Saber quisiera cómo y hasta cúando podré sufrir sin más este desierto tan duro y sin alivio, que no acaba, entre sus yermos y abrasivos dédanos, que secan el alma. Ni de hallar el oasis, en que el agua, junto a verdes palmeras, refleja la mirada del Sol, cuando el Meridiano late en su hora más ardiente... O cuando, en la noche, la Luna se mira con amor en un espejo de plata y se extasía de sí misma, temblando desde lo alto del cielo. A mí, sólo a mí, inculpo y reprocho. Sólo yo soy el cansancio y el hastío infecundo, que reposa en la modorra vegetal, como la planta... Siendo carne y sangre de mi espíritu, dueño de mi libertad y mi destino, he terminado siendo, tan sólo, calcinadas arenas que se mueren... y, ya muertas, se mueven a la voluntad del viento.
VEINTE AÑOS DE CORAZÓN DE LEÓN
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