jueves, 22 de mayo de 2014

AL LEVANTARSE EL ALBA



CINCO INGENUAS SEGUIDILLAS


I

Pajarillo que cantas
tan de mañana:
¿No has visto en el arroyo
correr el agua?


II

Agua que lenta corres,
en el arroyo:
¿No te ha dicho la aurora
que el mar es hondo?


III

Entre ramas, la hoja
verde, suspira:
Quiere que el viento suba
a toda prisa.

IV

Un beso, vuela lejos,
sobre las olas,
a posarse en los labios
de una paloma.


V

Cuando ando senderos,
lento camino.
Cuando quiero volar,
veo mi destino.



Luis Madrigal








Arriba, fotografía de Giulio Bernardi


lunes, 19 de mayo de 2014

UN NUEVO MATIZ LINGÜÍSTICO



LA INTENSIDAD

Al final, los futbolistas, el futbol  -y muy en especial los periodistas deportivos-  terminarán por aportar y extender nuevos matices al lenguaje y, con ello, a la esfera cultural. ¡Quién podría haberlo dicho! Desde luego, aquel Profesor de Filosofía, que fue el mío, durante el Bachillerato en el Instituto de León, Don Vicente Losada, sin duda ya difunto, se habrá estremecido en su tumba. Pero así es, o al menos, causa la impresión de que es así, en estos últimos días, con ocasión del invento lingüístico llevado a cabo por el entrenador argentino don Diego Pablo Simeone, llamado “El Cholo Simeone”. Este señor, al parecer, ha convertido al Atlético de Madrid, desde sus pasadas miserias, en una verdadera máquina de ganar partidos de futbol. Por lo visto y oído, según ha manifestado el propio Simeone, ello se debe únicamente a que su equipo juega “con intensidad”, con mucha intensidad. Desde que “El Cholo” inventó el término, todos los comentaristas deportivos lo repiten constantemente a través de los periódicos y las ondas de la radio y, los futbolistas y demás entrenadores, de cada diez palabras que, casi todos ellos, con verdadero esfuerzo consiguen pronunciar más o menos coherentemente, al menos siete u ocho de aquéllas, son la palabra “intensidad”. Para ganar, hay que jugar así, con intensidad, porque, cuando así se juega, se gana seguro. Jugar bien al futbol, tratando al menos de arrancar a este juego la belleza plástica que puede albergar, esto, parece ser, ya es otra cosa, aunque desde luego yo no entiendo demasiado de todo ello.

Para mí, el concepto de intensidad, hasta el momento, venía asociado a los de tono y timbre, en relación con el sonido, u otros análogos, pero sin duda caben muchos más matices. Y, parece ser que, entre ellos, el de la intensidad futbolística que, a partir de ahora deberá ser incorporado al Diccionario de la Lengua, eso sí, con las debidas matizaciones o precisiones en lo que singularmente atañe a este precioso, sereno, culto, civilizado y pacífico juego del futbol, que, contra lo que pensaba y profetizaba el Profesor Losada, ha devenido y llegado a ser una las diversiones más celebradas, entre las artes plásticas más prominentes. Si aquel sabio educador hubiese podido sospechar, por lo más remoto, que “los de la patada y el puñetazo” (él, también incluía en el lote a los boxeadores), andado el tiempo, dado los respectivos números de espectáculos y de espectadores, habrían de eclipsar al Teatro, la Música sinfónica y la Ópera, habría tenido que rectificar su punto de vista al respecto. Afortunadamente para él, como supongo con sobrados fundamentos, debió morirse hace ya bastantes años.

