lunes, 25 de junio de 2012

¿QUÉ ES VERSO?



EL VERSO. ¿QUÉ ES VERSO Y QUÉ NO? ELEMENTOS ESENCIALES DE LA VERSIFICACIÓN CASTELLANA

Luis MADRIGAL


Todo el mundo, o una buena parte de él, habla frecuentemente de “verso”, o de “versos”, pero creo que se pueden encontrar razones y fundamentos serios para afirmar que muchas personas, bastantes, no saben qué es exactamente un verso, aunque les parezca saberlo. ¿Qué se debe entender por “verso”? ¿Cuál es el concepto esencial de verso? ¿Qué es y qué no es un verso? Porque, no toda línea, debajo de la cual se escribe otra, en sentido vertical, dejando entre ambas un espacio en blanco, constituye un verso, por mucho que algunos se empeñen reiterativamente en ello, porque el verso no es la línea, ni es por tanto, una línea, ni cada línea de las que encierran o delimitan los espacios en blanco, dentro de un texto literario que pretende estar escrito “en verso”. Podrá ser Poesía, y hasta pura lírica, y no ya solamente un texto expositivo, épico, narrativo o cómico, pero, desde luego, verso, no puede ser, si no alcanza las notas o elementos esenciales que constituyen la versificación. Al menos, la versificación en castellano.

La falsa tendencia a entender por verso lo que acabo de decir que no lo es (ni podrá serlo nunca en lengua castellana), tiene una explicación puramente etimológica, por la razón de que, en latín, “versus”  hace referencia a los surcos del arado en sus movimientos de ida y de retorno. Así, pues, cuando yo escribo una línea, de la extensión que sea, y sitúo después mi pluma en el extremo inverso para iniciar el comienzo de otra nueva línea, no ya por eso estoy escribiendo versos, ni por ello en verso. No sólo por eso. Esta restricción del concepto de verso, tan tajante, o su definición en sentido negativo, desde luego tiene algunas excepciones. Pero, eso ya lo veremos. En principio, para construir versos, digamos versos “regulares”, y no “irregulares”, son necesarias algunas cosas más.

En sentido riguroso y al mismo tiempo exacto, Verso es un conjunto de palabras, sujetas a medida y cadencia, según una regla fija y determinada. Eso es verso. Ya veremos después si eso priva o no de “libertad” al que trata de elaborarlo; si puede o no hacer que alguien se sienta “prisionero” de las reglas. Tal vez, como cualquier otra habilidad o destreza, como jugar al tenis o conducir un automóvil  -sobre todo si se trata de un “Fórmula 1”- la composición de versos, que verdaderamente lo sean, comporta o exige determinada aptitud  o capacidad. Esto, sin duda es así, pero, de concurrir un mínimo de tal destreza, voy ahora a sostener por mi parte la afirmación de que es falso el argumento según el cual las reglas, las formas rígidas, “aprisionan”. Porque en absoluto eso es cierto, sino más bien, todo lo contrario. Más bien lo que sucede, y sucede de una manera dulce y naturalmente armoniosa, es que, cuando la “melodía” llega a través del éter al que trata de componer un poema en verso, el propio sentimiento que se desea expresar busca del modo más natural  -casi “biológico”, podríamos decir-  el cauce instrumental más adecuado, dentro de cada una de los diversos tipos de verso y de estrofa, como el agua de los arroyos busca a los ríos.

En el frontispicio del Blog de mi colega María Bote (mariabotebote.blogspot.com.es/), se alzan las palabras del poeta y ensayista británico, nacionalizado estadounidense, Wystan Hugh Auden (Londres, 1907-Viena 1973): “Bienaventuradas las reglas de la Métrica que anulan las respuestas automáticas, nos fuerzan a pensar dos veces y nos liberan de los grilletes del ´yo´”. Así, pues, más bien, las reglas “liberan”, mucho más que aprisionan. Yo, estoy de acuerdo con Auden, y por supuesto también con María, como también lo estoy con nuestra colega en el cultivo de la Poesía y amiga común Francis Quintana (paquiquintanavega.blogspot.com.es/), y con la abulense, residente en Cataluña, Candela Martí (delovividoylosonado.blogspot.com.es/). A las tres sigo con interés desde hace ya algún tiempo, en sus respectivos Blog y remito a los mismos en el mío propio. No es cuestión de “partidismo” alguno. Naturalmente, también sigo y admiro a otras poetisas y poetas que no siguen las reglas métricas, que no escriben propiamente en verso, y sin embargo alcanzan altas cotas de lirismo. Pero de esto también diré algo, en su lugar adecuado, dentro de esta exposición teorética que me propongo efectuar sobre el Verso en sus más diversas y amplias dimensiones. A tal fin, proyecto dedicar al menos las mismas entradas que ya dediqué hace algunas fechas, a la otra gran estructura del lenguaje, la Prosa. Y pido disculpas a quiénes posiblemente hayan podido encontrar aquéllas y puedan encontrar éstas dos veces, ya que también se han publicado y publicarán en otras Páginas de Literatura hispánica, de España y de América.

