sábado, 15 de diciembre de 2012

AUN SIN NIEVE



YA SE VEN BROTES DE NAVIDAD


Hoy ha brillado el sol desde el comienzo del día, empujando las densas nubes que días pasados derramaron el fruto de su vientre. Lo llevaron hacia el Norte, donde las olas del mar levantan barreras y violentos muros, tan sólo para arrasar las débiles hojas de los árboles, ya húmedas y vencidas, en un esfuerzo desproporcionado y baldío. Los navegantes empero, habrán de amarrar sus navíos para que el bravío Cántabro, enfurecido, no los engulla, sepultándolos en sus abisales entrañas. Mas, en la llanura, el sol acaricia la mirada de los caminantes y, en la Ciudad, comienzan a surgir los signos de la Navidad, siempre escondida en la Historia, pero siempre viva y eterna. Tan sólo falta la nieve. Pero, muy pronto, pese a la penuria de los tiempos, Madrid volverá a ser un ascua de luz.

Luis Madrigal




martes, 11 de diciembre de 2012

CAMINO HACIA LA PAZ




BUSCANDO UNA PALABRA


Buscaba una palabra, y no encontraba
sino, acaso, un bostezo o un gruñido.
Cuando no, un grito, un gesto desabrido
tras un estruendo, un portazo, un gesto airado.
Benditos sean quienes no son nada ni nadie
y, hasta tan bajo quieren subir,
que tocan ya casi el cielo con sus manos.
Los que no son, pero se hacen libremente pobres,
para alcanzar la más grande de las riquezas.
Benditos sean:
Los que buscan la paz a toda hora,
desde que el sol se pone tras los montes
hasta la aurora, que su luz derrama…
Y tienden al hermano una sonrisa
que sosiega su paso,
refresca su sudor,
nutre su alma
del don que vivifica y da la paz y la entereza;
alimenta sus cuerpos frágiles con el don del pan
y sus espíritus trémulos con el amor…
Los que mitigan el dolor de otros
y, en la hora de la verdad suprema,
cuando el viento zumba
y los aleros crujen, entre estertores de llanto,
los acompañan y conducen
hacia la Paz que no se acaba.


Luis Madrigal




domingo, 9 de diciembre de 2012

EN TAN INMENSA DISTANCIA



CRUZARON MIL VECES EL MAR


Mil veces el inmenso Mar mis besos
para habitar sobre tus labios fríos
cruzaron y, entre mil escalofríos,
cayeron en las olas siempre ilesos.

No pudieron llegar, ni aun tan obsesos,
pese al clamor que alzaban  -como ríos-
que siempre los llevaba y, ya vacíos,
se hundieron en el mar, bajo sus tesos.

Allí reposan... Saben que ya olvido
los acoge, sin nueva Primavera...
Sin la luz de la luna, ni el sonido

de una canción de amor, que bien quisiera
escuchar en tu voz, aun ya dormido,
para besar tu rubia cabellera.     

   
Luis Madrigal 



jueves, 6 de diciembre de 2012

PROSA POÉTICA (XVIII)




DOS RÍOS VAN AL MISMO MAR


Bajan, entonando su canción, en torrentera, diseminando diminutas perlas sobre agudos cuchillos que muestran sus filos al cielo. Allí, se escinden más y más, hasta quedar reducidas a espuma, que fluye y sigue su camino atropelladamente, a borbollones, formando más abajo jóvenes regatos que comienzan su discurrir. Palmo a palmo, irán albergando arroyos y otros hilos de agua, huérfanos de cauce, hasta formar el gran Río, que taladra la roca hasta lo más hondo, o se expande en la ribera entre lejanas orillas, tapizadas de verde manto. Seguirán su largo camino hasta alcanzar la Mar océano. Pero, antes, habrán de dilucidar si dividirse en fecundos brazos, o precipitarse en la fosa casi abisal, para poner fin al camino. Si toma el color del vegetal residuo, se hace un Mar de Paja… Si dulce y azul, un Mar de Plata… Pero ambos guardan, de lado a lado, la fortaleza y el espíritu de fe y de aventura que los llevó a un Nuevo Mundo y los trajo al más Viejo, para fundirse con él en la canción y en la Palabra.

Luis Madrigal











miércoles, 5 de diciembre de 2012

HACIA LA NADA




NADA EXISTE YA


Todo lo que no es, o no está conmigo o a mi alcance, ahora mismo, no existe. El propio enunciado gramatical “yo fui”, o “yo era”, ontológicamente, es falso, porque ninguna de ambas posibilidades existen tampoco, no son nada. Todo aquello que pasó, que fue, que era, que tenía o tuve, ya no lo tengo. Lo más que puedo tener es su recuerdo. Pero cualquier recuerdo no es más que una estela de humo, una representación gráfica o mental de lo que era o fue, pero que ya no es, que ya no lo tengo. Y por eso, no existe. No se diferencia en nada de la nada, de lo que no es porque nunca fue. Por este motivo, fundamentalmente, prescindiendo por completo de nuestro sustrato físico-corporal  -con el que sucede algo parecido, pero aún así mucho menos insufrible-  no nos morimos el día en que un médico certifica nuestra muerte, sino que nos vamos muriendo, a veces, poco a poco, lentamente, y en ocasiones de un modo más rápido y hasta, en otras, vertiginoso. Ayer era esto o lo otro; tenía estas o aquellas cosas y hoy, ahora, no tengo ninguna. Ya no tengo nada. Y aunque, todavía no he dejado de ser, puesto que estoy vivo, ya casi no existo, porque me falta cuanto tuve para ir haciendo mi vida. Me faltan los instrumentos, las herramientas, algunas de ellas devenidas en ser mismo. Me faltan sobre todo, muy por encima de las cosas, que nunca pueden ser nada, los sentimientos, los afectos, las emociones. Sin duda, los más nobles, los más puros. Pero, incluso, me faltan también las pasiones, y por eso me voy quedando reducido a la nihilidad, a ser una substancia “nihilizada” y “nihilizante”, muy lejos de la piedra filosofal, que transformaba todos los metales en oro, sino al contrario un mero “bulto sospechoso”, una voz en el desierto, una lágrima caída,  a la que ya nada resta por hacer. Sólo tengo que pararme e, inmediatamente, he dejado de ser de un modo absoluto. Lo único que puedo hacer, es llorar. Pero, incluso ni eso, tampoco puedo ya llorar como antes lloraba. Pensaba yo en esta terrible cosa, cuando llevado por tal penosa idea, compuse estos dos  poemas:


I

AHORA ES LA NADA


No perfuma el rosal
ni un ruiseñor canta en la rama...
Ni, rara vez,
se oyen voces de fauno,
entre espinas y troncos retorcidos.
Sólo ruido... Y ladridos,
en un bosque de cemento y asfalto, que se pudre
entre barricadas y fieros estruendos...
Retumban y se estrellan en la noche
contra el más duro suelo,
rompiendo el concierto y la armonía
del cosmos que surgiera para el hombre.
Ya todo fue... Ahora es nada,
que envenena y asfixia lentamente,
hasta dejar en las calles, encogidas de espanto,
los restos de un cadáver
que aún corrompido tiembla… Casi ni parpadea
y hasta emite un ronco sonido, sin voz,
preñado de asco y de tragedia...
Una pequeña luz, rasga la noche. A ratos, canta.
Otros, los más, se apaga y reza.



II

NI PUEDO YA LLORAR


Cede la noche su palabra al día,
que amanece nublado. Hace frío.
Se fue el calor que ayer trajo el estío
y no luce la luz como lucía.

También se fue de la memoria mía
aquella imagen que me daba brío;
aquel latir, que siempre era tan mío,
y hoy se apagó en la mañana fría.

Ya no tengo el calor, ni tengo el eco
que de lejos venía y me arrobaba,
ni tengo corazón. No late y, seco,

nunca puede soñar lo que soñaba,
en páramo ya helado y tan reseco…
¡Ni puedo ya llorar como lloraba!


Luis Madrigal



Oculi omnium in te sperant, Domine:
tu das eis escam eorum in tempore opportuno
.





martes, 4 de diciembre de 2012

POR EL EJE DEL MUNDO



HASTA EL LEJANO SUR CELESTE


Te hablo sin oírme,
porque quiero oír lo que tu oyes
y que nada
acerque a ti otro eco.
Nada espero.
Tan sólo hablar sin oír;
ver sin mirate;
oírte sin que me hables,
cuando todo ya alcance
la infinita morada del silencio.
Mas, en la noche
-cuando brilla en el cielo esa estrella que no veo-
he de soñar que no te sueño.
Nada diré.
Nada quiero pueda turbar tu reposo.
Nadie podrá oír nada
con mi ronco acento,
que habita tempestades, contra el viento apacible,
y ya casi ha apagado el frío.
Sólo, un segundo,
quiero pensar que puedo siempre hallarte,
cuando gira la Tierra desde el eje del mundo,
en el lejano Sur celeste.


Luis Madrigal



 

lunes, 3 de diciembre de 2012

LA FUERZA DEL FUEGO



ASIENTO A LA LUMBRE

Un rayo tibio de sol, temprano y débil, que pugna en dura lucha con la helada, alza su pobre fuerza. Apenas un impulso que se pierde en el aire, como neonato murmullo de unos labios enfermos, ya casi apagados, que lo exhalan. Mis ojos miran a lo lejos y descubren, sin encontrar la hoguera, un penacho de humo que se eleva hasta alcanzar las copas de los árboles desnudos, extendidas al cielo sus sarmentosas manos. Parecen elevar una plegaria y una súplica a lo más alto, en nombre de los hombres que, ateridos de frío, se arrastran por doquier maldiciendo su suerte y culpando siempre a otro de ella. Al fin, vislumbro una zarza ardiendo… Es en ella en la que se ha albergado el fuego, que lanza llamaradas fecundas y, a su alrededor los caminantes van tomando asiento a la lumbre, para calentarse las manos, mientras se olvidan del corazón, que sigue aterido entre la escarcha. Yo voy acercándome lentamente al fuego y, al llegar a él, no los imitó… Más que mis manos, que también necesitan calor, prefiero templar mi alma, sumergiéndola en las llamas, que, en su crepitar, parecen entonar una eterna canción. Mientras, pienso en ello, me olvido de todo formalismo métrico y un nuevo poema va llegando suave y dulcemente a mi corazón:


LUZ Y CALOR DEL CAMINO

Brilla el fuego en la hoguera y, a la lumbre,
se acerca un corazón muerto de frío.
Ayer, se heló en la escarcha. Hoy cobra brío
y late, con fervor, junto a una llama
que expande su calor y que ilumina,
serena y transparente  -Soberana-
las espinas y bordes del camino
que, en la noche, buscando su destino,
ha de andar otra vez, al caer la helada.
Busca calor y luz que, el peregrino
-sombra y hielo, oscura y fría el alma-
desamparado, ansía en la penumbra,
para encauzar el paso y cobrar calma.
Quiere, en la noche, hallar la luz que alumbra,
antes que salga el sol, muy de mañana.


Luis Madrigal