sábado, 5 de marzo de 2011

¿DESDE DÓNDE IBAN LOS PASTORES...?



La canción popular española, “Ya se van los pastores…”, ha suscitado siempre, según he podido observar, la disputa de su enigmático origen. En efecto, creo haber oído, o incluso leído, no recuerdo bien, que son varias las regiones españolas que aspiran a ser la cuna de esta preciosa canción. Aparte de mi pequeña patria, en la Montaña leonesa, donde dan por descontado que se originó allí, otras diversas nobles tierras sostienen idéntica afirmación, Soria, Segovia, la Sierra de Albarracín, Cuenca, Burgos, La Rioja… ¡Incluso la misma Extremadura! Y esto último si que no puede ser, en modo alguno. No es posible, porque la propia canción dice a dónde van los pastores. Y van precisamente  “a la Extremadura”, con lo cual no es posible, lógicamente, que la canción se haya originado allí donde los pastores van, porque, en tal caso, debería decir, “Ya vienen los pastores…”. Ello, en mi humilde opinión, descarta por completo a la sufrida y heroica tierra extremeña, patria de tantos grandes españoles. En pura hermenéutica jurídica, ha de prevalecer el primer tipo, o grado, de entre todas las interpretaciones, si hemos de acudir a la vía judicial para dar a la cuestión carácter contencioso y ventilar de una vez por todas el caso controvertido. Y tal interpretación primera es la puramente gramatical, o lógico-gramatical. En efecto, la canción dice a dónde van los pastores, pero no dice en cambio de dónde vienen. Silencio total y absoluto, tanto en su título como en todas y cada una de sus bellas estrofas.


Yo, soy leonés y, sinceramente, me encantaría que hubiese sido en León donde la canción cobró vida, pero (después de todas las canalladas que a León han hecho siempre los malditos políticos, desde el siglo XIX, aunque el último en crucificarle fue precisamente un falangista leonés del más puro acento franquista, convertido urgentemente en “demócrata”) tampoco voy a romperme la cara con nadie por esta cuestión. Me parece mucho más civilizado acudir a algunas fuentes documentales, pocas, en las que poder hallar la luz para que pueda cobrar fundamento mi deseo. Y esas fuentes, precisamente, son extremeñas y en consecuencia altamente fidedignas, porque es lógico que en Extremadura, puestos a jugar limpio -y Extremadura es una tierra muy honrada- pudieran saber muy bien allí desde dónde llegaban aquellos pastores, y también a dónde volvían, a dónde regresaban después de haber llegado, tras unos meses, los del invierno, a las dehesas extremeñas. Para ello, es preciso bucear en los antiguos papeles que vieron el origen y posterior desarrollo de la trashumancia, antes y después de la Mesta.

“Trashumar”, es palabra de origen puramente latino (trans, de la otra parte, y humus, tierra). En primer término, se predica del ganado, preferentemente lanar, aunque también de otras especies y, en este sentido, significa “pasar desde las dehesas de invierno a las de verano, y viceversa”. Naturalmente, el ganado, las ovejas, no pueden viajar solas, sino que necesitan unos conductores, sus pastores, que las guían por lo lugares más saludables y benignos. No en vano, Nuestro Señor Jesucristo, es el “Buen Pastor” por excelencia.