He aludido ya, anteriormente, a “cada uno de los diversos tipos de estrofa”. Y sin duda he hecho muy mal, porque todavía no he dicho qué es lo que es preciso entender por estrofa. Y sin embargo, aún es pronto para ello. Antes, a su vez, es necesario desgranar otros muchos conceptos, dentro de un orden, de un esquema conceptual que pretenda ser lógico, para que pueda ser comprensible con total y absoluta nitidez. Pero, siguiendo y enlazando con las palabras de Auden, he de decir que por Métrica, hay que entender el estudio de las distintas clases de versos por razón de su medida. Y no sólo por esto. En primer lugar, es el Metro el que determina la clase de cada verso, dentro de las diversas medidas. Y la unidad de medida es la sílaba. Pero, en sentido más amplio, la elaboración del verso ha de verse sometida a la presencia de otros elementos. Y, en este sentido los cuatro elementos que, en mi opinión, componen la versificación castellana son los siguientes:
          
1. El número de sílabas de cada verso, en cuanto guarda proporción con el espacio de tiempo que se tarda en pronunciarlas. Por sílaba, en principio, hay que entender lo mismo que en Gramática (sonido que puede pronunciarse con una sóla emisión de voz, o más exactamente, “sonido o sonidos articulados que constituyen un solo núcleo fónico entre dos depresiones sucesivas de la emisión de voz”), aunque con determinadas excepciones, o licencias, a las que me referiré más adelante. Pero, este primer elemento, guarda ya una íntima relación con la Música, que en sentido técnico no es otra cosa sino el arte de medir y combinar los sonidos con el tiempo.

2. El acento rítmico. Es el acento propiamente constitutivo del verso. Porque, no se trata del acento gráfico, o tilde, consistente en  la rayita oblicua que baja de derecha a izquierda (´), y que es el acento ortográfico, ni tampoco del acento prosódico, consistente en conferir un cierto relieve a la pronunciación, sino en dotar al verso de esa cadencia, o ritmo, a la que anteriormente me refería, y cuya función esencial es la de que un verso, en combinación con los demás, adquiera un tono preponderante, o de dominación, en virtud de este tipo de acento, llamado también por este motivo, acento dominante y, a la sílaba o sílabas tónicas portadoras del mismo, sílabas de acento dominante. Y así como no puede existir una palabra sin acento prosódico, tampoco es posible formar un verso sin su acento rítmico.

3. La cesura.  La cesura es una pausa, entre las dos partes en que se divide el verso, llamadas hemistiquios. Esta pausa, apenas perceptible, contribuye de modo notable a incrementar el efecto del acento rítmico, para alcanzar la máxima armonía del verso. Casi todos los versos castellanos, admiten cesura, aunque otros no la admiten, ni tampoco es necesario que la haya siempre. Por otra parte, generalmente, no puede existir cesura entre adjetivo y nombre o bien entre nombre y artículo. Aportaré un simple ejemplo de cesura, tomado del Libro de Alexandre:

Primer hemistiquio:               Segundo hemistiquio:

El mes era de mayo           /          un tiempo glorioso
cuando fazen las aves       /          un solaz deleitoso.

Y otro de Rodrigo Caro, en “A las Ruinas de Itálica”:

Cámpos de soledad /        mustio colládo

Fácilmente puede observarse que los versos de mayor medida, resultan mucho más accesibles a la cesura, como sucede en el primer ejemplo, en el que son de 14 sílabas, o alejandrinos; y también en el segundo, en el que el verso endecasílabo es sin duda de los más apropiados a la introducción de aquélla.

4. La Rima.  Como puede observarse, este último elemento, de indudable transcendencia en el verso rimado (porque ya veremos que hay otro tipo de verso, sin sujeción a rima), es sin embargo el último que se señala, con la deliberada intención de poner de relieve que, aunque la rima es importante, no lo es tanto como se cree, y por ello, antes de estar pendiente de ella, es preciso prestar atención a los tres elementos anteriormente indicados. Sin la rima, desde luego, no puede haber verso rimado, por propia definición, pero sin medida (idéntica o no en todos los versos) y sin acento rítmico -aunque no siempre sin cesura, como ya he dicho- no puede haber verdadero verso. O al menos, verso “regular”, aunque también quepa construir, como se verá, versos “irregulares”, o “impropios”.

A estas cuatro notas, o elementos, yo me permito añadir  -es una idea exclusivamente mía, no pretenda nadie encontrarla en ningún tratado al respecto-  una nota más. Es esta, la relativa al máximo número de sílabas de las que puede constar un verso, porque parece muy claro que, en ningún caso, un mismo verso pueda tener, por ejemplo, cien, quinientas o mil sílabas, ocupando sobre el papel una superficie lineal de 100 metros, por ejemplo. Entre otras cosas, no habría soporte que lo permitiese. Me refiero al mismo verso, a un único verso. Por eso, se habrá de estar de acuerdo, necesariamente, en que todo verso ha de tener un máximo número de sílabas, del mismo modo que también un mínimo. Pero, habrá que fundamentar la razón, el por qué esto tiene que ser así, tanto en cuanto al mínimo como en cuanto al máximo número de sílabas, aunque esto último fundamentalmente ya lo hemos hecho. De momento, queda planteada la cuestión, que prometo abordar, más adelante, en su lugar oportuno. 

