JURAR EN FALSO ES UN GRAVE PECADO
viernes, 20 de enero de 2017
sábado, 7 de enero de 2017
¡BIENVENIDO... MR. TRUMP!
OTRO NUEVO PLAN
La
película "Bienvenido, Mister Marshall", dirigida por Luis
García Berlanga en el año 1953, constituyó sin duda una aguda crítica a la
sociedad española de aquel momento. El plan económico para ayudar a los países
de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, diseñado por el Secretario de Estado
norteamericano, General George Marshall, consistía en una ayuda de hasta 12.000
millones de dólares de la época y benefició a 18 países europeos. Aquel plan se
orientaba casi exclusivamente a evitar la propagación del comunismo -en cuyo trámite estaba empeñada España hasta
las cejas las veinticuatro horas del día, en las Ciudades y en los montes, incluida sobre todo la noche- pero paradójicamente nuestra nación quedó
excluida de toda ayuda, a diferencia, por ejemplo, de Italia, que se benefició
ampliamente, mientras en Roma ondeaba la bandera del Partido Comunista
italiano. Veleidades de la historia, que tantas veces se contradice a sí misma,
y no ya cuando ha pasado sino mientras está pasando.
En aquel
amargo trance económico, España se salvó de perecer, tan sólo merced a la ayuda
de nuestras naciones hermanas, Portugal y la República Argentina. La película
de Berlanga, rodada en Guadalix de la Sierra, a 49 kilómetros de Madrid, cuenta
las ingenuas esperanzas del pueblo español en “los americanos”, que finalmente pasan de largo mientras, en aquel
primer plano picado, corren las banderitas de aclamación popular
arrastradas por la corriente del río Guadalix, por cierto un afluente de otro río, el Jarama, en cuya orilla aún permanece un enorme Cementerio, con cerca de 10.000
fosas. Desde entonces, se han utilizado términos como “otro, o un nuevo Plan Marshall” para describir programas o
propuestas de rescate económico a gran escala, pero en España, tal plan,
siempre sonará a sarcasmo.
Un nuevo
“plan” por parte de la que se dice nación más poderosa del mundo, los Estados
Unidos de América, se presume y teme hoy en Europa, y muy particularmente en
España, a partir del momento -tan sólo
faltan menos de quince días para ello- de la
toma de posesión, como Presidente y Comandante en Jefe de sus fuerzas armadas,
del señor Donald Jonh Trump, 45º Presidente electo de aquella nación y, desde
el ya inmediato día 20 de este mismo mes, Presidente efectivo y con los plenos
poderes que le otorga su Constitución. Constitución conocida como “Declaración de Filadelfia”, ejemplo para
el mundo de verdadera democracia. Los papanatas de los periódicos y la Radio
españoles deberían tenerlo en cuenta, cuando temen y acusan a este señor de
albergar los males de la caja de Pandora, que eran todos los del mundo, sin que
cupiese en tal mítico recipiente alguno más, ni menos aún el menor bien. Por lo
que se ve, los que no son demócratas, pese a proclamarlo tanto, son ellos. Ustedes.
No creo haga falta precisar más detalladamente quiénes son "ellos", porque la deducción es muy
lógica para cuantos leen los periódicos o escuchan la radio en España.
Si, como
se dice y teme, su campaña para obtener la candidatura republicana a la Casa
Blanca para las elecciones de 2016 -con el consiguiente triunfo electoral- ha estado caracterizada por sus propuestas
de una política dura contra la emigración ilegal, además de una prohibición de
la entrada de musulmanes en los Estados Unidos, no me parece ello tan malo,
sino especialmente bueno, y desde luego mucho mejor para España, de poder verse aquí un pequeño reflejo de tal política. Ya era hora de que
alguien pudiese defendernos y protegernos de las “invasiones pacíficas”, tras
haber vertido nuestros mayores tanta sangre durante casi ocho siglos.
