viernes, 22 de enero de 2010

EL DES - CONCIERTO




He vuelto ayer al Auditorio Nacional de Música, para asistir al Tercer Concierto, dentro del Ciclo que está ofreciendo la Orquesta Sinfónica de Madrid, y que concluirá el próximo 23 de Junio, la víspera de San Juan, con la interpretación de dos piezas -ambas bajo la dirección de Pinchas Steinberg- que anhelo escuchar en vivo y en directo, tras haberlas oído tantas veces "en lata". La Obertura Carnaval, de Antonin Dvorak y el Ciclo Má Vlast (Mi patria), de Bedrich Smetana, dos excelente músicos checos, acerca de los cuales aún no he podido decidir quién de ellos me gusta más. Tal vez pueda lograrlo el próximo día 23 de Junio. Pero ayer, me encontré con Gustav Malher, otro checo, puesto que nació en Kaliste, Bohemia, aunque entonces no se llamase República Checa. Malher, puede ser considerado, por tanto, como un compositor y director de orquesta bohemio-austriaco, más que alemán. Y mientra sonaban los primeros acordes del primer movimiento de la Tercera Sinfonía de Gustav Malher, que ayer escuchánamos, no pude yo, y bien que lo siento por Malher, y por ese gran director de orquesta que es Jesús López Cobos, dejar de recordar a quel personaje que se llamó, y supongo se llama, Alfonso Guerra, que llegó a ser Vicepresidnete del Gobierno de España, pese a estar "de oyente" en él, según aquel propio sujeto literalmente manifestó. ¿Se acordarán ustedes, queridos compatriotas de Don Alfonso Guerra, verdad? Espero que no lo hayan olvidado, porque personajes de este dislocado y bárbaro calibre siempre son inolvidables. Pues bien, la interferencia mental de ayer por mi parte -juro por Dios que no pude evitarlo- sin duda se produjo a consecuencia de que, según se decía, en su momento, a Don Alfonso Guerra, aparte de otros méritos gloriosísimos (como Filesa, Malesa, Time Sport, así como el "ingeniero" Roldán y el Capitán Kan, doña Aida Álvarez, aquella otra pobre mujer, ya difunta, del papel del BOE, y algunos miles de etcéteras más), se deben dos muy singulares: El de haber puesto de moda unas insípidas galletitas danesas y el de haber sido el descubridor y divulgador de Malher, que en España no había sido conocido antes, se decía, ni nadie sabía quién era. Tuvo que venir Don Alfonso a explicárnoslo. Eso se opinaba. En realidad, otras opiniones más actuales, entienden que no fue así, sino que la "moda" de Malher, en unión de la de bailar sevillanas e ir a las corridas de toros, fue más bien cosa de un grupo socio-cultural de "jóvenes-ejecutivos-progres", casi todos ellos de "buena casa", a los que se llamó, o ellos mismos se hicieron llamar, "yupis", en los años 80, y cuyo denigrante, o poco edificante, ejemplo podría ser muy bien el de Don Mario Conde, que posiblemente aún sigue en la cárcel, a diferencia del "ingeniero" Roldán, que ya hace bastante tiempo que salió de ella, sin devolver al Erario público ni una cochina peseta, en su traducción monetaria a euros (€) de los muchos millones de ellas que se llevó, introduciéndolas con una pala en sacas de Correos. Pero, cierto o no, el caso es que la figura del gran compositor bohemio ha pasado a la pequeña historia de la estupidez asociada a la no tan grande de aquel deslenguado de Sevilla. El señor Guerra pudo únicamente divulgar a Malher entre los ignorantes españoles, sobre todo los analfabetos de su Partido, que eran y son casi todos, porque Don Alfonso -también se decía- era un hombre muy sabio y de una raigambre intelectual sólida, contundente, sistemática, interdisciplinar y filosoficamente contrastada del modo más amplio y exhaustivo. Pese a ello, también era un hombre muy humilde, porque habiendo alcanzado el grado académico de Perito electricista, se dedicaba a vender libros en un establecimiento del sector, en Sevilla y, para el mejor asesoramiento y orientación de los compradores, se había leído casi todas las contracubiertas de los libros que vendía. Por ello, no era de extrañar que llegase a ser Vicepresidente del Gobierno y, en consecuencia directa y lógica, el hermano de "Minmano", aquel otro señor que descubrió la brillante idea de enriquecerse, bajo el lema, tan socialista, de "tó pal pueblo", llevando a efecto tan justo propósito sobre la base de un "chiringuito" en el que asesoraba a los sevillanos acerca de los más complejos asuntos de contenido económico que se hallaban en trámite ante la Administración pública, eso sí, por un módico precio y con carácter casi sacerdotal, al modo del jurisconsulto romano Ulpiano, si bien a título y con el título de "asistente" de "Sunmano", o sea de "Minmano", cuando él era el hablante, y a cuya invocación todo el mundo se echaba a temblar. "Podremos meter la pata, había dicho Don Alfonso (eso, seguro, pensaba yo cuando lo oí), pero no meteremos la mano". Pues, se equivocó usted de plano, Don Alfonso, metieron