miércoles, 14 de mayo de 2014

NO HAY QUE MATAR A LOS POLÍTICOS





BASTA CON PRESCINDIR DE TODOS ELLOS

El trágico acontecimiento acaecido recientemente en mi Ciudad natal de León, casi me obliga a formular algunas tímidas y muy respetuosas reflexiones. La principal de ellas es la de que no creo sea necesario decir que León no es una Ciudad asesina. ¡Pobre León…! Sería más bien una Ciudad asesinada. Y encima, para una vez que aparece en la TV estatal, es para proclamar a todos los vientos que allí se mata cruelmente a las personas. Lejos de cualquier instinto criminal, que puedo asegurar no poseo, ni mis paisanos leoneses menos aún, hay que decir, simplemente, que el hecho de que se trata constituye, no sólo un quebrantamiento de la ley positiva humana, en su dimensión penal, y por ello ha de ser castigado con la pena que al tipo penal correspondiente proceda. También constituye una infracción grave de la ley natural y, por descontado de la Ley eterna. El ius puniendi del Estado, el derecho de éste a castigar a los asesinos, se queda muy corto, sea cualquiera la penalidad que pudiese serles impuesta y, mucho más, en estos tiempos en los que la Constitución Española vigente, declara el derecho a la reinserción del delincuente, aun tratándose de asesinos a sangre fría, y el aligeramiento del periodo de cautividad de los mismos. Sobre todo, se quebranta de un modo esencial, a mi modesto juicio, la suprema ley del amor cristiano, que dispone dispensar éste no tan sólo a los que recíprocamente también nos aman  -¿qué mérito podría haber en esto, ni que cosa sería más lógica?-   sino también a los que nos odian y nos persiguen. Sobre esto, no es necesaria una palabra más.

Pero, se está matizando, con todo lujo de detalles, y sobre todo con especial interés, por los periodistas y comentaristas radiofónicos, la suma conveniencia de considerar que “el crimen de León”  (qué vergüenza, Dios mío, ahora ya no se hablará del “crimen de Cuenca”, porque el 21 de Agosto de 1910 queda ya muy lejos), no ha sido un crimen político, sino un crimen perpetrado contra una persona en el ejercicio de un cargo político. Dicen que no es lo mismo, que así es mucho menos grave, y que esto es muy importante. A mí no se me ocurre la razón o el por qué de la diferencia, ni de la importancia derivada de ella. La vida, es el bien ontológico sumo y, por tanto  -posiblemente después de la libertad, más que antes-  el bien jurídico preferentemente protegible a todos los demás bienes que el Derecho tutela. Pero, ¿también en esta materia han de tener especiales privilegios los políticos? ¿No basta con los sueldos, gratificaciones, comisiones, dietas, incentivos, aforamientos, honores, distinciones, pensiones vitalicias exorbitantemente desproporcionadas en relación a las de los demás ciudadanos? ¿No basta con el excesivo y estúpido culto a la personalidad, que se les dispensa? ¿No es suficiente con el honor de servir y prestar a sus conciudadanos los cuidados y atenciones que requieren el bienestar y felicidad temporal  -en lo posible, pero no en menos-  de todos y del todo, de la Ciudad terrenal? Mucho me temo que esta gente camina por otros senderos, mucho menos rectos, mucho más tortuosos y oscuros. Mucho más egoístas e insolidarios. Y, desde luego, nada cristianos.

