miércoles, 11 de junio de 2008
lunes, 9 de junio de 2008
FREEDOM FOR CATALUNYA (I)

Tenía, hace ya algunos años, razón casi absoluta, aquel entrenador holandés del F.C. Barcelona, el señor Louis van Gaal, al replicar al Molt Honorable President de la Generalitat de Catalunya, a la sazón don Jordi Pujol, que no era este último el responsable de los éxitos o fracasos deportivos de dicho Club, pese a ser más que eso -mucho más que un club- sino tan sólo del bienestar general de los catalanes, que dicen ser una Nación, y puede que lo sean, aunque jamás han podido ser un Estado. Ni podrán. Y también tenía razón el futbolista, aunque mucho menos -o en todo caso muy relativa- al recordar al President que nos hallábamos en un país libre. En cierto modo, depende de a que país pudiera referirse van Gaal, si a la “cosa enorme”, o al pequeño Territorio situado alrededor de la ciudad de Barcelona, que formó un simple e insignificante Condado en la Edad Media, y al que el rey de Aquitania Ludovico Pío, otorgó la gobernación de los territorios conquistados al Sur de los Pirineos, en la persona de un oscuro noble franco, llamado Bera (801-820) con el título de Conde de Barcelona. Desde luego, si se refería a esta última “cosa pequeña” -tan sólo un poco más grande tras su unión con el Reino de Aragón- estaba ya entonces, y ahora lo estaría mucho más, totalmente equivocado y carente de toda razón. Claro que, el holandés no quiso referirse a Cataluña, sino a España, quizá porque era muy listo (todos los futbolistas deben serlo, para vivir tan bien sin trabajar) y sumamente perspicaz, ya que la referencia conducía a la consiguiente comparación, o contraste, con la época de Franco. Esto es, entonces -después de Franco- España era ya un país libre, no como con Franco y por eso él, van Gaal, podía expresarse libremente y decirle tales cosas al mismísimo President, sin duda por encontrarse en España, que era el país al que Franco privó de libertad. Para más ser exacto, sólo le faltó al holandés añadir que Cataluña no era ningún país y, si lo era, no era un país libre, por infinidad de razones que, en aquel “pequeño territorio” -ya sin Franco-, entonces y ahora pugnan abierta y frontalmente con la libertad. Esto hubiese colmado de precisión y exactitud su discurso. Pero, el señor van Gaal, tan sólo era un mediocre ex-futbolista, después famoso entrenador de futbol –aunque de la escuela “científica”, por acompañarse siempre, como los sociólogos, de un “cuaderno de campo”- y además los catalanes le pagaban muy bien, por cuyos motivos, por ambos, tal discurso no pudo producirse en toda su riqueza de matices.
Y, si en el aspecto antedicho, tenía razón el señor van Gaal, mucho más la tenía, sin duda, en lo que se refería entonces a los aspectos deportivos. En efecto, una cosa es ocuparse de que no se incendien los bosques catalanes, del abastecimiento de agua a Barcelona o de la ordenación turística del Pirineo oriental -sin perjuicio, desde luego, de la “regularización” lingüística- y otra bien distinta es la de que el F.C. Barcelona marque muchos goles y encaje pocos. De hacer goles, o de la manera de evitarlos, tenían que ocuparse entonces, según van Gaal, quiénes mejor supiesen hacerlo, fueran catalanes o chinos. Y si el entrenador, responsable de tales cosas, prefería a sus compatriotas holandeses, sus razones tendría para ello. No se trataba precisamente, a tales fines –además de dar mejor las patadas al balón y a las espinillas del adversario- de haber nacido en La Bisbal y, a ser posible, cantar Els Segadors mientras se afeitaban o duchaban los futbolistas. El discurso del Muy Honorable Presidente estaba viciado de origen. Es decir:“¡Barça, Barça…¡”, pero nosaltres sols. Si nos acompañan o nos ayudan otros, en la transcendental empresa de colocar una bolita entre tres palos, en esa misma medida, Catalunya será menos libre. Al menos, esto era entonces lo que le dolía en el alma al Molt Honorable President y, para su desgracia y desesperación, sin que en tal asunto fuera posible culpar a Felipe V o a Franco, sino tan sólo a aquel altanero holandés que, para gloria del florín y de la pela, estaba empeñado en reinventar el “Ajax de Barcelona”, contra los más hondos y acendrados sentimientos de libertad de la nación catalana. De ahí, a poner en peligro la “regularización”, no había más que un paso. Porque, quién hubiese podido saber si, pese a estrechar el cerco al castellano, obligando a los niños de Jaén a estudiar en catalán los quebrados o el sistema métrico decimal, no pocos catalanes, aficionados al futbol, no terminarían en breve por hablar neerlandés. Hubiera sido el colmo de las paradojas lingüísticas.
