Las dos coordenadas de Einstein, son, como bien se sabe, el tiempo y el espacio. Ellas dieron lugar a la teoría de la relatividad, o mejor dicho, de las dos relatividades, y a la unidad "espacio-tiempo". Todo ello, ciertamente, es un misterio, por encima de su formulación matemática y física, que eso algunos sí que lo comprenden. Es un misterio en lo que, pese a la Matemática y la Física, es incomprensible. Conocí a un Ingeniero Aeronaútico que, no podía explicarse cómo podían elevarse los aviones. Sólo sabía que, efectivamente, se levantaban de la tierra para emprender vuelos largos, a veces trasoceánicos, o a través de las rutas polares, para conectar lugares antípodas o sumamente distantes entre sí. Pienso yo ahora que, sin necesidad de ello, de la aviación ultrasónica, eso mismo puede hacerlo ya el ser humano ahora -siempre ha podido- por mediación del pensamiento y, cuando el cerebro humano sea explorado y "puesto en explotación" hasta sus últimos límites, podrá hacerlo el propio pensante. Podrá hacerlo por sí solo, y por si mismo, no merced al posible incremento de la velocidad de crucero de los aviones u otras portentosas máquinas, porque, si así tuviera que ser, sencillamente no podría ser. Se desintegraría la materia de la que está fabricado nuestro cuerpo. Habrá de ser por bi-locación. Esto es, porque gracias a eso, al simple pensamiento humano, convertido en ultrapotencia espiritual, podremos estar, no ya sólo en segundos, en Madrid o en Nueva York, sino simultáneamente, esto es, al mismo tiempo, en uno y otro lugares. Cuando eso, suceda, si yo ando por aquí, elegiré el poder estar aquí -es decir, allí- en León (España), y al mismo tiempo en Córdoba (Argentina), y viceversa, si es que no decido quedarme en aquel hermoso país para siempre, pese a lo que quiero al mío propio. Pero, de momento, parece que eso no es posible y he de doblegarme a la esclavitud del tiempo presente, tan poco desarrollado, más o menos, como cuando nuestros antepasados se decidieron a bajar de los árboles.Pero de lo que sí ya gozo es de otra maravillosa posibilidad. Tan sólo filosófica, si se quiere, pero al mismo tiempo también estrictamente humana y sentimental. La geografía, ciertamente, no es la presencia. Me lo ha ensañado muy recientemente alguien. No es igual que yo pudiese estar ahora mismo, física, corporalmente, en Córdoba (Argentina), a que pueda hacerme presente allí. Ciertamente, no es lo mismo. Pero, para esto último, tan sólo necesito que alguien me acoja en su pensamiento y, eso sí, también me lo haga saber, lo cual hoy en día sí que es muy fácil, merced a este medio impagable de Internet. Con ello, puede bastarme para vivir tan intensamente como en espíritu puede hacerse. Y el espíritu tiene también, no sólo sus emociones, sino auténticas percepciones sensibles, no de un modo semejante al de las sensuales, pero si quizá de un modo más definitivamente humano, creador de la historia personal y artífice de la gloria de cada ser. También del verdadero amor. Y, en consecuencia, no puede ser más afortunado quien se halle en uno u otro lugar con su propio cuerpo -caduco y mortal- que quien pueda hacerse presente en la más absoluta y corporal ausencia. Por ello, hoy no cambiaría yo la geografía por la presencia, porque me emociona pensar que alguien me quiere de verdad al otro lado del inmenso Mar. Mucho más intensamente y, por tanto, mucho más verdaderamente. Por ello, entono con la misma emoción el canto de júbilo por excelencia, el que inspiró a Haendel, quizá, la misma percepción del espíritu. Luis Madrigal.-
La fecha de hoy, 11 de Noviembre, me recuerda dos cosas, ambas de mi primera infancia y juventud. Una, es la lectura de aquella novela de Rafael Sabatini, el escritor italo-británico, cuyo título es "El veranillo de San Martín", no tan famosa como "Scaramouche", "El halcón del mar" o "El Cisne Negro", pero que a mí me gustó tanto en su día. La otra, es la matanza del cerdo. Ya se sabe que "a todo cerdo, le llega su San Martín". Y hoy es San Martín. Pero, como serían muchos los "cerdos" a tener en cuenta -si no para matarlos, que eso es pecado grave, si al menos para darlos una buena patada en el culo y enviarlos a su puñetera casa- voy a pasar por alto lo de los cochinos, que desde luego nada tienen que ver con San Martín, si no es en lo concerniente a la época más adecuada para el sacrificio porcino. Por pura chiripa. Casualmente, coincide con la de la exaltación a los altares de este gran santo y, por lo tanto, tiene mucho más que ver con "los otros" que con él. Tampoco nació en Tours (Francia), ni mucho menos, sino en Sabaria (Panonia), hoy Szombathely, en Hungría. Así, pues, no era francés, sino "panonio", y hoy hubiera sido húngaro. Martín, cuyo apellido de origen, que yo sepa, no se conoce, fue educado en Italia, concretamente en Pavía y, a los 15 años de edad, ingresó en la Guardia Imperial romana, en la que sirvió, primero en la misma Italia y más tarde en la Galia. Aunque no parece más que una leyenda, su hecho cristiano más famoso y conocido es el de que, encontrándose en Amiens, vió junto a la puerta de la ciudad a un mendigo tiritando de frío. Sin vacilar lo más mínimo, Martín rasgó su capa, con su propia espada, y dió la mitad al mendigo. No le dió la otra mitad, no para reservarla a sí mismo, como solemos hacer todos, y eso cuando damos algo, que generalmente es pocas veces, sino porque esa otra mitad no le pertenecía a él, sino al Ejército romano al que servía. Eso es caridad, sin faltar por ello a la justicia. Ya intuía yo, desde hace bastante tiempo, que, recíprocamenete, ni la caridad excluye la justicia, ni la justicia la caridad. San Martín, por la razón ya dicha, es un excelente ejemplo de ello. El caso es que, en la noche siguiente al hecho de tan útil y provechosa dádiva para aquel mendigo, que se moría de frío (lo mismo que sucede aquí en Madrid en las más crudas noches de invierno, en las que tantos mendigos se refugian en las Estaciones del Metro), se le apareció a Martín el mismo Cristo, vestido con la media capa que había dado al mendigo, para agradecerle su buena obra. Martín, solicita entonces dejar el Ejército, solicitud que no le es otorgada por el Emperador hasta pasado cierto tiempo. Es entonces, tras dejar la vida militar, cuando se bautiza y se une a los discípulos de otro gran santo, San Hilario de Poitiers, que sí era francés, por haber nacido en dicha ciudad, y además Doctor de la Iglesia. San Martín, es "de Tours", porque, en el año 370 fue nombrado Obispo de esta ciudad. Que él nos enseñe a dar algo, lo que sea más necesario a quien más pueda necesitarlo... Ah!, y muy feliz "San Martín", a todos los cerdos que andan por ahí sueltos, en "la política" y fuera de ella. Si volasen, se nublaría el sol. Luis Madrigal.-
Arriba, cuadro que representa a San Marín de Tours (Greco) y, más abajo, su icono ortodoxo. Lamento no disponer de la Cantata "Martinus", que la figura de San Martín de Tours inspiró a Luis de Pablo. En compensación, publico la Primera Parte de la Cantata núm. 56 de Johann Sebastian Bach.