En sucesivas entradas, dentro de esta misma serie, dedicada al Verso, me propongo exponer y analizar no sólo estos cuatro  -que, tal como ha quedado planteada la cuestión, en realidad son cinco, desde mi particular punto de vista- elementos esenciales de todo verso regular, sino también otros artificios, mecanismos o figuras de la versificación; las posibles licencias para alcanzar la medida del verso, asi como las clases de éstos, por razón del número de sílabas; el concepto de estrofa y la estructura combinatoria de los versos y de la rima, hasta construir un tipo u otro de las muy diversas clases de estrofa, con indicación de su propio nombre, atendiendo, a su vez, a una u otra posibles clases de rima, o a la falta de ella en determinados tipos de verso. Y, como según se dice la mejor forma de demostrar el movimiento es andando, también aportaré, con la mayor modestia, algunas muestras de mi propio Verso, aunque creo, en este humilde Blog, son ya conocidas desde hace algún tiempo. Ya dije aquí también, no hace demasiadas fechas, en una de las entradas dedicadas a la Prosa, que si bien mi madre me recomendaba con cierta guasa no rotular el forro de aquel libro de Oscar Wilde, como “Verso y Prosa de Luis Madrigal”, desde aquel día no he dejado de pensar en poder hacerlo.Mi más cordial saludo hasta entonces y siempre, queridos amigos de la Poesía en Verso.

viernes, 22 de junio de 2012

INTRODUCCIÓN AL VERSO



EL VERSO. LA PRECEPTIVA, COMO ELEMENTO DE LA ESTÉTICA LITERARIA

Luis MADRIGAL


Estoy concluyendo una serie de entradas sobre el Verso, de un modo similar a lo que ya hice anteriormente acerca de la Prosa. Y quisiera ir también publicándolas en este humilde Blog. Pero, antes incluso de referirme al verso como estructura lingúística, me parece oportuno, a modo de Introducción, formular unas tímidas reflexiones acerca de la belleza, de la estética, en general. Como cualquier otro concepto, la belleza, su obtención y contemplación, ha de regirse o acomodarse a ciertos criterios, a determinados módulos  -estándares, se diría en la industria- o más bien cánones, en el ámbito del Arte y las Humanidades. Esto es  -aunque suene a falta de libertad-  a ciertas reglas o normas. A determinados preceptos. De ahí el nombre de Preceptiva atribuido tradicionalmente a ese conjunto o sistema de normas cuya finalidad es la sujeción a las mismas de cualquier actividad artística creadora, con el fin de procurar la obtención de la belleza. Esta última, todo lo que se puede decir es bello, tanto en la Naturaleza como en el Arte, necesita una explicación, pese a que el filósofo italiano Benedetto Croce, afirme que el arte es pura intuición. Pero, aunque así fuese, aunque el arte sea siempre intuición, no toda la intuición es siempre arte. En consecuencia, se necesitan unos parámetros, unos criterios objetivos, reglados, unas referencias formales, para que la belleza surja y sea reconocida como tal, para que todo el mundo pueda decir, esto es bello y esto no lo es. En el caso de la palabra, y de la palabra escrita, el instrumento, podríamos decir, que se ocupa del estudio de esas formas de lenguaje, a través de las cuales puede obtenerse la belleza, se denomina Preceptiva literaria, y su finalidad es la de ser un elemento auxiliar de la Estética, que, a su vez, es la ciencia que, en general, estudia la belleza. Esto es, una Preceptiva para una Estética. Literarias ambas, como la Música, la Pintura, o cualesquiera otra de las Artes, disponen también de sus correspondientes Preceptivas.

En lo que concierne a la palabra escrita, hay algunas personas, no sé si muchas o pocas, ni si las más o las menos, a quienes en todo caso gusta escribir, ya sea en Prosa o en Verso, sobre todo en esta última estructura lingüística, y que pretenden hacerlo tan sólo por eso, porque les gusta. Y, ciertamente, eso es ya importante. Sin gusto, sin afición, no se puede hacer ni ser nada, porque el espíritu es siempre el que prevalece sobre la letra. Sin embargo, para alcanzar lo que, en los términos más objetivos posibles, suele llamarse el arte, la belleza, no basta con la afición; en este caso con la afición a la palabra, con el gusto de escribir. Sobre todo, si se trata de escribir versos, o en verso. Hay que contar con otros ingredientes, si se quiere auxiliares, o instrumentales como ya he dicho, pero, según a mi me parece, en todo caso indispensables, imprescindibles. Tratar de escribir Poesía en verso, por ejemplo, aunque esencialmente ésta sea la expresión del sentimiento, tan sólo con éste, con el sentimiento, es como tratar de componer y escribir una Sinfonía, sin conocer, no diré ya la Armonía, el Contrapunto, La Fuga, la Orquestación y la Dirección de Orquesta, sino tan siquiera el Solfeo. En el ámbito del Arte, ya Leonardo ideó lo que se conoce como el “canon de la belleza”, o bien el “canon de Da Vinci”. Es el hombre de Vitruvio, que trata de concretar y definir las proporciones perfectas del cuerpo humano. Marco Vitruvio Polión, fue un arquitecto, ingeniero, escritor y tratadista romano del siglo I, a.J. e, inspirándose en él, Da Vinci elaboró el famoso dibujo, juntamente con unas notas anatómicas, sobre la figura humana masculina, en abstracto.

 
 También en lo que se refiere a la figura humana en concreto, han existido los consiguientes paradigmas. Antínoo y Cléo de Mérode, fueron tenidos durante largo tiempo como los cánones de la belleza masculina y femenina, respectivamente.

En todos los órdenes, existen preceptos o cánones. Incluso en el seno de la sociedad civil, lo que se tiene o estima por atractivo, lindo, bonito o armonioso, es lo que esa misma sociedad así lo considera convencionalmente. Pero, en materia de belleza literaria, tampoco esto puede ser exactamente así, salvo que hubiésemos de admitir la similitud con lo que, en el orden más pragmáticamente tosco, se tiene de la virtud de la Justicia para muchos: “Justo es lo que me satisface o beneficia, e injusto lo que me incomoda o perjudica”. Pero no es eso lo justo. De la misma manera, cada cual podría pensar, “esto es bello porque me gusta a mí, y esto otro no lo es porque a mí no me gusta”. Y eso, tampoco puede ser. Mucho menos aún puede ser en lo que atañe a la Poesía, ni tampoco a la estructura lingüística más propia de ella, el Verso.

