jueves, 19 de mayo de 2011

PENSANDO SOBRE EL AMOR...




"Cuando uno ama, no pretende ser libre, sino esclavo. Quien
no quiera ser esclavo, desista de amar.
Cuando uno ama, se expone al sufrimiento. Quien
no esté dispuesto a sufrir, que desista de amar."


(El Maestro de Aída Niederheitmann,
"Pluma Roja")



NO SE AMA SIN DOLOR



Lejos del manantial, lejos del agua,
cuando abrasa la sed, se hace un martirio
caminar bajo el sol... No puede el lirio,
como el hierro no es hierro sin la fragua.

Vacío es esperar, bajo la enagua,
el amar sin dolor... Es un delirio.
El fuego que se enciende en ese cirio,
a pesar de ser sangre, se desagua.

No amaré más si mi dolor no es mío,
ni temblaré al mirar el rostro amado.
Así, cuando en invierno llegue el frío,

mi corazón ha de encontrar helado.
Mas, si escondo el dolor y fluye el río,
tampoco podré nunca ser amado.



Luis Madrigal





A Aída Niederheitmann
"Pluma Roja"









SE PIERDE, ALLÁ A LO LEJOS, MI PALABRA




EN EL DESIERTO VIVO

Envío mi palabra tras el viento
y con el viento vuelve y no halla nada.
En el desierto, roja llamarada
calcina sin piedad mi humilde acento.

Sin agua ni verdor, mi ser sediento
sólo silencio encuentra, y la calmada
sublime soledad, ensimismada,
no advierte de la arena el sentimiento.

Un hilo de agua fresca, en lontananza,
libra a la verde planta del abismo...
Quiere temblar, parace que bonanza

presagia bajo el cielo, que a sí mismo
ha de rasgar, lo mismo que una lanza.
Pero, se oculta... Es sólo un espejismo.



Luis Madrigal





 

martes, 17 de mayo de 2011

LA TERNURA DE DIOS




LA TERNURA DE DIOS, PLURAL DE INTENSIDAD


Una de mis últimas entradas en este humilde Blog, acerca del dolor que produce en los humanos la muerte, y que a veces se presenta como “regalo” de Dios, como si la muerte fuese querida por Él, como si pudiera evitarla, haciéndola llegar tan sólo para torturar a sus hijos –casi como el puntillero cuando dobla el toro-  sirvió, en mi opinión lamentablemente, para poner de relieve sin duda ligeras discrepancias con otras visiones o interpretaciones, por parte de alguno de mis propios hermanos en la Fe. Sigo, pensando, que Dios jamás hiere a sus hijos, sino, todo lo contrario, los acuna junto a su pecho, precisamente mucho más en esas horas tan amargas y desoladoras. Porque, todo es armoniosa y dulcemente compatible.

Los conceptos singular y plural pertenecen a la categoría del accidente gramatical de número y sirven para expresar si se trata de un solo sujeto o de más de uno, o bien de una sola o de más de una cosas. Eso, sucede en castellano, y desde luego, naturalmente, en la lengua madre y en todas las demás lenguas hermanas. Lamentablemente para mí, no he podido ser filólogo, ni gramático, como hubiese deseado, pero recuerdo muy bien, aun “a palos de ciego”, que cuando era estudiante de Bachillerato, en León, mi Profesora de Griego, Doña María Luisa Riera,  además de enseñarnos la diferencia, en la flexión verbal, entre los verbos temáticos, en ώ, y los atemáticos, en μι, dada su afición a la filología hebrea, entre otras antiguas, nos explicó una vez la consistencia del plural de intensidad en las lenguas semíticas. Y aquello, se me quedó a mí muy grabado en la memoria. Este plural, en hebreo, más que un plural propiamente dicho, es un adverbio de cantidad, un plural mayestático, de dignidad, de excelencia. Es un plural de tal fuerza que sirve, o se utiliza, para subrayar enérgica y enfáticamente una idea transcendental y transcendente, generalmente la de la misma divinidad.

