miércoles, 4 de febrero de 2015

UN FENÓMENO INHUMANO



LA MASIFICACIÓN

Todo lo que se sabe de las ovejas lo ha dicho el hombre, los biólogos, zoólogos, veterinarios, ganaderos y pastores de rebaños trashumantes. Las ovejas, ovejas son, no pueden ser águilas, ni tigres de Bengala. Cada ser es lo que es, del mismo modo que la nada es lo que no es. De las ovejas podemos decir que es cierto todo cuanto de ellas ha dicho el hombre. ¿Pero, y del hombre? Porque, también todo lo que sabemos de él lo ha dicho únicamente el propio hombre. Es decir que el hombre soy yo y yo soy el que digo qué soy y cómo soy. Y aunque el que lo diga de mí sea otro hombre, sucede lo mismo, puesto que, si es un hombre, es exactamente igual a mí. Por tanto, en cualquier caso el sujeto que dice y lo dicho son el mismo y es casi lo mismo que estar en el patio de butacas y al mismo tiempo en el escenario. Y esto, no es posible, o no puede funcionar así, no hay ninguna garantía de que lo que el hombre ha dicho de sí mismo pueda ser realidad, porque de todos los seres de la creación, o de la naturaleza, con minúscula, del cosmos geobotánico  -para no ofender a nadie-  el hombre es el único que no puede ser sabido. Puede serlo, desde luego, y con algunas o muchas limitaciones, en su entidad somática, sus pulmones, su hígado y su páncreas, sus sistemas circulatorio u óseo, en suma toda su estructura corporal. Puede ser conocido por fuera, pero no tanto por dentro, donde resulta un misterio absoluto para sí mismo, tal vez porque no le gusta nada investigar dentro de sí mismo.

El caso de las ovejas, seguramente, resulta muy sencillo. Las ovejas, salen de su aprisco hacia los pastos y regresan a él hasta el día siguiente. No sabemos si piensan o no (hay animales que indudablemente piensan en un sentido lineal, aunque no reflejo, o reflexivo), pero lo más probable es que no lo hagan, o en todo caso no pueden dominar el mundo que les rodea, ni determinar su propia vida. Van una tras otra y repiten casi mecánicamente las mismas cosas que hacen las demás. Por eso se dice en ocasiones, de algunos humanos, que son como las ovejas, es decir unos borregos, sin pretender referirse con ello a esos animalitos tan tiernos, casi de peluche que son los corderos cuando tienen de uno a dos años, sino a todo hombre que se somete gregariamente a la voluntad ajena. O al capricho, la tiranía, la injusticia, la torpeza, el egoísmo o el mal gusto de otro. Y también al buen gusto o a la virtud misma de otro, por qué no, puesto que también existen “hombres buenos” si bien en la exacta medida en que lo son otros. Casi como las ovejas, haciendo lo mismo que hacen las de su propio rebaño.

Cuando Gabriel Tarde (el sociólogo francés que afirmó ser únicamente sociales los actos imitativos) escribió en 1890, su obra cumbre, “Les lois de la imitation”, no se refería precisamente a las ovejas, sino al hombre. Naturalmente al hombre que vive en sociedad, dentro de ese ámbito imprescindible para hacer su vida, o al menos para satisfacer sus necesidades materiales de forma más cómoda y abundante. Pero, al propio tiempo, se refería al obrar por imitación tan sólo en lo que atañe a los actos más superficiales y externos de los seres humanos, como vestir de cierto modo, fumar de determinada manera, o emplear unos u otros modos de cortesía, como el saludo; o de etiqueta y ceremonial, como el comer en uno u otro tipo de restaurante y de una u otra manera. En definitiva, más o menos, a no utilizar la pala del pescado para rascarse la espalda, como hizo aquel ministro del PSOE que se nombró Catedrático de Universidad a sí mismo. Gabriel Tarde, supera la dirección bio-analógica de la Sociología de Hans Freyer, consistente en descubrir la realidad social como sistema mecánico de fuerzas o impulsos, distinguiendo entre los actos humanos, propiamente personales, de los actos sociales, de tal manera que únicamente son de este último carácter aquellos que no son elegidos o “inventados” por nosotros, sino los actos imitados. Lo social es únicamente lo imitado. “La societé c´est l´imitation”.