Pero, volviendo al tema capital, la primera acepción gramatical del término “intensidad”, es el grado de fuerza con que se manifiesta, fundamentalmente, un agente natural, como el viento, cuando se convierte en huracán, o la lluvia en copioso torrente. Más incluso que la magnitud física de las fuerzas creadas o debidas a la imaginación, el cálculo y el ingenio humanos, como la corriente eléctrica, el sonido, ya indicado, o el flujo luminoso. Y muy difícilmente podría aplicarse tal concepto al futbol, ni aún considerado éste como esfuerzo físico. Así, por ejemplo, la unidad de medida de la corriente eléctrica, para determinar la cantidad de electricidad que atraviesa o discurre por un conductor, es el amperio. La del sonido o la luminosidad, expresadas en magnitudes de ondas sonoras o en flujo luminoso, son, respectivamente, el fonio y la candela. También el calor o el frío tienen su unidad de medida, en unos u otros sistemas o escalas termométricas, ya sea Celsius,  Fahremheit, Kelvin u otras. En todas ellas, es el grado centígrado. Pero, ¿cuál sería la unidad de medida de la “intensidad futbolística”? Me parece que no hay forma de saberlo ni aproximadamente y menos aún de determinarlo. Y tampoco cabe aplicar al concepto de referencia, tan felizmente inventado por el Sr. Simeone, el significado gramatical de la segunda acepción del mismo término, relativo a la “vehemencia de los afectos de ánimo”. Cabe albergar sobradas sospechas de que lo que menos entra en juego en la actividad balompédica, son los afectos  -que pertenecen al orden del espíritu, y no al material de la fuerza física bruta-  sino más bien los efectos, en la relación de causalidad más estrictamente lógica entre los jugos gástricos, o los productos hepáticos, de quienes juegan con arreglo a ese valor deportivo –la “intensidad”- y los resultados numéricos, cifrados en goles no encajados, mucho más que marcados, del equipo al que se defiende, en honor al club al que se representa, dicho sea ello en el sentido más universal, sin entrar en particularismos de equipos ni clubes. Aunque, desde luego, quien inventa es el que goza de mejor y mayor derecho para, digamos explotar, el concepto o la técnica inventados y, desde luego, para que prioritaria y preferentemente se le atribuya.

Una sospecha, no obstante, viene a ensombrecer mis pobres ideas futbolísticas, en lo que se refiere al invento lingüístico de referencia. Porque, tal vez, lo que encubierta y vergonzantemente ha querido manifestar y admitir el Sr. Simeone, en lo que concierne a su “táctica”, o a su visión estratégica de tal juego, es que, además de “jugar muy juntos, cerrando toda clase de espacios para que físicamente no pueda discurrir la pelota, cuando la posee el adversario”  -lo cual no aporta precisamente belleza de ningún género, porque para eso ya se inventó el frontón-  la “intensidad” en cuestión consiste en dar toda clase de patadas, no al balón, sino a las tibias de los jugadores contrarios; en empujar, zancadillear, agarrar, escupir si viene al caso y, en general, utilizar constantemente este tipo de trucos, o de pequeñas infames industrias humanas, para no perder y, si el contrario se descuida, al no jugar con tanta “intensidad”, lanzar de una gran patada  -eso sí, esta vez a la pelota-  impulsándola hacia la portería contraria, para que algún “Aquiles”, y no el de los pies ligeros precisamente,  sino  -sin el menor ánimo de injuriar, y mucho menos de racismo- con preferencia a los plátanos como substancia alimenticia, pueda introducirla entre los tres palos.

