martes, 17 de noviembre de 2015

EN ESTA HORA TAN AMARGA






NO TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A PARÍS


Todos los caminos llevan a Roma, se decía y se dijo durante mucho tiempo. No todos, en cambio, llevan a París, donde, en lugar de la Fontana de Trevi, se encuentra la Torre Eiffel y, con inspiración en ella, el logotipo que el ilustrador Jean Julien  -según he podido saber, así se llama este señor-  ideó, eso sí, en su estudio de Londres, mientras escuchaba en la radio los criminales sucesos. El nuevo logo de la paz  -Peace for Paris-  se ha hecho famoso en unos minutos, y dicen que uno sólo de ellos le bastó a su creador para diseñarlo. Pero ya han transcurrido, y parece que fue ayer mismo, nada menos que once años, desde el día 11 de Marzo de 2004, en que esos siniestros y sangrientos caminos conducían a Madrid, tras la masacre de Atocha. Porque 192 muertos, entre ellos una persona muy querida para mí, son exactamente 63 más que 129. Sin embargo, los franceses sallieron del Estadio de Saint Denis cantando a pleno pulmón la Marsellesa, su himno nacional, mientra que en España se culpaba a un Presidente del Gobierno español que, sin ser nada del otro mundo sino más bien muy poca cosa, había desempeñado su papel, no sólo mucho mejor, sino con verdadero acierto  -salvo el inoportuno momento de aquella presuntuosa y vacua fotografía de las Azores- que el inconmensurable inútil que le sucedió, fruto de la "indignación" popular. ¿Acaso es que no hay hombres, en España? "¡Lo que no hay son masas!", se contestaba a sí mismo Don José Ortega y Gasset. Esto es, verdaderas masas que, influídas por una minoría egregia, sin duda han de ejercer un papel no ya importante sino decisisvo en este negocio que se llama la organización política de la sociedad, "el Estado", y cuyo nombre no significa otra cosa sino "el estado"  en que se encuentra la convivencia política en un momento determinado y subsiguientemente en todos los momentos.  Fruto de aquella falta de verdaderas masas, remplazadas por una jauría procedente de las perreras intelectual y moralmente más sórdidas de las "periferias" de la Ciudad terrestre, se sustituyó a un discreto hombre medio por un perfecto inútil, analfabeto y estúpido, que, como no podía ser de otra forma, llevó a España a la ruina financiera y al desastre económico, entre otras cosas sin duda mucho más graves.

Por ello, hoy yo me reconcilio y hasta me sorprendo admirando y queriendo a Francia, tras haber replicado, tan sólo en horas, a la canallesca barbarie criminal, bombardeando intensamente las posiciones territoriales de los asesinos y declarándose en estado de guerra abierta contra semejante y canallesco peligro universal. No voy a declinar de mi vieja idea de que el país vecino ha sido a lo largo de la Historia el que más daño ha hecho a España. Pero, en este momento, no sólo es un país amigo y aliado de mi patria sino que ha sabido replicar con la entereza y gallardía  -con verdadera grandeur-  con la misma que lo hubiese hecho la España de algunos siglos atrás. Y por ello, no puedo menos de exclamar, con cierta envidia pero al mismo tiempo sintiéndome protegido, ¡Vive la France, vive la République!.  Me uno, no sólamente a los aficionados al futbol que salieron cantando la Marsellesa de Saint Denis, sino a los parlamentarios que lo hicieron tras la declaración de guerra del Presidente Hollande. Con cuánta satisfacción hubiera yo vivido el momento en el que, tras aquel sangriento 11 de Marzo de 2004, presagio y causa de tantas futuras desgracias, la aviación española, y también  el Parlamento español, aun ya disuelto en aquel momento, hubiesen  hecho otro tanto de lo mismo.

Y sobre todo, el pueblo. El pueblo español. Ese gran pueblo al que tanto daño ha hecho aquella maldita guerra, que nos dividió más aún de lo que ya estábamos antes, por nuestro maldito carácter. ¿Es que jamás podremos ser un único pueblo, con todas las diferencias ideológicas y políticas que se quiera, pero uno al fin, uno sólo y férreamente unido, en los grandes momentos comunes. Porque, he podido oír en la Radio, que el Ayuntamiento de Córdoba  -la Córduba califal omeya, pero antes romana, la de Séneca-  tras observar formalmente un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas de París, ha dedicado otro a continuación en honor de los verdugos. Este es el relativismso ateo y obsceno que hoy parece azotar España entera. Frenta a él, yo me declaro hoy ciudadano francés y quiero estar con Francia y con todos los franceses en esa guerra que estas bestias, tan inmisericordes y crueles, nos han declarado a todos. Ya voy siendo viejo, pero no ha huído de mí el juramento que un día presté en el Campamento Universitario de Monte la Reina, de defender a mi Patria hasta la última gota de sangre. Supongo que todavía soy Alferez de Complemento de la gloriosa Infanteria española, la de Italia y Flandes, donde acaba de suspenderse el partido de fútbol entre Bélgica y España, "por razones de seguridad". Me parece preferible morir una vez, empuñando las armas, que estar vivo para ser esclavo del terror mil veces y siempre.

