lunes, 9 de enero de 2012

UN RUEGO A LOS MONTES



DECIDLE, SI LA VEIS


¡Oh suaves altozanos, oh aire mío
si al aspirarlo puro ella me mira…!
¡Oh aliento fértil de mi pobre lira,
que sientes el calor como yo el frío!

¡Oh cielo luminoso…! Qué sombrío
se ha quedado mi cielo, que ya expira…
¡Arrancad de mi pecho esa mentira,
que, a falta de su amor, está vacío!

¡Oh camino de luz, oh claro día,
que habitas bajo azul, allá en la altura,
consuelo de mi opaca celosía!

Decidle, si la veis, que su hermosura
habita en mí… En mí vive su alegría.
Aunque yo he de vivir en noche oscura.



Luis Madrigal







domingo, 8 de enero de 2012

TAMBIÉN EN EL INVIERNO HAY ROSAS



ROSA DE ENERO

 
¡Alégrate serena, rosa de Enero,
que tu prado está verde y  -entre las flores-
tú, sonriendo.
No le doy mis espinas,
cruel, a tu pecho…
Sólo un cesto de juncos,
lleno de besos,
para poblar tus labios,
dulces y tiernos.
Suaves como la seda,
que halló en sus pétalos
el reposo  -al buscar-  que está en tu aliento.
¡Vuela sobre las olas
del Mar bravío…!,
para alumbrar mi Invierno,
triste y sombrío.
De mis horas oscuras
-llanto a porfía-
tú siempre eres la luz
del claro día.
De mi duda, certeza;
de mi tristeza,
tú la alegría.
Del silencio, que cruje,
eres noticia.
La que me trae el viento
con tu caricia.


Luis Madrigal
 
 
 

sábado, 7 de enero de 2012

DE ENTRE TODOS LOS MITOS




UN NUEVO AVE FÉNIX


El Diccionario de la Lengua (RAE) define el mito como “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad”. Naturalmente, hay más acepciones, pero esta es la significación de la primera y más importante de todas ellas. Asimismo, al margen de todas, también se sabe  -para entrar cuanto antes en materia-  que el mito es un ave. Un ave paseriforme de la familia de los páridos, con plumaje blanco, negro y rosado, y larga cola blanca y negra. Es común en España y vive en los bosques, donde construye nidos cerrados de forma inconfundible. Pero, esto tampoco es lo esencial. Lo verdaderamente importante es que, en el Edén, debajo del Árbol del Bien y del Mal, floreció un arbusto de rosas. Allí, junto a la primera rosa, nació un pájaro, de bello plumaje y canto incomparable, cuyos principios le convirtieron en el único ser que no quiso probar las frutas del Árbol. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, cayó sobre el nido una chispa de la espada de fuego de un Querubín, y el pájaro ardió al instante. Sin embargo, de las propias llamas, surgió una nueva ave, el Fénix, con un plumaje inigualable, alas de color escarlata y cuerpo dorado. Y esto es lo esencial y transcendente en grado sumo. Porque dice Ovidio, que cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de  roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más sublime de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix y, cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol".  

Muy posiblemente, lo que acabo de escribir también sea un mito, en la estricta acepción primera del Diccionario RAE, pero, si lo es, y tengo muchas dudas al respecto, resulta sin duda alguna el mito más fecundo y maravilloso de cuantos se han creado a través de los tiempos. Porque, mitos ha habido muchos y algunos de gran belleza y profundo mensaje. Sobre la marcha se me ocurre pensar en uno de los mitos que ahora mismo se sostienen como si se tratase de una verdad metafísicamente irrefutable. Se trata de Crisomallo (Χρυσομαλλος), un carnero alado cuyo vellón buscaban los argonautas para que Jasón pudiera ocupar el trono de Yolcos, en Tesalia. Este carnero era hijo de Poseidón y de Teófane. En un intento desesperado por construir una explicación aceptable y hasta plausible a este mito, se ha llegado a determinar que el vellocino de oro representa nada menos que la idea de la realeza y de su legitimidad. De ahí, que en el siglo XV fuese elegido como símbolo de la cadena o condecoración de la Orden del Toisón de Oro, orden caballeresca aún subsistente, aunque afortunadamente ya con dos únicos titulares: El Rey de España y el Jefe de la Casa de Habsburgo.

