La Hispanidad, no sólo es
poesía, ni es una anécdota, ni un suceso pasajero, acaecido hace ahora más de
quinientos años. Mucho menos es un hecho irrelevante, meramente simbólico. Y
radicalmente no es, ni lo fue entonces, una conquista y, a consecuencia de
ella, un cruento genocidio. La señora Alcalde de Barcelona, esa mujer tan
impresentable, zafia e ignorante, como la inmensa mayoría de los de su especie,
tan lanar como llena de odio, ha calificado de esto último aquel sublime
Acontecimiento de 1492. Porque el Descubrimiento de América, no fue suceso de
menor transcendencia, en su momento, que el de la llegada del ser humano a la
Luna, en el año 1969. Acaso fue mucho mayor, no sólo en el afanoso y duro
caminar el mar, siguiendo el mismo itinerario del Sol, alrededor del cual, como
la misma tierra, aquélla gira. Camino ya en sí mismo incierto y tan arriesgado
o más, en aquella época, que el del espacio sideral. Pero, sobre todo fue una
rapsodia espiritual, en la medida en que supuso el encuentro de dos etnias, de
dos culturas y de dos comunidades humanas, desconocidas hasta entonces entre
sí, pero que a partir de aquel momento sellaron con la sangre del amor y de la
lealtad, el nacimiento de otra Comunidad mestiza, fruto de ambas, que mantiene
íntegros, tras los avatares del tiempo y de la frágil naturaleza de los
hombres, los designios divinos y el espíritu de fe y de aventura, frente al
torpe materialismo de lo útil.
Eso es la Hispanidad, el “ser hispánico” que, como escribió Julián
Marías, se extiende a “una Europa y dos
Españas”, cada una de ellas a uno y otro lado del gran Mar de Occidente, y
que no es una comunidad de ideas, sino de creencias, a cuyo sistema se debe la
vitalidad creadora de la realidad. De la misma que sintieron y escribieron, en
la misma lengua, Berceo y Santillana, Cervantes y Lope de Vega, Calderón y
Tirso de Molina. Y tras sus huellas,
Rubén Darío, aquel “indio divino, domesticador
de palabras, conductor de los corceles rítmicos”, como le llamó Ortega, que
siendo nicaragüense, se sentía argentino, mejicano, chileno, español, peruano… Hispánico. Y lo mismo les sucedió a
Enrique Larreta, Alfonso Reyes, Francisco A. de Icaza, Borges, Mallea, Victoria
Ocampo, Agustín Yáñez, Alfonsina Storni, Ricardo Palma, César Vallejo, Vargas
Llosa, Gabriela Mistral, Neruda, García Márquez, Octavio Paz, Juan Gelman... Todos ellos y
tantos otros, editados y leídos con avidez en España, como variedades y
diversidades sublimes de la gran familia hispánica.
Frente a esta realidad
contundente, se habla de la América latina,
insultante e injusta locución, inventada por Francia, que tristemente hoy puede
escucharse en la propia España a locutores de Radio y presentadores de
Televisión.
Sin embargo,
afortunadamente con toda justicia, nada de eso, ni las insidias secesionistas
de éste y de tantos otros momentos de la historia, puede abatir esa Comunidad de creencias, de esencia de las ideas, creadas y formuladas en español que, como
asimismo concluye Julián Marías, “han
llegado a su perfección y acabamiento”, sin que nos preocupe “en qué ribera del Atlántico han brotado”
.
Larga vida, por ello, a la
Hispanidad, con la ayuda de Dios. Feliz Día a todos los hispánicos.
Dos han sido las grandes dictaduras asesinas del siglo XX. El nacional socialismo alemán de Hitler y el marxismo-leninismo soviético de Lenin y, sobre todo, del mayor asesino de la historia, Iósif Vissiarónovich Dzhugashvili, llamado Stalin. Para juzgar los crímenes nazis se constituyeron, tras la Segunda Guerra Mundial, los Tribunales de Nüremberg, donde siniestros personajes como Hans Frank (el carnicero de judíos de Cracovia) Wilhem Frick, Alfred Rosenberg o Julius Streicher, además de otros seis canallas más de su misma contextura moral, fueron condenados a la horca y colgados en un cadalso de madera construido al estilo americano. Los verdugos fueron el sargento mayor John Woods y el policía militar Joseph Malta, ambos del Ejército de los Estados Unidos. Esto sucedía el día 16 de octubre de 1946 en el Gimnasio de la Prisión de Nürenberg. Cierto que se libraron tal vez otros peores, entre ellos el malvado lugarteniente de Hitler, Hermann Göring, al ingerir la noche anterior, en su celda, una cápsula de cianuro potásico. Pero al menos los horrendos crímenes del nazismo fueron sancionados en una cierta ejemplar medida.
