viernes, 27 de marzo de 2009

IRÉ A LA MANIFESTACIÓN DEL DOMINGO




Nadie ha influido lo más mínimo sobre mí, para que asista y participe en la Manifestación del próximo Domingo. Ni “los añorantes del pasado”, ni los Obispos de la Conferencia Episcopal. Y mucho menos el Partido Popular, al que ni pertenezco, ni he pertenecido nunca, ni perteneceré jamás, como a ningún otro de los restantes partidos políticos, habidos o por haber. No he pertenecido, ni perteneceré, en ningún momento, a ningún partido político, por una razón muy sencilla: Carezco por completo de un sentido “militante” de la vida política. Puedo retirar las comillas, porque, tal sentido, también me parece una vocación, tan lícita y útil como otra cualquiera. Cualquiera que efectivamente lo sea, excluidos los delincuentes y, muy especialmente, dentro de ellos, los ladrones de guante blanco, en sus muy diversas variedades, porque quienes roban para poder subsistir, me parecen ampliamente cubiertos por la excusa absolutoria, no ya del estado de necesidad, sino del “hurto famélico”, al que se refería Tomás de Aquino. Desde luego, tal actividad, la de “la política”, no es más lícita y útil que cualquier otra, pero tampoco, en sí misma, menos. Sin embargo, sí estoy plenamente convencido que, para cualquier actividad humana, sea cual fuere, es necesario que quien la acomete esté dotado, no sólo de aptitudes, sino esencialmente, de una actitud, cuyo grado superior es la vocación, la llamada, sincera y pura, a ese cometido, que, en efecto, en la Política, podría ser excelso. Y, conmigo, insignificante personaje, de valor aproximadamente similar al de una hormiga, y mucho menos en los tiempos que corren, no va ese sentido de la política, actividad que, como ya he sostenido aquí, alguna vez, hace ya siglos perdió su sentido de lo que fue la Política, con mayúsculas, originariamente aristotélico -el de constituir el bien del todo, de la polis, de la Ciudad- y en consecuencia alcanzar un valor moral superior al de la Ética, que se limita a prescribir los principios y normas que han de regir el bien tan sólo del individuo. Y, desde luego, lo de menos, es que pueda yo acoger el criterio, me parece que actualmente mayoritario, de que “todos los políticos son iguales”, que podría aceptarlo, aunque algunos sean “menos iguales” que otros. Es decir no tan estúpidos, borricos, analfabetos, desprovistos del más mínimo saber, ni de la más mínima capacidad. Y sobre todo “menos”, mucho menos rencorosos, canallas y miserables.

