sábado, 15 de junio de 2013

TRISTE HALLAZGO EXISTENCIAL




¡QUÉ TARDE...!


¡Qué tarde las ilusiones
que las pasiones levantan,
llegan...! Cuando ya no hay fuego
y sólo el humo y el hielo,
ya se hermanan, ya se espantan.

Que impreciso y torpe, el tiempo
que discurre sin sentido;
se va por donde ha venido,
tan ligero como el viento,
sin despertar el latido.

Qué dulces son las palabras
cuando suave es el camino
y qué duras y qué amargas
son las que  -andando-  el destino
se guarda al fin... ¡Son dolor!

¡Qué pronto se va el amor,
para cruzar a otros prados
y a otras fuentes...! Con horror,
hace brotar agua amarga,
como veneno la flor.

A prestar viene su auxilio
siempre el racional sentido...
Y, a costa de la cordura,
sufre el alma la tortura,
la soledad y el exilio.


Luis Madrigal





viernes, 14 de junio de 2013

LEJANA MIRADA




VOLVÍ A MIRAR DE LEJOS


Miré desde tan lejos el rosal,
que el hielo lo cubría. No había rosas.
Ni contrastes de luz, ni mariposas
tan rubias, ni de labios de coral.

Como la que buscaba, en el austral
Jardín, ya diluido en nebulosas
-oscuras y grisáceas como losas-
ticciones, que apagaba tu cristal.

Y no pude ver más. Sólo el Invierno,
buscando ya un abrigo junto al fuego,
a impulsos del amable bien eterno

(el asiento a la lumbre), con despego
del amor que no fue, siendo tan tierno.
Sentí sabor de hiel, no olor a espliego.


Luis Madrigal





jueves, 13 de junio de 2013

MEDITACIONES DE CAFÉ



AL CAER DE LA TARDE

Me senté en un Café. Fuera, llovía.
¿Qué pensaba? Tal vez, no había nada
en qué pensar. Quizá[1], sólo sentía
que la lluvia caía desesperada.

¿Más que yo…?, pregunté, con voz cansada.
La respuesta, el ser escalofría,
tiñendo de amargor mi alma angustiada
y me acerca con prisa a Rosalía.[2]

Ya escucho las campanas de la ida:
Tenía por vivir la vida entera
y hoy tan sólo menos de media vida.

Como a la lluvia  -al caer-  me desespera
que la vida sea un soplo, y la medida
propia del trigo, cuando está en la era.


Luis Madrigal


A mis queridos amigos, la dulce poetisa de Montijo
Francis Quintana y a su marido, el gran poeta de Alburquerque,
Juan Manuel del Pozo, con mi gratitud y cariño.



[1] qui sapit
[2] Rosalía de Castro: En Cantares Gallegos, “Campanas de Bastavales”. Versos 8 y 9, de la I Parte:
     8  qu'antes tiña vida enteira
     9  y hoxe teño media vida.

miércoles, 12 de junio de 2013

LOS COLORES DEL DÍA




EL COLOR DE LAS CAMPANAS


El color con el que suenan
las campanas de una torre,
siempre es el mismo… Es eterno.
Por la mañana, de plata;
por la tarde, tan oscuro
como una noche de invierno,
suena y suena en todo tiempo…
Para endulzar los sabores
que, unas veces, trae la vida
y otras, en las horas negras,
para aliviar los dolores…

¡Sonad alegres, campanas…!
Sonad con un timbre amable.
Tronad, como truena el bronce,
en salvas de amor, sin sangre.
Repicad, en los albores,
cuando la vida se ensancha;
cuando la mies, en la era,
un eco al cielo levanta.
Tañed al fuego que arde,
rojo sobre el horizonte…
Repicad con brío al monte,
mas… ¡no dobléis en la tarde!


Luis Madrigal






domingo, 9 de junio de 2013

EN LOS DÍAS MÁS NEGROS (III)




DOS CANTOS DE DOLOR
Y AFLICCIÓN

ENTRE SERES PERVERSOS






I

NADA

Sin ver la luz del sol, ando el camino
en la prisión del alma soberana.
Con la luna regreso, entre el gentío.

Las horas cruzan lentas, sin destino,
en un reloj de arena, que desgrana 
cada soplo de ser, mudo y vacío.

Ayer, igual que hoy... y que mañana.



Madrid, Noviembre de 1993,
Penal  Socialista (PSOE) de las  Caracolas,
al Alba






II

ANGUSTIA

Ese sentir tan temido,
tan adherido a mi entraña;
ese zarpazo que araña
bajo mi piel el sentido.
Ese profundo latido,
que bronco salta en mi pecho;
ese clamor hasta el techo
del cielo que  -sin ver-  miro.
¡Ese angustioso suspiro
del alma entre un puño estrecho...!



Madrid, Noviembre de 1993,
Penal  Socialista (PSOE) de las  Caracolas,
al  Crepúsculo



Luis Madrigal





viernes, 7 de junio de 2013

LA LLUVIA ROMPE EL HIELO



LLOVÍA EN LA MAÑANA


Llovía en la mañana y el sol, triste,
en un penoso esfuerzo, sonreía.
Cada gota del cielo que caía
era el beso de amor que no me diste.

