, me propongo ofrecer algunas muestras de elaboración personal, en futuras entradas. Pero, todavía hay algo más dentro de la Prosa, aunque no todo de la misma importancia. A ello, quisiera referirme en una próxima entrada inmediata. Como en el caso de las anteriores, tampoco quiero hacer ésta inacabable. Hasta mañana, Dios mediante, a todos, mi más afectuoso saludo.
 

lunes, 26 de marzo de 2012

LA PROSA (II)



POESÍA, VERSO, PROSA,
LECTURA, ORALIDAD y ORATORIA


Luis MADRIGAL

 
Como ya podía deducirse de lo dicho en mi anterior entrada sobre este concepto lingüístico, la Prosa no es más que una forma de estructura que adopta el lenguaje escrito para expresar conceptos e ideas. También lo hace el Verso, también éste sirve para expresar conceptos e ideas, aunque yo creo que en menor e inferior medida. La diferencia, pues, esencial, entre una y otra forma de estructuras, es la de que mientras el Verso, por lo general, se encuentra sometido a medida (a un número de sílabas determinado, cada uno de ellos, dentro de una estrofa o grupo de versos); a rima  -consonante u asonante-  y a cadencia, entre otros aspectos, como podría ser la acentuación rítmica, que contribuye precisamente a que se produzca esa candencia, la Prosa se halla libre de todas estas exigencias formales.

En “El burgués gentilhombre” (“Le Bougeois gentilhomme”), la comedida de Molière, escrita en prosa, su protagonista, Monsieur Jourdain, pregunta si: “Cuando digo, Nicole, tráigame las zapatillas y déme mi gorro de dormir”, eso es prosa. La respuesta habría de ser, categóricamente, no. Porque el Teatro es un género literario no pensado ni establecido para la lectura, sino para la oralidad, incluso en los estrenos que los autores teatrales, los dramaturgos o comediógrafos, suelen efectuar antes del primer ensayo de la obra. El Teatro, pues, al márgen de la representación escénica, que se ve, siempre se oye. Y la Prosa pertenece, como hemos dicho, al lenguaje escrito, y su finalidad es la de ser leída, no oída. En síntesis, es una forma de escritura, que después se lee. A veces, claro. Porque, lamentablemente, hay demasiadas personas a las que no gusta nada leer. También el Verso, fundamentalmente, es lenguaje escrito. El Verso, también se escribe, y también se escribe para ser leído. Pero podría decirse lo mismo de él cuando se utiliza en el Teatro. También, en este caso, propiamente deja de ser Verso para convertirse en lo mismo que la Prosa, en algo que también se oye.  Esto es, que deja de leerse, para oírse. Según esto, que es lo que a mí me parece, el Teatro es el único género literario que elimina, propiamente, la palabra escrita y en consecuencia la lectura, para introducir la oralidad.  Distinta por completo, en cambio, de esta última, por más que pudiesen confundirse, es la Oratoria. Pero la Oratoria, en realidad no puede considerarse Prosa, ni tan siquiera propiamente Literatura, si por esto último, muy en general, hemos de entender el arte de la palabra escrita, porque la Oratoria es justamente lo contrario, es también un arte, sin duda, pero es el arte de la palabra hablada. El orador, si bien puede utilizar la escritura para practicar este último arte, como apoyo o auxilio de la memoria, no necesita para nada hacerlo, ni menos aún le es propio. Es más, el verdadero orador, prescinde por completo de ello y se dirige al auditorio sin el apoyo de escritura previa alguna. En esto consiste la elocuencia, que es el don de dar a la palabra hablada una inteligencia demostrativa, entusiástica, vehemente o incluso una seducción física. Sintetizando su esencia, podríamos decir que la Oratoria es el arte de persuadir por medio de la palabra hablada. En este específico sentido, el estudio de la teoría de la oratoria, es la Retórica. Y, en cuanto a la Oratoria, sí que existen diversas y muy marcadas clases de ella, por razón de la finalidad que persiga o se proponga el orador. Existe la oratoria sagrada, cuyo fin es el de acercar a Dios; la oratoria forense, relativa al discurso pronunciado ante los Tribunales de Justicia, para la adecuada aplicación de las leyes; la oratoria política, y dentro de ella, la parlamentaria o la meramente popular; la oratoria académica, en la que un maestro desarrolla temas científicos, o literarios; la oratoria militar, llamada también arenga, que se propone infundir el ánimo y el valor a los soldados, especialmente si se trata de entrar en combate. Y, por último, cabría hablar también de oratoria romántica, consistente en prescindir de la sujeción a toda regla retórica, tratando de alcanzar la persuasión únicamente por medio de la inspiración y el entusiasmo.

