domingo, 8 de febrero de 2009

viernes, 6 de febrero de 2009

SER ESPAÑOL




¿Qué es ser español? Desde luego, si la pregunta hubiese de ser respondida hoy, ahora mismo, la respuesta podría resultar trágica. Ser español, sería, lisa y llanamente, una terrible desgracia, para quiénes lo somos o lo serán en tiempos más o menos inmediatos. Y puede que también para muchas más gentes. En un momento en el que España cruza quizá el horizonte más acusadamente degradante de toda su Historia y ha alcanzado la más baja cota intelectual, por no decir moral -y aún diciéndolo- sin el menor puritanismo ni el más mínimo sentido de perfección, ser español, sí, es una desgracia, además de un grave peligro. En lo que se refiere a la degradación intelectual, así como al más mínimo sentido de responsabilidad y sensatez y a la más mínima capacidad para afrontar los problemas que nos acechan -de todos los problemas, y no sólo del tan traído y llevado de “la crisis económica”- basta, como patética muestra, la que ofrece el actual Gobierno de la Nación y, muy en especial la escuálida y harapienta figura intelectual de quien dicen lo preside, sin duda por una dolorosa casualidad, pero también por lo que son y pueden ser capaces de ser y de pensar los españoles de hoy, al menos los que votan en las elecciones legislativas, y que constituyen un simple y burdo “agregado”, más bien lanar, mucho más que un verdadero cuerpo electoral, coherente y lúcido.

Sin embargo, en otros tiempos, “ser español”, si no “la cosa más importante que se puede ser en este mundo” (como con estúpida altanería proclamaba la propaganda del régimen político franquista, sus apologistas y corifeos), sí que fue algo verdaderamente importante, para el Mundo y para la propia España. Y, de esa gloriosa importancia histórica es de la que trató de dar explicación rigurosa, y lo consiguió más que aceptablemente, aun de una forma inconexa, o dispersa, por yuxtaposición de épocas y personajes, pero dentro de una cierta conexión interna, aquel gran filósofo, que fue Julián Marías, el “hijo del sol”. Fue el propio Marías quien dijo en cierta ocasión, que “el sol” -sin duda por su cegadora claridad- era su egregio maestro, Don José Ortega y Gasset, y yo modestamente así también lo creo. Y por ello, Julián Marías, sin duda también el discípulo más preclaro de aquella gran lumbrera, es “el hijo del sol”.

Julián Marías, no hace tanto tiempo desaparecido de entre nosotros, abordó tal tarea, la de explicar lo que significa “ser español”, en el libro que hoy ilustra la entrada de este humilde Blog, y cuyo título responde a tal propósito. Pero, el título del libro, “SER ESPAÑOL”, lleva un subtítulo que, si se amplia la imagen que arriba se ofrece, podrá leerse nítidamente: “Ideas y creencias en el mundo hispánico”. Es decir, son dos las cuestiones que este subtítulo contiene y plantea. En primer lugar, la esencia de lo español, no sólamente se refiere a las ideas, sino también a las creencias. La distinción entre ideas y creencias -de raíz puramente orteguiana- no es fácil de explicar. Yo trataré de hacerlo, para su mejor comprensión general, con un ejemplo muy sencillo, que creo recordar empleaba el propio Ortega, y que era este: Cuando yo, antes de depositar el vaso de agua sobre la mesa, pienso que el vaso se caería, al soltarlo de mi mano, a causa de la ley de la gravedad, pero, a su vez, también estimo que, como el tablero de la mesa participa activamente del principio de impenetrabilidad de los cuerpos, no habrá problema alguno para que yo suelte el vaso, sin que éste se haga añicos y el agua que contiene se vierta sobre el “parquet” del salón. Ah…!, excelente solución. Ya puedo depositar el vaso de agua sobre el tablero de la mesa… Cuando yo, antes de dejar el vaso, pienso de esta manera, es decir, razono acerca de los efectos y las causas de situar en la mesa el vaso de agua -eso- es una idea. Pero, si, en lugar de razonar nada, de un modo completamente instintivo y natural, deposito el vaso de agua sobre la mesa, entonces, esto otro, ya no es una idea, es simplemente una creencia. En consecuencia, las ideas, están asociadas a la razón, precisan de ella de un modo esencial, de tal manera que, sin raciocinio, sin juicio o discurso racional, no puede darse ninguna idea. Por el contrario, las creencias, nada tienen que ver con la razón, se basan en otro factor, residen en otra causa, más sutil aún y desde luego más poderosa. En síntesis no son racionales y, por tanto no son ideas, pero si son -siguiendo el símil del vaso de agua- mucho más vitales y prácticas. En cierto modo, entre ideas y creencias, podría mediar la misma o análoga relación a la que existe entre razón y fe, o entre ciencia y religión, o entre cálculos matemáticos y sentimientos del alma. De tal modo, el amor, la piedad o el honor, no serían ideas, sino creencias. Y dice Marías, siguiendo a su maestro Ortega, que “en toda forma de vida humana, las creencias son mucho más fuertes e importantes que las ideas. Mientras “tenemos” ideas, las creencias “nos tienen” -nos sostienen-. Las ideas tan sólo tienen la función de suplir a las creencias cuando éstas faltan, han perdido vigor o entran en conflicto entre sí”.

