miércoles, 23 de abril de 2014

EN EL GRAN DÍA DE LOS LIBROS




HAY QUE LEERLOS





Un libro, a diferencia de los viejos volumina, o rollos, de los romanos, es un conjunto de hojas de papel paginadas, materialmente unidas y correlativamente sucesivas, en las que está escrito algo. La escritura, pues, resulta consubstancial al libro, de tal modo que, sin ella, el libro no puede existir. A lo largo del tiempo, se ha escrito sobre arcilla, sobre cera, sobre piedra o sobre bronce. También sobre papiro o pergamino; o sobre placas o láminas de madera, hueso, piel o marfil y, desde hace ya tiempo, sobre esa substancia material, fabricada con madera o con restos de telas  -con “trapos viejos-  de los que se extrae, mediante sulfito de calcio, la celulosa de la que se obtiene lo que llamamos papel. Pero siempre se ha escrito para enseñar, indicar o decir algo y también para expresar sentimientos o ideas, o incluso con la única finalidad de entretener, divertir o deleitar, aunque esto último no sea, tal vez, lo más importante.

Los volumina  romanos, eran “tiras”  o láminas de papiro o pergamino, que se enrollaban en torno a un eje, generalmente de madera. De ahí su nombre de “rollos”. La invención de la imprenta, supuso otras formas de impresión de la escritura, hasta llegar al libro paginado que hoy conocemos. Y como es bien sabido, existen y pueden existir infinidad de clases y tipos de libros. Me refiero por el momento, tan sólo a su estructura material en cuanto a las diversas partes que lo integran, las páginas, las tapas o cubiertas, las contracubiertas, los lomos, los cantos, sus dorados o plateados, las cintas salvapáginas… Todo ello, en unión de los diversos tamaños, formas, tipografía, y mil detalles más, ha dado lugar no solamente a las llamadas “artes gráficas”, sino al arte de la encuadernación, arte ya viejo que convierte al libro, materialmente, en un artículo no sólo casi de “joyería”, sino sobre todo en un producto alimenticio, comestible. En una especie de “delicatessen”, mucho más exquisita que las que se exhiben y venden en la correspondiente sección o planta de “El Corte Inglés” y otros singulares establecimientos de alta gama comercial alimenticia. Y esto, ya en sí mismo es un placer. El sonido de las hojas, al pasar con la mano de unas a otras, su crujido y su olor, las excelencias de una tipografía exquisitamente cuidada, con sus ilustraciones o grabados si ello ha menester. Todo esto, ya es puro arte.

Pero, volviendo al principio, esto no es lo esencial de un libro, sino tan sólo lo accidental, aunque se trate de un hermoso accidente. De un mero objeto corporal del mundo exterior, aun contingente, capaz por sí mismo de complacer y deleitar los sentidos. Lo fundamental de un libro es lo que contienen sus páginas, lo que dice, expresa o enseña. Nadie nace sabiendo nada. El más menesteroso de todos los animales, es el hombre, el ser humano. Y tan sólo por ello, necesita aprenderlo todo. Ciertamente que  -como lamentablemente, con cierta barbarie, tantas veces suele decirse-  se puede aprender “en la vida”. Sí, se puede y se debe, porque la vida es la realidad más absoluta a nuestro alcance, sin más necesidad que vivirla, con prudencia y sosiego. Pero, si tan sólo se aprendiese de esta manera, me temo que el ser humano no podría añadir ni un palmo a su condición estrictamente animal. Dice Ortega, que el tigre siempre es un “primer tigre”, aunque le hayan precedido millones de congéneres. Tiene que aprender a cazar, para cubrir la primera necesidad, la de alimentarse, y a resolver por sí mismo, merced a su exclusiva experiencia, todos los problemas y dificultades que se encierran en el hecho de “ser un tigre”. Pero, el hombre, no. Nunca es un “primer hombre”, porque tiene a su alcance cuantas experiencias, descubrimientos y saberes han alcanzado otros hombres que le precedieron y, tras sí, le legaron sus descubrimientos, sus conocimientos y la expresión de sus sentimientos y pasiones. Por eso decía Thomas Edison, “si puedo ver tan lejos es porque voy sobre los hombros de un Gigante”. Ese gigante, es la sociedad humana universal, capaz de inventar la rueda, la mecánica, la filosofía, la ciencia, la técnica, el arte, la poesía… Y sobre todo la palabra, ingrediente sin el cual nada de lo anterior sería posible. Primero la palabra hablada, emitida mediante la emisión del sonido, de la voz. Después, escrita, para que pueda ser leída y con ello transmitido todo el saber y el placer que en aquellas manifestaciones se alberga, mediante ese código maravilloso, casi misterioso, que es el lenguaje.