Mas, apartándome ligeramente del tema que trato de desarrollar, o estableciendo una cierta digresión, tal vez merezca la pena ampliar algunas ideas más acerca de la Oratoria, dado que este arte es también elemento esencial en lo relativo a la llamada “conferencia”, o más modestamente “la charla”.  Aproximadamente, es fácil decir lo que es una “conferencia”.  Y también lo que es un “discurso”. Sin embargo, el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española (RAE) nos permite entender que un discurso es la facultad de usar la mente (el razonamiento) para reflexionar o analizar los antecedentes, principios, indicios o señales de cualquier asunto con el fin de entenderlo. Cuando reflexionamos, estamos discursando, es decir, aplicando la inteligencia, para entender un asunto y hasta para ser capaz de explicarlo inteligentemente a otras personas. Es una tarea que realizamos en el interior de la mente, una línea de razonamiento. También sucede lo mismo cuando exponemos los resultados de nuestras reflexiones ante una o más personas. Sigue tratándose de un “discurso”, si quienes nos oyen se limitan a escuchar. Pero, si quiénes nos escuchan utilizan a su vez su inteligencia para discernir lo que decimos y, tras ello, se inicia un diálogo entre quién habla y sus oyentes, entonces nos encontramos en presencia de una conferencia, propiamente dicha, porque "conferencia" significa básicamente conversar y ese es el sentido principal que ha de tener esta actividad. Sin embargo, siempre que en la práctica se habla de “conferencia”, lo que se está proponiendo es un simple monólogo de un hablante, por docto o versado pueda ser, sin diálogo alguno entre quien ha hablado y los que han escuchado. Este es el estilo propio del más alto nivel académico. En él, el conferenciante  -es una tradición académica también-  culmina su discurso con la tradicional expresión “he dicho”. Y de ahí sin duda también el aforismo, “el viejo magíster dixit”.

Pero hay otro modo de utilizar la palabra hablada, con indudable resultado útil o provechoso, en aras de muy distintas finalidades. Me refiero a lo que en los últimos tiempos, al menos en España, se ha dado en llamar, más humildemente, “charla”, o incluso  -mejor aún, a mi juicio-  “charla-coloquio”. Este género contiene la facultad o posibilidad, por parte del auditorio, incluso de interrumpir al hablante  -haciéndolo naturalmente también de un modo ordenado, a través de un moderador-  a fin de establecer un diálogo fluido y vivo, sobre la marcha de la idea o ideas que se están exponiendo o, en todo caso, la de un diálogo final, en el que puedan establecerse conclusiones. 

Parece, pues, necesario distinguir entre poesía, verso, prosa, lectura, oralidad y oratoria. Y aún, dentro de esta última, entre conferencia y charla o charla-coloquio. Pero, en cuanto a la Prosa, propiamente dicha, ¿existen acaso diversas clases de Prosa? De eso quisiera ocuparme en la próxima entrada. ¿Alguien tiene algo que decir? Si fuere así, será bien acogido. Saludos.


sábado, 24 de marzo de 2012

LA PROSA (I)






