EN ESPAÑA ES OTOÑO

EN ESPAÑA ES OTOÑO
Que lo sea siempre en paz

martes, 29 de abril de 2014

YA NO SERÁ



LO QUE SIENDO, NO FUE


Lo que siendo no fue,
pudo ser.
Si no fue, nada queda
ni será ya.
Ya nunca será
lo que una noche, al brillar
la luna sobre el mar,
yo sentí.
Ya nunca será
ni podré más sentir.


Luis Madrigal




sábado, 26 de abril de 2014

SOBRE LA RAZÓN HISTÓRICA



CONTINÚAN
LAS PUGNAS, HERIDAS, CAPTURAS, EXPOLIOS, DESOLACIONES…
  y, por ello, LA REIVINDICACIÓN LEONESA DE LEÓN




No deseo, ni mucho menos, parafrasear ni imitar el título del libro con el que, en el año 1979, la Revista de Occidente, con Nota preliminar de Paulino Garagorri, refundió cinco lecciones de Ortega dictadas en la Universidad de Buenos Aires en 1940, y otro curso sobre el mismo tema, en la Facultad de Letras de la Universidad de Lisboa en 1944. Aquellas lecciones magistrales eran por completo abstractas y lo que humildemente yo mismo me propongo ahora es simplemente invocar una razón histórica muy concreta y si se quiere de orden menor. Pero al mismo tiempo me parece que de rigurosa y estricta justicia. Al menos, para poder estar en paz conmigo mismo. Para Ortega la razón histórica, es una razón narrativa. El hombre es hoy lo que es porque ayer fue otra cosa y, por ello, para poder entender lo que hoy es basta con que nos cuenten lo que ayer fue. Sin embargo, en lo que respecta a León, al viejo Reino y a la Ciudad capital del mismo, me parece a mí que la realidad actual se encuentra dislocada, sacada de su verdadero sitio, si se considera lo que León fue, o mejor dicho ha sido en la Historia de España.

Puedo asegurar que el mapa que precede a este texto, no lo he inventado yo, en una exaltación del ánimo causada por el deseo de dotar de antigüedad, importancia y protagonismo histórico a mi natal y bimilenaria Ciudad de León (por cierto, por la que el propio Ortega fue Diputado en la II República) sino que puede acreditarse el carácter objetiva y genuinamente científicos de las fuentes utilizadas para su elaboración. Como éste simple mapa, al mismo tiempo tan significativo y elocuente, sin duda, pueden encontrarse otros muchos, tanto anteriores, relativos a la geografía y la historia de los pueblos pre-romanos, como coetáneos a la romanización de España y posteriores, ya superada la Hispania romana, en el marco histórico del Reino visigodo. No digamos durante la crucial etapa de Alfonso VI, en el que León tuvo a su merced y constante amenaza a las Taifas musulmanas de todo el Oeste de la península, hasta alcanzar el Sur.

