
Pero, San Isidro no sólo es recordado en su pueblo natal, Madrid, sino en infinidad de pueblos y regiones, tanto de España como de nuestra querida América española, y hasta en las tierras de la Hermana Mayor en la latinidad, Italia, allá en Giarre, provincia de Catania, en Sicilia. En efecto, como no podía ser de otra forma, nada menos que en 9 lugares de la América española se venera con fervor a este madrileño, patrono además de todos los labradores, dada su condición: En la Provincia de Buenos Aires (Argentina), en Vázquez de Coronado, provincia de San José (Costa Rica); en Carampa, distrito de Alcamenca, provincia de Víctor Fajardo Ayacucho (Perú); Las Piedras, departamento de Canelones (Uruguay); en el Municipio de Actopan, Veracruz (Méjico); en los Municipios de Matagalpa y Estelí (Nicaragua) y en Ciudadela San Isidro, comuna de Mérida (Venezuela).
Con el debido respeto y cariño a todas estas tierras, yo recuerdo hoy con emoción provinciana los días de mi infancia en León, en cuya Capital -y concretamente en mi viejo barrio y Parroquia de Renueva- se veneraba y celebraba con esplendor y devoción a San Isidro, por parte de los agricultores de León -en aquellos años aún los había- en las inmediaciones de su alfoz, donde se encontraban las Eras de Renueva. Con la nostalgia del recuerdo, he vuelto a arrancar a mi íntimo amigo Alphonso Carbajal, leonés y coetáneo como yo de aquel acontecimiento de mediados de Mayo, su consentimiento para que vuelva a prestarme otro de sus poemas. Como siempre, ha accedido a regañadientes, pero también con la misma emoción que a mí hoy me embarga:
Un altavoz, vomita los sonidos
en una plaza ayer engalanada.
Y entre sonidos llegan las palabras
que de tragedia y luto son noticia,
pues la voz desgarrada al aire canta:
"¡Que la vió muerta en el río
y el agua se la llevaba!"
Es tarde de aceitunas y claveles
y noche de verbena y de guirnaldas.
La espiga crece. El aire es vaporoso
y una imágen, con bueyes, sobre andas,
sale a la calle. La chiquillería
se agolpa en las aceras y ventanas.
Entre espigas, lucen velas y flores
y en volandas se mecen, de esmeralda,
ramilletes prendidos de su mano,
al compás de los sones de la Banda.
¡Ya hay rosas y ya hay lilas...! Huele a incienso,
que el Labrador, mancera que empuñaba,
inmovil dejó un día en la besana
para labrar los surcos de su alma.
Entre luces y fuego, la cosecha
abundante oro espera. Está cercana.
Los Ángeles del Cielo, presurosos,
ya movieron la esteva con sus alas.
Entre tanto, la luz se asocia al fuego
y el sonido concluye su palabra:
"¡Ay, corazón, corazón, parecía una reina...!
¡Ay, corazón, corazón, una rosa muy blanca!"
(Del Segundo Libro de Poemas: "La Luz está encendida". Poema 9)