Últimamente, cada día más, mi opinión acerca de los políticos y la valoración que, muy en general, me merecen los mismos, no puede ya ser más penosa y miserable. La inmensa mayoría de ellos, me causan casi siempre la impresión de que se trata de gentes de la más baja condición intelectual y de ínfima capacidad para hacer algo útil, por no entrar en otras consideraciones, objetiva y moralmente repugnantes. Los políticos, los sindicalistas, los periodistas especializados en difundir sus gestas y hazañas, como si, en la Sociedad, que es una esfera inconmensurablemente mayor que eso que se llama “el Estado”, no existiesen otras muchas cosas dignas de atención. Todos estos tipos de gentes, confluyen en un punto tal, que en el mismo parecen coincidir también sus intereses menos sublimes y románticos, sino los más comestibles y bastardos, mucho más propios del estómago que del corazón, y sin duda también del cerebro, del buen gusto, la exqusitez, la cortesía y el ceremonial necesario a la raza humana. Han convertido, de un modo espurio, el esencial y genuino fundamento de que es preciso “organizar la convivencia política” y el bienestar general, en un mero y torpe pretexto para vivir de ello de un modo espléndido, sin más esfuerzos que el resto de la población. Entre todos, han inventado una profesión estable y duradera, para siempre jamás. Han generado casi “otra raza”, de una especie mutante, dentro de las que ellos mismos se dividen y subdividen en diferentes e indecorosas castas, familias, corrientes y sub-corrientes. Aparentemente se desprestigian e insultan entre sí, pero bajo cuerda se protegen mutua y recíprocamente, y cuidan con riguroso esmero de que el negocio común no llegue a su fin. De que la profesión de político no se extinga y así la gallina de los huevos de oro, siga poniéndolos frescos y abundantes cada mañana. Y últimamente, por desgracia, cada día me invade más la sensación de que toda esta casta o “raza”  -la llamada clase política-  ha hecho cautiva a la sociedad española y la ha sometido a otra dictadura, mucho más injusta e inmoral aún que las que así de hecho se manifiestan, sin tratar de engañar a nadie. De modo tristemente paradójico, ésta que sufrimos se impone materialmente también, dentro de la formalidad y del principio de legalidad, consubstancial al orden jurídico. De la formalidad constitucional, parlamentaria y demás zarandajas, que tan sólo son realidades de verdad dogmática, y hasta si se quiere de pura razón, pero que no lo son en absoluto de verdad práctica. Me gustaría mucho poder estar equivocado, pero esta es mi pura verdad, la que yo creo que honestamente percibo y tanto lamento percibir.

Todas las Dictaduras políticas, militares o no, son moralmente ilegítimas, reprobables y por ello perversas y odiosas. Lo son, porque al arrancar de raíz la libertad, convierten automática e implacablemente a las personas en cosas. Las cosifican y llenan sus almas de terror. Por eso, ninguna de ellas puede ser defendible. Pero “esto” que ahora en España padecemos, no es soportable, ni tampoco es digno. Esta es la cuestión. ¡La dramática cuestión! Sin embargo, la Historia, que no es tanto lo que pasa, o lo que pasó, sino esencialmente lo que viene, es imperfecta, pero cada vez, andado el tiempo, lo ha sido menos. Es una imperfección que se perfecciona a sí misma, que se va perfeccionando o haciendo cada vez menos imperfecta. Y así hasta la Meta-Historia, en la que ha de brillar la Perfección absoluta y eterna. Yo anhelo con toda mi alma, aunque no pueda llegar a verlo  -nadie de esta generación lo verá-  que algún día, aquí sobre la tierra, la especie humana, el homo sapiens-sapiens, no querrá ya más políticos, ni podrá permitir que ésta sea una “profesión”. Precisamente porque la Historia se perfecciona a sí misma, estoy convencido de que algún día se descubrirá alguna formula en virtud de la cual los políticos, llamados ahora “representantes del pueblo”, cuando únicamente se representan a sí mismos, serán elegidos entre las personas a las que siempre se desprecia porque “no son políticos”. Estoy convencido de que algún día, como los jurisconsultos que describía Ulpiano en la etapa post-clásica de Roma, los “políticos” serán sacerdotes, que lógicamente vivirán del altar, pero ni engañarán a nadie ni, sobre todo, tropezarán con sus propias alforjas al dirigirse a su pesebre. Sin embargo, entre tanto, no es necesario ni moral matarlos. Es suficiente con no participar en la comedia que se traen entre manos. Tal vez, haya que volver al Diluvio, para ver de nuevo la paloma con una rama de olivo en el pico.

