viernes, 29 de noviembre de 2013

UN RENOVADO ADIÓS



¡ADIÓS…! YO YA ME FUI


¡Un nuevo Adiós…! Yo, ya me fui hace tiempo.
No vivo ya y  -aun muerto-
aún vivo estoy…
Noche tras noche, a una estrella persigo
sabiendo  que su luz presta a un lucero
que ilumina la orilla azul de un Río.
Yo, estoy aquí y nada espero,
menos que un frío Noviembre, sea un cálido Enero…
Siento el clamor del sol y… estoy muerto de frío,
temblando y aterido en un desierto
donde mi voz se pierde sin acento,
ni respuesta cercana, ni lejano eco…
De toda bruma la vista al descubierto,
pido a la sombra oculte mi lamento
en esta helada tierra, húmedo y yerto.


Luis Madrigal





miércoles, 20 de noviembre de 2013

DOS CREENCIAS CONTIGUAS



AUTOESTIMA Y MEDIOCRIDAD



Presencié hace tan sólo unos días un programa de TV. El programa se llama “La 2 para todos” y, desde luego, yo comparto la significación y propósito que lo inspira, pero lamentablemente, pienso que sería justo cambiarle el título. Aunque no fuese nada “político” el cambio, por razón del que yo estoy pensando, me parece muy conveniente, porque tengo la impresión  de que, más que “para todos”, este programa es prácticamente “el único”, o uno de los muy pocos, que todos deberían ver y escuchar. Sin duda, tan sólo con ello, acabo de traspasar ya el umbral de la utopía.

El breve monográfico que yo tuve la suerte de poder ver, giraba en torno  -en dos fases íntimamente vinculadas-  a las ideas, o más bien creencias, de autoestima y de mediocridad. Digo que ambas cuestiones me parecen estrechamente relacionadas, pero naturalmente hay que ir por partes, porque en realidad, aunque puedan relacionarse, son cosas distintas.

En cuanto a la autoestima  me pareció que lo que allí se dijo, podría sintetizarse en la expresión “todos somos iguales”, de lo que a su vez se deduce que nadie debería estimarse más que nadie. Pienso que este tan absoluto como gratuito aserto, más que resultar muy inexacto, es a mi juicio absoluta y radicalmente falso. Nadie es igual a nadie, es decir, a ningún otro ser de entre todos los demás que habitan el universo mundo. En ninguno de cuantos casi infinitos términos, o ámbitos, podría configurarse el contraste o la comparación. Resulta sorprendente encontrar aún a alguien tan sumamente miope como para seguir pensando, ni en broma, que todo hombre es igual a otro, cuando en mayor o menor grado todos ellos son absolutamente desiguales. Y, desde luego, me refiero tanto a las virtudes como a los defectos. Ni se trata de observar la igualdad mayestática, ni tampoco la peyorativamente animal hasta caer en el rebuzno, alcanzando así la cota de lo sub-humano. Porque nadie puede ser tan excelso, en cualquier dimensión, que no pueda albergar alguna mota de imperfección o de falta de excelencia, ni nadie puede ser tampoco tan estrepitosamente bajo, también en cualquier aspecto, que no merezca algún tipo de nota positiva para librarse del estercolero. Pero, en una y otra dimensiones, o entre uno y otro polos, media toda una escala de grados, colores, matices, tonos, intensidades y especies, que hacen imposible la igualdad total, como se pretende o dice, sino un escala creciente o decreciente de tipos o caracteres humanos. En principio, pues, parece un error el de que cada individuo proceda a establecer el grado de autoestima, ni en la misma medida de todos los demás, porque no cabe establecer un “término medio de autoestima” (ni modo alguno de poder determinarlo), ni menos aún a no “autoestimarse”  por encima o por debajo de los demás.

Si hemos de situar al ser humano dentro de las diferentes esferas que conforman su propia esencia, indudablemente, es necesario matizar. En el orden político, por ejemplo, a la hora de organizar jurídicamente la convivencia social, no hay más remedio que proclamar esa rigurosa igualdad, como hacen todas las Constituciones de los Estados de Derecho, entre ellas la de España:“Los españoles  -todos- son iguales ante la ley”. Sin embargo, es preciso también entender esto adecuadamente.  Esa igualdad objetiva ha de establecerse  -a tenor de uno de los principios más esenciales  de toda filosofía jurídica y del concepto mismo del Propio Derecho-  en el sentido de que la Ley regula de la misma manera las relaciones entre los iguales y los desiguales y, en consecuencia, aun siendo todos ontológicamente iguales, cada sujeto regido por el Derecho ocupa una posición distinta frente al precepto contenido en la norma, de tal modo que o bien es acreedor o es deudor; arrendador o arrendatario; parte o tercero; responsable de un ilícito penal o víctima y perjudicado por el mismo y, muy en general, ocupa infinidad de situaciones posibles más, tanto en el orden sustantivo como en el procesal. Dentro de cada una de las posiciones específicas que los ciudadanos puedan ostentar, todos son iguales y de forma igual han de ser tratados por la Ley, pero cada una de tales posiciones son diferentes y no iguales.