La palabra poesía proviene del término latino “poēsis”, que a su vez deriva de un concepto griego. Se trata de la manifestación de la belleza o del sentimiento estético a través de la palabra, ciertamente  -como se ha dicho-  ya sea en verso o en prosa. De todas formas, su uso más habitual o extendido se refiere a los poemas y composiciones en verso, que es la estructura lingüística más adecuada a la expresión de ese sentimiento, lo que tampoco quiere decir  -como ya he manifestado-  que el mismo no pueda ser expresado a través o por medio de la prosa. Se conseguirá o no esto, ese embeleso, o esa embriagadora sensación que produce en el alma todo lo bello, en la misma proporción en que se tengan en cuenta y apliquen las correspondientes normas de Preceptiva que disciplinan el verso. Aún así, no todo aquel que hace versos, es un poeta, aunque los versos, en cuanto tales, sean perfectos. Será entonces un “perfecto versificador”, pero no, sin más, un poeta. Y se puede ser mejor o peor “versificador”, pero no es posible ser mejor o peor poeta, casi de un modo análogo a ser imposible estar “algo” o “un poco o un mucho” muerto. Se está muerto, o no. De modo similar, se es o no poeta.

Una vez dicho lo que antecede, ciertamente, en realidad, resulta sumamente difícil definir el concepto esencial de Poesía. Los análisis críticos, o teoréticos, las posibles definiciones, se han sucedido a lo largo del tiempo, y todo el mundo recuerda el verso de Gustavo Adolfo Bécquer, “Poesía, eres tú.” Eso es muy poético, ciertamente, pero no puede ser aceptable como auténtica definición de lo que es la Poesía. Hablo de un género, no de ninguna especie, porque Poesía no son “las poesías”, así llamadas también en el sentido más vulgar, cuando siempre debería decirse “los poemas”. ¿Qué es, pues, la Poesía, ese arte del sentimiento a través de la palabra? ¿Cuándo algo puede ser propiamente poético y cuándo no? ¿Cómo se sabe? ¿cómo se mide, analiza o determina? ¿Es posible la determinación objetiva de lo que es Poesía? Me parece inútil zambullirse en esos ríos de tinta que, a través de las distintas épocas, han corrido por el mundo, tratando de aislar y “aprehender” tal concepto, a veces casi como inseminándolo “in vitro”, o tras practicar una especie de “operación cesárea”, para sacar a la luz su esencia. Me parece sin embargo, por otro lado, que ello no es tan importante, no es transcendental, ni mucho menos, porque, de alguna manera aproximada, aunque quepan matizaciones, todos estamos de acuerdo en lo que eso es. No voy yo a inventar ahora, por tanto, ninguna posible especie de definición, pero, para mis adentros, siempre he creído, y he entendido por tal, por Poesía, el arte de expresar el sentimiento, mediante la palabra escrita, con el deliberado propósito de crear belleza. Y ya sabemos que esto puede hacerse, o tratarse de hacer, tanto a través del Verso como de la Prosa. Sin embargo, en cuanto a esta última, creo yo, o a mí me parece, las reglas, los preceptos, ni pueden ser ni son tantos. Ni por otro lado (aparte de las normas estrictamente sintáctico-gramaticales, que también es preciso observar en el verso) revisten la entidad, o si se quiere la complejidad y premeditada finalidad, que preside a las normas que rigen o disciplinan la elaboración del verso. Desde el propio concepto, a su vez, de tal  -esto es, el modo de responder a la pregunta qué puede ser “verso” y qué no- que, aunque aparentemente parezca muy sencillo, perceptible e identificable, responde a la concurrencia de determinadas notas o características componentes, hasta la consideración de su estructura interna, sus elementos, sus clases y, muy en general, cuantas otras cosas cabe decir del verso y de la técnica para elaborarlo, la versificación. 

Común, en cambio, a ambas estructuras poéticas  -el Verso y la Prosa-  son otros conceptos asimismo de fácil explicación: el lenguaje poético y el lenguaje figurado, en la expresión literaria; los conceptos de imagen y de metáfora, muy ligados entre sí, pero a su vez distintos, y también el concepto de estilo y de las clases de estilo, cuestión esta última de menor relevancia, pero también significativa, desde la misma Retórica de Cicerón  -el stylus seus genus dicendi-  que llega a alcanzar con Buffon, ya durante el siglo XVIII, un sentido verdaderamente propio, tras su famosa y lacónica frase: “El estilo es el hombre”. De todos estos conceptos y figuras quisiera ocuparme en una próxima o próximas entradas. Sin duda, necesitaré hacerlo en más de una. Mi más cordial saludo, amigos. Espero no molestar tampoco a nadie.

sábado, 16 de junio de 2012

NO GIME EL CORAZÓN




HE HALLADO LA CALMA


No gritan mis arterias… Ya dormidas,
encontraron la calma y el consuelo
sin mirar a la tierra… Sólo al cielo
y a las hojas de Otoño, ya caídas.

Se cierran lentamente las heridas
que el fuego del amor abrió en su anhelo
de tenerte conmigo, sin el velo
que ocultaba tus rosas florecidas.

Y, entre espinas, como las mariposas
danzan en Julio entre los rosales,
quiero creer que luces más hermosas

pueden cegar tus ojos… Y abisales
simas, que en mí se abren como fosas,
sepultar al final todos mis males.