Hay otros muchos mitos, y de mucha mayor significación. Por ejemplo, el mito del bálsamo de Fierabrás, (del francés fier à bras, “brazo bravo”). Fierabrás es un caballero sarraceno de gigantesca estatura, al que hacen referencia diversos cantares de gesta franceses. Hijo del almirante Balán, Rey de Al-Andalus, mantiene constantes disputas con Rolando y los doce paladines, especialmente Oliveros, con quien rivaliza en proezas, pero tras ser derrotado por éste, se convierte al cristianismo y en inseparable amigo, para luchar en las huestes de Carlomagno. Lo esencial de este mito es que tal bálsamo es una poción mágica capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano. Tales prodigiosos efectos eran debidos a que, cuando el Rey Balán y su hijo Fierabrás conquistaron Roma, robaron en dos barriles los restos del bálsamo con que fue embalsamado el cuerpo de Jesuscristo. De ahí que tenía la propiedad de curar las heridas a quien lo bebía. En el siglo XVII el dramaturgo español Pedro Calderón de la Barca utiliza elementos de esta historia en su comedia “La puente de Mantible”, y en 1823, el compositor austriaco Franz Schubert escribió la ópera “Fierabrás”, utilizando el material de algunos cuentos. Pero, ya antes, Cervantes había recurrido a este mito. Tras recibir Don Quijote una de sus numerosas palizas, manifiesta a Sancho conocer la receta del bálsamo, cuyos ingredientes son aceite, vino, sal y romero. Los hierve y bendice con ochenta padrenuestros, ochenta avemarías, ochenta salves y ochenta credos. Al beberlo, Don Quijote padece vómitos y sudores, pero se siente curado después de dormir. Este mito, se halla íntimamente vinculado a los de la panacea universal, el mítico medicamento capaz de curar todas las enfermedades, e incluso de prolongar la vida, tan buscado durante la Edad media, y al del elixir de la vida o elixir de la inmortalidad, legendaria poción o bebida que garantiza la vida eterna.

Y, finalmente, aun siendo estos últimos importantes, en mi humilde apreciación, hay un mito esencialmente definitivo, en la búsqueda de la más noble dimensión humana. Es el mito de la piedra filosofal, supuesta substancia  que según la alquimia tendría propiedades extraordinarias, y en especial la capacidad de transmutar los metales vulgares en oro. Quizá, para estos tiempos de ahora, de escasez y pobreza, resultaría un remedio formidable. Tal vez. Pero, sin duda, y en todo caso, seria rigurosamente necesario considerar este mito, en su vertiente menos relativa al valioso metal aurífero, cuyo mercado internacional  -como el de los diamantes en Amberes-  radica en Londres. Sería muy necesario considerar que el “lapis philosophorum”, lo que producía era simplemente el conocimiento, y que lo que realmente buscaba era la ciencia pura. Y, para esto, para poder alcanzar esta meta, resultaría indispensable dotar o transformar a la Humanidad de o en un Nuevo Ave Fénix, capaz de acumular todo el saber obtenido desde sus orígenes, para que un nuevo ciclo de inspiración pudiese volver a comenzar. Luis Madrigal.-




jueves, 5 de enero de 2012

FUNDAMENTALISMO CRISTIANO





EN TORNO A UN LIBRO CRUCIAL


La Festividad que mañana, bien pudiéramos decir esta misma noche  -la mágica Noche de Reyes-  tan llena de ilusiones infantiles, celebra la Iglesia católica, puede ser una excelente ocasión para tratar el tema del que vamos a ocuparnos. En efecto, en lo que respecta a “los Reyes Magos”, ni se sabe si eran magos, ni si eran tres, o más bien diez o doce, ni si eran o no reyes.  Todo esto forma parte de la tradición, por no decir abiertamente del mito. Y esto, en unión de mil cosas más, y mucho más vitales, nos permite hablar de “fundamentalismo”. Tanto la expresión como el concepto, son relativamente modernos. En general, suele denominarse “fundamentalismo” a las distintas corrientes de pensamiento y, en algunos casos de acción, tanto religiosas como políticas, especialmente, de carácter fanático o extremista, que pretenden ser las únicas verdaderas en su propio orden, o en todo caso excluyentes de todas las demás. El fenómeno, suele también, al menos en castellano y en España, denominarse, en el ya indicado sentido amplio, “integrismo”. Pero, en sentido más restringido o estricto, se entiende por “fundamentalismo” la orientación de cualesquiera concepciones religiosas según las cuales ha de darse una interpretación literal a los libros o textos sagrados, como el Corán, la Torá o la Biblia. A estas tres dimensiones, o esferas, corresponderían respectivamente los conceptos de fundamentalismo islámico, judaico y bíblico, es decir, cristiano.