Puede ser que la sociedad sea y haya sido siempre así. Pero, ¿y el hombre? Porque, éste necesita vivir en la sociedad, pero la sociedad no es el hombre. Yo vivo en la sociedad, pero no soy la sociedad. Yo, tan sólo soy un hombre. Y volviendo al principio de esta misma reflexión, todo lo que sabemos del hombre  -de todo hombre de ayer y de hoy-  nos lo ha dicho el propio hombre y, por la razón ya indicada, ello no constituye garantía alguna de certeza. Nos dijeron, cuando el sistema solar era un paradigma, que la tierra era el centro del universo y el centro de la tierra era el hombre. Falso. Si hoy, ahora mismo, pudiese aparecer en cualquier foro intelectual o académico de Madrid o de Nueva York un hombre, no digamos ya un australopiteco  -porque éste casi todavía se encontraba en los árboles-  sino un hombre del Paleolítico, todos podrían reconocerle como a un hombre, pero no a la inversa. A él le fulminaría, mucho más que podría haberlo hecho el rayo que le permitió descubrir el fuego, la simple visión de lo que le circundaba, hasta tal punto que se negaría a reconocer que los circundantes eran de su misma raza. Y sin embargo serían sus nietos. Unos nietos de varios millones de años transcurridos. Y el hombre de dentro de un millón de años, o de tan sólo de medio millón, o quizá tal vez de menos de cincuenta mil años, ¿nos reconocería a nosotros como sus abuelos; podríamos no asustarnos nosotros de su ser? Fue Heidegger (“Sein und Zeit”), quien descubrió el gran misterio del hombre, pero tan sólo en cuanto a que no es posible saber qué es, y en consecuencia resulta indefinible, porque siempre se está haciendo, nunca está acabado, tan sólo se acaba cuando se le termina el tiempo y, como dice con gran agudeza Oliver Montserrat, “cuando está acabado, ya no está”. Nadie sabe, pues, qué es el hombre, nadie podría definirlo, pero lo que sí cabe afirmar es que, ya en este momento, entre nosotros, en la Humanidad, hay alguien que será hombre de una manera cualitativa y esencialmente distinta a lo que hoy somos nosotros, pese a que tampoco entonces pueda ser definido, y pese a ser tan hombre como el del Paleolítico y como nosotros mismos.

Pero esto no será fruto de la imitación, es decir, de la masificación, lanar y nauseabunda, sino de la reflexión individual y sobre todo de apartar la mirada de las cosas del exterior para concentrarla dentro. Nunca supo más el hombre de todo lo que está fuera de él, como tan poco, es decir, nada, de lo que está dentro, de sí mismo. Porque eso que llamamos “yo”, no es lo que sabemos de nosotros, sino que es más, mucho más  -infinitamente más-  lo que no sabemos, y muy posiblemente en el interior de cada hombre, en lo más hondo de su espíritu, se encuentran muchas más verdades de las descubiertas y sabidas acerca de lo que está fuera de él. Volviendo a la Sociología, no a la de las encuestas, sino a la Filosofía social, fue Ortega quien descubrió la necesidad de la masa en la sociedad, pero tan sólo cuando acepta su papel de masa. Cuando se rebela  frente a la minoría egregia que la fermenta y la convierte en una verdadera sociedad, entonces se invertebra y destruye a sí misma. A esto, desde ya hace algún tiempo algunos lo llaman “clasismo” o “elitismo”, como si la pirámide, para poder ser pirámide, no necesitase tener base y cúspide, o las aves tener alas para poder volar.     

Luis Madrigal



sábado, 31 de enero de 2015

LAS ILUSIONES CAÍDAS



NADA HUBO TAN DULCE


Tan verde como el trigo, cuando es verde
y rubio cuando en Julio alza su grano,
así mis esperanzas en tu mano
eran, al caer la tarde que se pierde.