Tampoco me he inventado yo el título que, a su vez, precede al mapa. Esto es, en síntesis, el argumento precedente del precedente, pese a invertirse el proceso lógico entre ambos. Las pugnas, heridas, capturas y expolios sufridos por León, en suma cuantas injusticias y ofensas objetivas le han sido inferidas ya desde siglos, ha conducido a la paradoja de que hayan sido los leoneses los obligados a reivindicar a León -como realmente paradójico resultaría reivindicar “la condición atlante de la Atlántida”-  y todo ello, incluida esta última expresión, se debe al periodista y escritor leonés Juan Pedro Aparicio, batallador infatigable al respecto, quien ya lo introdujo en el ensayo, contenido en un libro de 150 páginas, publicado en el año 1981. Juan Pedro Aparicio, evoca en el frontispicio de aquel texto el “Nimitur in vetitum”, de Friedrich Nietzsche. A mi modesto juicio, debió añadir el resto de la frase (“…semper copimusque negata”), para completar la profundidad de la evocación y, con ello, lo que desde siglos significa para los leoneses, como entonces sucedía y sigue sucediendo hoy. Porque, efectivamente, los leoneses (que no somos eso que el despotismo político actual ha querido llamarnos, de “castellano-leoneses”), trataremos siempre, mientras vivamos, de conseguir lo que se nos ha prohíbido y siempre anhelaremos, en lo más hondo de nuestro ser, lo que se nos ha negado. Ser simplemente lo que somos, sólo leoneses. Nada más. Sin embargo, tengo que discrepar del propio Nietzsche, en cuanto a lo que tan felizmente se promete a sí mismo, al triunfo de su filosofía, con el argumento de que lo único que siempre se ha prohibido es la verdad. Transcurren las décadas, sin que haya sido alterada la doctrina del Tribunal Constitucional, respecto a la apertura permanente del mapa autonómico de España, y no parece sino que la verdad de León continúe prohibida y se reproduzcan con ello incesantemente todas las situaciones que Juan Pedro Aparicio denunció en su ensayo de entonces. El León originario, de más de dos mil años de historia; después pugnaz y defensor del Ordo Gotorum frente a la invasión árabe; el León asaetado y herido en Tamarón, capturado y cobrado más tarde por la “navarrización”, que dará lugar a que el hijo de un leonés  -elevado a los altares-  detenga el reloj de la historia leonesa en 1230; los negociantes de la Mesta y la Guerra de los Comuneros; el León despojado y arruinado desde 1521, crucificado y despreciado en el siglo XIX, continúa hoy, tras esa barbaridad que llaman las “Comunidades Autónomas”, absolutamente ignorado. Tenía entonces mucha razón Juan Pedro Aparicio cuando afirmaba que, más o menos cada cuarenta años, muestra España al mundo su capacidad para negarse a sí misma, suplantando su verdadera historia real por otra que jamás existió. Esa es la lacerante y oprobiosa situación en que se ha situado a León en el contexto actual y vigente de las nada menos que 17 Españas, alguna de ellas sin el menor peso en la Historia. Porque, al propio tiempo, contradictoriamente, todavía persiste en un cuartel entero de su escudo nacional ese León rampante, linguado, uñado y coronado, por el que también Cristóbal Colón, arrodillado en Guanahani, halló América, y que antes había vertido a torrentes su sangre para ofrecer a España triunfos y gloria.

Se ha llegado a poder decir  -y clamar-  que “Teruel existe”, pero ni en los informes meteorológicos, en los que se pronostican borrascas o anticiclones sobre la más amplia geografía de la España actual, se tiene para nada en cuenta a León, del que siempre se habla muy de pasada y en un segundo plano, a diferencia de Cáceres o Badajoz, cuya ubicación figura perfectamente resaltada en la franja vertical oeste de los mapas. O a ese invento de La Rioja (Logroño se fundó en el año 1095), o no digamos al referirse a la “Cordillera Cantábrica” , de la que León forma tanta o más parte que Asturias o que la misma Cantabria, porque también León es astur y es cántabro. Los hijos del Esla, el Río Astura, los astures cismontanos, o lancienses, tan astures como los transmontanos, como “los de las Asturias de Oviedo” (según dice literalmente un arbitrario romance popular en torno a un cantar de gesta a los que se pretende dotar de rigurosa realidad histórica), es decir, nosotros, los que nunca gritamos y permanecemos siempre en silencio, con absoluta lealtad a España, hemos sido borrados de un plumazo del mapa de su Historia, a pesar de haberla creado varios siglos antes de que existiese Castilla. En cualquier caso, la fundación de Oviedo es del siglo VIII, y Santander, como podrá observarse, ni figura en el mapa de Hispania que precede, pese a ser, posiblemente, el Portus Victoriae Juliobrigensium, aunque sí figure en el mismo Flaviobriga, que no es Santander, sino Castro Urdiales. Para qué hablar ya siquiera de ese páramo de Valladolid, que pese haber sido cuna de Felipe II, se fundó en el año 1072. O de Burgos, que no sólo es la verdadera Castilla, sino más aún, “Caput Castella”, y que, a su vez, se fundó, en el año 884, casi dos siglos antes que la mesetaria ciudad del Pisuerga, en la que tan arbitraria como despóticamente se ha establecido la capitalidad de esa híbrida “comunidad” político-administrativa.