Ya sé que, al referirse al fundamentalismo, en los últimos tiempos, casi todo el que lee o escucha tal expresión, piensa en el islámico, sobre todo cuando se trata de poner bombas o de provocar sangrientos atentados en nombre de Allãh, el dios del Islam, el que parece ser predican los ayatolas e imanes en las mezquitas, llamando a la yihad. Pero no es este el único fundamentalismo. Además de él y del judaico, el del sionismo irredento y también expansionista, existe también por desgracia un fundamentalismo cristiano  -¿y por qué no habría de existir?-  si bien, en los últimos tiempos y no precisamente en el de las Cruzadas, también hay que decirlo, de ningún género cruento ni expansionista. Y es de este último, no de los demás, del que nosotros, los cristianos, hemos de huir apresuradamente, precisamente en nombre de Cristo, aunque también de la verdad que, desde un corazón libre y sosegado, debe buscar todo hombre.

Afortunadamente, ha sido y es dentro y desde nuestras propias filas, las del cristianismo  -desde luego desde el teológica y bíblicamente más liberal y avanzado-  donde ha sonado la alarma en torno a este peligro, verdadera peste contagiosa de todo ser cristiano, en aras de una pretendida ortodoxia y “fidelidad inquebrantable” hacia la doctrina oficial. Porque, a lo que hay que ser fielmente inquebrantable es a la Palabra y espíritu de Dios, que son los conceptos básicos sobre los que gira la Biblia en cuanto sagrada Escritura. Un gran y viejo amigo  -viejo, por el tiempo transcurrido, no por la edad ni el espíritu que le anima- y también mi Consiliario en los tiempos en los que milité bajo la bandera de la Juventud de Acción Católica Española, el M.I.Sr. Don Felipe Fernández Ramos, Canónigo Lectoral  de la Catedral de León, Profesor Dr. de Sagrada Escritura Emérito, en la Pontificia Universidad de Salamanca, ha puesto los puntos sobre las ies, en un magnífico libro, cuya portada sirve de ilustración a esta entrada de hoy, en este humilde Blog. En él (“Fundamentalismo bíblico”, Desclée Brouwer, Bilbao 2008) se aborda una de las claves más importantes para la lectura inteligente de la Biblia. Esa clave crucial, e ineludible, es la de eliminar de raíz lo que él ha llamado “la herejía del literalismo”. Esta nueva herejía, consiste en hacer decir a la Biblia, lo que ésta no puede afirmar, al ser tomada al pie de la letra, porque la letra ha de ser ajustada a los diversos géneros literarios del lenguaje humano. Entre ellos, hay que distinguir entre el género literario histórico, el poético, el alegórico, el simbólico, la leyenda, el mito, el relato milagroso, el género dramático o la historia popular. Y no de las palabras, estrictamente, puede tomarse la verdad.

Pero, además de este aspecto literal y literario, existe otra clave aún más importante, la estrictamente conceptual. Hay que descifrar lo que significa, a título de mero ejemplo, el aspecto de un Dios antropomórfico, que parece actuar como lo hacen los hombres (casi como si fuese “un viejo de barba blanca”) y con sus mismos sentimientos. Y, a su lado, infinidad de narraciones puramente simbólicas, como los siete días de la creación; la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo (que, muy posiblemente, además, en cuanto hecho histórico, no fue del Mar Rojo, sino del Delta del Nilo, ni tampoco en época de Ramsés II, sino de Merneptah); las plagas, las incesantes guerras y otras muchas narraciones, que tan sólo han de ser consideradas desde un punto de vista alegórico.