Luis Madrigal





En las fotografías de arriba, de mi propia elaboración,
 Pasarelas sobre el Río Bernesga, en alguna de las cuales posiblemente
se perpetró el crimen


jueves, 8 de mayo de 2014

TRILOGÍA DEL TIEMPO



I

LA HISTORIA NO CONCLUYE…

NUNCA PASA LO VIENE

La Historia, no concluye… Sigue yendo,
porque no pasa nunca lo que viene.
El tiempo es un misterio, y no detiene
lo que, sin nunca ser, está muriendo.

Lo que muerto parece, está naciendo
entre nimbos de plata, que sostiene
el cielo más azul y sobreviene
al eco del sentido, sin ser siendo.

Cuando  -sin ver ni oír-  el alma siente
lo que el ojo no vio ni oyó el oído,
lo que cobarde fue, es ya valiente,

pese a temblar el suelo, estremecido.
El intelecto al fin será sentiente
y el pecho, sin cesar, puro latido.



II

ENTRE LAS HORAS LENTAS

NO TENGO NI UN SEGUNDO

Las horas que pasaron, no las tengo,
ni las que han de venir  -quizá-  aún no han venido.
Sólo tengo un segundo, y ya el siguiente
pasó otra vez, en busca de un suspiro
que pronto ha de morir, sin un lamento,
ni una pausa, una noria ni un quejido.
La fuente que lloraba, hoy ya no llora,
ni tampoco la risa está conmigo.
Voy caminando. Solo. A nadie busco
y sin buscar, mi soledad germina
en otros solos que, sólos, me acompañan
y sin andar, ya se acaba el camino.



III

MIENTRAS EL TIEMPO PASA

NO BUSCARÉ MÁS

Buscaba ayer lo mismo que ahora busco,
sin encontrar más nada que un suspiro.
Gira la Tierra y, sin pensar, yo giro
sobre mí mismo, y temo un salto brusco.

Cuanto más miro al cielo, más rebusco
entre niebla que cubre lo que miro.
A veces, hallo paz, otras deliro
y siempre encuentro al paso algún pedrusco.

No buscaré ya más. Si hoy nada entiendo,
mañana, al fin, he de entenderlo todo,
cuando entre luces vea mi alma  -sintiendo-

lo que nunca he sentido… Y de este modo
ya jamás sentiré nada sufriendo,
ni volveré a pisar en tanto lodo.


Luis Madrigal




viernes, 2 de mayo de 2014

EN ESTA NOCHE OSCURA




EL SER ES LO QUE MUERE


En esta noche oscura,
que muere sin el alba;
de opacos nubarrones
que lentos se desgranan
en murmullos del viento
que gime en mi ventana...
En ella, he de decirte
lo mismo que él me habla.
He de contarte el sueño
que vive y no se acaba.
Susurrarte al oído,
tras el Mar de la nada,
que el ser no es lo que ríe
en las mañanas claras,
ni en las doradas tardes,
ni en las noches de plata...
Cuando, en la Primavera,
nacen las flores blancas.
No es lo que vive y canta.
Es silencio que muere,
mientras el alma sangra.


Luis Madrigal





Arriba, fotografía de Sam Howzit


martes, 29 de abril de 2014

YA NO SERÁ



LO QUE SIENDO, NO FUE


Lo que siendo no fue,
pudo ser.
Si no fue, nada queda
ni será ya.
Ya nunca será
lo que una noche, al brillar
la luna sobre el mar,
yo sentí.
Ya nunca será
ni podré más sentir.