En todo caso, excepto las cinco ciudades de la costa hispánica mediterránea, por la que llegó y penetró la lengua y la cultura en la península Ibérica (Emporion, Barcino, Tarraco, Saguntum y Cartago Nova, esta última anteriormente Quart Hadasht), incluidas también Pompaelo, Corduba e Hispalis (y no digamos las fenicias Malacca y Gades), todas ellas más antiguas, no sólo que León, sino también que las situadas al Occidente, es decir, un total de ocho Ciudades, todas las demás, incluso Augusta Emerita y Cesaraugusta, son más modernas, o menos antiguas, que León, re-fundada por Roma en el año 29 a.C. y que, en consecuencia, cuenta en este momento con dos mil cuarenta y dos años que, computando su pre-romanidad  -Legio, antes de Roma, fue Lancia- camina hacia los tres mil años y es actualmente, como mínimo, la décimo-primera Ciudad más antigua de España, en términos absolutos. Si a esto se añaden otras singulares circunstancias, tales como la placa que figura en la Carrera de San Jerónimo, de Madrid, dentro del propio Palacio sede del Congreso de los Diputados  -el Parlamento español-  pienso yo que bien podrían, al menos, los periodistas radiofónicos y los hombres y las mujeres “del tiempo”, cuando pronuncian sus informes, abstenerse, de decir “Castilla-León”, como tan irrespetuosamente en ocasiones hacen. Porque, si no basta con la Placa que en el Parlamento de la España democrática recuerda el día 26 de Abril del año 1188 (hoy, exactamente se cumplen 826 años desde que, en la Real Colegiata Basílica de San Isidoro, se constituyese el primer Parlamento democrático de la Historia en el mundo) podrían invocarse también los nombres gloriosos de Alhandega, Simancas, Talavera u otros lugares donde los leoneses lucharon y vertieron su sangre para reconstruir España. Podría citarse, por ejemplo también, otra fecha, la del día 25 de Mayo del año 1085, en el que Alfonso VI de León, sin nada tener entonces con Castilla, penetró al fin en Toledo por la Puerta de Santiago del Arrabal, recuperando para España la vieja capital del Reino visigodo. Al menos, por favor, háganlo por la antigüedad, que si bien puede que no sea ya un grado, como en el Ejército, sí al menos debe tratarse con la veneración y el respeto que merecen las piedras más entrañables y gloriosas. Estas, las piedras  -con el corazón-  es ya lo único que nos queda a los leoneses. Pero eso, es mucho. Mucho más de lo que nadie nos pueda prohibir o negar, porque vive diariamente con fervor dentro de nosotros mismos.

Luis Madrigal










viernes, 25 de abril de 2014

TRAS LIGERO PARÉNTESIS




OTRA VEZ PRIMAVERA


Colores sobre campos verdes. Prados
de anhelos ciertos, que suben al cielo
para encontrar en él  -dulce-  el consuelo
del flagelo invernal. Enamorados

de la luz y la flor. A todos lados
sonríen con el viento, que alza el vuelo
para llevar el eco de este suelo
al paraíso azul, que días pasados

prestó su verde canto y la mirada
de ríos azules en verdes praderas
para alegrar el paso y la pisada.

Hoy, yacen ya allí las horas puras
y el fuego alza voraz su llamarada
para alumbrar por fin noches oscuras.


Luis Madrigal


Para escuchar la música que a continuación se ofrece,
pulsar sobre la nube con el botón izquierdo del ratón
y arrastrar hasta coincidir con el hueco de su derecha



ALIA MÚSICA
Director: Miguel Sánchez
Cedit frigus hiemale
Bib. Nat. Paris, lat 5132, fol. 108 v.


En la imagen de arriba,
fotografía de Jeff Woodard



***



Cuando tan sólo han transcurrido horas desde la publicación por vez primera de esta entrada, me ha parecido casi un pecado -a punto de cumplirse la Octava de la Resurrección de Cristo- dejar a la música precedente, de gran belleza, sin el también bellísimo contenido del texto al que se canta. Y no, en absoluto, porque el mismo se encuentre en la Biblioteca Nacional  de Francia, en París, sino porque el frío del que la Humanidad se ve libre, a estas alturas, no sólo es el frío invernal, propio de la estación correspondiente, sino de un frío mucho más absoluto, del frío del alma. La Luz que brilla, es muy superior a la que ilumina las tinieblas de la tierra, y la alegría de Adán mucho más honda de la que puede experimentarse por la llegada de la primavera. Se trata de otra Primavera mucho más alegre y eternamente esperanzadora. Este es el texto en Latín:

Cedit frigus hiemale,
redit tempus estivale,
iuventus letatur.