Debieron entonces los seguidores del señor Pujol abordar con la mayor energía las potestades legislativas transferidas al Parlament, para brindar al oprimido pueblo catalán la misma solución que se aplicó, hace más o menos un siglo, cuando precisamente en Barcelona se fundó “El Español”, atribuyendo al nuevo Club –y sólo un club- este nombre precisamente para subrayar que, por entonces, todos los jugadores del F.C. Barcelona, o casi todos, eran extranjeros (hasta “Platko”, o algo así, que era el portero, y era húngaro), naturalmente habiendo de entender por tal, no sólo a los extranjeros “de fuera”, del extranjero más alejado de las fronteras catalanas, sino a los “extranjeros intra-peninsulares”, entre ellos a los leoneses -que alguno glorioso hubo, sobre todo con la cabeza, desde luego “por fuera”- de épocas anteriores o posteriores. Y, en este específico sentido, lo que yo ahora mismo sugiero y propongo para la catalanidad en la coyuntura presente, es que de modo inmediato, como expresión más contundente del freedom for Catalunya, se funde el “Catalá F.C.”, recuperando automáticamente a todo jugador de futbol catalán que milite fuera de Cataluña -y los hay excelentes, como Francesc Fábregas- o incluso recuperando a los retirados, como los hermanos García Junyent (ya se arreglaría lo del García como mejor se pudiese); al “Chapi” Ferrer, y hasta el mismo “Charli” Reixach …También sería preciso y urgente que el Molt Honorable retirase retroactivamente la tacha de infamia de “portero de futbolín” que en su día adjudicó al guardameta Carles Busquets. Seguramente, con todo ello, y con los más jóvenes y pujantes futbolistas catalanes del momento, el F.C. Barcelona no sería campeón de invierno, como lo fue (de invierno y de verano y por dos veces) con aquel otro de Amsterdam, que entrenaba van Gaal, pero, con toda seguridad, Cataluña sería mucho más libre.
miércoles, 4 de junio de 2008
EL APOCALIPSIS

Pocas palabras, y más aún ideas, tan paradójicas como la palabra y la idea de lo que, usualmente, se pronuncia o expresa como apocalíptico, lo que, indiscutiblemente, a su vez proviene y deriva del contenido del libro sagrado conocido como el Apocalipsis, que junto a los cuatro Evangelios y las Epístolas de los apóstoles componen el Nuevo Testamento. Estoy hablando a los creyentes cristianos, pero no excluyo tampoco a ningún ser humano culto de nuestro mundo occidental, e incluso de otros mundos, en lo que se refiere a lo que voy a decir a continuación. Porque, es bien sabido que una paradoja es una declaración en apariencia verdadera que conlleva a una auto-contradicción lógica. Esto es -aunque caben muchas especies de paradojas- lo paradójico es aquello que se utiliza justamente para expresar lo contrario de lo que en verdad significa o supone. Y esto es precisamente lo que sucede con el Apocalipsis en cuanto al mensaje que este libro sagrado contiene. Porque el Apocalipsis no es ni mucho menos lo que parece, o lo que se le ha hecho parecer a lo largo del tiempo. El Apocalipsis, falsamente atribuido durante tanto tiempo -según entiende la más moderna doctrina bíblica- al apóstol San Juan, no es ni significa, pese a su lenguaje de difícil comprensión, nada que pueda identificarse con lo más trágico o catastrofista. El lenguaje apocalíptico, pertenece a un género literario cuyas notas (dualismo, simbolismo, visión profética, etc.) lo que realmente persiguen es explicar, y no complicar; revelar o manifestar, y no ocultar… Inspirar esperanza y consuelo, y no angustia y desesperación. Infundir ánimo y valor, y no pavoroso miedo. Para empezar, la propia palabra griega, “apocalipsis”, significa revelación. Y sin embargo, al oír esta palabra, apocalipsis o apocalíptico, casi todos pensamos en lo secreto, misterioso, oculto, enigmático y, desde luego, trágico y catastrófico. Esta es la realidad. Podríamos decir, por ello, que pese a su intención, el Apocalipsis ha producido en el ánimo humano justamente lo contrario de lo que se proponía, desde luego no por culpa de nadie en particular, sino en general por haberse fijado la atención del lector o del interprete oficial -como escribió el Profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, Dr. Fernández Ramos- “en descifrar, a través de sus grandiosos cuadros históricos o cósmicos, la marcha externa de los acontecimientos que componen la historia”.