Ya es hora de acabar de una vez por todas con estos miserables. Hace algunos años, un gran amigo, sutil y agudo analista político internacional y militar, me dijo que la tercera guerra mundial sería no contra el Islam, sino contra las macabras y despiadadas desviaciones del mismo, y con intervención del mismo lado, no sólo de las potencias militares occidentales, sino también de Rusia y China, de el Canadá y de Australia, para aplastar la cabeza para siempre a estas víboras. Desde luego distingo perfectamente entre musulmanes y terroristas. Los primeros son hermanos en la Fe y bíblicamente "primos carnales", porque ellos descienden de Ismael, a través de Agar, y nosotros los cristianos de Isaac a través de Sara, pero todos somos nietos de Abraham. Los otros, simplemente son unos asesinos. Asesinos de la vida, que es el primer bien jurídico objeto de protección por parte del Derecho, pero sobre todo de la libertad y la paz que son fruto directo del más elevado de todos los bienes, el amor, y que transcienden infinitamente las coordenadas de Einstein, para alcanzar los valores universales y eternos. ¡Allez la France...! ¡Allez! Notre Dame, os acompañará en nuestra justa causa.

Luis Madrigal

sábado, 14 de noviembre de 2015

ASESINOS, ESE DIOS NO EXISTE






Si alguien mata en nombre de Dios,
es que ese dios no existe.


Con un fuerte abrazo a todos los hermanos franceses

y en recuerdo de mis compatriotas


Juan Alberto González Garrido,
Michelle Gil Jaimes y
Manuel Pérez Paredes




Luis Madrigal








jueves, 12 de noviembre de 2015

NADIE LO SABE




NI LO SABEN LAS NUBES


No saben bien las nubes si es que el cielo
habita sobre ellas o es el techo
del universo entero, y si fue hecho
cual la nada que cubre... Como un velo

se ciñe sobre el cuerpo y de su anhelo
tan sólo queda un neutro y ya maltrecho
cadáver, muerto en vida, al acecho
de luz que no se apague bajo el suelo.

No lo saben las nubes... Ni el reflejo
del mismo sol que alumbra la alameda.
Sólo el hombre  -borroso cual espejo-

alcanza su latido, en la humareda
de un fuego que se extingue y que, ya viejo,
eleva al cielo suave lo que queda.


Luis Madrigal

viernes, 6 de noviembre de 2015

CUANDO SE OCULTA EL SOL



BUSCO LUZ EN LA NOCHE


Quiero quedarme quieto y, en mí mismo,
entrar a lo más hondo, donde habita
la única verdad... Busco la cita
que conmigo me libre del abismo.

Del existir sin mí  -y sin cinismo-
sólo por mí y en mí mi alma grita
cual calla entre silencio el eremita
que aleja de su alma el eretismo.

El tiempo nunca pasa y el que viene
llega, a la vez que huye el sentimiento
de azucenas en flor. Que nadie tiene

en su mano el tiempo ceniciento,
ni puede remediar que tanto apene
en la noche pasar de luz hambriento.


Luis Madrigal



sábado, 17 de octubre de 2015

AL ALEJARSE EL CIELO




EL FUEGO SE APAGÓ


Te has ido  para siempre... Lo presiento.
Y mi presentimiento es ciencia pura;
la lógica que advierto, verdad dura
que cambia la razón en sentimiento.

Quisiera recordar el dulce acento
de la voz que se oculta en la espesura
de un bosque impenetrable. Y en la oscura
noción de un tiempo muerto y ceniciento.

Ni una brasa ya habita en la ceniza
de aquellos troncos verdes que gritaban
al arder crepitando. Luz plomiza

envuelve la memoria que alentaban...
Aquella rama verde, quebradiza,
apagó el fuego ardiente que soñaban.