Mucha mayor hondura y transcendencia, no ya ontológica ni jurídica, sino teológica y metafísica, tiene aún en la esfera del orden moral  -muy especialmente del específicamente religioso-  el principio de igualdad entre todos los seres humanos. Porque, todos ellos, cualesquiera pudiesen ser sus características personales, son hijos de Dios, que como Padre amoroso no establece diferencia alguna entre sus hijos, y por tanto se comporta respecto a ellos sin acepción de persona. Pero, salvo estas dos únicas excepciones, esto es, al margen de los órdenes político y religioso, todos los seres humanos son profundamente desiguales. Y esto me parece de suma importancia a la hora de establecer la base, aunque sólo sea esto, de lo que entiendo han de ser los criterios para la determinación de la llamada autoestima. Pienso que, en lo que a mí respecta, mirando hacia mi propia insignificancia, mucho más que aceptar el “todos somos iguales”, tengo la obsesión, como grabada a fuego, del “nadie somos nada”, porque la muerte nos iguala a todos. Esto, sí es bien cierto, con la objeción, en el orden lógico, de que es mientras vivimos cuando se hace presente  -o no-  la necesidad de la autoestima, y no después de muertos, cuando ya no cabe ninguna por nuestra parte, sino tan sólo la de Alguien que ha de valorarnos a todos con verdadera objetividad y justicia. Personalmente, prefiero sin duda alguna no autoestimarme, en ningún sentido, porque eso es mucho más libre y cómodo y, sobre todo, porque de eso ya se ocuparán los demás, sin que me importe nada cómo lo hagan. En este sentido, abrazo con entusiasmo y fe, aunque también consciente de mi flaqueza, el principio kantiano, contenido en su imperativo categórico y trato siempre, aunque no lo consiga nunca, de que mis actos puedan ser norma de comportamiento universal.

En cualquier caso, pensando en voz alta, al hilo de lo que me sugirió el programa de TV al que ya he aludido, creo debo decir que toda estima  -y por ello también toda autoestima-  ha de girar, a mi juicio, en torno al concepto aristotélico de virtud, y por contraposición a la figura antípoda del vicio, puesto que ambos consisten en un hábito, en una costumbre, aunque de signo contrapuesto, en relación, no con nuestros pensamientos ni cogniciones, ni tan siquiera con nuestras tendencias o inclinaciones apetitivas o volitivas, sino exclusivamente con nuestras acciones. Si mis acciones y decisiones han consistido en obrar el bien y tales acciones son repetitivas hasta convertirse en un hábito, habré alcanzado la virtud ética, que consiste sólo en eso, en obrar habitualmente bien, lo que a su vez constituye el concepto esencial de justicia: “Honeste vivere, alterum non laedere, ius suum cuique tribuere”. Vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada uno su derecho. Por el contrario, si mis actos consisten en el mal, por vivir deshonestamente, hacer daño a otro o negarle lo que es suyo, arrebatándoselo y apropiándomelo injustamente, y persisto en ello, habré generado un hábito contrario, consistente en la repetición de malas acciones, es decir un vicio. Este es el criterio, creo que universal, para establecer la estima en que debe tenerse a cualquier ser humano. Y esto, es lo esencial y el centro de gravedad respecto de cualquier otro tipo de virtud. ¿Qué cómo puede apreciarse, estimarse o medirse? Me parece que no hay otro modo sino el de la propia conciencia, rectamente formada. La conciencia, no es otra cosa sino “la participación de la razón en la ley”. No me refiero a la ley positiva, a la norma escrita o no por los hombres, sino a la ley natural , la que la naturaleza dio a todos los animales y, sobre todo, a la ley eterna, grabada por Dios en la mente de todo hombre que viene a este mundo.

Es, pues, según entiendo, la propia conciencia de cada cual el instrumento, la maquinaria más adecuada para el establecimiento de la autoestima, en orden a la observación de la virtud ética. Pero Aristóteles, que define la virtud ética como un hábito  -el hábito de obrar bien-  establece asimismo una regla para su “medición”. Esta regla es la de la elección del término medio óptimo entre dos extremos. De ahí, aquello que tanto oíamos decir los estudiantes de Bachillerato de mi época y que ya tan pocas veces se escucha, de que “la virtud se halla en el término medio”.