APOCALIPSIS
Los Jinetes, asoman su pavoroso espectro
tras las rojas colinas, donde el sol poniente
tiñe de fuego su decadente viaje.
El horizonte, que fue ayer tan azul, estalla en ascua,
que abrasa y se retuerce convulsa.
Entre estertores, tiembla la Tierra.
Sus cimientos, se conmueven y agrietan.
Los ríos se desbordan, inundando el mar,
que alza su encrespado manto
hasta el techo de la Montaña inmensa.
Gime el viento, salvaje y arrasador,
que aniquila a su paso cuanto antes vivía.
Aquel árbol frondoso; aquella flor;
aquel dulce murmullo que embelesa...
En la jungla de asfalto y hormigón,
no queda ya en pie un muro
sin el estigma -sucio y harapiento- de la repulsiva pintada
y, entre su estúpida grafía de colores sin luz,
el más torpe intinto animal,
deja la zarpa de lo más abyecto.
¡Ha estallado la libertad sin calma y, en su nombre,
se enfangan las paredes...! Se incendian papeleras,
muere el lenguaje y se olvida la Memoria.
La más pura inmundicia, invade los sagrados ámbitos
del ser, de la luz, de la palabra, del amor...
Surgen a raudales, de la nada,
un millón de antropomórficos seres vacíos
que se enriquecen y cobran nombre
a la sombra de otros de igual raza,
hechos también de sombra.
Nacen sin cuento cada día, mil universidades
-Villaconejos, pronto tendrá la suya,
quizá con una Facultad de Futbol-
mientras el Alma Mater -triste y sola- agoniza
entre la asfixia, asaltada por la amorfa masa sin luz.
Los estudiantes -que buscan "una salida" próspera-
armados de bates, exigen a pedradas
la muerte de las reglas ortográficas,
del Latín, de la Historía, de la Filosofía de Grecia,
del Derecho de Roma.
Aquel cerebro opaco, de muy escaso seso y desviado sexo,
que es ahora el Sumo Sacerdote, oficia rebeliones
y enciende la liturgia de ciencias que no existen.
Aquella mujer zafia, desgreñada, verdulera,
que berreaba al pie de la pancarta,
ha sido nombrada "ministra" de algo. De cualquier cosa.
La horrible Caja, entre su hedionda peste,
difunde al día dos mil frentes, en la guerra del futbol
y, un futbolista, escribe con falsilla
el libro más vendido del año. Acaso, el más leído. El único...
Ha muerto Montesquieu, asesinado
en algún callejón, por navajeros
de la política espúrea, vil, canalla.
Y no es el mal más grave...
También ha muerto Erasmo -de tristeza-
y para siempre han muerto en el olvido
de su palabra exacta y clara como el día,
Heráclito y Parménides; los milesios;
Anaximandro, Tales y Pitágoras;
Protágoras y Sócrates; Platón,
Aristóteles -su virtud dianotéica-
su concepción del Hombre y... su Ética;
Epicuro, Agustín de Tagaste, el Sol de Aquino...
También la fe y la razón. Y la Escolástica.
Guillermo de Ockham y su nominalismo;
Kepler y Galileo; Malebranche y René Descartes.