En segundo lugar, el subtítulo del referido libro de Julián Marías, no limita restrictivamente, “pueblerinamente”, las ideas y creencias de lo español a los españoles de la Península Ibérica, que no son sino una parte mínima de ello, sino al Mundo hispánico. También, por tanto, a todos los seres humanos que constituyen ese mundo, a esos españoles del otro lado del inmenso Mar, a través del cual, un día, Tres Carabelas arribaron a un Nuevo Mundo. Todas estas personas, también son “españoles”, al margen por completo de los Estados independientes y soberanos, de los que son ciudadanos, y en los que se organizan las respectivas convivencias políticas nacionales. E incluso también, al margen de la procedencia u origen -étnico, lingüístico, religioso, cultural o de cualquier otro posible signo- de las personas que allí realizan y organizan su vida. Todos ellos, también son “españoles”, les guste o no, dentro de sus respectivas particularidades o diversidades.

Por ello, el libro de Julián Marías, que parte de la psicología del español, de Cervantes y la España cervantina, para recalar, a grandes saltos si se quiere en Jovellanos, el ilustrado; en Moratín y la unidad de Europa; en Valera y la tradición olvidada, sin olvidar tampoco las tragedias y perversiones más próximas a la destrucción de la imagen de España, deliberada o miope, o ambas cosas, alcanza un punto extraordinariamente importante. Este punto es el de “la Lengua española como instalación histórica”, que el lector podrá encontrar en la página 287 del libro. Naturalmente, no se trata aquí de reproducir, ni siquiera de sintetizar, lo que en este crucial punto se contiene. Para ello, quiénes se interesen por ello, pueden acceder al libro. Muy en breve, sí hemos de decir que tal cuestión, la de la instalación de la lengua, parte de las categorías antropológicas de “instalación” y “vector”, inseparables entre sí, de tal forma que toda instalación humana es vectorial, esto es, orientada, dirigida a algo con una u otra intensidad. Instalaciones vectoriales son las categorías, mundo, cuerpo, sexo, edad, clase… Y, por último, también la lengua. Me permito la acotación, por mi libérrima parte, de distinguir entre lengua y habla, de tal forma que, en cierta perspectiva esencial, es igual hablar en castellano, en andaluz o gallego que en argentino, mejicano, cubano, o en cualquier otro tipo de habla de entre las que se utilizan en el mundo hispánico. Y, en este sentido, la instalación de la lengua española, implica la superación del concepto, o de la valoración, de que todas las lenguas son iguales. Por supuesto que lo son, entiende Marías, pero no en cuanto lenguas y mucho menos en cuanto a instalaciones. La morada lingüística del español es dilatadísima y, con independencia del tiempo, esto es del español hablado por Cervantes en el Quijote, o por José Hernández, en el Martín Fierro, la instalación de la lengua española en sus límites espaciales, contempla a más de 300 millones de seres humanos y cerca de una treintena de países en el mundo, que se expresan y entienden en español. Y propone Marías, otra especie de ejemplo, consistente en comparar al hispanohablante con cualquier otro hombre de otras lenguas no universales, aún habladas también por millones de personas. Este último, cuando sale de su país, se encuentra en un mundo ajeno. Aquél, dispone de muchas casas y puede venir a cuento aquello que tanto honra a nuestros hermanos colombianos, entre los cuales es frecuente decir que ”cuando vienen a España, no vienen, van”. Y esto mismo podemos decir todos los demás hispanohablantes, respecto al “venir cuando vamos” a cada una de las muchas casas lingüísticas propias, fuera de nuestros respectivos países.

