Unas cuantas veces, al menos media docena, parecía que llegaba a Madrid la Primavera. Pero, no era verdad. Otras tantas, al poco tiempo, huía a los oscuros senos invernales, como si en ellos se hubiese aposentado ya para siempre. Esta vez, yo creo que no, lo espero apasionadamente. Es posible que el sol vuelva a nublarse en algún momento, o que llueva, pero la lluvia, cálida y vaporosa, servirá para vestir aún más luminosamente a las flores. A las más sencillas, a esas humildes flores del campo, que no se siembran, ni se riegan por la mano del hombre, ni nadie las poda, pero ellas se visten, tan sólo con el sol, y con el agua del cielo, de la magnificencia con la que no pudo hacerlo ni el Rey Salomón. Madrileños todos, los de Madrid y los que andáis por el ancho mundo: Ha llegado la Primavera a Madrid. Ahora, sí. No importa lo que digan los calendarios, ni "los hombres - o "las mujeres"- del tiempo". Incluso ni el propio vencejo de MAN, que ya es decir, en materia de anunciar la Primavera. Ese sabio Vencejo, anuncia la esplendorosa Primavera de MAN, que tiene que ser explosiva, pero no la mía. Mucho menos, eso en ningún caso, ese bastardo eslogan del Corte Inglés, que impúdicamente osa anticipar la Primavera, cuando lo que tan sólo le interesa es engrosar "la caja". La Primavera, tan sólo llega a mí, cuando la ven mis ojos. Y de ello, quiero dejar constancia:
¡POR FIN, LLEGÓ LA PRIMAVERA!
Una cálida ráfaga de viento,
unida al sol -a la ilusión unida-
presagian otro año la venida
de rosas y de lilas. Y al momento,
sin rasgo ni señal del polvoriento
y pedregoso Páramo, la vida
vuelve a encontrar la risa, ayer perdida
en el lóbrego invierno ceniciento.
Ya la hiedra, en la umbría se prepara
a trepar entre musgos el granito
hasta alcanzar aquel lugar, cual ara
de amor y de piedad. Altar bendito
donde una cruz de piedra ya repara
en que subir al cielo es infinito.
Luis Madrigal
Lamento mucho la vulgaridad de la música, pero es obligado, aparte de muy hermoso. OTROSÍ DIGO: que lo mismo procede respecto al cuadro que ilustra esta entrada como primera imagen.
"Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria".