El rojo de la sangre y el verde de la esperanza, son los dos colores de Navidad, ya próxima un año más. La Navidad es eterna, y por ello siempre es la misma. El rojo, a veces, sobre todo cuando acude a las puestas de sol, puede ser un color que invita a la soledad, o propicia que ésta nos invada. Hoy mismo, 24 de Noviembre del año en curso, he podido saber que la soledad "cruje", aunque no sé si ayer Domingo también crujía. Sí sé, pese a ello, que he de olvidarme del "ayer". Y me olvido. Incluso, puedo y quiero olvidarme también del "mañana", al menos a corto plazo. Pero, en todo caso, crujiese o no ayer, cruja hoy o pueda crujir mañana, yo prefiero decir que la soledad "nihiliza", hace nada a las personas, e incluso, algo peor, "cosifica", las hace cosas. Sin embargo, puede resultar también muy esperanzador si ese rojo color deja en el ensangrentado horizonte del ocaso, cuando el sol se oculta, junto a un nombre -eso siempre es imprescindible- y una colmena, un hondo sentimiento que "inunda de calma, de flores y de miel". Entonces, asoma también la esperanza en ese mismo horizonte.Sin embargo, de un modo más lineal y directo, como ya he dicho, el color más propio de la esperanza es el verde. Y la Esperanza, es todo lo que podemos tener, además del dolor (porque, en este caso, es "lo último que se pierde") o de la dicha, que siempre, siempre, quiere alcanzar la cota máxima del amor. De toda clase de amor, entre los muchos amores humanamente posibles. Fundamentalmente del más puro de todos, que es el de tener permanentemente presente al otro cuando le asalta la soledad. Lo es porque, de este modo, ya no está solo, si siente y percibe la compañía de quien está lejos, pero al mismo tiempo tan cerca como lo están las gotas de rocio que se deslizan sobre los petalos de una rosa. Y por eso, hoy ha venido a mí -después de haber contemplado una bellísima puesta de sol- un breve poema de esperanza:
VERDE, VERDE... SÓLO VERDE
Verdes valles, verdes prados, huertos y olivares verdes... Verdes hojas, verdes tallos que, del ocre, nacen verdes... Verdes mañanas de Mayo, que al invierno reverdecen. Verde juventud lejana, que ha muchos años fue verde, tocada de azul y oroy... de rojo, pero verde. Verdes veredas de Octubre, entre zarzales aún verdes, cuando el sol de oro salpica en calma las blancas sienes. Verde esperanza perdida, verde esperanza que viene... Verde... como el Camposanto, que guardan cipreses verdes.
Si yo, alguna vez, hubiese aprendido a bailar -cosa que siempre me pareció por completo extraña a mí mismo- hoy me hubiese gustado bailar un pasodoble, un pasodoble taurino, ya que me parece mucho más díficil -y creo que por desgracia para mí imposible- bailar un tango. Hay muchos pasodobles bonitos y emocionantes, algunos hasta estremecedores. Pero de entre todos los posibles, y tengo ya muchos, hoy elegiría este que ofrezco a continuación. "Tercio de Quites". Lo interpreta la Banda de Música del Cristo del Amor. Luis Madrigal.-
Para que nadie pueda decir que sólamente los españoles somos "unos bárbaros" sin civilizar, arriba, la Plaza de Toros de "Les Arenes" de Nimes, en la France culta y civiliada. Aquí abajo tienen y tenéis todos el "Tercio de Quites". ¿Alguien quiere enseñarme a bailar el pasodoble, ya que no puedo bailar el tango?
Las dos coordenadas de Einstein, son, como bien se sabe, el tiempo y el espacio. Ellas dieron lugar a la teoría de la relatividad, o mejor dicho, de las dos relatividades, y a la unidad "espacio-tiempo". Todo ello, ciertamente, es un misterio, por encima de su formulación matemática y física, que eso algunos sí que lo comprenden. Es un misterio en lo que, pese a la Matemática y la Física, es incomprensible. Conocí a un Ingeniero Aeronaútico que, no podía explicarse cómo podían elevarse los aviones. Sólo sabía que, efectivamente, se levantaban de la tierra para emprender vuelos largos, a veces trasoceánicos, o a través de las rutas polares, para conectar lugares antípodas o sumamente distantes entre sí. Pienso yo ahora que, sin necesidad de ello, de la aviación ultrasónica, eso mismo puede hacerlo ya el ser humano ahora -siempre ha podido- por mediación del pensamiento y, cuando el cerebro humano sea explorado y "puesto en explotación" hasta sus últimos límites, podrá hacerlo el propio pensante. Podrá hacerlo por sí solo, y por si mismo, no merced al posible incremento de la velocidad de crucero de los aviones u otras portentosas máquinas, porque, si así tuviera que ser, sencillamente no podría ser. Se desintegraría la materia de la que está fabricado nuestro cuerpo. Habrá de ser por bi-locación. Esto es, porque gracias a eso, al simple pensamiento humano, convertido en ultrapotencia espiritual, podremos estar, no ya sólo en segundos, en Madrid o en Nueva York, sino simultáneamente, esto es, al mismo tiempo, en uno y otro lugares. Cuando eso, suceda, si yo ando por aquí, elegiré el poder estar aquí -es decir, allí- en León (España), y al mismo tiempo en Córdoba (Argentina), y viceversa, si es que no decido quedarme en aquel hermoso país para siempre, pese a lo que quiero al mío propio. Pero, de momento, parece que eso no es posible y he de doblegarme a la esclavitud del tiempo presente, tan poco desarrollado, más o menos, como cuando nuestros antepasados se decidieron a bajar de los árboles.Pero de lo que sí ya gozo es de otra maravillosa posibilidad. Tan sólo filosófica, si se quiere, pero al mismo tiempo también estrictamente humana y sentimental. La geografía, ciertamente, no es la presencia. Me lo ha ensañado muy recientemente alguien. No es igual que yo pudiese estar ahora mismo, física, corporalmente, en Córdoba (Argentina), a que pueda hacerme presente allí. Ciertamente, no es lo mismo. Pero, para esto último, tan sólo necesito que alguien me acoja en su pensamiento y, eso sí, también me lo haga saber, lo cual hoy en día sí que es muy fácil, merced a este medio impagable de Internet. Con ello, puede bastarme para vivir tan intensamente como en espíritu puede hacerse. Y el espíritu tiene también, no sólo sus emociones, sino auténticas percepciones sensibles, no de un modo semejante al de las sensuales, pero si quizá de un modo más definitivamente humano, creador de la historia personal y artífice de la gloria de cada ser. También del verdadero amor. Y, en consecuencia, no puede ser más afortunado quien se halle en uno u otro lugar con su propio cuerpo -caduco y mortal- que quien pueda hacerse presente en la más absoluta y corporal ausencia. Por ello, hoy no cambiaría yo la geografía por la presencia, porque me emociona pensar que alguien me quiere de verdad al otro lado del inmenso Mar. Mucho más intensamente y, por tanto, mucho más verdaderamente. Por ello, entono con la misma emoción el canto de júbilo por excelencia, el que inspiró a Haendel, quizá, la misma percepción del espíritu. Luis Madrigal.-