Ecce tempus est vernale
quo per lignum triumphale
-inter ligna nullum tale-
genus hominum mortale
morte liberatur.

Iudeorum turba duce
nucleus exit de nuce,
nudus ponitur in cruce,
terra tremit et sol luce
propria privatur.

Acusatur, condenatur,
ligatur et flagelatur,
aceto, felle potatur,
opprobriis saturatur,
spinis coronatur.

Gens iudea "crucifige"
clamans, "tormentis adfige,
per mebra clavos infige";
Adam, Averni de Styge
extractus letatur.

Gaude, plebs religionis,
dies resurrectionis
instat nobis, plaude sonis,
expendet tempus in bonis
dum spatium datur.


Y esta es la traducción al castellano:

Cede el frío del invierno,
retorna el tiempo cálido,
la juventud se alegra.

He aquí, es el tiempo primaveral
por el que a través del madero triunfal
-no hay otro igual entre los maderos-
el mortal género humano
se libra de la muerte.

La muchedumbre de los judíos al frente,
el fruto sale de la nuez,
el desnudo es puesto en la cruz,
la tierra se estremece
y el sol se despoja de su propia luz.

Es acusado, condenado,
atado y flagelado,
le hacen beber hiel y vinagre,
es colmado de insultos,
es coronado de espinas.

El pueblo judío grita:
"crucifícalo, tortúralo,
clávale clavos en los miembros de su cuerpo";
Adán, librado de la laguna Estigia del Averno,
se alegra.

Regocíjate, pueblo piadoso,
el día de la resurrección está próximo
para nosotros, aplaude con música
mientras dure,
compensará a los buenos.


Y, ahora que ya conocemos lo que canta este maravilloso coro de "Alia Mvsica", podemos escucharlo, aunque haya de ser en Latín, con mucha mayor alegría. Pero también sabemos ya lo que dicen quienes cantan. Cantemos también nosotros desde lo más hondo de la alegría que debe inundarnos el alma. Sólo por eso, merece la pena volver a oírlo:



miércoles, 23 de abril de 2014

EN EL GRAN DÍA DE LOS LIBROS




HAY QUE LEERLOS





Un libro, a diferencia de los viejos volumina, o rollos, de los romanos, es un conjunto de hojas de papel paginadas, materialmente unidas y correlativamente sucesivas, en las que está escrito algo. La escritura, pues, resulta consubstancial al libro, de tal modo que, sin ella, el libro no puede existir. A lo largo del tiempo, se ha escrito sobre arcilla, sobre cera, sobre piedra o sobre bronce. También sobre papiro o pergamino; o sobre placas o láminas de madera, hueso, piel o marfil y, desde hace ya tiempo, sobre esa substancia material, fabricada con madera o con restos de telas  -con “trapos viejos-  de los que se extrae, mediante sulfito de calcio, la celulosa de la que se obtiene lo que llamamos papel. Pero siempre se ha escrito para enseñar, indicar o decir algo y también para expresar sentimientos o ideas, o incluso con la única finalidad de entretener, divertir o deleitar, aunque esto último no sea, tal vez, lo más importante.

Los volumina  romanos, eran “tiras”  o láminas de papiro o pergamino, que se enrollaban en torno a un eje, generalmente de madera. De ahí su nombre de “rollos”. La invención de la imprenta, supuso otras formas de impresión de la escritura, hasta llegar al libro paginado que hoy conocemos. Y como es bien sabido, existen y pueden existir infinidad de clases y tipos de libros. Me refiero por el momento, tan sólo a su estructura material en cuanto a las diversas partes que lo integran, las páginas, las tapas o cubiertas, las contracubiertas, los lomos, los cantos, sus dorados o plateados, las cintas salvapáginas… Todo ello, en unión de los diversos tamaños, formas, tipografía, y mil detalles más, ha dado lugar no solamente a las llamadas “artes gráficas”, sino al arte de la encuadernación, arte ya viejo que convierte al libro, materialmente, en un artículo no sólo casi de “joyería”, sino sobre todo en un producto alimenticio, comestible. En una especie de “delicatessen”, mucho más exquisita que las que se exhiben y venden en la correspondiente sección o planta de “El Corte Inglés” y otros singulares establecimientos de alta gama comercial alimenticia. Y esto, ya en sí mismo es un placer. El sonido de las hojas, al pasar con la mano de unas a otras, su crujido y su olor, las excelencias de una tipografía exquisitamente cuidada, con sus ilustraciones o grabados si ello ha menester. Todo esto, ya es puro arte.