ustedes las dos juntas, aunque yo prefiera siempre las meteduras de mano, no recomendables, ni justificables, desde luego, pero mucho más saludables que propiciar las barbaridades y salvajadas que su apocalíptico analfabestismo secular lleva siempre consigo. Este último, ha ido "in crescendo", tras el golpe de Estado del 11 M, porque, en simple y llana comparación... ¡cuánto cabe añorar y acodarse para bien de Don Alfonso!, comparado con esta insubstancial basura, mediocre, monótona, monocorde y monocolor, que ahora amenza con destruir a España para siempre, y con la cara de idiota que posee su casualístico lider, por pura potra, y con esas mujerzuelas con cara de fregar escaleras, todo ha de ir en proporción. Comparado con todos estos y estas, Don Alfonso hubiera podido ser considerado como un Winston Churchill, o como un Roosevelt (ambos los dos, don Teodoro y don Franklim Delano). Pues bien, yo no puedo admitir, pese a mi propio analfabetismo musical, que ignorase a Malher antes de que Don Alfonso hablase de él, o de que, en su caso fuesen los "yupis" quiénes lo hicieran. Malher es un excepcional músico y genial director de orquesta, llamado, por intercesión de Brahms, rendido admirador de su talento, a ocupar el puesto de primer director del Teatro Municipal de Hamburgo, durante seis años, en los que dirigió un amplísimo repertorio, para regocijo y admiración de los melomanos hamburgueses. Desde 1893, Malher se instaló en el pequeño pueblo de Steinbach-am-Attersee, buscando un clima de absoluta paz para emprender su espectacular obra musical, en una cabaña, frente a un lago, únicamente amueblada con un piano, una mesa, un sillón y un sofá. Allí trabajaba desde las seis en punto de la mañana y su única vida social fue la de, algunos días, acercarse a Ischl para visitar a Brahms. La Tercera Sinfonía de Mahler, está considerada por la mayoría de los musicólogos como la gran obra malheriana. ¿Quién no ha oído hablar, alguna vez, de "la gaya ciencia"?. En alemán, se escribe "Die fröhliche Wissenschaft". Es una de las obras más importantes, hasta capital, de Friedrich Nietzsche, el filósofo sajón más crítico hacia la religión que, tras la secularización de la ilustración, llegó a decir: "Dios ha muerto", pero que, transcurrida esta etapa, la más negra y crítica hacia la filosofía occidental y de destrucción de la metafísica cristiana, inició un proceso afirmativo en la construcción de nuevos valores -expresados en la obra "Así habló Zaratrusta"- basados en el llamado gai savoir, expresión referida a las habilidades necesarias , sobre todo para escribir Poesía. La expresión "gaya scienza", canonizada desde entonces, hace, pues, referencia al arte poético, en castellano, es decir para nosotros a la Poética. Y eso es la 3ª Sinfonía malheriana, una versión o transcripción musical del libro de Nietzsche, aunque en modo alguno la colosal sinfonía de Malher se indentifique en casi nada con el pensamiento del filosofo alemán, sino con la mística revelación de la Naturaleza a la que se sentía profundamente vinculado el compositor. Hasta tal punto esto es así, que el gran musicólogo español Federico Sopeña vió en la "canción de media noche", un bellísimo lieder, en el tercer movimiento, una música del silencio en la que Malher trata lo nocturno religiosamente, al servicio del gran misterio de la eternidad y, sobre todo, en el Langsam final, donde Malher eleva un himno de amor a Dios, entrevisto a través de la Naturaleza. Desdichadamente, la invasión sufrida por mi cerebro de modo inesperado e involuntario, en cuanto a aquella torpe relación de identidad a la que ya he aludido, sin duda me privó de paladear todo cuanto ayer pude escuchar en al Auditorio, magistralmente ejecutado por la Orquesta Sinfónica de Madrid, bajo la sabia y sensible dirección del Maestro Jesús López Cobos, que se despedía como Director de la Orquesta. Por este triste motivo, me resultó muy difícil y altamente nocivo y perturbador asistir a un concierto, cuando casi diariamente muchos nos vemos obligados a sufrir a una "segunda parte", mucho más estúpida y peligrosa quizá, en un repugnante y drámatico des-concierto. Pero prometo volver, aquí mismo, a Malher, muy en breve, a esta maravillosa Sinfonía, a la Orquesta Sinfonica de Madrid y sus dos coros, el de voces blancas y el femenino de voces adultas, a la mezzosoprano rusa Ekaterina Gubnanova, ayer en funciones de contralto, y también al Maestro Jesús López Cobos, ese egregio zamorano, de Toro, la Ciudad de Enrique IV y del Conde Duque de Olivares, a la que siempre recuerdo con nostalgia y cariño, porque no en vano, a escasos kilómetros de ella, se encontraban las lonas, las tiendas de campaña, en las que yo recibí instrucción militar y, al final de ella, el Despacho de Alférez de Complemento de nuestra Gloriosa Infantería española. Luis Madrigal.-