Además del principio de impenetrabilidad de los cuerpos, la intensidad futbolística, según me parece, consiste y se basa en no jugar al futbol, o a lo sumo en jugar para no perder, pero además de eso, en decapitar la posible belleza plástica de este deporte, convirtiéndolo en otro distinto. Eso sí, si se gana siempre, se es o puede ser campeón. Pero, ¿campeón de qué? Se podrá ser campeón de “intensidad”, o campeón de no perder. A lo sumo, de “ganar y ganar”. Pero dudo mucho de que se pueda serlo de nada que guarde relación con el verdadero futbol. La escuela futbolística de la “intensidad”, no es más que una superación, un estilo tardío del más tradicional “cerrojo”, tan propio no sólo de los equipos italianos, que ahora il Signore Prandelli, con exquisito gusto altorenacentista del Quattrocento, quiere adoptar, implantando el retorno a la belleza de la línea y la perspectiva y desterrando el horroroso estilo ya descubierto por aquel entrenador español al que familiarmente se llamaba “Tío Benito” y que en realidad se llamaba don Benito Díaz. Jamás empleó el tío Benito tanta “intensidad”, ni aún cuando era entrenador de la Real Sociedad de San Sebastián. Muchos menos todavía lo hizo en aquellos tiempos del “Maracanazo”, cuando dirigió, en aquélla Copa del Mundo, al equipo de futbol nacional de España, hoy llamado “la Selección”. Por tanto, para hallar semejante descubrimiento, no hace falta ser argentino, que sin duda es algo importante para nosotros los españoles, pero no sé por qué sospecho que sus compatriotas, los Profesores Valdano y Cappa  -sobre todo este último, que es escritor-  no deben estar demasiado conformes con el referido descubrimiento lingüístico por parte de su también colega, el Sr. Simeone. El “Cholo”. Eso sí, una vez sabido que el futbol es esa actividad humana que esencialmente consiste en “ganar, ganar, ganar y… volver a ganar”, concepto o definición académica ésta aportada, a su vez, por un glorioso sabio español, ya difunto (q.e.p.d.), pero casi idéntica a aquella a que responden los “delitos por razón del resultado”, no puede caber duda alguna de que el método puede ser muy eficaz. Tan eficaz, en términos de resultados, puede ser tal negocio que, aunque no se parezca al verdadero futbol más que muy superficialmente, puede hacer que el Atlético de Madrid, después de no se cuántos años, vuelva a ganar otra vez la Liga española. Pese a ello, yo recuerdo haber visto jugar, en los años de mi infancia, a aquel gran equipo de dicho Club, que creo recordar de memoria. Marcel Domingo; Riera, Aparicio, Lozano; Mencía, Mújica; Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero (la Delantera de Seda), o también: Juncosa, Ben Barek, Pérez-Payá, Carlsson y Escudero (la Delantera de Cristal). En su honor, mucho más que en el de estos mediocres jugadores que este año han ganado la Liga, suene el Himno del Glorioso Atlético de Madrid.

Luis Madrigal


miércoles, 14 de mayo de 2014

NO HAY QUE MATAR A LOS POLÍTICOS





BASTA CON PRESCINDIR DE TODOS ELLOS

El trágico acontecimiento acaecido recientemente en mi Ciudad natal de León, casi me obliga a formular algunas tímidas y muy respetuosas reflexiones. La principal de ellas es la de que no creo sea necesario decir que León no es una Ciudad asesina. ¡Pobre León…! Sería más bien una Ciudad asesinada. Y encima, para una vez que aparece en la TV estatal, es para proclamar a todos los vientos que allí se mata cruelmente a las personas. Lejos de cualquier instinto criminal, que puedo asegurar no poseo, ni mis paisanos leoneses menos aún, hay que decir, simplemente, que el hecho de que se trata constituye, no sólo un quebrantamiento de la ley positiva humana, en su dimensión penal, y por ello ha de ser castigado con la pena que al tipo penal correspondiente proceda. También constituye una infracción grave de la ley natural y, por descontado de la Ley eterna. El ius puniendi del Estado, el derecho de éste a castigar a los asesinos, se queda muy corto, sea cualquiera la penalidad que pudiese serles impuesta y, mucho más, en estos tiempos en los que la Constitución Española vigente, declara el derecho a la reinserción del delincuente, aun tratándose de asesinos a sangre fría, y el aligeramiento del periodo de cautividad de los mismos. Sobre todo, se quebranta de un modo esencial, a mi modesto juicio, la suprema ley del amor cristiano, que dispone dispensar éste no tan sólo a los que recíprocamente también nos aman  -¿qué mérito podría haber en esto, ni que cosa sería más lógica?-   sino también a los que nos odian y nos persiguen. Sobre esto, no es necesaria una palabra más.

