domingo, 19 de diciembre de 2010

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO





El que va a llegar está ya casi a la puerta. Primero, fue Isaías, después Juan el Bautista, las voces que clamaron. Hoy, es San José, el Carpintero de Nazaret, el padre legal o adoptivo, el padre humano y terrenal, puesto que el que viene, es el Hijo de Dios, encarnado, hecho hombre, en una mujer de nuestra propia raza. José, se fía de Dios y decide quedarse junto a María y al fruto que espera de sus virginales entrañas. El que viene, por tanto, es también Dios. Pero no basta con creer en Él, como en alguien lejano, principio lógico, o explicación de cuanto sucede en el cosmos, en su propio origen, en el principio sin causa, explicación radical de todas las causas, del ser realisimum, que buscaban apasionadamente los filósofos pre-socráticos. No basta con eso. Eso es un axioma, una evidencia, una realidad que no sólo no necesita explicación, sin que carece de ella, por antonomasia, por puro misterio. Creer eso no basta, no es ni necesario. Lo que es preciso creer a pie juntillas, "irracionalmente", si cabe, pero con el corazón entero puesto encima de la mesa, es en que ese Dios está entre nosotros, es un "Dios con nosotros" y para nosotros. Un ser infinitamente misterioroso, pero también misericordioso, todo Corazón, que permanece siglos y siglos, hasta la consumación de ellos, a nuestro lado, para servirnos de consuelo, de refugio, de ayuda también infinita. Un Dios que padece y sufre con el sufrimiento humano, que pasa hambre con quienes no tienen  que comer; que es la única compañía de cuantos se encuentran solos y abandonados, que se arrastra por las calles con los drogadictos y los alcohólicos, con las prostitutas y con cuantos se han aquivocado en la vida o, tal vez, han sufrido por culpas ajenas, con los desgraciados, los tristes, los miserables... Ese es el Dios que hoy estamos esperando. Y si le esperamos es para seguirle y acompañarle en su amoroso destino. Ven pronto, Señor, que te esperamos, llenos de miedo, de miserias, de corrupción, en medio de este degradado e indigno ámbito que hoy es el mundo en el que vivimos, similar, más o menos, al de aquellas Sodoma y Gomorra. Pero, tenemos la esperanza de que hoy, al menos, habrá entre nosotros un sólo justo que nos salve, al precio de su sangre. Para eso vienes Tú. ¡Y para librarnos de la muerte eterna! Por eso estamos contentos, alegres, felices, por eso hacemos ruido y encendemos luces. Sólo por eso. Luis Madrigal.-



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