Arriba, la portada del libro de Nietzsche "Die fröhliche Wissenchaft", publicada en 1882; el gran compositor bohemio-asutriaco Gustav Malher y, finalmente, el Perito electricista a quien, injustamente, se asocia o se atribuyó en España la divulgación de la música malheriana. Abajo, lamentando no disponer de ninguno de los movimientos de la 3ª Sinfonía, me complace ofrecer el Adagieto de la 5ª.










AÑORANZA DE UN FUTURO MUERTO









¡Oh, la lejana tierra,
húmeda y verde,
con sus Sierras que danzan
en el estío,
cuando brilla la luna...
¡Oh, Lago, tan azul...!
Que azul el Río,
que no es un río...
es un trozo de cielo
de él desprendido.
¿No podré nunca
veros...?
¿No seréis nunca míos?
¡Que lejos ya de mí...
quizá perdidos!


Luis Madrigal





miércoles, 20 de enero de 2010

¡GRACIAS, SEÑOR...!



Gracias, Señor, te debo tantas cosas...
La vida, sin la cual yo sería... nada.
¡Nada, Señor...! Y Tú has querido
traerme a la luz del ser, que es los que es...
Te doy las gracias.
Te doy gracias, por haberme extraido,
como en una operación cesárea, del oscuro y pavoroso
vacío absoluto, de lo que no es,
para traerme a la existencia y a la Vida.
¡Gracias, Señor, por la alegría de vivir,
por la dicha y la ternura tantas veces recibida
y por la poca que he dado...
Gracias también por la tristeza y por el llanto.
¡Gracias por la libertad!,
por esa libertad que nadie puede arrancarme
si procede de Ti,
aunque puedan cargarme de cadenas,
aunque puedan matarme...
Tú pondrás en mi corazón cobarde
el valor para morir.
Y mucho antes (o cuando sea, Señor,
cuanto Tú quieras)
la fuerza vital de acompañar siempre a quiénes
a mi lado caminan.
Para sofocar su sed y su sudor;
su fatiga y cansancio,
su melancolía y su nostalgía,
su soledad y su tristeza...
Porque, sólo así podrá mi ser alcanzar su plenitud;
mi espíritu, el amor, mi tristeza la alegría
y Tú podrás estar siempre a mi lado,
porque, sin Ti, Señor, soy la misma Nada
de la que me has traído a la Vida.

Luis Madrigal




martes, 19 de enero de 2010

ESCENAS DE INVIERNO (IV)


LLUVIA TRAS LA NIEVE

Golpeaba la lluvia los cristales
aún teñidos de nieve, blanca y pura;
latía en cada gota su frescura
al barrer los oscuros ventanales.

¿Dónde habré ir, que pueda curar males
-preguntaba la lluvia, en su andadura-
y el Cielo respondía con dulzura:
No corras mucho, ayuda a los mortales

a conservar su casa y su alegría;
sus prados y cultivos... Y la lumbre
que el abuelo encendió, día tras día.