Y Spinoza, Bacon, Hobbes, Locke y Leinniz;
Jorge Bekerley, David Hume y Enmanuel Kant...
Husserl y Heidegger; Ortega y Unamuno.
El existencialismo.
Mounier y Maritain, y su vital personalismo edificante.
Y hasta Hegel, Feuerbach, Engels y Marx,
que predicaban ayer verdad tan falsa
para alentar sangrientas utopías, yacen ahora,
junto a las momias asesinas de la gran muralla.
Ni eso queda ya. El propio crimen, sucumbe a la barbarie.
Han muerto ya...
la Biblioteca, el Ateneo, el Foro, la Academia.
Diderot y D´Alembert. La Enciclopedia.
La Ilustración, el estructuralismo de Lévi-Strauss
y el análisis preciso del lenguaje, de Ludwig Wittgenstein.
Y Domat y Pothier, que vislumbraron
lo que alumbró de Roma Savigny
y que Tronchet, Bigot de Premeneu,
Portalais y Maleville después reunieran
en aquella filigrana de la Norma, para regir al Hombre.
¿Dónde, de su arte, estarán ya -eternas, redivivas-
las inmortales huellas...? Quizá también ya han muerto
el ars antiqva, el ars nova, el canto llano,
la Escuela de Notre Dame y el Codex Reina;
los Conciertos de Bach, el Requiem soberano
del Genio de Salzburgo... El dulce Schubert...
Las Nueve Sinfonías de Beethoven...
La Eneida, Las Bucólicas, La Arcadia,
los sonetos de Shakespeare y El Quijote;
Las Meninas, El Entierro en Orgaz, La Gioconda...
Quizá, la ley de Newton, Gay-Lussac, o Boyle-Mariotte,
que rigen la materia, alguien haya usado al revés...
en la burda chapuza, que hoy acecha.
Y aquella ecuación de Einstein, universal esencia todavía:
"Que E es igual a m -que es la masa-
si al cuadrado de c -que es luz en el vacío-
por ella multiplica su energía".
La gran verdad, halla también olvido. A la masa sin luz,
no hay quien alumbre. El coeficiente, es cero en el espacio.
En el tiempo, el ser que fue, no es. Ya no es el Hombre.
Sólo "está ahí", como sombra que se mueve. Como cosa.
Sólo la carne, el grito agreste y un cuero,
que arrastra puntapiés a ras de suelo,
alienta su "dasein" de cada día.
Cual puro semoviente, va y viene. Se hacina
junto a una barra estrecha, en cada esquina
donde la bestia llana encuentra selva.
El horrible artefacto, colgado de un estante,
enciende luces, colores de Arco Iris
que, frenéticas, se expanden al instante
en la honda penumbra. El sol, camina ya hacia su ocaso.
En fertil pasto iluminado, de radiante esmeralda,
se reflejan abigarradas rayas, cuadros y colores
de todos los matices y frecuencias:
Rombos, roeles, franjas, perfiles de picardos
y barrocas las vueltas de unas medias.
A veces, algún viejo escapulario,
cuando no un corazón, con una flecha,
y hasta algún flan que, siempre dulce, atrae
el vuelo y el zumbido de una abeja.
Arlequin y Pierrot, sobre la hierba
-ayer, mañana, hoy- librarán en el circo mil contiendas.
Lucen ahora los más vivos colores,
vestido y atavío hecho de seda,
para lucir el músculo que grita,
cuando el cerebro duerme su sopor de niebla.
Cambia la luz, el plano, la distancia,
para acercar precisa alguna coz,
un codazo, un chanchullo, una artimaña... Y una voz
disléxica -sin eco ni color- escupe gritos
e infecta el Diccionario. Su alarido,
inflexo, reiterante, sin sentido,
narra la historia, en histriónico concierto,
de estúpidas hazañas que, en el tiempo, vivieron una vez
para dar gloria a la Patria y exaltar a "la furia", al corazón,
al pundonor de la raza...
Ruge al instante la masa, como si fuera un león.
No sabe que el corazón, la Patria, el tesón, la gloria,
no viven en esa historia,
sino en la de la razón.