Pero, volviendo al principio, esto no es lo esencial de un libro, sino tan sólo lo accidental, aunque se trate de un hermoso accidente. De un mero objeto corporal del mundo exterior, aun contingente, capaz por sí mismo de complacer y deleitar los sentidos. Lo fundamental de un libro es lo que contienen sus páginas, lo que dice, expresa o enseña. Nadie nace sabiendo nada. El más menesteroso de todos los animales, es el hombre, el ser humano. Y tan sólo por ello, necesita aprenderlo todo. Ciertamente que  -como lamentablemente, con cierta barbarie, tantas veces suele decirse-  se puede aprender “en la vida”. Sí, se puede y se debe, porque la vida es la realidad más absoluta a nuestro alcance, sin más necesidad que vivirla, con prudencia y sosiego. Pero, si tan sólo se aprendiese de esta manera, me temo que el ser humano no podría añadir ni un palmo a su condición estrictamente animal. Dice Ortega, que el tigre siempre es un “primer tigre”, aunque le hayan precedido millones de congéneres. Tiene que aprender a cazar, para cubrir la primera necesidad, la de alimentarse, y a resolver por sí mismo, merced a su exclusiva experiencia, todos los problemas y dificultades que se encierran en el hecho de “ser un tigre”. Pero, el hombre, no. Nunca es un “primer hombre”, porque tiene a su alcance cuantas experiencias, descubrimientos y saberes han alcanzado otros hombres que le precedieron y, tras sí, le legaron sus descubrimientos, sus conocimientos y la expresión de sus sentimientos y pasiones. Por eso decía Thomas Edison, “si puedo ver tan lejos es porque voy sobre los hombros de un Gigante”. Ese gigante, es la sociedad humana universal, capaz de inventar la rueda, la mecánica, la filosofía, la ciencia, la técnica, el arte, la poesía… Y sobre todo la palabra, ingrediente sin el cual nada de lo anterior sería posible. Primero la palabra hablada, emitida mediante la emisión del sonido, de la voz. Después, escrita, para que pueda ser leída y con ello transmitido todo el saber y el placer que en aquellas manifestaciones se alberga, mediante ese código maravilloso, casi misterioso, que es el lenguaje.

Ciertamente, todo ello se puede transmitir, como hizo Aristóteles, de un modo o con arreglo a un método peripatético, mientras maestro y discípulo pasean juntos, dialogando. Mucho más, si se hace a la orilla del mar, o en la cumbre de una montaña mágica, desde la que pueden divisarse las crestas más altas de toda una cordillera, y allá abajo los valles, llenos de misterio y de vida. Se puede, y también se debe aprender así, como proponía y practicaba Giner de los Ríos. Pero… ¡ante todo, están los libros! Porque, todo, absolutamente todo, está en los libros. Eso sí, para ello, resulta necesario leerlos. No únicamente comprarlos y, menos aún  -lo cual es una profanación-  elegir los del lomo más adecuado, a juego con la estantería, o incluso con el estampado o textura del sofá. Hay que leerlos, no solamente para poder saber, o sentir, lo que en ellos se encierra, sino porque, si la escritura es consubstancial al libro, la lectura de lo escrito es su última y máxima finalidad. Aunque tan sólo sea por el respeto que merece quien los ha escrito. Por eso yo, humildemente, hoy, y para siempre, en su honor, me permito recordar un Soneto que compuse hace ya algún tiempo:

DULCES LIBROS, TAN QUERIDOS…

¡Vedlos aquí…! En un oscuro estante…
serenos, sosegados, transparentes,
enamorados, quietos y conscientes
de la verdad que albergan, tan constante.

Tantas veces, de ellos tan distante,
se llevaron su voz sordas corrientes
que, contra ellos, levantaron gentes
sin luz y sin verdad. El ignorante

cree que un libro es mera “teoría”,
papel impreso, tinta que se gasta
inútilmente. Y piensa todavía

-si pensar puede-  que la sombra basta.
Quiere vivir tan sólo en la alegría
del asno que, feliz, paja devasta.