Pero, se está matizando, con todo lujo de detalles, y sobre todo con especial interés, por los periodistas y comentaristas radiofónicos, la suma conveniencia de considerar que “el crimen de León”  (qué vergüenza, Dios mío, ahora ya no se hablará del “crimen de Cuenca”, porque el 21 de Agosto de 1910 queda ya muy lejos), no ha sido un crimen político, sino un crimen perpetrado contra una persona en el ejercicio de un cargo político. Dicen que no es lo mismo, que así es mucho menos grave, y que esto es muy importante. A mí no se me ocurre la razón o el por qué de la diferencia, ni de la importancia derivada de ella. La vida, es el bien ontológico sumo y, por tanto  -posiblemente después de la libertad, más que antes-  el bien jurídico preferentemente protegible a todos los demás bienes que el Derecho tutela. Pero, ¿también en esta materia han de tener especiales privilegios los políticos? ¿No basta con los sueldos, gratificaciones, comisiones, dietas, incentivos, aforamientos, honores, distinciones, pensiones vitalicias exorbitantemente desproporcionadas en relación a las de los demás ciudadanos? ¿No basta con el excesivo y estúpido culto a la personalidad, que se les dispensa? ¿No es suficiente con el honor de servir y prestar a sus conciudadanos los cuidados y atenciones que requieren el bienestar y felicidad temporal  -en lo posible, pero no en menos-  de todos y del todo, de la Ciudad terrenal? Mucho me temo que esta gente camina por otros senderos, mucho menos rectos, mucho más tortuosos y oscuros. Mucho más egoístas e insolidarios. Y, desde luego, nada cristianos.

Últimamente, cada día más, mi opinión acerca de los políticos y la valoración que, muy en general, me merecen los mismos, no puede ya ser más penosa y miserable. La inmensa mayoría de ellos, me causan casi siempre la impresión de que se trata de gentes de la más baja condición intelectual y de ínfima capacidad para hacer algo útil, por no entrar en otras consideraciones, objetiva y moralmente repugnantes. Los políticos, los sindicalistas, los periodistas especializados en difundir sus gestas y hazañas, como si, en la Sociedad, que es una esfera inconmensurablemente mayor que eso que se llama “el Estado”, no existiesen otras muchas cosas dignas de atención. Todos estos tipos de gentes, confluyen en un punto tal, que en el mismo parecen coincidir también sus intereses menos sublimes y románticos, sino los más comestibles y bastardos, mucho más propios del estómago que del corazón, y sin duda también del cerebro, del buen gusto, la exqusitez, la cortesía y el ceremonial necesario a la raza humana. Han convertido, de un modo espurio, el esencial y genuino fundamento de que es preciso “organizar la convivencia política” y el bienestar general, en un mero y torpe pretexto para vivir de ello de un modo espléndido, sin más esfuerzos que el resto de la población. Entre todos, han inventado una profesión estable y duradera, para siempre jamás. Han generado casi “otra raza”, de una especie mutante, dentro de las que ellos mismos se dividen y subdividen en diferentes e indecorosas castas, familias, corrientes y sub-corrientes. Aparentemente se desprestigian e insultan entre sí, pero bajo cuerda se protegen mutua y recíprocamente, y cuidan con riguroso esmero de que el negocio común no llegue a su fin. De que la profesión de político no se extinga y así la gallina de los huevos de oro, siga poniéndolos frescos y abundantes cada mañana. Y últimamente, por desgracia, cada día me invade más la sensación de que toda esta casta o “raza”  -la llamada clase política-  ha hecho cautiva a la sociedad española y la ha sometido a otra dictadura, mucho más injusta e inmoral aún que las que así de hecho se manifiestan, sin tratar de engañar a nadie. De modo tristemente paradójico, ésta que sufrimos se impone materialmente también, dentro de la formalidad y del principio de legalidad, consubstancial al orden jurídico. De la formalidad constitucional, parlamentaria y demás zarandajas, que tan sólo son realidades de verdad dogmática, y hasta si se quiere de pura razón, pero que no lo son en absoluto de verdad práctica. Me gustaría mucho poder estar equivocado, pero esta es mi pura verdad, la que yo creo que honestamente percibo y tanto lamento percibir.