Nada hubo tan dulce que recuerde;
con tanto corazón abierto y puro,
ni nada tan penoso, en el oscuro
rincón que en plena noche me remuerde.

Bien supe y sé que toda ilusión cae
en el olvido amargo, al ser humana,
como nunca se queda lo que trae

el viento que traspasa la ventana,
ni nada puede ser si se sustrae.
Ni pudo ser ayer, ni ser mañana.


Luis Madrigal




viernes, 23 de enero de 2015

EN LAS HORAS MÁS DURAS



LLEGA LA FORTALEZA

Ese pavor de espanto que te inunda
y llena el alma entera a toda hora.
Ese temblor inmóvil que devora
hasta lo hondo la paz en barahúnda.

Esa voz sin sonido, tan profunda;
ese llanto sin lágrimas que llora;
esa súplica, que del cielo implora,
casi fin fe, esclava y vagabunda.

Es hora de valor y reciedumbre,
hasta ahogar el suplicio en dique seco.
Apagar con un témpano la lumbre.

Subir con nuevas alas a la cumbre,
para escuchar en paz un nuevo eco
y trocar en encanto pesadumbre.


Luis Madrigal




EL CANTO DEL LAMA
(Jean Michel Reusser)

Deseos para el Despertar

jueves, 22 de enero de 2015

VIVAN SERÁN MAÑANA



LAS ROSAS MUERTAS


¡Oh, verde tallo, herido por el hielo
en mi pobre jardín…! En él caído
entre silencio y frío, y que aun dormido
esperas despertar, azul el cielo.

A él volar tus rosas, si el deshielo
les presta su calor y el colorido,
el tinte  -y el olor-  tan encendido
que muestra en su fragancia el terciopelo.

Ya no serán entonces hojas yertas
las que adornen capullos, entre espinas.
Tan verdes como el trigo y tan despiertas

serán tus yemas, en las horas ciertas,
cuando al alero se alcen golondrinas
y vivas sean... las que hoy son muertas.


Luis Madrigal






martes, 20 de enero de 2015

EN PLENO INVIERNO



NADA


Se levantó. Miró al cristal. Llovía.
Un tenue velo hería la ventana.
Anunciaba  -al nacer la fría mañana-
que un día desapacible volvería.

En el reloj, ya casi mediodía
había transcurrido con desgana,
sin hacer, ni vivir, y sin la sana
pasión que da la fuerza y la energía.

¿A dónde ir? ¿Qué hacer? Si nada había
dentro del alma, tibia, destemplada.
Ni nada que saber, que ya sabía

que no hay amor sin alma enamorada,
ni es posible vivir sin alegría,
ni nada es la verdad, ni nada es nada.


Luis Madrigal




lunes, 19 de enero de 2015

AL PASO DE LAS HORAS



SE FUE DE MÍ LA NIEVE

Aquellos blancos copos que caían
del cielo añil, brillando sobre el muro
cubierto de cemento gris y duro,
que a mi alma de niño sonreían.

Pensaba yo que siempre a mí vendrían
con su blando caer, de blanco puro,
sin advertir que ayer fue mi futuro
y no vuelan ya el aire que veían.

Tampoco al que me encierra y me cobija,
León fuera de mí y yo tan lejos.
Tan sólo me bastara una rendija

para mirar atrás y, entre reflejos,
verlos blancos brillar, sin que me aflija
enronquecer gritando tiempos viejos.


Luis Madrigal





viernes, 16 de enero de 2015

¿QUÉ FUE DE TI... QUÉ TE HICIERON?




¿Vives aún en silencio, viejo amigo,
León de mi alma niña,
que en las tardes de Enero, cuando nieva,
el fuego entre tus hielos yo encontraba?
¿Todavía no has muerto
y por tus viejas calles,
de más de dos mil años empedradas,
nadie grita que Tú fundaste España?

Luis Madrigal