Por lo que respecta a Israel, a su necesidad de autodefensa y eficaz acción antiterrorista, no puede caber la menor duda de que constituye una enorme esperanza lo que, el aún Presidente electo de los Estados Unidos se vislumbra puede hacer, para mantener firme la Nueva Frontera del mundo occidental y su forma de vida. Se lo deseo de todo corazón a la nación elegida por el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, porque no puedo ignorar que la culminación de aquel doloroso esfuerzo de sangre, también fue posible para España merced a la ayuda financiera de los españoles sefardíes, más tarde injustamente alejados de su propia patria.
Por lo que respecta a Israel, a su necesidad de autodefensa y eficaz acción antiterrorista, no puede caber la menor duda de que constituye una enorme esperanza lo que, el aún Presidente electo de los Estados Unidos se vislumbra puede hacer, para mantener firme la Nueva Frontera del mundo occidental y su forma de vida. Se lo deseo de todo corazón a la nación elegida por el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, porque no puedo ignorar que la culminación de aquel doloroso esfuerzo de sangre, también fue posible para España merced a la ayuda financiera de los españoles sefardíes, más tarde injustamente alejados de su propia patria.
Y desde
luego, si entre los planes del señor Trump se incluye el mismo objetivo que
pretendía el plan Marshall, bendito sea Dios, si ello es así. Y si -de paso, o “a la que viene”- pudiera verse libre España de cuantas
repugnantes lacras hoy la sitúan al borde del peligro y la sumen en la ignominia,
tendríamos los españoles que proponer urgentemente al Vaticano la canonización
en vida de dicho ya beatífico señor. Al menos, este humilde español, así desea
recibirle: ¡Bienvenido, Mister Trump! Que así sea.
Luis
Madrigal
En medio de tanta oscuridad, propia de
ultratumba, y de la quietud mortal del barco condenado a vagar siempre por los
océanos del mundo, por el momento la mejor actitud a adoptar es la de los marineros noruegos
que -enfrente- mantienen encendidas las luces de su barco y están armando una
gran juerga, sin importarles un bledo si la tripulación de aquel navío fantasma
trata de enviar mensajes a tierra, dirigidos a personas muertas siglos atrás.
Su belleza invita en la ocasión a escuchar la música de Richard
Wagner, en aquel Coro inolvidable de la Ópera "El holandés errante"
martes, 3 de enero de 2017
UNA RESOLUCIÓN INJUSTA
LA RESOLUCIÓN 2334
DEL CONSEJO DE SEGURIDAD DE LA O.N.U.
Proponía Hans Kelsen, en su famosa pirámide, a la norma jurídica internacional para ocupar la cúspide, pretendiendo la supremacía de ésta sobre todas las demás normas contenidas en los ordenamientos jurídicos nacionales, cualquiera fuese su objeto. Kelsen, filósofo del Derecho, austríaco aunque nacido en Praga, pese a su origen judío es un iuspositivista radical, excluyendo de raíz todo iusnaturalismo de la idea y concepto del Derecho. Siempre me ha hecho cierta gracia la proposición del filósofo y jurista austro-húngaro. Los internacionalistas, dividen el Derecho Internacional, en público y privado, lo que ya en sí encierra cierta contradictoria dificultad, puesto que el Derecho, en general, o es público o es privado -"duae sunt positiones, publicum et privatum ius", decía Ulpiano- y por eso no me parece a mí que aquél pueda ser ambas cosas, por la suprema razón lógica, previa incluso a toda axiología, de que una misma cosa no puede al mismo tiempo ser dos cosas distintas, conforme al principio de identidad.
Por otra parte, en cualquiera de ambas dimensiones,
encuentra siempre el Derecho la seria dificultad de su aplicación, por muchos
sean y hayan sido los tribunales nacionales o internacionales creados. Detrás de
toda sentencia se halla siempre el problema capital de su cumplimiento o
ejecución, lo cual, en el supuesto de los Estados nacionales, puede ya
presentar ciertas dificultades, pero parece poco menos que un milagro pueda
llegar a hacerse efectivo fuera de las fronteras de un Estado. Cualquiera sea
el tipo de ellos. Se podrá discutir, en el orden conceptual, el carácter
coercitivo o no de la norma jurídica sustantiva, en general, pero es una evidencia
lo imprescindible de esta última nota, la coercibilidad, en el orden jurídico internacional.