En un documentado estudio sobre el “Componente histórico de la Trashumancia en Extremadura”, se afirma que, tras la protohistoria de los procesos trashumantes, protagonizados por los pueblos ibéricos prerrománicos (vetones, lusitanos y turdetanos), los romanos, visigodos, árabes, y también durante la Reconquista y después de ella, la verdadera organización de la trashumancia no se produce hasta la agrupación de las diversas asociaciones gremiales, llamadas “mestas”, en el “Honrado Consejo”, o Consejo de la Mesta, en 1273, bajo el Rey Alfonso X El Sabio. Ello cobró notable importancia en la explotación del potencial ganadero extremeño, merced a la afluencia hacia los lugares de frescos y abundantes pastos en verano, para regresar a Extremadura en los meses de invierno. A su vez, no sólo los grandes imperios ganaderos, los de la Nobleza y las Órdenes religiosas, practicaban la trashumancia. También lo hicieron los pequeños y humildes propietarios de ganado y rebaños de dentro y fuera de Extremadura, en un flujo continuo verano-invierno muy intenso.
Y son los propios extremeños quiénes nos dicen desde dónde llegaban los rebaños, fundamentalmente desde el Norte, a los pies de la cornisa cantábrica. En dicho estudio, se dice que, en el “Avance sobre la riqueza pecuaria en 1891”, la provincia de Badajoz se lamenta de que: “Aquellos innumerables rebaños que antiguamente venían de León… desde los meses de Octubre hasta Abril… hoy ya casi por completo han desaparecido”. Es cierto que también se citan otros lugares, pero, en primer lugar, y de forma innumerable   -según se dice-   los rebaños de ovejas venían de León, procedían de las montañas leonesas, en casi todos los partidos judiciales de Cáceres y en nueve de los quince de Badajoz. Precisamente por ello, en el mes de Mayo de 1836, la Asociación General de Ganaderos del Reino, que había sucedido ya a la Mesta, solicitó tarifas especiales a la compañía ferroviaria MZA, que se había extendido rápidamente hasta hacerse con las principales líneas férreas de Extremadura, para transportar entre Cáceres y Astorga el ganado que habría de dirigirse a la zona de Babia, en la Montaña occidental leonesa. Unos treinta y tres años más tarde, el Estado decreta la creación de la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste, cuyo trazado de explotación va a discurrir a través de la llamada “Ruta de la Plata” que, partiendo igualmente de Astorga, y a través de Zamora, Salamanca, Plasencia y Cáceres, llegará por Valencia de Alcántara hasta la Frontera con Portugal.

Tradicionalmente, al hablar de trashumantes, los propios extremeños distinguían entre los “serranos”, procedentes de las áreas de montaña del Sistema Ibérico y los “montañeses”, distribuidos por los Montes de León, incluyendo las sierras sanabresas y palentinas que los delimitan. Y es muy significativo al respecto el testimonio del alcalde mesteño, Manuel del Río, que no sólo distinguía también entre los trashumantes leoneses y los sorianos por las diferencias de sus respectivos ámbitos, sino porque aunque: “Se ha dicho que los sorianos son más antiguos que los montañeses en el pastoreo de ganado trashumante, no se puede negar que las disfrutan más los montañeses.” 



Bien, hasta aquí he podido llegar yo, sin pasión alguna. Espero que algún posible lector de otros lugares, pueda aportar, en su caso, otros argumentos. Un cordial saludo a todos los pastores de ovejas del mundo. Luis Madrigal.-


  

jueves, 3 de marzo de 2011

SE ESFUERZA LA RAZÓN... PERO EL AMOR NO MUERE



Tiembla inquieta un vela y no se apaga,
aunque muera la cera que crepita,
como un corazón tierno, que palpita,
no encuentra ya el camino mientras vaga.

Errante, sin errar, sin que mal haga
a otro corazón, que fuera habita
y su lejano eco amor concita,
sin que nada lo evite ni deshaga.

No puede el corazón oír razones,
ni la razón sentir... Ni el pecho herido,
mientras gotea sangre, oír canciones.

No puede mi razón, por más querido
sea  -al fin-  el fin de mis pasiones,
al amor dejar hoy, si ayer ha sido.


Luis Madrigal










Música Culta (XXXVIII) Giovanni Battista BONONCINI (1670-1747)




Giovanni Battista Bononcini

(Módena, 1670 – Viena, 1747)


Compositor y Violonchelista italiano del Barroco. Discípulo de Buoni y Colonna, si bien su primera formación musical corrió a cargo de su propio padre, Giovanni Maria Bononcini. Fue Violonchelista en San Petronio de Bolonia, miembro de la Academia Filarmónica y Maestro de Capilla de San Giovanni in Monte. Tras residir en Roma, se trasladó a Viena, donde fue nombrado Compositor de la Corte Imperial. Viajó a Berlín y Londres, al ser allí ya famosas sus óperas, género al que se dedicó fundamentalmente, rivalizando con Händel. Por último abandonó Inglaterra y se retiró a Viena, donde murió en la pobreza. Con él, asi como con su propio padre y su hermano Antonio María, son tres los Bononcini, entre los que es preciso distinguir





martes, 1 de marzo de 2011

EL INVIERNO HO HA TERMINADO... RESTAN 21 DÍAS



PERO PRONTO LLEGARÁ
LA PRIMAVERA



Florecerán las lilas y las rosas
cuando el hiemal retire su pisada…
La blanca nieve, en agua transformada,
vestirá las veredas más hermosas.

