viernes, 30 de diciembre de 2011

EN TIERRA CALCINADA




ME MUERO MIENTRAS VIVO


Me muero de tristeza, estando vivo...
¿Y si la muerte 
habita silenciosa en mi morada?
¿Dónde encontrar la vida,
si la suerte,
aciaga cambió el paso y la pisada?
¡No lloraré...!
¿De qué vale un lamento
que se pierde en el aire
y sólo vuelve
tan crudo y sin aliento, al caer la tarde?
Aquí he de respirar,
vivo y doliente,
mientras espero... nada.
Y, si la muerte
es todo lo que tengo,
al menos algo es mío...
Fui sólo un soplo ayer
y ya ahora vengo...
¡Y siento como ayer un hondo frío!


Luis Madrigal




jueves, 29 de diciembre de 2011

REZAN POR ELLA



YO, TAMBIÉN


He leído esta misma mañana, en el diario "El Mundo", de Madrid que, en la República Argentina, las iglesias, los templos, se han llenado de personas para rezar por la salud de la Señora Presidente de la República, Doña Cristina Elisabet Fernández de Kirchner (La Plata, 1953). He podido leer además que incluso han llegado a agotarse las velas y otras ofrendas, intercediendo ante Dios por su vida. Dios me libre a mí, que no soy argentino, de la tentación de inmiscuirme en los asuntos de una Nación, por muy hermana que sea la Argentina, organizada políticamente en un Estado independiente y soberano. Ni eso ni nada remotamente parecido a ello. Sí he de confesar, en ejercicio legítimo de mi libertad de expresión, que esta señora, como su difunto esposo, no fueron nunca personas objeto de mi admiración. También parece, afortunadamente, que la enfermedad que le afecta, aun siendo grave, no lo es tanto como para temer por su vida. Pero sí quisiera, desde este humilde rincón, decir muy brevemente algunas cosas. Concretamente tres: La primera de ellas, es la de ratificar una vez más mi sincera gratitud y profundo cariño hacia la Argentina, pese a algunos de los que, en un pasado no excesivamente lejano fueron sus dirigentes políticos, y tampoco quiero referirme con ello precisamente a los Kirchner. En segundo término, dentro de este sentimiento, en general, de cariño hacia la gran Nación Hermana, debo mostrar rotundamente, ante esta noticia, mi rotunda admiración por el sentido patriótico que une estrechamente a todos los argentinos, cuando se trata de eso, de su Patria. Y, por último, no quiero dejar de decir, simplemente, que yo también me uno a todos los que rezan. ¡Es curioso...! En ocasiones como esta, siento la tentación de no hacerlo, si me paro a pensar en tantas otras personas, algunas tal vez del mismo nombre, de otras muchas "Cristinas" como en este mismo momento pueden padecer, en la Argentina y en el mundo, no la misma enfermedad, sino acaso otras más graves y cruciales. Aun así, la mejor receta no es la de olvidarse de quien sufre, por ser conocido o popular, sino la de acordarse de todos los demás, por absoluta y necesariamente desconocidos sean. Precisamente por eso, y por la misma razón, yo también rezo por ella. Luis Madrigal.-




 

miércoles, 28 de diciembre de 2011

RESPLANDECE EN EL CIELO




EL FULGOR DE UNA ESTRELLA
 

Cuando se muere el sol, nace una estrella
que brilla allá en lo alto, transparente.
Alumbra el caminar y, refulgente,
disipa la tiniebla… Ya destella,

ya tiembla en su fulgor, y sólo ella
ilumina mi paso y mi presente,
pese a estar siempre lejos, siempre ausente,
mas, al caer de la tarde, siempre bella.

Me embelesa mirarle. Ella me mira,
pero su rayo, apenas mortecino,
no alcanza mis pupilas. La mentira

nunca está en las estrellas. Y el andino
reflejo celestial se apaga y gira.
Deja al humano ser por el divino.



Luis Madrigal
 
 
 
 
 

