jueves, 14 de abril de 2011

NOCHE OSCURA




UNA LUZ BRILLA EN LA NOCHE


Ya la noche es oscura... Una luz brilla,
se agita y parpadea en la distancia.
No es mucho su fulgor, mas siente el ansia
de ser, de otra más grande, la semilla.

Sabe muy bien que tiembla y que es de arcilla,
pero del Sol recibe la substancia
como la flor exhala su fragancia
y el trigo se acomoda en la gavilla.

Serena, sin temor, muestra el camino
y, en plena noche, alumbra al caminante,
mostrándole, muy claro, su destino.

No cesa de alumbrar ni un solo instante
con destellos de amor, fulgor divino
que hace de su ser luz, amor constante.



Luis Madrigal



 

miércoles, 13 de abril de 2011

LA SEMANA SANTA QUE VIENE Y VA...



La irrupción de Dios en la Historia por medio de su Hijo Jesucristo, nacido de una Mujer de nuestra propia raza humana. Mejor aún, dicho de otra manera, el por qué la Esencia se “accidentaliza” en un momento dado del tiempo y no en otro, desde la Creación del cosmos geobotánico, es un hecho tan absolutamente sobrecogedor y meta-histórico, aunque pueda datarse, que, racionalmente, resulta por completo incomprensible e inexpresable. Jesús de Nazaret, nace bajo el emperador romano Cayo Julio César Augusto, y muere bajo su inmediato sucesor, Tiberio Claudio Nerón. Con tan sólo una diferencia cronológica de 33 años, se van a producir los dos Acontecimientos más duros y difíciles de entender por parte de la mente humana. Ambos, meta-históricos y meta-físicos, resultan igualmente inviables al ser humano por vía racional. Ni se pueden explicar, ni se pueden entender.

Pero, acaso, con ser el primero de ellos  -la Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios-  el más racionalmente incomprensible y exorbitante, es el de la Muerte, cruenta y pavorosa del mismo Cuerpo  encarnado en Nazaret y nacido en Belén  -con su Alma, que se mostrará en aquel Monte “triste hasta la muerte”-  lo que puede causar una mayor y más incomprensible extrañeza. No pasa inadvertido para mí el hecho real y puntualmente repetido, desde siglos, de que fundamentalmente tan sólo en España, y en mucha menor medida en Portugal y en Italia, se celebre la Muerte del Redentor, a excepción prácticamente unánime de todos los demás países católicos occidentales, que no la silencian ni desconocen lógicamente en su Liturgia, pero que no la celebran. ¡Qué diferencia cabe observar en estas naciones, con respecto a la Navidad! No voy a referirme, superando con creces el “ascetismo” español hasta límites aún mucho más incomprensibles, a lo que sucede en Filipinas, las lejanas Islas del extremo oriente que deben su nombre a aquel gran Rey español siempre vestido de negro, como también sin duda sucederá en algunas naciones de nuestra querida América. Sin duda es “la raza”. Desde luego, los sucesos en tales fechas en Filipinas, dejan en la cuneta a los “empalados”, “descalzos”, "flagelantes" o “encadenados” españoles, y puede que también hispano-americanos, porque  en aquellas lejanas Islas, se producen verdaderas crucifixiones reales de seres humanos. No podría decir yo si ello se debe en estos casos a un “exceso” de fe, o si tal bárbara costumbre es una mera superstición, fanática y salvaje. Simplemente, no lo puedo comprender, aunque comprenda menos aún la postura de las Autoridades de la Iglesia católica, la Jerarquía y, quizá menos aún la de la Autoridad civil del Estado de Filipinas.

Sin embargo, a pesar de lo dicho, hay algo que me parece aún mucho más grave, en términos de fe religiosa, y desde luego por completo agobiante, paleto y nauseabundo en términos sociológicos: La ya inveterada costumbre de esta sociedad española, decadente y enferma si no ya muerta, que año tras año, con crisis económicas o sin ellas, celebra estas fechas atiborrándose de sol en las playas levantinas, comiéndose un cordero, la noche de vigilia entre el Jueves y el Viernes Santo y, en general dando por ahí saltos, entre “chiringuitos”, o tirada por los suelos en los aeropuertos, y cargada de maletas, bultos antiestéticos y niños que berrean. Nada que ver con lo que llamamos Semana Santa.  Peor que a los que crucifican de verdad en Filipinas. Luis Madrigal.-