Sin duda por eso, el Antiguo Testamento, raíz del Nuevo, en el que aquél florece y alcanza la plenitud, está plagado de plurales de intensidad. La misma expresión “Elohim”, es un plural. Es la forma plural de “elóh” (dios) y no alude tanto a una pluralidad de dioses, como a Jehová, o Yahveh, en cuanto Creador de todas las cosas, Dios único y Señor del universo. Este mayestático, de poder infinito, de esencia de todo lo que es, este plural de “Elo-hím”, aparece 35 veces en el relato de la creación, y en cada uno de los casos el verbo que determina la acción está en singular (Ge, 1, 1-2, 4.). Y no solamente en el Génesis, también en los Salmos y el propio San Pablo en la Epístola a los Hebreos. Por otra parte, la palabra Fe, en hebreo, se dice Emunàh, y tiene la misma raíz de la palabra Amén, que implica certeza, afirmación dogmática. Otro tanto ocurre con las palabras Vida (Jaìm), Sangre (Damim) o Agua (Màyim).

No es de extrañar, pues, que las entrañas (rahamin), sea el plural de intensidad de rehem (seno materno), y signifique la ternura de la mujer hacia el fruto de su carne, de sus entrañas. Es decir, la ternura de Dios, que no sólo es padre (Sal 103, 13), sino también madre (Is 49, 14 y 66, 13). Ternura hacia los hombres, a quienes ha creado tan sólo por amor y, además, les ha hecho hijos. Esta ternura divina se muestra, tras la creación, en la liberación y en la salvación, y sobre todo, para ello, en el perdón. Se ha dicho de Yahveh, el Dios el Antiguo Testamento, que es un Dios lleno de cólera, de ira divina, pero se olvida que el primer título de Yahveh, es precisamente el de “Dios tierno y misericordioso”, expresión que puede encontrarse en infinidad de Textos veterotestamentarios. Y esa misma ternura divina se manifiesta en Jesús, que la hereda, la hace propia y la derrama en abundancia sobre nosotros. Es ese Jesús, compasivo ante las multitudes hambrientas; ante los ciegos y los leprosos; ante el hijo de la viuda de Naín; ante Lázaro, el amigo muerto, por el que llora, consolando a su hermana Marta... Por eso, San Pablo quiere apoderarse, apropiarse de ese sentimiento de Cristo (Flp 1, 8, 20) e invita a sus seguidores a “revestirse de las entrañas compasivas” de Dios y de su Hijo (Col 3, 12). Por eso, si no podemos ver más que una sóla huella sobre la arena, en los momentos más duros, es porque Él nos lleva en brazos. Por eso, el Señor, aun siéndolo no sólo de la vida sino  también de la muerte, a nadie quiere torturar con ella, y según proclama ya la Teología más puntera, cuando alguien agoniza, rodeado de los que más le quieren, es el propio Cristo quien baja hasta el lecho de muerte, no sólo para llevarse consigo lo que es suyo, como son de la propiedad de un ganadero las reses marcadas con su hierro, sino para consolar a los que rodean la cama del moribundo y traerles la Paz y la Esperanza. Este es el único contenido de la visita del Señor, ante lo que ni Él mismo puede evitar, para que podamos entrar definitiva y eternamente en la Vida. Luis Madrigal.-

