miércoles, 29 de octubre de 2008

LA DICTADURA DEL GENERAL FRANCO




Los téminos dictador y dictadura -naturalmente el segundo deriva del primero- son muy antiguos. En su versión latina, equivalen a lo que eran la tiranía y el tirano entre los griegos. Pero, para seguir "en el pie de la letra", en Roma aparece el dictator, en los tiempos más remotos de la República, como una magistratura extraordinaria, no habitual, cada vez que por circunstancias igualmente extraordinarias, de conflicto o de peligro, interior o exterior para la Civitas, se hacía necesario concentrar en una sola persona todo los poderes públicos, como si se tratase de un retorno a la Monarquía. Se trataba, pues, de una situación institucional, de Derecho, no de simple hecho, porque en ella el Dictator -que se llamó primitivamente Magister populi o Praetor maximus- no se arrogaba por sí mismo tales poderes, sino que era nombrado por uno de los cónsules, de mediar acuerdo entre ellos (comparatio), o decidir la suerte (sortitio) y, más tarde, tal facultad de designación fue atribuida al Senado, confirmándose posteriormente en virtud de una lex curiata. Había en la Roma republicana dos tipos de dictator: El dictator optima lege creatus y el dictator imminuto iure. El primero tenía un poder absoluto, el mismo de un consul, pero, a diferencia de éste, no estaba sujeto ni a la intercessio (o posibilidad de impugnación de sus decisiones por el otro consul), ni a la provocatio ad populum, o posibilidad de recurrir a las asambleas populares comiciales para que éstas revocasen aquellas decisiones. Es decir, este Dictator, no estaba sujeto a control alguno por parte de ninguna otra magistratura, ni por el Senado, ni por el pueblo. Su designación responde a circunstancias de alto peligro. El segundo, en cambio, se nombraba para una misión concreta, de mucha menor transcendencia e incluso en ocasiones limitada a una simple ceremonia, como sucedía en el caso del dictator clavi figendi causa, que se designaba exclusivamente para un acto de superstición mágica, estimado eficaz contra la peste. Nos encontramos todavía, ente un pueblo que, pese a vislumbrar ya la cultura, se encontraba aún en cierto modo anclado al pasado, al de los augures, los colegios sacerdotales, los días fastos y nec-fastos, los mores maiorum, o costumbres de los mayores ,y, en general, al más instrumental formalismo. Pero lo que resulta oportuno significar, es que, un buen día -y aunque en Roma hubo dictadores decentes, como Sila y otros- en algún lugar derivativamente romano, se cuenta hubo uno que, pasados los tiempos de crisis, no devolvió sus potestades a las instituciones y magistraturas ordinarias, y, desde entonces, el término "dictador" cobró una significación absolutamente peyorativa y despreciable. A nadie le gusta desde entonces -ni aún a los que lo son de verdad- ser tildado de dictador, o que se diga que su gobierno o administración son dictatoriales que, como ya he dicho, equivale a decir "tiránicos". En España, se ha hablado y se habla de "la Dictadura del General Franco". Y, desde luego, se ha empleado y se emplea tal término con absoluta razón. Franco, fue un dictador, un dictador a través, nada menos que de un período de treinta y seis años y unos meses más, lo que se ha redondeado en la ya famosa expresión de "los 40 años" . Esto es así, no se puede volver del otro lado, porque ello sería negar la evidencia. Esta dictadura, se hizo pertinaz -valga también la expresión, por aquello de la sequía- y se hizo también, con el paso del tiempo, irresistible, humillante y aborrecible. Ya se sabe, la "oprobiosa" dictadura. Personalmente, yo tengo que decir, y quiero hacerlo, tres cosas como punto de partida. La primera de ellas es que toda dictadura, en el sentido más general y más aún en sentido político, en los tiempos modernos, y en términos iusnaturalistas, resulta absolutamente indefendible. La razón, creo que la he expuesto aquí, en este Blog, en otras ocasiones: Sin libertad, no hay persona, no puede haberla, y si no hay persona, no queda nada, porque la libertad es consubstancial al ser humano. Sin libertad no queda hombre, no queda en pie nada de él, porque se le cosifica, se le transforma en cosa. Y el ser humano, no es que sea libre, es que es el libre sustantivo, y lo libre por antonomasia, de forma tal que ninguna especie animal goza de esa divina propiedad ontológica de la libertad. Lo segundo que deseo decir, es que, en aquellos años 50, los de mi Bachillerato y Universidad, yo también corrí -tanto como pueda haberlo hecho cualquier sindicalista "no vertical", en la ocasión- delante de "los grises"; también yo soporté la presencia de un policía en la sala en la que por entonces de vez en cuando pronunciaba una charla, y a veces una conferencia; también yo, sufrí en dos ocasiones sendos registros domiciliarios por parte de la policía política; también yo, tuve mi teléfono intervenido, y un falso taxista, con su "taxi" aparcado enfrente de cierto edificio de Madrid, en la Calle de Alfonso XI, nº 4, que no era un taxista, sino un policía; también yo defendí a sindicalistas obreros ante el Tribunal de Orden Público (TOP)... También yo, sufrí, en suma, y en la medida en que ese era el concepto exacto y preciso -porque había otras dimensiones, de verdadero bienestar y felicidad ontológica, aunque nunca política- aquella "oprobiosa" dictadura. Y, por último, en tercer lugar, tengo que confesar (aunque a veces me arrepiento de ello) que el día en que murió el General Franco, yo le dije a mi hija mayor, ya en edad de poder entender algo de todo aquello. "Hoy termina una época que hemos de olvidar para siempre". Algo así. Sin embargo, ha pasado el tiempo. Los niños nacidos en 1975, tienen