Por último, de tres graves peligros alerta Julián Marias, para que nunca llegue a quebrarse esta privilegiada situación lingüística del mundo hispánico: El primero, nos concierne en exclusiva a los españoles, es decir a los falsos y miopes “patriotas”, capaces de pensar que la lengua española es propiedad de España, porque aquí estuvo la “fábrica”, ignorando que, además de la Real Academia Española, existen las correspondientes Academias de la Lengua en los diversos países de nuestra América y que la propia RAE ha aceptado infinidad de términos allí acuñados para incorporarlos a nuestro amplio acervo lingüístico. El segundo de esos peligros es, una vez más el de los particularismos lingüísticos, y más en esta hora desgarradora por la que cruza España, pero también de los que puedan surgir en el resto de las Naciones que hablan en español. Y, por último, el tercero, dice Marías, -y yo le aplaudía a rabiar mientras lo leía- un grave peligro es el de caer en la tentación, dentro de ese engaño, de esa añagaza tendida y urdida por Francia (esto lo digo yo), de creer que existe una “Literatura latinoamericana”, adjetivo este último ya de por sí inaceptable, porque tal Literatura, no existe. La única Literatura que a nuestra América concierne es la Literatura española, como propia y común de todos los países que escriben, para crear belleza, para enseñar o, a cualquier otro fin, en español. Que Dios nos libre de todos y cada uno de estos tres terribles males. Luis Madrigal.-

A mi querida amiga argentina, Alicia María Abatilli, que tan elegante, rigurosa y bellamente escribe en lengua española.
En la imágen, "El Caballero de la mano en el pecho" (Greco)

sábado, 31 de enero de 2009

viernes, 30 de enero de 2009

LOS SONETOS DE AMOR DE LORCA (10)


10. EL AMOR DUERME EN EL PECHO DEL POETA
!Ah...! Quizá mi comentario personal de ayer, en relación con el sexo del sujeto amado por el poeta, pueda resultar contradicho por el segundo verso del primer cuarteto, en el Soneto que hoy se publica en este Blog: "porque duermes en mí y estás dormido". Si el sujeto amado, está dormido y no dormida, debe tratarse, lógicamente, de un hombre. Sin embargo -otras cuestiones más taxativas aparte- tampoco con ello, queda zanjada la cuestión. Y no queda resuelta definitivamente, al menos en el orden estrictamente gramatical, porque es preciso observar el título del poema. En efecto, este soneto, se titula "El amor duerme en el pecho del poeta". Es decir, quién duerme, es el amor y éste, en abstracto, carece de sexo y de género, puede tratarse del amor hacia un hombre, o hacia una mujer, en consecuencia. Es "el amor" quién se ha dormido y, en estricta concordancia de género, el amor, no puede estar dormida, sino dormido. Discupen, disculpad, amigos, tantas diletantes conjeturas. Ustedes, y vosotros, podréis estimar lo que consideréis más lógico. Aunque, desde luego, no termina de comprenderse bien, cómo o por qué, en los dos últimos versos de ese primer cuarteto, siente el poeta la necesidad de ocultar llorando a su amor, ni de sentirse perseguido... Insisto, en cualquier caso, los sonetos son bellísimos. A mi modesto juicio, naturalmente. Luis Madrigal.-
Como siempre, Clic sobre la imágen para ampliar el texto del poema

jueves, 29 de enero de 2009

LOS SONETOS DE AMOR DE LORCA (9)