Luis Madrigal





domingo, 20 de abril de 2014

CRISTO, HA RESUCITADO




Yo soy la resurrección y la vida;
el que cree en mí, aunque muera, vivirá,
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.

(Jn 11, 25-26)



UN SÓLO SONETO
A CRISTO RESUCITADO,
VIVO Y GLORIOSO

Mía será también, cuando despierte
del sueño, ya apagados mis sentidos,
Señor, tu eterna Gloria, y encendidos
los luceros del cielo pueda verte.

Si me mueve tu Amor para quererte,
queriendo en Ti a tantos oprimidos
-ya escucho en lo más hondo sus latidos-
cómo en Ti tendrán vida tras la muerte.

Aún no he muerto, Señor… Aún estoy vivo.
¡Sólo existo, sin ser…! Sombras concito.
Del tiempo y del espacio, soy cautivo

y entre sombras camino, mas escrito
está que he de vivir, si en Ti pervivo
y  -desde ahora-  Contigo resucito.


Luis Madrigal









viernes, 18 de abril de 2014

VIERNES SANTO




TRES SONETOS A CRISTO CRUCIFICADO


  
I

CAÍDO EN TIERRA ESTÁS

 ¡En tierra estás, Señor, tu rostro al suelo…!
Junto al duro adoquín, tu sien divina
hiere mi corazón, y alguna espina
en mi frente quisiera ser consuelo.

Enjugar tu sudor, con dulce velo,
como aquella mujer, junto a una esquina
sin luces, que tu Luz siempre ilumina
y arrebata a las sombras tierra y cielo.

Quiero seguir tu rastro, y a la tarde,
cuando, caído el sol, la noche apague
mis suspiros de amor, en nuevo alarde

-cual nuevo Cirineo-  amor propague,
si entre el frío, al pasar, mi pecho arde
cual moneda de amor, que tu amor pague.


 II

NO ME DEJES, SEÑOR

 Siglos y siglos, siempre suspirando,
muriendo siempre, en esa Cruz clavado;
ni un segundo tan sólo nunca amado
por el hombre, y al hombre perdonando.

¡Baja ya de tu Cruz, Jesús…! Mirando
mi torpe aliento, tan desesperado,
mi negra ingratitud, mi gesto airado,
no merezco, Señor, seguirme amando.

Mas, si Tú me abandonas, oh Dios mío,
¿quién me amará…? ¿Cómo andar el camino?
¡Perdona, una vez más, mi desvarío!

Nunca abandones a quien su destino
un día otorgaste, con el poderío
de ser hecho a tu imagen… ¡Tan divino!


III

ESTÁS EN ESA CRUZ CLAVADO

 Estás en esa Cruz, en la que mueres…
En ella, por mí  -exangüe-  estás clavado
y a ella te has subido, porque quieres
que yo viva, si muero un día a tu lado.

A Ti, que eres amor, y a nadie hieres,
a cruel agonía han condenado.
Para librar del mal, a tantos seres,
de sangre y de sudor tu Ser bañado.

Mientras tibia la mía se ha dormido,
inunda toda tu alma la tristeza
por el dolor del hombre, tan herido

a causa de mi olvido y mi dureza.
Dale, Señor, amparo, aun abatido
y  -a mi debilidad-  tu fortaleza.


Luis Madrigal




En la imagen superior "El Camino del Calvario"
(Taller de Frans Francken, 1542)
Abadía de Montserrat (Barcelona)

martes, 15 de abril de 2014

AL DECLINAR EL MARTES SANTO



TRES QUINTILLAS DE DOLOR




I

Se alzan profundos clamores
de un tambor y de una esquila…
¡Que están naciendo las flores
y, entre rejas, la pupila
ve Muerto al Amor de amores!


II

Llora el alma del que anhela,
dentro de sí, al Nazareno.
El rojo clavel, recela
que un rostro rubio y moreno
de su mismo color vuela,


III

mezclado con el sudor,
de angustia derramar sangre
en un Huerto de dolor.
Que, en soledad, se desangre
movido por el amor.


Luis Madrigal






viernes, 11 de abril de 2014

ENTRE EL DOLOR MÁS AGUDO




MADRE DEL ETERNO AMOR


Nunca te llamé Dolores,
aunque el dolor a Ti ha sido
y eternamente ha venido
como el perfume a las flores.
Mas, por Amor has buscado,
en el borde del Camino,
entre las piedras, dolor.
En el dolor, a Ti clamo
y desde entonces te llamo
la Virgen del Dulce Amor.