Nada de esto, puede ser considerado “progresista”, o “heterodoxo”, a la vista del transcendental documento de la Iglesia, titulado “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia”, con sólida base en el Vaticano II, y en el que el Dr. Fernández Ramos se apoya constantemente, además de hacerlo en el trabajo de destacados exégetas. Libro siempre importante este, y más aún en los tiempos que corren, en los que se hace preciso superar una cosmología arcaica expresada en la Biblia, otorgando a la Biblia lo que tan sólo ella puede decir, pero cediendo la palabra a la Ciencia, para que ésta diga lo que asimismo tan sólo puede ser misión y objeto de la Ciencia. Aplicando la teoría a la Festividad de hoy, de esta misma Noche, lo de menos es este bello cuento de los Reyes, su número o su condición de magos. Lo esencial, y lo que ha de prevalecer en nuestra conciencia, es que, tras nacer como un Hombre, igual a todos los demás, y darse noticia de ello por parte de los Ángeles a unos pastores de Belén, hoy  Dios se manifiesta por si mismo a toda la Humanidad. Esto, es lo esencial. Lo demás puede ser un simple cuento. Luis Madrigal.-





En la imagen superior, el M.I.Sr., Prof. Dr. Don Felipe Fernández Ramos

lunes, 2 de enero de 2012

UN PUENTE Y UN ARROYO




VIERON CORRER EL AGUA


Se oculta el sol y brilla claro el cielo,
sobre el agua que el techo azul refleja.
Cual hilo que devana la madeja,
hacia el Río, un Arroyo, arrastra el suelo.

No miraré ya más mi desconsuelo
ni el silencio, en mi nada, ni la queja;
ni el dulce fruto que tejió la abeja,
aunque, en vez del calor, me cubra el hielo.

Buscad en vuestro cauce, aguas, el Río
-ese trozo de cielo que camina-
que en él se hará verdad mi amor tardío.

Dulce agua de ayer, hoy de mi ruina,
no arrastres su mirada en mi extravío.
Vuelve a mi pobre ser, aun con la espina.



Luis Madrigal
 
 
 
 

domingo, 1 de enero de 2012

SANTA MARIA, MADRE DE DIOS




HIZO RENACER A ESPAÑA


Ya en este mismo Blog se dijo, en esta misma fecha, hace ahora exactamente un año, que hasta no hace mucho, en el día de hoy, 1º de Enero, se celebraba la fiesta de la “Circuncisión del Señor”, ceremonia del Antiguo Testamento que fue totalmente abolida por el sacramento del Bautismo. En su lugar, la reforma litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II, fijó para el día 1 de enero la “Solemnidad de Santa María, Madre de Dios”. María de Nazaret, por ser Madre de Dios, es la Reina del Cielo, pero en la tierra goza de muchos segundos nombres, tantos como lugares la proclaman como Reina y Señora. El pasado año, a la ocasión, este Blog trajo a sus páginas la imagen de Nuestra Señora de la Fuensanta, la Fuensantica, Reina y madre de Murcia y de los murcianos. Esta advocación de María, como tantas otras, no giraba ni gira en torno a su Maternidad, a la venida del Hijo recién nacido, sino a su propia Natividad, que se celebra el día 8 de Septiembre, y recordábamos entonces también al respecto lo que proclaman los versos, tan llenos de alegría: “Canten hoy, pues nacéis Vos, los ángeles, gran Señora, y ensáyense, desde ahora, para cuando nazca Dios”. La Fuensantica, que honró este humilde Blog el año pasado, en esta misma fecha,  es una Virgen gozosa, no dolorosa, que puede asociar por tanto el nacimiento de su Hijo a su propio nacimiento. En España, se celebran y honran infinidad de acepciones relativas a Nuestra Señora la Virgen María, y hoy traemos aquí otra, también gozosa  -sin acercarse de momento al dolor, por ser días de alegría-  pero, además, especialmente gloriosa para España y para todos los cristianos españoles, no sólo para Asturias y los asturianos, que la veneran con fervor, y le llaman la Santina. Es Nuestra Señora de Covadonga, la virgencita pequeña y galana, encerrada entre las rocas, en la falda del Monte Auseva, accidente geográfico de los Picos de Europa y convertido hoy en el Real Sitio de Covadonga. Allí, en una Cueva en la que no pueden caber más de 200 personas se refugió el noble visigodo Pelayo, a quien según la tradición se le apareció la Virgen el día de la víspera, para derrotar al potente ejército musulmán en la Batalla de Covadonga, en una fecha que los historiadores no recuerdan exactamente, pero sí fijan entre los años 718 a 722. Aquella victoria significó el origen de la nueva España, cuya primera Capital fue la Ciudad de Cangas de Onís, próxima a Covadonga.