EL EMMANUEL, SE LLAMA JESÚS




DIOS CON NOSOTROS


Muchas personas, con sentido religioso de la vida, o con una mera instrucción al respecto, saben que Emmanuel, es también el nombre de Jesús, no tanto del que “acaba de nacer” en Belén, hace unos días, sino del que nació hace ya 2011 años, porque, lo que cada año celebramos por estas fechas, es tan sólo el cumpleaños  -en la medición convencional que los hombres han dado al tiempo-  del Acontecimiento más racionalmente  incomprensible a la mente humana, el de la irrupción de Dios en la Historia. A ese Dios, el profeta Isaías, alguien que nació, a su vez, unos 750 años antes, le llamó Emmanuel, cuando escribió: “Pues bien, el Señor mismo va daros una señal: Mirad, una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, al que pondrá por nombre Emmanuel” (Is., 7, 14). Isaías llama así, Emmanuel, al que liberaría a Judá del peligro que suponía la amenaza de los reyes de Siria e Israel y buscaba el consentimiento del rey Ahaz para que permitiera a Dios guiarle en su gobierno. No se sabía exactamente cuándo nacería el niño, que según Isaías representaba la protección de Dios, o Jehová, pero las investigaciones han revelado que Isaías se refería al Mesías, al Cristo que también era llamado el Emmanuel. Sin embargo, a ese mismo Niño, el evangelista Mateo, aunque en principio le llama de la misma manera, e incluso traduce el significado de esta manera de llamarle: “Vez que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa:´Dios con nosotros´”, (Mt. 1,23) tan sólo dos versículos después, parece contradecirse, al escribir: “Y no la conocía hasta que ella dio a luz a un hijo, y le puso por nombre Jesús.  ¿En qué quedamos, pues? Ese Niño, ¿se llama Emmanuel o se llama Jesús?

Los lectores de la Biblia que posiblemente poseemos una fe “atea” y, sobre todo los ateos que leen la Biblia para afirmar con mayor rigor su ateismo, podemos ver en ello una total contradicción, que contribuya a entibiecer más nuestra escasa fe o a corroborar y robustecer la total falta de ella. Y sin embargo, no hay contradicción alguna, porque el nombre que anuncia Isaías (Emmanuel) es el nombre profético de Cristo, en realidad más que un nombre es una función o cualidad divina, mientras que Jesús, es el propio nombre personal del que viene a encarnar y cumplir esa función. No, no puede haber ninguna contradicción, porque si Emmanuel, significa “Dios con nosotros”, Jesús no quiere decir otra cosa, sino “Yahvéh es la salvación”. Es decir si Dios, ha bajado para estar con nosotros, es porque Él  -tan sólo y únicamente-  es nuestra salvación, el que puede librarnos de todos los males de la existencia, temprano o tarde, de todos los riesgos y peligros que nos acechan. Y por eso, dice San Jerónimo, que “Emmanuel y Jesús son nombres que significan lo mismo, no al oído, sino al sentido”.

No hay que albergar la menor duda por tal motivo. Sin embargo, en lo que sí es urgente penetrar es en las consecuencias, en los efectos de que Dios se haya abajado, se halla hecho uno de nosotros, tomando nuestra misma naturaleza, para poder estar con nosotros y entre nosotros. Esto es lo esencialmente vital y lo que, en consecuencia, ha de movernos con energía a encontrar la exacta definición de Dios, tal vez fuera de los tratados de Apologética, de la Summa Theológica tomista o de cuantas otras dimensiones o entidades se ofrecen a los humanos de esa substancia, causa radical de todas las causas, principio sin principio; el ens realissimum, que mucho antes que Kant   -hay un “hombre divino” que llevamos dentro, con el que nos comparamos y a la luz del cual nos juzgamos-  buscaban ya los filósofos pre-socráticos. De ese “Logos” que era en el principio, para un griego de Patmos, en el siglo I de nuestra era y, que, tal vez, desafortunadamente, San Jerónimo tradujo en la Vulgata por “Palabra”. Desafortunada traducción sin duda, porque el “Logos” era y es mucho más que la “Palabra”, con ser esta la maravilla que nos hace penetrar unos en otros. El “Logos” era la explicación coherente de todas las cosas, tanto de las materiales como inmateriales, de la física y de la meta-física. De todo cuanto ha sido creado, y muy especialmente del misterio del hombre.

Por este motivo, cada vez estoy yo más convencido de que difícilmente puede definirse mejor a Dios, que casi con las mismas palabras que el dramaturgo español Alfonso Sastre  -un comunista y en consecuencia un ateo, aunque tampoco necesariamente-  pone en los labios de uno de sus personajes, el central de la pieza, el protagonista, el Profesor Jacobo Parthon, en su tragedia “La Sangre de Dios”, drama dedicado a Sören Kierkegaard, al inspirarse en su “Temor y temblor”. Cuando otro de los personajes, Luis Opuls, su antiguo alumno de la Universidad, le pregunta si acaso Dios no es un “algo distinto, lo absolutamente otro; algo extraño y desconocido…, inmóvil, imperturbable, inmutable… Algo que no cambia ni se estremece; algo sereno y quieto, invisible, ajeno a todo el torrente del dolor humano, ese torrente que lleva fango y sangre, que arrastra cadáveres de niños, y en el que se oyen los gritos de los alcohólicos… Algo inmóvil, ajeno, desconocido… ¿No es así Dios?... Algo que no habla, que no responde. ¿Escucha las oraciones de los creyentes?”… Cuando se producen tales preguntas, Parthon replica con firmeza: “No. No es eso Dios. Sí habla… Hay que saber escucharle… Claro que oye… Llora con nosotros. Sufre y vacila por las calles con el último alcohólico, y su cadáver es arrastrado entre los cadáveres de los niños… No, no es el otro, no es extraño y desconocido…”