Nunca caigas en tromba, por costumbre
de arrasar lo que vive todavía,
ni saltes con terror desde una cumbre.


Luis Madrigal


12 de Enero de 2010





lunes, 18 de enero de 2010

ANTES Y DESPUÉS DEL TERREMOTO



Va siendo hora ya de poner fin al luto por Haití, de enterrar a los muertos, elevar al cielo una oración por ellos y, eso sí, afianzar el propósito más firme de extender todos nuestra mano sobre el sufrido país caribeño. La vida, sigue. Pero, cabe preguntarse por qué, tras el drama, todo el mundo se ha mostrado solidario y se ha volcado en ayudas, mientras antes de él, nadie se había preocupado lo más mínimo de este país pobre y subdesarrollado, donde los niños comen galletas de barro... Ya se ha dicho en muy diversos lugares que no se debe confundir la pobreza y el subdesarrollo con el carácter sísmico de la zona. Sin la menor duda, los terremotos no podrán nunca desaparecer de la faz de la tierra, pero sí debería hacerlo la pobreza, sobre todo esa pobreza severa, no querida, sino impuesta por causas exclusivamente estructurales, casi siempre debidas a la codicia, el egoísmo y el latrocinio de los hombres. Sería tan prolijo como innecesario señalar aquí el número de instituciones y cuentas bancarias abiertas en estos momentos , al menos en España, para la ayuda económica a Haití. Cada cual puede encontrarlas sin el menor esfuerzo y aportar a ellas lo que pueda, no más, o incluso menos de lo que pueda. Esa ayuda, que no ha de perderse por el camino, siempre será bienvenida, bien llegada. Pero sería un noble y eficaz deseo el de que, no sólo pudiera resultar más que suficiente para resolver cuantos problemas de toda índole hoy se ciernen sobre la nación haitiana, sino que sobrasen, o se acumulasen otros en el futuro para sembrar con ello el inicio de una nueva era. Que, una vez enterrados los muertos, consolados en lo posible los sobrevivientes, establecidas las medidas sanitarias para evitar endemias, se fuese pensando por el mundo entero también, en dotar a aquel país, y a otros muchos, de los medios de producción económica y organización social, mínimamente necesarios, no ya propios de la trilogía marxista -nutrise, cubrirse, cobijarse- sino de la filosofía humanista y filantrópica más ambiciosa, de la educación, la cultura, el deporte, el ocio creador... Porque los haitianos, y otros muchos pueblos, no deben ser personas condenadas eternamente a la desgracia, sino seres humanos como los demás, llamados a una vida propiamente humana, de los que es preciso acordarse antes de que sucedan los terremotos o las catátrofes naturales. Se ha repetido reiteradamente el tan conocido apotegma: Si le das un pescado a un hombre, podrá comer un día; si le enseñas a pescar, podrá comer toda la vida. Pero... ¿Cuándo podríamos comenzar? Esos más de 100 millones de euros (€) que he leído en algún sitio acordará la Unión Europea para la ayuda a Haití, unidos al esfuerzo técnico generoso de los profesionales -sobre todo los jóvenes- capaces de "enseñar a pescar" (a construir, a diseñar, a organizarse...), ¿no serían suficientes?. Porque, si es cierto el refrán español de que "no hay mal que por bien no venga", debería hacerse el esfuerzo necesario para que, ante un mal tan grande y lacerante, el bien no sea raquítico e insignificante. Como se decía antes en los sermones y homilias, pero con mucha más fuerza: "¡Qué así sea!" Luis Madrigal.-