Y así, el coprófago humanoide, nutre sus vísceras
de la excrecencia que halla al paso.
En la exaltación de su miseria,
vislumbra ya el Planeta de los Simios.
Perfuma y lustra, cada día, su pelambrera salvaje
con mil afeites y ungüentos. Tiende su mano y su mirada
hacia el emjambre de artificios y complicados mecanismos
que le rodean y envuelven, sin alma ni vida.
Pero, entre cables, "interfaces", "chips"
y prodigiosas máquinas, que "piensan" y "hablan",
se ha quedado idiotizado y mudo. Ya no es un hombre.
Tan sólo prevalecen los más puros y más bajos instintos
de su ser animal. Lo acepta. Toma el impulso y la energía
del austral ancestro que bajó de los árboles.
Golpea con fuerza los puños sobre su pecho,
percute y hurga en sus axilas con los pulgares
y regresa a grandes saltos...
Se olvida de Platón -a quien no vió nunca- y se acomoda,
sin un rayo de luz, en la más sombría caverna.
Ha muerto el Hombre. El homo sapiens, se extinguió,
como un día se extinguieron también lo dinosaurios.
El Hombre, ya no es... Ni Dios tampoco.
No puede ya ser Dios... si no es el Hombre.
(Del Segundo Libro de Poemas. "La Luz, está encendida". Poema 68)
martes, 3 de junio de 2008
"YO", SOY LA LIBERTAD

LA LIBERTAD, SOY YO
pero no era más que un espejismo, pura apariencia.
Ahora lo sé: Yo, no dejé nunca de ser libre. A lo más,
en alguna ocasión, sufrí algún empellón
de un hombre tosco, uniformado de gris,
al borde de algún campo de futbol.
Me dijeron que no había libertad, pero yo fui libre,
entera y esencialmente libre, ontológicamente libre.
Siempre lo fui. Me dijeron que no había libertad
los libros, escritos siempre desde las cartesianas posiciones
conceptuales, siempre tan puras e inalcanzables.
Me lo dijeron, sobre todo, los "políticos" clandestinos,
quiénes anhelaban serlo, en sustitución de otros
-amaestrados éstos en la "inquebrantable lealtad"- porque
no podían pegar carteles en las paredes,
ni elaborar los presupuestos, para tener "la caja", ni promover
gigantescos escándalos financieros, en su deshonesto lucro;
porque no podían insultar inpunemente
a sus contrincantes, de otro bando, o del propio; porque los
Jueces conocían perfectamente el Derecho;
porque los travestidos, las lesvianas, los sodomitas,
no podían formar parte del Ejército o de la Guardia Civil...
Porque los descuideros, las mecheras, los navajeros, "las bandas",
carecían de "derechos humanos", y no podían delinquir
libremente, y los únicos que sí tenían derecho
a ser restituidos, eran las víctimas...
Me dijeron que no había libertad,
porque nadie podía expresar sus ideas y su pensamiento...
¡Mentira...! ¿Qué ideas pueden expresar
los que carecen de ellas? ¿Estaban esperando la libertad,
con dolor de parto, para alumbrar nuevos tratados,
acaso otro "Quijote", otras Nueve Sinfonías,
otro "Entierro en Orgaz"...? ¡No...! Sólo podían esperar
el momento de exhibir impúdicamente los muñones
de su invalidez intelectual, artística, filosófica, creadora
de un arte verdaderamente nuevo... Sólo podían aspirar
a infectar las ondas de la Radio y la Televisión,
lanzando a todos los vientos, mutilados y deformes,
sus tópicos y requilorios, en los que pronto se adiestraron
las mentes más romas y obtusas.
Me dijeron que no había libertad...
¡No, no la había...!
Lo sé. Lo supe. No la había... ¿Y qué hay ahora?
Sin libertad, no hay hombre. También lo sé.
Lo creo, lo siento firme y apasionadamente. Lo defiendo...
Sin libertad, no puede haber hombre, pero sin hombre
no puede haber libertad. No puede haberla para todos,
aunque siempre la haya para un verdadero hombre.