Bueno, he dicho que iré a la manifestación de este próximo Domingo, en Madrid, que sinceramente hasta ignoro quién la convoca, pero no he dicho aún la finalidad o el objeto de dicha manifestación pública. Lo diré ahora: Es contra el aborto -más o menos libre y a gusto personal de cada individuo- ese crimen, que un día estuvo, ciertamente, en el Código penal, pero que hoy lleva camino, no ya de ser un “derecho fundamental" absoluto, sino hasta una muestra de distinción social. Pero, quieran o no, es un crimen, un homicidio. Y, es además, sin duda el homicidio -el asesinato- más repugnante y miserable de cuantos puedan existir, porque consiste en quitar la vida a un ser absolutamente indefenso, “a radice”, que nada puede hacer para evitarlo. Prescindo de la constitucional -y prácticamente falsa- proclama de que “todos tienen derecho a la vida”, máxime en relación con lo que determinan, en nuestro Derecho español, los artículos 29 y 30 del Código civil. El primero de estos preceptos, dispone que “El nacimiento determina la personalidad, pero el concebido se tiene por nacido para todos los efectos que le sean favorables, siempre que nazca con las condiciones que expresa el artículo siguiente”. Tales condiciones, sólo son dos, que el feto tenga "forma humana" y que "viva veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno". Y, naturalmente -es decir criminalmente- hay una forma radical de que un feto no pueda vivir tal número de horas en tales condiciones. Y esa forma es la de matarle cuando aun se encuentra en dicho seno. No sé muy bien si no me repugna decir “materno”, porque, la maternidad, en todos los seres animales, excluye, en su mayoría más absoluta, tal conducta criminal y, si se da en algunas especies, como he podido oír alguna vez, en cualquier caso, se trata de animales irracionales. Y yo me resisto a pensar que las madres abortistas, sea cualquier el motivo que pueda inducirles a cometer tan miserable crimen, estén animadas de ese carácter irracional. No creo que pueda tratarse de ningún retraso mental, ni tampoco de ninguna debilidad , o minusvalía, de tal carácter, no pienso que sean unas “débiles mentales”, pero sí unas “débiles morales”, cuyo sentido del mal ha arraigado con tal fuerza en su corazón, que no dudan lo más mínimo en infringir de raíz la ley biológica más natural, sino en quebrantar también la ley natural intrínsecamente esencial al ser humano. Señoras abortistas, que esgrimen el argumento de que “con su cuerpo hacen los que quieren, porque es suyo”, sepan ustedes que, ni eso es verdad, ni es lícito -aunque se trate del propio cuerpo, o de la propia vida- porque ninguno de esos dos valores son suyos sino que se los deben a alguien, sin duda a quien se los ha dado. Pero, sepan también, que el feto, el ser que se encuentra en sus entrañas, tenga los meses, o los días, o las horas, que tenga desde que ha sido concebido, es mucho menos suyo aún. No es, en absoluto, suyo, porque es otro ser, en sentido propio, y todo ser humano es, en si mismo, un ser, con entero derecho -el primero de todos los derechos- a la vida y, para ello es preciso que nazca. Perdónenme, pero son ustedes -todas- unas simples homicidas, es decir, unas crueles asesinas. Simples no, verdaderamente inhumanas y diabólicas, unos seres despreciables, indignos de vivir en la sociedad civilizada, de recibir ayuda de nadie y de inspirar la menor compasión. ¡Cierto, ya lo sé…! Hay situaciones extremas, terriblemente injustas o llenas de verdaderos calvarios. Pero… ¡ni en tales casos! Son ustedes mucho peores que las prostitutas, rameras o meretrices, esas pobres mujeres que, algunas veces, muchas de ellas, tienen que venderse para no morirse de hambre, pero, si van a tener un hijo, fruto no ya del amor, sino del simple comercio carnal, no lo matan, lo quieren y lo protegen... Y, de un modo más o menos similar, cabría también hablar de otras situaciones, en las que tampoco se debe matar a nadie, porque, todo ser humano, sea concebido de un modo o de otro, es un hijo de Dios, por ser también voluntad suya... Si no quieren ustedes tener hijos, sino, simplemente, revolcarse como los animales, no los tengan, pero no los maten… Quizá, a mí me gustaría hoy ser mujer, como mínimo, o hasta monja, con una organización y unos medios mínimamente adecuados, para poder decir lo que decía la Madre Teresa de Calcuta: “¡No los matéis… dádmelos a mí, para que los cuide!”. Yo, no reúno ninguna de esas dos condiciones, pero en su nombre, en el nombre de aquella mujer santa, también lo digo… ¿Y el Gobierno, promovente de esta nueva Ley? Otro día… “hablaremos del Gobierno”, pero, ya de momento, cabe una pregunta de la mayor lógica: En estos días, de paro y casi miseria para una gran parte de españoles, y de quienes vinieron a nosotros, buscando una vida digna, ¿no se les ocurre a ustedes hacer otras cosas? Estoy seguro, desde hace tiempo de que no, porque hay mentes -las suyas- a las que no puede ocurrírseles nada. Para ello, tendrían que estar dotados, propiamente, de “mente”, no tan sólo de cráneo para que pueda sostenerse el sombrero, y, sus cerebros, habitados por alguna idea… ¿O es que a alguna de sus brillantes molleras, se le ha ocurrido la magnífica idea de resolver la situación económica de los españoles, sobre la base de matarlos? ¿O, tal vez, esta Ley criminal que anuncian, es una cortina de humo, para que la gente no fije su mirada indigente, simplemente en el hambre, y en las personas que ahora en España se encuentran rozando la más estricta situación de necesidad, o acaso de verdadera pobreza? De pobreza impuesta por ustedes, provocada y sostenida. Porque la pobreza voluntaria, la que uno mismo libremente elige, es una de las más sabias decisiones y una de las claves más importantes para alcanzar la verdadera felicidad. Luis Madrigal.-