domingo, 15 de mayo de 2011

LA PAZ







Un vecino y amigo mío, de aquí de Madrid, suele decirme con frecuencia que la palabra para él más bonita es la palabra paz. Yo pienso que lo que realmente quiere decir, es que mucho más bonito aún que la palabra, es su contenido, lo que significa y representa para todos los hombres, porque sin duda sólo el amor puede ser más hermoso que la paz. Es más, me parece que es la causa de ella y de todos otros cuantos bienes puede alcanzar el espíritu humano. Pero, del mismo modo que el bien, no es tan sólo la ausencia del mal, la paz no se limita tampoco al hecho de no estar en guerra. Ninguno de ellos, ni de los estados que en ellos se contemplan y de ellos se derivan,  puede definirse ni alcanzarse por exclusión, sino que ambos consisten y se cimentan sobre un concepto y dimensión positivos. Algunas experiencias personales muy negativas, y no pocas veces, me impulsan cada vez con más fuerza atractiva, por ello, a buscar la paz, eludiendo con firmeza toda situación de conflicto y beligerancia con todo lo que me rodea. A diferencia de lo que buscaba Descartes, vivir rodeado de árboles en lugar de hombres (lo que también yo he añorado más de una vez), pienso hoy que los árboles tan sólo pueden mostrar en invierno sus manos desnudas y que, cuando uno se encuentra ante la soledad, nada pueden decir los árboles, ni ninguna otras cosas. Sólo los humanos, las personas, pueden hablar, comunicarse conmigo y, del mismo modo que pueden cerrar sus puños amenazantes, también pueden derramar una lágrima y fundirse en un abrazo. Por ello, es buena la paz. Es un estado, si no placentero, sin tan armonioso, sereno y dulce, que puede arrobar el espíritu. Para alcanzar la paz, desde luego, es muy conveniente alcanzar antes la justicia, la libertad, el orden, para lo cual es imprescindible superar la injusticia, el libertinaje y el desorden. Es muy conveniente, pero he llegado a la conclusión de que no es rigurosamente necesario para  que se produzca en mí el apacible y sereno fenómeno de un mundo  -el mío, y no ese otro tan universal y cósmico, como tal vez utópicamente se pretende muchas veces-  armonioso, sin sobresalto ni quebranto alguno. ¡Cuánta razón tiene mi amigo, y que bella es la paz! Pero, como nada puedo esperar de otros, para tenerla, tendré que ser yo tolerante, comprensivo y generoso; tendré que ir comenzando a observar todos los males del mundo, no como si no existieran, sino hasta donde yo puedo hacerles frente; tendré que no calificar de tan graves y perniciosas las cosas y situaciones, sin juzgar nunca a nadie, para que sea Dios quien juzgue a todos, también a mí, restaurando en otra dimensión del tiempo y del espacio cuánto aquí sobre la tierra es imperfecto y lacerante. Y, sobre todo, tendré que ser compasivo. La compasión, es la puerta de la paz, porque si, frente a la necedad, el mal gusto, la ambición, la avaricia, la grosería, todo cuanto hoy me hace rechinar los dientes, soy tolerante, seguro que no caeré yo nunca en lo que, con elegancia y largueza, sea capaz de tolerar, como si no llegase a enterarme de ello. Si me conmuevo de verdad ante la pobreza, el dolor, la miseria, las graves y punzantes circunstancias que a otros seres hacen tan difícil la vida, seguro que no llegaré a irritarme nunca por todo cuanto puede ocasionarme desagradables molestias o privarme de la comodidad de la vida muelle y relajada. Pido a Dios, con fervor y esperanza, su ayuda y su gracia para que pueda hacerse posible en mí ese milagro y, de esta forma, algún día pueda yo alcanzar la paz. Porque, nada puede importarme que cuanto me rodea sea imperfecto, antiestético, paleto, violento, agresivo y hostil, si yo estoy en paz. En paz conmigo mismo y, en consecuencia, en paz con todos y cada uno de los seres humanos que habitan en este mundo. La Paz, sea con vosotros. Luis Madrigal.-





viernes, 13 de mayo de 2011

HOY ES 13 DE MAYO



No hace demasiados años se ha producido el hundimiento y desmantelamiento imprevisto -cuando llegó a decirse que no podría salirse de él-  del marxismo-leninismo en los países del Este de Europa, esclavizados por este maligno sistema durante 73 años. En el año 1917 se implantó en Rusia la dictadura del marxismo materialista y ateo de carácter estatal. Lenín y Troski pensaban y ambicionaban dominar el mundo formando un supremo estado totalitario y ateo. Caída Rusia en sus garras, su plan se dirigía a conquistar España y Portugal para, desde allí, dominar toda Europa. Pero, muy posiblemente, el año anterior, 1916, Dios comenzó también a trazar su estrategia. Y así como para la Encarnación envió a un ángel, para anunciar este plan envió a Aljustrel, en Fátima, al Ángel de Portugal, para preparar el instrumento de sus planes. Como casi siempre, se valió, de tres humildes pastorcitos, Jacinta,  Francisco y Lucía, de 7, 8, y 10 años. Tampoco, cuando nació Jesús, no encargó el Señor su adoración a ningún rey poderoso Nos lo asegura el mismo Evangelio: «Había en la región unos pastores...” (Lc 2, 8).