Luis Madrigal




sábado, 26 de abril de 2014

SOBRE LA RAZÓN HISTÓRICA



CONTINÚAN
LAS PUGNAS, HERIDAS, CAPTURAS, EXPOLIOS, DESOLACIONES…
  y, por ello, LA REIVINDICACIÓN LEONESA DE LEÓN




No deseo, ni mucho menos, parafrasear ni imitar el título del libro con el que, en el año 1979, la Revista de Occidente, con Nota preliminar de Paulino Garagorri, refundió cinco lecciones de Ortega dictadas en la Universidad de Buenos Aires en 1940, y otro curso sobre el mismo tema, en la Facultad de Letras de la Universidad de Lisboa en 1944. Aquellas lecciones magistrales eran por completo abstractas y lo que humildemente yo mismo me propongo ahora es simplemente invocar una razón histórica muy concreta y si se quiere de orden menor. Pero al mismo tiempo me parece que de rigurosa y estricta justicia. Al menos, para poder estar en paz conmigo mismo. Para Ortega la razón histórica, es una razón narrativa. El hombre es hoy lo que es porque ayer fue otra cosa y, por ello, para poder entender lo que hoy es basta con que nos cuenten lo que ayer fue. Sin embargo, en lo que respecta a León, al viejo Reino y a la Ciudad capital del mismo, me parece a mí que la realidad actual se encuentra dislocada, sacada de su verdadero sitio, si se considera lo que León fue, o mejor dicho ha sido en la Historia de España.

Puedo asegurar que el mapa que precede a este texto, no lo he inventado yo, en una exaltación del ánimo causada por el deseo de dotar de antigüedad, importancia y protagonismo histórico a mi natal y bimilenaria Ciudad de León (por cierto, por la que el propio Ortega fue Diputado en la II República) sino que puede acreditarse el carácter objetiva y genuinamente científicos de las fuentes utilizadas para su elaboración. Como éste simple mapa, al mismo tiempo tan significativo y elocuente, sin duda, pueden encontrarse otros muchos, tanto anteriores, relativos a la geografía y la historia de los pueblos pre-romanos, como coetáneos a la romanización de España y posteriores, ya superada la Hispania romana, en el marco histórico del Reino visigodo. No digamos durante la crucial etapa de Alfonso VI, en el que León tuvo a su merced y constante amenaza a las Taifas musulmanas de todo el Oeste de la península, hasta alcanzar el Sur.

Tampoco me he inventado yo el título que, a su vez, precede al mapa. Esto es, en síntesis, el argumento precedente del precedente, pese a invertirse el proceso lógico entre ambos. Las pugnas, heridas, capturas y expolios sufridos por León, en suma cuantas injusticias y ofensas objetivas le han sido inferidas ya desde siglos, ha conducido a la paradoja de que hayan sido los leoneses los obligados a reivindicar a León -como realmente paradójico resultaría reivindicar “la condición atlante de la Atlántida”-  y todo ello, incluida esta última expresión, se debe al periodista y escritor leonés Juan Pedro Aparicio, batallador infatigable al respecto, quien ya lo introdujo en el ensayo, contenido en un libro de 150 páginas, publicado en el año 1981. Juan Pedro Aparicio, evoca en el frontispicio de aquel texto el “Nimitur in vetitum”, de Friedrich Nietzsche. A mi modesto juicio, debió añadir el resto de la frase (“…semper copimusque negata”), para completar la profundidad de la evocación y, con ello, lo que desde siglos significa para los leoneses, como entonces sucedía y sigue sucediendo hoy. Porque, efectivamente, los leoneses (que no somos eso que el despotismo político actual ha querido llamarnos, de “castellano-leoneses”), trataremos siempre, mientras vivamos, de conseguir lo que se nos ha prohíbido y siempre anhelaremos, en lo más hondo de nuestro ser, lo que se nos ha negado. Ser simplemente lo que somos, sólo leoneses. Nada más. Sin embargo, tengo que discrepar del propio Nietzsche, en cuanto a lo que tan felizmente se promete a sí mismo, al triunfo de su filosofía, con el argumento de que lo único que siempre se ha prohibido es la verdad. Transcurren las décadas, sin que haya sido alterada la doctrina del Tribunal Constitucional, respecto a la apertura permanente del mapa autonómico de España, y no parece sino que la verdad de León continúe prohibida y se reproduzcan con ello incesantemente todas las situaciones que Juan Pedro Aparicio denunció en su ensayo de entonces. El León originario, de más de dos mil años de historia; después pugnaz y defensor del Ordo Gotorum frente a la invasión árabe; el León asaetado y herido en Tamarón, capturado y cobrado más tarde por la “navarrización”, que dará lugar a que el hijo de un leonés  -elevado a los altares-  detenga el reloj de la historia leonesa en 1230; los negociantes de la Mesta y la Guerra de los Comuneros; el León despojado y arruinado desde 1521, crucificado y despreciado en el siglo XIX, continúa hoy, tras esa barbaridad que llaman las “Comunidades Autónomas”, absolutamente ignorado. Tenía entonces mucha razón Juan Pedro Aparicio cuando afirmaba que, más o menos cada cuarenta años, muestra España al mundo su capacidad para negarse a sí misma, suplantando su verdadera historia real por otra que jamás existió. Esa es la lacerante y oprobiosa situación en que se ha situado a León en el contexto actual y vigente de las nada menos que 17 Españas, alguna de ellas sin el menor peso en la Historia. Porque, al propio tiempo, contradictoriamente, todavía persiste en un cuartel entero de su escudo nacional ese León rampante, linguado, uñado y coronado, por el que también Cristóbal Colón, arrodillado en Guanahani, halló América, y que antes había vertido a torrentes su sangre para ofrecer a España triunfos y gloria.