jueves, 19 de marzo de 2009

LA JUSTICIA


Si preguntáramos, no a todas, desde luego, pero sí a una gran parte de personas -me refiero a España- acerca de "la Justicia" -y aunque se escribiese con minúscula (la justicia), estoy seguro de que la inmensa mayoría diría que son los Tribunales, los jueces o, a lo sumo, el poder jurisdiccional del Estado, organizado en Juzgados y Tribunales. Esta última respuesta sería para nota. Es así de repugnantemente bajo el nivel de conocimientos, qué le vamos a hacer... Y, desde luego, si se tratase de ciudadanos normales, de los que hablan de la Constitución con el mismo rigor intelectual que de futbol, y acuden a visitar una vez al año el Congreso de los Diputados, haciendo cola, con toda certeza, dirían que es la Guardia Civil, la policía... o hasta el Ayuntamiento de su pueblo. En último caso, los más listos, dirían que "la Justicia", son eso, los jueces, y comenzarían a hablar pestes de ellos. Últimamente, los jueces, no gozan de excesiva buena prensa, por aquello de las "cacerías" furtivas y otras hazañas aún mucho peores. Cabe incluir también en el “lote” del descrédito social a los funcionarios subalternos, a las huelgas, las decisiones del Consejo General del Poder Judicial, de vez en cuando "tomado a saco" por los partidos políticos, que se reparten sus despojos... Insisto, todo esto, a mi parecer, es lo que sucede en España. En otros lugares, no sé.

Y sin embargo -y en ello hemos de pensar todos, de vez en cuando, incluso las mentes más civilizadas y lúcidas- lo que menos relación guarda con la justicia -escrito ahora el término con minúscula- es todo ese mundo, y su sub-mundo, de los jueces, los secretarios judiciales, los oficiales, los abogados y procuradores, las togas, los estrados, la bandera nacional sobre los mismos... Todo eso -la Justicia orgánica, o más bien legal- no es más que un aparato, un instrumento material, aunque también se integre de personas, para la aplicación, a su vez, de otra mera herramienta, la del Derecho, cuyo ideal sumo, tampoco es la Ley (Lex), como proclaman en su frontispicio las Salas del Tribunal Supremo, sino precisamente la justicia. Porque, esta última, y no la ley, es el fin, el objetivo final del Derecho. Éste, tan sólo existe para que se realice el ideal de la justicia. Y los órganos de "la Justicia", a su vez, tan sólo existen para aplicar rectamente la herramienta del Derecho. Y, aún así, por perfecta y pura pudiera resultar dicha aplicación, no estaría asegurada la realización de la justicia, y nunca de la Justicia. Y ahora sí podemos escribir el término con mayúscula, sin referirnos al "aparato judicial", sino a un seráfico efecto, imposible de alcanzar en este cochino mundo. Porque, la justicia, esencialmente, es una virtud, la virtud que regula todas las acciones humanas con relación a otro, a un "alter". Y por ello las reglas que establece la Ley, el Derecho, son reglas, o normas, de alteridad, en cuanto siempre necesariamente han de referirse a "otro". Y tal efecto virtuoso, en términos absolutos, no es terrenalmente posible, donde impera el egoísmo más canalla del “todo para mí”, o del “primero, yo”. Habrá que esperar a que se consume el tiempo, la Historia, y comience la Meta-Historia, el Reino de Dios.

Sí, también aquí en la tierra, podemos alcanzar, relativamente, la justicia, por ser antes que nada, una virtud, sí no nos apartamos de esta idea esencial. Porque, toda virtud, es un hábito bueno, éticamente bueno, y las virtudes, todas ellas, cuantas más mejor, conforman la altura moral de cada hombre. La palabra virtud, procede de vir (“hombre”), e indica etimológicamente la superioridad del ser humano para vencer todo cuanto se le antepone, incluso de superar el dolor y de sobreponerse a la muerte. Toda virtud, se funda en la inteligencia, que es indispensable para discernir el bien del mal, y para descubrir el equilibrio medio, sopesando toda clase de factores. Esta determinación de la razón, a fuerza de repetirse, llega a hacerse hábito y éste produce el efecto de obrar siempre bien, con suma facilidad, produciendo incluso un placer el hacerlo.