Ciertamente, todo ello se puede transmitir, como hizo Aristóteles, de un modo o con arreglo a un método peripatético, mientras maestro y discípulo pasean juntos, dialogando. Mucho más, si se hace a la orilla del mar, o en la cumbre de una montaña mágica, desde la que pueden divisarse las crestas más altas de toda una cordillera, y allá abajo los valles, llenos de misterio y de vida. Se puede, y también se debe aprender así, como proponía y practicaba Giner de los Ríos. Pero… ¡ante todo, están los libros! Porque, todo, absolutamente todo, está en los libros. Eso sí, para ello, resulta necesario leerlos. No únicamente comprarlos y, menos aún  -lo cual es una profanación-  elegir los del lomo más adecuado, a juego con la estantería, o incluso con el estampado o textura del sofá. Hay que leerlos, no solamente para poder saber, o sentir, lo que en ellos se encierra, sino porque, si la escritura es consubstancial al libro, la lectura de lo escrito es su última y máxima finalidad. Aunque tan sólo sea por el respeto que merece quien los ha escrito. Por eso yo, humildemente, hoy, y para siempre, en su honor, me permito recordar un Soneto que compuse hace ya algún tiempo:

DULCES LIBROS, TAN QUERIDOS…

¡Vedlos aquí…! En un oscuro estante…
serenos, sosegados, transparentes,
enamorados, quietos y conscientes
de la verdad que albergan, tan constante.

Tantas veces, de ellos tan distante,
se llevaron su voz sordas corrientes
que, contra ellos, levantaron gentes
sin luz y sin verdad. El ignorante

cree que un libro es mera “teoría”,
papel impreso, tinta que se gasta
inútilmente. Y piensa todavía

-si pensar puede-  que la sombra basta.
Quiere vivir tan sólo en la alegría
del asno que, feliz, paja devasta.


Luis Madrigal





domingo, 20 de abril de 2014

CRISTO, HA RESUCITADO




Yo soy la resurrección y la vida;
el que cree en mí, aunque muera, vivirá,
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.

(Jn 11, 25-26)



UN SÓLO SONETO
A CRISTO RESUCITADO,
VIVO Y GLORIOSO

Mía será también, cuando despierte
del sueño, ya apagados mis sentidos,
Señor, tu eterna Gloria, y encendidos
los luceros del cielo pueda verte.

Si me mueve tu Amor para quererte,
queriendo en Ti a tantos oprimidos
-ya escucho en lo más hondo sus latidos-
cómo en Ti tendrán vida tras la muerte.

Aún no he muerto, Señor… Aún estoy vivo.
¡Sólo existo, sin ser…! Sombras concito.
Del tiempo y del espacio, soy cautivo

y entre sombras camino, mas escrito
está que he de vivir, si en Ti pervivo
y  -desde ahora-  Contigo resucito.


Luis Madrigal









viernes, 18 de abril de 2014

VIERNES SANTO




TRES SONETOS A CRISTO CRUCIFICADO


  
I

CAÍDO EN TIERRA ESTÁS

 ¡En tierra estás, Señor, tu rostro al suelo…!
Junto al duro adoquín, tu sien divina
hiere mi corazón, y alguna espina
en mi frente quisiera ser consuelo.