viernes, 15 de enero de 2010

DIOS, ESTABA ALLÍ Y... ESTÁ


Una periodista, corresponsal de prensa o similar, ha dicho en el diario "EL MUNDO", de Madrid, que, en estos momentos, en Haití, se encuentran "sin noticias de Dios". Es decir, cabe interpretar que Dios ni se ha enterado de la catástrofe ni ha aparecido por aquellos dolorosos pagos, porque, en el fondo, lo que pretende decirse es que Dios, no existe . O bien es directamente el culpable de lo ocurrido, como asimismo afirmó un pintoresco personaje haitíano. En cuanto a la periodista, lo más ingenioso del titular es la burda imitación del cuentecito, de tan enorme éxito, del novelista barcelonés Jorge Mendoza, "Sin noticias de Gurb", un extraterrestre perdido en la Ciudad condal con ocasión de los Juegos Olímpicos celebrados allí en 1992, esto es, en la XXV Olimpiada de la era moderna. Por lo que se refiere al haítiano que ha culpado directamente a Dios de la tragedia, o a las opiniones y manifestaciones populares que, por este motivo, ponen en tela de juicio su existencia -es decir, su esencia, porque existir, propiamente (tienen razón), Dios no existe- la injusticia con Dios no puede ser mayor. Es muy facil culpar a Dios de este tipo de dramáticos acontecimientos, eludiendo la culpabilidad de quiénes, quizá durante siglos, han martirizado a los hombres, tanto en nombre como en contra de Dios. Dios, sólamente habita en la conciencia de los hombres. Está dentro -quiere estar- de cada uno de ellos, pero son ellos, los hombres, quienes le expulsan y destierran de sí mismos. Las injusticias, la explotación, la maldad, la ineptitud, no pueden ser evitadas ni por el mismo Dios , porque Él ha creado libres a los hombres. Ciertamente este tipo de trágicos sucesos, no ocurre tan sólo en los pueblos más pobres, como podría asimismo pretenderse. Ocurre en todo lugar, pobre o rico, porque sus causas, o su causa, no es más que puramente geológica. Se trata, parece ser, de la llamada "tectónica de placas", o de "capas", que se encuentra en la superficie terrestre. Haití y otros muchos lugares también pobres, son lugares sísmicos, deben tener sus "fallas", pero también la tiene California -la llamada de San Andrés- y también allí se han producido y producirán, probablemente, terremotos. La diferencia, sin duda es de riqueza y de capacidad organizativa y tecnólogica para prevenir o paliar las consecuencias dañosas. Pero esa riqueza y esa capacidad, la honestidad de los gobernantes o su codicia y latrocinio, más que la tierra, es cuestión exclusiva de la voluntad humana. ¿Tendrá también la culpa Dios de que -como ayer dije en este mismo Blog, con la autoridad de la Historia- en 1811, aquel malvado que se llamó Henri Christophe, se autoproclamase Rey, y sometiese al país a toda clase de atrocidades, muy posiblemente causa, entre otras, de su actual pobreza?. Y así, sucesivamente, con independencia de las circunstancias y de su origen, ya provengan del propio país, o de los EE.UU. de América del Norte, a los que siempre resulta tan cómodo culpar de todo. No es Dios, son los hombres. Y, en este caso, tampoco se podrá culpar a la "malvada" España, que sometió a los pobrecitos indios de America... fundiendo su sangre con ellos. Los méjicanos, tienen esto muy claro, y hay que agradecérselo mucho. Se sienten orgullosos de ser un pueblo mixto, mitad españoles y mitad indios. Y presumen de ello, como yo también presumo de ser español y de que mis antepasados, en lugar de matar a los indígenas, como se ha dicho o se dice tantas veces, se mezclaran con ellos, sin perjuicio también de muchas posibles atrocidades. Pero Haití, desde hace más de un siglo, ha sido colonizado, "organizado y dispuesto" por la maravillosa Francia. ¡Qué no se diría de España, del lastre y "herencia" que los españoles dejamos en América, si el terremoto de Haití hubiera ocurrido en otro lugar del entrañable suelo sudamericano!. No, no es Dios. Son los hombres. Dios, estaba alli y... está ahora mismo. Se duele y abraza a todos y cada uno de los cadáveres que yacen sin sepultar, entre ellos el del Arzobispo de Puerto Príncipe, Mons. Serge Miot, y al dolor de sus familias y seres queridos. Dios, estableció las reglas, al crear el mundo y, aunque podría variarlas (y a esto lo llamamos con toda propiedad "milagro"), no lo hace así por las buenas. Simplemente, "permite", no se opone a su propia creación, aunque su primer plan fuese otro. Por eso, Dios, estaba y.. está. Dios es Dios y está siempre. Los que no estamos, ni queremos ser, somos los hombres. Luis Madrigal.-

Arriba, la Falla de San Andrés, en la rica California. Abajo, sucesivamente, "Te Deum", motete polifónico del gran músico francés Marc-Antoine Charpentier; en segundo término "Laudate Dominum", de W.A. Mozart, y finalmente, el "Te Deum laudamus" gregoriano. Siempre es bueno alabar a Dios. ¡Por triplicado!