Sin coerción, ni las sentencias de los Tribunales nacionales podrían llegar a
ser materialmente efectivas. ¿Cómo podrían serlo las de los internacionales? Y
tristemente, conclusión inevitable de todo positivismo ha de ser la de que ni
la coerción misma puede ser bastante sin la presencia efectiva de la fuerza. En
esto consiste el Derecho positivo llevado a su último extremo.
Por ello, si las sentencias de los tribunales no
pueden ser efectivas en último término
sin la fuerza, mucho menos aún pueden serlo, y de hecho nunca lo han sido, las
resoluciones de las instituciones y órganos internacionales, orientados a
alcanzar el bien preciado de la paz en el mundo. Sucedió así, con la primitiva
Sociedad de las Naciones, la S.D.N., creada por el Tratado de Versalles, el 28
de junio de 1919, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, y así ha
venido sucediendo con su sucesora, la Organización de las Naciones Unidas, la
O.N.U, que ciertamente, desde su fundación en el año 1945, inmediatamente
después de la Segunda gran guerra, ha venido consiguiendo hasta ahora tan
esencial propósito, pero desde luego
-hay motivos para pensarlo- tan
sólo a costa de los Estados más insignificantes o menos poderosos de la
comunidad política internacional. Y para eso, no hacen falta resoluciones, si
se trata de ser impuestas siempre y únicamente a las naciones más débiles, o en
ocasiones a todas ellas por presiones o conyunturales acuerdos útiles a los más
fuertes. O hasta por simples fricciones o discrepancias entre los mandatarios
de éstos, lo que pudiera resultar causa bastante próxima en el caso que vamos a
tratar. Una Organización, como la ONU, en cuyo Consejo de Seguridad se
establecen únicamente cuatro Estados miembro permanentes -"el
Cuarteto", curioso nombre éste-
y que además, tan sólo ellos gozan del derecho de veto, no puede producir
la virtud de la justicia, que es el fin esencial del Derecho, además de evitar
las confrontaciones armadas, que ciertamente son un grave mal.
El mismo Kelsen consideraba a la moral como parte de
la justicia que, como buen positivista, entendía tan sólo “uno de los fines
del Derecho", y no el fin esencial. Tal vez por ello afirmó, en la más
importante de sus obras -la Teoría
pura del Derecho"- que "en
tanto la justicia es una exigencia de la moral, la relación entre moral y
derecho queda comprendida en la relación entre justicia y derecho". No
dice sin embargo Kelsen qué es la justicia, es decir la virtud de la
justicia, que en unión de la fortaleza, la templanza y la prudencia, es una
virtud cardinal. No lo dice, porque Kelsen es un iuspositivista, y el estudio
de tales virtudes, en particular de la última, forma parte de la Moral y, en
términos jurídicos, del Derecho natural, concepto este último que, en palabras
de otro positivisa, el antropólogo francés Lévy-Bruhl, es preciso enterrar:"Hay
que enterrar de una vez ese cadáver, si se quiere en sudario de púrpura".
Pero, para enterrarle, antes hay que matarle. Y, con ello, ¿qué será la
justicia?