Pero, por otra parte, Aristóteles no sólo estableció el concepto de virtudes éticas, sino también el de virtudes dianoéticas. Las primeras son determinables por razón de los actos humanos, mientras que las virtudes dianoéticas resultan exclusivamente del substrato cognitivo del alma  -la dianoia, o capacidad discursiva de la razón-  para obtener conocimientos, en sus tres funciones, productiva, práctica y contemplativa o teórica, y a cada una de las cuales corresponde una virtud propia que vendrá representada por la realización del saber, ciencia o arte correspondiente. Y también en lo concerniente a este tipo de virtudes, que con el tiempo han sido consideradas como meras aptitudes o capacidades, ha de ser objeto de autoestima. Y, en este segundo orden de cuestiones, sin duda alguna no todos los seres humanos pueden estimarse a sí mismos como si todos ellos, por igual, fuesen Beethoven o Mozart; Newton o Einstein; Diego Velázquez o Francisco de Goya; Cervantes o Lope de Vega… Y así, en tantos géneros y especies como el saber, la ciencia o el arte humanos han alumbrado. Sin considerar, por otra parte, que además de las aptitudes o capacidades ya indicadas, en un sentido más amplio, la autoestima ha de extenderse al conjunto de percepciones y valoraciones que, sobre sí mismo, experimenta el ser humano, de tal modo que nada de cuanto constituye el modo de sentir, pensar u obrar, a la hora de relacionarse con los demás puede escapar al ámbito de la autoestima. Y, en uno u otro sentidos, me parece imposible que nadie pueda autoestimarse en la misma medida en que lo hace otro y, mucho menos, que todos los seres humanos se aotoestimen de este modo, por la razón de que, pretendidamente, “todos son iguales”.

Y algo parecido sucede con la idea o creencia de mediocridad. Nadie acepta ser mediocre, pero con la mediocridad sucede, en cierto modo lo mismo que con la autoestima. “Mediocre”, es el que se encuentra “en el medio”, en cuyo caso guardaría la misma relación de identidad con el concepto aristotélico de “virtud”. Sin embargo eso sería tan sólo en orden a la definición gramatical del concepto  -de calidad media-, pero no en el sentido más peyorativo del término, que implica asimismo la calidad baja, falta de valor o incluso de inteligencia, talento o capacidad para realizar algo de interés. Y en este sentido, el mundo está lleno de mediocres. Incluso  -o sobre todo-  de mediocres famosos o hasta ilustres, de gentes de baja y hasta de mala calidad que han llegado a ser Ministros, Presidentes del Gobierno o galardonados con el Premio Príncipe de Asturias, o con el mismo Premio Nobel, fruto ello a su vez de la decisión de otros mediocres que les han promovido a tales honores, o de esa peste informe, sin criterio ni norte, ni sentido de nada, que se llama “la masa” y que dicta modas, costumbres y pretendidos valores humanos, dignos de admiración en el baremo pestilente de lo que se ha dado en estimar digno de admiración.

Por ello, el concepto de mediocridad reviste un contenido negativo. Para no ser mediocre, no hace falta haber llegado a Ministro, o haber sido premiado con algún galardón literario de relumbrón. Para no ser mediocre basta con encarnar en la vida, a todo trance, una actitud de rebeldía frente a la mediocridad, consistente en acoger el prudente buen gusto de todas las cosas; de situarse por completo al margen de las modas y de esos “usos y costumbres” tan estúpidos y superficiales, como  éstos arrastran. Podrían señalarse infinidad de ejemplos. De malos ejemplos. Me limitaré a uno bien simple que circula con profusión callejera en nuestros días: Esa alternativa prodigiosa del “sí o sí”, tan utilizada, entre otras especies lanares, por los periodistas deportivos, cuando se trata de la apremiante y vital necesidad de ganar un partido de fútbol, entre otras estupideces por el estilo. En eso, simplemente, consiste ser mediocre.

Luis Madrigal





viernes, 15 de noviembre de 2013

SE ABRE UNA PUERTA EN EL CIELO



El Cielo no es ese zarco tapiz, tan luminoso en las mañanas de estío, o cobalto, ya cuando la caída de la tarde, en el misterioso momento del crepúsculo, nos aproxima a las horas nocturnas, en las que se va la luz y comienza el reino de las sombras. Eso es el firmamento, el techo que se nos ofrece al sentido corporal de la vista. Pero, además de los sentidos corporales, que extingue la muerte, afortunadamente los seres humanos poseemos otros sentidos, los del espíritu, que habitan dentro de nuestra alma. Y, según tengo entendido, la moderna Bio-Neurología explora ya el camino de la Ciencia en busca de una noticia esplendorosa e infinitamente feliz: El alma humana, esa entidad incomprensible e inaccesible por ello a la razón, sería extra-cerebral. Esto es, ni siquiera habitaría en nuestro cerebro. Por ello nunca ha podido ser vista, ni explorada clinicamente. Pertenece a otro orden, a otro universo cósmico, no sólo más allá de nuestro cuerpo, sino también más allá del cosmos sideral, de las estrellas que brillan en la noche. Y lo mismo sucede con el Cielo, que ni es el firmamento, ni tan siquiera es un "lugar", sino un estado de nuestra propia alma. Siempre oí decir que el Cielo tiene Doce Puertas, tantas como las tribus de Israel. Y Alguien nos dijo también que allí hay "muchas moradas". Por alguna de esas Doce Puertas, camino de alguna de sus más dulces moradas, habrá entrado hoy en el Reino de la Luz, alguien a quien yo no podría referirme de modo convencional, de ninguna manera, porque formó y forma parte de mi propia vida, en las horas doradas de la primera juventud, cuando los días son más largos, más alegres y soleados y todo cuanto nos rodea nos dice que el mundo en que habitamos es el mismo paraíso celestial. Por eso, aunque mi corazón se conmueve de una honda tristeza, también salta de alegría, pensando en que ella ya se encuentra entre quienes, mientras danzan, entonan sublimes y delicados cantos de amor. Desde este duro pedernal, seco y calcinado, le pido a ella que no se olvide y de mí y tienda hacia todos, a cuantos hoy nos duele el alma, la dulce y generosa mirada que siempre nos dispensó. Amén.