Se ha llegado a poder decir  -y clamar-  que “Teruel existe”, pero ni en los informes meteorológicos, en los que se pronostican borrascas o anticiclones sobre la más amplia geografía de la España actual, se tiene para nada en cuenta a León, del que siempre se habla muy de pasada y en un segundo plano, a diferencia de Cáceres o Badajoz, cuya ubicación figura perfectamente resaltada en la franja vertical oeste de los mapas. O a ese invento de La Rioja (Logroño se fundó en el año 1095), o no digamos al referirse a la “Cordillera Cantábrica” , de la que León forma tanta o más parte que Asturias o que la misma Cantabria, porque también León es astur y es cántabro. Los hijos del Esla, el Río Astura, los astures cismontanos, o lancienses, tan astures como los transmontanos, como “los de las Asturias de Oviedo” (según dice literalmente un arbitrario romance popular en torno a un cantar de gesta a los que se pretende dotar de rigurosa realidad histórica), es decir, nosotros, los que nunca gritamos y permanecemos siempre en silencio, con absoluta lealtad a España, hemos sido borrados de un plumazo del mapa de su Historia, a pesar de haberla creado varios siglos antes de que existiese Castilla. En cualquier caso, la fundación de Oviedo es del siglo VIII, y Santander, como podrá observarse, ni figura en el mapa de Hispania que precede, pese a ser, posiblemente, el Portus Victoriae Juliobrigensium, aunque sí figure en el mismo Flaviobriga, que no es Santander, sino Castro Urdiales. Para qué hablar ya siquiera de ese páramo de Valladolid, que pese haber sido cuna de Felipe II, se fundó en el año 1072. O de Burgos, que no sólo es la verdadera Castilla, sino más aún, “Caput Castella”, y que, a su vez, se fundó, en el año 884, casi dos siglos antes que la mesetaria ciudad del Pisuerga, en la que tan arbitraria como despóticamente se ha establecido la capitalidad de esa híbrida “comunidad” político-administrativa.