Alguien que conocí en su día (desde luego lo que ahora
se llama "un hombre elemental"), entendía y estaba firmemente convencido
de ello, de que justo es lo que me satisface e injusto lo que me contraría o
incomoda. Pero, esto no puede ser así. Hay leyes, emanadas de los Parlamentos
constitucionales, resoluciones de los tribunales de justicia o del Consejo de Seguridad de la ONU que son
injustas, en sí mismas, aunque sean legales, o pronunciadas, autorizadas y
conformadas formalmente, porque no responden al concepto esencial iusnaturalista
de justicia. Y es el Derecho natural, "esa roca inconmovible",
sobre la que debe asentarse todo Derecho positivo, como concluyó afirmando un
converso, el Profesor español Federico de Castro y Bravo, el que universalmente
proclama que la justicia es la virtud moral que, en suma, consiste en dar a
cada uno lo suyo, en sus vertientes
conmutativa, distributiva y social, y en íntima unión con la equidad y el bien
común, que nunca es el particular de sujeto o entidad algunos, sino el del todo
y el de todos.
Y, en esta última dimensión de la virtud moral de la
justicia, una de las resoluciones -como tantas otras leyes parlamentarias o sentencias de toda clase de tribunales, ordinarios o de casación- que, en sí
misma, a mí me parece injusta, es la reciente Resolución 2334, del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), aprobada en su 7853ª Sesión, celebrada
el día 23 de Diciembre de 2016, sobre los asentamientos de Israel en los territorios
ocupados desde 1967, incluido el sector Este de la Ciudad de Jerusalén.
Tengo a la vista el texto íntegro de la indicada
Resolución, así como el de la Cuarta Convención de Ginebra y, aun así, me
parece muy injusto lo que en aquélla se recuerda, afirma, reitera, subraya,
exhorta, insta, confirma, pide y decide. Todo ello me parece injusto. Eso no es
dar a cada uno lo suyo. Israel, desde el día siguiente a ser proclamado,
conforme al Derecho internacional, como Estado soberano e independiente, no ha
hecho otra cosa sino defenderse, muy eficazmente por cierto, de las
declaraciones de guerra, ataques y alevosas masacres injustamente perpetradas
en su contra y en su carne. ¿Cuántos otros territorios ocupados, en el mundo,
como consecuencia de las acciones de guerra, han sido devueltos por quiénes los
conquistaron? España, es un mero ejemplo menor, aún está esperando la
devolución de Gibraltar. También sobre el caso ha dictado la ONU algunas
resoluciones. Pero existen otros numerosos casos en el mundo que resultaría
prolijo citar. Y ya he dicho que tal actividad, militarmente hostil e
injustificada, data del comienzo mismo del nacimiento de Israel como Estado,
con la declaración
de guerra y su consiguiente agresión en el mismo año 1948 y posteriormente en
los años 1958, 1967 y 1973. En todas estas fechas, Israel no ha sido el
agresor, sino el agredido.
Pero -conviene
tener memoria- hay un hito crucial, de extraordinaria transcendencia en cuanto sobre él incide de
plano la Resolución de referencia. El Sr. Gamal Abdel Nasser, en el año 1967,
en virtud de un falso o inexistente casus
belli, esto es, sin la menor causa o motivo justo para iniciar una guerra,
trató, de modo premeditado, de destruir militarmente a Israel, utilizando un
mero pretexto para lanzar su ataque por sorpresa. Sin embargo, en la mañana del
día 5 de Junio de aquel mismo año, sus aviones, perfectamente alineados en las
pistas, no llegaron ni a despegar, porque fueron ametrallados e inutilizados
por la aviación israelí. ¿Qué tenía que haber hecho entonces Israel? ¿Dejarse
destruir? Si, fruto de aquella absolutamente ilegítima tentativa de agresión
inminente, replicó y ganó aquella guerra, desde que -el mismo día- las unidades blindadas israelíes quebraron las
líneas egipcias, conquistaron el pueblo de El Arish y avanzaron hacia “la tierra prometida”, todo lo que ha
devenido posteriormente no ha sido sino, únicamente, el ejercicio del derecho a
la legítima defensa por parte de una nación en estado permanente de amenaza,
que ha sufrido los más salvajes y cruentos atentados terroristas. No es justo,
pues, tenerla por causante de cuanto ha acontecido en la zona para quebrantar
el estado de pacífica convivencia.
Porque se ha de decir y considerar al respecto que la
cuestión jurídico-internacional del casus
belli, lejos de ser la causa, no es sino una consecuencia de la doctrina política,
jurídicamente sentada y aceptada desde finales del siglo XIX, del ius in bello, o “derecho de guerra”, que
ahora parece desconocer o marginar la referida Resolución de la ONU. Y el contenido
del ius in bello, es el de prohibir
el recurso a la fuerza armada para resolver conflictos, pero permite el uso del
aparato militar contra otro Estado bajo el principio de ultima ratio, esto es, como último recurso. Y en esto es en lo que
ha consistido la conducta del Estado de Israel, que, en consecuencia no tiene
deber jurídico alguno de abandonar los territorios ocupados en virtud de aquel
derecho, adquirido en el transcurso de sucesivas guerras no declaradas ni
iniciadas por el Estado israelí, sino inicuamente provocadas por los estados
agresores.
Pero, además, tras el Derecho alienta siempre, sin
desviarse de él, la razón vital de una civilización y de una cultura
determinada. Hoy día en que Occidente sufre la pérfida y brutal agresión
terrorista de quienes quieren destruirlo, a sí y a su modo de vida, de unos
modos y de otros, Israel es su última Frontera, como ha escrito recientemente
el filósofo español Agapito Maestre. Otro de sus colegas, el también filósofo y
columnista del diario español ABC, Gabriel Albiac, en su edición de hace tan sólo unos días, escribía
literalmente que “sólo al ser trocada en
teología, la política arrastra a las muchedumbres. Las arrastra hacia la muerte
sin límite… Y que, por ello, no es Estambul, la vieja Bizancio, después
nuestra Constantinopla, donde hay que situar la vista. “Como no era Madrid, ni Londres, ni París, ni Berlín, ni Niza, ni Nueva
York siquiera. El territorio sobre el cual el islamismo juega su sacrificio de
kafires –“cafres” descreídos–, al Grande y Misericordioso es el mundo. Europa
representa sólo su primera etapa. Sencillamente, porque Europa es ya, en un
porcentaje siempre en alza, territorio islámico. Y porque Europa es rica. Y
porque Europa está militarmente indefensa. Turquía es la puerta del continente.
Como lo fue siempre. La constricción geográfica es ahí difícilmente eludible. Y
el peso simbólico del último Califato juega en la memoria del Islam como un don
inalienable –un waqf– de Alá a los suyos. Empieza
el año, como todos los años desde 2001. Con Alá haciendo tamiz y recuento. De
cadáveres.”
Que Dios, el Único, porque no puede haber más de uno,
nunca lo permita, pese a las Resoluciones de la ONU.
Luis
Madrigal
domingo, 1 de enero de 2017
¡¡QUÉ VERGÜENZA!!

VII Conferencia Magistral
El fútbol y sus valores
16 de noviembre. 19:30h. Salón de Actos del Colegio (Serrano, 9)
Por Vicente del Bosque
Estará acompañado de los periodistas deportivos,
Iñaki Cano y Francisco García Caridad
Confirmación de asistencia en cei@icam.es
Hace ya un par de meses, más o menos poco antes de la fecha que se indica en el texto arriba constante, literalmente reproducido, tuve la enorme tristeza de recibir del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, al que permanezco incorporado desde el ya lejano año 1967, la invitación a la que asimismo se hace referencia.
Mi estupor no fue menos que mi tristeza, y no pude resistir la tentación de declinar la indicada invitación, todo lo cortestemente que me fue posible, y sin dar portazos, mediante el texto que ahora deseo expresamente divulgar para conciencia colectiva del grado de deterioro intelectual al que hemos llegado en España. Lo siento, de verdad. Pido perdón a Dios por si, en algo, yo he podido colaborar a semejante estado.
Acompaño, en tal sentido, mi contestación literal al mensaje electrónico rercibido, por la conocida vía de "contestación al remitente", como solemos decir -o solíamos - en el Foro, sin ámnimo de injuriar a nadie, en términos de defensa y haciendo uso del derecho a la libre expresión que me otorga la vigente Constitución Española, norma suprema de conducta legal:
"Disculpen Ustedes, pero no me ha sido posible reprimir mi profundo desagrado y mi profunda tristeza al recibir su invitación de referencia. En esta hora, en general tan estúpida y caduca, me había resignado ya a la muerte de lo que fue la Ciencia del Derecho, la que alumbró Roma en sus primeros años de vida y alimentó en su etapa clásica; la que en su fase central de esta misma etapa conoció la pugna antitética tradicional entre los proculeyanos y los sabinianos. E incluso en la post-clásica, en la que brilla la agudeza y entidad moral del jurisconsulto Ulpiano. La mismas que, finalmente, estructuró Justiniano, al compilar aquellas dos grandes masas de Derecho objetivo, la del "ius" y la de las "leges". Nada menos que toda la jurisprudencia sacerdotal y civil, por un lado, y por otro las Constituciones Imperiales, desde Augusto hasta el propio Justiniano, para que surgiera el Corpus Iuris Civile, que analizaron los pandectistas alemanes, con Savgny a la cabeza, y el primer Ihering después, pese a su deriva posterior, además de Windscheid, Ennecerus, Kip y Wolf y tantos otros. En suma, el nacimiento del Derecho moderno, en los Códigos civiles europeos, merced a Domat y Pothier, como compiladores últimos, para dar nacimiento al Código francés, en unión de Tronchet, Bigot de Prermeneu, Portalais y Maleville.
Al enterarse de la invitación que Ustedes cursan -es de suponer que a todos los Colegiados, miembros de esa Ilustre Corporación- para escuchar la conferencia de un futbolista, con la no menos despreciable colaboración de otras dos grandes figuras, en el orden intelectual, de la misma ciencia deportiva, se habrán removido en sus tumbas las cenizas de todas las figuras del Derecho ya citadas y, por lo que a nuestro Derecho patrio se fefiere, las de Sánchez Román, “Mucius Scaevola”, Pérez González y Alguer, Valverde, Roca Sastre, Hernandez-Gil y la columna vertebral del propio Don José Castán Tobeñas. Qué mortificante y hasta -disculpen- repugnante resulta, para un humilde jurista como yo, al que tanto esfuerzo y horas costó aprender, siempre desde el amor al Derecho, lo poco que he logrado saber, que esa Ilustre Corporación -que en sus días presidieron tan honorables Decanos como Don Manuel Cortina y Aranzana, o integraron juristas como Don Félix Díaz Gallo sin perjuicio del mismo Don Manuel Azaña y hasta hace muy poco Don Joaquín Ruiz-Giménez Cortés, entre tantos otros, tenga la desfachatez de invitar a este humilde e insignificante Colegiado a semejante “conferencia”, pese a su pretendido título difícilmente encuadrable en ningún tipo de Axiología, por muy anti-metafísica y nominalista que pudiera resultar la teoría en cuanto a esta última ciencia filosófica.
Les saluda, resignada pero atentamente,"
Fdo./ Luis Madrigal Tascón.-
Colegiado núm. 9.336
viernes, 23 de diciembre de 2016
NAVIDAD VERDADERA, JUNTO AL FUEGO Y LA SANGRE
NAVIDAD PARA VOSOTROS
Los que adoráis al Niño en vuestro pecho,
sin más luz que la Fe en que -aquel día-
en plena noche el Sol nació en el suelo,
a vosotros os digo:
Nada temáis de sombras que ahí acechan
cual fantasmas de ayer, que hicieron guardia
en siniestros abismos y al amparo
de rencores y odios... De teorías
que jamás fueron ciertas ni veraces
y alejaron del ser su ser divino...
Nada temáis... Sois la esperanza
del eterno futuro, que no muere;
la alegría del Cuerpo asesinado
entre sangre a torrestes, que germina
la semilla de Dios... Volved el paso.