La Señora Doña

María Jesús Albístegui Suárez

Falleció en León, donde había nacido y vivido, en la mañana del día de hoy, 15 de Noviembre de 2013, tras una vida cristiana abnegada y ejemplar.

A su esposo, mi entrañable amigo JOMAPUPE, y a sus 7 hijos: José Eduardo, Luis Javier, Juan Pablo, Ana Cristina, Marta, Carlos y Celia Puente Albístegui, les envío en espíritu mi profundo dolor y mi más esperanzadora y sublime alegría.



Nunca te hice un regalo personal, María Jesús, como hubiera debido hacerte, pero hoy quiero dedicarte un Soneto:



¡HOY, AMANECE, MARÍA JESÚS!


Era una flor tan pura que miraba
siempre hacia el Sol, que alegre sonreía.
Nunca clamó… Ni una mirada fría
de sus ojos partió hacia lo que amaba.

Recogida en sí misma, siempre estaba
pensando cómo a quién alegraría
y, aun sabiendo que un día moriría,
creía que el morir resucitaba.

Si ves que nada ves, ni sientes nada
y que tu luz, contigo, aquí perece,
nada temas, que una nueva alborada

más allá de la sombra, azul florece…
Tiende tú hacia nosotros tu mirada,
María Jesús: No es noche… ¡Hoy, Amanece!


Luis Madrigal





Hasta Mañana, María Jesús.




jueves, 7 de noviembre de 2013

OTRO SONETO YA CASI AL FINAL DEL OTOÑO



NO SUENAN COMO AYER LOS VIEJOS TRINOS


¡Cuántas veces no pude abrir la puerta
y la dejé mil noches bien cerrada…!
Y cuántas emprendí una senda errada
para alcanzar una verdad incierta.

Hoy la tarde, al caer, me muestra cierta
que ya el sol se ocultó, y en la enramada
los pájaros no trinan, ni oigo nada
estando mi ventana bien abierta.

No suenan como ayer los viejos trinos,
con el aire armonioso que sonaron,
ni caben ya en mi mente los destinos

de los que ayer conmigo caminaron,
entre espinosos riscos, los caminos…
Ni la verdad que ellos quizá hallaron.


Luis Madrigal






Andreas Scholl ( Wiesbaden, Hesse), 10 de Noviembre del 1967) es un contratenor alemán, es decir  un cantante lírico clásico capaz de cantar en la tesitura de soprano. Está especializado en el repertorio musical barroco.






Cecilia Bartoli (Roma, 4 de Junio de 1966), es una mezzo-soprano con coloratura, de un timbre inusual, especializada en óperas de Mozart y Rossini, que también ha interpretado a Haendel, como puede observarse en el vídeo precedente.


lunes, 4 de noviembre de 2013

TRES SERVENTESIOS EN OCTOSÍLABOS AL AMOR




SÓLO EL AMOR NOS SALVA

I

Calor que hierve en el pecho
y deja la mente helada,
que hace gritar hasta el techo
o callar sin decir nada.


II

Dudar, si a la mente fría
el corazón sin latido
ciega y su calor enfría
hasta dejar sin sentido.


III

Amar… Sólo el Amor salva
y hace libre en la verdad.
La mentira es voz amarga
que arranca la libertad.


Luis Madrigal





viernes, 1 de noviembre de 2013

TRES REDONDILLAS A TODOS LOS SANTOS



ERAN TAN LIMPIOS CRISTALES…


I

Vuelan granítica losa,
que el viento pule y arrasa…
Fuera del tiempo que pasa,
ven ya la luz más hermosa.


II

Sus almas eran cristales
tan limpios que al Sol dejaron
pasar, y en él se abrasaron
mil auroras boreales.


III

Hoy, ya no ven lo que vieron
ni oír pueden lo que antes…
Que, del ayer tan distantes,
ni ojo ni oído fueron.


Luis Madrigal










martes, 22 de octubre de 2013

ARMONÍA SENTIENTE



ANTE LA MAGIA DE ANDREAS PRITTWITZ

         
Fue Zubiri quien alumbró el concepto filosófico de “inteligencia sentiente” y eso mismo, o algo muy parecido  -aunque quizá recíprocamente al revés-  creo yo que existe o pasa con la Música, cuando el sentimiento humano, y no sólo la razón, se aloja y alimenta de este Arte, tan misterioso para mí como sublime para casi todos los humanos. Excepto para Napoleón Bonaparte, extraño personaje que, pese a ser un genio, siendo italiano quiso ser francés. Digo yo ahora esto de la Música  -e insisto en escribir la palabra con mayúscula-  porque tan sólo hace unos días, el pasado 17 de este mes de Octubre, asistí a un concierto en el Auditorio Nacional.

         Debo decir, desde luego, en honor a la verdad más rigurosa, que soy totalmente consciente de mi analfabetismo musical. Pertenezco a aquella privilegiada generación que estudió el Bachillerato diseñado por el Plan de 1938, con las evidentes y notorias lacras ideológicas político-religiosas de lo que más tarde se llamó el “nacional catolicismo”, pero de un denso y aséptico contenido intelectual, sobre todo en un Instituto, como en el que yo lo estudié. No de las sucesivas basuras que progresivamente le sucedieron. Sin embargo aquel plan de estudios adolecía de un defecto gravísimo. El de que, dentro de él  -ni entonces en España en ninguna parte- se dedicaba a la Música de verdad, a la verdadera música, la más mínima atención. En aquellos años, sólo algunos ricos, y no todos, únicamente los que además eran sensiblemente capaces, pudieron además de paladear las ambrosías musicales, hasta captar los conceptos en los que toda música que lo sea de verdad ha de apoyarse. Los demás éramos eso, lo que ya he dicho, absolutamente analfabetos en tal arte, en todas sus dimensiones y vertientes. Y yo entre ellos. Entre tantos ellos.

         Me encontraba ya a punto de abandonar la Universidad, cuando reparé, y aquello casi fue un trauma, en que alguien me había privado de un bien cultural inestimable. Yo había creído desde mi infancia que la música era lo que continuamente transmitía la Radio  -EAJ 63, Radio León-  y que consistía en oír a Juanita Reina, a Carmen Morell y Pepe Blanco y hasta  -¡qué vergüenza siento ahora!- a Lola Flores y Manolo Caracol… y personajes análogos! A lo sumo, también es verdad, la boda de Luis Alonso, el minueto de Boccherini, el Bolero de Ravel, o el Ave María de Schubert. Pero lo que descubrí en tal trance fue que me faltaba mucho más, es decir, que me faltaba todo, comenzando por lo necesariamente más elemental. Y quise repararlo, pero ya era demasiado tarde. Alguien, especialmente querido para mí, músico de profesión y que había enseñado a todos sus hijos el Solfeo, íntegramente, y algunas nociones de Armonía, trató de enseñármelo a mí también. El fracaso fue total. Aquello me resultaba incomprensible y sobre todo muy duro. Aún recuerdo aquella cantinela, especie de regla nemotécnica musical para niños, cuando yo ya me afeitaba desde hacía años: “Las redondas son calmosas; las blancas, ya no lo son, y las negras más me gustan porque alegran la lección…Do, re, mi; do, re, fa, etc, etc…”.  No obstante, también llegué a entender, malamente y sin demasiado entusiasmo por mi parte, algunos conceptos musicales que, por elementales o rudimentarios pudieran ser, también eran esenciales: Los de escala natural, diatónica o cromática; el de alteraciones y síncopas; los de sostenido y bemol, que añadían o reducían un semitono, o el de becuadro que anulaba los signos precedentes, porque las notas a que aludían habían de sonar en su tono natural. Y también, forzando ahora la memoria, puedo recordar lo que era un compás, y las clases de ellos, simples o compuestos; las claves y su armadura; los conceptos de puntillos y de ligaduras… También los de tonalidad y los de transposición e instrumentación. Pero… ya no puedo ni recordar ahora su exacta consistencia. Por ello, tampoco puedo ejercer precisamente de crítico musical, como me consta han hecho y hacen otras personas con los mismos conocimientos que yo, es decir, con ningún conocimiento. A eso, por muy mío que sea este humilde Blog, no me atrevo. No debo atreverme, porque sería una temeridad y una falta de respeto, aparte de hacer el más sonoro  -y nunca más apropiado, o mejor dicho-  ridículo. Y en consecuencia, no lo voy a hacer.
Lo lamento mucho porque, con ello, no puedo calificar la caidad o no, en sentido técnico-musical, del concierto que escuché por segunda vez, más o menos a los mismos intérpretes, el pasado Jueves, día 17 de este mismo mes, en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional. La primera vez, lo hice al aire libre, en un pequeño jardín y entre silbidos de trenes que se fundían, en torpe y adúltero contubernio, con las bellas notas musicales. Era la Casa que habita una buena parte del año, alguien a quien los que tenemos el gusto de conocerle de cerca, o al menos de distinguirle, no podríamos llamar, de ningún modo, “Profesor Prittwitz”, ni nada por el estilo, sencillamente porque todos le llamamos, con cariño, Andreas, que es su nombre de pila, como él nos llama por nuestros propios nombres. Y él era quien tocaba y dirigía, ese día que he señalado, en el Auditorio, al frente de su  “Lookingback Baroque Orchestra”, para interpretar, con algunos instrumentos renacentistas aunque también con elementos modernos, piezas de Antonio Vivaldi, Georg Phillipp Telemann, Johann Sebastián Bach, Giovanni Battista Pergolesi, Henry Purcell y Francesco Geminiani. Andreas Prittwitz llega al Auditorio Nacional con ´Más que barroco…´”, fue el anuncio de algunos medios informativos.