Luis Madrigal



sábado, 2 de junio de 2012

PROSA POÉTICA (XVIII)



MUERE LA FLOR APLASTADA


Nace la flor, temerosa de morir antes de que el sol la alimente y la lluvia la engalane. Tiene miedo, sobre todo, a que algún furioso y violento huracán, desmelenado, la derribe del árbol en que nació, para morir aplastada por la brutal pisada de algún energúmeno al paso. Nace ya con la honda pena de que su aroma no llegue a perfumar el aire, plagado de humos nebulosos, contaminantes y tóxicos. Le duele que los niños crucen inadvertidamente el sendero del Parque sin reparar en su presencia, festiva y cromática, obnubilados, a su tierna edad, por esa barbarie de dar puntapiés a nada, aunque se trate de una pelota. Siente la crueldad de que los hombres asusten y ensombrezcan a sus nacientes e ingenuos pétalos, con los gestos y alaridos que llaman a la bestia a arrasar cuanto a su paso encuentra. No sólo aquel banco de madera, acribillado a cuchilladas, como mordiscos rabiosos para arañar el alma, y que el alma recibe en lo más hondo… Como si un ser atávicamente lombrosiano hubiese bajado de los árboles ayer mismo y se moviese a grandes saltos, hurgando en sus axilas y percutiendo los puños sobre su pecho… No sólo aquel banco, que sirve de reposo al caminante cansado. También una pared, inmaculadamente blanca, sufre la embestida del salvaje instinto animal… Y, en aquella encrucijada tan mal iluminada de noche, ha ardido un contenedor de papel, que eleva sus llamas voraces al cielo, mientras la bestia se regodea, contaminando aún más el aire, asesinando al silencio de la noche, para que aquél se haga definitivamente irrespirable y los oídos ensordezcan para siempre. Ya no podrán ser sensibles al melodioso eco de una música, que llega desde lo lejos y, casi seguramente, nunca más se volverá a oír.


Luis Madrigal

Madrid, 22 de Marzo de 2012
O cualquier otro día, generalmente al anochecer




viernes, 1 de junio de 2012

PROSA POÉTICA (XVII)




DICEN QUE HA LLEGADO LA PRIMAVERA


Baja de nuevo la bruma, filtrándose entre los árboles que jalonan el cauce del río, desde las altas cumbres, donde aún habita la nieve. El viento, trae consigo el aliento del hielo y flagela los rostros sin piedad. Dicen que hoy, ha comenzado la Primavera, esa hermosa ficción, tanto como los cuentos de hadas, que los poetas rescataron de entre las cenizas del Invierno. Han dicho siempre  -los poetas-  no saber el por qué de su llegada. Tal vez, es porque nunca llegó. La Poesía es un arte también mágico, como las hadas, capaz de transformar la cruda realidad, la más dolorosa, en un delicioso consuelo, colmado de auténtico placer del espíritu. Y por eso, siempre existirá, no morirá nunca, y siempre existirán los poetas, aunque éstos sí mueran… Pero hoy, mientras camino, tras leer un bello Romance en perfectos octosílabos, de una poetisa extremeña, que se siente ya “abrazada por el sol”  y “perfumada por los jazmines”, pienso que aquel gran poeta alemán cuyo pseudónimo era el de “Novalis”, pero que en realidad se llamaba Leopold  von Hardenberg, se excedió un poco, al escribir literalmente en su propia lengua: “Die Poesie ist das echt absolut reelle… Je poetischer, wahrer”. La traducción  me ofrece hoy algunas dudas existenciales: “La Poesía, es lo auténtico real absoluto… Cuanto más poético, más verdadero”. Y eso que quien lo dijo, además de un excelente poeta, era un gran filósofo. Tal vez sólo por esto, siento la tentación de querer entenderlo y hacerlo mío… Pero, este viento helado, en el estreno de la Primavera, me disuade de ello. Lo poético, no es lo más auténticamente real, aunque sí sea, con toda certeza, lo más bello.


Luis Madrigal

Madrid, 20 de Marzo de 2012
Primer día de Primavera





miércoles, 30 de mayo de 2012

PROSA FILOSÓFICA (II)






LA CONCIENCIA



Luis MADRIGAL


Estoy seguro de que parecerá, al menos anacrónico, a estas tristes alturas, cuando casi la sociedad en pleno ha decidido adoptar el posibilismo materialista; cuando la infracción abierta de cualquier valor del pasado es habitual y por todas partes, se habla reiterada y casi constantemente, de “la corrupción”, que alcanza hasta las más altas esferas, casi tanto o más que se habla de “la crisis”  -lo que posiblemente constituyen un único fenómeno, en relación de causa a efecto-  puede parecer verdaderamente angelical, o más bien simplemente estúpido, hablar de la conciencia. Y sin embargo, considero que no hay más remedio que hacerlo, porque además también es necesario distinguir entre conceptos.

En efecto, la expresión “conciencia”, admite dos significados, o dos sentidos distintos. En el orden psicológico, es el conocimiento reflejo de nosotros mismos, de nuestro propio “yo” y, en consecuencia, de nuestros propios actos. En este sentido, la sede de los actos humanos, voluntarios y libres, es la conciencia y, al mismo tiempo la norma subjetiva universal. Quiero pensar que, tan sólo con esto, es decir con este tipo de norma  -porque efectivamente la conciencia puede actuar, y generalmente actúa, como norma subjetiva-  sería suficiente para que el ser humano, sin necesidad de la norma objetiva, de la ley, se atuviese, por decirlo de una manera sencilla, a todo aquello que “está bien”, que “es bueno”, y no reprobable, dentro de un cierto relativismo, desde luego. Porque, ¿qué es lo que está bien, qué es lo bueno?