CIUDAD DE FALSOS PAPAS Y... AUTÉNTICOS CRISTIANOS



¡Cristianos españoles, los que queden: Tomad ejemplo de nuestros hermanos franceses!. Desde luego, Francia le ha dado muchas tristezas a la Iglesia, pero también algunas grandes alegrías. Y esta es una de ellas. ¿Alguien se apunta por aquí? No tanto para ir a Avignon, donde ya no está el aragonés Pedro de Luna, legítimo Papa de la Iglesia, Benedicto XIII de Avignon, sino para marchar sobre Madrid, portando antorchas encendidas en la mano y fuego en el corazón. Luis Madrigal.-


AVIGNON POR LA CRUZ. Si usted hace click, podrá entererase. Tiene que saber francés, eso sí


domingo, 10 de abril de 2011

UN SONETO, YA CASI AL FINAL DE LA CUARESMA





Me lo contó el Apóstol San Juan, el Zebedeo:  (Jn. 11, 1-44)

Lázaro de Betania, estaba enfermo y... murió. Al enterarse, dijo Jesús a sus discípulos: "Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a ir a despertarlo". Dijeron aquéllos: "Señor, si duerme, sanará". Jesús, les dijo entonces claramente, sin ambigüedades, sin medias tintas, sin posturas diplomáticas, ni mentiras piadosas: "Lázaro, ha muerto". Tomás -cuesta creerlo, tan racionalista después-  tampoco tiene pelos en la lengua, ni miedo en el corazón, y dice a los otros: "Vayamos también nosotros a morir con él". Cuando ya se aproximan a la Casa de Betania, Marta, la hermana de Lázaro, no espera más, sale disparada al encuentro de Jesús: "Señor, si Tú hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano". Jesús, le dice: "Tu hermano, resucitará", y Marta responde: "Sé que resucitará en la resurrección del último día". El Señor, replica contundentemente: "Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, vivirá..." Y añade: "¿Lo crees tú, Marta?". Ella responde: "Sí, Señor. Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene a este mundo".

Yo, también lo creo firmemente, porque creo también en la infinita Misericordia de Dios y, por si fuera poco, en la intercesión de  nuestra Madre, la siempre Dulce Virgen María. Por eso, acabo de escribir, hoy mismo, este Soneto:


CUANDO YA NO SEAS NADA...
SERÁS TODO


Cuando se apaguen, ciegos, tus luceros;
cuando, sordos, se cierren tus oídos
y alrededor, los pávidos quejidos,
rasguen la noche y crujan los aleros.

Cuando el viento, los ayes lastimeros
lejos de ti se lleve, y los temidos
días de soledad, entre gemidos,
mil llantos y suspiros limosneros...

Ya no serás si no aire en el vacío;
voluta de humo que se va y no vuelve;
agua que no regresa... Como el río,

si corre entre peñascos, se revuelve.
De nada te valdrá ya tu albedrío...
Sólo una Voz que, en todo, nada envuelve.



Luis Madrigal






"La Resurrección de Lázaro"

Giotto di Bondone

(Vespignano, 1267 - Florencia, 1337)





DIÁLOGO MIRANDO AL PARNASO



 Si no lo entendí mal, a simple vista, desde que pude leerlo hace unos días, en el Blog "PLUMA ROJA", de mi buena amiga Aída Niederheitmann, un poema suyo, publicado en las últimas entradas, bajo el título de "VIGILIA", require , a mi modesto juicio, un tipo de contestación que, sin el menor ánimo de presumir yo de nada, no pude encontrar en los análísis que se hicieron a dicho poema. Es más, encontré alguno que, muy bien pudiera representar lo radicalmente contrario al espírítu, al sentimiento y hasta a la misma vital peripecia histórica que lo dió vida. Por ello, no he dudado en rendir un sincero homenaje a la autora de aquel poema, que espero pueda ser de su aceptación y agrado:


I

VIGILIA

No queda nada
ni aún la sombra que se evaporó
después de buscar sin encontrar.

Se retiró,
se perdió entre otras sombras
que le dieron abrigo,
la arroparon y desapareció
en los brazos
del último sueño.

Quedó aprisionada
en el laberinto
de la vigilia.


Aída Niederheitmann
Pluma Roja



II

AQUELLA SOMBRA, OTEA EL HORIZONTE


Todo quedó
de aquella sombra, fuerte,
apasionada.

Quedó su despertar y, en la alborada
de un nuevo amanecer,
halló la suerte.

¡No era un tímido aliento lastimero, no!
Era una sombra
que tomó su onda de la luz
y que luchaba
para llevar tras sí, el eco y la mirada,
el dulce amor, la dicha, el pan caliente.

¡Lastima, no…! La vista, al frente,
otea el horizonte donde duerme
el sueño que vivió.

Y aquí, en el suelo,
calcinado y reseco tanto lodo,
alguien vigila el laberinto
y, sin nada buscar, encuentra todo.