Enjugar tu sudor, con dulce velo,
como aquella mujer, junto a una esquina
sin luces, que tu Luz siempre ilumina
y arrebata a las sombras tierra y cielo.

Quiero seguir tu rastro, y a la tarde,
cuando, caído el sol, la noche apague
mis suspiros de amor, en nuevo alarde

-cual nuevo Cirineo-  amor propague,
si entre el frío, al pasar, mi pecho arde
cual moneda de amor, que tu amor pague.


 II

NO ME DEJES, SEÑOR

 Siglos y siglos, siempre suspirando,
muriendo siempre, en esa Cruz clavado;
ni un segundo tan sólo nunca amado
por el hombre, y al hombre perdonando.

¡Baja ya de tu Cruz, Jesús…! Mirando
mi torpe aliento, tan desesperado,
mi negra ingratitud, mi gesto airado,
no merezco, Señor, seguirme amando.

Mas, si Tú me abandonas, oh Dios mío,
¿quién me amará…? ¿Cómo andar el camino?
¡Perdona, una vez más, mi desvarío!

Nunca abandones a quien su destino
un día otorgaste, con el poderío
de ser hecho a tu imagen… ¡Tan divino!


III

ESTÁS EN ESA CRUZ CLAVADO

 Estás en esa Cruz, en la que mueres…
En ella, por mí  -exangüe-  estás clavado
y a ella te has subido, porque quieres
que yo viva, si muero un día a tu lado.

A Ti, que eres amor, y a nadie hieres,
a cruel agonía han condenado.
Para librar del mal, a tantos seres,
de sangre y de sudor tu Ser bañado.

Mientras tibia la mía se ha dormido,
inunda toda tu alma la tristeza
por el dolor del hombre, tan herido

a causa de mi olvido y mi dureza.
Dale, Señor, amparo, aun abatido
y  -a mi debilidad-  tu fortaleza.


Luis Madrigal




En la imagen superior "El Camino del Calvario"
(Taller de Frans Francken, 1542)
Abadía de Montserrat (Barcelona)

martes, 15 de abril de 2014

AL DECLINAR EL MARTES SANTO



TRES QUINTILLAS DE DOLOR




I

Se alzan profundos clamores
de un tambor y de una esquila…
¡Que están naciendo las flores
y, entre rejas, la pupila
ve Muerto al Amor de amores!


II

Llora el alma del que anhela,
dentro de sí, al Nazareno.
El rojo clavel, recela
que un rostro rubio y moreno
de su mismo color vuela,


III

mezclado con el sudor,
de angustia derramar sangre
en un Huerto de dolor.
Que, en soledad, se desangre
movido por el amor.


Luis Madrigal






viernes, 11 de abril de 2014

ENTRE EL DOLOR MÁS AGUDO




MADRE DEL ETERNO AMOR


Nunca te llamé Dolores,
aunque el dolor a Ti ha sido
y eternamente ha venido
como el perfume a las flores.
Mas, por Amor has buscado,
en el borde del Camino,
entre las piedras, dolor.
En el dolor, a Ti clamo
y desde entonces te llamo
la Virgen del Dulce Amor.


Luis Madrigal




miércoles, 9 de abril de 2014

MEDIADA LA SEMANA DE PASIÓN



SE ACERCA YA EL DOBLAR DE LAS CAMPANAS

Y PRONTO SERÁ LA LUZ MÁS PURA

Pronto  -ya eternamente-  la luz pura
caerá sobre la sombra, en luna llena.
Para librar del hombre toda pena,
otro Hombre ha de abrazarse a la más dura.

Muerte hallará por mí… Tanta hermosura
será escarnecida, y la condena
suspendida en el aire… La cadena
rota será. Indultada por la Altura.