Por el contrario, tras más de medio siglo, continúan indemnes los, sin duda más graves en número, asesinatos del comunismo soviético. Y no sólo de éste, sino de cuantos otros han causado, en muchos otros lugares del mundo, las dictaduras comunistas, con sus corolarios de un antisemitismo profundo. Ya Stalin fue un antisemita visceral, utilizando siempre términos despectivos hacia los judíos.
Y eso, no sólo clama al cielo, sino que reclama urgentemente, en justicia, la constitución de otro Tribunal, similar al de Nürenberg. No es una más, sino sin duda la mayor incoherente injusticia de la Historia, que, habiendo al menos igualado el comunismo a los nazis, tanto en vileza como en horror, la Humanidad haya permenecido pasiva ante semejante lacra. Las cuentas no cuadran en manera alguna si se considera que, además de las conocidas purgas estalinistas y de la aterrorizada Casa del Río, sede de la flor y nata del Ejército soviético (donde cada semana desaparecía un alto mando, sin que pudiera saberse nunca más del mismo), tan sólo en el genocidio de Ucrania, en el hodolomor de 1931 a 1933, aquel sistema infame -el Imperio de Mal, como lo llamó certeramente Karol Wojtyla, Su Santidad Juan Pablo II- mató de hambre a más de siete millones de seres humanos.
Este Monstruo no ha muerto. Su vientre aún es fértil y aún hoy y ahora, aquí, en nuestra querida España, no sólo nunca ha sonado a perversidad, aquella malvada fórmula asesina, como sucedió con el nacional socialismo de Hitler, sino que incomprensiblemente pretenden algunos reverdecer utópicas muestras de la persistencia de su infamia, aun cuando sea por parte de una cuadrilla de mentes inferiores. Afortunadamente para nosotros, ninguno de ellos es Engels o Marx, y tampoco Lenin o Stalin, sino insignificantes oscuros personajillos tan estrambóticos como presuntuosos, que no tienen ni media bofetada, sin dejar de tener en cuenta a las masas irredentas y canallas, como muy acertadamente denominó un personaje nada sospecho como Friedrich Engels -en una carta a la que jamás se ha hecho alusión por nadie, dirigida a su íntimo amigo Karl Marx- que pueden conducir a la gran mayoría equilibrada y tolerante a la mayor de las catástrofes, bajo esa apariencia de perfectos inútiles vociferantes, pero al mismo tiempo "inofensivos". Menos mal que ninguno de estos individuos se parecen a aquéllos, en sus diferentes dimensiones. Y por ello precisamente, tengo que compartir hoy las palabras de la persona llamada, tal vez, en el futuro, a orientar a esa gran mayoría natural en España hacia al horizonte y el destino de esa civilizada y próspera convivencia: "Cuando un partido político democrático -como pese a todos sus graves errores históricos es hoy el PSOE- se quema, algo de todos los demócratas españoles, se quema", ha dicho hoy mismo el Presidente de Galicia, Don Alberto Núñez Feijoo. Porque jamás puede haber libertad para los enemigos de la libertad. Aunque se disfracen antes de defensores de los más pobres para esclavizar y arruinar después a todos.
Luis Madrigal
Nota para despistados:
La fotografía de arriba, no es del Berlín Oriental.