Por eso, en la explanada inferior de Covadonga, está escrita sobre bloques de piedra, la inscripción siguiente:


Aquí en el Monte
Auseva, morada
inmemorial de la Virgen
renació la España de
Cristo con la gran
victoria de Pelayo y
de sus fieles sobre los
enemigos de la Cruz
Años 718-722


Por mi parte, no quiero dejar de traer hoy aquí los breves versos de mi amigo el poeta Alphonso Carbajal, quien dice, en el poema 62 de su IV Libro de Poemas: "Al caer de la tarde" ("Canto de amor desesperado a la Cuna de España"), que sus entrañas se conmueven cada vez que entra en la Santa Cueva: 

"COVADONGA

Sólo un cantar para Ti.

Al penetrar en la Cueva,
un grito salta en mi entraña:
¡Gloria a Ti, Cuna de España,
y a la Cruz del Monte Auseva!"


Allí mismo, junto a la balaustrada que conduce a la Cueva, se encuentra el Sepulcro del Primer Rey de España, Don Pelayo, cuya fotografía me complace insertar seguidamente. Luis Madrigal.-




  

sábado, 31 de diciembre de 2011

ONTOLOGÍA DEL TIEMPO





DICEN QUE HOY TERMINA UN AÑO

Desde que yo era un niño de corta edad, esto es, cuando aún me hallaba, radicalmente, dentro de la más rigurosa y estricta dimensión del viejo aforismo clásico, aristotélico, según el cual el hombre viene a este mundo “tanquam tabula rasa, in qua nihil est spcriptum”, ya entonces -puedo jurarlo-  comencé a sospechar que el tiempo, ese gran misterio ontológico, no era, ni mucho menos, aquello que medían los relojes. Me convencí por completo de mi “teoría”, cuando mi madre me regaló el primer reloj. Un precioso reloj de pulsera, que yo miraba constantemente. No tenía ningún valor, pero para mí era una maravilla. La caja era niquelada, con agujas negras sobre esfera blanca. Era un reloj de pulsera, con correa de piel color avellana. ¡Y tenía segundero! Cada vez que aquella aguja daba una vuelta completa, ya había transcurrido un minuto. Si los minutos llegaban a ser sesenta, había pasado una hora, y si veinticuatro horas un día. Y así sucesivamente. Los años, regularmente, tenían trescientos sesenta y cinco días; cada cinco años, había transcurrido un lustro; cada diez, una década y cada cien, un siglo. ¿Hasta cuándo, y hasta cuánto, podría durar aquello?, pregunté un día. ¡No tiene fin!, me dijo alguien. Eso era ser infinito. ¡Ah…!, pensé para mis adentros: ¡Entonces, el tiempo no tiene límite! ¿Habría podido tener principio? En cualquier caso, no podía “caber” en aquella pequeña máquina que tanto me gustaba llevar prendida de la muñeca de mi mano izquierda. Alguien me dijo que era allí, donde había de situarse este tipo de relojes, que precisamente por ese motivo se llamaban “de pulsera”. No llegué a entender nunca por qué en la muñeca izquierda. Después, pude comprobar que algunas personas, efectivamente, lo llevaban en la derecha. Tal vez, por simple presunción o coquetería masculina, porque me estoy refiriendo a hombres. Quizá para singularizarse y distinguirse de los otros mortales, pretendiendo “ser más”, como he podido observar, alguna vez, hace el Rey de España. También los había de bolsillo. Aquellos enormes y aparatosos “pelucos” de oro, de doble tapa y doble cadena, que se prendían de alguno de los ojales del chaleco, como había visto hacer muchas veces a mi tío Teodoro, cuando vino de Méjico, hecho todo un “indiano”, un señorón que fumaba puros y consultaba constantemente aquel  reloj, haciendo sonar la apertura y cierre de una de sus dos tapas, mientras me hablaba también del de los aztecas y de aquella gran Nación, a la que tanto quería y tanto me enseñó a querer.