Se oyen ya en el albor pasos sin ruido,
cornetas y tambores que redoblan;
lágrimas entre cirios que han huido

del dolor de aquel Monte, mientras doblan
campanas en las torres y el quejido
de sus manos y pies los clavos roblan.


Luis Madrigal



miércoles, 2 de abril de 2014

EL HIMNO NACIONAL DE ESPAÑA




Ya hace algún tiempo, venía yo estando persuadido de dos cosas en relación con el Himno Nacional de España, pero creo haber llegado a estar totalmente convencido de que he superado la persuasión para alcanzar la más firme convicción al respecto acerca de ambas. La primera de ellas es la de que, efectivamente, la teoría de que la “Marcha de Granaderos” le fue regalada, a su cuñado Carlos III de España, por Federico II de Prusia (Carlos estaba casado con la princesa prusiana María Amalia de Sajonia, hermana de Federico), es una pura y simple leyenda. Es decir, una mentira, revestida de solemnidad soberana, nunca mejor dicho. La mentira se extiende al Conde de Aranda, según se ha dicho falazmente embajador en la Corte prusiana. Pero, el Conde de Aranda no fue ministro de Carlos III, sino -bajo este reinado- Presidente del Consejo de Castilla a raíz del Motín de Esquilache, y posteriormente Secretario de Estado de su hijo Carlos IV. Tampoco fue nunca Embajador de España en Prusia  -Embajada que jamás existió- sino en París, ni tan siquiera pudo entrevistarse, en 1770, con el emperador prusiano, puesto que éste se encontraba firmando la paz con Rusia. Así que, acabemos ya de una vez. Eso del regalo de una marcha militar prusiana para que se convirtiese o fuese elegida como Himno Nacional de España, es simplemente falso. Tal vez, los promotores de la teoría pudieron basarse en que, efectivamente, existe una marcha militar prusiana que se llamó así, de esta misma manera, o parecida, Marcha de Granaderos, “Fridericus Rex-Grenardiermarsch”, pero el compositor de la misma fue Ferdinand Radeck, que vivió entre 1828 y 1903, y fíjense ustedes como suena:


¿Acaso tiene algo que ver, o se parece lo más mínimo, a nuestro Himno Nacional? Es evidente que no. De dar acogida a las muy diversas y legendarias teorías sobre el particular, habría que conectar las notas musicales de nuestro Himno  -que ciertamente no es tal, no es un himno-  nada menos que con el año 1547, durante el reinado de Fernando el Católico, cuando Enriquez de Valderrábano compuso la Pavana Real que, aunque no demasiado, guarda mucha mayor semejanza, como puede seguidamente observarse:


Y aún no se termina con el asunto del origen histórico del Himno español. También se ha pretendido, o al menos insinuado, que éste tuvo sus antecedentes, o sus precedentes, no ya sólo en la Cantiga 42 de Alfonso X El Sabio, sino incluso en la música hispano-árabe de entre los siglos XI y XII, encontrando dichas huellas en el filósofo y músico árabe Ibn Bayyah, llamado Avenpace. De la Cantiga, sí que dispongo de varias versiones, aunque me ahorraré ofrecer ninguna, ya que según creo tampoco concurre la menor analogía, pero, desde luego, de la música compuesta por el filósofo saraqustano  -que además de filósofo y músico, era también poeta, botánico, matemático y astrónomo-  yo al menos carezco de la menor referencia sonora, y en consecuencia lamento no poder ofrecer nada, pero de lo que sí estoy seguro es de que tal música arábiga, o andalusí, tendría aún mucho menos que ver al respecto.