Luis Madrigal







viernes, 25 de septiembre de 2015

EN EL LÍMITE




ADIÓS, CATALUÑA, ADIÓS

(POR LA INDEPENDENCIA DE ESPAÑA)


Se terminó este suplicio para mí. Ya no puedo más. Con la autoridad de René Descartes, cierro los ojos y, el caballo que se hallaba ante mí, ya no está, ha desaparecido, no existe. Tenía razón aquel hombre siempre hasta los pies vestido de negro, de cuya pensamiento se alimentó la filosofía durante tres siglos. Si el mundo  -todo él-  existe, para mí, es porque yo lo percibo y, sin esta percepción, automáticamente deja de existir. Ya no existe. Posiblemente seguirá existiendo para los demás. Pero no para mí. Hoy, yo cierro los ojos y, al instante, deja de existir Cataluña. Nada juzgo con ello, y menos aún a nadie, incluso de nada me lamento. Tan sólo ocurre que ya no puedo absorber tanta sinrazón -histórica y actual- tanta mentira, al parecer hechizante o hipnotizadora, tantos energúmenos, alguno de ellos tan asilvestrados y de pelaje tan lanar, tanta falta de equilibrio y prudencia, tanto mal gusto y tanta barbarie salvaje. Eso, por parte de unos. Ni tanta cobardía, por parte de otros. Y, sobre todo ello, tanto odio acumulado, como artificialmente fabricado contra España, mi patria, a la que prefiero mil veces ver "mutilada", antes que, una sóla vez, aparentemente entera, pero falsa. Una España, que no lo sea de verdad. Que no sea España, en su pretendida totalidad territorial, pese a que la Madre Roma llamó "Hispania" a todo cuanto quedaba encerrado en la vieja "piel de toro", tras cruzar los Pirineos. Y, como desde este momento, para mí Cataluña ya no existe, ni independiente, como estado soberano, ni de ninguna otra forma, nada absolutamente me importa lo que suceda pasado mañana mismo, Domingo día 27 de Septiembre, en esas elecciones de propósitos torticeros y estrafalariamente ilegales, pero puestas al servicio de una pasión (por lo que dicen los periódicos y reflejan las imágenes de TV), que indudablemente no es de hoy, si bien pueda decirse exactamente desde cuando lo es.

El catalanismo, no fue en sus origenes más primigenios sino un movimiento pura y estrictamente literario y tan sólo hacia 1885 comenzó a cobrar carácter político. Su fundador fue Valentí Almirall i Llozer, autor del libro "Lo Catalanisme" y fundador del diario "El Estado Catalán", que se publicó en Barcelona entre los años 1869 y 1873, y más tarde del "Diari Catalá" (1879-1881).  No es, pues, el señor Mas, ni el señor Pujol, ni mucho menos aún el Honorable  -éste si que, personalmente, lo era de verdad- Señor Tarradellas, pese a ser el yerno del señor Maciá. Tampoco aquel maldito francés llamado Felipe V, que dictó, entre los cinco Decretos de Nueva Planta, el de 16 de Enero de 1716, relativo al Principado de Cataluña, pese a la falacia cultivada del Conseller en Cap de la Ciudad de Barcelona, Rafael Casanova i Comes, que no murió fusilado, ni fue sepultado en el Fossar de les Moreres, sino en su cama de San Boi de LLobregat, y que simplemente era un austracista, como lo hubiese podido ser yo mismo de haber vivido por entonces. Ni, casi anteayer, lo fue tampoco el General Franco, con su oprobiosa Dictadura militar, que, además de prohibir el uso de la lengua catalana (sin duda un genocidio cultural), enterró millones de pesetas para que Cataluña, es decir Barcelona, se consolidase como la gran potencia industrial, la "Fábrica de España", merced también al sudor y la sangre de los andaluces, extremeños, murcianos, asturianos, castellanos, gallegos, leoneses y demás otros pueblos hambrientos, además de saciar el hambre del propio pueblo catalán, tras la fratricida y sangrienta contienda militar iniciada en 1936. Pero, el movimiento catalanista, en sus sucesivas versiones de provincialismo, romanticismo, federalismo, particularismo, regionalismo, unionismo a través del Centre Catalá, de la Lliga o de la Unió Catalanista, no es de ahora. Lo que sí causa ahora es la impresión de resultar un verdadero despropósito, y un peligro objetivo, tras la vigente Constitución Española de 1978, el Estatuto de Cataluña y los Tratados de la Unión Europea. Pero, a mí, esto último ya no me importa absolutamente nada. Tanto si Cataluña se convierte o no, andado el tiempo, en un Estado soberano; si permanece o no en la Unión Europea; si puede o no evitar su ruina financiera a corto plazo; si los grandes bancos y muchas empresas se van de Cataluña; si los pensionistas catalanes puede o no percibir sus pensiones o recibir la debida atención sanitaria. Lo lamento mucho por los catalanes que también se consideran y sienten españoles. Sean todos ellos bien venidos a España, si desean volver, una vez se establezca la correspondiente frontera. Pero personalmente nada puede importarme ya si Cataluña se convierte en aquella "Utopía" que concibió Tomás Moro o si sobre ella cae una bomba atómica. Para mí, Cataluña ha dejado de existir para siempre. Incluso me doy de baja de mi condición personal  -"rompo el carnet"- a la que he sido fiel desde los ocho años de edad hasta hoy mismo, en cumplimiento de una promesa que le hice a mi paisano César Rodríguez Álvarez, el hijo de Bernardo y María, que era mi vecino en León, cuando a tal edad me regaló una de aquellas camisetas del F.C. Barcelona  -el Barça-  de las que venía cargado a León, por los veranos, para repartirlas entre la chiquellería, y cuyos restos mortales yacen en el Cementerio de Las Corts de Barcelona.