Hace ya tanto tiempo que te fuiste,
que un solo instante siglos parecía…
De par en par mis ojos, yo veía
el mismo Río azul que siempre viste.

La lluvia al fin cesó. Cerré el paraguas.
Caminaba muy lento, soberano.
Sólo mi pensamiento, tras las aguas

voló en un breve soplo el Mar lejano
para encender mi fuego hasta en mil fraguas,
tal si de ti estuviera muy cercano.


Luis Madrigal



jueves, 6 de junio de 2013

ALGO TERRORÍFICO



LA LACRA DE EL NIHILISMO

Sobre lo que se ha llamado “nihilismo”, la literatura no es muy abundante, ni menos aún precisa. Mucho menos, por ejemplo, que sucede con el determinismo, de cuyo concepto filosófico yo mismo tuve el descaro de ocuparme una vez, en este mismo humilde Blog. Tal vez eso, a su vez, es así, por cuanto aquel concepto no se encuentra sistemáticamente encuadrado en los tratados clásicos, con las excepciones que aquí trataré de exponer sintéticamente.

El nihilismo, más que una construcción, tendencia u orientación filosófica, es una simple “actitud vital”, también de este carácter, o aún más, si hemos de distinguir entre la ciencia de la Filosofía y el filosofar. Ya pueda considerarse o ser entendido como doctrina filosófica, como un mero movimiento, o como  una práctica, el término “nihilismo” proviene del latín “nihil” (nada) y su afirmación esencial es la de que la existencia humana  -en consecuencia, el nihilismo prescinde por completo de la esencia-  carece de todo significado y hasta de todo valor superior. Los efectos de tal tipo de pensamiento o de actitud, pueden ser terroríficos, puesto que, en lógica consecuencia, y según se postula, desde que es instalado en el existir, al ser humano no le es posible “creer” en nada, ni tratar de observar ninguna conducta ética, y menos aún solidaria, puesto que, según algunos de los postulados nihilistas, el ser humano tan sólo puede quererse única y exclusivamente a sí mismo. El hombre carece de toda capacidad de querer a otro, por lo que cuanto se predica en sentido contrario resulta una mera utopía, un imposible absoluto.

Con ello, ser nihilista es afirmar que nada, ningún concepto o valor esencial, de contenido moral, tiene una explicación que pueda ser probada y, en consecuencia, ser nihilista equivale también  a negar todo cuanto pretenda significar un valor axiológico, o moral. En este sentido, el nihilismo, no sólo es una conducta proveniente de un  pensamiento ateo, sino también un pensamiento radicalmente contrario al historicismo, a la dialéctica de la historia de orientación marxista, aunque no al devenir hegeliano del ser, sin que ello implique tampoco ninguna finalidad de orden superior, puesto que la existencia, por propia definición, no debe tomar por objeto, nada de lo que “no existe”. Esto abre el camino al vitalismo más placentero, restringiendo el dolor a lo estrictamente circunstancial, y por ello no caben ningún tipo de mártires ni de héroes dentro del pensamiento nihilista, al alentar éste la negación de todo dogma. Cierto que  -cabe entender más que lógicamente- para eludir la acusación de instrumento de auto-destrucción que pesa sobre este tipo tan oscuro de pensamiento, y que no albergaría otro fin para la Humanidad sino el del “suicidio colectivo”, algunos nihilistas conceptuales han defendido, o más bien propuesto, la posibilidad del llamado “nihilismo positivo”, abierto a opciones  y tendencias vitales que en ningún caso han llegado a determinar y concretar. Con lo cual el dramático problema de existir para no poder nunca ser nada, o mejor dicho, para ser únicamente eso  -nada-  por el mero hecho de existir, continúa sin resolverse.

Se ha pretendido tan extremada antigüedad del nihilismo, que hasta ha llegado a atribuirse a un sofista pre-socrático, Gorgias, para quien, paradójicamente, ni la propia idea de "nihilismo" puede cobrar sentido alguno, por sostener el más absoluto de todos ellos, lo cual la reduce al absurdo, generando su propia imposibilidad. Tal es así puesto que Gorgias piensa que "nada existe"; si existiese, no podría ser conocido y, de poder conocerse, no podría comunicarse, esto es, no podría ser comunicado. Esto, como filosofía, evidentemente no parece nada serio, por totalmente inconsistente. Tal vez por ello, ha llegado a afirmarse también que el nihilismo tiene su origen, nada menos que en el Eclesiastés, uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, que, ciertamente como otros de su mismo género  -el de Job, entre ellos- parecen hacer fluctuar el pensamiento bíblico hasta corregirse a sí mismo, causando la impresión en el lector de que los valores más sublimes  -el amor, la justicia, la verdad, la paciencia-  y hasta la vida misma carece de sentido, sin constituir más que una serie de actos incoherentes y de acontecimientos sin importancia, todos los cuales concluyen con la vejez y con la muerte. Pero esto no es nihilismo, ni mucho menos, sino radicalmente todo lo contrario. Es vitalismo. La lección que verdaderamente deja el Eclesiastés es la de que, cuando todo lo que se vive es puesto al servicio de la vanidad humana (que constituye el leitmotiv del libro sagrado, de principio a fin (1, 2 y 12, 8), entonces, sí, la vida carece de sentido. Ciertamente, tanto a Cohélet como a Job, tan sólo puede dárseles una respuesta escatológica, de ultratumba, pero a todo hombre, incluso a los que piensan o creen únicamente en la vida terrenal, se les ofrece siempre un sentido vital, sobre la tierra que pisamos, fundado en la ilusión y la esperanza puramente humanas.