 

         ¿Qué puede significar ese “llega”  y ese “más que barroco”. Invertiré el orden de los términos. Hasta hace muy poco, yo no sabía lo que quería decir “lookingback”. Ahora, ya sé que significa “mirando hacia atrás”. Esto es, Andreas, que si no es el inventor de la expresión debe faltarle poco para ello, aunque con toda certeza sí lo es del proyecto que se propone desarrollar, quiere mirar hacia atrás y ese atrás, musicalmente hablando, es el barroco, la maravillosa y espléndida etapa, para todas las artes, pero que en lo que concierne a la Música  -esto sí me atrevo a decirlo, con permiso del pre-romanticismo y del romanticismo-  es una de las de más sublime belleza. Pero, al mismo tiempo, la expresión acuñada, me parece a mí, casi resulta contradictoria en sus propios términos, porque, sin perjuicio de situarse en el pasado, Andreas Prittwitz no se estaciona en él, sino que, tanto como mirar hacia atrás, mira también hacia delante. Y por ello, según entiendo, es “más que barroco”. Y ese “más”, por lo que he podido advertir, ni el propio Andreas sabe a dónde puede conducir. Como él mismo diría, “a lo que salga…”. Sin embargo, yo creo que en eso no es demasiado sincero o, también se contradice a sí mismo, porque, en principio, sabe él muy bien a donde quiere conducir su mirada. Y, en cuanto a esto último, sin ninguna autoridad musical, por descontado, y mucho menos sin querer faltar al afecto personal que le tengo, yo lamento no poder estar de acuerdo. Y diré seguidamente la razón, o las razones, de mi sincero disentimiento.

 

         He de decir, no obstante, de modo previo, exactamente tres cosas. La primera de ellas es que, tras haber fracasado yo en mi intento de aprehender intelectualmente, de un modo tardío, los conceptos musicales, pude también hacer otro inmenso descubrimiento, para mí sin duda mucho más transcendente. Y este fue, parafraseando a Zubiri, que en Música, mucho más importante que los conceptos, sin los cuales no se puede componer ni interpretar, son los sentimientos, o más concretamente esa especie de escalofrío emocional que recorre todo nuestro ser, hasta hacer temblar el más íntimo y recóndito rincón del alma, cuando escuchamos, no toda desde luego, pero sí determinada música. Y para eso, sobran todos los conocimientos musicales y dudo de si, algunas personas que evidentemente los poseen, pueden sentir lo mismo que quienes no los tenemos. Y es exclusivamente desde esta perspectiva desde la que yo me permito opinar acerca de Andreas Prittwitz como intérprete, totalmente al margen del afecto que le tengo como persona, que es mucho, no lo niego, para que nadie pueda pensar que puede más mi afecto que mi admiración.  

 

         La segunda observación, es que el motivo principal de tal sensación que experimento por mi parte, es la de que, el virtuosismo del que Andreas Prittwitz da muestra, como interprete en la flauta de pico, sobre todo en la dulce, más sin duda que en el clarinete y el saxo, en los que es autodidacta, merece sin exageración alguna la posición del solista que dialoga con el tutti en cualquier gran orquesta sinfónica del mundo. También me permito decir esto, sin que me ciegue según creo pasión alguna. De hecho, Andreas Prittwitz, ya ha actuado en tal posición con ese tipo de grandes orquestas sinfónicas. Esto es, sintetizando lo dicho hasta el momento, a mí personalmente me gusta mucho más la interpretación que Andreas Prittwitz hace de las piezas barrocas, cuando se mantiene dentro del más puro clasicismo. Pero esto es cuestión de gustos.

 

         La tercera observación, a mi modesto juicio, resulta si cabe, también muy positiva y luminosa  en la propia línea que Andreas manifiesta querer seguir, de aún mayor contenido en valor musical y artístico en general. Él quiere innovar y, más aún que eso, improvisar. En las lecciones que dicta en sus Cursos de Improvisación y Masterclass, según sus propias palabras, suele proponer el ejemplo, bien sencillo, de que sobre la base de una misma nota, repetida, la conocidísima sol-sol-sol l mi, del allegro con brio que abre el Primer movimiento, compuso Beethoven su magna Quinta Sinfonía, haciendo derivar simplemente de aquellos primeros dos compases todos los matices que la integran, hasta percibir el sonido por el oído, de modo similar a como puede observarse por la vista la luz en un calidoscopio, en el que con los mismos materiales se forman, derivándose unas de otras, las formas luminosas y cromáticas más exquisitas geométricamente, de tal modo que, si fuesen flores, serían orquídeas. ¡Y eso que Beethoven se encontraba ya totalmente sordo cuando, el día del estreno en el Kärntnertortheater de Viena, sonaron los primeros compases de su también inmortal Novena…! ¿Sería menos excelsa alguna de estas emblemáticas composiciones si, tras alguno de sus compases, determinadas variaciones no hubiera sido Beethoven quien las hubiese escrito? Naturalmente que no. Y de modo similar, algo muy parecido, según he creído entender, es lo que Andreas pretende. Y esto asimismo me parece sumamente positivo.