En todo caso, excepto las cinco ciudades de la costa hispánica mediterránea, por la que llegó y penetró la lengua y la cultura en la península Ibérica (Emporion, Barcino, Tarraco, Saguntum y Cartago Nova, esta última anteriormente Quart Hadasht), incluidas también Pompaelo, Corduba e Hispalis (y no digamos las fenicias Malacca y Gades), todas ellas más antiguas, no sólo que León, sino también que las situadas al Occidente, es decir, un total de ocho Ciudades, todas las demás, incluso Augusta Emerita y Cesaraugusta, son más modernas, o menos antiguas, que León, re-fundada por Roma en el año 29 a.C. y que, en consecuencia, cuenta en este momento con dos mil cuarenta y dos años que, computando su pre-romanidad  -Legio, antes de Roma, fue Lancia- camina hacia los tres mil años y es actualmente, como mínimo, la décimo-primera Ciudad más antigua de España, en términos absolutos. Si a esto se añaden otras singulares circunstancias, tales como la placa que figura en la Carrera de San Jerónimo, de Madrid, dentro del propio Palacio sede del Congreso de los Diputados  -el Parlamento español-  pienso yo que bien podrían, al menos, los periodistas radiofónicos y los hombres y las mujeres “del tiempo”, cuando pronuncian sus informes, abstenerse, de decir “Castilla-León”, como tan irrespetuosamente en ocasiones hacen. Porque, si no basta con la Placa que en el Parlamento de la España democrática recuerda el día 26 de Abril del año 1188 (hoy, exactamente se cumplen 826 años desde que, en la Real Colegiata Basílica de San Isidoro, se constituyese el primer Parlamento democrático de la Historia en el mundo) podrían invocarse también los nombres gloriosos de Alhandega, Simancas, Talavera u otros lugares donde los leoneses lucharon y vertieron su sangre para reconstruir España. Podría citarse, por ejemplo también, otra fecha, la del día 25 de Mayo del año 1085, en el que Alfonso VI de León, sin nada tener entonces con Castilla, penetró al fin en Toledo por la Puerta de Santiago del Arrabal, recuperando para España la vieja capital del Reino visigodo. Al menos, por favor, háganlo por la antigüedad, que si bien puede que no sea ya un grado, como en el Ejército, sí al menos debe tratarse con la veneración y el respeto que merecen las piedras más entrañables y gloriosas. Estas, las piedras  -con el corazón-  es ya lo único que nos queda a los leoneses. Pero eso, es mucho. Mucho más de lo que nadie nos pueda prohibir o negar, porque vive diariamente con fervor dentro de nosotros mismos.

Luis Madrigal










viernes, 25 de abril de 2014

TRAS LIGERO PARÉNTESIS




OTRA VEZ PRIMAVERA


Colores sobre campos verdes. Prados
de anhelos ciertos, que suben al cielo
para encontrar en él  -dulce-  el consuelo
del flagelo invernal. Enamorados

de la luz y la flor. A todos lados
sonríen con el viento, que alza el vuelo
para llevar el eco de este suelo
al paraíso azul, que días pasados

prestó su verde canto y la mirada
de ríos azules en verdes praderas
para alegrar el paso y la pisada.

Hoy, yacen ya allí las horas puras
y el fuego alza voraz su llamarada
para alumbrar por fin noches oscuras.


Luis Madrigal


Para escuchar la música que a continuación se ofrece,
pulsar sobre la nube con el botón izquierdo del ratón
y arrastrar hasta coincidir con el hueco de su derecha



ALIA MÚSICA
Director: Miguel Sánchez
Cedit frigus hiemale
Bib. Nat. Paris, lat 5132, fol. 108 v.


En la imagen de arriba,
fotografía de Jeff Woodard



***



Cuando tan sólo han transcurrido horas desde la publicación por vez primera de esta entrada, me ha parecido casi un pecado -a punto de cumplirse la Octava de la Resurrección de Cristo- dejar a la música precedente, de gran belleza, sin el también bellísimo contenido del texto al que se canta. Y no, en absoluto, porque el mismo se encuentre en la Biblioteca Nacional  de Francia, en París, sino porque el frío del que la Humanidad se ve libre, a estas alturas, no sólo es el frío invernal, propio de la estación correspondiente, sino de un frío mucho más absoluto, del frío del alma. La Luz que brilla, es muy superior a la que ilumina las tinieblas de la tierra, y la alegría de Adán mucho más honda de la que puede experimentarse por la llegada de la primavera. Se trata de otra Primavera mucho más alegre y eternamente esperanzadora. Este es el texto en Latín:

Cedit frigus hiemale,
redit tempus estivale,
iuventus letatur.

Ecce tempus est vernale
quo per lignum triumphale
-inter ligna nullum tale-
genus hominum mortale
morte liberatur.

Iudeorum turba duce
nucleus exit de nuce,
nudus ponitur in cruce,
terra tremit et sol luce
propria privatur.

Acusatur, condenatur,
ligatur et flagelatur,
aceto, felle potatur,
opprobriis saturatur,
spinis coronatur.