Por ello, para determinarlo, o más bien para descifrarlo, es preciso apelar al otro sentido o significado de la palabra “conciencia”. A lo que es y significa la conciencia en el orden moral, o ético. Es decir, al juicio personal, por parte de nosotros mismos, relativo a la bondad o maldad de nuestros propios actos. Esto, ciertamente, es muy teórico, pero no sólo es teórico, porque posee también un hondo contenido y proyección prácticos para la buena salud, para el orden de la sociedad civil. No para “el orden público”, entendido como algo que hay que mantener a todo trance, a cuyo fin se dispone un señor uniformado, un funcionario público, dotado de una defensa y un arma reglamentaria, y a veces a numerosos y verdaderos energúmenos  -desde luego, no más que aquellos otros cuyo vandalismo tratan de reprimir- estratégicamente dispuestos, pertrechados y protegidos hasta las cejas, los “agentes antidisturbios”, que son los que repelen con la violencia de la fuerza los pronunciamientos colectivos, cuando lo seres humanos dicen ejercitar esa potencia, venida directamente del cielo, que llamamos la libertad, confundiendo su auténtica naturaleza y propiedad esencial. Porque, desde luego, la libertad es el supremo bien del hombre  -tal vez superior a la misma vida-  pero no es tampoco un campo sin límites, en el que se pueda dar rienda suelta a los meros instintos, sin la razón o causa adecuada que lo justifique. Y ni aún así. El verdadero orden, sea social, público o privado, no es otra cosa sino la recta disposición de todas las cosas a sus propios fines naturales. El ejemplo, no podría ser más significativo: No es propio del orden, por ejemplo, tratar de barrer con una pluma estilográfica, ni escribir con una escoba. Eso, sería desorden.

Hoy en día, por desgracia, parece ineludible acudir a la imposición por la fuerza del llamado “orden público”, pese a que, a veces, demasiadas, traten de reprimirse expresiones, manifestaciones o aspiraciones de los individuos, convertidos en colectividad alterada, que pueden ser objetivamente justas. Nos hallamos, entonces, en presencia de otro concepto, sin duda en términos axiológicos preferente al de orden, que es el de justicia. Porque la justicia, no es una necesidad, sino una virtud, consistente en “dar a cada uno lo suyo”, por hablar de la mera justicia conmutativa, y aún mucho más, si se considera por un solo instante, la justicia distributiva, y más aún lo que se ha llamado “justicia social”. Pero no hace mucho, una persona a la que, según mis noticias, se cita más en España, entre los estudiantes de Bachillerato, que a Aristóteles, el Profesor español, creo que toledano, don José Antonio Marina, en un artículo periodístico, publicado en el diario “El Mundo”, de Madrid, decía más o menos literalmente que algún día habrá que explicar a los jóvenes que existe la Ética –no sólo la Bioquímica o la Física cuántica, añado yo por mi parte-  y en qué consiste; será necesario también, antes que los conocimientos elementales de ingeniería genética, de electrónica y demás ciencias o técnicas, inculcar a fuego en la conciencia moral, no tanto como en la conciencia psicológica, los valores éticos, para que pueda cobrar desarrollo la norma subjetiva impresa en toda conciencia, o en la de la inmensa mayoría de los individuos, aunque no en todos (también existen los seres humanos amorales, y no ya inmorales), y para que, de esta manera, la sociedad pueda ahorrarse, en una gran medida, los Códigos penales, los Cuerpos de Policía, los mismos Tribunales de Justicia y los agentes antidisturbios. Una conciencia, cuyos dos elementos esenciales son, si se trata de la conciencia antecedente, previa al acto que se va a realizar, la capacidad de discernimiento y el juicio práctico de la razón y, si de conciencia consiguiente se trata, tras haber obrado de forma que a nosotros mismos nos parece reprobable, el remordimiento y la auto-culpabilidad. Porque únicamente esto es lo que puede llevar al verdadero arrepentimiento; a la firme voluntad de establecer para siempre un distanciamiento total entre la conducta propia, que a nosotros mismos nos hiere, y el ideal de la norma objetiva, de la ley, cuando ésta también verdaderamente persigue la virtud de la justicia. Y, aunque así no fuera  -porque hay muchas leyes positivas que son injustas-  por lo menos, a mantenernos dentro de una actitud equilibrada y serena, porque tampoco es justo tratar de obtener o implantar la justicia por la violencia o la fuerza.

Nada sería tan importante como esto, o al menos lo sería mucho más que la discusión acerca de si la conciencia es un producto sensitivo o un producto social. Más aún que distinguir  -en lo que atañe a la conciencia psicológica-  entre el Ello (el Es o Id); el Yo (Ich o Ego), y el Super-Yo (Uber-Ich o Superego), que según los que entienden de esto un poco, ha resultado ser, tras Freud, que fue su ilustre inventor, de un simplismo inadmisible. Aunque no tan peligroso como la teoría marxista de la conciencia como superestructura económica, lo que ya podemos trágicamente saber a qué conduce, a la sangrienta destrucción de la verdadera libertad y de la verdadera conciencia. Sí, en cambio, mucho más valioso que la consideración y exaltación de la idea de la conciencia como superestructura de la Raza, porque también podemos saber a donde nos lleva el racismo, aun el moderado y, desde luego, serviría de una vez para desterrar esa lacra del nihilismo, como última y definitiva etapa y forma, en la carrera de destrucción del valor de la conciencia.