ahora mismo ya 33 años de edad y, una buena parte de ellos, quizá la inmensa mayoría, ni han oído hablar del General Franco. Se impone una serena y muy objetiva reflexión. Casi todos los historiadores (con las sospechosas excepciones de Tuñón de Lara, Gabriel Jackson, Paul Preston, y otros del mismo cuño y signo izquierdista) y por contra, muy en especial, dentro de la mayor objetividad, y por todos ellos, Hugh Thomas, coinciden en admitir que cuando el General Franco se sublevó en Canarias, y saltó a la Península arrastrando tras de sí al Ejército de África, el régimen político republicano, legítimo en su origen, pero tan sólo por la cobardía del Rey Alfonso XIII, había sido lo suficientemente indolente, descuidado, deliberadamente tolerante y desde luego, en todo caso, incapaz de alcanzar el primero de los fines que todo Estado de Derecho debe cumplir: El mantenimiento de la Ley y del orden público. El otro, es el de la creación del Derecho. Y, desde luego, se promulgaron leyes republicanas que difícilmente podían asegurar la pacífica convivencia de los españoles. Aquel Gobierno, fue incapaz de impedir "los paseos", el tiro en la nuca, el asesinato de curas, frailes y monjas, los incendios de templos, y sobre todo de abortar de raíz el intento de incluir a España en el cerco del imperio soviético, que pretendía ensancharse, salvando los Pirineos, hasta el Atlántico, como años más tarde se hubiese ensanchado quizá hasta la desembocadura del Rhin, de no haber sido por el paraguas defensivo y antinuclear de la OTAN. Y, en este sentido, resulta absolutamente cierto y objetivo que, el General Franco, libró a España, sin duda también a Portugal y puede que a muchos otros países de la Europa occidental, de haber sido aplastada por el yugo soviético, aún más esclavizante, duro y cruento. Lo que también puede ser justo y obtetivo reconocer -y lo es- es que, sin duda, resulta reprochable a la Dictadura de Franco el haber prolongado hasta casi medio siglo su régimen represivo de la libertad general de los españoles, desde la victoria militar de 1939 hasta la muerte del Dictador en 1975. Me cuento entre esos españoles, aunque también deba decir que tan sólo en los últimos años de aquel régimen axfisiante, y en cierto modo ya caduco y ridículo, pude yo notar en propia carne esa falta de libertad. Por ello, quizá a raíz de la visita a Madrid del Presidente de los Estados Unidos, General Dwigt Eisenhower, que marca el inicio de la recuperación económica española -hasta llevar a España a ser la 9ª potencia industrial del mundo- hubiera sido el momento también para que el Dictador abadonase el poder y, bajo su control, si se quiere con la intervención y garantía de las instituciones internacionales, anticiparse a 1975, alineando progresivamente a España, como después de esta última fecha se hizo, en el concierto de las naciones libres y de los Estados de Derecho. Catorce años de Dictadura, no hubiesen sido lo mismo que casi cuarenta. Esto, también es verdad. Sin embargo -e insisto en que toda dictadura es injusta y aborrecible- también debe decirse que, dadas las circunstancias concurrentes en la España de 1936 (a título de ejemplo, puede bastar aquella gigantesca fotografía del asesino Stalin colgada de la Puerta de Alcalá, de Madrid, que otra vez vuelvo a traer aquí) conducían a otra dictadura, como se proponía, sin duda mucho más oprobiosa, mucho más difícil de superar, y cuya sangrienta dureza se hubiese prolongado mucho más de cuarenta años. Más o menos lo mismo que en Alemania, hasta la caída del Muro; Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Rumanía, Bulgaria, Albania, Estonia, Letonia, Lituania, sin contar a las naciones asiáticas de etnia árabe y religión musulmana, ni a Ucrania, Georgia y Bielorrusia y... hasta la propia y sufrida Rusia, dos veces a punto de sucumbir, ante Napoleón y Hitler, y por último presa y víctima principal de la mentira y la sangre. Todas estas naciones, con la ejemplar excepción del carácter y tenacidad de los alemanes libres, cuando pudieron ver la luz de la libertad, estaban por completo arruinadas, devastadas, destruidas, míseras y moralmente traumatizadas. Porque el comunismo, el marxismo-leninismo, ha sido la gran estafa del siglo XX y una de las mayores y más crueles y sanguinarias de toda la historia de la Humanidad. Esto, también es verdad. España, no. España gozó de una absoluta prosperidad y bienestar económicos y hasta -si se compara con "lo otro", políticos- hasta la muerte del General Franco, hallándose situada para emprender su desarrollo en el camino de la libertad, lo cual es mucho más fácil, como se ha demostrado concluyentemente. ¿Qué dictadura, pues, de las dos que se presentaban como alternativas en 1936, era preferible? Pregunto a las personas sensatas, de lógica estructura mental y buena voluntad. Respóndanme. ¡¡Que responda alguien, por favor...!!. No a mí, sino a esa pregunta y a la Historia. Por ello, en esta perspectiva, si la alternativa no podía ser otra- y no podía- sino la de optar entre la dictadura de Franco y la dictadira de la URSS, resulta muy claro, en mi estimación personal, que aún hoy, es preciso gritar: Glorioso e Invicto Caudillo, Generalísimo Franco: ¡¡Gracias en nombre de España...!! Gracias incluso -aunque carezco de todo título de representación- en nombre de tantos españoles, también de los que te odian y maldicen, porque, hasta ellos mismos, se libraron de la repugnante lacra del socialismo marxista, primo hermano de cualquier otro socialismo. No sin verdad, ya dijo un comunista "ejemplar", Santiago Carrillo, que todos ellos son "de la misma sangre". De la misma maldita sangre. Luis Madrigal.-






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