Las virtudes, en general, se desdoblan en dos grandes ámbitos. El primero de ellos, es el de las virtudes sobrenaturales, llamadas también teologales, por contener diríamos los mismos hábitos de Dios, las cuales no pueden ser adquiridas sino por la intervención divina y de las cuales se ocupa la Teología. Estas virtudes, que sobrepasan la naturaleza humana, aunque se asientan sobre ella, como es sabido, son la fe, la esperanza y la caridad, es decir el amor a todos los hombres, y no sólamente a quiénes nos unen vínculos carnales o de gratitud o amistad. El segundo ámbito, es el de las virtudes naturales, que todo ser humano puede alcanzar, aún sin intervención divina, por medio de su propio esfuerzo. De ellas se ocupa la Ética. Las virtudes naturales, a su vez, pueden ser dianotéicas o morales. Las primeras, son virtudes en sentido amplio, por perfeccionar el entendimiento, la sensibilidad o la destreza (la ciencia, el arte, la técnica u otras habilidades). Las virtudes morales, lo son en sentido estricto. Ellas son propiamente los verdaderos paradigmas de la vida virtuosa. De entre ellas, algunas se llaman cardinales (de cardo=quicio), porque todas las demás se apoyan en ellas, o giran alrededor de ellas. Y, entre estas virtudes morales cardinales, presentes ya en la filosofía pagana griega -Platón las asocia al alma- además de la prudencia, la fortaleza y la templanza -no incluyo la humildad, por ser ésta una virtud de naturaleza y origen propiamente cristiano- se encuentra la justicia.

La primera conclusión, pues, es que no cabe pedir justicia plena a los demás, ni por ello tampoco a los Jueces y Tribunales, sino, en principio a uno mismo. La justicia, por ser antes que nada una virtud, ha de residir “en mí”, dentro de mí, su centro de gravedad, es el propio justo y hasta yo estoy obligado a ser justo “conmigo mismo”, para poder serlo después con los otros, si bien los deberes que el ser humano tiene consigo mismo, en realidad, no son deberes de justicia estricta, al faltar la relación de alteridad o bilateralidad a la que nos referíamos antes, que exige siempre ser instaurada entre dos términos -o sujetos- distintos, entre los que se da la deuda, u obligación, para dar a cada una de las partes lo que es suyo. Una vez pagada la deuda, queda instaurada la justicia y la relación bilateral se disuelve, desaparece. Por ello, si cuantos hoy claman contra la administración de la justicia legal, y el horroroso funcionamiento de este servicio público, se esforzasen en alcanzar esa virtud, moral cardinal, en ser justos en sí y por sí mismos, es evidente, no voy a decir que resultasen innecesarios los Tribunales, porque eso formaría parte de una hermosa utopía, pero si que su función resultaría más fácil, más rápida y, por ende, más justa también. No culpemos tan sólo a los Juzgados y Tribunales de Justicia, ni al poder Ejecutivo del Estado que los organiza, sin habernos juzgado antes a nosotros mismos.