Ansiosas por volar, las mariposas
se alzarán en su vuelo, a la alborada.
La luna, del amor enamorada,
alumbrará las noches amorosas.

Tan sólo  -y un día más-  veinte jornadas
han de correr inquietas, tras las horas,
en un reloj de arena condensadas.

Serán entonces claras las auroras
y el sol brillante, en valles y cañadas,
pintará de color las verdes floras.



Luis Madrigal





lunes, 28 de febrero de 2011

YO VI UNA TIERRA VERDE...

SÓLO EN SUEÑOS





Yo vi una tierra verde, como un prado
gigante y húmedo, y azul como el del cielo, que gozaba
de frío y de calor, de Sur a Norte.
Vi cumbres que se alzaban hasta el firmamento...
Ríos azules, que parecen
un pedazo de cielo, al caminar despacio
hacia el gran Mar Dulce,
donde se ensanchan de orilla a orilla
hasta unir y reducir naciones a una sola.



Donde, más abajo, caminan lentas y roqueñas
poderosas moles hieráticas,
que mezcalan tierra y cielo, haciendo azul y pétrea el agua
en una simbiosis cósmica misteriosa...
Cielo y hielo conforman una Bandera
que abraza y acoge al sol en su corazón...



Una tierra tan ensoñadora y enigmática
que a sus altas Sierras, a veces,
en las noches de luna tenue y misteriosa,
bajan las Hadas, desde lo más alto de sus cumbres,
con su cortejo de faunos,
a cantar a los mortales plegarias de amor...



Siguiendo el camino más acertado, puede verse
cómo se agrupan junto a un Lago de ensueño,
con sus playas de arena, sombreadas
por árboles soñolientos  que velan su encanto...
Y, cuando sopla el viento,
hiriendo el agua azul con sus quillas de plata,
ondulan ingenuos balandros de velas blancas
como palomas de paz.
Mil veces he visto esa tierra,
la he pensado y querido,
tanto tanto como para hacerla mía para siempre.
Mil veces la he visto... siempre en sueños.




Luis Madrigal




sábado, 26 de febrero de 2011

NO SABE QUIÉN ES ÉL... (Un Soneto con estrambote y... con toda el alma)




ÉL, SÍ LO SABE



No sabe quién es él, pero él bien sabe
quién lo acogió en su seno y en su nido;
quién lo cuidó, quién siempre lo ha querido
con tanto amor que ni en el pecho cabe.

No hay otro ser que ella más alabe,
y prefiera morir, si lo ve herido;
ni exhale al fin su aliento dolorido,
si la galerna acecha hundir su nave.

Por ello, la tendrá siempre a su lado
y, aun muerta la razón, vaga la mente,
la filial devoción al ser amado

hará que el corazón palpite ardiente
y el hombre, que fue un niño en el pasado,
un beso dejará sobre su frente.


Al despertar la luz cada mañana
y al declinar la tarde, el sol poniente.
 



Luis Madrigal





A mi reciente, y pese a ello querido amigo, Rafael Lizarazo,
de Tunja, Boyacá, Colombia, con todo mi sentimienro y mejores deseos para su buena madre



En la imagen de arriba, el cuadro: "La madre del pintor",
de Ignacio Díaz Olano
(Museo Provincial de Bellas Artes, de Vitoria, País Vasco)
Realismo





viernes, 25 de febrero de 2011

UN RECUERDO Y UN SUSPIRO...