En ese ámbito recóndito, casi sagrado, que llamamos "yo",
siempre soy libre, pese a que sólo "yo" pueda serlo,
pase lo que pase a mi alrededor.
Entre la falsa libertad del instinto, de la soberbia, o de la ambición,
siempre es posible la suprema libertad del amor.
La libertad es el ser del hombre, dueño de sí,
señor de sus propios destinos... ¡Y no es verdad
que termine "allí donde comienza la de los demás..."!
No, no es cierto. Termina mucho antes.
Termina dentro de cada cual. Para que no pueda acabar
allí donde la convivencia se hace imposible, asfisisante, irracional,
porque su propio fin es el de la plenitud humana,
no de unos, sean quiénes fueren, "vengan de donde vengan"
y ya sean pocos o muchos, sino de todo hombre.
La libertad, implica solidaridad y sólo cuando es solidaria
es verdadera libertad, es estimulante y creadora,
en la plenitud del ser común, que hace iguales a todos.
La libertad se nutre de la verdad y del bien, del buen gusto y de la belleza,
no de la impudicia, y la grosería de la obscenidad. Todo eso es mentira.
Y somos libres, tan sólo porque "la verdad nos hace libres",
al hacernos verdaderos.
Me dijeron que no había libertad... No, no la había para todos.
Siempre la hubo para mí. Fui libre en la cárcel
y lo soy igualmente ahora, en la selva. Pero, antes y ahora,
soy mucho menos libre, porque "yo, no soy yo..." No sólo.
Yo, no soy la plenitud del hombre, sino sólo un hombre,
pero, dentro de mí, está la libertad.
La única que nadie pudo, ni podrá arrebatarme... "Yo", soy la libertad.
lunes, 2 de junio de 2008
LAS DOS CARAS DE LA POBREZA

Hace ya algunos años que se clausuró la Conferencia de Copenhague y, como siempre, tan sólo con “buenas intenciones”. No es fácil encontrar soluciones colectivas radicalmente eficaces para desterrar una situación tan hiriente como la pobreza. Pero sí, acaso, lo sea adoptar actitudes individuales mucho más en armonía con eso que llamamos, o llaman, “la felicidad”. En estos tiempos, en los que el deseo de “hacerse rico” en dos días constituye aspiración generalizada, quizá sea oportuno y saludable proponer justamente lo contrario. Inventar el “pelotazo de la pobreza”, para poder ser pobre cuanto antes, en un abrir y cerrar e ojos. O, quizá, ¿será siempre la pobreza un pavoroso e injusto mal?. Quizá ambas cosas puedan ser ciertas.
Desde luego, cómo y por qué, un mismo fenómeno, puede alcanzar bipolarmente dimensiones tan contrapuestas, es dilema que tendría que aclarar con urgencia la Filosofía, antes de que “estos salvajes”, no sólo la supriman, sino que hasta la prohíban. Porque, según uno de sus más rigurosos y sólidos principios, nada puede ser y no ser al mismo tiempo. Ni una cosa es igual a otra, sino tan sólo exclusivamente a sí misma. Cuando se trata de categorías o propiedades de la materia -la luz, ¿es onda o es partícula?- es la Física la que se hace filosofía, hasta el punto de que, en los últimos tiempos, casi todos los grandes físicos (Werner Heisenberg, Niels Bohr, e incluso más recientemente el propio Stephen Hawking) son o han tenido que ser filósofos, aunque no todos los grandes filósofos de la Ciencia, sean o hayan sido físicos, como le sucedió a Karl Popper. Pero, cuando se trata de un fenómeno tan lacerante no sólo al cuerpo si no al espíritu, quizá tampoco la Filosofía pueda explicar la controversia, porque la “física del espíritu” no es la Filosofía, sino la Teología.