La Justicia, en sentido general, es la mayor de todas las virtudes naturales, hasta el punto de que ni siquiera, en este sentido amplio, podría ser considerada como una más de las cuatro virtudes morales cardinales, sino como el compendio y síntesis de todas las virtudes, por encerrarlas a todas. Sin embargo, en sentido particular, como es más o menos generalmente sabido, hay varias especies o modalidades de justicia, dentro del concepto de “dar a cada uno lo suyo”. Esto, tan sólo representa a la llamada justicia conmutativa, propia de las relaciones contractuales privadas entre partes, pero, a su lado, y nunca frente a ella, se encuentra la justicia distributiva, que consiste, como su nombre indica, en distribuir los bienes, los beneficios y las cargas entre los miembros de toda la sociedad, según una igualdad de proporción. Fue conocida ya por el propio Aristóteles, si bien, dentro de la mentalidad pagana, no cabían otros criterios de distribución, sino los del principio aristocrático de jerarquía, en el que el sujeto del más ínfimo nivel, el esclavo, no era ciudadano y, por ello, carecía de participación en la política, o en la educación, y ni siquiera era considerado capaz de la virtud ni del orden moral. Esta idea jerárquica, pasó a Roma y de ella a nuestro mundo occidental, que muy lentamente ha ido ganando, batalla tras batalla, las cotas de un humanismo igualitario real. Aún así, en nuestros mismos tiempos, casi en la misma proporción en la que surgió su concepto, en el siglo XIX, la gran “asignatura pendiente” para la Humanidad es la de la justicia social. Esta expresión es, por ello, relativamente moderna. Pese a haber sido alumbrada por los filósofos católicos y por la Iglesia, todavía, en el año 1891, cuando se escribe la Encíclica “Rerum Novarum”, tal expresión- la de “justicia social”- no aparece en todo el texto pontificio ni una sola vez. Sin embargo, en otra gran encíclica, la “Quadragessimo Anno”, escrita en 1931, la expresión aparece hasta siete veces. Y, ello no es lo más significativo. Lo verdaderamente importante es que, en esta Encíclica, se fija el objeto de la justicia social. En aquellos momentos -raíz sin duda de los más cruentos sucesos que el mundo ha padecido- cuando el ambiente liberal está cerradamente presidido por “el laissez faire”, que propugnaba un orden económico exclusivamente regulado por las leyes naturales del mercado, la “Quadragessimo Anno”, postula la intervención real y eficaz de la ley positiva del Estado para corregir los defectos y huecos de las leyes del mercado. Y, esta intervención estatal, por medio de la ley positiva, ha de establecer una sumisión de lo político, y fundamentalmente de lo económico, a los valores supremos de la ley natural, de la justicia y del orden moral. Y estas exigencias no tienen otro fundamento, ni otro fin, que el de la verdadera libertad, la libertad real, y la dignidad de toda persona humana, miembro de la sociedad e hijo de Dios. Me pregunto, ahora, y más en estos duros momentos, para qué puede ser necesario el socialismo y los partidos de este tenor que, por desgracia, a veces alcanzan el poder en el gobierno de los Estados libres, existiendo esta doctrina y este alto sentido de justicia. En otras palabras: ¿Para qué un socialismo, además falso y analfabeto, de zapatilla convertida en cachemir?. Únicamente para, a través del Partido, llegar a ministros o “ministras”... Un socialismo que carece de socialistas, y tan sólo está repleto de meros hambrientos, que únicamente lo “son” para poder dejar de serlo. ¿Para qué, en síntesis, cualquier socialismo, habiendo Cristianismo? Luis Madrigal.-

martes, 17 de marzo de 2009

PARA CONSTRUIR UN MUNDO MÁS JUSTO Y PACÍFICO




A este preciso fin, entre otros que tan sólo el consuelo y la esperanza pueden llevar a África, el Santo Padre, Benedicto XVI, ha llegado hoy a Yaundé, la Capital de la Republica de Camerún. Lo primero que ha dicho, nada más bajar del avión, ha sido que venía a África para "confirmar a mis hermanos y hermanas en la fe". Camerún es un país colonizado por Francia, pero especialmente católico, o cristiano, que ha dado y, desde hace muchos años, concluyentes testimonios de fe. Pero, no obstante, como todos los del mundo, necesita ser confirmado en ella. El Santo Padre, ha recordado inmediatamente que han sido muchos los santos en este Continente, en los origenes del cristianismo. Nada menos que Agustín de Tagaste, su madre, Santa Mónica, o San Atanasio, por refeirse tan sólo a algunos. El Papa, ha dicho también que, en Africa, hay 150 millones de católicos y que llegaba allí -es el 5º Papa que visita el Continente africano- para preparar la Segunda Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos de África, que habrá de celebrarse en Roma en el mes de Octubre próximo. El Santo Padre, afirmó que en estos tiempos de escasez de alimentos, de crisis financieras, de cambios climáticos, África sufre los males del "hambre, la pobreza y la endermedad", ante los cuales los africanos "imploran a viva voz la reconciliación, la justicia y la paz y esto es lo que la Iglesia les ofrece". No nuevas formas de opresión, ni la imposición de modelos de cultura que ignoran, sino la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Por eso, dijo el Santo Padre "rezo por cada uno de vosotros, por vuestras familias y seres queridos y os pido que os unais a mí en la oración por todos los habitantes de este vasto continente. ¡Que Dios bendiga a Camerún! ¡Que Dios bendiga a África", fueron sus últimas palabras. Algunos, nos unimos también a esa oración y, sobre todo, ratificamos nuestro más firme propósito de ver en todos los africanos que transitan, entre necesidad y dolor, por nuestras calles, en cada uno de ellos, a un hijo de Dios. Luis Madrigal.-

Arriba, imágenes relativas a la visita pastorañl del Santo Padre