¡Que hermosa definición de Dios…! Porque, en efecto, si Él está “con nosotros”, es uno más de los nuestros. Y, desde luego es para todos, pero quiero pensar y creer que mucho más, preferentemente, para los más pequeños, los más pobres, los más desvalidos y solos de la tierra. Los que sufren y se arrastran entre la miseria, la angustia o la enfermedad. “Dios con nosotros” no pude significar otra cosa sino que todo, absolutamente todo lo humano, es al mismo tiempo divino y, en consecuencia, nada de cuanto afecta al hombre puede resultar ajeno a Dios. No sólo eso. Él no es objeto de utilidad, porque nada necesita de sus criaturas. Cuando crea, lo hace tan sólo por su propia gloria y por amor. Consagrarse a Dios, no puede ser por tanto, solamente, prestarle el culto de latría que como Creador merece, sino hasta, lejos del incienso de los altares, de la intimidad de las clausuras o de la presencia ante los sagrarios, consagrase al hombre que sufre y padece sobre la tierra. Para que, en medio de la tribulación y el dolor, no llegue nunca a perder la esperanza. Luis Madrigal.-
En la imagen de arriba fragmento de la Summa Theologiae
 

sábado, 24 de diciembre de 2011

A TODOS LOS QUE HOY LLORAN




LLANTO DE NAVIDAD


Tan sólo eres un Niño, y ya penando
vienes a un mundo cruel, que sufre y llora;
que convulso se agita y de Ti implora
la justicia y la paz que está esperando.

Perdona, Jesús mío, si gritando
yo mismo, al hombre, esclavo quiero ahora
en vez de hermano, en lucha arrolladora,
y, a tu amor  -tanto odio derramando-

se impone mi egoísmo, que al que pena
ni miro, cuando pasa, aquí a mi lado,
trenzando con mi mano la cadena.

Ardiente, torna en Ti mi pecho helado
y, por amor, evita la condena
de ser de nuevo, en él, crucificado.




Luis Madrigal




Madrid (España)

Navidad, 2011








ESTE HUMILDE BLOG
FELICITA
LA NAVIDAD
A CUANTAS PERSONAS, ALGUNA VEZ,
SE HAN ACERCADO A SUS PÁGINAS,
CON EL HONDO DESEO DE QUE
EL NIÑO DIOS NAZCA EN SU CORAZÓN.

CREYENTES O NO,
DIOS NACE PARA TODOS
  
 

viernes, 23 de diciembre de 2011

EL VIENTO ME DEJÓ UNA ROSA




YO NUNCA LA BUSQUÉ



Yo nunca te busqué… Te trajo el viento,
que soplaba aquel día
más suave que la brisa, quieto y dulce.
Melodioso, anhelante. Eso era todo
-además de vivir-  cuanto tenía.
¿Vivir? ¿Vivía acaso?
Estaba solo, mientras me inundaba la paz
y huía de mi alma la alegría.
Los días, eran quietos, sosegados,
y a las noches seguía la alborada…
Después, la paz se fue… Ya no quería
flotar en el letargo de la nada;
danzar sin escuchar la melodía
que escuchaba, sin saber acaso
que un día por su amor me moriría.
Quise alcanzar la flor… Era una rosa rubia,
como el color del oro,
la más bella que había visto al paso.
Pensé, quise creer, que la tenía.
Mas, no era así… Al declinar la tarde,
los pétalos murieron, heridos por el viento,
-¿tal vez el mismo que la trajo?-
o la lluvia, que empapa las esquinas.
Hasta el cielo volaron y, al momento,
dejaron en la tierra las espinas.



Luis Madrigal





jueves, 22 de diciembre de 2011

TOMA SU VIDA, HAZLA DE NUEVO...




YO, AQUÍ ESTARÉ



Este pleno vacío, este ansia loca
que arrastra en su corriente un loco río
desbordado de amor... El desvarío
de mi mente, que sueña con tu boca...

No acierta a comprender cómo una toca,
sobre tus sienes, quiera tu albedrío
-para colmar mi Invierno de más frío-
sienten tus manos, cual si fueses roca.

Si así ha de ser, y es el Amor quien llama
para colmar de Él a un mundo hambriento,
bendita sea la Voz que por ti clama.

Yo, aquí estaré, tan pobre y harapiento
que algo he de recibir, aun hecho un drama
mi corazón hundido y ceniciento.




Luis Madrigal