En estos tiempos tan vegetales, amodorrados y miserables, se ha llegado a decir que, a diferencia de Gengis Kan, Cayo Julio César o Napoleón Bonaparte, Jesús de Nazaret jamás existió, como tal personaje de la historia y en consecuencia de la Historia de la salvación del hombre. Jesús es un mero cuento para miños pequeños, muy pequeños, algo así como Caperucita Roja o el Gato con Botas. Esta sociedad progresivamente claudicante, harapienta y mendiga en cuanto se refiere al espíritu, embelesada en cambio de la materia hecha ciencia -técnica y tecnología- se niega a utilizar las conquistas de estas últimas para, al menos contrastar -o tratar de hacerlo- verdades, no ya sobrenaturales, mesiánicas, sino meramente humanas. Y tan sólo con tal de arrancar de raíz toda huella, vestigio o símbolo de lo eternamente transcendente, ha decidido que Jesús de Nazaret (que para más de mil millones de seres humanos es el Redentor del hombre y vértice de la Historia de la salvación) ni tan siquiera llegó a existir. Todo lo que se nos ha dicho es un cuento. Eso he llegado yo a oír muy recientemente.
En realidad, tal afirmación, o más bien tan bárbara y esperpéntica negación, no merecería el menor o el más mínimo comentario, si se considera el carácter monolíticamente aplastante e invulnerable de las fuentes históricas. No de las primeras fuentes sobre el cristianismo, o fuentes propiamente cristianas, sino de las paganas, griegas y latinas y, sobre todo, de las fuentes hebreas.
En efecto, se podrá no aceptar los Evangelios, tanto los canónicos como los apócrifos; los escritos de la patristica, nacidos de los primeros Padres de la Iglesia cristiana, e incluso -por entender se trata de lo mismo, aun de modo contradictoriamente excluyente- se puede rechazar el Talmud y el Midrash, o el Toldot Ieshu, pero es imposible negar la autenticidad y veracidad histórica, no ya de Flavio Josefo, sino también de Tácito, Suetonio y Plinio el Joven. Todos ellos, historiadores paganos, constantan la existencia real de Jesús de Nazaret. La naturaleza humana de Jesucristo, resulta por tanto una realidad histórica incontrovertible. Jesús, existió, como existieron César Augusto, bajo el que nació, y su sucesor Tiberio, bajo el que fue crucificado. ¿O acaso Imperator César Augusto, Tiberio Claudio Nerón o Livia Drusila, tampoco existieron?
Afirma y razona Martin Heidegger, al enfrentarse al misterio de la existencia y del tiempo, que las cosas no existen. Sospecho que se refiere a las cosas corporales. Ninguna de ellas puede existir, porque existir es crecer cada día en busca de algo, en busca de una naturaleza cualitativamente distinta a la que hoy tengo, a lo que ahora soy. Y las cosas, aunque pasen millones de años nada pueden añadir a su propia naturaleza en un momento dado. Simplemente "están ahí". Y por eso sólo puede existir el hombre. ¿Y Dios?. "De Dios, no sabemos nada, pero si algo sabemos es que no existe". Para Heidegger, "existir" es "estar en el tiempo para ser". En consecuencia lógica, Dios no existe, no puede existir. Naturalmente el postulado es exclusivamente filosófico. La Teología, alegará no sólo que Dios es, sino que es eternamente, en cuanto causa increada, principio sin principio. E incluso la mera Teodicea, podría añadir infinidad de afirmaciones más, todas ellas debidas a Leivniz, el matemático que llegó -por camino distinto al que siguió Newton- al cálculo infinitesimal, sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. No obstante, todas ellas resultarían fútiles e inservibles, frente al gran misterio de la Fe, que no invalida la razón, sino que la refuerza por el único camino que puede dar sentido y finalidad a la existencia humana. Ninguna cosmología, con ecuaciones o sin ellas, puede demostrar lo contrario, ni mucho menos que todo eso que llamamos el cosmos geobotánico, y aun el sideral, puedan haber surgido "por mera casualidad", en la evolución de la materia o de la vida. No me parece, no puede caber en la cabeza de nadie, que esto pueda haber sido posible.
En cualquier caso, regresando al principio, si Cristo, era o no Dios, es una cuestión teológica y por tanto de Fe en sentido estricto. Se puede creer así o no. Lo que es inaceptable, y no debería anidar nunca en el pensamiento de una persona culta, es dudar, preguntarse y mucho menos aún atreverse a negar la existencia humana de Jesús de Nazaret, más aún cuando con tanta confianza y certeza se admiten tantas "pruebas", experimentos y predicciones inverosímiles, tanto en lo referente al pasado como en lo relativo al futuro del planeta Tierra y del hombre que lo habita.