Tampoco es posible olvidar la avasalladora presencia, cada día más y más, de lo que el investigador de Historia Contemporánea y jurista, Alfredo Velasco Núñez, ha visto con sagacidad, en un profundo estudio titulado “Los Fantasmas de la conciencia”. El influjo  -sin duda maléfico, en mi opinión, de lo que él ha llamado la infoesfera. “En la actualidad  -dice-  el sujeto posmoderno, vive en un mundo de imágenes conformado por las pantallas de la infoesfera (Cine, Televisión, Internet) cuyo poder de espectacularización y de apariencia de realidad actúan como fantasmas de su conciencia. Estos fantasmas de la conciencia aterrorizan al sujeto posmoderno con el miedo a la muerte y la carencia sexual, como sustitutos del sentido de la vida, y otros imaginarios fuertemente manipulados por los emisores de lo que ve, mediante las particularidades de cada tipo de pantalla. El mundo tal como se ve por las imágenes irreales tiene unos efectos sobre el sujeto posmoderno que afectan su experiencia e identidad transformando su conducta por otras que lo alienan y lo ponen en grave estado de manipulación”. 

Este Aerópago mediático, el de la infoesfera, es el nuevo poder espiritual y es totalmente solidario  -está adherido a él-  con un también nuevo poder temporal, que es el del dinero. Pero, mediante un análisis crítico de las imágenes, el individuo puede preservar y salvaguardar su libertad de conciencia, aún dentro de un ambiente falso, “fantasmal”, descristianizado, desestructurado, informal, laicizado, sin perspectiva de emancipación política colectiva, pero donde es necesario creer en algo para olvidar las graves preocupaciones que conlleva la vida. En Occidente, esta creencia colectiva, minimalista, pero que tiene valor de dogma consensual, se ha estabilizado en torno a los Derechos Humanos, la Democracia y lo Humanitario. Nada de religión. Esa trilogía, constituye la única religión actual. Pero ninguna Civilización es viable sin una espiritualidad común, sin el mantenimiento y desarrollo de un mismo espíritu, mirando hacia lo eterno, tanto en las elites dirigentes como, sobre todo, en los pueblos que alimenten con fervor la sublime vocación de ser verdaderamente libres.


lunes, 28 de mayo de 2012

PROSA DIDÁCTICA




LOS PREFIJOS ESPURIOS


Luis MADRIGAL


Dios me libre de presumir nunca de nada, y menos aún de lo que no soy ni puedo ser. Entre otras muchas cosas, gramático, lingüista, o filólogo. Y desde luego no lo voy a hacer, ni en esta ocasión, ni lo haré nunca. No sería sin embargo sincero  -porque ya estoy casi a punto de explotar-  si no dijese que me desagrada notablemente, y hasta me irrita y asquea, escuchar, cada vez a más personas, y además a personas adultas  -y hasta leer- determinadas expresiones a las que genéricamente voy a referirme, que sin duda utilizan porque se han contagiado, quizá de sus propios hijos; tal vez de su vecina o de su cuñada; en general, de ese ambiente tan cargado e irrespirable que circula por casi todas partes a la hora de hablar, de expresarnos. En lugar de reprobarlos, o corregirlos, se han contagiado. Sobre todo por no corregir a los adolescentes. La adolescencia es una época de la vida especialmente inconsciente y estúpida, que sólo existe porque es inevitable. Del mismo modo que los árboles, arborecen, cuando “se están haciendo árboles”, los hombres adolecen, cuando parece que se están haciendo hombres, o mujeres. Digo “adolecen”, porque “adolescer”, que sería el verbo, analógicamente correspondiente respecto de los árboles, lamentablemente es una palabra que no existe en castellano, como tampoco en latín, nuestra Lengua Madre, mientras que sí existe adolecer, que significa exactamente estar enfermo, o doliente de algo. Por tanto, en rigor, ser adolescente, que es un adjetivo sustantivado, o un adjetivo que puede usarse también como sustantivo, no es estar haciéndose hombre, o mujer, sin serlo todavía, sino simplemente estar enfermo. No enfermo del cuerpo, sino, transitoriamente, de la mente. Por eso, se ha dicho, medio en broma medio en serio, que la adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo. Se cura a veces, pero muchas no. Demasiadas. Y no me refiero por ello a la gramática, ni tan siquiera a la ortografía, pese a lo que, hace unos días, pude leer en un Blog de una señora, de esas que parecen no tener apellidos, puesto que tan sólo utilizan el nombre, cosa muy frecuente también en nuestros días. En este caso “Beatriz”, nombre usual en cantidad o en número, con lo que no puedo hacer mal a nadie revelando su nombre. “Beatriz”, que pese a decir ser una mujer sencilla parecía querer pasar por humanista, escribió exactamente en uno de sus comentarios a otro Blog, que a dicha “sencilla mujer mas interesada en ser una misma... se le escapa tanta ´desumanizacion´...” Sin duda, esto de la “desumanización”, no pasa por contagio de los hijos, sino más bien por escucharlo en la radio. ¡Cómo para hablar, no se utiliza la “h”! Y Beatriz, edita un Blog, aunque yo también lo haga. Que conste, a todos los efectos, mi no superior derecho a hacerlo, puesto que la Constitución Española nos ampara a todos y todos somos iguales, no porque lo diga tal falso e imperfecto Texto, sino porque nadie somos nada, ya que todos nos morimos. Pero, de lo que quiero tratar ahora, es bastante peor  -casi peor incluso que morirse-  y en este sentido, en la medida en que el “contagio” al que me refería anteriormente va avanzando con tintes de pandemia, resulta patente que muchas personas adultas no se han curado, y no sólo no se han curado gramatical y ortográficamente. Hablo de España, pero también podría hacerlo de la Argentina, o de Brasil, y asimismo podría alegar y fundamentar algunas cosas al respecto.