He dado ciertamente un gran salto en el tiempo, aun irrespetuoso, para recoger la teoría según la cual incluso cabría atribuir la música de nuestro Himno a Giacomo Puccini, si tomamos como referencia el trasfondo musical, e incluso algunos redobles de tambor, al final del Acto 2º de su famosa ópera La Bohème, con la dificultad, eso sí, de que el día 1 de Febrero de 1896, fecha del estreno de esta obra operística en el Teatro Regio de Turín, ya llevaba varios siglos sonando nuestra Marcha de Granaderos, aunque faltasen doce años para que, primero el Maestro Pérez Casas, en 1908, y algunos más tarde el Maestro Francisco Grau, en 1997, la instrumentasen. Mucho más emotivo y rigurosamente histórico resulta, sin duda, que un ruso, Mili Balakirev, se fijase en nuestro Himno Nacional, mucho más que hoy lo hacen la mayoría de los españoles, en esta España amodorrada, materialista y mediocre que ahora mismo padecemos. En efecto, resulta conmovedor que cuando, en general, los españoles han sido siempre, tanto como a nuestra Bandera, refractarios a nuestro Himno  -quizá porque, como ya dije, no lo es-  tildando de “patrioterismo” el hecho fervoroso de descubrirse y ponerse en pie siempre que suene, en cualquier lugar, como lo hacen los ciudadanos de tantos pueblos, haya sido un músico ruso, antes incluso de que su compatriota Rimsky-Korsakov escribiese su “Capricho Español”, quien rindiese un auténtico homenaje a nuestro Himno, en sus variaciones “Obertura sobre el tema de una Marcha española”. Observen, por favor:


La segunda de las cosas, tal vez más importante, sobre la que creo también haber llegado a una conclusión definitiva por mi parte, es la de que, si no tanto como imposible de componer  -dados todos los avatares de nuestra Historia- resulta innecesario disponer de una letra, para que de verdad el nuestro pueda ser un himno, puesto que, en rigor, sólamente puede ser un himno aquello que se canta, aunque se entone mal. Pero tampoco es rigurosamente necesario cantar. Basta con escuchar y con sentir lo que se escucha. El sentimiento, no se expresa con palabras, sino con el corazón. Es así, porque es siempre el sentimiento lo que importa y éste no va asociado tanto a unos asertos, muchas veces inexactos, cuando no verdaderamente grandielocuentes o amenazantes y por ello casi siempre  ridículos. También sin cantar, la música que se escucha, tomada como un símbolo, puede estrechar a quienes lo escuchan, en el amor y respeto a lo que nos es común y a nosotros mismos. Por este motivo, personalmente, la sensatez me obliga a prescindir y olvidar todas las letras, sucesivamente compuestas. En 1843, por Ventura de la Vega; en 1927, por Eduardo Marquina; en 1928 (ocho años antes de la guerra civil, contra lo que se cree) por José María Pemán e incluso muy recientemente, en el período presidencial de Don José María Aznar, por el Comité literario formado por Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca, Alberto Linares y Ramiro Fontes. De todas ellas, prescindo y de las que pudieran proponerse en un futuro. También yo mismo he escrito una letra para nuestro Himno, que es la que siempre canto interiormente, con el mismo o más sentimiento que lo hacen, por ejemplo, los holandeses al escuchar su Himno nacional. Y es curioso, el Himno Nacional de Holanda -del Reino de los Países Bajos-  es el único de todos los himnos nacionales del mundo que, en su primera estrofa, habla de España y además en términos de lealtad y de respeto: “Den Koning van Hispanje, heb ik altijd geëerd”. La traducción a nuestra lengua siempre me ha emocionado: “Y siempre he honrado al Rey de España”, dice Willem van Oranje-Nassau, Guillermo el Taciturno, y continúan cantando los holandeses.  Escuchen y vean ustedes también, si son tan amables:




Siendo español, casi hay que sentirse emocionado al escuchar el Himno holandés, que últimamente también canta una mujer hispánica, una argentina, como habrán podido observar. Tal vez, entona esa estrofa con mucha más emoción que los españoles escuchan nuestro Himno. En cualquier caso, insisto, no hacen falta palabras. Siendo español, o no siéndolo, basta con el amor a España.

Luis Madrigal