Todas las Dictaduras políticas, militares o no, son moralmente ilegítimas, reprobables y por ello perversas y odiosas. Lo son, porque al arrancar de raíz la libertad, convierten automática e implacablemente a las personas en cosas. Las cosifican y llenan sus almas de terror. Por eso, ninguna de ellas puede ser defendible. Pero “esto” que ahora en España padecemos, no es soportable, ni tampoco es digno. Esta es la cuestión. ¡La dramática cuestión! Sin embargo, la Historia, que no es tanto lo que pasa, o lo que pasó, sino esencialmente lo que viene, es imperfecta, pero cada vez, andado el tiempo, lo ha sido menos. Es una imperfección que se perfecciona a sí misma, que se va perfeccionando o haciendo cada vez menos imperfecta. Y así hasta la Meta-Historia, en la que ha de brillar la Perfección absoluta y eterna. Yo anhelo con toda mi alma, aunque no pueda llegar a verlo  -nadie de esta generación lo verá-  que algún día, aquí sobre la tierra, la especie humana, el homo sapiens-sapiens, no querrá ya más políticos, ni podrá permitir que ésta sea una “profesión”. Precisamente porque la Historia se perfecciona a sí misma, estoy convencido de que algún día se descubrirá alguna formula en virtud de la cual los políticos, llamados ahora “representantes del pueblo”, cuando únicamente se representan a sí mismos, serán elegidos entre las personas a las que siempre se desprecia porque “no son políticos”. Estoy convencido de que algún día, como los jurisconsultos que describía Ulpiano en la etapa post-clásica de Roma, los “políticos” serán sacerdotes, que lógicamente vivirán del altar, pero ni engañarán a nadie ni, sobre todo, tropezarán con sus propias alforjas al dirigirse a su pesebre. Sin embargo, entre tanto, no es necesario ni moral matarlos. Es suficiente con no participar en la comedia que se traen entre manos. Tal vez, haya que volver al Diluvio, para ver de nuevo la paloma con una rama de olivo en el pico.

Luis Madrigal





En las fotografías de arriba, de mi propia elaboración,
 Pasarelas sobre el Río Bernesga, en alguna de las cuales posiblemente
se perpetró el crimen


jueves, 8 de mayo de 2014

TRILOGÍA DEL TIEMPO



I

LA HISTORIA NO CONCLUYE…

NUNCA PASA LO VIENE

La Historia, no concluye… Sigue yendo,
porque no pasa nunca lo que viene.
El tiempo es un misterio, y no detiene
lo que, sin nunca ser, está muriendo.

Lo que muerto parece, está naciendo
entre nimbos de plata, que sostiene
el cielo más azul y sobreviene
al eco del sentido, sin ser siendo.

Cuando  -sin ver ni oír-  el alma siente
lo que el ojo no vio ni oyó el oído,
lo que cobarde fue, es ya valiente,

pese a temblar el suelo, estremecido.
El intelecto al fin será sentiente
y el pecho, sin cesar, puro latido.



II

ENTRE LAS HORAS LENTAS

NO TENGO NI UN SEGUNDO

Las horas que pasaron, no las tengo,
ni las que han de venir  -quizá-  aún no han venido.
Sólo tengo un segundo, y ya el siguiente
pasó otra vez, en busca de un suspiro
que pronto ha de morir, sin un lamento,
ni una pausa, una noria ni un quejido.
La fuente que lloraba, hoy ya no llora,
ni tampoco la risa está conmigo.
Voy caminando. Solo. A nadie busco
y sin buscar, mi soledad germina
en otros solos que, sólos, me acompañan
y sin andar, ya se acaba el camino.



III

MIENTRAS EL TIEMPO PASA

NO BUSCARÉ MÁS

Buscaba ayer lo mismo que ahora busco,
sin encontrar más nada que un suspiro.
Gira la Tierra y, sin pensar, yo giro
sobre mí mismo, y temo un salto brusco.