Luis Madrigal


A mi querida amiga,
la escritora guatemalteca, Aída Niederheitmann Lara,
Pluma Roja, alma fuerte, luchadora y eterna combatiente.
Aún después de la muerte



sábado, 9 de abril de 2011

¡DIOS, NO EXISTE...!



Lo había dicho mil veces:

         - Dios, no existe…

Lo decía en aquel Café, en el que el humo de los cigarrillos ocultaba a la vista casi todo lo que se hubiese podido ver, de no proliferar aquellas densas volutas, casi similares a las de una locomotora de vapor.

         - ¡Dios, no existe...!

         Lo había dicho más de una vez, golpeando al mismo tiempo violentamente, con el puño cerrado, sobre la vieja mesa de mármol, en la que tantas partidas de dominó se habían jugado. Dios, no existe  -repetía más calmadamente y con una sonrisa en los labios-  cuando, alguna vez, había ido a esperar a su ya anciana madre, a la misma puerta del templo en el que ella solía ir a Misa:

         - Pero, madre, ¿no te has fijado en que la más joven de todos esos carcamales que acaban de salir, eras tú…? ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que Dios, no existe…? Y con los avances y conquistas de la Ciencia, a los que decís que sí, os quedan a lo sumo cincuenta años para poder seguir diciéndolo.

         Un cierto día, al subir en unas escaleras mecánicas de una Estación del Metro, descomunalmente empinadas y de muy largo trecho de recorrido, uno de los tramos, de los escalones articulados que se embuten en el anterior, y éste en el siguiente, se encasquilló, produciendo un estruendoso y al mismo tiempo agudo chirrido. El movimiento de aquel artefacto electromecánico, se detuvo bruscamente, haciéndole volar, de espaldas, en dirección contraria a la marcha de la escalera, para estrellarse después con violencia, unos metros más atrás, e irse golpeando sucesivamente con todas las partes de su cuerpo contra aquellas duras y punzantes aristas metálicas. Cuando lo recogieron al pie de la escalera, telefonearon inmediatamente a una ambulancia de urgencia, que a golpe de sirena lo condujo a un hospital.

         Y pasaron días, con sus noches. Cuando despertó, vio frente a sí a un nutrido grupo de personas, mujeres y hombres, todos ellos vestidos rigurosamente de blanco, y todos también con una expresión de perplejidad y expectación marcada en sus rostros:

         - ¿Dónde estoy…?, balbuceó haciendo un esfuerzo y con gran dificultad, porque apenas podía mover los labios.

         El que le pareció llevaba la voz cantante, de entre aquel numeroso grupo  que le observaba, se adelantó a los demás, aproximándose a la cama articulada en la que él se encontraba rodeado de tubos, vías y sondas e, inclinándose sobre la cabecera, le dijo con la mayor suavidad y dulzura:

         - Estás en un Hospital, Alberto… Te caíste por unas escaleras del Metro, hace ya más de dos meses… Has permanecido en estado de coma casi todo ese tiempo… Ni siquiera  -añadió volviéndose hacia el resto del grupo-  aún podemos saber cómo has podido sobrevivir… Pero, no te preocupes lo más mínimo, porque lo que sí sabemos es que, gracias a Dios, ya te encuentras fuera de todo peligro…

         ¡Gracias… a Dios! Alberto, recordó entonces aquellas diabólicas escaleras y también que llevaba un paquete voluminoso en una mano, mientras el paraguas, porque era un día de lluvia, colgaba del brazo del lado opuesto. Volvió a vivir por un instante los terribles momentos en los que caía por las escaleras, chocando y rebotando contra ellas como si fuese una pelota… Se acordó también de su buena madre, que soportaba con resignación, y con el cariño propio de una madre, sus conclusiones acerca de la existencia de Dios, y que, cuando niño, le había enseñado el “Ave María”. Además, ella siempre le había insistido en que debía tener mucho cuidado con las escaleras, porque éstas eran muy peligrosas…

         Una lágrima, se le escapó de los ojos a Alberto… Se sumió después dentro de sí mismo en una honda reflexión, y, sin apenas advertirlo, comenzaron a moverse con soltura sus labios… Estaba rezando.


Luis Madrigal



A mi buena amiga, Isabel Martínez Barquero,
al celebrar con alegría  -no todo van a ser tristezas-  la concesión del
premio literario otorgado recientemente a uno de sus relatos cortos, y a quién me he esforzado en imitar, sin conseguirlo, desde luego, por lo que no aspiro a ningún premio. Me basta con su amistad.


La misma mención honorífica quiero dedicar por mi parte, a mis también buenas amigas Ángeles Hernández Encinas, y a su “Jefa”, como ella misma dice, la novelista Mercedes Pinto, de quiénes también recibo notable influencia. Con el ruego, a todas ellas, de que sepan disculparme.