Volved a haceros niños. Nuevos pobres,
junto al brasero de la mesa camilla
que crepita las venas de los muertos
para inyectar en ellas vuestra sangre.
Y reid y cantad, porque la muerte
hoy claudica de sí... ¡Dios ha nacido!
Luis Madrigal
lunes, 19 de diciembre de 2016
SÓLO UN SARCASMO
SÓLO UNA HOJA
No, no es Navidad. Tan sólo es un sarcasmo.
Sólo una hoja. Dos. De muérdago apagado y triste,
silencioso. Sin luces ni cristal, y sin cristales
que guiñen sus ojos ciegos en la noche
a los que, fuera de sí, caminan, con paso
mustio y ceniciento.
Cargado de temor alborotado que gime
y, sin saberlo, llora mientras ríe.
Risa sin ser, sin alma y, a porfía,
simple mueca de nada, que agiganta
el vacío que vuela y llena el aire
de más nada. De abulia que corre al precipicio
para morir, ya sin vida... Más que un cadáver,
maltrecho y polvoriento -en infernal crepúsculo-
parece un eco eterno de infinito muerto
que arrastra en torrentera mil suspiros
de lo que nunca fue,
ni vio, entre espasmos moribundos,
los efluvios del ser que, el Alba de la Historia,
quizá -aun cuando fuera así-
depositó, en el corpóreo barro preexistente,
su simiente de amor, para alcanzar la Vida.
Luis Madrigal
viernes, 16 de diciembre de 2016
HESICASMO EN LA CALLE
LOS NUEVOS EREMITAS
Decía Ortega, profundamente decepcionado por las más de cinco mil páginas de Augusto Compte, las no menos de dos mil quinientas de Spencer -aunque con la excepción, y aun ella sumamente parcial de Durkheim- que lo que se ha dado en llamar "Sociología", no era una ciencia sino una pseudociencia y finalmente que, entre las trescientas cincuenta páginas de Bergson -en la que él llamaba obra de título "hidraúlico"- sobre las dos fuentes de la moralidad y la religión, ni en una sóla de aquellas conseguía decir su autor sobre qué especulaba. Y que, por ello, la ineptitud de la sociología, llenando las cabezas de ideas confusas, había llegado a convertirse en una de las plagas de nuestro tiempo. ¡Qué no hubiese dicho el maestro de la "Politología" y de los politólogos, de haberse sabido en su tiempo que éstos llegarían a existir!
En el pensamiento orteguiano, ello sucede porque son muy pocos los hombres -él dijo los pueblos, pero tengo la impresión de que es lo mismo- que gozan de la tranquilidad necesaria para recogerse en la reflexión. Casi todo el mundo está exclusivamente alterado, esto es, vive continuamente tan sólo en relación con los otros y nunca consigo mismo, de tal forma que pierde su atributo más esencial, el de la posibilidad de meditar, de buscarse dentro de sí, de ensimismarse, de saber de verdad qué es lo que cree, lo que de verdad desea y lo que de verdad detesta. Porque la alteración, le obnubila, le ciega y obliga a actuar mecánicamente en un frenético sonambulismo.
Eso es lo que -verdaderamente también- es el hombre de nuestros días. Un sonámbulo, que camina por la vida con las manos por delante, en una inmensa noche, para no tropezar con la primera esquina y romperse la cabeza en mil pedazos. Pero ese sonambulismo le lleva a precipicios mucho más peligrosos, hasta cavar la tumba de su propia degradación ontológica original. Ya casi no es un hombre. Se ha convertido en un individuo de otra especie. Más que evolucionar, está involucionando hacia los más oscuros ámbitos pasados de su propio ser.