Por último, también se ha pretendido atribuir la concepción nihilista de la existencia al gran filósofo existencialista alemán Martin Heidegger lo cual es también por completo impreciso y rigurosamente falso. Es verdad que Heidegger es un filósofo existencialista, procedente de la fenomenología de Husler, pero, si se ahonda en el pensamiento heideggeriano más profundo, se concluirá que Heidegger, paradójicamente, casi es un “esencialista”, si bien se ocupe de determinar filosóficamente en qué consiste el existir. Y esto último, para el gran filósofo de Friburgo, consiste precisamente en ser, en llegar a ello en la totalidad de lo que su propia esencia puede representar para cada ser humano, en función de sus capacidades y de su libre voluntad y esfuerzo.

No puede caber duda alguna de que fue el ateísmo más radical, el más negro y corrosivo, el de Friedrich Nietzsche, el que, partiendo de la idea de “la muerte de Dios”, alumbró la teoría nihilista, propugnando que la vida terrenal carece de todo sentido. Nietzsche describió el cristianismo como una religión nihilista porque evadía el desafío de encontrar sentido a la vida terrenal, y que en vez de eso creaba una proyección espiritual donde la mortalidad y el sufrimiento eran transcendidos. Nietzsche cree que el nihilismo es un resultado de la muerte de Dios, lo que apareja o conduce a la consecuencia de la destrucción de todos los valores, por caducos y sin sentido alguno. Con ello, el nihilismo encuentra una fuerte base de entronque con el simple y mero ateísmo.

También es verdad que, en el campo de la propia Teología  -y de la Teología cristiana-  se ha desarrollado la idea de “la muerte de Dios”. Casi todos los teólogos de esta corriente, han sido protestantes, o luteranos, desde el iniciador de la misma, el estadounidense William Hamilton que se dio a conocer en el artículo publicado en el New York Times, titulado “Los nuevos teólogos conciben un cristianismo sin Dios”. Este crucial artículo se publicó el día 17 de Octubre del año 1965, y la muerte de Hamilton se ha producido muy recientemente. Esta teología de un cristianismo sin Dios, fue acogida también, tras Hamilton, por los también norteamericanos y protestantes Paul Matthews van Buren y Thomas Jonathan Jackson Altizer, y por el francés Gabriel Vahanian abriendo con ello el camino hacia una Teología inmanentista, esto es, no transcendente; a una Teología sin Dios, que limita el cristianismo a una mera ética de actitudes. Desgraciadamente, esta orientación, si bien protestante, no ha dejado de extenderse al ámbito católico universal, si no en cuanto a autores que la postulen, sí en la enseñanza en Institutos y Universidades y sobre todo, presente en la práctica pastoral de no escasos sacerdotes defensores de lo que se llamó “el éxito post-conciliar”, tras el Vaticano II, causando con ello un notable daño a la recta doctrina de la fe, el consiguiente escándalo y un no escaso número de “víctimas”, entre los hijos espirituales de Hamilton.  No obstante, no es nada singular, ni debe mirarse con malos ojos, que los teólogos de referencia sean protestantes, porque también Bultmann y Pannenberg lo son, al propio tiempo que compatibles en muchas de sus matizaciones con los puntos de vista teológicos del catolicismo.

Afortunadamente, otro teólogo católico, alemán y Profesor en Freising, Bonn, Münster y Tübingen, llamado Joseph Ratzinger, en 1968, tres años más tarde de la aparición en el New York Times de aquel diabólico artículo de Hamilton, afirmó con contundencia que no se es ni se comienza a ser cristiano en virtud de ninguna decisión ética, ni de ninguna idea, ni menos aún por el encuentro con la materia  -porque la materia es un ser que si bien ciertamente es, no puede comprenderse por sí mismo, no se autocomprende-  sino por el encuentro del hombre con el Logos, que no es otra cosa sino el pensamiento y comprensión precedentes a y de la propia materia y que no es ninguna idea, sino una Persona. Una Persona, que no sólo piensa sino que también ama, y por eso crea. Y que nos ha amado a todos, y a todo lo creado, hasta el fin.

Luis MADRIGAL

A mi nueva amiga
la religiosa dominica (O.P.) Sor. Cecilia Codina Masach,
que tan amablemente vino a este humilde lugar,
con el deseo de que haya podido conocerme.

¡O Spem miram!