No sería riguroso tratar de la pobreza, sin vislumbrar al menos la idea aproximada de lo que tal fenómeno pueda ser. Cuestión esta difícil donde las haya. Aparentemente, es muy sencillo, si no fuera tan falso: Pobre, es que el que “no tiene” y, por antonomasia, el que no tiene cosas, es decir dinero, que es el paradigma de lo fungible y, por tanto, el instrumento universal de cambio y acceso a aquéllas. Sin embargo, “no tener” (dinero y, en consecuencia, cosas) no es más que el aspecto más epitelial, el elemento externo del fenómeno, pero no su consistencia esencial. Porque las cosas del mundo exterior -generalmente corporales, determinadas y apropiables- todo aquello de cuanto está “fuera de mí” y por tanto no es “yo”, nada puede quitar o añadir a cuanto esencialmente yo soy. En consecuencia, es posible apropiarse - ilegal o legalmente, eso es ya otra cuestión, propia de la Moral y el Derecho- y vivir rodeado de cuantas cosas hay en el mundo, sin eludir en cambio la pobreza más absoluta y radical, que es una cuestión estrictamente ontológica. Tal fenómeno se producirá siempre si, quien posee las cosas, no “se posee”. Por el contrario, sin poseer nada, pero poseyéndose, se puede ser inmensamente rico. Ontológica y ónticamente perfecto.
Por tanto, pobre es aquel que “carece de sí” y no de cosas, sin que quién las tiene, y tal vez en abundancia, esté tampoco condenado por ello a la pobreza. Vivir “en” las cosas, dentro de ellas, constituyéndose casi en su prolongación, esto es, “cosificándose”, es garantía de pobreza. En cambio, vivir "frente a" las cosas, pese a poseerlas hasta estrujar su utilidad o goce, pero distanciándose prudentemente de ellas para establecer la frontera entre “las cosas” y “yo”, equivale a personalizarse, a ser uno por sí mismo, a valer en tanto uno mismo, y no en función de las cosas que poseo. Y esto es, precisamente, enriquecerse, hacerse -y ser- rico. Sin duda, Zubiri lo explicó mucho mejor, y mucho más radicalmente Diógenes, cuando le achacaron que, por no adorar a Dionisios, se veía obligado a recoger hojas del suelo, para alimentarse. Diógenes replicó entonces: “Si tu recogieses hojas, no te verías obligado a adorar a Dionisios”
¿Entonces, es o no la pobreza un mal? Parece deducirse que es un bien. O incluso “el bien”. Por ello, algunos seres humanos se hacen voluntariamente pobres -como aquel pobrecillo de Asís, como Teresa de Calcuta, o tantos otros- para ser inmensamente ricos. Ciertamente, con una mentalidad y simpatía “conservadora” hacia el lenguaje tradicional, también hay que admitir la existencia de “las necesidades”, que se dicen todos tenemos y son tantas. Pero, la idea de necesidad, es uno de esos conceptos tan elásticos como el chicle, que lleva al ser humano a sentir y, sobre todo, a hacer sentir tantas “necesidades” como bienes, productos o servicios se sitúen ante sus narices. Esto, lo saben muy bien las depravadas gentes del “Marketing”, y sus inmorales fórmulas de “Mix”, alentadoras de tantas “necesidades” artificial y previamente creadas, con el único fin de ser después ampliamente satisfechas. Sin embargo, tampoco estamos hablando de eso. Frente al latrocinio de la mercadotecnia, basado en la estupidez humana colectiva, ni siquiera es preciso adoptar la escala de Maslow, para la determinación científica de lo necesario. Bastaría con el grado más restrictivo y fisiológico de la misma (nutrirse, cubrirse, cobijarse), sin excluir, naturalmente, las que espiritualmente constituyen una tendencia natural, aun imperceptible por atrofia. Pero, cuando la contingente naturaleza humana llama a la puerta, y la posibilidad de satisfacer las más perentorias y reales necesidades resulta imposible, la pobreza se transforma apocalípticamente en un pavoroso e injusto mal. Y surgen el pauperismo, la indigencia, la miseria, la mendicidad, el analfabetismo… Ya pocos creen que las causas radiquen en los cataclismos estructurales o en las “crisis periódicas”, pero cada vez somos más los que atribuimos tales terribles efectos a la inhumana codicia de tanto bandido común, disfrazado de tantas cosas honorables. La erradicación de este bandidaje, podría y debería justificar la implantación de cualquier sistema político -¡de cualquiera posible y eficaz!- capaz de alcanzar ese resultado exterminador. Y, si es que alguno existe, merecería la pena buscarlo y encontrarlo con urgencia, aun cuando no pudiera ser rigurosamente “democrático”. Con toda certeza que, a cambio, sí habría de ser estrictamente humano y, desde luego, rigurosamente cristiano.