 

                  También en Literatura, tanto en prosa  -en la novela o el teatro- partiendo de un tema o de un argumento original es posible, y no son pocos los ejemplos, establecer alguna variación o innovación. Y de un modo similar, sucede en Poesía, género literario muy próximo a la Música, no tanto en lo que se refiere a la rima como a la medida del verso,  y al acento rítmico que todo verso, además de expresar su contenido gramatical y semántico, debe albergar, para que pueda a su vez “sonar”, porque sólamente entonces estaremos en presencia de Poesía también estrictamente verdadera, y no ya de la llamada prosa poética, aunque esta última también pueda ser encuadrada dentro de la Poesía en general. Y en Música, sin duda, este efecto me parece resulta mucho más posible y sobre todo auténticamente creativo.

 

              Y cuando, Andreas Prittwitz improvisa e innova, las variaciones me causan la impresión, o mejor debería decir la sensación, de que los matices que sus notas alcanzan están siendo arrancados de la nada, como si Andreas fuese un cirujano que, en una operación cesárea, estuviese extrayendo del útero materno de la línea melódica original, un nuevo ser que, por tanto, está naciendo en ese mismo momento, aunque hubiera sido tácitamente engendrado a la vida en la partitura que escribió el "primer creador", hasta cobrar un verdadero acento mágico.

 

            Y dicho todo esto, en lo que yo disiento, o lo que lamento decir no me complace tanto, no es precisamente que Andreas Prittwitz innove e improvise, sino el destino o efecto final de la improvisación, que diga él lo que diga, bien sabe perfecta y deliberadamente cuál es. Porque  -lo diré a riesgo de escandalizar a los que piensan, incluido el mismo  Andreas, que “toda música es música”-  a mí no me gusta, no me emociona ni me dice nada de nada el Jazz, ni el original ni el llamado de Fusión (Lee Ritenour o Spyro Gyra, a título de ejemplo), ni tampoco el Blues, género del que el etnólogo y musicólogo Gerhard Kubik afirma que sus elementos hunden sus raíces en la música islámica y del occidente africano. Tal vez porque me recuerda la barbarie de la esclavitud. Y por último, lo que detesto es esa peste del Rock, o del Pop rock, con sus teclados y sus guitarras eléctricas, porque me produce la sensación de que, con él, la ya mediocre música del siglo XX, dominantemente nacionalista, queda sometida a una verdadera profanación. Ya sé, por haberlo leído, que el propio Andreas declaró en cierta ocasión, literalmente, sin que yo sea capaz de entenderlo: A mí me han interesado siempre todos los géneros y todas las épocas, desde el barroco al rock duro". Y, en otra, hasta que: Todos estamos deseando romper el formalismo elitista”.

 

         Me parece que esta última afirmación, tendría que ser explicada. Pero, en rigurosa consonancia con el título de este artículo, preferiría que Andreas Prittwitz se mantuviese, con respecto al barroco, en la ortodoxia del más puro clasicismo, para formar parte como solista de las más prestigiosas orquestas sinfónicas, y a ser posible de la Nacional de España. Comprendo y respeto mucho su proyecto  --¿cómo podría yo discutirlo o criticarlo?-  pero esa es mi sensación y, en consecuencia lógica, mi opinión. Porque eso fue lo que sentí en el concierto del pasado día, al que me refiero, muy especialmente al escuchar el “Madre dolorosa”, del Stabat Mater, de Pergolesi. No dudo que así será más original, si se quiere menos “aburrido” de tanto escucharlo. Pero… no. No para mí.

 