Los pastorcillos, tenían nombre: Lucía, la mayor, de diez años, era la última de los seis hijos de Antonio y Maria Rosa dos Santos. Francisco, primo de Lucía, nueve años, era hijo de Pedro Marto y Olimpia de Jesús. Jacinta, siete años, hermana de Francisco, los más pequeños de once hermanos.

En el verano de 1916, en la semicueva del Cabeço, los niños pudieron escuchar una palabras: «Soy el Angel de la Paz». Me parece, diría después Lucía, que el ángel se nos apareció por primera vez, en la primavera de 1916, en nuestra Loca de Cabeço.  Subimos la pendiente en busca de abrigo, y  después de merendar y rezar allí, comenzamos viendo sobre los árboles que se extendían en dirección al oriente, una luz más blanca que la nieve, en forma de un joven transparente más brillante que un cristal herido por los rayos del sol. Estábamos sorprendidos y medio absortos.  No decíamos ni una sola palabra. Al llegar junto a nosotros, dijo: “¡No temáis! Soy el Angel de la paz. Orad conmigo. Y arrodillándose en tierra inclinó la frente hasta el suelo. Le imitamos y repetimos las palabras que le oímos pronunciar: “¡Orad así! Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas”. Y desapareció. La atmósfera de lo sobrenatural que nos envolvía, era tan intensa que casi no nos dábamos cuenta de la propia existencia, permaneciendo en la posición en que el ángel nos había dejado, repitiendo siempre la misma oración. El plan de Dios sobre los hombres no había variado: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11,25).

El día 13 de mayo de 1917, seis meses antes de que Lenin asaltase el poder en Rusia, la Primera Guerra Mundial llevaba tres años desangrando Europa. España, no, pero Portugal también estaba en la guerra, y contaba ya con infinidad de muertos y mutilados. Cuando los tres pastorcillos conducían las ovejas a pastar a los prados familiares, en Cova da Iria (“Valle de Santa Irene”), el sol estaba en su cenit, y pese a ello una luz repentina, más pura e intensa, les iluminó, como el estallido de un relámpago. Con temor, supusieron que venía tormenta, reunieron las ovejas y se encaminaron hacia casa. Al pasar delante de una encina, les sorprendió otro relámpago, más brillante que el primero. Enmudecieron y aceleraron el paso. Pero avanzaron sólo tres o cuatro metros cuando una intensa claridad los rodeó y casi cegó. Los tres miraron a la derecha, y ante ellos, sobre el arbusto, en el centro de una gran aureola de luz que les alcanzaba, vieron a una hermosa Señora más resplandeciente que el sol.
Se asustaron e intentaron huir, pero el gesto maternal y dulce de la Señora, les detuvo:“ No temáis, no quiero haceros ningún daño”. En estado de éxtasis, los tres niños vieron que la Señora, les pareció de unos dieciocho años. Vestía una túnica blanca como la nieve, que la envolvía hasta los pies. Un cordón dorado ajustaba la túnica en la cintura, y caía hasta el talle. Un velo blanco, con bordes de fino galón de oro, cubría su cabeza y sus hombros, y llegaba casi hasta el final del vestido. Su cara, infinitamente delicada, brillaba como un sol. Sonreía con cariño, pero con sonrisa ligeramente velada por una sombra de tristeza. Sus manos estaban juntas sobre el pecho. Miraba dulcemente con sus ojos negros; en el brazo derecho tenía un rosario blanco, con cuentas brillantes como perlas. El rosario tenía una crucecita de plata, también brillante. Sus pies sonrosados estaban descalzos, sobre una nube de armiño, que rozaba las ramas de la encina. Era La Virgen María, a la que desde entonces se llama, “la Virgen de Fátima”. Hoy es su Festividad, porque hoy ha sido, aún lo es, 13 de Mayo. Cuando repicaban alegres las campanas de la Iglesia parroquial frente a la que vivo en Madrid, no he podido resistir el impulso de salir a la calle y, aunque no me agradan especialmente “las procesiones”,  me he unido también a la que momentos después ya regresaba hacia el templo. No podía dejar de agradecer a nuestra Señora tan grande milagro. Cierto que, después de Rusia, de la URSS, le quedan al mundo quizá los mismos problemas, o más aún que resolver, pero la Madre, nos ayudará a ir resolviéndolos… porque una madre siempre espera. No se cansa nunca de esperar. Mucho más, la Madre de todos los hombres, buenos y malos. Luis Madrigal.-