Cuanto más miro al cielo, más rebusco
entre niebla que cubre lo que miro.
A veces, hallo paz, otras deliro
y siempre encuentro al paso algún pedrusco.

No buscaré ya más. Si hoy nada entiendo,
mañana, al fin, he de entenderlo todo,
cuando entre luces vea mi alma  -sintiendo-

lo que nunca he sentido… Y de este modo
ya jamás sentiré nada sufriendo,
ni volveré a pisar en tanto lodo.


Luis Madrigal




viernes, 2 de mayo de 2014

EN ESTA NOCHE OSCURA




EL SER ES LO QUE MUERE


En esta noche oscura,
que muere sin el alba;
de opacos nubarrones
que lentos se desgranan
en murmullos del viento
que gime en mi ventana...
En ella, he de decirte
lo mismo que él me habla.
He de contarte el sueño
que vive y no se acaba.
Susurrarte al oído,
tras el Mar de la nada,
que el ser no es lo que ríe
en las mañanas claras,
ni en las doradas tardes,
ni en las noches de plata...
Cuando, en la Primavera,
nacen las flores blancas.
No es lo que vive y canta.
Es silencio que muere,
mientras el alma sangra.


Luis Madrigal





Arriba, fotografía de Sam Howzit


martes, 29 de abril de 2014

YA NO SERÁ



LO QUE SIENDO, NO FUE


Lo que siendo no fue,
pudo ser.
Si no fue, nada queda
ni será ya.
Ya nunca será
lo que una noche, al brillar
la luna sobre el mar,
yo sentí.
Ya nunca será
ni podré más sentir.


Luis Madrigal




sábado, 26 de abril de 2014

SOBRE LA RAZÓN HISTÓRICA



CONTINÚAN
LAS PUGNAS, HERIDAS, CAPTURAS, EXPOLIOS, DESOLACIONES…
  y, por ello, LA REIVINDICACIÓN LEONESA DE LEÓN




No deseo, ni mucho menos, parafrasear ni imitar el título del libro con el que, en el año 1979, la Revista de Occidente, con Nota preliminar de Paulino Garagorri, refundió cinco lecciones de Ortega dictadas en la Universidad de Buenos Aires en 1940, y otro curso sobre el mismo tema, en la Facultad de Letras de la Universidad de Lisboa en 1944. Aquellas lecciones magistrales eran por completo abstractas y lo que humildemente yo mismo me propongo ahora es simplemente invocar una razón histórica muy concreta y si se quiere de orden menor. Pero al mismo tiempo me parece que de rigurosa y estricta justicia. Al menos, para poder estar en paz conmigo mismo. Para Ortega la razón histórica, es una razón narrativa. El hombre es hoy lo que es porque ayer fue otra cosa y, por ello, para poder entender lo que hoy es basta con que nos cuenten lo que ayer fue. Sin embargo, en lo que respecta a León, al viejo Reino y a la Ciudad capital del mismo, me parece a mí que la realidad actual se encuentra dislocada, sacada de su verdadero sitio, si se considera lo que León fue, o mejor dicho ha sido en la Historia de España.

Puedo asegurar que el mapa que precede a este texto, no lo he inventado yo, en una exaltación del ánimo causada por el deseo de dotar de antigüedad, importancia y protagonismo histórico a mi natal y bimilenaria Ciudad de León (por cierto, por la que el propio Ortega fue Diputado en la II República) sino que puede acreditarse el carácter objetiva y genuinamente científicos de las fuentes utilizadas para su elaboración. Como éste simple mapa, al mismo tiempo tan significativo y elocuente, sin duda, pueden encontrarse otros muchos, tanto anteriores, relativos a la geografía y la historia de los pueblos pre-romanos, como coetáneos a la romanización de España y posteriores, ya superada la Hispania romana, en el marco histórico del Reino visigodo. No digamos durante la crucial etapa de Alfonso VI, en el que León tuvo a su merced y constante amenaza a las Taifas musulmanas de todo el Oeste de la península, hasta alcanzar el Sur.