Pues, bien, voy a entrar en materia. A lo que especialmente quiero referirme es al uso, es decir al mal uso, de determinados prefijos o morfemas, especialmente de los prefijos, tan intensamente de moda, “super” y “re”, antepuestos, como todos los prefijos, a cuanto apetece a esta generación tan mediocre, insulsa, insubstancial y salvaje, que nos toca soportar. Continúo refiriéndome, por el momento, exclusivamente a España, mi querido país, patria de Miguel de Cervantes y también de Antonio de Nebrija, donde últimamente casi todo es “super”, y lo que no es super es “re”. Para ellos, y sobre todo para ellas  -esto no es cuestión de machismo, sino de observación sociológica-  se antepone tanto a infinitivos como a adjetivos, pero sobre todo a estos últimos: “Superbueno”; “super-caro”; “super-caliente”; “super-frío”… ¡Vaya por Dios…! Cuanto y cuanta “super-ficial”, andan sueltos por estos mundos de Dios… ¡Maldito contagio!, porque cualquier día puede decir esto, sin querer, cualquier persona sensata. Yo mismo, aunque tampoco sea demasiado sensato, al ocuparme de esta estupidez  -hay cosas mucho peores- sin duda movido por lo molesto que resulta escucharla.

El prefijo “super” tan sólo puede emplearse en muy contados casos. Por ejemplo, si se antepone a lugar situado “por encima de”, como superciliar, al referirse al término anatómico, esto es, al reborde en forma de arco que tiene el hueso frontal en la parte correspondiente a la sobreceja. Bien, en otro caso, cuando se trata de reflejar superioridad o excelencia, como superpotencia o superhombre. Y me gustaría mucho que alguien me dijese en qué otros casos más. Porque, tengo la impresión de que, en castellano, el uso tan frecuente, y hasta empalagoso, del prefijo “super” para incrementar el valor, o indicar un valor superlativo, a los adjetivos o a los adverbios, no es más que puro lenguaje coloquial y, por tanto, por el momento lingüísticamente espurio, aunque quizá se encargue pronto de legalizarlo y admitirlo, como ha hecho con infinidad de términos, la Real Academia, empeñada, más que en “limpiar, fijar y dar esplendor”, en “tragarse” un sapo cada día, en aras de la sacrosanta “democracia” popular: Todo para el pueblo y… con el pueblo. Todo. Porque, una cosa, un fenómeno inevitable, es la evolución del lenguaje. Y otra muy distinta su corrupción y perversión. Yo creo, sinceramente, que no se puede decir “super-bonito”, ni “super-grande”, ni menos aún “super-útil”, “super-reservado” o “super-bien”. Entre otras cosas, porque, además, cuando se usa el prefijo super, no puede unirse (o separarse) a la palabra a la que se antepone mediante un guión. Ni puede escribirse, ni debe decirse, aunque se diga constantemente. Por mucho menos, a Voltaire, cuando leía “El Emilio”, aunque desde luego en sentido contrario, le daban ganas de salir a la calle progresando “a cuatro manos”. 

En lo que respecta a re-, en realidad no puede decirse lo mismo que lo ya he dicho de “super”. El morfema re- con valor superlativo se asocia a diversas categorías gramaticales: Al nombre, al adjetivo, al verbo, y al adverbio, cuando se trata de un sintagma cuantificable y cuantificado, aunque sea más o menos usual encontrar Gramáticas en las que se adopta la gradación como propiedad distintiva tan sólo de adjetivos y adverbios. Pero eso tampoco quiere decir que, en el lenguaje adolescente, y por derivación -es decir por epidémico contagio- en el que utilizan algunos adultos, puedan aceptarse todas las expresiones precedidas de “re-”, porque, en tal discurso, si se utiliza tal prefijo, se hace porque esa partícula parece una marca más fuerte de subjetividad en el enunciado. De hecho, algunas personas lingüísticamente escrupulosas y sensatas, han manifestado en alguna ocasión sus dudas, más que razonables, en particular cuando el prefijo re- precede a una palabra que comience por la letra “e”, como, por ejemplo, energizar, inquiriendo si debe escribirse “renergizar” o habría de duplicarse la “e”, escribiendo entonces “reenergizar”. Pues bien, en cuanto al uso de la duplicación en las vocales, la norma es mantener la duplicación, pese a la tendencia a no hacerlo. Ahora bien: Resulta que, aunque el infinitivo “energizar”, sí se encuentra en el Diccionario RAE, con el significado de “suministrar corriente eléctrica”, o bien “dar energía”, o incluso “obrar con energía, vigor o vehemencia”, no se puede decir  -ni en consecuencia escribir-  ni “renergizar”, ni “reenergizar”, infinitivos que no se encuentran en el Diccionario, por la razón de que el prefijo “re-“, tan sólo resulta aplicable cuando implica repetición, o vuelta a hacer o producirse algo (como reconstruir); bien cuando implica movimiento hacia atrás (como refluir); si denota intensificación (como recargar) y, por último, si indica oposición o resistencia (como rechazar, repugnar o reprobar). Sí que es posible, en cambio, incrementar el valor de identificación añadiendo a re- las sílabas te o quete, como rebueno o requetebién. No voy a decir, “he dicho”, no sólo para evitar falsas imputaciones de presuntuosidad, sino porque todo lo dicho es bastante elemental, y debería ser tenido muy en cuenta. Sobre todo por quienes dicen ser escritores o aspiran a serlo. Saludos cordiales.

Luis Madrigal