La desaparición de Cataluña, existencialmente para mí, no supone en mi ánimo el menor rencor, ni ningún mal deseo yo albergar hacia ella ni hacia ningún catalán. Les deseo a todos, sinceramente, la mejor suerte, pero no es preciso que me insulten y ultrajen más, públicamente. Yo, este insignificante español, tan insignificante como cualquier otro individuo, le concede a Cataluña la independencia. Es más, no quiero ni por un segundo que Cataluña permanezca dentro de España, no lo deseo, porque ya no me lo pide así el corazón. Siempre he admirado y querido a Cataluña, a su cultura, su laboriosidad, a sus grandes hombres, que  -aunque no los haya ahora-  los ha habido por docenas en todos las esferas. Por ello, tampoco la he robado jamás nada, ni a Cataluña ni a ningún catalán, entre los que pude encontrar algunos verdaderos amigos, aparte de no haber dejano nunca de quererla, cono nación. Sí, siempre admití que Cataluña es una Nación, pero una nación española, y no sólo una parte del Estado español. Incluso el propio Almirall, en su visión de los particularismos (a los que por otra parte se refire Ortega y Gasset, como causa de la invertebración de España), entendía y propugnaba tal particularismo  (en la Memoria que presetó al Rey Alfonso XII en 1885) en el sentido más amplio, no sólo cerrado al ámbito político catalán, sino también a todos los demás pueblos peninsulares ibéricos, para la formación de un Estado, no sólo europeo, sino de vocación mundial, en el que se combinase y fusionase la variedad en la unidad. Nada que ver con lo que ahora tan alocadamente dice pretenderse.

Ante las insufribles circunstancias actuales, no quiero que Cataluña desaparezca para mí, sin despedirme antes de todos y cada uno de sus grandes hombres. Fundamentalmente, y casi por todos ellos, de aquel gigante del espíritu y del intelecto, Jaume Llucià Antoni Balmes i Urpià, "Príncipe de la Apologética moderna". También del jurista, filósofo y humanista Eugeni d'Ors i Rovira; del heroico General Joam Prim, Marquès de Los Castillejos, Comte de Reus, Vescomte del Bruc y Grande de España, que entregó su vida por ella. Y de tantos otros, entre ellos del maravilloso Antoni Gaudi, del que mi tierra de León guarda dos grandiosas obras arquitectónicas.

Sintetizo: Españoles  -incluidos los catalanes, los que también lo sean- permanezcamos más unidos y solidarios que nunca. Y, si algún otro pueblo peninsular del "Estado", quiere tomar el mismo camino, que sea también mañana mismo. Cuanto antes, mejor. Por mi parte, mucho agradecería también similar conducta individual a cuantos "no se sientan españoles", ya crean en Dios o únicamente en  Billy Wilder.  Ni  tan siquiera les pediría que devolviesen algún cheque, por principal de millares de euros (€) o de cualesquiera otras unidades monetarias de curso corriente, recibido como premio a su pretendido prodigioso talento universal, pero que a algunas personas, o tal vez a muchas, tal "arte" nos importa un rábano. Nada les reclamaría con tal de que se fueran de España.


Luis Madrigal





miércoles, 23 de septiembre de 2015

UN DILEMÁTICO BINOMIO


AMOR Y TIEMPO


El amor que nunca fue
es más que el que ya no es.
Aquél fue todo sin ser,
éste ya es nada... Al revés
del cristal por el que miro
todo lo veo sin ver
y nada es que no sea
ni nada fue, si fue ayer.


Luis Madrigal


Madrid, Capital de España, 23 de Septiembre de 2015