Si nunca podré verte, ya mi suerte está escrita en el agua, o en la arena de una playa lejana. O en el aire. Tal vez, vive en una botella naúfraga que sucumbió en el Mar.
Si nunca oiré tu canto, mis oídos han muerto, y el silencio se ha hecho eco del trueno cuando el rayo ilumina mi noche oscura. Quizá arrulla en la noche de estío mi letargo invernal, bajo la nieve.
Si nunca te miraré a los ojos, ¿para qué ver?, pese a que los míos pugnen con la luz, para apresar el color y alimentar mi memoria, mientras tu cuello de cisne se eleva sobre las más altas montañas.
Si nunca he de tomar tu mano, al arrullo de las olas, nunca podré volar y, en vez de elevarme hasta el cielo, vagaré errante por los caminos polvorientos, que herirán mis pies y harán sangrar mi alma.
Cuando no tengo ganas de escribir, o no tengo que decir nada que no se haya dicho ya, prefiero escuchar una música. Y ninguna tan dulce como la que ya tantas veces he oído, imaginando mientras la esucho que la Luna, ese misterioso cuerpo celeste que se desgajó de la Tierra, sin duda al encontar en ella tantas miserias, se halla en ese momento plenamente iluminada sobre mi cabeza, o más bien entre alguna nube de gasa o de algodón. Entonces, mientras escucho, pienso... Y, mientras pienso, no puedo encontrar otra explicación posible a la vida sino la del amor. Porque, fuera de él, nada tiene sentido. Luis Madrigal.-
No hacen falta muchas palabras. La mañana es alegre y feliz, porque -aunque sea un misterio incomprensible para la mente humana- ya desde el principio del tiempo, el autor del tiempo, que es el principio y el fin de todo cuanto ha sido creado (con evolución o sin ella, pero parece ser que con ella, no hay problema), quiso hacerse parte de lo creado en lo que se refire a esa creatura que llamamos el hombre. Y para ello, tenía que albergarse y surgir a la vida, a la misma vida humana, de una Mujer de nuestra propia naturaleza y especie, de nuestra propia raza. Y, por ello, dijo San Agustín aquello de que, de todos las casas que Dios ha fabricado, la más grande, la más pura, inmaculada, era María de Nazaret, nuestra Madre del Cielo, porque así nos fué generosamente otorgada. El que iba a nacer, para humanizarse y para divinizar al hombre, eligió desde el principio del tiempo su más grande y pura morada. Pero también hubo de ser aceptada, por aquella Mujer: "Aquí, está la esclava del Señor; hágase en mí lo que tú has dicho".Y por eso, hoy, la mañana es tan alegre y feliz. Lo es para nosotros, para quienes nos explicamos así el misterio. A nosotros, los cristianos, así nos vale. No, ciertamente, para todos los hombres, para quienes tengan y tienen otras explicaciones, que son las que les valen a ellos. Pero, todas ellas conducen al mismo principio sin causa, sin cuyo ser realisimum, el que buscaban los filósofos presocráticos, no podría tener explicación esto que llamamos el mundo y la existencia. ¿Acaso no sería absurdo?. Feliz mañana, feliz día. Luis Madrigal.-
Arriba "Inmaculada", del pintor español Bartolomé Esteban Murillo. Aquí abajo, el inmortal "Ave María", de Chubert, cantado por Luciano Pavarotti
No me olvido de ti... Cuento tus horas tan largas como cortas son las mías. Te conservo en el aire, y en las frías mañanas de mi exilio, tú en mí moras.
De la luz y el calor que ahora atesoras guárdame el fuego azul que ayer sentías, que cambie por dolores alegrías y el beso de las flores que enamoras.
Yo no podré sus pétalos de seda ver, al brillar, ni ya sentir su aroma. Sólo, en mi triste sueño, una alameda,
de hojas ocres y mustias, siempre asoma tras la ventana en que mi ser se queda mirando al cielo gris, bajo una loma.
No es posible en Invierno al Arco Iris ver tras la lluvia en el cielo. Sus colores se guardan al estío, como la nieve, que es fruto del hielo, allá en las lejanas alturas, teje el manto que cubrirá a la tierra. Ni es el bosque quién dá su vida al árbol, que abre sus brazos y los une a sus hermanos, para envolver la fronda y ocultar el sol. Son los árboles quiénes dibujan y pintan al bosque del verdor de sus ramas y brotes, que en la maraña inmensa del horizonte infinito tocan las nubes y provocan su llanto.
Madrid, 1 de Diciembre de 2009
Luis Madrigal
Arriba, en la imagen, "El Pinar en Noviembre" (Las Navas del Marqués, Ávila)