Los Tres Pastorcillos, de izquierda a derecha
Jacinta, Francisco y Lucia



La misma fotografía anterior, posteriormente tratada con color



La casa en la que vivían Francisco y Jacinta



Con mi más cariñoso y agradecido homenje a Portugal, la Nación hermana

 

TRES SONETOS A LA MISERIA HUMANA (y III)




III


NO SON DE PIEDRA


Vedlos ahí, tirados bajo el cielo…
El gesto, triste. El cutis, macilento,
curtido por el aire. El cuerpo, hambriento.
Ocultan su mirar, mirando al suelo.

De latas y cartones, el consuelo
hallan en tierra dura, y su harapiento
vestir, de olor pastoso y ceniciento,
en duro invierno encuentra siempre el hielo.

En el ayer, tal vez, vistieron galas
y soñaron quizá un mundo justo.
Un viento arrollador rompió sus alas.

Ahora se arrastran, en paraje adusto,
sin nunca recordar las horas malas
en que su humano ser se hizo un arbusto.



Luis Madrigal










miércoles, 11 de mayo de 2011

YA SE INICIÓ LA FERIA DE SAN ISIDRO



Ayer Martes, 10 de Mayo, comenzó en Madrid la Feria taurina de San Isidro, el patrón de la Capital de España. Durante veinticuatro días consecutivos, 18 corridas de toros, 3 novilladas y 2 corridas de rejones, traerán la emoción y el arte a la arena de la Monumental de Las Ventas. Lástima que, una vez más, los antitaurinos, bajo esa patraña, o en todo caso simple mentira, de la crueldad con los animales, se obstinen en ir contra corriente de la noble tradición de un pueblo. Si el campo es para la hierba, y la hierba para los animales, los animales son para el hombre, lo que no quiere decir que éste deba faltar a los meros instintos de providad y caridad, ni siquiera con ellos, como seres también de la Creación. Pero no son personas ni, por lo tanto, sujetos de derecho alguno. Moral y jurídicamente, son cosas, semovientes, y todo ello ha de estar a disposición del hombre. ¡Queremos los toros vivos!, leí hace unos días en una de esas ridículas pancartas callejeras antitaurinas. ¿Acaso son los toros de lidia los únicos animales que se matan y sirven después para la alimentación humana? El toro de lidia vive libre, durante cuatro o cinco años, como un príncipe, en las dehesas, para pelear después por su vida, oportunidad que no se dá a los que se electrocutan en los mataderos. Frente a él, el torero, un tipo de verdadero artista  -la Tauromaquia es un arte-  que expone su vida y tantas veces se ve ante las puertas de la muerte. Llaman la atención, además de por lo injusto por lo ridículo, esos delicados espíritus, los de los quienes claman ante lo que dicen ser crueldad con los animales, cuando, en este mismo momento y casi siempre, sobre la faz de la tierra, jamás han movido un dedo  -la mayor parte de los que conozco-  para alzarse contra todas las crueldades a las que se somete a los hombres. Es de observar, por cierto, y yo me alegro de ello, que, en esta Feria de San Isidro, participará el espada francés Sebástian Castella, que dicen los entendidos puede ser, en estos momentos, el número uno del mundo, a la par que la República Francesa, símbolo de la libertad en tantos aspectos, ha declarado de interés cultural la Fiesta de los Toros. Si, en España, la Cataluña independentista, siguiera, como algún día fue, bajo Francia, no podría haber prohibido esa Fiesta. Claro que tampoco, mucho menos, podría haber hecho otras muchas cosas. Pero, ya volverá a admitirla, ya lo creo. Al tiempo. Por el momento, ¡Viva la Fiesta nacional de España y de los pueblos hermanos de Méjico, Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela...! Luis Madrigal.-


Y ESTE ES EL CARTEL DE LA FERIA




¡¡Bienvenidos a Madrid!!