Tampoco me he inventado yo el título que, a su vez, precede al mapa. Esto es, en síntesis, el argumento precedente del precedente, pese a invertirse el proceso lógico entre ambos. Las pugnas, heridas, capturas y expolios sufridos por León, en suma cuantas injusticias y ofensas objetivas le han sido inferidas ya desde siglos, ha conducido a la paradoja de que hayan sido los leoneses los obligados a reivindicar a León -como realmente paradójico resultaría reivindicar “la condición atlante de la Atlántida”-  y todo ello, incluida esta última expresión, se debe al periodista y escritor leonés Juan Pedro Aparicio, batallador infatigable al respecto, quien ya lo introdujo en el ensayo, contenido en un libro de 150 páginas, publicado en el año 1981. Juan Pedro Aparicio, evoca en el frontispicio de aquel texto el “Nimitur in vetitum”, de Friedrich Nietzsche. A mi modesto juicio, debió añadir el resto de la frase (“…semper copimusque negata”), para completar la profundidad de la evocación y, con ello, lo que desde siglos significa para los leoneses, como entonces sucedía y sigue sucediendo hoy. Porque, efectivamente, los leoneses (que no somos eso que el despotismo político actual ha querido llamarnos, de “castellano-leoneses”), trataremos siempre, mientras vivamos, de conseguir lo que se nos ha prohíbido y siempre anhelaremos, en lo más hondo de nuestro ser, lo que se nos ha negado. Ser simplemente lo que somos, sólo leoneses. Nada más. Sin embargo, tengo que discrepar del propio Nietzsche, en cuanto a lo que tan felizmente se promete a sí mismo, al triunfo de su filosofía, con el argumento de que lo único que siempre se ha prohibido es la verdad. Transcurren las décadas, sin que haya sido alterada la doctrina del Tribunal Constitucional, respecto a la apertura permanente del mapa autonómico de España, y no parece sino que la verdad de León continúe prohibida y se reproduzcan con ello incesantemente todas las situaciones que Juan Pedro Aparicio denunció en su ensayo de entonces. El León originario, de más de dos mil años de historia; después pugnaz y defensor del Ordo Gotorum frente a la invasión árabe; el León asaetado y herido en Tamarón, capturado y cobrado más tarde por la “navarrización”, que dará lugar a que el hijo de un leonés  -elevado a los altares-  detenga el reloj de la historia leonesa en 1230; los negociantes de la Mesta y la Guerra de los Comuneros; el León despojado y arruinado desde 1521, crucificado y despreciado en el siglo XIX, continúa hoy, tras esa barbaridad que llaman las “Comunidades Autónomas”, absolutamente ignorado. Tenía entonces mucha razón Juan Pedro Aparicio cuando afirmaba que, más o menos cada cuarenta años, muestra España al mundo su capacidad para negarse a sí misma, suplantando su verdadera historia real por otra que jamás existió. Esa es la lacerante y oprobiosa situación en que se ha situado a León en el contexto actual y vigente de las nada menos que 17 Españas, alguna de ellas sin el menor peso en la Historia. Porque, al propio tiempo, contradictoriamente, todavía persiste en un cuartel entero de su escudo nacional ese León rampante, linguado, uñado y coronado, por el que también Cristóbal Colón, arrodillado en Guanahani, halló América, y que antes había vertido a torrentes su sangre para ofrecer a España triunfos y gloria.