9. SONETO DEL AMOR OSCURO

Dios me libre de opinar, y menos aún de juzgar, acerca de la orientación sexual de nadie, de ninguna persona humana, por una razón que casi siempre me ha parecido capital y cada vez me reafirmo más en ella. Porque no se puede opinar, y menos juzgar, acerca de aquello que se ignora. Y, desde luego, yo no podría establecer la causa, o las causas, de tal fenomeno o inclinación. No deja de pasar por mi cabeza la idea de que, tal vez, se trate -por los motivos que sean- de una inclinación inevitable por parte de quiénes hacia ella tienden, de lo cual de derivaría que todo juicio en contra resultaría una simple e injusta crueldad. Lo más, y desde luego lo menos, que sí me permito, y creo que puede permitirseme decir, es que a mí no me agrada en absoluto tal fenómeno, ni me gustó nunca. Y dicho todo esto, deberá admitirse que la orientación sexual del gran poeta Federico García Lorca, ha sido muy debatida, contándose no pocas las personas, entre quienes le conocieron personalmente, que no dudan de su homosexualidad. En realidad, en esta segunda impresión, a todo color, con las que ya hace años nos obsequió el diario ABC, de Madrid, el único título que figura en portada es el de "LORCA, SONETOS DE AMOR", y ni siquiera el Soneto Nº 9, que hoy se publica en este humilde Blog, lleva el título que aquí le hemos atribuído, un tanto libremente: "Soneto del amor oscuro", con el único posible fundamento de que estas dos palabras, "amor oscuro", figuran literalmente en el primer verso del primer cuarteto. Sin embargo, en la primera edición de ABC, un año antes, en riguroso blanco y negro, esta serie de Sonetos fue titulada -todos ellos, los 11- por el propio diario "Sonetos del amor oscuro", de un modo similar al de que, años más tarde, se titularon por el mismo diario, que asimismo los publicó, en vida de su autor, los 17 Sonetos de Rafael Alberti, llamados del "amor incierto". Por mi parte, no puedo decir más. Ni en relación con Lorca ni con Alberti, a no ser que los Sonetos del primero son "de una belleza increíble", a juicio nada menos que de Pablo Neruda, que los buscó afanosamente, sin encontrarlos, como ya se ha dicho aquí, y yo también creó advertir tal belleza, mientras que los Sonetos de Alberti, a mi humilde criterio, habría que tirarlos a la papelera. Ahora bien, si Alberti pudiera albergar alguna duda, no tanto acerca de su propio amor, sino del que podía o no dedicarle la persona (muy discreta y digna, por cierto) con la que en aquel momento se encontraba casado, parece razonable, dada la edad de Don Rafael en aquel momento, que casi ni podía tenerse en pie. Y también cabría admitir o suponer que, el amor de Lorca pudiera ser tildado, por la sociedad en general de "oscuro" -dadas las pautas de valoración social tradicionales-, no ya por la posible orientación honoxesual de Lorca, sino porque, en efecto, si se analiza con cierta calma el texto de estos 11 sonetos, puede observarse, con toda nitidez, que en ninguno de ellos, puede saberse o colegirse, si se dirigen a una mujer o a un hombre. En cuanto a la utilización de los posesivos, es cierto que nunca dice "tuyo" o "suyo", pero tampoco "tuya" o "suya". Parece que el sujeto amado, no tienes sexo, ni género gramatical. Por otra parte, al ilustrar estos sonetos, el pintor Grau Santos, como puede observarse, mayoritariamente, tanto en los desnudos como en el resto de las figuras humanas que incorpora, utiliza o se vale de figuras masculinas, con la única excepción quizá de las que ilustran el último soneto, el del Nº 11, "Noche del amor insomne", que también traeremos a este Blog, en el que puede apreciarse un desnudo nítidamente masculino, sentado a los pies de la cama, mientras una cabeza de mujer -sólo eso- se apoya sobre la almohada. Esto todo, creo yo, todo cuánto cabe decir al respecto. Desde luego, los sonetos son bellísimos, con esta ligera salvedad, la de no poderse saber a quién ama el poeta, porque ciertamente, yo no podría escribir esos sonetos (aparte de mi propia incapacidad para alcanzar las cotas de lirismo que en ellos se contiene) y dirigirlos a un hombre. Vamos, eso ni en broma. Tanto si fuera capaz de alcanzar tal belleza como si no, siempre tendría que referirme a una mujer. Es más, en mi caso, no podría caber duda alguna, porque, seguramente, hasta utilizaría su propio nombre y, desde luego, éste mismo -el nombre- para escribir un Soneto, no podría ser el de Tiburcia, Robustiana o Sinforosa -con el debido respeto a quienes así puedan llamarse aún- porque, para ser el sujeto amado de un Soneto de amor, hay que tener... otro nombre. Luis Madrigal.-
Clic en la imágen de arriba, para ampliar el texto del Soneto