jueves, 14 de enero de 2010

HAITÍ


Un asolador seísmo ha llenado Haití de sangre y de cadáveres. Esto ya no puede ser noticia. Pero que una tragedia de tales proporciones haya ido a suceder en el país más pobre de toda América, no puede dejar insensible a nadie. Además de la más espantosa miseria, ahora les viene esto, tan dramático y sobrecogedor. No es ningún tópico socorido. Ayer mismo veía yo en TV un reportaje anterior a la catástrofe, en el que unos niños haitianos -por cierto, con una abierta sonrisa- comían unas galletas hechas...!de barro! ¡Por Dios...! Dios mío, tengo que hacerte la misma pregunta que ya te hizo el Santo Padre, no hace mucho tiempo, sólo que en sentido radicalmente contrario a la afirmación de uno de los haitianos que te ha atribuído toda la responsabilidad de la tragedia: "¡¿Dónde estabas, Señor...?! ". Además del hambre y la miseria, permites que estos desdichados sufran tan indeciblemente?!. Hágase siempre tu voluntad, porque no podemos conocer tus designios, pero humanamente vistas las cosas, es conmovedor. No es de extrañar, pues, que la comunidad internacional, cuantos países pueden hacerlo, porque tampoco todos pueden, se estén volcando en estos momentos en la ayuda de todo tipo a la nación franco-americana. Haití, desde 1697, año en el que se firmó la Paz de Ryswick, ha sido colonizada por Francia, pero su origen es tan español como cualquiera otra nación de América del Sur. Haití, fue cedido por España a Francia, como consecuencia de dicho Tratado del que fueron signatarias , además de España y Francia, Holanda, Inglaterra y el Imperio. Ello para poner fin a la guerra de la Liga de Habsburgo y para "bajarle los humos" a Francia, pese a que, como siempre, ésta sacase tajada, conservando la mayor parte de las conquistas de Luis XIV, si bien hubo de reconocer la imposibilidad de establecer su hegemonía en Europa. Es cierto que a España le fue entregado Luxemburgo. Y tan sólo por este motivo en Haití se habla hoy francés. Pero, la República de Haití, ocupa la parte occidental de la isla que se llamó y se llamará siempre "La Española", porque allí puso el pie por vez primera, en todo el Continente y en nombre de España, el Almirante Cristobal Colón. Y al otro lado, en la República Dominicana (¿cómo estás, Antonio?) se habla español. Antonio, es mi amigo, un Padre Misionero de los Sagrados Corazones, Antonio Fernández Cano, a cuya ordenación sacerdotal asistí en el mes de Mayo pasado, aquí en Madrid, en la Parroquia "Nuestra Señora del Lluc". Antonio, era un colega en el ejercicico de la Abogacía, en Valencia, un Abogado de éxito que, un día, quiso defender otra causa mucho más elevada y noble. Como el mismo dijo después, "liquidó", su Despacho, su biblioteca, su automovil todos sus bienes, los distribuyó entre sus sobrinos, y se fue a los suburbios de Buenos Aires, donde permaneció como misionero laico, hasta ingresar después en la Congregación, estudiar Teología en la Argentina y venir a España, tan sólo para ordenarse sacerdote de Jesucristo. Tras su ordenación, fue destinado a la Republica Dominicana, donde estará en estos momentos. Estoy seguro de que habrá cruzado la frontera y se hallará entre los heridos y el dolor del pueblo vecino. La Historia de Haití (que significa "Tierra montañosa"), desde su Independencia de Francia, en Enero de 1904 (hace ahora, por tanto, exactamente 106 años), ha sido tortuosa y en cierto modo sangrienta. Hubo de superar, su división entre el Norte y el Sur de su territorio. En el Norte, un despota tirano, llamado Henri Christophe, llegó hasta proclamarse rey, en 1811. En el Sur, Alexandre Pétion, elegido Presidente de la Republica en 1807, estableció un régimen más humanitario y prestó ayuda a Bolívar. También Haití ha sufrido la intervención norteamericana de Washington, hasta la época de Roosevelt, en la que los marines, en 1934, abandonaron el país. Hoy es una tierra inundada no por los marines sino por el dolor.. Todos, en la medida de nuestras posibilidades y formas de expresión, deberíamos mostrar nuestra solidaridad con esta sufrida nación. Yo, no soy más que un español, lo digo reiteradamente. Nadie es más que sí mismo, pero, desde lo más hondo de mi corazón, envío mi abrazo a todos los haitianos. Luis Madrigal.-