CON EL SUPLICANTE RUEGO
DE VOLAR, A CAMBIO DE UN POEMA




He salido ayer, por Ferrocarril y por primera vez este año, del abigarrado y denso Madrid, hacia el campo infinito e insegregable. Como "Rubín de Cendoya"  -místico español-  yo también veía desde el Tren las cimas de Guadarrama, recortándose sobre el horizonte azul, pero, a diferencia de aquel gran hombre, no podía verlas desde la vertiente de Segovia, pero sí desde la de Ávila. Tampoco me era posible verlas en el fulgor del verano,  como él las vió, pero sí amorosamente cubiertas de nieve.


Mi breve viaje, concluyó a más de 1.200 metros de altitud ("sobre el nivel medio del Mediterráneo, en Alicante"), en Las Navas del Marqués, a 1.221,1 exactamente, en la misma Estación del Ferrocarril. Era consciente en aquel momento de estar viviendo y gozando el día quizá más luminoso, sereno y brillante de toda mi vida. El sol, en lo alto, casi con la fuerza y el brío de Julio, parecía feliz sobre un cielo azul purísimo, libre de toda mácula o brizna de nada que no fuese el invisible y perfumado ozono, fugándose de las inmensas frondas de pinos y abetos.





En el interior de mi viejo Caserón, donde habitan antiguos misterios, hermanados con los duendes de un bosque cercano, el termómetro indicaba una temperatura de 6º Centígrados, pero fuera, en el humilde jardín, ahora en invierno, me esperaba la  inmensa emoción que siempre reclama el espíritu humano, sobre todo cuando siente la premura de aliviar las arrugas y cicatrices del alma.  Allí, entre hojas resecas, residuos aún del otoño, habían visto la luz unas florecillas, tal vez silvestres,  o quizá fruto de alguna antigua siembra de semillas, que orientaban alegres y vigorosas los pétalos al sol, recibiendo la amorosa caricia de sus rayos. Por un instante, pensé en desarraigarlas, para llevármelas conmigo, pero me pareció una crueldad sacrificar su vida, por breve pudiera ser ésta, en una maceta. Por ello, me limité a tomar fotografías y a mirarlas, durante un largo rato, con inmenso cariño.

Un día prometí recordar, cada vez que viese la flor del "diente de león", que en algún lugar del ancho mundo llaman "panadero". Nunca he faltado ni faltaré jamás a mi promesa.





Ayer, en cambio, no vi ningún "panadero", pero, tal vez precisamente por eso, tan sólo pude exhalar un suspiro, ante estas humildes y místicas flores, con el encarecido ruego que les hice. Ya los sabios de la Metereología anuncian nuevamente póximos fríos y lluvias, porque el invierno no ha terminado, ni mucho menos. Por tal motivo, yo les supliqué que, si fruto doloroso de la climatología, son arrancadas de su plácido seno, emprendan sin tardanza el vuelo, a lomos del viento, hacia el soleado Sur, más allá ("plus ultra") del inmenso y Tenebroso Mar, que une y separa, para llevar ese suspiro muy lejos de mí... Y a cambio de mi suplicante ruego -no hay que ser nunca tan pedigüeño ni egoísta-  me quedé un buen momento junto a ellas, mientras escribía y les dedicaba este poema:


FLORES DEL CAMPO


Flores del campo, que nacéis altivas
y libres, sin riegos programados;
sin planes de cultivo, sin testigos
ni tutores, ni layas, ni abonados,
y florecéis un día, hermosas,
incluso sin llegar la Primavera...
Sólo el sol y la lluvia, a su albedrío
os cuidan y aderezan... Os cobijan
los árboles frondosos, que sus ramas
descubren en invierno, por el frío,
para que, así, el calor, anide en vuestro vientre...
Las tienden amorosas, en estío,
para que no os abrase, tan ardiente...
Flores silvestres, campesinas,
sin dueño ni heredad, ni jardinero,
¡qué gozo al veros nuevamente!
-sin tez marchita, en un viejo florero-
nacer, vivir, decirle al viento
que no teméis la fuerza de su encono;
ni a cizalla o tijera, que os arranque
de la tierra salvaje en que nacistéis...
También morís, mas sin saberlo.
Y, sin saberlo, de vuestra simiente,
hacéis viva la tierra, año tras año,
y así vivís por siempre... Eternamente.



Luis Madrigal