Gens iudea "crucifige"
clamans, "tormentis adfige,
per mebra clavos infige";
Adam, Averni de Styge
extractus letatur.

Gaude, plebs religionis,
dies resurrectionis
instat nobis, plaude sonis,
expendet tempus in bonis
dum spatium datur.


Y esta es la traducción al castellano:

Cede el frío del invierno,
retorna el tiempo cálido,
la juventud se alegra.

He aquí, es el tiempo primaveral
por el que a través del madero triunfal
-no hay otro igual entre los maderos-
el mortal género humano
se libra de la muerte.

La muchedumbre de los judíos al frente,
el fruto sale de la nuez,
el desnudo es puesto en la cruz,
la tierra se estremece
y el sol se despoja de su propia luz.

Es acusado, condenado,
atado y flagelado,
le hacen beber hiel y vinagre,
es colmado de insultos,
es coronado de espinas.

El pueblo judío grita:
"crucifícalo, tortúralo,
clávale clavos en los miembros de su cuerpo";
Adán, librado de la laguna Estigia del Averno,
se alegra.

Regocíjate, pueblo piadoso,
el día de la resurrección está próximo
para nosotros, aplaude con música
mientras dure,
compensará a los buenos.


Y, ahora que ya conocemos lo que canta este maravilloso coro de "Alia Mvsica", podemos escucharlo, aunque haya de ser en Latín, con mucha mayor alegría. Pero también sabemos ya lo que dicen quienes cantan. Cantemos también nosotros desde lo más hondo de la alegría que debe inundarnos el alma. Sólo por eso, merece la pena volver a oírlo:



miércoles, 23 de abril de 2014

EN EL GRAN DÍA DE LOS LIBROS




HAY QUE LEERLOS





Un libro, a diferencia de los viejos volumina, o rollos, de los romanos, es un conjunto de hojas de papel paginadas, materialmente unidas y correlativamente sucesivas, en las que está escrito algo. La escritura, pues, resulta consubstancial al libro, de tal modo que, sin ella, el libro no puede existir. A lo largo del tiempo, se ha escrito sobre arcilla, sobre cera, sobre piedra o sobre bronce. También sobre papiro o pergamino; o sobre placas o láminas de madera, hueso, piel o marfil y, desde hace ya tiempo, sobre esa substancia material, fabricada con madera o con restos de telas  -con “trapos viejos-  de los que se extrae, mediante sulfito de calcio, la celulosa de la que se obtiene lo que llamamos papel. Pero siempre se ha escrito para enseñar, indicar o decir algo y también para expresar sentimientos o ideas, o incluso con la única finalidad de entretener, divertir o deleitar, aunque esto último no sea, tal vez, lo más importante.

Los volumina  romanos, eran “tiras”  o láminas de papiro o pergamino, que se enrollaban en torno a un eje, generalmente de madera. De ahí su nombre de “rollos”. La invención de la imprenta, supuso otras formas de impresión de la escritura, hasta llegar al libro paginado que hoy conocemos. Y como es bien sabido, existen y pueden existir infinidad de clases y tipos de libros. Me refiero por el momento, tan sólo a su estructura material en cuanto a las diversas partes que lo integran, las páginas, las tapas o cubiertas, las contracubiertas, los lomos, los cantos, sus dorados o plateados, las cintas salvapáginas… Todo ello, en unión de los diversos tamaños, formas, tipografía, y mil detalles más, ha dado lugar no solamente a las llamadas “artes gráficas”, sino al arte de la encuadernación, arte ya viejo que convierte al libro, materialmente, en un artículo no sólo casi de “joyería”, sino sobre todo en un producto alimenticio, comestible. En una especie de “delicatessen”, mucho más exquisita que las que se exhiben y venden en la correspondiente sección o planta de “El Corte Inglés” y otros singulares establecimientos de alta gama comercial alimenticia. Y esto, ya en sí mismo es un placer. El sonido de las hojas, al pasar con la mano de unas a otras, su crujido y su olor, las excelencias de una tipografía exquisitamente cuidada, con sus ilustraciones o grabados si ello ha menester. Todo esto, ya es puro arte.