Este nuevo sujeto humanoide, que anda -espiritualmente- dando saltos por las calles, mientras vocifera, golpeando su pecho y urgándose las axilas con sus pulgares, ha llegado a tal estado y situación no como consecuencia del evolucionismo de Darwin, sino, en sentido contrario, por causa de haberse olvidado y de haber abandonado por completo la vieja actitud y régimen vital de los ya antiquísimos eremitas. ¡Los eremitas -los santos, por sabios, ermitaños- se extinguieron como los dinosaurios! Quedan en pie, no faltaba más, los monasterios contemplativos, pero esto no es suficiente, porque, en medio de la selva de asfalto y cemento, va resultando cada día más necesario que esos ámbitos monásticos -en una sagrada modalidad quirúrgica de operación cesárea- se extraigan de su propio seno para ser dulce y suavemente depositados sobre las calles y plazas de nuestras ciudades, brutalmente materialistas y paganas, fruto, más que de la ceguera existencial, de la simple estupidez colectiva y gregaria.
Gracias a Dios, que parece no estar nunca -y algunos dicen que no existe- pero que jamás abandona a los hombres, hoy mismo, ahora mismo, en este mismo momento en que las masas irredentas "celebran" esa falsa Navidad, que nunca existió hasta hace relativamente muy poco tiempo, florece en silencio y en paz un nuevo eremitismo. Comienzan a caminar nuevos eremitas, peregrinos de sí mismos, como aquel "Peregrino ruso", tan anónimo como su propia historia y como el que la relató, que caminaba nutriéndose de duros mendrugos, en busca de la paz, pero bebiendo el agua pura de las fuentes de la Filocalia, la mística y accesis de la Iglesia Oriental; del hesicasmo, en busca de la paz interior en la quietud, la soledad y el silencio; de la patrística oriental, los textos compilados por Orígenes de nuestros hermanos en la fe de Cristo Jesús, San Basilio Magno y San Gregorio Nacianzeno: "Jesús mío, ten misericordia de mí", clamaba sin cesar aquel hombre, de nombre desconocido, acompasando su respiración a la emisión de estas palabras.
Y así, o más o menos del mismo modo, viven hoy algunas personas -no sé si son pocas o tal vez muchas- que ya no se cobijan en cuevas, ni se cubren con harapos. Que se duchan todos los días, y hasta tienen calefacción en el crudo invierno, o aire acondicionado en el sofocante verano. Que subsisten y hacen frente a sus más perentorias necesidades, en general, con alguna humilde pensión o con modestos recursos. Que salen con más o menos frecuencia a la calle y hablan con los demás. Que están más o menos al corriente de lo que pasa en el mundo. Pero que no viven en el mundo, sino dentro de ellos mismos. Que no ambicionan nada. Ni cosas ni, mucho menos aún, dominar o esclavizar a nadie, sino tender la mano a todos y depositar, en todas partes, el aroma del amor.
Esto no quiere decir que los nuevos eremitas, como los viejos templarios, dejen de ser -si así se quiere expresar- mitad monjes, mitad soldados, prestos en todo momento a la lucha contra las ordas canallas y miserables; contra el imperio del mal, la mentira y crueldad del populismo marxista-leninista; la corrupción intelectual y moral de las masas, siempre en rebelión constante contra las egregias minorías que han de fermentarlas; contra los canallas que, para ganar dinero, alimentan y pervierten a esas mismas masas con el cultivo de la ignorancia, el analfabestismo, la banalidad y las malas maneras, deliberada y reciprocamente propuestas y aceptadas como bandera de modernidad. De la podredumbre y la basura expelida y expandida por la Televisión y el llamado periodismo rosa, o el tan burdo e insubstancial "deportivo" de la Radio. Y por tantos y tantos etcéteras como hoy asolan y lentamente asfixian y destruyen la sociedad, de la que los llamados sociólogos -como en los tiempos de Ortega- ni dicen nada ni saben nada. Tan sólo hacen encuestas.
Feliz Navidad verdadera a todos, incluso a los que la celebran sin invitar al Cumpleaños del que los cumple. Pero eso sí, tengamos todos en cuenta que el Hijo de David sólo vendrá cuando no tengamos dinero en nuestros bolsillos.
Luis Madrigal
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