LA PROSA COMO ESTRUCTURA LINGÜÍSTICA

Luis MADRIGAL

 Cuando yo era un joven estudiante de Bachillerato, al cursar en 5º Curso “Literatura Extranjera”, nuestro Profesor exigió la adquisición de un libro sobre el que efectuar algunos ejercicios de análisis. El título de aquel libro era el de “Verso y Prosa”, y el autor Oscar Wilde. Por aquella época se dotaba a los libros académicos de un forro que, lejos de las sofisticadas fundas de plástico de hoy, consistía en un papel de estraza, basto y grueso, generalmente de color melado o marrón, aunque también los había de color azul fuerte. Aquel papel, lo mismo servía y se utilizaba para forrar y proteger los libros, que para embalar y hacer paquetes. Al forro del libro correspondiente, según la materia o contenido del mismo, la mayor parte de los alumnos solía aplicar un rótulo, que al mismo tiempo denotase la pertenencia del libro. Aún recuerdo, con vergüenza ajena, algunas de aquellas ridículas rotulaciones: “Matemáticas para uso de… Fulanito de Tal”, por ejemplo. Idea muy inexacta, porque el uso es un derecho menor y limitado, distinto de la propiedad, esa dominación o soberanía absoluta de una persona sobre una cosa. O bien, decían otros, “Este libro de Ciencias Naturales pertenece a…”. Bueno, aquello ya se aproximaba más a la finalidad que se pretendía, pero tampoco era exacto. En cualquier caso, siempre me produjeron alergia aquel tipo de expresiones. Por eso decidí abreviarlas. Yo, siempre decía en el forro, por ejemplo, “Lengua Latina de Luis Madrigal”. Y similares. Me parecía, y creo que acerté, que la preposición “de”, encerraba no sólo un sentido posesivo sino incluso de verdadera propiedad, susceptible por tanto de ejercitar, no ya la correspondiente acción interdictal, para su recuperación posesoria, sino la reivindicatoria o, en su caso, la declarativa de dominio. De esto, yo no sabía nada entonces, pero ya lo intuía. Me parecía que, al responder a otra persona  -cuando me preguntaba de donde era-  “soy de León”, la preposición “de”  -que puede denotar origen, estado, cualidad o causa-  adquiría, en la respuesta, específico sentido de pertenencia y un carácter especialmente vinculante entre mi querida Ciudad natal y yo mismo, a la que yo me sentía tan estrechamente unido, hasta ejercer sobre mi alma aquella relación de verdadera propiedad. Yo, siempre me consideraba en aquellos años, y lo sigo pensando, “propiedad de León”. Tal vez por la misma razón aquellos libros, que eran míos, eran los libros “de”.


Cuando, aquel día, me disponía a forrar aquel libro requerido por el Profesor de Literatura, mi madre se acercó sigilosamente y, al observar el título, me dijo con una abundante dosis de guasa: “Cuidado, no vayas a escribir ´Verso y Prosa´ de Luis Madrigal”. No, no lo hice. En cierto modo, me sentí abochornado. ¿Cuándo podría ser yo el autor de un libro como el de aquel genio irlandés? Por aquel entonces, yo no sabía nada de Oscar Wilde, porque de haberlo podido saber no lo hubiese envidiado lo más mínimo. Para él su excelente literatura. Podía quedarse con ella si, para poder alcanzarla, hubiese tenido yo que reunir también el resto de sus características personales, y eso que por entonces de los armarios tan solo salían los trajes, los abrigos, las bufandas, los pañuelos, los guantes y demás indumentaria. Pero, desde entonces, he recordado siempre aquella incidencia y hasta llegado a pensar alguna vez -perdón por la inmodestia-  que, de tener la misma desfachatez de algunos “escritores”, o su pertinaz constancia, su afición a las relaciones sociales e incluso algunos otras cosas menos confesables, ya haría algún tiempo que hubiese podido yo “forrar” un libro  en cuya portada, y no sólo en el forro, se leyese con letra impresa: “Verso y Prosa de Luis Madrigal”.