         Y agotada ya la primera cuestión, la del “más que barroco”, he de afrontar la segunda. La referente al titular de prensa digital en el que se anunciaba la “llegada” de Andreas Prittwitz al Auditorio Nacional. ¿Qué es lo que se pretende decir, en este sentido? ¿Acaso que Andreas Prittwitz, procede de ese sórdido mundo de los llamados “cantautores” y por eso, “al fin”, llega al Auditorio Nacional? No sé dónde he leído, pero estoy seguro de haberlo hecho, el lamento de Andreas, en declaraciones a algún periodista, admitiendo la dureza de abrirse camino en España, dentro del mundo musical. Esto, no descubre nada nuevo. Ya dijo en su día Jesús López Cobos, que “ser Director de Orquesta, en España, era mucho más difícil que ser torero en Finlandia”. Comprendo por tanto perfectamente esas declaraciones, tanto como las lamento, y como lamento muy hondamente que otro gran español, don José Ortega y Gasset, dijese aquello de que no hay "éticas mágicas" en la sociedad humana y que ésta no puede ser nunca “un debe ser”, sino “un es”, del mismo modo  -dijo literalmente-  que la Tierra no debe, sino que tiene Polo Norte y Sur y la pirámide, base y cúspide. Por tanto, por desgracia, entiendo también que Andreas Prittwitz, tuviese que aceptar tan malas compañías como las de Luis Edardo Aute, Miguel Ríos, Joan Manuel Serrat o Joaquin Sabina y… ¡Ana Belén! ¡Vaya lista, Profesor! Sólo falta en ella, “Raphael”, ese estrambótico “aprietabombillas”. Tú, Andreas, viniste de Alemania con una densa y profunda formación musical clásica, adquirida en Freiburg im Breisgau, la cuarta ciudad de Baden-Württemberg, sede del Konzerthaus. Formación musical clásica, sin duda exquisita y rigurosa, como corresponde a la rígida metodología alemana, la de “todos los días muchas horas”, que ni puede ocultar tu dulce sonrisa, tras la cual cabe también advertir la dureza del esfuerzo. Bien sabes que soy desde hace mucho profundamente germanófilo. Tú, no “deberías” haber necesitado nada de esos silvadores “perroflautas” de la jauría progresista, o de la perrera de la “movida madrileña”, paleta e impía,  que ladran más que cantan, o meros grajos que más que graznar, croan cuando dicen cantar, el mejor de los cuales tan sólo podría acompañarte, para llevarte la maleta. En el mejor de los casos, el estuche en el que guardas tus flautas de pico, tu clarinete o tus saxofones. No importa que sean famosos, aunque posiblemente menos que algunos futbolistas. ¿Qué ese señor que tú dices,  en cierto lugar, además de "músico", es poeta? Si él es poeta, yo soy Garcilaso de la Vega. Tú, ya habías llegado al Auditorio Nacional de España, mucho antes del Concierto del otro día. Por ello, más que “un punto de inflexión en tu carrera musical”, como me dijo, alguien que te conoce desde mucho antes y mucho mejor que yo, habías manifestado tu mismo, es un punto de confirmación y convergencia de tu categoría musical de interprete. Y te auguro, te auguramos algunos, que volverás. Más que una “llegada”, es una partida, y volverás al Auditorio muchas veces más. A los que nunca creo hayan dejado entrar en esa noble Casa, y si lo han hecho o lo hacen sería un sacrilegio, es a cualquiera de los integrantes de esa panda, cuya excelsa misión es la de alimentar de "carnaza musical" a las clases de tropa, a fin de que puedan aullar mejor, mientras levantan sus puños cargados de violencia o de simple estulticia, juvenil y no tan juvenil. Por favor, Andreas, no abjures del elitismo, porque ya dijo el propio Ortega que no puede existir una sociedad armónicamente organizada sin una "minoría selecta" que la fermente, como la levadura a la masa, para obtener el pan. Y porque, lo quieras o no, tu perteneces a esa élite, a la de los “aristoi”, que no son los aristócratas de la llamada nobleza, sino simplemente “los mejores”, en el sentido rigurosamente etimológico de la palabra.  


         Querido Andreas, eres muy elegante al atribuir a tu Orquesta la dirección colegiada, como hiciste de palabra desde el escenario. Me parece, por ello y por todo, de estricta justicia por mi parte, mucho más que de cortesía, hacer referencia a los integrantes del Lookingback Baroque Orchestra  que te acompañaron en el Concierto del pasado día 17. Fueron, y también muy brillantemente, Mauro Rossi (violín); Joan Espina (violín); Krzysztof Wisniewski (violín); Javier Gallego, (violín); Elena Rey (violín); Cristina Pozas (viola); Humberto Armas (viola); Miguel Jiménez (violonchelo); Roberto Terrón (contrabajo); Sara Erro (clavicémbalo); y Ramiro Morales, (archilaúd y guitarra barroca). Quiero saludar desde este humilde rincón especialmente a Ramiro Morales, que me firmó un autógrafo el pasado verano. Gracias, Ramiro, y enhorabuena. Y a ti, querido Andreas, qué podría decirte. La primera vez en mi vida que te vi y fuimos presentados por alguien que cabalgaba a tu lado, lógicamente te encontrabas sobre un caballo y yo caminando. Entonces no observé tanto la diferencia de altura (aparte de la tuya propia hay que añadir la del caballo), pero después de escucharte ya varias veces y de saber mucho más de ti, tengo que decir que me siento una hormiga. Gracias, por hablar conmigo de vez en cuando, alguna vez que nos encontramos por aquellos caminos, a la salida del sol o cuando ya cae la tarde. Enhorabuena y un abrazo.

         Y una sugerencia final, nada de ruegos. Debo insistir en la modestia de este Blog, pero he de decir también que se lee, al menos se visita, en los cinco continentes, no sólo en España y casi todas las Repúblicas iberoamericanas, sino también, merced a un simple traductor, en muchos países de Europa y hasta de Asia y de África, además de Australia y Nueva Zelanda. Y, por este motivo, sin ninguna pretensión de nada, simplemente de prestar un servicio a los posibles lectores, no puedo menos de aconsejarles que, si algún día se enteran de que Andreas Prittwitz va a tocar su música en los respectivos países, no se pierdan por nada del mundo tan espléndido acontecimiento. Ese día, agradecería muchas opiniones al respecto, como en este momento también deseo alguna, aunque sea para ponerme pingando, y seguramente con razón, desde mucho más cerca.

Luis Madrigal


Arriba, Andreas Prittwitz
en un excelente retrato del pintor hiperrealista
Rafael Núñez