Pero es inútil encomendar tal hallazgo a los políticos, sobre todo a los que dicen ser esa su razón de ser, hasta tanto no se hacen ellos ricos a sí mismos, a lo cual suelen aplicarse con suma urgencia. E inútil igualmente que los sociólogos -como es bien sabido tal ciencia, la Sociología, no existe- se esfuercen en inventar teorías “científicas” acerca del fenómeno de la miseria humana y de determinar sus causas y efectos. Mero diletantismo y hasta simple cinismo. ¿Por qué hay pobres?. Spencer -“el bueno de Heriberto”- fundador del darwinismo social, atribuyó la pobreza a un mecanismo de selección. Marx, partiendo del dato del orden vigente, y de la abstención de ayuda a los pobres, pretendió montar uno de los más sutiles artificios de destrucción del orden, pronosticando el fenómeno de la “pauperización progresiva”. Pero, ni una ni otra profecías han resultado ser verificables y, sobre la adormecida conciencia de todos, planea como una excusa, como una “patente de caínismo”, la tan mal entendida predicción evangélica, a la que ya hemos hecho referencia en otra ocasión: “Siempre habrá pobres entre vosotros”. Mal entendida y peor aplicada, porque esos “pobres”, efectivamente invitados a ser verdaderamente ricos, no son sólo los desgraciados y harapientos mendigos, a quienes falta el pan, sino todos los llamados a compartir el Reino de Dios, que no consiste en cosas terrenales, sino -como dice San Pablo- en la justicia, en la paz y en el gozo del espíritu. Luis Madrigal.-
domingo, 1 de junio de 2008
¿HABRÁ MÚSICA EN MARTE?

Gustavus Theodore von Holst nació el 21 de Septiembre de 1874 y murió el 25 de Mayo de 1934. Aunque era inglés, sus raíces familiares se extendían a Lituania, Suecia y España, por sorprendente pueda resultar. Había estudiado en el Royal College of Music de su ciudad natal, Cheltengam, y posteriormente en Londres. Su obra más conocida son "The Planets" (Los Planetas), que concluyó en el año 1916, aunque siempre se quejó de que esta obra había eclipsado a las demás, sin que él la considerase la mejor de sus composiciones. Pero, el hecho más significativo es que “Los Planetas”, está inspirada, parcialmente, en meditaciones del propio horóscopo de Holst, tratando de descubrir, o al menos de expresar musicalmente las influencias de los cuerpos celestes planetarios en nuestro espíritu. Y, de este modo, compuso y escribió la música que, al final de esta entrada, puede oírse acerca del Planeta Marte. Yo me pregunto, y os pregunto a vosotros queridos posibles lectores -aunque casi absolutamente mudos, por lo que veo- qué hubiera escrito Hoslt de haber dispuesto de la fotografía enviada desde el propio Planeta por la sonda "Phoenix", recientemente posada sobre aquél, que igualmente se ofrece como ilustración gráfica de esta entrada. ¿Tal vez, esa música, habría sido distinta?. Luis Madrigal.-
sábado, 31 de mayo de 2008
HOY, TERMINA MAYO
TUS LABIOS MATERNALES, EN MI FRENTE
_____________________________________________
¡Inmensa como el mar eres, María!,
que, de tu manto azul, su manto toma;
la nieve tu color, la flor tu aroma.
De tu fulgor, el sol, la luz del día.
Si de mis horas eres alegría,
cuando a mi corazón la pena asoma,
no me dejes si mi alma se desploma...
¡Guárdame entre tus brazos, Madre mía!
Si eres Madre, en regazo tan doliente,
del que siendo divino se hizo Hermano
y en tus brazos estuvo un día yacente,
pon tu mano también sobre mi mano;
tus labios maternales en mi frente,
que he de ver al Amor y... soy humano.
AVE MARÍA
(Charles Gounod)
Kathleen Battle
Christopher Parkening