Pero, volviendo al principio, esto no es lo esencial de un libro, sino tan sólo lo accidental, aunque se trate de un hermoso accidente. De un mero objeto corporal del mundo exterior, aun contingente, capaz por sí mismo de complacer y deleitar los sentidos. Lo fundamental de un libro es lo que contienen sus páginas, lo que dice, expresa o enseña. Nadie nace sabiendo nada. El más menesteroso de todos los animales, es el hombre, el ser humano. Y tan sólo por ello, necesita aprenderlo todo. Ciertamente que  -como lamentablemente, con cierta barbarie, tantas veces suele decirse-  se puede aprender “en la vida”. Sí, se puede y se debe, porque la vida es la realidad más absoluta a nuestro alcance, sin más necesidad que vivirla, con prudencia y sosiego. Pero, si tan sólo se aprendiese de esta manera, me temo que el ser humano no podría añadir ni un palmo a su condición estrictamente animal. Dice Ortega, que el tigre siempre es un “primer tigre”, aunque le hayan precedido millones de congéneres. Tiene que aprender a cazar, para cubrir la primera necesidad, la de alimentarse, y a resolver por sí mismo, merced a su exclusiva experiencia, todos los problemas y dificultades que se encierran en el hecho de “ser un tigre”. Pero, el hombre, no. Nunca es un “primer hombre”, porque tiene a su alcance cuantas experiencias, descubrimientos y saberes han alcanzado otros hombres que le precedieron y, tras sí, le legaron sus descubrimientos, sus conocimientos y la expresión de sus sentimientos y pasiones. Por eso decía Thomas Edison, “si puedo ver tan lejos es porque voy sobre los hombros de un Gigante”. Ese gigante, es la sociedad humana universal, capaz de inventar la rueda, la mecánica, la filosofía, la ciencia, la técnica, el arte, la poesía… Y sobre todo la palabra, ingrediente sin el cual nada de lo anterior sería posible. Primero la palabra hablada, emitida mediante la emisión del sonido, de la voz. Después, escrita, para que pueda ser leída y con ello transmitido todo el saber y el placer que en aquellas manifestaciones se alberga, mediante ese código maravilloso, casi misterioso, que es el lenguaje.

Ciertamente, todo ello se puede transmitir, como hizo Aristóteles, de un modo o con arreglo a un método peripatético, mientras maestro y discípulo pasean juntos, dialogando. Mucho más, si se hace a la orilla del mar, o en la cumbre de una montaña mágica, desde la que pueden divisarse las crestas más altas de toda una cordillera, y allá abajo los valles, llenos de misterio y de vida. Se puede, y también se debe aprender así, como proponía y practicaba Giner de los Ríos. Pero… ¡ante todo, están los libros! Porque, todo, absolutamente todo, está en los libros. Eso sí, para ello, resulta necesario leerlos. No únicamente comprarlos y, menos aún  -lo cual es una profanación-  elegir los del lomo más adecuado, a juego con la estantería, o incluso con el estampado o textura del sofá. Hay que leerlos, no solamente para poder saber, o sentir, lo que en ellos se encierra, sino porque, si la escritura es consubstancial al libro, la lectura de lo escrito es su última y máxima finalidad. Aunque tan sólo sea por el respeto que merece quien los ha escrito. Por eso yo, humildemente, hoy, y para siempre, en su honor, me permito recordar un Soneto que compuse hace ya algún tiempo:

DULCES LIBROS, TAN QUERIDOS…

¡Vedlos aquí…! En un oscuro estante…
serenos, sosegados, transparentes,
enamorados, quietos y conscientes
de la verdad que albergan, tan constante.

Tantas veces, de ellos tan distante,
se llevaron su voz sordas corrientes
que, contra ellos, levantaron gentes
sin luz y sin verdad. El ignorante

cree que un libro es mera “teoría”,
papel impreso, tinta que se gasta
inútilmente. Y piensa todavía

-si pensar puede-  que la sombra basta.
Quiere vivir tan sólo en la alegría
del asno que, feliz, paja devasta.


Luis Madrigal