Luis Madrigal




miércoles, 9 de abril de 2014

MEDIADA LA SEMANA DE PASIÓN



SE ACERCA YA EL DOBLAR DE LAS CAMPANAS

Y PRONTO SERÁ LA LUZ MÁS PURA

Pronto  -ya eternamente-  la luz pura
caerá sobre la sombra, en luna llena.
Para librar del hombre toda pena,
otro Hombre ha de abrazarse a la más dura.

Muerte hallará por mí… Tanta hermosura
será escarnecida, y la condena
suspendida en el aire… La cadena
rota será. Indultada por la Altura.

Se oyen ya en el albor pasos sin ruido,
cornetas y tambores que redoblan;
lágrimas entre cirios que han huido

del dolor de aquel Monte, mientras doblan
campanas en las torres y el quejido
de sus manos y pies los clavos roblan.


Luis Madrigal



miércoles, 2 de abril de 2014

EL HIMNO NACIONAL DE ESPAÑA




Ya hace algún tiempo, venía yo estando persuadido de dos cosas en relación con el Himno Nacional de España, pero creo haber llegado a estar totalmente convencido de que he superado la persuasión para alcanzar la más firme convicción al respecto acerca de ambas. La primera de ellas es la de que, efectivamente, la teoría de que la “Marcha de Granaderos” le fue regalada, a su cuñado Carlos III de España, por Federico II de Prusia (Carlos estaba casado con la princesa prusiana María Amalia de Sajonia, hermana de Federico), es una pura y simple leyenda. Es decir, una mentira, revestida de solemnidad soberana, nunca mejor dicho. La mentira se extiende al Conde de Aranda, según se ha dicho falazmente embajador en la Corte prusiana. Pero, el Conde de Aranda no fue ministro de Carlos III, sino -bajo este reinado- Presidente del Consejo de Castilla a raíz del Motín de Esquilache, y posteriormente Secretario de Estado de su hijo Carlos IV. Tampoco fue nunca Embajador de España en Prusia  -Embajada que jamás existió- sino en París, ni tan siquiera pudo entrevistarse, en 1770, con el emperador prusiano, puesto que éste se encontraba firmando la paz con Rusia. Así que, acabemos ya de una vez. Eso del regalo de una marcha militar prusiana para que se convirtiese o fuese elegida como Himno Nacional de España, es simplemente falso. Tal vez, los promotores de la teoría pudieron basarse en que, efectivamente, existe una marcha militar prusiana que se llamó así, de esta misma manera, o parecida, Marcha de Granaderos, “Fridericus Rex-Grenardiermarsch”, pero el compositor de la misma fue Ferdinand Radeck, que vivió entre 1828 y 1903, y fíjense ustedes como suena:


¿Acaso tiene algo que ver, o se parece lo más mínimo, a nuestro Himno Nacional? Es evidente que no. De dar acogida a las muy diversas y legendarias teorías sobre el particular, habría que conectar las notas musicales de nuestro Himno  -que ciertamente no es tal, no es un himno-  nada menos que con el año 1547, durante el reinado de Fernando el Católico, cuando Enriquez de Valderrábano compuso la Pavana Real que, aunque no demasiado, guarda mucha mayor semejanza, como puede seguidamente observarse:


Y aún no se termina con el asunto del origen histórico del Himno español. También se ha pretendido, o al menos insinuado, que éste tuvo sus antecedentes, o sus precedentes, no ya sólo en la Cantiga 42 de Alfonso X El Sabio, sino incluso en la música hispano-árabe de entre los siglos XI y XII, encontrando dichas huellas en el filósofo y músico árabe Ibn Bayyah, llamado Avenpace. De la Cantiga, sí que dispongo de varias versiones, aunque me ahorraré ofrecer ninguna, ya que según creo tampoco concurre la menor analogía, pero, desde luego, de la música compuesta por el filósofo saraqustano  -que además de filósofo y músico, era también poeta, botánico, matemático y astrónomo-  yo al menos carezco de la menor referencia sonora, y en consecuencia lamento no poder ofrecer nada, pero de lo que sí estoy seguro es de que tal música arábiga, o andalusí, tendría aún mucho menos que ver al respecto.