Cuando yo tuve aquel primer reloj, había cumplido exactamente 12 años de edad y estaba cursando entonces, creo recordar, el segundo año del Bachillerato, cuando éste constaba de siete. Tres años más tarde, comencé a saber que, además de preguntarse hasta cuándo y hasta cuánto podía durar el tiempo, podía tener sentido  -y mucho- preguntarse hasta dónde llegaba, y si el tiempo y el espacio eran o no una misma cosa, una misma entidad, un ens relativo. Mi afición natural a la Filosofía, en unión de aquel hombre sabio que tuve la suerte fuese mi Profesor en la materia, Don Vicente Losada, me permitieron tener noticia de las dos teorías más importantes que, entonces, ya mediado el siglo XX, pugnaban por abrirse camino en la explicación del origen y consistencia esencial del tiempo, como ser. Esto es, como ente, como entidad ontológica. Y pude saber ya entonces de las  enconadas discusiones entre los físicos y los filósofos a lo largo de la historia, que aún no han llegado a su fin, ni a ninguna conclusión definitiva. En los últimos siglos las posturas se han polarizado en dos teorías. Por una parte, el substantivismo, propugnado por Isaac Newton, que considera al espacio-tiempo como una entidad independiente de las cosas materiales, prescindiendo de que existan o no, y por otra parte, el relacionalismo, defendido por Leibniz, que reduce la naturaleza del espacio-tiempo al conjunto de relaciones entre los corpúsculos o partículas elementales de las que está compuesta la materia y que, por consiguiente, no puede existir sin estos corpúsculos materiales. Las discusiones entre los substantivistas y los relacionalistas se han prolongado hasta nuestros días. Para complicar el debate, han surgido nuevas cuestiones, como el descubrimiento por Gödel de unas soluciones de las ecuaciones de Einstein que implican un tiempo cíclico, o la propuesta de Putnam y Rietdijk, que defienden un mundo de cuatro dimensiones estático, en vez de apoyar la teoría de que el Universo es una sucesión dinámica de mundos tridimensionales. La conclusión es que la unidad espacio-tiempo, continúa siendo un enigma para la Ciencia y para la Filosofía; un misterio, para la Teología y, en consecuencia, un horizonte de negros nubarrones para el hombre.

Sin duda por ello, los hombres, la inmensa mayoría, han decidido divertirse, pasarlo bien, generalmente en todo momento, y de un modo especial en días como el de hoy.  Me han dicho que hoy, es el último día del año. Del año 2011, naturalmente. Con total sinceridad, yo estaba en la creencia de que era ayer, pero no, parece ser que es hoy, esta noche, a las 24 horas del día que transcurre en este mismo momento en el que esto escribo. Será entonces el momento, como mínimo, de abrazarse, de esbozar o romper en verdaderas sonrisas, besos y deseos de felicidad. También  -¡Dios mío, ¿cómo podrá ser posible a estas alturas?!-  de disfrazarse, vistiéndose de “legionario” o de troglodita (¡con el frío que hace!), con “matasuegras” o sin él; incluso de smoking, frac o chaqué, para asistir a algún baile de gala en algún casino o club distinguido, repleto de eso que ahora llaman “glamour”. A mí, antes, desde hace ya bastantes años, ese momento de paso, de tránsito de un año a otro, me  emocionaba y hasta me inquietaba gravemente, pero hace ya mucho, por lo menos casi dos décadas, que no me afecta en absoluto. Nadie se abraza, ni abre una botella de champagne en la víspera inmediata de un nuevo mes; ni menos aún, al pasar de una hora a otra del día. Esencialmente, la diferencia es exactamente la misma. Por eso, ya había decidido muy firmemente proceder con arreglo a esta realidad. Pero, últimamente, este año por ejemplo, me repugna hasta la saciedad escuchar por la calle la cantidad de sandeces, frivolidades y vacías superficialidades que escucho. ¡No lo puedo resistir! Tampoco pretendo, ni mucho menos soy tan iluso, “cambiar la Sociedad”. Y, lo malo, por este motivo, es que la única solución es la de no salir a la calle, ni ver la TV. Esto es, quedarme en casa, meterme, no “en el armario” (aunque pudiese ser esto una solución, “sensu contrario”, después de todos los que han “salido” de él). Meterme y tirar la llave. Ya es un poco tarde para marcharme a alguna isla desierta. O a la Argentina. ¡Qué más quisiera yo! Luis Madrigal.-