Se ha llegado a poder decir  -y clamar-  que “Teruel existe”, pero ni en los informes meteorológicos, en los que se pronostican borrascas o anticiclones sobre la más amplia geografía de la España actual, se tiene para nada en cuenta a León, del que siempre se habla muy de pasada y en un segundo plano, a diferencia de Cáceres o Badajoz, cuya ubicación figura perfectamente resaltada en la franja vertical oeste de los mapas. O a ese invento de La Rioja (Logroño se fundó en el año 1095), o no digamos al referirse a la “Cordillera Cantábrica” , de la que León forma tanta o más parte que Asturias o que la misma Cantabria, porque también León es astur y es cántabro. Los hijos del Esla, el Río Astura, los astures cismontanos, o lancienses, tan astures como los transmontanos, como “los de las Asturias de Oviedo” (según dice literalmente un arbitrario romance popular en torno a un cantar de gesta a los que se pretende dotar de rigurosa realidad histórica), es decir, nosotros, los que nunca gritamos y permanecemos siempre en silencio, con absoluta lealtad a España, hemos sido borrados de un plumazo del mapa de su Historia, a pesar de haberla creado varios siglos antes de que existiese Castilla. En cualquier caso, la fundación de Oviedo es del siglo VIII, y Santander, como podrá observarse, ni figura en el mapa de Hispania que precede, pese a ser, posiblemente, el Portus Victoriae Juliobrigensium, aunque sí figure en el mismo Flaviobriga, que no es Santander, sino Castro Urdiales. Para qué hablar ya siquiera de ese páramo de Valladolid, que pese haber sido cuna de Felipe II, se fundó en el año 1072. O de Burgos, que no sólo es la verdadera Castilla, sino más aún, “Caput Castella”, y que, a su vez, se fundó, en el año 884, casi dos siglos antes que la mesetaria ciudad del Pisuerga, en la que tan arbitraria como despóticamente se ha establecido la capitalidad de esa híbrida “comunidad” político-administrativa.

En todo caso, excepto las cinco ciudades de la costa hispánica mediterránea, por la que llegó y penetró la lengua y la cultura en la península Ibérica (Emporion, Barcino, Tarraco, Saguntum y Cartago Nova, esta última anteriormente Quart Hadasht), incluidas también Pompaelo, Corduba e Hispalis (y no digamos las fenicias Malacca y Gades), todas ellas más antiguas, no sólo que León, sino también que las situadas al Occidente, es decir, un total de ocho Ciudades, todas las demás, incluso Augusta Emerita y Cesaraugusta, son más modernas, o menos antiguas, que León, re-fundada por Roma en el año 29 a.C. y que, en consecuencia, cuenta en este momento con dos mil cuarenta y dos años que, computando su pre-romanidad  -Legio, antes de Roma, fue Lancia- camina hacia los tres mil años y es actualmente, como mínimo, la décimo-primera Ciudad más antigua de España, en términos absolutos. Si a esto se añaden otras singulares circunstancias, tales como la placa que figura en la Carrera de San Jerónimo, de Madrid, dentro del propio Palacio sede del Congreso de los Diputados  -el Parlamento español-  pienso yo que bien podrían, al menos, los periodistas radiofónicos y los hombres y las mujeres “del tiempo”, cuando pronuncian sus informes, abstenerse, de decir “Castilla-León”, como tan irrespetuosamente en ocasiones hacen. Porque, si no basta con la Placa que en el Parlamento de la España democrática recuerda el día 26 de Abril del año 1188 (hoy, exactamente se cumplen 826 años desde que, en la Real Colegiata Basílica de San Isidoro, se constituyese el primer Parlamento democrático de la Historia en el mundo) podrían invocarse también los nombres gloriosos de Alhandega, Simancas, Talavera u otros lugares donde los leoneses lucharon y vertieron su sangre para reconstruir España. Podría citarse, por ejemplo también, otra fecha, la del día 25 de Mayo del año 1085, en el que Alfonso VI de León, sin nada tener entonces con Castilla, penetró al fin en Toledo por la Puerta de Santiago del Arrabal, recuperando para España la vieja capital del Reino visigodo. Al menos, por favor, háganlo por la antigüedad, que si bien puede que no sea ya un grado, como en el Ejército, sí al menos debe tratarse con la veneración y el respeto que merecen las piedras más entrañables y gloriosas. Estas, las piedras  -con el corazón-  es ya lo único que nos queda a los leoneses. Pero eso, es mucho. Mucho más de lo que nadie nos pueda prohibir o negar, porque vive diariamente con fervor dentro de nosotros mismos.

Luis Madrigal