He dado ciertamente un gran salto en el tiempo, aun irrespetuoso, para recoger la teoría según la cual incluso cabría atribuir la música de nuestro Himno a Giacomo Puccini, si tomamos como referencia el trasfondo musical, e incluso algunos redobles de tambor, al final del Acto 2º de su famosa ópera La Bohème, con la dificultad, eso sí, de que el día 1 de Febrero de 1896, fecha del estreno de esta obra operística en el Teatro Regio de Turín, ya llevaba varios siglos sonando nuestra Marcha de Granaderos, aunque faltasen doce años para que, primero el Maestro Pérez Casas, en 1908, y algunos más tarde el Maestro Francisco Grau, en 1997, la instrumentasen. Mucho más emotivo y rigurosamente histórico resulta, sin duda, que un ruso, Mili Balakirev, se fijase en nuestro Himno Nacional, mucho más que hoy lo hacen la mayoría de los españoles, en esta España amodorrada, materialista y mediocre que ahora mismo padecemos. En efecto, resulta conmovedor que cuando, en general, los españoles han sido siempre, tanto como a nuestra Bandera, refractarios a nuestro Himno  -quizá porque, como ya dije, no lo es-  tildando de “patrioterismo” el hecho fervoroso de descubrirse y ponerse en pie siempre que suene, en cualquier lugar, como lo hacen los ciudadanos de tantos pueblos, haya sido un músico ruso, antes incluso de que su compatriota Rimsky-Korsakov escribiese su “Capricho Español”, quien rindiese un auténtico homenaje a nuestro Himno, en sus variaciones “Obertura sobre el tema de una Marcha española”. Observen, por favor:


La segunda de las cosas, tal vez más importante, sobre la que creo también haber llegado a una conclusión definitiva por mi parte, es la de que, si no tanto como imposible de componer  -dados todos los avatares de nuestra Historia- resulta innecesario disponer de una letra, para que de verdad el nuestro pueda ser un himno, puesto que, en rigor, sólamente puede ser un himno aquello que se canta, aunque se entone mal. Pero tampoco es rigurosamente necesario cantar. Basta con escuchar y con sentir lo que se escucha. El sentimiento, no se expresa con palabras, sino con el corazón. Es así, porque es siempre el sentimiento lo que importa y éste no va asociado tanto a unos asertos, muchas veces inexactos, cuando no verdaderamente grandielocuentes o amenazantes y por ello casi siempre  ridículos. También sin cantar, la música que se escucha, tomada como un símbolo, puede estrechar a quienes lo escuchan, en el amor y respeto a lo que nos es común y a nosotros mismos. Por este motivo, personalmente, la sensatez me obliga a prescindir y olvidar todas las letras, sucesivamente compuestas. En 1843, por Ventura de la Vega; en 1927, por Eduardo Marquina; en 1928 (ocho años antes de la guerra civil, contra lo que se cree) por José María Pemán e incluso muy recientemente, en el período presidencial de Don José María Aznar, por el Comité literario formado por Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca, Alberto Linares y Ramiro Fontes. De todas ellas, prescindo y de las que pudieran proponerse en un futuro. También yo mismo he escrito una letra para nuestro Himno, que es la que siempre canto interiormente, con el mismo o más sentimiento que lo hacen, por ejemplo, los holandeses al escuchar su Himno nacional. Y es curioso, el Himno Nacional de Holanda -del Reino de los Países Bajos-  es el único de todos los himnos nacionales del mundo que, en su primera estrofa, habla de España y además en términos de lealtad y de respeto: “Den Koning van Hispanje, heb ik altijd geëerd”. La traducción a nuestra lengua siempre me ha emocionado: “Y siempre he honrado al Rey de España”, dice Willem van Oranje-Nassau, Guillermo el Taciturno, y continúan cantando los holandeses.  Escuchen y vean ustedes también, si son tan amables:




Siendo español, casi hay que sentirse emocionado al escuchar el Himno holandés, que últimamente también canta una mujer hispánica, una argentina, como habrán podido observar. Tal vez, entona esa estrofa con mucha más emoción que los españoles escuchan nuestro Himno. En cualquier caso, insisto, no hacen falta palabras. Siendo español, o no siéndolo, basta con el amor a España.

Luis Madrigal