Hoy mismo, como casi todos los días, al encomendarme a mi buena madre, a la que tanto me quiso en la tierra, por mediación de la del Cielo, he vuelto a recordar aquel libro y, más que sobre su autor, he reflexionado sobre los conceptos objeto del título: “Verso y Prosa”. Y he vuelto a recordar también que no es nada justo, ni preciso, que la palabra “prosaico” se asocie o sirva para poner de manifiesto la idea de lo insulso y vulgar, cuando no de lo rudo, lo basto y hasta la falta de ideales o de alteza de miras; en suma, la falta  -a fin de ser “práctico” a todo trance-  de los más nobles sentimientos y anhelos. Porque, prosaico, tampoco se opone en absoluto a poético, pese a que esto último, generalmente, suela y pueda lograrse mejor mediante el verso, lo que no quiere decir que no pueda alcanzarse también por mediación de la prosa. Hemos de considerar prosaico, simplemente, aquello que está escrito en prosa, pero nada más. Ciertamente que, si se escribe en verso  -sobre todo Poesía-  puede surgir el prosaísmo, que ninguna relación guarda con lo prosaico. El prosaísmo, sí es un defecto, pero precisamente de la obra en verso, consistente en la falta de armonía, de cadencia, de ritmo, o incluso  la incursión o la búsqueda de la rima forzada cuando se utilizan versos de distinta medida, o libres, porque en tales casos hay que hacer exactamente lo contrario,  huir de la rima. También cuando el lenguaje incide en palabras o términos de excesiva llaneza o vulgaridad, porque es preciso encontrar la metáfora. Es el prosaísmo, pues, lo que encierra un grave defecto, capaz de arruinar una obra, o una estrofa, en verso, pero no lo prosaico, que exclusivamente se refiere a lo escrito en prosa. Y ésta, la Prosa, es también un sublime arte. A través de ella, de la prosa poética, pueden expresarse, en un alto grado, todas las cualidades propias de la Poesía, la espiritualidad, la belleza. Tal vez no, de la Poesía puramente lírica, en la que se expresan los sentimientos más íntimos del poeta y que, en mi humilde consideración, constituye el culmen, la cúspide de la Poesía, por requerir además casi inexcusablemente del Ars Métrica, y de la rima, si se pretende alcanzar la perfección.

Pero, al margen ya por completo de la Poesía, la prosa es un elevado arte de expresión literaria. Me parece a mí que la prosa es, a la exactitud y nitidez de la idea, del concepto, del pensamiento, lo que la poesía lírica es a la belleza en la expresión del sentimiento, dejando también a un lado la jocosa y la satírica o epigramática, a mi humilde entender, malamente llamada “poesía”, puesto que tan sólo es mero verso. En efecto, se ha dicho muchas veces que “vale más una imagen que mil palabras”, pero esto es absolutamente falso. La imagen, puede expresar, más y mejor que la palabra, la belleza plástica, pero mucho menos y peor el sentimiento y nunca el pensamiento. Trátese de elaborar una simple definición de algo, sea lo que sea, y necesariamente habrá que acudir a la Prosa. Qué no podrá decirse si se trata de contar una historia o de urdir una trama, o desarrollar un argumento. Y, en este sentido la prosa es el ámbito propio, no ya de la Novela y del Cuento, sino de la Filosofía. No es posible escribir Metafísica en verso, pero además no es posible tampoco olvidarse, en su belleza intrínseca, de la prosa cervantina, si de la lengua castellana se trata. Y no diré ya sólamente de Cervantes, sino del mismo Ortega y Gasset. Se ha dicho que Ortega no es un filósofo, porque dicen que “carece de sistema”, lo cual no es cierto, pero si algo no puede negársele es el ser un excelente y grandísimo escritor. Naturalmente, en Prosa, un genial prosista. ¿Y Balzac, Dickens, Goethe, Mommsen…? A cada cual lo suyo. Desde luego, desde ahora mismo, pienso incrementar mi deseo de cultivar la Prosa. En algunos casos, es además un excelente refugio frente a la nostalgia o el dolor. Para esto último, ciertamente  -como cuando se trata del amor-  es mucho más apropiado utilizar el verso, pero de momento yo ya no puedo más. Necesito un sosegado descanso, por más pueda temerme que no consiga evitarlo de vez en cuando.